Policinella/ Pulcinella.

Arte/ Art, Música/ Music

Vidas separadas/ Separate Lives.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Estaba atribulado. Iba de aquí para allá, arreglando esto, deshaciendo aquello.

No es que me sintiese solo, ni especialmente melancólico. Estaba agitado, sí, interiormente molesto. Por doquier me rodeaba la soledad de la noche, aún fría y desnuda de estrellas. No se veía la luna, escondida en algún rabo de nube. No había nadie más conmigo, ni la televisión estaba encendida para hacer ruido, ni había puesto música; ni un libro ni unos versos que calmasen un corazón agitado y algo atolondrado, dueño de un dolor que no tenía forma ni nombre, que crece callado y estalla en la garganta a veces en forma de grito y otras de silencio.

Sonó el teléfono. Era tarde. Habitualmente la hora en que Piernas de Alambre solía llamarme: escondido en la bruma nocturna, con esa voz de terciopelo y arena, que deshacía mis intenciones y exhultaba mi locura hasta hacerme gemir de felicidad a veces, a veces de desesperación,y otras de sosiego y calma.

Hacía mucho tiempo que no pensaba en Piernas de Alambre. La última vez que nos vimos, se despidió hasta mañana y ni una palabra desde aquella tarde, oscura y nublada, de llovizna tardía y triste. Ni una respuesta a los cientos de mensajes, ni una llamada de vuelta. Hasta esa noche.

Oír aquella voz fue una sorpresa. No la esperaba. Durante unos segundos no supe qué hacer. Me tembló el teléfono en la mano y me tembló el corazón. Temí que no me saliese la voz, y apenas un susurro se escapó de mis labios. El factor sorpresa, la oscuridad, la nervisoidad que tenía. No lo sé. Pero fue oír aquella voz y sentir de repente todo lo que en aquellos años había acumulado, todo lo que el dolor, el orgullo herido, la desazón y el amor derramado habían encerrado en mi corazón.

Casi fue como la primera vez que la oí. Aterciopelada y nítida, acompañada de una belleza que enmudecía, y de unos ojos de miel y desierto atractivos, chispeantes y atrevidos. Me sonreía con aquella boca de fresa y ladeaba la cabeza como si tal cosa.

Casi como la primera vez. Sólo que era la primera vez después de tres años de silencio.

¿Tres años?

No me había dado cuenta… No había llevado el paso de los años. Para mí había sido un conjunto informe de tiempo, de momentos en los que ya no estábamos juntos, de situaciones y pensamientos que ya no compartíamos. Sin embargo, parecía estar en lo cierto: enero de 2008… Claro, sí, tres años ya…

Durante unos segundos, me temblaron las piernas y tuve que sentarme. Sin embargo sé que mi voz, una vez salvado el primer escollo, salía prístina de mi garganta, y se vestía de una indiferencia teñida de orgullo y de un cierto desdén mezclado con engaño y abandono. La noche cambió, haciéndose más oscura, más densa, más noche, desnuda de estrellas como desnudo estaría su cuerpo, pegado a las sábanas lleno de calor. Qué imagen…

Menos mal que no podía verme…

Intenté recuperar las fuerzas y aunarlas con los latidos de mi corazón. Aquella situación me había tomado tan de sorpresa… Odio lo inesperado. Mi capacidad de reacción disminuye, mi concentración se anula. Y aquella voz…

Y sin embargo, allí estábamos, Piernas de Alambre y yo, uno hablando como si fuera ayer y el otro resumiendo en su voz todo lo que aquel tiempo, aquellos tres años, habían significado, habían sido y perdido. En fin…

Había oído de todo: que tenía pareja, que había sido padre, que su belleza permanecía intacta desde aquel día. Qué se yo…

Me preguntó de todo: el trabajo, los amigos, el amor…

¿Hay alguien nuevo?

Como si pudiera haberlo. Como si le importase. Aquella voz, ansiosa, quería saber si había rehecho mi vida; si había construido algo firme con ella. Piernas de Alambre…

He conocido gente estupenda; aquí y allí alguien que vale la pena, quién sabe…

Y me contó que tenía pareja, que tenía una niña maravillosa que se le parecía; que se acordaba de mí aunque no lo demostrase; que me guardaba muy cerca del corazón. Que me imaginaba con una vida placentera, quizá como la suya, quizá algo mejor; el amor rodeado de un parque verde, con un coche nuevo en la acera, y la sonrisa eterna esperando en las sombras de un lecho apenas rehecho…

Me puse de pie. Quizá aquel había sido un sueño que ahora estaba perdido en un limbo muy lejano a mí. Ya no era así, si alguna vez lo había sido. Su huida había significado demasiado dolor para mí, me dejó sujeto a una incomprensión que no quería ahora aclararme, como si no hubiese existido… Y me dejó sumido en un mar de preguntas, en un sin fin de dudas que nunca han conseguido respuestas…. Quizá yo no era lo que había pensado, tal vez había conocido un juego nuevo, unas esperanzas por descubrir. Qué se yo…

Pero yo ya no era lo que había sido tres años antes, y Piernas de Alambre era responsable más que directo de aquella revolución, de aquella soledad sonora, de aquel cambio.

Mi voz se tornó fría, hueca. Descubrí que no quería saber de su vida, que no me interesaba conocer los detalles nimios de su existencia repleta de cotidianidad, de largos días iguales sin compromiso ni fin. Durante unos minutos, en los que disertó sobre el presente, el desempleo y los sueldos, supe que no quería oír aquella voz que aún me enloquecía; no deseaba sentir cerca el sabor de sus labios ni el tacto de aquella piel que sí, aún amaba.

No le dije nada. Pero dejé que mi voz reflejase todo lo que estaba despertando en mi interior. ¿Orgullo? Sí. ¿Dolor? Mucho. ¿Soledad? Sin parangón. Pero Piernas de Alambre había perdido ese lazo único que nos mantenía unidos, esa confianza eterna que no sólo une a los cuerpos, sino los destinos y las almas. Lo había cortado de un navajazo aquella tarde, tres años atrás, y ya no había forma de enmedar aquel hecho.

Y me di cuenta que yo no quería arreglarlo tampoco.

En tres años, su lejanía, su silencio, habían construido un muro alrededor de mi corazón; nos lanzaron por caminos diferentes, sin puntos de conexión, sin afinidades, sin salidas. En tres años su desdén sembró en mi corazón amargura y soledad y cierta incertidumbre y mucho desamor. En tres años hizo que trazásemos, queriéndome lejos de sí, los planos de unas vidas separadas.

Quedaremos alguna vez, ¿verdad? Me acerco y nos vemos…

Silencio…

No tenía derecho a llamarme. No tenía derecho a saber de mi vida, puesto que la había destruido sin importarle mi dolor o sus consecuencias. Y ahora intentaba acercarse de nuevo, tender puentes, encontrar en el pasado esos puntos de unión que nos habían acercado tanto, hasta la intimidad.

La noche pasaba lenta. Oscura, impasible, imposible. No había ese pasado. No quería que lo hubiese. Me di cuenta que no lo quería ni en mi presente, a pesar de seguir amándole casi como el primer día, a pesar de la ausencia de poesía, de guías o de certidumbres en mi vida. A pesar de seguir queriéndole como el primer día, me había acostumbrado a su ausencia, a su vacío libre de compromiso, a su lejanía callada y a su egoísmo. Y yo ya no tenía espacio en mi vida para su vida, para su realidad.

Quizá alguna vez tropecemos en la calle, nos veamos a los ojos, y, tras unas sonrisas, podamos retomar una historia perdida y reencontrada. Pero ahora no. Ahora, en estas vidas separadas, su voz de terciopelo y arena, su cuerpo de planeta inhabitado, cubierto de una piel tan cálida y suave, y aquella mirada de miel y desierto, no tienen cabida en mi vida, han perdido toda influencia, han matado toda esperanza en el porvenir…Quizá mañana, con el tiempo, si nos encontramos de nuevo, casi sin querer, en el futuro…

Pero por ahora no.

Vidas separadas, como lo quisiste un día sin decirlo, Piernas de Alambre, como tuve que adivinarlo entre el dolor, la incomprensión y la soledad.

La noche siguió su curso, llena de vacío oscuro, callada y sugerente. Colgué el teléfono. Me senté en el sillón. Resoplé. Y callé durante tiempo, mucho tiempo, rodeado de su ausencia, de mi frialdad, y mis pesares.Ya no sentía desazón, ya no temía a nada.

Y llegó el amanecer cálido y discreto; el alba de unas vidas ahora ya completamente separadas.

Y me fui a dormir.

Quisiera decirte algo/ I wanna tell you something.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

My Dearest Darling. Etta James.

Iba de aquí para allá.

La mesa lista, un arreglo de flores coqueto porque me apetecía; una vela en el centro, para darle luz de hogar.

La cena casi en su punto. Los aromas invadiendo nuestro pisito, aquel que compartíamos desde hace ya casi tres años. Me daba hambre sólo de pensarlo. Me daba mucho hambre, en realidad. Eso me hacía gracia. Porque veía la comida casi lista y sólo pensaba en abalanzarme sobre ella; había tenido uno de esos días en los que nada sale como debiera, o eso nos parece, y navegaba entre el cansancio y el abandono con una facilidad pasmosa. Pero la casa, el hogar, para mí era lo más importante, y nada me alegraba más que dedicar mi tiempo libre a nuestro pisito, que refulgía de la alegría con el que lo compartíamos.

Etta James sonaba de fondo, su ritmo divino invadía todo. Letras que hablaban de amor y de desamor, de eternidad y vacío, de sufrimiento y gozo. Qué voz desgarrada, qué sentimiento, voces que no encuentro con la misma fuerza o la misma intención en la actualidad. La chimenea estaba encendida y crepitaba a gusto, invitando al retozo y al abandono. Y, tan largo como el sofá, reposaba con los ojos cerrados a veces, siguiendo la música, el verdadero motivo de mis afanes, la razón última de estar ahí.

Las llamas le dibujaban el rostro delicado, unas facciones en las que aún me sorprende ver una caída de estrellas. El pelo brillaba con el contraste de luz, y sus labios seguían las letras sin equivocarse ni una vez. Lo que tiene saber inglés. Algo que me repite hasta la exasperación. En momentos así me gustaría lanzarle cualquier cosa para que se calle, porque aun sabiendo que tiene razón, nada me irrita más. Y cuando nos ponemos picajosos, vamos, todo sale a la luz con una fuerza que a veces me asombra y me enmudece, y otras, que me ciega y me invade. Y parece que se acaba el mundo durante unos minutos y todo se va a pique; al cabo de un rato, nos acercamos como quien no quiere la cosa y nos tocamos: los dedos, una palma, el muslo, y todo vuelve a la normalidad.

Casi tres años… Quién nos lo iba a decir.

Entre mi ir y venir, su expresión sembraba en mí cierta inquietud. Aquella música que lo invadía todo; la luz suave de la vela, casi a oscuras salvo la chimenea, se reflejaba en aquellos ojos en los que siempre descubro universos. Los brazos tranquilos sobre el sillón, y un pie siguiendo el ritmo de la canción que sonaba.

En silencio, me veía de aquí para allá siguiéndome con la mirada: mientras colocaba la mesa, preparaba las flores, encendía la vela. Entrar en la cocina, salir de ella; a veces dar un paso de baile; a veces tararear notas que hablaban de amor, pasión, abandono, desgarro y soledad. Cómo me gusta Etta James.

En una de mis idas y venidas, con esos ojos brillantes y una expresión algo contrariada (a mí ya me parecía todo aquello muy raro) me detuvo sin decirme nada. Mirándonos, intenté sonreírle. Ya no sé si lo hice. Sólo oí su voz sobre la música y el crepitar de la chimenea.

– ¿Podrías sentarte un momento?

Y lo hice.

Jugando con sus manos sobre los muslos, ensayó una sonrisa que le salió maravillosa. Nada más hermoso que la risa de aquel al que amamos. Intentó decir algo, pero calló de pronto. Yo no sabía qué hacer.

– Quisiera decirte algo.

Aquella voz, que hacía que me tragase el corazón cada mañana, me envolvió como un manto.

Me tomó de la mano. La acarició unas dos o tres veces, ahora ya me es imposible saberlo con exactitud. Otra vez el silencio y Etta James y la chimenea crepitando y mi respiración que parecía ser lo único irregular en nuestro pisito.

– ¿Sabes una cosa?

Pues no.

– Te quiero.

Y la luna asomó por la ventana, y el cielo se abrió en aquella boca y la sonrisa descubrió un nuevo camino de amor. Le miré a los ojos y sonreí a mi vez. Una fuerza me llenó de calor de los pies a la cabeza.

Ambos nos levantamos y callamos. Y nos miramos y casi hasta bailamos en medio del salón. Y sin saber qué decirle, se acercó a mí y me besó. Suave, lento, sabroso. Ese cosquilleo, esa untuosidad, esa cercanía y ese abandono. En la chimenea el fuego crepitaba, y al fondo, Etta James serenaba la noche que llegaba…

Qué felicidad.

Cigarrillos y cenizas/ Cigarettes and Ashes.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

a Cris Montes, que me pidió una historia. Y a Anita Tef.

 

Aún seguía sentada en la esquina del bar. Su esquina favorita, un rinconcito sólo suyo, en donde había reído y llorado, gozado del amor rápido de lo novedoso y de aquel otro más sobrecogedor que dura eternamente.

En esa esquina, casi escondida, podía ver y sentir el ambiente del bar: cuando estaba atestado aquello sólo olía a humo de cigarrillos y se oía el chin-chin de las copas y las botellas ir y venir; algunas risas y algunos besos y algunas caricias escondidas tras la espalda, tras las sombras chinescas de una iluminación quizá algo escasa. Eso le gustaba.

No recordaba cómo había llegado hasta aquel bar aquella noche, embriagada como estaba en los vapores del amor. Oh, sí. El amor que todo lo altera, el amor nuevo y ya conocido, que llega al pecho y lo inunda de locuras, de nerviosismo y de risillas tontas. Vagamente recordaba que habían entrado juntas entre risas, ya algo alteradas de juerga y sudores, y se sentaron, una en las piernas de la otra, sin importarles nada del ruido atronador que las rodeaba, ni de la escasa luz que las protegía. No les preocupaba ser vistas, estaban demasiado ensimismadas como para notarlo. Ella lo sabía. Sí, lo sabía: ya no era una niña tímida que intenta coger la mano de su compañera por detrás como quien no quiere la cosa. Oh, ella sí quería. Lo quería todo: aquel pelo en cascada, aquellos labios carnosos, esa mirada que parecía retener el secreto del universo. Cómo sabían sus labios…

Era capaz de revivir una a una las sensaciones que le invadieron aquella noche en esa esquina del bar. El batir de unas pestañas, el pecho traslúcido, una caricia que se perdía en la penumbra…Por eso le gustaba tanto aquel bar y esa esquina: porque veía y no podía ser vista, y porque aquel recuerdo, que a veces pesaba como una losa y otras era la única razón de vivir, estaba allí esculpido a fuego y a recuerdos.

Sobre la mesa, una botella de cerveza a medio beber, unos vasos vacíos con restos de alcohol en sus paredes y tres cigarrillos casi acabados; del suyo, con restos de pintura de labios (sí, le gustaba ponerse mona; era muy coqueta), mezclaba aquel humo zigzagueante con el ambiente enrarecido del bar, demasiado denso como para poder retratar sus sentimientos a flor de piel, el latir de un corazón que debería haberse parado mucho tiempo atrás.

Agradecía que hubiesen quedado en ese bar. Porque en él era capaz de ocultar sus sentimientos. O eso creía. Entre el humo de su cigarrillo, el de alguna de sus amigas, y la densidad de aquel aire, no se notaba casi que el corazón le salía por la boca cada vez que pronunciaba su nombre, el de ella, que llegó del brazo de su ancla, de su sostén. Aquella preciosa criatura, ninfa que vagaba de estanque en estanque, había estado en su vida, en su vida de cama, apenas cuatro noches: las más maravillosas de su vida. Pero era demasiado libre para ella, lo sabía bien mientras se abrazaban tras las cortinas, a plena luz del día. Aquella mujer, hecha para ser libre, jamás hubiese accedido a estar atada a su vida monótona, a su continuo ir y venir de naderías. Pero esta vez, con aquella chica (tenía nombre, sí, pero mientras no la nombrara, no existiría para ella, y sería sólo suya como lo fue una vez) que tenía algo distinto, algo que la embrujó hasta la ceguera, parecía ser tan feliz…

Suspira. Otra vez. No sentía celos, porque ella era feliz. No en sus brazos, eso estaba claro, si no en los de ella. Sus ojos sonreían y hasta parecía que había madurado. Cumplía cuarenta ese día y era un sueño estar a su lado, verla abrirse lentamente como una flor en un ambiente caldeado, arrullado por la música de fondo, flanqueado por el gris hálito de los cigarrillos, que jugaban a consumirse en el cenicero entre conversaciones banales y sorbos, uno y otro más. No sentía celos porque su amor era feliz, libre y saciada, colmada quizá y completa tal vez, algo que entre sus brazos (siempre lo supo) nunca conseguiría.

La amaba en secreto. Ahora podía decirlo. Entre el ruido ensordecedor del bar y el ambiente cargado de humo y de olores, todos mezclados y todos distintos, no se permitía mentirse. De nada servía, lo sabía. Y eso la entristecía y la enorgullecía a la vez. Porque ella era, ahora lo sabía, la mejor persona con la que había estado; mucho más que sí misma, afirmaba tranquila, incluso en aquel tiempo, cuando compartían días de lecho, vino y peonías.

Lo que sentía era claramente distinto de su otra buena amiga, demasiado seria, demasiado cansada de su vida de casada, demasiado harta de ese amor, amor que la llenó un día y que ahora la deja vacía. Su amiga la miraba demasiado. Ella se dio cuenta entre la niebla. Fumaba con cierto ansia, una y otra calada en el cigarrillo que no descansaba en el cenicero. A veces desviaba la mirada, a veces reía sin sentido y (ella sí lo sabía) sin esperanzas. Porque ante aquel amor, amor que había descubierto, que la había hecho abrirse como una flor, ampliarse como una ría, no había oportunidades, ni falsos momentos, ni deslices. Ambas lo sabían; ambas lo supieron esta noche. Una sabía asumir la derrota, pero la otra, mucho más amarga, no sabía lo qué hacer.

Su amiga, perdida quizá ante la evidencia de un amor colmado al que no podía hacer frente, se despidió pronto dejando un nuevo cigarrillo consumiéndose en el cenicero. Miró la hora en  su móvil, envió un mensaje, frunció la boca sin gracia y se puso la chaqueta: la necesitaban. Su pareja (porque no era amor, amor, era sólo pareja) estaba algo mal, una gastroenteritis quizá o un catarro, para el caso lo mismo. Se levantó con aire decidido y la mirada perdida hasta que recaló en aquella figura ansiada como la vida, en aquella lava que ardía en otros lechos. La sonrió y cabeceó un poco. Se ajustó la chaqueta. La besó tres veces en la mejilla, y la última vez estuvo más tiempo de lo necesario, aunque nadie pareció darse cuenta. O casi nadie. Se despidió de las demás con un ligero movimiento de manos, haciendo remolinos con el humo de los cigarrillos y lanzó más besos a la galería. Pidió permiso a una pareja que le estorbaba el paso y desapareció en la niebla espesa de la noche.

Suspira, reviviendo esa escena de celos que pasó desapercibida para todas menos para ella. No la culpaba: sabía por lo que estaba pasando. Ese infierno de deseos incumplidos llega a enturbiar el pensamiento; esa sed de besos no recibidos congela el corazón que late despacio hasta pararse un día, tan discretamente, que no deja pulso en las arterias; esas ansias, que son sueños, y como tales, inalcanzables, y que llevan a la soledad más absoluta o al más oscuro de los rencores. Pero no se preocupaba por su amiga: tenía a alguien que, al menos, la esperaba. Enferma o no, cansada o no, ambas tenían un plan vital, quizá no tan hermoso, quizá nada excitante, pero aún les quedaba el recurso de la resignación en sus vidas. Sin embargo, a ella…

Ella no estaba ni preocupada. El amor de su vida vivía el amor en otros brazos, despertaba en otros lechos, acariciaba la luz de la mañana, planeaba un futuro, cumplía años y era feliz, feliz, como nunca lo había sido. Ella le había dado serenidad, una estabilidad  sin aburrimiento y una seguridad que la embellecía, que la hacía insuperable. Porque mira que estaba bella esta noche, con su melena libre, con sus labios de carne prieta apenas pintados y los ojos enormes, enormes, repletos de amor, de felicidad.

Sentada en el bar, mira al cenicero, en el que reposan tres cigarrillos casi acabados y un montón de cenizas. La vida podía ser así, amontonada y gris, consumida en un segundo que casi no se nota, perdida entre el humo de un bar atestado y caliente. O podía ser de otra manera. O de ninguna forma. O de la única que sabía: aquella que la había llevado hasta aquel bar, esa noche, en su esquina favorita en el mundo, y a su soledad.

Apagó su cigarrillo, aún encendido. Cogió la botella de cerveza y la agitó para medir cuánto quedaba. Después de verla un rato, decide dejarla a medio beber. A medio vivir. Como su vida. Abrió el bolso y sacó un espejito y la barra de labios. Un ligero retoque, un batir de pestañas y una lágrima escondida entre el rímel.

Qué se le va a hacer.

Se levanta, paga lo que debe. Deja algo de propina. Sin volver la vista atrás, se enfrenta al frío de la noche subiéndose el cuello del abrigo. Y suspira. Suspira otra vez.

Qué se le va a hacer. Ama, y no tiene vuelta atrás.

Y qué bien que aún ame.

Sonríe y camina despacio, despacito. Sus pasos resuenan en la calle desierta hasta que se pierden en la penumbra de la noche.

En la distancia/ Far away.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Chances are. Vonda Shepard & Robert Downey, Jr.

¿Tendré la oportunidad, alguna vez, que me descubras?

¿Podrás vislumbrarme en la distancia?

Todos los días amanezco con esa esperanza en los ojos y esa espera en los labios.

Verte, en la distancia, transforma mis días. Desde ese primer día en el que tropezamos y nos reímos mirándonos a los ojos, noto que me quemo cuando te toco y que me derrito cuando me sonríes. Sólo viviría por ver esa sonrisa junto a mí…

En la distancia, sueño con quererte. Amándote, espero de esperanza que me descubras.

Cuando tropezamos, nos reímos. Y me tomaste del brazo y sentí tu calor. Y me ayudaste solícito y divertido. Y recuerdo que reíste un chiste fácil y otro después de aquél. Qué cosas. Cómo fluyen los minutos al estar a tu lado. Porque fueron unos minutos, o yo los recuerdo como un bloque uniforme, sin límites. Sonreíste al sol y me diste la mano y nos despedimos hasta luego y ya nos veremos.

Qué maravilla.

Y mira que nos hemos visto. El Destino trabaja para que estemos juntos y para que mi amor crezca día tras día en la distancia. Mi boca se abre para decirte algo, pero las palabras callan antes de llegar a  mi labios, y esa boca abierta parece esperar un beso o un aliento de pez. Tú sonríes de nuevo y lo dejas pasar sin darte cuenta, sin ver que me brillan los ojos cada vez que te acercas, sin sentir cómo late embravecido mi corazón al saberte cerca.

En la distancia te veo y te siento junto a mí, acariciándome y sabiéndome sin decir una palabra; abrazándome por la espalda y susurrándome naderías en los oídos, depositando besos en mis ojos y en mis mejillas, en mi pecho y en mis manos.

Eres lo único que parece importarme, lo único que mueve el universo. Cuando tú no estás nada importa. Cuando estás, el mundo brilla con colores y energía, gira y gira sin cesar para acercarte a mí, desde la distancia en la que te quiero…

Sí, en la distancia, en la que te amo.

En algún lugar allá afuera/ Somewhere Out There.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Llevarte en el corazón día a día no se me ha hecho una tarea pesada. Antes bien, todo lo contrario.

Recordarte, con tu sonrisa de ala, ese cabello castaño, esos ojos verdosos, esa nariz prominente, sólo me llena de gozo, de un gozo con poso de melancolía.

Sé que no te gustaría verme así. Tú reías y callabas, y hablabas con esa voz dulce y de timbre alto, tan extraña en alguien tan corpulento, como si toda la energía se hubiese ido al resto del cuerpo y dejase aquella voz al cielo. Tú abarcabas la vida en cada abrazo y así la regalabas, todo generosidad. Y nadie estaba triste a tu lado.

Por eso yo lo estoy. Porque ya no estás aquí.

Y las estrellas allá afuera, en esta noche clara en la que la pálida luna apenas entra por la ventana, brillan titilantes callando respuestas a preguntas que nunca me cansa repetir. Cada noche, a cada hora en la que tu recuerdo me fecunda, intento unir mi corazón al tuyo; cada noche, cuando veo las estrellas, intento que me dibujen un puente hasta ti. Porque, estés donde estés, tu destino brilla en ellas, y yo en ti.

En algún lugar allá afuera sé que te encontraré. Más allá de la melancolía de tu recuerdo, del roce de tus manos sobre mi espalda, del cándido beso de la mañana, del viento apoderándose de nosotros cuando cabalgábamos, estamos tú y yo juntos en mi imaginación, y no hay destino ni muerte que pueda contra eso.

Y sonrío, ya ves, reflejando mi rostro en la ventana. Y veo una expresión entristecida, unos ojos que la belleza nocturna hace parecer aún brillantes, porque tu recuerdo los inunda. Cuántas cosas quedaron inconclusas entre tú y yo…

Y sin embargo…

En algún lugar, allá afuera, sé que estás esperando por mí. Y que tu paciencia es infinita porque está pintada en la noche, porque está bordada de estrellas, ésas que tenderán el puente que consiga llevarme hasta ti.

Melancolía, noche, soledad, una oración, una lágrima, un suspiro, una estrella…

Dibujo una constelación que lleva tu nombre. Y tu sonrisa es un planeta y tu cuerpo toda una galaxia. Sí, llena de mí…

En algún lugar allá afuera, gracias al amor que siempre dura congelado en el corazón, escondido en una esquina de latido, perdido a la mirada pero abierto a los sentidos, encontraremos un modo diferente de vivir, una forma distinta de ser feliz, cuando esta canción de cuna termine, cuando esta espera finalice y sea por fin libre. Libre de volver a ti.

Llevarte en el corazón, con este recuerdo que vale tanto, no me cuesta nada. Hace un año ya… Y yo estoy aún aquí.

But.Portraiture o la Mirada/ But.Portraiture or The Eye.

Arte/ Art, Música/ Music

Gracias al talento de Jesús Gallent i Pérez, por enseñarme el trabajo de But.Portraiture

L’Amour Nest Rien. Mylene Farmer.

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But.Portraiture, posted with vodpod