El mar interior/ The sea inside
En la ciudad/In the City.
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside¿Por dónde empezar?/ Where Do You Start?
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ MusicPensé que estando solo me iba a ser más fácil: cambiar las cosas de sitio, esconder tu ropa, recoger tus libros y tus compactos, apilarlos en cajas sin nombre, esperando que el anonimato borrase del aire el perfume de tu piel. Pero me equivocaba.
¿Por dónde empezar este final? ¿Por dónde terminar una historia que parecía no tener fin, llena de esperanzas, de locuras sin nombre, de ilusiones apiñadas todas juntas en los límites de una cama, de un salón, de una ciudad inmensamente pequeña para el amor?
¿Por dónde empezar? ¿Dónde esconder el corazón que sigue latiendo con el ritmo de tu nombre, que sigue respondiendo al llamado de tu voz, ecos que retumban en el pecho que duele, duele una y otra vez, y que respira y que late?
No lo sé…
Pero algo tengo que hacer: ya no estás, te he invitado a irte de mi vida como quien deja un hogar abandonado, y te fuiste…Siempre me has hecho caso, y no sé porqué, pues siempre me he equivocado… Y sin embargo, era el momento, el momento en el que más te quería, y si no te dejaba marchar, te odiaría mucho más…Porque sí, te odiaría…
¿Por dónde empezar? No lo sé. Pero sí sé que no podíamos seguir así, escondiéndonos uno del otro usando mil excusas pequeñas que no tenían sentido; lamentando desencuentros que terminaban en gritos; ajustando mil reproches que sólo despojaban al amor de lo más íntimo y sagrado.
Nos perdimos en el viaje, y eso que juré estar siempre a tu lado. Dejamos de vivir juntos, de pensar juntos, de sentir juntos: en la cocina, en la cama, en el corazón. Y un beso era el roce de cuatro labios entreabiertos; y un guiño, la respuesta de una mota de polvo; y una sonrisa, un vago intento de alejar el porvenir.
Por nuestro amor sufrí mucho decidiendo este gran paso. Sufrí porque me hacías daño; y me hacía daño sufriendo por no querer ya quererte. Porque hasta llegué un día a desear no amarte. Pero sobre eso no tengo poder, como el de continuar amándote. Y no quería llegar a pensar en ti con rencor y erróneamente, y no quería ver destrozado un proyecto de locura que nació cinco años atrás y que ya no da más frutos, ni sombra ni cobijo.
¿Por dónde empezar nuestro final? Pidiéndote que te fueras; rogándote con los ojos que te quedaras; que olvidaras tus maletas, tus ojos y tus caricias, y que me dejaras solo… Sentidos contradictorios, mensajes sin cifrar, hechos muertos que rebotan sin sentido en un universo que, desgraciadamente, dejó de tener nuestros nombres.
Porque teníamos un mundo, uno muy nuestro, cargado de nuestro sudor, de nuestro olor y pareceres. Uno maravilloso que giraba con el ritmo de la luna; que fulgía en la noche oscura y clamaba en el sol abrasador de un verano sin límites. Y todo era bello: tus ojos de tierra, tu pecho de bronce, tus manos largas y sinuosas como ramas de árbol. Y las sonrisas que retumbaban en la habitación sin cuadros; que perseguían los sueños desnudos, que latían en nuestros corazones después de la lucha, una y otra vez, agotados ambos, agotado el reloj y despiertas las horas, pendientes de nuestros afanes.
¿Por dónde empezar? He guardado cada uno de tus recuerdos en cajas sin nombre para poder olvidarlos. He empacado cada una de tus ropas, dobladas una por una, planchadas y limpias, y las he envuelto en papel de seda para que no se dañen. He guardado los libros que me regalaste con polvos de talco y granos de arroz templado; tu música, tu sonrisa, tus vídeos; todo clasificado en los momentos y lugares que visitamos; en los recuerdos borrados que mil peleas ridículas diluyeron en nada… ¿Y qué he hecho? Nada, nada que no sea pensar en ti.
¿Cómo empezar a olvidarte?
Dímelo tú, que ya no estás aquí porque yo quiero. Dímelo tú, que continúas aquí, porque, aunque te odiaría, te sigo a amando y aunque te olvidase te recordaría siempre.
¿Dónde empezar a olvidarte?
Por mí, quizá.
Los Días Idos/The Days Gone.
El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone
Recuperar los trozos de vida que nos rodean por doquier. Adaptarse a realidades siempre más pálidas que nuestros sueños. Acostumbrarse a esas pequeñas pérdidas del día a día. Del desamor.
Tiempo, todo lleva su tiempo. Incluso la eternidad se vive en un momento, y ese instante siempre es presente en el recuerdo.
Cuando no podemos más nos queda el teatro de lo que ha pasado. Los límites del tiempo se diluyen y sentimos, actuamos y vivimos en un presente continuo, único, casi perfecto. Amplificamos lo que sentimos una vez, lo teñimos de intensidad, lo amparamos con aprehensión, le inventamos nuevos olores e innovamos nuevos sonidos y le añadimos extraños sabores que jamás degustamos antes… Porque no podemos olvidar, ni el la revisitación más minuciosa, que ya todo ha quedado atrás.
Vivimos rodeados por ruinas. Las ruinas de nuestro ser. Dejémoslas así, estatuas mutiladas sin adornos, sin añadidos superfluos. Nos recuerdan que alguna vez han sido, que alguna vez vivimos de una manera que ha dejado de ser útil, y que sólo recuperamos los trozos de vida que nos rodean para clasificarlos, adorarlos, y dejarlos finalmente atrás. Ya que siempre hay que volver a empezar.
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La borrasca enorme que sacude la tierra se asemeja a mi propia revolución interior. Viento, lluvia, desorden. Caos.
Después la calma, visualizar los destrozos y reparar los errores.
Volver a empezar.
Otra vez.
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El silencio, solo o compartido, ayuda a sanar las heridas. Y a unir. No hay lazo más fuerte que la complicidad de las miradas envueltas en silencio, cuando hablamos con los gestos, con los olores y los tactos.
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Todo es un abismo; siento el vértigo de la cumbre, los curiosos espasmos de lo imposible.
Todo es un vacío profundo, oscuro; noche y día fundidos en un mismo tono pardusco.
Todo estalla como relámpagos acerados; restalla como látigos al vuelo; lastima como truenos dentro de la mente.
Quisiera dormir sin sueños. Quisiera un despertar blanco.
Intento gritar mi soledad sin nombre.
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Lucho, lucho y pierdo batallas. Por doquier veo restos de mis contiendas absurdas, de mis sueños rotos a medio realizar.
Busco fuerzas para seguir adelante. Rezo pidiendo consejo, luz, alguna victoria pequeña, pírrica.
Me siento perdido en un mar de dudas, de inmensas indecisiones. Lo que el corazón me dicta contra lo que obtengo. Lo que quiero crear y no logro llegar a plasmar.
Me siento un océano de posibilidades al que se le agota el tiempo. Una inmensa selva sin caminos horadados…
En vez de haber vivido, pasa el tiempo, y me encuentro siempre en el mismo lugar, pensando siempre los mismos sueños, clavado en un Limbo sin salidas ni esperanzas. Preguntándome a mí mismo qué hacer y cómo hacerlo.
Soy parte de una generación perdida.
Siento que navegamos en rumbos opuestos. Que llegamos tarde a nuestra cita, y que el mundo sigue girando mientras nuestras esperanzas estallan a nuestros pies.
Siento que el tiempo apremia, que ahoga todas las intenciones. Y que no actúo, por cobardía y pereza, y voy dejando todo de lado.
Me faltas tú, que eres el combustible para mi fuerza.
Se puede vivir solo, se puede vivir sin amor. Soy la prueba de ello. Pero de nada sirve, pues nada se produce, nada cambia.
No quiero que nadie pase por esto ni viva de la misma manera.
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Sentimientos contrapuestos; olas que chocan imparables en la orilla de mi mar interior. Fuerzas opuestas que tensan mi tranquilidad; Newton haciendo gracias a mi costa.
Tanto qué decir… Se agolpan las ideas y las sensaciones en las yemas de mis dedos, deseosas de obtener la energía de los planetas, el aliento nuclear de Dios. Intento traspasar los límites que me atan al Silencio, oscuridad henchida de ruido que rellena mi vida, que ahoga mi aliento. Juego con las armas que me destruyen, deseando nacer de nuevo.
Es difícil reunir los pedazos de un corazón roto. Me faltan ánimos para resucitar el mundo de ilusiones; me faltan fuerzas para generar nuevas erupciones internas, nuevos estallidos de paz completa.
Me falta serenidad, me falta plenitud. A pesar de vivir rodeado de comodidades, de tecnología punta, de ciertos lujos de pequeño burgués. Me falta aliento, combustible, compañía. Y escribir. Y vivir. Y tener de que escribir y de qué vivir.
En un mundo rodeado de tanta necesidad material, el vacío existencial no tendría cabida. Pero existe. Puedo ayudar a hacer de nuestro planeta un lugar mejor, y no sólo desde el punto de vista económico: una sonrisa, una cortesía, la más pequeña posible; un hecho desinteresado… Pero sin embargo la sensación de fin continúa ahí, instalada en el interior de mi vida como la semilla en el centro del fruto. Me sigue, me persigue, dejándome muchas veces sin aliento. Sin sentido de vida.
Escribo para ver mejor entre la bruma, para encontrar una guía en medio de la oscuridad.
Escribo para admitir mi desesperanza, mi desazón. Y para comprenderla. Y aceptarla. Y para dejarla atrás.
Escribo para reencontrarme y aceptarme. Para hallar nuevas metas que me motiven. Para ser yo otra vez. O yo de otra manera.
Escribo para mejorarme e intentar ser feliz y dar felicidad sin esperar nada a cambio.
Escribo apra olvidar lo que siento y decantarlo, transformarlo en mi ganga particular, en mi tesoro eterno. Suerte de Paracelso más torpe y con menor tesón, pero con mayor éxito.
Escribo finalmente para entender el inmenso lienzo que es mi vida. Y para arrancarme la palabra Melancolía.
Es que paso del Amor/ I’m through with Love.
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MÁS (Historias de Chueca 2)/ MORE (Chueca’s Chronicles 2).
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Mientras leía no estaba en este mundo. ¿Para qué? El avión se agitaba arriba y abajo por el viento y la lluvia; arreciaban las gotas en las ventanillas y, según me comentaron después, los demás pasajeros miraban angustiados por entre las nubes plomizas y densas. Yo no me di cuenta de nada. No podía. Estaba enclavado en el planeta Chueca, acompañado por esos amigos, viejos amigos ya; viviendo sus aventuras, sintiendo sus emociones y riéndome con sus locuras. Y eso me hacía un idiota frente al resto de pasajeros encerrados en ese pajarraco de acero, que atravesaba una tormenta interminable en la inestabilidad del aire que flota. ¿Qué más podía hacer? Notaba ciertos vaivenes, algún que otro golpe de viento; como me era imposible separar los ojos de esas líneas llenas de magia y era incapaz de escapar de la dimensión de Alejandro y Miguel y Matilde y Celeste y Felipe y Stephan y Juanjo y, cómo no, de Abel Arana, aquel viaje lo recuerdo como un paréntesis lleno de alegría y de ternura en medio de un huracán que no terminaba nunca, deseando en mi interior que ese avión no tocara tierra jamás hasta terminar de leer la última frase del libro. Desde luego, no debí ser el pasajero más popular del vuelo, pero eso a mí me tenía sin cuidado.
Un hombre puede ser muchas cosas, y puede serlas en la imaginación que bulle. Abel Arana es uno de los pocos cuya capacidad para plasmar esa imaginación excede la de los propios sueños; y con tesón y un talento que desarma, va consiguiendo, párrafo a párrafo, construir un abanico de personajes, una serie de escenas alocadas y tiernas, oscuras y sensibles, que embrujan, atrapan, absorben y nos dejan sedientos de más, más y más.
En MÁS expone, quizá por primera vez, ese regalo que se le ha dado, esa divina capacidad de crear mundos cotidianos pero surrealistas, amenos pero engañosamente superficiales, y de enseñarnos lecciones profundas y sutiles escondidas en la carcajada desatada y, a veces, en la lágrima más pura. Explota, con una energía mucho más contenida (pero no menos potente) de la que nos tiene acostumbrados, los sentimientos humanos más íntimos pintándolos con colores brillantes, y nos muestra diálogos sencillos pero certeros, hilarantes y sinceros, y situaciones cotidianas llevadas al extremo y desarrolladas con una mano firme y discreta a la vez. En MÁS encontramos a un Abel Arana que busca una profundidad, que siente necesidad de ser algo más que un mero contador de historias, sin sacrificar por ello la alegría, la aventura más alocada y los más extremos colores.
MÁS es energía en estado puro, una energía que nace del corazón y al corazón retorna, en ese viaje cíclico que es la vida. Los cabos se tocan: la alegría con la tristeza; la locura con la cordura; la tranquilidad con la angustia; la desazón con la serenidad. Todo esto se encuentra en su nuevo libro, que es más que una crónica, que es más de lo que aparenta ser. Está escrito con una sutileza asombrosa; delicadeza que puede escapar fácilmente al ojo más distraído, pero que atrapa al corazón del lector que se sumerge en el viaje de Alejandro, en su encuentro con el amor, la soledad, el miedo y la inocencia, la verdadera inocencia que nunca nos abandona, que nunca muere, pase lo que nos pase.
Todos sus personajes son símbolos. Todos. Y todos son divertidos. Todos. Pero MÁS contiene un secreto; en su núcleo se esconde la semilla que hace de su autor un hombre con talento, un ser capaz de trascenderse a sí mismo a través de lo que escribe, bullendo en una imaginación que crea mundos y realidades. Es una novela incasificable, porque navega constantemente en todos los extremos; en los meandros, en las orillas, en los remolinos más intrincados, en las aguas más quietas. MÁS sería una montaña rusa si la mano de Abel Arana no tejiera con firmeza cada uno de sus capítulos; MÁS sería difícil de leer si su autor fuese otro que Abel Arana. ¿Por qué? Porque nos muestra el latir de un corazón en estado puro envuelto en las carcajadas, a veces hirientes, de la vida, de la verdadera vida. Y porque nos muestra que, aún en los momentos más duros, en las equivocaciones más absurdas, gracias al verdadero amor, el corazón es capaz de sobrepasar todos esos obstáculos, esas incansables barreras, para continuar latiendo más fuerte, más sano y más sabio.
Cerré el libro justo cuando el avión tocó tierra. Ni siquiera el rebote que dio el aparato me liberó de la abstracción en la que me encontraba. Como despertando de un profundo sueño, la esencia de París de Saint Laurent inundó mis sentidos. Sin querer, ése es el aroma con el que, a partir de ese momento, identifico a MÁS. La señora sentada a mi lado se persignaba, con alivio y resignación. Debí mirarla con cara de alucinado, porque no me devolvió la sonrisa con la que la recibí. Ella sólo se dignó a ver la portada, roja como la sangre, y el enorme reflejo blanco de sus letras impresas.
– Debe de estar muy bien. El libro.
Tenía el pelo como un nido de pájaros. El avión se detuvo y comenzaron a sonar decenas de móviles. El perfume asomaba de su piel. Yo le volví a sonreír mientras apretaba el libro contra mi pecho. Sí, lo estaba… Y, a pesar de todo lo que había vivido hasta ese momento, o quizá por todo lo que había vivido hasta ese momento gracias a él, me di cuenta que yo sólo quería más. Y MÁS.
Me hiciste amarte Persiguiendo arcoiris que No eran para mí/ You Made Me Love You Chansing Rainbows But are Not for Me.
Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ MusicAl gigante Anteo, que nunca quiso pisar con sus plantas la tierra de mi vida.
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