También esto pasará

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

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Para lo bueno y para lo malo, la vida sigue: todo pasa. La piel en llamas, que quemó mis días desde hace más de setenta días, ha remitido (no del todo, quedan ligeros cosquilleos que molestan a veces, pero a todo nos acostumbramos), el color amarillento es más morronáceo, de suerte que parezco salido de una máquina de rayos UVA en mal estado; he perdido tantos kilos que me cuesta respirar, pero he recobrado la fuerza de mis piernas y, aunque no tolero estar sentado mucho tiempo, la lorza que me ha acompañado toda la vida en el abdomen se ha aferrado a mí como mis propias ganas de mejorar.

Ha sido una enfermedad dura; todas lo son. Me robó el sueño, el descanso. Gracias a la preocupación de muchas personas, a sus cuidados, y sobre todo de una gran amiga que consiguió una crema que pudo aplacar algo el infierno de mi piel, el sueño lento volvió a mí y pude empezar a recuperarme hasta llegar hoy hasta aquí. Yo no hice nada por curarme: mi familia, mis amigos, todos mis compñaeros médicos, enfermeros y auxiliares que me dieron ánimos, que me ayudaron pinchándome casi diariamente, deseándome lo mejor, sintiéndose preocupados cada vez que me veían más depauperado conforme pasaban los días y las semanas; que me mimaron con sus cariños: mantecadas das Pontes de García Rodríguez; natillas del Chef Juan del Restaurante de El Corte Inglés de Santiago de Compostela; cientos de mensajes; una tarta de almendra de grano grueso de la Panadería Gude en Órdenes, la mejor del planeta, mi madre y mi hermano, que sufrieron mi mal humor, mi incapacidad de soportar un picor que me desgarraba la piel y la tranquilidad y el muy secreto temor, compartido por todos mis colegas médicos, de que la enfermedad avanzase hasta el peor de los grados y terminar en un trasplante hepático urgente. No llegó a eso quizá por mi fortaleza de no haber estado enfermo jamás en cuarenta y seis años de vida; pero seguro por sus cuidados y sus mimos y sus preocupaciones también.

Han sido casi ochenta días de desespero, dolor, lucha, observación detallada (no pude dejar de ser médico además de enfermo) y, por encima de todo, aprendizaje de mí mismo. Pasé por todos los estados: asombro, desesperación, temor y lucha hasta que mi corazón, mi espíritu tomaron las riendas de mis sentidos y alcancé el estado que necesitaba para empezar la curación más difícil de todas: la de mi propio corazón. Aprendí a dejarme llevar por el destino, a aceptar las miserias de cada día; llegué a comprehender y a comprender lo que significaba estar enfermo, la obligatoriedad de dejarse llevar, de aceptar lo inevitable: una vez dejé de luchar contra lo que no tenía remedio empecé a curar primero a mi alma y después a mi cuerpo: tras haber cambiado de actitud la crema milagrosa que aplacó la locura de mi piel llegó en las manos aladas de mi ángel, Teresa. Y el cuerpo comenzó su lento camino a la rehabilitación.

No estoy por completo curado. No sé si lo estaré algún día. Todavía hay trazos de blirrubina (muy pocos) en mi sangre, aún el calor del sol siembra de agujas parte de mi piel; duermo gracias a pastillas, pero mi piel ahora rodeada de algodón puro, duerme horas enteras y se entrega con alegría al eterno fluir de las horas que pasan con verdadero gozo, algo que nunca me había permitido en todos los años que llevo de vida. Todavía puede haber daños que perpetúen una enfermedad hepática; también puede que no haya pasado nada más y que mi hígado salga por completo indemne de esta Hepatitis colestásica tóxica. ¿Quién sabe? Lo importante es el día a día, y a ello me entrego desde entonces con alegría, con cierto temor también, y con cierta aprehensión que espero ir diluyendo poco a poco, ahora que soy consciente de ellos, conforme pasen los meses y, también mi vida.

Mañana vuelvo a trabajar. No a cien por cien, pero a trabajar. Hay pequeños detalles que arreglar: mi intolerancia a todo lo que no sean telas naturales, por ejemplo, y por ahora al calor extremo. Ya veremos cuando esos momentos lleguen. Lo que manda hoy es agradecer el inmenso apoyo, al comprensión infinita y nunca merecida; la ayuda muda, los mimos y el cariño, la preocupación y las ganas de ayudar que todos, desde los médicos de Digestivo que me han llevado (Dra. Esther Molina, Dr. Javier Castroagudín, el resto del equipo de la Unidad de Trasplante Abdominal, el Dr. Jose Fdez. Noya, cuyo corazón casi se le sale por la boca al verme llegar con esa analítica el primer día y que me regañó hasta cansarse; el equipo de UCI, sus Enfermeras, que me sacaron sangre diligentemente pese al dolor que les producía verme así; a Mercedes Paredes, como cabeza del equipo -y nombraría a tantas…, nunca me llegarán las palabras de agradecimiento y a Teresa Bolaño, por regalarme la paz en forma de una crema que, sin ser panacea, fue mi pasaporte a la curación; al servicio de Farmacia hospitalaria, de la mano de su jefa Dra. Chus Lamas y nuestra farmacéutica de cabecera, Teresa; a mi jefe, el Dr. Cristóbal Galbán por su apoyo y compresión; a mis colegas Dra. Ana López Lago, Dr. José Luis García Allut, Dra. Carmen Rivero, Dra. Patricia Barral, Dra. Laura Sayagués, Dr. Alfonso Mariño y la Dra. Rita Fdez Garda y los residentes Dra. Rebeca Hdez. Vaquero y Dr. Emilio Rdguez. Ruiz que se preocupaban por mí y me mandaban mensajes de apoyo). Todos: la Auxiliería y la Celaduría, que me preguntaban con cariño y preocupación, y a mi madre y mi hermano y la familia más cercana, que comprendieron mi negativa a estar acompañado físicamente y continuaron estando en la distancia, cerca y pendientes. Y a tantos, tantos amigos en las redes sociales, ya sea a través de mensajes privados como manifestaciones públicas, que contribuyeron a que estos meses de locura fueran estaciones llenas de amor.

¿Cómo se mide la admiración, el cariño, la entrega, el eterno favor de Servir? El amor tiene mil caras y ninguna medida, pues se desborda y es eterno, una fuente inagotable. Gracias por dejarme beber en esas aguas, intentaré ser merecedor de tanta entrega y de tanta preocupación lo que me quede de vida, sean segundos o siglos, en estas estaciones sin final que tiene el verdadero amor.

A todos, de corazón, gracias.

Y ahora a seguir adelante.

Adele.

Música/ Music

 

Adele-2015

 

Escrito en las estrellas.

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Se vieron. El tren traqueteaba suave, esos modernos de alta velocidad. Acababan de salir de la estación. Y ya se habían dado cuenta el uno del otro. Primero por casualidad, una caída de ojos. Después una sonrisa velada, como vergonzosa. El pelo largo, el pelo corto; los ojos tras el cristal de unas gafas, los ojos claros que se entrecerraban por la claridad del encuentro; los labios algo resecos, los labios rojos entreabiertos. Y un poquito de vergüenza cambiando el rumbo de la mirada y una risa entrecortada.

Se sentaron uno frente al otro. Por casualidad tal vez. Había algunos asientos libres pero ellos se encontraron así, de repente, rostro con rostro y rodillas con rodillas. Volvieron a sonreír.

Y el tren con su traqueteo veloz.

El sol de la tarde doraba los minutos que pasaron en silencio. Bajaron los ojos, volvieron a verse; se sonrieron de nuevo y no sabían qué decirse. Alguien oyó un Hola; alguien respondió un Qué tal, y las reservas de la educación fueron cayendo una a una.

Se rozaron las rodillas, que rieron con las cosquillas. Y los labios se movieron con ritmo, el de una conversación que fluía con facilidad.

El inicio de una intimidad.

Cada uno iba al encuentro de su vida, pero descubrieron que la vida estaba allí, encerrada en aquel vagón veloz.

Se dieron la mano, se acariciaron las muñecas. Y la risa de nuevo. Y de nuevo la vergüenza. Y de los nombres pasaron a los recuerdos y de los recuerdos pasaron a las caricias pequeñas que fueron escalando peldaños hasta encontrarse en los cuellos, en el sabor rápido de besos pequeñitos.

Ya no hubo más sorpresas. El sol se hundió dando a luz a la noche, prendiéndose poco a poco de estrellas. Y ellos no sabían qué hacer. Se levantaron y se abrazaron, y cayeron en los asientos y se tocaron enteros haciendo de la casualidad un puro gozo. Las manos buscaron las espaldas, y los tactos, el río eterno de las espaldas, el arrullo sin medida de las caricias. Rieron y se hablaron, diciéndose muchas cosas, desnudándose de alma como de cuerpos en una intimidad que no era de este mundo.

Estaba escrito en las estrellas. Que se encontraran así, de casualidad; que se descubrieran tras siglos sin verse; que se amasen sólo por un instante lleno de eternidad. Estaba escrito que sus rodillas se reconocieran y que sus labios encajasen como la llave en una cerradura. Que las pupilas azules navegasen en el mar oscuro de unos ojos miopes. Que se rieran por cualquier cosa y que el placer naciese de una simple caricia, de un encuentro fortuito.

El tren viajó veloz y sus abrazos trenzaron unos deseos despiertos y hambrientos que iban de la sed de compañía hasta el sosiego de los sentidos; aquellos ojos se entendieron, aquellas manos se conocieron; aquellas rodillas que rieron, sabían de sobra que estaban hechos el uno para el otro.

Pero también que todo acaba. Después del viaje fugaz, después de la pasión y la intimidad, todo se hace calma, todo vuelve a ser lo que era. Juntos esperaron la salida de las estrellas y su viaje a través del amplio ventanal que se abría a la noche pero también al destino. Estaba escrito en las estrellas que aquel encuentro de sus vidas, en las que sus vidas quedarían entrelazadas por siempre, tendría un final. Y no pensaron en ello hasta que llegó.

Ambos se levantaron. Se alisaron el pelo, se abotonaron los pantalones y las camisas sin dejar de mirarse. Y se emborracharon de cada uno; se tatuaron el olor y las formas y la voz del otro en la memoria sin vacío del corazón, y justo antes de bajar, los dedos jugaron a tocarse una vez más, escondidos entre las mangas y las bufandas y los bolsos.

Abajo les esperaban. Uno recibió un abrazo en el andén; otro una nota con la nueva dirección de su vida. Pero se negaron a irse. El tren resopló y el abrazo pareció no tener fin, y las estrellas se escondieron encima del techo del andén. Y sintieron la opresión de la cárcel, y la vacuidad de la vida, y  el sonido hueco de lo cotidiano. Uno leía el papel una y otra vez sin entender las letras escritas; el otro, por encima del hombro, abrazaba con la mirada la distancia que los separaba negándose a decir adiós…

Sólo por un día conocieron el amor enorme, dadivoso, amplio e inocente, que no pide nada, que goza y que regala, que abraza y que se funde, que llega al tuétano de los huesos y queda grabado en el alma. Estaba escrito en las estrellas, esas que ahora se ocultaban, que la vida iba a seguir impasible a los sueños, impermeable a lágrimas y deseos, y que ellos no eran más que una mota de polvo en el entramado enorme del universo.

Poco a poco se fueron alejando. Uno fundido en un abrazo incómodo; otro de pie, sin saber qué hacer, con un papel ajado entre los dedos. Cosas del destino, supongo, que se halla escrito en las estrellas.

Y la vida que se apaga. Y el recuerdo que permanece.

Se solicita (un amor).

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

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Con el tiempo, por el tiempo y lo que conlleva con él, me he dado cuenta qué difícil es encontrar un amor que esté dispuesto a entregarse sin mentiras ni apariencias, sin consejos ni cegueras, un amor a sabiendas de sus gustos, sus sueños, unas ilusiones dignas de realizarse.

Y así he dispuesto poner en el periódico un anuncio: Se solicita un amor que esté dispuesto a entregarse, a confiarse, a no esperar más que lo que damos, esa moneda que es el amor suave y la pasión escondida en las caricias; que esté listo para abrir las puertas de la confianza, que acepte su realidad sin mentiras, sin autoengaños. Que deje el juego de seducción en el dintel de la puerta, que esté dispuesto a abrazar profundo, lleno de besos chiquitos que crecen desde abajo y se hacen uno grande, lleno de labios al llegar a la boca anhelante y verdadera.

Y lo redactaría así directo, pues la gente yerra mucho y puede que entiendan otra cosa, y ya no quiero más equivocaciones, más traiciones ni mentiras; mi corazón no está dispuesto más a esas triquiñuelas que de joven me gustaban tanto, esa seducción barata y fácil, una caída de ojos, una sonrisa velada. Ahora mi corazón quiere el pecho abierto, los abrazos a montones, el calor de una risa que nace del fondo del alma, que desee luchar por un proyecto en común, que esté dispuesto a entregar ilusiones y deseos en el crisol del mismo latido, en la alegría sencilla de lo que está por venir sin sombras ni engaños.

Llevo ya casi tres cuartos y me queda largo y me saldrá muy caro. Y me lo pienso. Pero yo ya no tengo más que dar que mi propio corazón, que mi amor encendido, mis abrazos sin mentiras, las monedas de ese amor. El único dinero que tengo, el último regalo de mi vida.

Y me lo pienso al leerlo al completo. Y me doy cuenta que es lo que deseo. Ya no quiero jugar, ya no quiero seducciones falsas; quiero un amor de entrega, de presente, de generosidad y confianza ciega, y quiero que todos lo sepan, que lo lean bien, que lo entiendan y que aquél que esté dispuesto se desnude de la alegría y corra a buscarme para decirme que sus labios están deseando quemar mi piel, que sus abrazos densos desean arrebatarme el aire y que su corazón de tan generoso sólo anhela, con el mismo amor al que estoy dispuesto, pagarme.

Y lanzo el pasquín desde lo alto de mi edificio. Los papeles de colores parecen pedacitos de arco iris llenos de esperanza. Sí, se solicita un amor que ya no quiera jugar, que sepa luchar, que esté listo para amar sin aparentar, que sepa desear sin absorber, que viva una libertad única que desee compartir y que no espere otro pago que el mismo amor libre, el mismo pecho caliente, el mismo corazón que late.

Soy transexual.

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12677448_1284687141548497_700946373_nSábado a media tarde, mala hora para mí pues me parte el eje de mi labor de guardia, entre hacer tratamientos, revisar el estado de los ingresados y ponerme al día, tener un ingreso es desestabilizador.

Cincuenta y tantos años, varón, obesidad mórbida, enfermedad respiratoria y renal y todas las aquejadas por su obesidad. Un cuadro. Mala higiene, boca séptica (sucia y cariada) aspecto de poco cuidado, úlceras trombóticas en piernas elefantiásicas. Un cuadro.

Llevaba con fiebre más o menos tres días y sin orinar, dos. Se notaba más cansado y torpe últimamente; el médico de cabecera le había recetado más diuréticos porque no toleraba dormir recostado y él notaba que iba hinchando poco a poco. Ahora estaba adormilado, a esfuerzos de consciencia, y respiraba muy rápida y levemente, apurado, como si le faltase el aire o necesitase limpiar su sangre con cada inhalación por más breve que fuese.

Tensión baja. Taquicardia. El oxígeno a todo lo que da la pared. Un cuadro. Un cuadro.

Pensando en lo mal que lo íbamos a pasar todos, acepté el ingreso en UCI. Y resoplé. Eso se me da bien. Resoplar cuando no puedo salir corriendo. Eso, o salir corriendo, pero en mitad de una guardia de sábado no quedaba bien así que había que apechugar con ello.

Para hacer corto el relato, aquel paciente que se comportó con una entereza y un dejarse hacer dignos de elogio, ocupó unas tres horas de mi tiempo exclusivamente (eso significa que el resto del trabajo que podía esperar se acumuló hasta rebosar). Ajustamos sueros, albúminas, noradrenalina, oxígeno, BiPAP (una máquina que intenta suplir la necesidad de intubar y sedar a los enfermos con insuficiencia respiratoria) y antibióticos; el color pareció volver a aquellas mejillas sucias e incluso a ese cuepro abandonado por la falta de higiene una vez que las auxiliares, con diligencia, pudieron asearlo un poco. Resoplé. Y aún me quedaba hablar con la familia. Un cuadro.

Ya cansado (y eso que íbamos por la mitad de la guardia) me acerqué a hablar con los familiares. Los llamé por el nombre del enfermo, como es habitual, y respondieron dos personas. Una más alta que la otra: un hombre y una mujer; él mucho más joven que ella, con esa piel lustrosa de la juventud recién nacida; ella con aspecto desvencijado de puerta venida a menos, con el pelo en melena amarillenta de mal tinte y cierto aspecto de abandono, caminaba apoyada en un bastón. También tenía cierto sobrepeso.

– Hola. Buenas tardes.

Les dije al presentarme. Hice sentar a la señora, que se veía esforzada a todas luces. El chico también lo hizo a su lado. Como siempre, les expliqué los motivos del ingreso, oí la historia clínica del enfermo, y les expliqué las características y las posibilidades de salida del caso. Me entendieron con cierta tristeza. No eran una familia con recursos, eso estaba claro. Esa dejadez, esa falta de higiene que sólo a veces vemos pero que es una realidad en todos los países (no hace falta irse a la India para ver verdadera pobreza, sólo con salir unos kilómetros de nuestras ciudades, y a veces ni eso, la tenemos en nuestras narices), ese discreto abandono a las consecuencias de la vida, a la realidad de los sueños rotos y también, a la soledad. Se le notaban las raíces canas entre el ensortijado amarillo limón de su pelo, los surcos de una piel algo gruesa de expuesta mucho tiempo al sol, y el uso un tanto torpe de una sonrisa forzada.

Así era ella.

El chico joven no abría mucho la boca. Asentía ante el relato de la mujer y apenas añadía nada a lo que me decía. Ella era la hermana del paciente. Él, su pareja. Así que sabía del paciente a través de lo que ella le contaba, por lo que no podía añadir nada al relato de lo que ocurría.

Al saberlo, volqué por completo mi atención hacia ella pues era la conviviente del enfermo, su familiar más próximo y a quien iba dirigido mi discurso y mis explicaciones. Ella no pareció percatarse, ni él tampoco. Así que seguimos.

Cuando llegó el momento de la firma del permiso y el consentimiento informado, le pedí que por favor lo hiciese donde le indicaba y que me diera su nombre y su DNI. En ese momento pareció dudar. Agitó imperceptible su pelo y frunció los labios. Pero su mirada sin embargo adquirió un brillo particular.

– Soy transexual.

Me dijo. Con mucha seguridad pero a la vez como esperando una reacción que, a todas luces, no obtuvo. Al contrario, yo seguí con el mismo tono, como si hubiese oído llover o algo así.

– Si se ha cambiado oficialmente el nombre o si no, por favor, debe ponerme el que aparece en su DNI ya que es algo oficial. No se preocupe por nada.

Y se me quedó mirando, como si se hubiese topado con un extraterrestre o algo. Y firmó con su nombre de nacimiento: Marco Antonio. Y puso el número de su DNI. Y el pelo cayéndole mal pintado sobre los ojos cansados y faltos de aseo.

En esta profesión vemos muchas cosas. Atendemos muchos casos extremos. Y aprendemos a superar los límites estrechos de un pensar pequeño. El mundo no es perfecto, y nosotros menos, pero para eso estamos aquí, para elevar el nivel del pensar humano, del sentir humano; para hacer de nuestros pasos, llagados por lo errores, un caminar perfecto, en el que todo quepa: las diferencias y las afinidades; los gustos y disgustos, las alegrías y las decepciones. A mí me llamó más la atención su pobreza y abandono, que hubiese querido mitigar, que su género, que no me importaba en lo más mínimo. Y sin embargo sobre todo eso, sobrevoló el orgullo y la entereza con que me dijo, quizá previendo una reacción alarmada ante su historia (ante ese pedacito de su historia como persona): Soy transexual. Pues era transexual. Y bien que lo sea. Y que lo consiga. Y que sea ella misma y nadie más.

La situación socio-económica de esa familia de hermanos era un cuadro; él y ella eran un cuadro. Pero no su corazón, no su verdadero ser como personas, como seres humanos. Ella, Marco Antonio en el DNI, era más que una melena rubia mal teñida y un caminar penoso. Ella era Transexual. Más de lo que nadie hubiese podido ser. Más de lo que ella misma pensó desde que era niña. Y así me lo hizo ver y yo le aplaudí por eso, y porque para mí, que he visto mucho y he atendido mucho y que no puedo juzgar ninguna actitud, ninguna perversión, ningún abuso corporal porque no soy juez sino médico, ella ni siquiera era Transexual, era la hermana de un paciente, su única familiar, que necesitaba de un ingreso en UCI. Nada más. Y quizá así debiera ser en un mundo real.

El tiempo de las flores/ Springtime.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

 

10575373_10205007453336435_8250422225810854625_oEl tiempo de las flores es alegría. El sol se asoma por las rendijas del día y sonríe, con calor y energía, tiñendo todo de luz blanca, cegadora, y tranquila. El corazón se acelera, corre veloz por entre las arterias y la sangre llega a borbotones, acumulándose en la garganta y en los labios, que inflamados se calman a besos. Besos a bocajarro, palabras aladas que parecen tener el poder de sanar las heridas, de calmar la angustia de lo amado. Un te quiero que siempre llega a tiempo y el atardecer que tiñe de oro y cristal los abrazos y los roces, las embestidas y la calma.

En el tiempo de las flores la vida es una ilusión. Las nubes navegan por el cielo regalando sombras y refresco; en la piel el viento rebota como miles de caricias, y ese cosquilleo en la nariz, y ese olor perfumado, y esas cosquillas, y esas intenciones, todas buenas, que se ahogan entre risas, que se desviven entre besos.

La lengua recorre el camino de la pasión con una certeza escondida. Las manos conocen el sendero de la avidez y la mirada, mirando, se enternece y se enciende y se apaga como un fuego embriagador. La garganta se humedece y también los codos y las ingles, y las plantas se aferran al suelo desnudo, del que nacen árboles y abejas. El mar de la saliva baña los oídos sedientos, y oyen el rumor del océano ir y venir en los vaivenes del ser amado.

El tiempo de las flores es alegría. Y también algún chubasco, y alguna poza de agua olvidada. Pero también es olvido y efervescencia, y todo lo hermoso le gana la partida a lo posible, y nada es un error, o todo tiene un precio que, encendidos, queremos pagar. En el tiempo de las flores no hay peajes, sólo amor.

Orgullo, resentimiento, envidia, abandono… Pálidos fantasmas. Decepciones, engaños, mentiras… Vanos intentos de romper ese mágico lazo, esa única unión, ese deseo que es más que sentimiento, que se tiñe de sentido, que embarga a la soledad. La vida refulge, estalla, se desmenuza, se tienta, se tiende, se pliega y se despega como el sudor entre la piel, como los cuerpos que, agotados, se separan entre jadeos y cansancio.

El tiempo de las flores pasó para mí. Ya no hay más sonrisas, ya no hay más te quieros. No hay más amaneceres que entren de puntillas, ni esa voz oscura a la que despertar con un millón de besos. Ni caricias de plumas, ni navegar, hundiendo la piel, en la inmensidad de una espalda desnuda.

Dicen que duele, que el tiempo de las flores deja resentimiento y tristeza y escozor. Puede ser: ya no lo sé. Anestesiado como estoy, su ausencia sólo llena de nubes mi cielo, y ha llegado el invierno de mi vida, y estoy solo. No hay nadie con quien compartir un café en la terraza, ni siquiera un hombro sobre el que apoyar el sueño de un nuevo día. No hay amante que traduzca el deseo de mis caricias, y mucho menos que sacie los deseos de mi ser.

El tiempo de las flores ha pasado para mí, y es como una caravana fúnebre donde mis deseos y mis sueños se abren paso y se caen, hechos pedazos, en cada una de las losas del suelo. ¡Ah, la vida! La lavanda del recuerdo, la caléndula de la nostalgia, los nomeolvides de amores que ya me han olvidado. Ya nada es como fue; nunca fue nada como ha debido ser.

Y algo se ha perdido, o no se tuvo nunca: cuando veo mi vida sé que el tiempo de las flores se ha ido, y oigo el ruido de su carromato en la lejanía, con un traqueteo parecido a los latidos de mi corazón… Pam, pam, pam…

El amor no llegó, o si lo hizo, llegó tarde. Y creo oír una voz lejana… Pero ya no importa. Ya no.

Feliz Navidad/ Merry Christmas.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

 

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Plácido Domingo & The Piano Guys.