A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Con un poco de amargura/ With a Touch of Bitterness.

El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature

Soneto CXXI

Mejor será ser malo que malestimado,

cuando el no serlo gana a serlo la condena,

perdido el justo gozo, que no al propio agrado

de uno se mide, sino por mirada ajena.


Pues ¿a qué van los ojos de otros con veneno

a hacer guiño a los brincos de mis fantasías,

o a ser de mis miserias míseros espías,

que hagan malo a su antojo lo que estimo bueno?


No, yo soy lo que soy, y los que me reprochen,

contando están sus propias faltas en mis sobras;

puedo ir derecho, aunque ellos de través atrochen;

sus pútridas ideas no han de hacer mis obras;


si no es que a todo extienden esta triste ley:

todo hombre es malo, y en su mal él es el rey.

Sonnet CXXI

‘Tis better to be vile than vile esteemed,

when not to be receives reproach of being,

and the just pleausre lost, which is so deemed

not by our feeling, but by others’ seeing.


For why should others’ false adulterate eyes

give salutation to my sportive blood?

Or on my frailties why are frailer spies,

which in their wills count band what I think good?


No, I am that I am, and they that level

at my abuses reckon up their own;

I may be straight though they themselves be bevel;

by their rank thoughts my deeds must not be shown;


unless this general evil they maintain:

all men are bad, and in their badness reign.

William Shakespeare, Sonetos de Amor/ The Sonnets.

Por una vez/ For Once.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Para AA.

Estaba cansado, deprimido. Luchaba contra mi destino con una fuerza ciega. Y todo lo tenía en contra. La vida desesperaba en mi interior para salir al encuentro de la luz del día, pero yo me debatía en un mundo de tinieblas oscuras, noche perpetua que nada lograba deshacer. Cuando vivimos acostumbrados a la penumbra, la brillantez de la luz nos alborota los sentidos y nos ciega por un momento, dejándonos a merced del destino.

Aunque estaba deprimido y cansado de estar cansado, decidí aceptar esa invitación tardía que a veces un amigo nos arroja como haciéndonos un favor. Y la verdad es que lo era. Me había convertido en una carga pesada incluso para mí mismo; ya no me miraba al espejo tanto como solía, y la imagen que me regalaba no era para observarla por mucho tiempo. Me esmeré pese al fastidio que nos da vestirnos para una ocasión a la que no queremos dejar de ir sin ir, claro. Pero hice mis esfuerzos. Me costaron mucho; la pesadez de los brazos, ya algo caídos por falta de tactos; el pelo un tanto desaliñado que me daba un aire de niño pícaro que quedó hace mucho tiempo atrás; la chaqueta negra como mis pensamientos; una corbata sin atar, como queriendo liberar mi voz de una ronquera invisible. Pero estuve listo a la hora acordada y casi ni me acordaba de quien yo era cuando me remiré en el ascensor.

Me gustó. Quiero decir, que me gusté. Por una vez. Y eso de por sí ya era sorprendente. Desde que me quedé solo, por muchas razones todas perfectas, mi presente pretérito se abrió ante mí como un paréntesis sordo, y me arrojé a él porque no tenía más salida. La soledad no es un estado que se escoja; nadie desea comer solo, ver la tele solo o dormir solo. Nadie que yo conozca, claro. Y yo me quedé solo porque así es la historia de la vida, que va y viene, que desdibuja las fronteras de los seres hasta hacerlas barro blando sin principio ni fin. Aquella compañía deseada durante tanto tiempo sólo me había traído decepciones, dolores sordos y sólida soledad. Soledad inacabada, porque aquel ser que ya no era el que había conocido en una playa remota, tan remota como nuestros sentimientos, ocupaba un espacio vital en mi cuarto, en mi cocina y en mi vida; soledad inacabada porque su mera presencia me recordaba lo lejos que estábamos uno del otro y las pocas ganas que ya teníamos de acercarnos un poco, ni un poquito…¿Para qué? Cuando la indiferencia se instala en la frontera del Otro, cuando lo único evocable es una interrogante profunda como una garganta, brava como una tormenta sin fin, la vida se transforma en un hiato indefinible, que se estira con tiempo de goma hasta que se rompe por un lado, por el centro, o por el otro. No fuimos ninguno de los dos; quizá nos fallamos mutuamente. No lo dudo. Ahora. Pero no importa. Porque en ese paréntesis de eternidad incalculada me debatía desde antes de su marcha, y su marcha sólo acentuó ese estado de inconstancia, de rebote de la nada, en la que navegaba desde hacía mucho tiempo.

El amor en un mal chiste a veces. A veces. Y mata al orgullo. Al mío al menos. Cuando se fue se llevó todo el amor que le tenía e hirió todo el orgullo que me quedaba. Que no era poco. Y eso me destrozó la vida como quien daña una escultura querida, y la resonancia de esa herida permanece mucho tiempo en el cuerpo antes de que nos acostumbremos a aceptar esa mutilación sin sentido.

Así estaba yo. Tiempo, mucho tiempo había pasado desde nuestro último adiós, si es que alguna vez lo fue, y habitaba sin vivir en mí. Era un autómata que se alimentaba porque le rugían las tripas, que no saben de asuntos del alma y mucho menos de melancolías; me levantaba a las tantas porque a las tantas me acostaba, y no dormía, porque los ojos sólo saben de tristezas e ignoran las necesidades del cuerpo que iluminan; me duchaba para sentir en mi piel la calidez del agua, porque frialdad ya me llegaba con el día a día; sacaba al perro, porque a la postre el pobre culpa no tenía de mi estado de medio muerto. Y sonreía a la gente al pasar como foto congelada; los dientes hacia afuera en una mueca graciosa que a mí me parecía en realidad grotesca como una gárgola mal hecha. Empecé a llevar un sombrero ridículo porque no me cortaba el pelo y parecía una pelea de gallos descontrolados; el teléfono dejó de sonar porque olvidé borrar aquel número de su memoria de titanio eterno, y cada vez que me entretenía ruleteando los nombres, tropezaba con el suyo, que se repetía hasta el infinito sin cansarse. Y el mismo abrigo oscuro, oscuro como el reflejo de mi mirada, que me asombra aún ahora a mí mismo, con lo negro que se ponían los días en los que llovía hasta reventar los desagües llenos de hierbajos del verano pasado… Negro sobre negro; melancolía sobre apatía; cansancio sobre cansancio, lloviendo sobre mojado.

Y así estaba yo, medio congelado, con los ojos llenos de miedo como llorando melancolía, y la boca llena de regaliz y el pecho cansado repleto de pelo de perro y de hojas muertas ya, cuando recibí esa invitación tardía en la noche que llegaba y que tironeaba de mí. Algo, no sé qué, hizo que reaccionara a esa advertencia de la vida; sentí un aguijón que me pinchaba o un garfio que tiraba de mí con una fuerza a medias estúpida y a medias pálida; pero con la energía suficiente para mover la espesa mole en la que la soledad, la decepción y mis constantes frustraciones habían convertido a mi cuerpo. Reaccioné tras un espasmo que duró una duda instantánea; súbitamente me dije que no tenía qué ponerme. Vaya tontería. Porque primero tenía que arreglar aquella cara, cuya expresión adusta parecía una Medusa recién guillotinada; y aquel cabello, cuya revolución haría palidecer el parto de un planeta. Casi me di por vencido al reflejarme en el baño. Pero no lo hice. No sé por qué.

Aquella noche no era más especial que ninguna otra; el cielo se cargaba de nubes grisáceas, apenas visibles en el escaso intervalo del atardecer fugitivo. Si había estrellas, estaban escondidas como mi espíritu. Si brillaba la luna, iluminaba sin duda corazones más desnudos que el mío. Sin embargo me aferré a mi instinto, a un ánimo fugaz que hizo que dijera que sí; que me aseara hasta quedar pulido como la calva de mi abuelo, que reflejaba el sol del medidodía cuando escarbaba los surcos de su finca perdida; y que bajase al perro, le diese la cena, y lo acostase viendo al tele para que no me extrañara. En media hora. Un récord, creo. Porque hasta ladró desde su cómoda estancia mi pequeño peludo, tan lleno de razón como yo de dudas. Creo que le sonreí al perro, al perro, y él volvió a ladrarme, queriendo de seguro que lo dejara en paz con su programa favorito. Y así salí corriendo casi sin darme cuenta sobre mis zapatos lustrosos, que se llenaron de lluvia nada más pisar la acera de enfrente, en la que la fiesta parecía estallar en pleno apogeo.

Fiesta. Una más. Reunión. Una más. ¿No son todas iguales? ¿Acaso en todas no se sonríe con risa de revista y se añade sal a los mismos comentarios para que no parezcan tan sosos como ya lo son en realidad? ¿Y no se saluda hasta al que no queremos ver, porque nos evoca otras épocas, otras vidas tan aniquiladas como todos aquellos fantasmas que surgían por doquier de los cuartos abiertos al barullo? Eso es una fiesta. Ronroneaba de aquí para allá, sosteniendo una copa caliente ya que no tocaban mis labios sedientos. Un chiste aquí, un comentario subido de tono allá. Una crítica; una pregunta; un asombro. Todo. Todo lo que los hombres llenamos de miseria y de maquillaje; todo lo que sujetamos con retoques, rellenos y sudor de gimnasio navegaba delante de mis ojos. Expresiones absurdas; felicitaciones por un trabajo que no era mío; condolencias por un pasado que deseaba dejar atrás; cuchicheos vacuos y risas vacías y sentimientos ajenos perdidos en alcohol, vanidad y tontería… Yo era como ellos, o podía haberlo sido, y me asombraba y me agobiaba. Y sudé rumores de mar, porque cuando me agobio se me da por transpirar charcos de agua salada. Dejé la copa caliente de no sé qué en algún rincón entre otras tantas vacías y me dirigí con paso vacilante a uno de los balcones abiertos a la noche herrumbrosa.

Una vez allí, pude descansar un rato. El frío del invierno apenas se notaba allí arriba de tanto calor de cuerpos que había. Mi mente evocó entonces el recuerdo de un roce. Y sonreí. Y sonreí a la noche abierta y a mí mismo, dejando que la melancolía saliese de mis poros con el sudor y de mis ojos con el rocío que caía. Y fue entonces cuando nuestros ojos tropezaron, cuando nos vimos. Y todo cambió.

Sonrió desde la cercanía de dos cuerpos, haciendo caso omiso de aquella voz que parecía no darse cuenta de su falta de atención. Cabeceó y brindó con su copa de champán. Y guiñó un ojo y volvió  a sonreír, dejando a la vista una maravillosa hilera de dientes blancos y brillantes, salidos seguramente del mejor dentista del barrio. A mí. Que le reía como un tonto parejo; que sabía de su fastidio, de su aburrimiento. Que entendía.

Con paso ágil, se separó de aquella compañía pegajosa; con un giro gracioso, se presentó ante mí con dos copas de champán recién servido y me guiñó el ojo de nuevo. Y aquella sonrisa blanqueada. Y aquellos ojos abiertos a la noche. Y aquella voz. Y aquel brindis. Y todo cambió para mí.

Por una vez, por una vez en la vida, he conseguido mi corazón sin proponérmelo; he conseguido una cura lenta, pero preciosa, a la muerte de mi espíritu, a la avidez de mi cuerpo, cuyas protestas dejaron de atacarme nada más sentir su cercanía. Y el cielo se desvistió de nubes y las estrellas se asomaron al balcón de mis ojos, y la luna graciosa se desnudaba al arrullo de nuestras risas. Porque me hizo reír, y reímos juntos, en medio de aquella fiesta insalubre, llenándonos de recuerdos nuevos porque nunca antes nos habíamos visto. Por una vez en mucho tiempo, su calor hizo que mi corazón latiera lleno de vida, de una vida insuflada de nueva energía.

Y bailamos cien canciones que en nuestro mundo eran preciosas. El arrullo de las ramas traviesas; el cálido llamear de las velas; la suavidad de dos pieles que se asombran de su tacto y su coincidencia. Y el tiempo que pasaba ingrávido por sobre nuestras cabezas; lamiendo nuestras mejillas, alborotando nuestros sueños. Por una vez no hubo nerviosidad, ni apuros, ni conjeturas. Ni expectativas, ni deseos súbitos, ni pulsiones avasalladoras. Por una vez, sólo dos cuerpos ajenos que se reconocen en la penumbra, dos experiencias que se asemejan, dos bocas que se acercan, lentas, hasta acariciarse y saciarse y separarse y juntarse y buscarse y saberse y reírse y llenarse y…

La ternura de sus ojos, la suavidad de su voz. El terciopelo de su chaqueta azul, la sapiencia de su presencia. El constante tintinear de su risa de blanco nuclear… Por una vez en mucho tiempo me sentí pleno junto a alguien que me entendía sin palabras, que me aceptaba sin condiciones. Por una vez me hallaba ante un cuerpo que no pedía nada, que era dueño de todo, y que sólo anhelaba luchar, compartir y vivir. Por una vez encontré a alguien que me necesitaba sin desearlo, que me anhelaba sin buscarme, que me quería sólo por conocerme.

Y bailamos hasta la caída de la noche en el parquet recién pulido, en la acera recién lavada, en el rellano de las escaleras. Y nos abrazamos caminando por el parque como quien no quiere la cosa; de la mano como niños que se descubren por primera vez. Y estuvimos juntos, hablando y besándonos, conociéndonos y reconociéndonos; las estrellas en sus ojos y en el calor de sus manos, suaves y firmes al mismo tiempo.

Y estuvimos juntos hasta la llegada del día. Y más allá. Por una vez, por una sola vez, el mundo se detuvo sin dejar de girar. Por una vez los lamentos, la añoranza, la melancolía se deshicieron con una mirada, con una palabra, con un beso, y me sentí cómodo de nuevo en mi piel. Y el pelo ideal, y la mirada de ángel diluido, y el calor adecuado y las formas perfectas y el cielo en el cielo y la tierra firme navegando bajo mis pies…

Y pudo con mi cansancio y con mi tristeza. Y liberó la vida que alteraba las fronteras de mi vida. E hizo que tejiera sueños oxidados mucho tiempo atrás.

Por una vez hallé la calma, hallé el ánimo presto, una guía, una razón para seguir. Y, por una vez, no me pedía nada. Salvo estar a su lado. Y aquí estoy, sin moverme hecho una revolución. Sin pensarme, florecido otra vez, lleno de savia. La savia que emana de su presencia, de su falta de exigencias, de su amor.

Por una vez, en mucho, mucho tiempo, vuelvo a ser feliz.

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Lang Lang y Un Sueño de Amor/ Lang Lang and Liebestraum.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

Lang Lang es un genio de nuestra época. Parte de sí mismo, de la esencia pura del ser, y estalla en un aluvión de tonos, acordes y melodías; en las caricias casi etéreas con las que toca las teclas del piano y eleva el espíritu hacia cotas inimaginables…Con talento, sí; con dedicación, sí, pero también con una sonrisa y la hermosa plenitud de quien ha conseguido ser, tras muchas luchas, aquello que siempre ha soñado. Es un soñador que nos invita a compartir la belleza de la vida, de la creación humana y de Dios, conquistándonos una vez llega el silencio.

Lo descubrí hace ya un par de años, enamorándome con su disco de melodías chinas. Luna de Otoño Sobre el Lago en Calma es una de las canciones que definen mi vida y que llevo en la memoria y cerca del corazón. Pero es esta versión del Tercer Nocturno del Liebesträume («Sueños de Amor») de Franz Liszt (1811-1886) la que lo ha hecho prender en mi vida.

Este movimiento, dulce y profundo, que habla sobre el amor de ocaso, sobre el secreto de haber amado, ha evocado en mí cierta melancolía y ha sembrado muchos sueños, sueños que aún permanecen inacabados e intocables, y por eso mismo perfectos, cuando el niño que yo era descubría la belleza de la música, su poder taumatúrgico y liberador. Recuerdo la primera vez que oí esta pieza… Hace tantos años, y la memoria teñida de sepia recobra el brillo de una noche tropical, cuajada de estrellas, y la luna surcando el horizonte marino… El Liebestraum, un canto al amor romántico, al amor humano, al amor que viene y va, y que siempre permanece en los rescoldos de la memoria, en el íntimo ritmo de un corazón que late.

O lieb, so lang du lieben kannst!                    ¡Oh! ¡Ama, ama mientras puedas!

O lieb, so lang du lieben magst!                    ¡Oh! ¡Ama, ama mientras te guste amar!

Die stunde kommt,                                           Llegará la hora,

die stunde kommt,                                           la hora llegará,

wo du an Gräbern stehst und klagst!         en la que, sobre las tumbas, lo lamentarás.

Algún día vendrá/ Someday He’ll Come Along.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Ella Fitzgerald (1917-1996)


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La Promesa/ The Promise.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Para Abel.

The Promise. Secret Garden.

Niños/ Kids.

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Triz Vega.

Suspiros de libertad/ A Wish for Freedom.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Ha estado lloviendo. Mucho. Miro el mar que lame las costas de mi jardín. Lo rebosa a veces, encharcando una tierra que no absorbe más agua; agotada de tanta agua, agua de cielo, agua de tierra, agua de mi cuerpo. Nunca me he sentido tan líquido como hoy, que todo parece derretirse en agua; agua eterna; agua que cae. Que cae del cielo y de mis ojos; que llega al suelo y lo devuelve al océano. Mis lágrimas forman parte de un todo como el cielo gris; mis deseos perdidos deambulan de aquí para allá llevados por el incansable viento, que azota mi corazón una y otra vez; y mis sueños prendados, preñados de posibilidades, yacen a mis pies en eternos charcos, en inundado mar.

No sé qué esperar de mi vida. Ni adónde ir. Yazgo en medio de la lluvia sin nombre, encadenado a mi fortuna como otros a su torpeza, a su desgracia o a su sabiduría. Y no encuentro salida, sólo un extenso pasillo de paredes estrechas y poca luz, lleno de mar, que me lleva no sé dónde. Qué suerte la mía. Qué suerte la mía. Buscando lo inalcanzable me hallo reducido a cenizas arrastradas por un viento inmisericorde, inapetente y sombrío. Porque sólo hay sombras burlescas, campiña inagotable ahogada de sal. Y mis sueños destrozados, mis ilusiones quebradas, lloran un lamento sordo, absurdo porque sólo puedo escucharlos yo en medio de esta locura de tiempo, en medio de este llanto insalubre de Naturaleza perdida, enojada y oscurecida como mi propio corazón.

Sí: me hallo perdido en mis propias ruinas. Mis sueños destrozados me salen al encuentro, mis ilusiones rotas entorpecen el paso que una vez fue firme y que ahora no es más que un vago borrador de aquel que fue alguna vez: tiempo perdido… ¿Dónde está aquel que creía en la bondad del mundo, en el buen hacer de las personas? No lo sé. ¿Dónde está aquel que esperaba del futuro un presente continuo, elástico como un chicle, seguro como un corazón? Lo ignoro… Lo único seguro del corazón es que late, late siempre en cualquier dirección. Y que es inalterable como el viento. E indómito. E inmesicorde.

Busco piedad, mi propia piedad. Busco perdón. Mi propio perdón. Y mi libertad. Una libertad que poseía ciegamente y que perdí en algún recodo del camino, no sé cuál. Pero en este día de plena oscuridad, cuando el cielo de gris ensombrece un sol que tímido se asoma en el horizonte, me siento perdido, solo, abandonado; sin norte, sin guía; sólo rodeado de agua infinita, de puro océano; de desolación sin fin.

Te he perdido. O nunca te tuve. Ya no lo sé. Me has dejado. O nunca me amaste. Ya no lo sé. Mucho te he querido, mucho, mucho. Me até a tus cadenas como a una cruz,  y  te llevé a cuestas por el estrecho corredor de mi vida, que súbitamente se hizo interminable, ancho como una pradera de verde hierba, llena de sol como se llena la copa de vida. Y no me molestaba estar contigo, calmar tus heridas, besar tus dedos de alambre. Eras mi vida, mis promesas, mi futuro, mi siempre presente. Pero me dejaste, o te fuiste, o te perdí; y te he llorado como una viuda; te he maldecido como un perjuro; te he enterrado como a un muerto y te me has aparecido como un fantasma.

Y en este día de noche cerrada, con la lluvia cayendo como latigazos sobre el mundo, tu recuerdo sobre mi piel, tu aliento sobre mi voz, tus ojos sobre mis labios me causan un dolor enorme, dolor que se desparrama como el agua sobre la tierra pletórica de moléculas saladas, sal de mis ojos, sal de mis heridas.  Porque me siento aún atado a tu amor de daño como un esclavo incapaz de liberarse, como un soñador que reniega una y otra vez haberse equivocado. Y me odio. Me odio a mí mismo por haber confiado en ti, por haberte aceptado en mi vida, por dártelo todo, incluso mis sueños y mi libertad. Y ahora me siento solo, solo y perdido en este pasillo interminable lleno de oscuridad; apagada la luz que iluminaba esa extensa llanura que lleva tu nombre. Y deseo olvidarte, y deseo volver a ser lo que yo era, por más aniquilado que ese hombre esté; por más ánima que, en este día de lluvia sin fin, ese hombre parezca.

Y no sé qué hacer con este dolor que me encadena a tu nombre. Y que me atrapa como un mortal de cenizas y polvo, lama engomada por la lluvia. No sé qué hacer con esta gran decepción que se abre en mi alma como un gran agujero sin fondo. Porque mi corazón cae en ese precipicio, como la luz de mi mirada, como la chispa de mi mente, como mi alma atrapada; gritando entre el viento, ahogado entre lágrimas que el cielo no cesa de llorar… Y porque me siento perdido, maldiciendo mi cruel suerte; suerte de haberte encontrado, de haberte amado y de haberte dejado, y perdido, y recordado una y otra vez.

Pero no, no hay misericordia en este día de eterno llorar. Ni siquiera este pobre hombre que hoy soy, pálida sombre de aquel que fui, conmueve al cielo que diluvia, al mar embravecido que ahoga mi jardín, al corazón indómito que, a pesar del dolor, aún arrastra las cadenas de tu nombre…

Ojalá el dolor pueda algún día romper las cadenas de tu recuerdo. Ojalá el dolor insensible alcance algún día borrar de mí la decepción de tu amor. Ojalá, algún día, cuando el viento cese y la lluvia haya pasado, mis cadenas se oxiden y pudran, y pueda alcanzar otra vez, y más vivamente, la libertad. La libertad que tu vida ha arrojado muy lejos de la mía.

Muy lejos. Por ahora.

Laschia ch’io pianga.    Deja que llore.

Laschia ch’io pianga          Deja que llore

Mia cruda sorte              mi cruel suerte,

E che sospiri la libertà!    y que suspire por la libertad.

Il duolo infraga               Que el dolor

Queste ritorte            rompa las cadenas

De’ miei martiri              de mis martirios

Sol per pietà.                sólo por piedad.

Handel (1685-1759), Rinaldo.