Escala de grises/ Shadows in Grey.

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El otro día, faltando apenas quince minutos para terminar una guardia mala como pocas, me llamaron para una consulta en la zona reservada para críticos en Urgencias. Confieso que tenía tantas ganas de bajar como arrancarme las uñas una a una sin anestesia, pero, aparte de obligación, el médico que requería mi opinión es bastante mejor que yo en todos los sentidos y es de fiar, muy mucho. Si él tiene dudas, no quiero pensar los demás, entre los que me cuento, claro.

Cuando llegué allí, un abuelito comatoso estaba debatiéndose ya sin fuerzas entre seguir con vida o entregarse sin remedio al Destino. Un fumador de largo recorrido llegaba a su fin intentando buscar el aire como hacen los peces fuera del agua; una imagen que sigue persiguiendo mis sueños. Menos mal que la Medicina tiene un arma muy antigua pero extremadamente útil a mano, y las nuevas tecnologías de ventilación nos permiten ganar un poco de terreno a una insuficiencia tan vital del que depende el aire que respiramos.

Por supuesto, el paciente ya llevaba bajo tratamiento cerca de un día entero, con poco éxito, he de añadir. La imagen de aquel abuelito, casi nada, pequeño y delgado, con aquella máquina que no le servía para mucho, no era muy halagüeña. Era por él por el que mi amigo y colega dudaba. Revisando su historia, y según su opinión, no era candidato a ingresar en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), que es donde yo trabajo. Sólo con verlo, estuve de acuerdo con él. Era muy difícil que aquel paciente remontase una situación a todos luces imposible puesto que ya no había mejorado con los tratamientos más avanzados que se podían dar en Urgencias.

El problema parecía residir más en la familia que en el criterio del médico: él me pedía que lo acompañase a hablar con los familiares para ayudar a aclararles lo obvio: que ya nada había qué hacer, sólo intentar que su pasaje a la muerte fuese lo más serena y digna posible, algo en lo que, tanto él como yo, estamos completamente de acuerdo.

Muy bien, cansado como estaba, allá fui. Al final, por otros problemas en Urgencias, yo solo hablé con la familia. Respirando hondo, me acerqué a ellos, me presenté y les expuse el caso. Suelo ser terminante en estos asuntos, aunque cordial. Creo que una explicación clara facilita cualquier malentendido; y suelo estar abierto a preguntas, mas no a proposiciones. Una vez, la hija de un abuelo más que abuelo (se acercaba a los cien años), se empeñaba en ingresarlo en la UCI, algo a lo que todos los médicos nos oponíamos. Pero como yo era el titular de Intensivos, fui el que habló. De entrada, me niego a pelear con cualquiera, y mucho menos con familiares. Una vez explicado el caso a esta señora, claro me quedó que no lo entendía o que no lo quería entender, da lo mismo. Tanto se empeñó que pidió que se ingresara en la otra UCI del complejo, puesto que yo me negaba rotundamente a hacerlo. Saqué mis galones y le expliqué que mi colega haría lo mismo que yo, puesto que ambos como especialistas teníamos estos puntos muy claros. Al final en aquel espinoso asunto reinó la cordura (porque todo el equipo médico formábamos un bloque compacto) y firmé sin que me temblara el pulso la orden de no ingresarlo en UCI. Esta vez no necesité llegar tan lejos.

Lo más razonable en estos casos es hablar claramente de la situación del enfermo, es decir, la nula respuesta a los tratamientos, y dibujar con todo detalle qué es lo que le espera si ingresase en una unidad como la UCI. Soy consciente de la importancia de los familiares, pero no están nunca por encima de mi trabajo, de mi juicio y valoración. Por más argumentos que empleen, no doy mi brazo a torcer… ¿Puedo equivocarme? Si me dieran un euro por cada vez que meto la pata, estaría ahora en una isla del Caribe abanicándome bajo una palmera. Todos lo hacemos.  Pero hay situaciones de una claridad meridiana. Llega un momento en que es necesario parar. Porque si no lo hacemos, podemos lanzar al paciente (y a su familia) a una agonía eterna, pues sólo conseguimos retrasar lo inevitable. Allí donde la sabia Naturaleza decide parar, prefiero secundarla a oponerme a ella, ya que solemos salir perdiendo a todos los niveles: el Enfermo, la Familia y el Estado, con todo el dinero que eso supone (sí, hay que pensar también en eso.) Este caso era similar a muchos otros, así que no temía equivocarme.

La familia entendió rápidamente lo que ingresar al paciente en la UCI significaba: retrasar un final evidente, separarlo de su familia, y una muerte solitaria e (a pesar de todos nuestros cuidados) indigna. Un enfermo que llega moribundo a Urgencias (ya hablaré algún día de lo muy necesario que es que cada enfermo muera en su propio hogar), si no hay nada por lo que luchar, lo más digno y hermoso es que muera rodeado de sus seres queridos, que los oiga despedirse, en esa burbuja protectora que sólo crea el amor, en un lugar tan impersonal como un hospital. Eso es lo que yo entiendo por una muerte digna: una vez apagado el dolor, una vez envuelto en comodidad, ese pasaje tan triste se cumple con rigor y dignidad, como rito que es.

Suelo emplear siempre la misma imagen, muy gráfica y un poco dura, lo reconozco. Pero a veces hay que recurrir al shock para zarandear la conciencia de los pobres familiares que llevan horas sufriendo, con dolor e incomodidad, por su enfermo. A veces pienso que con el tiempo me hago un poco más duro, más rocoso. Puede ser. Pero no lo creo realmente. Lo que sí me hago es más firme en mis convicciones, en mi búsqueda por la excelencia en el trato y en lo mejor para todos: pacientes, familiares y hospital. En este caso surtió el efecto deseado, y cuando llegó mi amigo y colega, el asunto estaba zanjado. Ambos suspiramos y sonreímos, una vez fuera de la mirada inquisidora de los familiares, y volvimos junto al paciente.

Allí estaba el pobre pajarito. Ya en coma, sólo quedaba ayudarlo en la incomodidad, mejorar su trayecto, apoyarlo en su viaje. Le di órdenes a una veterana enfermera, que se había afanado en su cuidado el día anterior, y que volvía a llevarlo. Cumplió su cometido con diligencia, como tenía por costumbre, pero antes de irme, arrastrando mi cansancio ya demasiado evidente para todos, me interpeló el motivo de mi negativa a ingresarlo.

Cuando se lo expliqué, me miró con esa forma única que tiene y me dijo:

– Desde que cambiaste de gafas, parece que todo lo ves diferente.

Entendí la indirecta. Con la reserva de humor que aún me quedaba, le respondí que cada vez veía peor y por eso estaba tan seguro de lo que hacía. Todos reímos ambas ocurrencias y me despedí con la sana intención de no volver más por ahí aquella mañana.

Mientras subía por las escaleras a entregar la guardia, me quedé pensando en su comentario. Cuán diferente somos los profesionales de la Salud. Entiendo que ella se afanase por cuidarlo (y lo hizo maravillosamente) pero no se daba cuenta que nuestro trabajo, para bien o para mal, a veces da unos frutos y, a veces, otros. Y todos son válidos, porque todos están abocados a cuidar de nuestros enfermos, y, al menos para mí, el velar el tránsito a la Muerte es tan importante como mantener brillante la llama de la Vida.

Me hubiese gustado explicarle mi punto de vista sobre la Vida, la bella continuidad que la caracteriza, en la que considero al Nacimiento y a la Muerte meras estaciones de un viaje que va y viene de continuo. Me hubiese gustado hacerle entender que yo apreciaba su trabajo más allá de sus resultados, porque que yo valoro más el trabajo por lo que cuesta que por su mero final… Pero hubiese sido en vano. Hay momentos en los que la insistencia sólo genera rechazo y quizá éste era uno de ellos. Ya estoy acostumbrado a que la incomprensión anide entre nosotros, ocupando su lugar en la rueda de los acontecimientos junto con el enfrentamiento, la guerra, la adulación o el error. Y no me parece mal: en ese tira y afloja, en esa tensión, la chispa por hacer bien nuestro trabajo navega cómoda, y los resultados hablan por sí mismos.

Qué difícil resulta a veces vivir en una escala de grises. Mantener inhibida esa inmediata reacción que tenemos a explicar nuestro punto de vista, a defender nuestras decisiones, a justificar nuestras acciones, puede ser agotador. Pero es necesario en el continuo fluir de las cosas. A veces encontramos puntos de encuentro, a veces sólo choques frontales. No importa. En ese constante juego, la Vida sigue en nosotros y a través de nosotros. Y, ya sólo por eso, las consecuencias de nuestras decisiones y de nuestras acciones viajan con nosotros en cada guardia, en cada paciente, en cada familiar y en nosotros mismos… A veces somos los malos, a veces los héroes… Así es la Vida…, ¿no?

Coca-Cola.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

Cama 14. Mujer, 43 años. Lleva desde la adolescencia enferma. Artritis Reumatoide, dificultad respiratoria secundaria a bocio inoperable, en silla de ruedas desde los 30, tromboembolismo pulmonar, insuficiencia renal crónica en diálisis…

Cuando me acerqué a la cama 14 allí estaba ella. Los ojos entrecerrados, una expresión de cansancio en el rostro pintado con un cierta tonalidad verdosa. Tenía ese aire desvalido de los pajarillos, delgadita, como escondida en medio de aquella cama que le quedaba enorme. El oxígeno en la nariz, la mascarilla por la noche; y la máquina de diálisis continua susurrando a un lado.

Cuando comencé a estudiar sus constantes y su evolución, la enfermera se acercó porque ella quería algo. Estaba con dieta oral triturada, incapaz de tragar con facilidad cosa alguna. Mientras revisaba sus cosas levanté la mirada. Las vi cuchichear. Acostumbro saludar a los pacientes que están en la UCI  dormidos o no e intubados; por descontado, con aquellos que están despiertos y se pueden comunicar, me enrollo un rato y siempre que paso a verlos. Sé que les gusta hablar con el médico, preguntar qué tal van con expresión entre miedosa y esperanzada, y a mí me gusta sonreírles porque me inspiran cariño y hasta me permito bromear un poco con la situación de cada uno, aparte de explicarles los progresos de su mal. Pero esta vez, cuando iba a decirle algunas palabras a la paciente de la cama 14, algo me detuvo.

La enfermera me indicó que me apartase un poco. Así lo hice. Es una gran profesional, que toma su trabajo muy en serio; es decir, que se ríe a menudo. Como yo. Pero deseaba comentarme algo que no quería que la enferma oyese.

– ¿Puede beber Coca-Cola?

La miré extrañado.

– Dice que es el único vicio que tiene y estando aquí…

Entendí.

– Faltaría más.

Me miró incrédula.

– ¿Sí?

– Sí. La que quiera. Y si hace falta, se la busco yo de la máquina expendedora.

La enfermera sonrió y rápidamente movió los brazos.

– De eso nada, que ya llamo a Cocina. Debe haber en la Casa.

Y la vi correr hacia el teléfono.

Pronto volvió a comentárselo a la enferma. La paciente sonrió discretamente, pero lo bastante para iluminar aquel rostro verdoso, enfermo y cansado.

Es la primera vez que algo así me pasa. No me acerqué a hablar con ella en toda la guardia. No sentí ese impulso. Y ella tampoco lo echó en falta. Hablaba con voz baja pero dulce, suavemente reflexiva. Durante esas horas me dediqué a observarla y a revisar su historia clínica. Un cúmulo de problemas médicos. Enferma desde tan joven, llena de incomodidades físicas, de problemas sobreañadidos a los del día a día; dueña de una voluntad de hierro, arropada por unos padres entregados. Tras dos carreras universitarias, no pudo ejercer ninguna porque su invalidez le impedía desplazarse, y las dificultades mecánicas de sus articulaciones eran un estorbo añadido. Pronto sus riñones dejaron de funcionar, y comenzó ese lento y penoso peregrinar por Diálisis. Y aquella sonrisa en el rostro, y aquel pesado fardo de sueños no realizados que se veía en su mirada cansada. Eso fue lo que me detuvo. Aquella mirada de ojos entornados, esa sonrisa a medio camino entre la mueca y la entrega, y ese impulso no dicho de estar harta de batas blancas, promesas incumplidas y vanas esperanzas.

Una mujer joven aún sin esperanza alguna sabía que las esperanzas tienen fecha de caducidad y se entregaba a aquella certidumbre con una extraña serenidad. Una mujer inmóvil que soñaría un día con bailar toda una noche de la mano de una persona que hiciese magia y la llevase hasta el fin del mundo; los placeres del cuerpo lejos del dolor; las sonrisas veladas de los primeros cosquilleos del amor; la complicidad de los amigos; los planes interminables que siempre tienen un final; quizá tener un hijo; quizá echarse en la arena de la playa y sentir el sol en la piel; ganarse la vida; salir a tomar un café; dormir de un tirón o amar de un tirón y descansar después, entre la niebla del cansancio y del sudor… Una mujer que era una chica, una chica que sabía demasiado bien que no era igual que las demás, que nunca lo había sido, y no lo sería jamás. Y que sólo deseaba beber Coca-Cola…

¿Quién se lo hubiese negado?

A la hora de las visitas, el pajarillo estaba bebiendo todo un vaso de su Coca-Cola clásica.

– ¿Y eso?

Preguntaron sus padres. Yo me acerqué a ellos, sonriendo. Una sonrisa de circunstancias, es cierto. Ellos lo sabían y yo también. Ella cerró sus ojos y siguió bebiendo. Me hizo gracia. No quería saber de mí. Y no me extrañaba nada.

Les expliqué cómo iba evolucionando y ellos me preguntaron por la Coca-Cola. Me encogí de hombros y le toqué los pies algo fríos.

– Es su único vicio, ¿verdad?

Sin abrir los ojos, sonrió. Y esa pequeña sonrisa lo dijo todo.

No, no sería esa chica que sale con sus amigas, que liga en un pub, que fuma desesperada apagando el cigarrillo antes de entrar a casa; que cuelga alguna materia para septiembre; que tarda siete años en terminar una carrera universitaria; que sufre por el machismo en el trabajo; que descubre facetas dolorosas del amor; que da a luz un par de críos y que se preocupa por la línea o la moda o el qué dirán. Pero era una mujer completa, que había luchado hasta quedar sin fuerzas, y que merecía más que nadie que se respetase lo que deseaba.

No crucé una sola palabra con ella. No me hizo falta. Ni a ella tampoco. Pero ella sabía que yo estaba cerca. Y yo sabía que, pese a todo, en los momentos en los que bebía a sorbos su Coca-Cola, ella era feliz, más feliz de lo que ninguno de nosotros podría imaginar, porque conseguía con ese simple gesto paladear los límites de la libertad. Y eso la hacía única. Una chica sin igual.

Cuando terminó mi guardia, miré desde lejos la cama 14. Acostada, con los ojos entornados y su color verdoso, aquella mujer dormía plácidamente el sueño del cansancio y de la espera. Y a un lado de las máquinas, las bombas, las medicaciones, una lata roja parecía sonreírme, cómplice… Qué poco hace falta para hacer un bien. Y para ser feliz.

Me di la vuelta y salí de la unidad, cerrando cuidadosamente la puerta. Una guardia más, un día más.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

I’m not that Girl- Idina Menzel- Wicked., posted with vodpod

 

De uvas y otras tradiciones/ About New Year’s Traditions.

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Ayer no pude comer las uvas a tiempo. A pesar de que, muy amablemente, me tenían dispuesto doce preciosas, redondas y dulces uvas, no escuché las campanadas, estaba enfrascado en entrevistar a la familiar de un ingreso que había hecho (accidente de tráfico), intentando calmarla y que me entendiera, en medio de sus nervios, qué de malo podía pasar. Una y otra vez repetía la misma letanía, y una y otra vez esa angustiada mujer no comprendía del todo. A veces hace falta establecer cierta distancia entre el familiar y el médico, entre la información que llega a borbotones y la lucha interior que tiene esa persona que no entiende lo ocurrido y el paso brutal de la Salud a la Enfermedad que a veces nos ocurre.

Yo intento explicarme de más. Intento establecer un fresco de todo aquello malo que puede suceder, porque siempre hay el familiar listo que se adelanta a todo y dice que nadie les explicó nada de las posibles complicaciones de un caso. Pero quizá en el fondo es tarea perdida: todos escuchamos lo que queremos oír, lo que necesitamos oír, aunque no sea totalmente cierto. Ya no lucho como antaño en ser tan preciso y en conseguir ese objetivo inútil: me limito a enumerar esas posibilidades, intentando transformarlas en un lenguaje más cotidiano, y espero la respuesta. Que suele ser de estupor, incredulidad y viva obstinación. Siempre hay que volver a empezar.

Ayer estaba un poco apurado porque iban a dar las campanadas y yo estaba entrevistándome con ese familiar que parecía no entender mucho. Era joven, así que la falta de educación (y hablo aquí tanto del ámbito académico como de la vida diaria) no debería ser un problema; pero el amor que sentía por el paciente y los nervios que siempre atañen a un accidente de tráfico, le tenían la cabeza hecha un lío.

Terminé suspirando, entregándome a la situación y olvidándome por completo de mi interés en las doce uvas de la suerte y esa costumbre navideña, tan añeja ya, que en mi caso se remontaba a mi infancia, cuando nos daban a los niños uvas pasas sin semilla para practicar el siempre difícil arte de acertar con cada campanada y en el que todo el mundo hace trampa, porque mira que es una tarea entre difícil e inútil para terminar un año de nuestra vida y empezar otro de la misma forma.

En medio de la explicación, ya enésima, sonó mi teléfono y pedí disculpas a mi interlocutora. Habitualmente los enfermos y sus familiares son lo primero, pero eran mis padres que me llamaban, ya pasadas las doce, para desearme en la distancia Feliz Año Nuevo. Así que contesté un momento para desearles lo mismo y decirles que estaba muy ocupado y que ya les llamaría. La señora se rió por lo bajo al oírme y yo le puse cara de circunstancias. Algún efecto hizo, sin embargo, aquella llamada, porque ella misma apremió una situación que ya estaba dilatada de más. Le dije que pronto vería a su pareja y que, si todo iba a bien, pronto saldría de allí. Me sonrió sin creerme, pero hizo como si lo hiciera. Si no lo pensase no se lo hubiese dicho, obviamente, pero así somos los seres humanos.

Cuando me disponía a entrar de nuevo en la UCI, una llamada de Urgencias volvió a captar mi atención. Un chicarrón de 18 añitos que se encontraba malito y no sabían qué podía pasarle. Murmurando por lo bajo, como si yo pudiese adivinar el futuro (puedo tener algo de taumaturgo, pero una sibila no soy aún) me dispuse a bajar de inmediato. El niño en cuestión resultó ser el hijo de una de nuestras enfermeras de UCI y me había llamado, aparte de que sabía que estaba de guardia, porque confiaba en mí. La hicimos buena. El chico estaba mal para ingresarlo en el hospital, pero gracias a Dios no en la UCI. Extendiendo hasta el infinito la cuerda de la amistad, pedía ayuda a mis amigos de Medicina Interna que estaban celebrando en su momento libre el Año Nuevo, y solícitos, pegados a su teléfono como yo debería estar al mío, exploraron e ingresaron al chaval. En esas, otra nueva llamada, de unos grandes amigos, me apremiaba por teléfono. No tuve valor para decirles que estaba en medio de un pequeño problema. Nos saludamos; el niño febril y alucinando, la madre serena oyendo el espectáculo, y tres médicos mirando el caso, hablando con sus familiares y disculpándose a tres bandas por no poder hacer casi todo a la vez. Vaya cuadro.

Pero lo hicimos. Una vez encarrilado el caso del chaval, me dispuse a volver a la UCI. Cuando entré, todo el grupo me estaba esperando con mi vasito de uvas y un gorro de Papá Noel en las manos. Me lo puse para hacerles honor y cogí el vaso. Allí había doce uvas preciosas, verdes y dulces, por las que la luz artificial y los sonidos de una unidad especial como esta atravesaban y se reflejaban con serenidad. De pie, sin sentarme, comencé a comerlas una por una con una especie de solemnidad ridícula. Cuando terminé el rito, más de una hora después que el resto de los mortales de la Península, miré el reloj y sonreí: al menos casi lo había hecho en el huso horario de las Islas Canarias, así que técnicamente había conseguido mi objetivo de la noche.

En la vida no todo es perfecto. Ojalá lo fuera, pero no es posible. A veces me digo que la Perfección sólo existe como anhelo; su posesión derivaría en aburrimiento y desuso. Es una suposición, pues como perfecto no soy, nada sé… Pero en la vida no es todo perfecto, ni todo es bello, ni todo es alegría, ni todo es desazón. Cuando pensaba a lo largo de esa guardia qué entrada de blog sería la primera del año, pensaba con amargura en la larga lista de problemas, reales o no, que han llenado mi vida este año; en mis decepciones para conmigo (que son muchas), en mis anhelos destruidos, en mis sueños olvidados hace años ya y perdidos quién sabe en qué esquina del tiempo.

Sin embargo, esta noche, mientras contaba doce uvas en mi boca, tan dulces que parecían llenas de melancolía, con mi gorro navideño que me iba pequeño, algo en mí cambió por completo. Comenzaron a tomar cuerpo las sonrisas, los buenos ratos; las alegrías robadas al tiempo; los encuentros maravillados; mi pequeño universo en completa expansión por este mundo continuo de la red; las personas singulares que había conocido y que forman parte de mi vida de hoy; aquellas que hube querido no conocer, pero que son tan maestras como todas las demás; los amigos idos, los amores no florecidos; las enfermedades recuperadas; las ansias diarias y mensuales; la pérdida de estabilidad laboral y la lucha entre el orgullo y la sapiencia; el Arte que concentraron mis ojos y mis oídos, mis manos y mi olfato, que nada hay más placentero que el aroma de las hojas de un libro; el otoño ya muerto, el invierno en plena ascensión; el Sol que cabalga sobre la Oscuridad del cielo; mis amigos de Madrid, que siempre tienen un hueco para mí y que se ríen de mí y conmigo; mis amigos más cercanos, cuya lejanía por circunstancias vitales no los separa ni un metro de mí; los libros que he descubierto gracias a escritores de claridad meridiana como Lawrence Schimel; la belleza de un encuentro cristalino, una tarde de septiembre, con el sereno escritor Carlos Hugo Asperilla (la foto que adorna este post es obra suya, y Rosas Blancas para Wolf su magnifica novela) y Óscar Moreno García; la transparencia de la fotografía del alma y la pérdida y el reencuentro de Izak Amancio; la diversión, el humor y la profundidad de la responsabilidad bien entendida de Isidro García López; la tímida gracia de Elena Urbaneja; el poder de la imagen y del deseo de Enrique Toribio; el tesoro de Kielh’s Fuencarral, de la mano de Janneth Muñoz y su equipo generoso; la revolución astral de Ana Mazuecos, todo energía; la llegada y la salida de un espíritu atribulado y único como Pablo Robledo; la amistad exigente y generosa al mismo tiempo de Abel Arana; la belleza y la valentía y el corazón bondadoso de Alberto Urbaneja; la divertida claridad de Vanessa Bautista y María José Giner; el entendimiento aún en la lejanía de Philippe Servais; y esos nuevos amigos aún sin forma pero que están día a día compartiendo juntos pensamientos, a veces locuras y risas como Otto Más y su extrema sensibilidad para la belleza del cuerpo y de las formas, su léxico rico y su erudición, y su oído musical que comparte con Eleuterio Amoedo, uno de los más fieles lectores de este blog sencillo y sin pretensiones; Javier Martínez y ese latigazo de originalidad y verborrea únicas; la casualidad que me ha llevado a colaborar con Juan Avellaneda y su blog Gentleman & Cavaliere, en uno de esos arranques que no se entienden nunca; a esos otros amigos de Facebook como Juan Jò irónico y siempre presente, y la más bella de las sorpresas de la mano de Anita Tef y Cris Pulina, que me han abierto junto a Carlos Hugo Asperilla el mundo de una literatura pura, que desea ser conocida, de un peso único por original, marginal por no pertenecer a las grandes editoriales, demasiado miopes a la hora de descubrir verdaderos tesoros de gramática y sentimiento, como la labor de María Dolores García Pastor, Anika Entre Libros o Frantic St Anger, por nombras sólo unos cuantos… Y más recién en el tiempo del año moribundo, la energía solar de Iñaki Bañares.

Dispuesto como estaba desde hacía días a maltratar la memoria que el año que ha pasado me había dejado (que no ha sido fácil), el recuerdo paulatino de todos esos nombres, y muchos más cercanos a mi corazón, familia y amigos que siempre están ahí, y otros como Pablo Pérez o Eric Arvin, la belleza de ébano de Kelley Weiss y la tierna y sensual franqueza de Gus Brock y la calma disposición de Jeff Ballam, amigos virtuales por los que los años pasan pero que se mantiene ahí, entre las vicisitudes de la vida que se vive, cambió mi parecer… Todo ese mar me bañó en aquel momento y me hizo darme cuenta que a pesar de mi precaria situación laboral, de mi orgullo herido, de mis dificultades económicas, de mi cansancio de siglo y medio, de la Enfermedad y la Salud, mi vida era muy rica, estaba muy llena y a la vez muy vacía, y que aún me quedaba mucho por hacer.

Caminado con mi gorro puesto hasta la cama de un enfermo que estaba agitado, le interpelé e intenté hacerle entrar en razón (un abuelo que estaba aún algo malo). Tal impresión se llevó de ver a aquel gigantón vestido de verde, con una bata blanca y un gorro rojo con pompones, que se calló la boca de inmediato. Al volverme, le preguntó a le enfermera quién era aquel loco que se acaba de ir. Aún oyéndolo, la enfermera le dijo sin pestañear que era el médico.

– ¿Ése? ¿Con esa pinta?

Durante unos segundos me reproché no haberme sacado el bendito gorrito, que no recordaba que lo llevaba puesto. Menos mal que no tenía lucecitas de colores o algo parecido. Pero al instante dejé pasar ese sentimiento estúpido y me reí un buen rato.

– Claro. ¿Quién cree que es a esta hora vestido así?

Claro, ¿quién más iba a ser?

Al rato llamaron de nuevo de Urgencias, por un nuevo accidente de coche. Y todo volvió a empezar. Pero yo sonreí de nuevo, como cuando el humor invade mi trabajo y me da sentido de vida. Porque mi vida, en aquellos momentos, había recobrado de nuevo un significado, una dirección.

Mientras bajaba por las escaleras corriendo, supe qué iba a escribir al llegar a casa y sobre qué iba a tratar la primera entrada del año: sobre el Agradecimiento, las Lecciones que se Aprenden, el Amor…, y sí, sobre  la Decepción también y sobre el Dolor.

Feliz comienzo de Año para todos.

Regalo de Navidad/ Christmas’ Gift.

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Hace un par de meses publiqué una entrada en este blog titulada: Gracias en la que una persona, con mucha delicadeza, me hacía partícipe de una situación que ambos habíamos vivido y del que ella guardaba un secreto muy suyo. Su historia (parte de la mía) me la ha regalado hoy, el día de Navidad.

Es cierto: es muy difícil dar las gracias ante homenajes que creemos inmerecidos. Pero es necesario aprender a aceptarlos cuando estos provienen directamente del corazón. En el fondo, somos ignorantes del efecto que producimos en los demás, de aquello que podemos generar de bueno o malo; afortunadamente esa ignorancia nos permite mantener cierta distancia y cierta entereza en nuestros actos. Sin embargo allí están, y de vez en cuando bueno es que nos lo recuerden, para que podamos sopesar la eterna responsabilidad y el constante intercambio que tenemos entre los seres humanos.

Agosto del 2.005 fue uno de los peores meses de mi vida. Enfermedad, soledad y trabajo. El 1 de Agosto comenzó un calvario personal que me hizo enfrentarme a uno de los grandes miedos de mi vida, la posibilidad de perder a quien yo más a amo y a mí misma :¿Qué haría  si eso pudiera suceder o sucediera?. Y supe la contestación, una contestación que no me ha gustado y nunca me he perdonado.

En aquel Agosto yo estaba trabajando, era un trabajo que no te dejaba extenuada a nivel mental, pero sí físico. Muy duro y encima de noche. Así que, teniendo a mi ser querido en el hospital, muy bien cuidado por el personal y mi padre y hermano, elegí. Y elegí estar a ratos con ella, porque no quería perder mi trabajo. ¿Mi trabajo? Un trabajo que no me gustaba, que acabe dejando años después por cuestiones de salud y que no dejé de aquella por amor de hija.

Pero también me aterraba pensar en la posibilidad de dejar mi pareja, de que la enfermedad de mi madre dañase, de alguna manera, mi relación sentimental. Y quería, quiero tanto a A., que no me imagino mi vida sin ella.

Así que tomé una decisión, decisión que me costó muchísimas lágrimas, pero también incomprensión por parte de alguna gente (no de mi familia directa que jamás me juzgó, ni siquiera mi madre lo hizo, ni lo hace). Y me sentí sola, muy sola, no porque mi madre pudiera morirse, sino porque nadie lo comprendió. Fui tachada de mala hija. Y la verdad, no sé si lo soy o no, pero me dolió que identificaran mi ausencia con falta de amor, porque yo a mi madre la adoro. Y sé que ella me quiere muchísimo.

Pero entre este tiempo de soledad, de sufrimiento, de mala conciencia y remordimiento hubo un suspiro de paz. El que te conté. Nuestra conversación en la UCI, no solo fuíste un bálsamo para mi dolor por la enfermedad de mi madre, sino también para mi propio dolor.

Aun recuerdo mis palabras y las tuyas como si fueran ayer. Están grabadas a fuego en mi alma.

Me informaste sobre el estado de mi madre, de manera pausada, dulce y tranquila. Me alertaste de la posibilidad de que fuera a pasar un tiempo en la UCI; un tiempo largo si mejoraba y no empeoraba, posiblidad que podía darse. Y yo te contesté que sí, que lo entendía, que se la veía «asténica»… Tú sonreíste ante ese vocablo y me preguntaste si trabajaba en Sanidad. Te respondí, que no, que la medicina me encanta pero no el ejercicio de la misma. Pero que estaba al tanto de x cosas por la enfermedad de parientes. Ahí me ofreciste la posibilidad de habilitar un pequeño espacio para mi madre, para poder verla más a gusto y en mejores condiciones. La empatía, tu cualidad natural. «¿Habilitar un espacio? Idea genial si yo pudiera verla más tiempo que el fin de semana. Trabajo fuera»,  musité, culpable, y bajando la cabeza. Pero, la subí y te miré. Y ví comprensión, comprensión, Juan. Me dijiste: «No te preocupes. Ven cuando puedas, tu madre está bien cuidada». La frase que necesitaba oír para aligerar un poco el calvario la pronunciaste tú. No un familiar, ni un amigo, sino un desconocido. Y, entonces, tuve una sensación extraña. Supe que no se iba a morir, no sé por qué, pero lo supe, y allí (a veces me pasa con la gente, que no necesito tratarla para intuirla) percibí que estaba ante alguien distinto, singular, y pensé que como amigo no tendrías precio, porque en aquellos minutos fuíste más amigo que muchos.

Nunca me he perdonado no haber abandonado mi trabajo por mi madre, nunca, pero sé que lo que hice era lo que había que hacer para romper mi cordón umbilical perpetuo con ella. Lo sé, porque tengo el don de saber qué lección oculta una experiencia,  pero he pagado un precio muy alto: mi conciencia. No estar jamás en paz conmigo porque siento que la abandoné, que le fallé; pero, por lo menos, tú me proporcionaste esa paz durante unos minutos. Y eso nunca, nunca lo olvidaré.

Esta historia, la mía, te la pongo en privado, pero si tú crees que puede servir a otros, te doy permiso para publicarla porque no quiero que ningún acompañante se sienta juzgado por otros, porque NADIE, NADIE, sabe la verdad de nuestra alma. Solo Dios.

Gracias, Juan. AMIGO.

De nuevo mis más denodadas y silenciosas gracias a Cris Pulina (antes Cris Sin Más) por este maravilloso regalo de Navidad, y decirle que nada más estable que nuestro corazón y nada más sabio que los hechos pasados para demostrarnos que todo tiene su lugar bajo el sol, y que está bien que así sea.

Hacia atrás, hacia adelante/ Looking back, looking forward.

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Cuando estaba en mi último año de residencia médica, que comúnmente abreviamos en R5, en vísperas de pasar una temporada fuera rotando en Estados Unidos, estaba de guardia. Por la tarde, nos comentan un caso terminal desde quirófano. Un caso típico de problemas abdominales por una cirugía previa años ha.

Lo que hacía curioso este caso es que el enfermo era SIDA terminal. No sólo VIH positivo, sino SIDA y moribundo. La operación no añadía gran cosa a su condición, salvo el estado de aguda gravedad en el que se encontraba previo a la cirugía. Cuando llegó, ya despierto y extubado, aún algo dormido, me llamó la atención lo joven que parecía (apenas pasaba de los cuarenta años) y la belleza que mantenía, esa hermosura de las cosas perdidas.

Debido a su estado, y para mejorarle, hacía falta adminsitración de medicamentos por vía intravenosa, lo bastante potentes para dañarle las venas periféricas, por lo que necesitábamos canalizar una vía central, en una de las venas más grandes del cuerpo a las que tenemos acceso. No sabía nada de su historia previa, salvo que padecía en esos momentos, entre otros males asociados a su enfermedad, Coriorretinitis por Citomegalovirus, una entidad nosológica de marcada gravedad dentro del VIH: es decir, tenía un enfermo de SIDA entre mis manos.

Cuando estábamos mi adjunto y yo decidiendo qué sería lo mejor, el enfermo despertó y preguntó con la mirada qué tal se encontraba. Se lo dijimos. Asintió con esa tristeza y cansancio tan habituales. Inmediatamente preguntó por su pareja, que seguro lo estaba esperando.

Mientras el adjunto perfilaba el tratamiento, fui a hablar con él. Sí: era homosexual. Sí: su estatus fue adquirido por contacto sexual. Una historia como muchas, pero con ciertos matices: en España, y en Galicia, el porcentaje de enfermos VIH positivos se caracteriza por ser de mayoría heterosexual, adictos a drogas parenterales (ADVP), en vías o no de desintoxiación. Asimismo, son pluriserológicos: habitualmente la infección por el VIH coincide con hepatitis por virus C y virus B (VHC, VHB) con una morbimortaidad muy superior.

Le pregunté a su pareja si él también era portador del virus. La normativa médica nos impide realizar sin consentimiento (salvo causas de fuerza mayor) las pruebas serológicas de VIH y, por supuesto, si no es paciente, la persona preguntada tiene todo el derecho a no decirlo. Yo lo sabía. Pero había algo en aquel enfermo y en aquel hombre que tenía delante de mí que hizo que me saltase las normas a la torera. Mirándome fijamente respondió que no, que eso había sido en una relación anterior a la suya (llevaban cerca de veinte años juntos.) Era consciente de su estatus de VIH desde que lo conoció y aún así no le importó seguir a su lado. Lucharon contra todos: la familia del enfermo, que aún sabiéndolo con un pie en la tumba no vinieron a verlo; la suya propia por unirse a alguien seropositivo, la Enfermedad, y los avatares de una vida en común tan prolongada.

Aquel hombre de aspecto sano, rotundo, de esos de largas tandas de gimnasio y jogging, me sonrió tímidamente entonces. No sé qué reconoció cuando nuestras miradas se encontraron. Yo estaba muy delgado en aquel tiempo de trabajo agotador, cansado y lleno de ojeras; al día siguiente me esperaba una maratón de quince horas de viaje; llevaba casi veinte trabajando sin parar, y no sé porqué me sonrió en aquel momento tan duro para él. Le cogí de la mano y le mostré como pude mi pesar por la situación que vivían: veinte años de entrega y de fidelidad terminaban en una cama de UCI y en la soledad más absoluta para ambos. Y lo comprendía. Y me sonreía a mí, al portador de las malas noticias.

– Hemos estado siempre juntos desde que nos conocimos. Luchamos juntos, reímos juntos, amamos juntos… Me gustaría…

No hizo falta que me dijese más. Le interrumpí con una discreta inclinación de cabeza.

En ese instante llegaron sus familiares con gran ruido y alboroto, abrazándolo con una pasión que me llamó la atención. Discretamente me escurrí como pude de aquel cuarto y los dejé solos. Aunque él no estaba solo.

Al llegar a la cabecera del enfermo, el adjunto ya tenía el tratamiento decidido. Me preguntó mi opinión. Como residente, aún como R5 que era en aquel momento, la decisión última es siempre del adjunto clínico. No tuve nada que objetar: aquello era también lo que yo tenía en mente. Sólo le transmití el favor que su pareja me había pedido sin decírmelo. Había esperado su confirmación y no me equivoqué: su pareja se quedaría a su lado hasta el último suspiro.

Como el tratamiento de mantenimiento requería a fin y al cabo la colocación de una vía central (labor del residente), empecé a explorar al enfermo y a explicarle lo que íbamos a hacer. El hombre estaba entregado entre la medicación y el cansancio.

Cuando iba a disponer todo lo necesario, el adjunto me detuvo.

– ¿Quieres que lo haga yo?

Yo le miré con una expresión interrogante en la mirada.

– Juan, a ti te queda aún mucho tiempo por delante… Si pasase algo… Déjame a mí: ya he vivido bastante y si me infecto, poco problema habría…

Pocas veces tengo miedo una vez que tomo una decisión. Los momentos previos a ella estoy nervioso (al menos internamente), porque sopeso lo bueno y lo malo de cada situación. Pero una vez que tomo una decisión cargo con todas las consecuencias y esa decisión es, en la mayoría de las ocasiones, irrevocable.

Pensé en aquel hombre que esperaba en el Pasillo de la Salud Perdida para poder vivir junto a su amado el último de los viajes, el último suspiro de cordura, de risa, de llanto. Esa fidelidad única e insondable, en el que cabían todas las lágrimas, todas las risas y todos los besos, hablaron por mí.

– No. Ya lo hago yo. Es mi trabajo, ¿verdad? Pues así será.

Fue en un otoño, hace ya seis años, y aún estoy aquí. Sigo interpretando casos, cometiendo errores; a veces maldiciendo mi suerte; a veces sonriendo plenamente. Deseando un abrazo y un beso; rodeado de intrigas y de sonrisas, de mala suerte e incomprensión. He pasado por valles y por altiplanicies; he sentido mucho miedo y me he dejado llevar. Pero aquella entrega de un millón de besos sigue grabada en mi memoria, y cuando decaigo, me sirve como combustible para seguir adelante.

La fealdad existe, la envidia genera conflictos; la maldad campa a sus anchas por el mundo; la destrucción y la avaricia; la incomprensión y la desigualdad siembran brumas en el horizonte. Pero el mundo continúa girando, y el amor llena el planeta; el amanecer ilumina los espíritus y la noche irradia al alma. Y un millón de besos se atesoran en la memoria y en el corazón…, porque aún hay esperanza.

Sueño en verde/ I dream in Green.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

Yo soy Coordinador de Trasplantes. Y sueño en verde: sueño que podamos conseguir cada mes, cada año, superar el número de donaciones para así aumentar el número de trasplantes y regalar Vida con Vida.

Yo soy Donante de Órganos, porque sueño en verde, y quiero un mundo mejor. Donde la generosidad no se mida con retorno, y a veces el egoísmo de la vida se devuelva con regalos e ilusiones. Ilusiones y regalos de Vida.

I’m a Transplant Coordinator. And I dream in Green: a dream in which we can achieve every month, every year, a large scale of Donations because we can reach a high percentage of Transplantations and, doing so, give Life with Life.

I am an Organ Donor, because I dream in Green, and I do want a better world.In which generosity will have no measure and, sometimes, selfishness is payed back with a bunch of illusion and gift. A gift of Life.

Gracias/ Thank you.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

En tiempos en los que nos fuerzan a dejar de trabajar en una profesión a la que le hemos dedicado años porque los números no cuadran y nos sentimos maltratados primero por el propio Servicio al que pertenecemos, después por la gerencia del Hospital en el que trabajamos y, finalmente, por los responsables últimos de las tomas de decisiones (el Servicio Gallego de Salud, SERGAS); en momentos en los que nos planteamos mil dudas, la adecuación a una profesión como la Medicina que exige mucho más de lo que pensamos, pero a la que nos acostumbramos tanto que ya ni lo notamos, la propia capacidad siendo así que se prescinde tan fácilmente de nuestra presencia, recibir una nota pública de agradecimiento por algo tan pequeño es algo que nos sorprende, nos sonroja y nos deja casi sin palabras. Una sorpresa tan agradable y tan dulce fue lo que recibí el viernes, casualmente mientras estaba de guardia, y su sabor lo llevo aún en los labios y el bálsamo que me regaló, aún lo noto en mi piel.

Cris Sin Más es una usuaria de Facebook amiga de un amigo común al que admiro profundamente, el escritor Carlos Hugo Asperilla (autor de Rosas Blancas para Wolf.) Mientras hojeaba unas fotos suyas, dio con una mía. Y esa foto le llamó la atención. Tanto, que comenzó a ver más fotos en las que yo aparecía, y se hizo la luz de tanto interés por mi persona (al que no conocía de nada.) Primero, me pidió ser un contacto en Facebook, que acepté. Y después, escribió, en un juego de adivinanzas, la siguiente nota titulada Fotos del hospital…, con tanto candor como cariño y agradecimiento:

Fotos del hospital…

Ya había comentado que me gustaba más que fotografiar con cámara, hacer fotos mentales; esas que todos guardamos en el álbum de nuestros recuerdos personales, unas las hago a conciencia y otras no, salen de forma involuntaria y se quedan grabadas a fuego, y por mucho tiempo que pase no se borran. Las que describo hoy pertenecen a esta categoría.

Hace un tiempecito pasé una época bastante movidita, y hay unos cuantos «clicks» que me recuerdan aquello. Algunos buenos, otros malos y hasta los hay milagrosos. Mi madre en la UCI (casi se muere, tenía un tumor benigno cerebral y se complicó la operación), mi padre solícito, tierno, cuidándola, mi hermano pequeño, todo coraje, llegando desde Madrid y permaneciendo a su lado hasta que todo se solucionó, Cris y A. (siempre A. conmigo) corriendo hacia el hospital. Hay muchas, muchas fotos de aquella época, que me hacen llorar aun.

Pero no quiero hablar de mi entorno, sino de aquellos, mis héroes, que cuidaron a mi madre noche y día como si de una más de su familia se tratase. A mí siempre me ha pasado que cuando alguien está gravemente enfermo, me siento, por muy acompañada que esté, sola e impotente. Es como si al enfrentarme cara a a cara con la enfermedad, la muerte, me enfrentase también a mí misma, conecto con lo más profundo de mí, lo mejor y lo peor, y allí, en el hospital, conecté con lo mejor, no sólo porque ver sufrir a mi madre me trastocó hasta el infinito, sino porque descubrí, dentro de aquellas paredes de la UCI, más vida que fuera (la segunda vez que me pasa). Una vida que se refleja en dos fotografías que siempre llevo conmigo.

La imagen de una chica, muy joven, aseando y arreglando con amor, un inmenso amor, a una ancianita desvalida.

Y la gran empatía de uno de los médicos responsables de mi madre. Hablé con él dos veces, y nunca he podido olvidar su mirada (inmensa, profunda, humana) y los gestos de cariño y consuelo que tuvo hacia nosotros. Jamás lo he olvidado.

Me sentí profundamente acompañada en aquellos momentos. Profundamente. Un extraño pasó a formar parte de mi esfera más íntima, porque llegó a mi dolor, y ese don no lo tiene mucha gente. Este chico sí, sin duda. Alma de sanador.

Mi madre se recuperó, afortunadamente, y sin secuelas físicas, pero seguro que las tiene en el alma, como todos nosotros. No sé si vuelve mucho a aquella época porque no hablamos con frecuencia de ello, pero cuando lo hace y habla de su tiempo en la UCI aparece otra foto: su mirada, la del agradecimiento eterno.

Hoy he escrito esto porque nos quejamos demasiado de la Sanidad que tenemos (y es de las mejores de Europa) y en los medios aparece reflejado lo peor y lo infrecuente (que es lo que vende) y no estas situaciones, que son lo normal. Visito con frecuencia hospitales porque tengo amigos trabajando en Sanidad y el 90 por ciento de la gente responde al panorama que he pintado hoy. Así que… gracias… a mis amigos anónimos, los ángeles de mi madre, y a todos aquellos que velan por nuestra salud y que ya, para siempre, formarán parte de mi álbum personal :). De corazón, gracias.

Cuando leí esa nota, muy sentida y sincera, le agradecí, como parte de la profesión (aunque maltratado en grado sumo por la Administración), sus palabras y sus deseos. En esa nota se resume lo que siempre he buscado en la Medicina: Servir. Y ver que alguien, una usuaria del sistema, se había dado cuenta de eso, me llenó de calor y de agradecimiento.

Lo que yo no sabía en ese momento es que, en ese juego de adivinanzas, Cris Sin Más terminaría desvelando que el médico al que ella hacía referencia era yo. Y me lo dijo haciendo que evocara el caso de su madre, que es como yo, en general, recuerdo a los pacientes y familiares. Cuando me di cuenta de eso…, me quedé mudo. No sabía qué hacer. En medio del torrente de sentimientos contrapuestos que mi situación laboral actual me ha arrojado, entre las dudas que siempre tengo sobre mi actitud, mi habilidad, mi interés y mi conciencia; durante una guardia que acabó siendo fatigosa y eterna, aquella nota, aquellos sentimientos expresados con tanta sencillez y luminosidad, me regalaron algo tan bello, que aún resuena en mí la serenidad y la dulzura que me transmitió.

A pesar de las mil dudas con las que me enfrento en cada día que trabajo (ahora, desgraciadamente, sólo trabajo por días), la última intención de cada hora que dedico a la Medicina es Servir. Y en ese acto de Servicio (que reinvindico como una labor de equipo), a pesar del miedo que conlleva y las interrogantes que plantea, encuentro un camino y una meta, que se llena de alegría al ver, sólo a veces, que, sólo a veces, llegamos a nuestro destino siendo lo que queremos ser.

Muchas gracias, Cris Sin Más, por este regalo. Y a Carlos Hugo Asperilla, por ser el puente que unió los extremos de una sorpresa semejante.