Entre puertas y ventanas/ Rear windows and back doors.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

   El otro día entraba a las nueve de la mañana en la oficina de Atención al paciente del complejo hospitalario en donde trabajo de forma extraordinariamente precaria (pero trabajo, que es mucho en estos tiempos). Tenía mis dudas sobre lo que debía hacer. Hasta allí me había enviado un colega para que solicitase el cambio de área sanitaria. Tenía mis dudas porque habitualmente cuando yo lo hago suele tramitarse por Admisión de enfermos, pero estaba en una posición en la que escucho más al especialista en cuestión que sabe mucho más sin duda que yo sobre las grandes y pequeñas cosas que le conciernen. Así que allí me hallaba, a las nueve de la mañana. El letrero informativo decía que la atención empezaba a las 9:15; aunque tenía una reunión a las once, no me aquejaba prisa alguna.

   Cogí un número. El 15. Es decir, que debería de haber al menos catorce personas delante de mí esperando a ser atendidas. Personas que llevaban al menos una hora ya de espera. Como iba de paisano, esta vez no llamaba la atención. Reconozco que no es habitual ver a personal hospitalario esperando su turno a ser atendidos sea para pedir citas o para extracción de muestras. Yo suelo hacerlo. Bien es cierto que cuento con cierta ventaja porque pertenezco a la casa, como ocurre con los empleados de otras empresas, cuyos beneficios arañan como nosotros. De esto se deriva que suelo esperar con poca impaciencia, y me permite observar y juzgar al situarme al otro lado de la barrera con conocimiento de causa. Una especie de autoexploración y de acto de contrición que me resulta muy útil para mejorar mi propia actividad sanitaria. Pero esta vez iba de paisano. Esperé un rato de pie pues quedaba una sola silla y no me parecía correcto sentarme cuando podría llegar alguien más necesitado que yo de sentarse. Pero como después de media hora no habían empezado a llamar a nadie, y nadie parecía especialmente interesado en usarla, me senté tan tranquilamente como había llegado.

   He de decir que la espera se lleva mejor con un iPad o cualquier artilugio electrónico. Hace que se relajen los nervios y la espera se difumina casi en un pestañeo.

   A eso de las 9:45 salieron de una reunión (que supongo es la habitual mañanera previa al inicio de la labor asistencial) las personas encargadas de atendernos. Entre unas cosas y otras, salidas y entradas por puertas que simulaban aparecer y desaparecer con gracia, solo una de aquellas personas empezó su labor. Yo no tenía especial prisa, aunque la cita de las once estaba cada vez más cerca. Odio llegar tarde. Pero esto me interesaba más que cumplir con mi resabiada puntualidad. Pero yo debía ser el único al que no le importaba esperar. Cosa razonable, por lo demás.

   Comenzaron los cuchicheos y las protestas sotto voce. Tenían mucha razón, por supuesto. La única persona que trabajaba era diligente. Despachó a diez en poco rato. A las 10:15 se encendió la luz roja de otro de los habitáculos de asistencia, señal que estaba operativo. La cola empezó a fluir y las quejas a disminuir. Quince minutos después me tocó a mí. Como creía, se me comunicó que mi problema lo llevaba Admisión de enfermos. En ese momento me identifiqué como alguien de la casa y la chica que me atendía suspiró.

   – Siempre hacen igual. Piensan que somos una centralita de información.

   Le sonreí porque su trabajo no debía ser cómodo: la atención de las quejas debe ser ominoso, porque se entiende la indignación del usuario pero se conoce el funcionamiento de la casa y se hallan en una posición neutra difícil de sostener. Le dije que no tenía la menor importancia. No le comenté que hasta hace poco era el encargado de estudiar las quejas más graves que ellos vehiculizaban. Estar allí una hora me bastó para entender cómo nos ven y cómo hacemos que nos vean. El juego que se crea entre puertas y ventanas se complica porque queremos que así sea, y sin querer llegamos a jugar con los sentimientos y la Salud de los pacientes, que en nada ni por nada deberían pagar por nuestras torpezas o nuestras frustraciones.

   Así que me dirigí a Admisión de enfermos. Es un área enorme, muy clara, de mármol blanco, luminosa y pensada para la bienvenida. Sin embargo alguien debió pensar que era mejor fosilizar una de sus zonas con cristal al ácido y dotarla de ventanucos de tamaño ridículo donde los pacientes o familiares deben acercar su nariz y solicitar lo que desean. Lo que estuvo imaginado para la ligereza y dar sentido de seguridad pues enseña cómo se trabaja, se ha cerrado en compartimientos estancos que impiden la fluidez en las relaciones asistenciales para evitar que los usuarios vean cómo se trabaja o cuánto se trabaja, que aquí viene a ser lo mismo.

   En fin. Ese área no me interesaba porque era el de Listas de espera (o al menos así rezaba un basto papel pegado al cristal). Ni un alma había allí para indicar el uso de los ventanucos, por lo demás cerrados a cal y canto. Así, bandadas de personas mayores vagaban perdidos entre el amplio mostrador yendo de aquí para allá tras el consabido:

   – Esto no es aquí. Es en esa ventana más allá.

   A saber.

   Como por ahora tengo aún mis capacidades intelectuales bastante intactas, me percaté del área en el que debería preguntar y me acerqué al mostrador. En aquel momento había cinco funcionarios. Dos en el mostrador y los otros tres por detrás, cada uno en su escritorio y con su ordenador, trabajando. Como las dos personas que atendían parecían estar muy ocupadas, y escondiéndome en mi timidez inicial, me retraje de molestarlas. Me quedé unos minutos allí de pie sin que a nadie le importase un pimiento qué hacía allí sin hacer nada con un papel en la mano. En mi indecisión, una pareja de personas mayores, que son más listas que un cuco en general, se me adelantan y sin problemas se dirigen a una de aquellas dos personas. Ésta les preguntó en un tono de azafata de Iberia qué es lo que querían; ellos mostraron su papel, y suspiró. Otros.

   – No es aquí. Es en esa ventana más allá. Donde pone Lista de espera.

   – ¿Dónde pone qué?

   Normal. El papel casi no se leía. Suerte que llevaba lentillas, si no, apenas lo leería yo tampoco.

   Sobresaliendo un poco del mostrador, les señaló el área acorazada. Resignados y con paso más lento del que antes de adelantarme hicieron gala, cogieron de nuevo su papel y se acercaron a la redicha ventana. Una mano apareció por entre las rendijas, les dijo que ya les llamarían y se marcharon por la puerta que acaban de franquear. Seguía el desfile entre puertas y ventanas.

   En esas, me acerqué al mostrador. Había decidido describir mi puesto de trabajo antes de decir para qué estaba allí. Pero cuando abrí al boca, la persona que estaba sentada salió a hacer no sé qué y la que había atendido a los señores mayores me miró con curiosidad. Me preguntó qué hacía allí. Se lo expuse.

   – ¡Ah! Pero eso lo hace él.

   Me dijo, señalando a uno de los tres que estaban más atrás. Sonreí. Ese él había sido auxiliar administrativo de la Biblioteca y después del Servicio de Neurocirugía y me conocía de sobra. No hizo falta que sacara mis galones. Al verme me dijo que por favor pasease por la puerta posterior que ya me atendía. Como ya estaba con el tiempo pillado, me acerqué rápidamente y mientras lo hacía oí a la que me atendió en primer lugar preguntar en voz alta si pertenecía a la casa.

   – Sí, mujer. Es médico de la UCI.

   – ¿Y por qué no lo dijo?

   A punto estuve de decirle que no me había dado tiempo y que no debería de importar si era médico o barrendero municipal, pero me abstuve porque sería inútil. La imagen que tenía en mi mente no la borraría ni la atención más exquisita, que por lo demás se me brindó y que agradezco.

   Esperé un poquito más a que se desocupara el diligente compañero de casa. Comenzaba a estar un poco preocupado porque se me echaba el tiempo encima. Llevaba casi dos horas dando vueltas y no había empezado a solucionar mi problema. Algo tan básico como solicitar el traslado de área sanitaria.

   Al verme un poco apurado, el funcionario aceleró más y pronto me dedicó toda su atención. Como esperaba, el trámite en sí mismo era simple: sólo tenía que traer los informes que ya llevaba y él procesaría la solicitud. Ahora bien, eso a él le llevó tres segundos, el problema es que el tiempo que necesitaba la información en llegar hasta la nueva área sanitaria (separada, por lo demás, sólo 70 kilómetros de nuestro complejo hospitalario) sería de más o menos 1 mes. Eso sin contar la nueva cita con los especialistas a pesar de ya ser vistos en este área sanitaria, con lo cual la cosa se prolongaría mucho más. Si eso no es duplicidad de actividad que alguien me lo explique.

   En fin, haciendo corta la explicación laboriosa de la burocracia, me vino a decir que si en tres semanas no me llamaba, que pasase por allí y él le daba un toque al sistema informático para acelerar el proceso. Que al fin y al cabo se trataba de un tratamiento tumoral y no de una rinoplastia. Por ser de la casa, claro.

   Salí de allí con el tiempo justo de acudir a mi reunión, agradeciéndole las molestias que se había tomado conmigo. Conociéndole, seguro que le dedica el mismo tiempo a cualquiera, pero desde luego no le ofrece apurar el procedimiento porque si no estaría todo el día a ello y no es plan. Es lógico. Y además, soy de la casa.

   Esa es la imagen que los usuarios tiene  de nosotros, los funcionarios de la Salud. Y esa es la imagen que tenemos todos de los demás funcionarios autonómicos o estatales. Y es cierta. Es real. La idea de que sólo trabajan tres y los demás hacen bulto es verídica. Y de que el mundo del papel es un barullo enorme e incomprensible también. E inútil, también.

   ¿Esa es la idea que yo quiero que los pacientes y familiares tengan de mí y de lo que yo hago? ¿Cuántas horas no pasan hasta ser atendidos porque empezamos tarde, muchas veces con motivo pero la mayoría de las veces por necedad? ¿Por qué existen las listas de espera? ¿Por qué el usuario tiene que ir y venir como una peonza entre puertas y ventanas cuando la informática debería ahorrarles ese tiempo precioso y esa dificultad? ¿Por qué seguimos mirando hacia un lado? No lo sé. Lo único que sé de cierto es que esa imagen es real y que nosotros formamos parte de ese mito, y que ese mito, salvo honrosas excepciones, es verdad.

   La vida se nos va entre puertas y ventanas, esperas espúreas y excusas vacuas. Y llegamos a jugar con la Salud, con la Vida de los demás. Y eso no puede ser. Pero es. Y mientras no seamos críticos con nuestra actitud seguiremos siendo pasto de la inoperancia. Y del sentimiento de orgullo imbécil que nos causa ver nuestros propios grilletes de reo. No tenemos disculpa, pero tampoco hay que flagelarse. No. Sólo mover el culo.

   Pero parece que ésa es otra historia.

Extraño/ Miss it.

El mar interior/ The sea inside

Nunca sabrás (II)/ You’ll never know (II).

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   Si no lo sabes ahora, nunca lo sabrás.

   Si eres incapaz de ver lo que vibra por ti, nunca sabrás lo que te ama.

   Si no consigues oír los latidos de un corazón entregado, nunca sabrás adónde llega la felicidad.

   Cada vez que me miras, cada vez que me hablas; cuando te acercas para susurrarme una tontería; cuando me abrazas sin sentido y me llamas en la lejanía, te amo.

   Te amo cuando estás callado y algo huraño, con esa mirada hosca y esa boca fruncida de niño pequeño. Te amo cuando sales corriendo en busca de un sueño y regresas herido o triunfante o cansado o inquietante. Te amo con cada latido de mi corazón y con cada pestañeo de tus ojos.

   Y si no eres capaz de darte cuenta hoy, nunca lo harás. De nada servirá que te nombre mil veces en la noche sin luna; de nada servirá que busque el abrigo de tus brazos cuando haga frío. Si no sabes lo mucho que te quiero, nunca lo sabrás.

   Y sería una pena desperdiciar tanto amor apresado; sería un dolor ver cómo se esfuma en la historia un sentimiento que nos haría engrandecer y nos daría la libertad. La tuya de mí y la mía de ti, para siempre.

   Si no lo sabes ahora, nunca lo sabrás.

   Si no sabes cómo mi corazón late por ti, nunca sabrás el bien que sería y el bien que me darías.

   Si no lo sabes hoy, nunca sabrás lo que es amar y ser amado. Y todo se perderá al final.

Si así lo deseas/ If it be your will.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

   Encontrarte ha sido una sorpresa. Y una alegría.

   Entre el humo del tabaco y la bruma de la noche, verte en aquella barra atestada y reconocerte, a pesar del tiempo que ha pasado, no lo podía creer.

   ¿Cuántos años? No lo sé. El mundo era nuevo, era otra cosa que esto que nos rodea,y todo parecía cándido y quizá lo era entre tus brazos de nieve crujiente y tu risa de canción.

   Pero ahí estabas. Como si no hubiese pasado un minuto y sin embargo nada es lo mismo. Nada. Salvo lo que siento por ti y lo que pasó entre tú y yo.

   La cercanía, tu perfume. Sigues usando el mismo. Sigues siendo igual. Tu risa sorprendida, mis ojos asombrados. Y un abrazo que duró más de lo permitido, y la cercanía de tu pelo en mis labios y de tus manos en mi cuello.

   Tus ojos brillantes, sin embargo velados por los años y la vida pasada. Y sin embargo tan bellos como aquella vez, cuando los pintaba una y otra vez, usando óleo fresco sobre la piel y pastel sobre tu rostro. Cada uno de tus pliegues, cada uno de tus recodos, y los dedos navegando con la suavidad del aceite y el color de la vida.

   Claro que me acuerdo. No lo he olvidado. Ni tú tampoco.

   No tenías compañía; la soledad parecía una capa que cubría tu sonrisa vibrante y tus ademanes lentos. Yo tampoco. Ni siquiera sé qué hacía en ese bar; quizá estaba esperándote. Como hice una vez, hasta dejarme la piel ajada y el ánimo destruido.

   Cuando te fuiste dejé de pintar. Ni un trazo, ni un boceto. Los días pasaban y no hablaba. Mi mudez ataba a mi pensamiento, y el carboncillo rodaba por mis dedos inmóviles e ineptos. Hasta que un rayo me partió la crisma y me di cuenta que me habías dejado. Y comenzó esta locura de retratarte hasta la saciedad en cada postura creíble, en cada momento que compartimos juntos. Una y otra vez, en cada trazo, en cada variación de color, tus ojos aparecían vidriosos y tu boca abierta como un la de un pez, y tu pelo cubierto de escamas y las alas de la huida emergiendo como ramas de tu espalda y de tu corazón. Corazón de espinas…

   Pero todo eso lo olvidé al verte. Después de tanto tiempo, tanto como el primer día. Estabas allí y yo también y nos vimos, y nos sonreímos y nos abrazamos y rodamos por las paredes y nos llenamos de pintura mientras se desprendía la pasión y todo volvía a ser como al primera vez. Cuando éramos más jóvenes y creíamos en la eternidad, al menos del amor. Pero todo pasa…

   Y esta mañana, al rayar el alba, hablamos. Entre el resuello y el sudor, tu piel tan brillante y tersa, y el sabor de tus labios como si no hubieses envejecido. Y tu voz era la misma y tus ideas las mismas, y tu amor, igual. La luz quería llegar a nuestro mundo, revuelto de sábanas y caballetes desordenados, con olor a tu perfume y a óleo y trementina. Y con la luz quizá la sabiduría de los años que han pasado. Y la historia que nos ha traído por separado aquí.

   Sonó un teléfono. Un mensaje de texto. Y la sonrisa desdibujada y la burbuja rota. Y hablaste como aquel día,  y me dijiste casi las mismas palabras, llenando de razones la incomprensión del abandono y justificando sin necesidad el vacío de una huida.

   Si así lo deseas…

   Desde la cama me viste recoger los restos de mi piel entre las sábanas. Porque los de mi corazón escapaban de mis ojos, que siguen admirando una belleza única y un deseo incombustible, que ninguna decepción ni ningún tiempo ido ha conseguido apagar, y un amor, amor, que ha podido con todo. Incluido conmigo.

   Si así lo deseas, vete ya…

   Y me besaste en los labios con candidez. Y me abrazaste con retazos de una pasión tatuada en la cama. Y tu voz, pegada a los oídos que ya se han acostumbrado al vacío de tu ausencia y al hueco de la soledad.

   – Me están esperando…

   Como yo.

   Y te fuiste sin vestirte. Y dejaste tras de ti un juego de lágrimas. Y con ellas he hecho una acuarela que lleva tu nombre, y te he vuelto a retratar tras años de querer olvidarte.

   Si así lo deseas, podrás venir a verme. Y comerte mis labios a bocados. Pero nunca más podrás herir a un corazón cansado. Cansado de amor por ti.

Lo inabarcable/ The unreachable.

Arte/ Art

Este corazón mío/ This heart of mine.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

   Puede ser muchas cosas. El día de sol, el viento que ruge en nuestros oídos. Tu cercanía.

   O que estamos bailando.

   ¡Cómo me gusta bailar!

   Sentirte cerca, así junto a mí, con tu calor y el mío, y los latidos del corazón que parece que salen de mi boca.

   Este corazón mío, que me hace feliz, porque te siente cerca. Este corazón mío que es feliz, porque estás junto a mí.

   Y el sol brilla, y las nubes se alejan, y el viento nos eleva más allá del horizonte, juntos y juntos y juntos hasta el día sin fin.

   Ven, te digo. Ven, te beso. Ven, te abrazo. Y este corazón mío baila de gozo y salta en mi pecho. Siéntelo, bum, bum, bum, relleno de felicidad como un pastel de crema, de esa crema que me sabe a tus labios y a tu piel abierta y deseada.

   Ven, baila conmigo el vals de mi corazón que late bum, bum, bum cera del tuyo…

   Y pueden ser muchas cosas que justifiquen la inmensa felicidad que siento. Pero este corazón mío lo sabe, lo sabe demasiado bien: eres tú.

   Nunca te alejes de mí ni de este corazón mío que late bum, bum, bum, sólo por ti.

Vestidos de domingo /Put On Your Sunday Clothes.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music