El mar interior/ The sea inside
A mi aire/ On my Own.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea insideMe he preguntado pocas veces qué soy o dónde estoy. Mi vida la he vivido con orejeras; trazada una ilusión con forma de camino, a pesar de los vericuetos en los que el Destino ha tenido a bien ponerme, algo en mi interior sobrevivía a esos ataques y se empeñaba (se sigue empecinando) en mantener lo más derecho posible esa senda imaginaria que sólo cobra forma en el interior de mi mente. Y así he llegado hasta hoy sin apenas darme cuenta, sin querer mirar atrás (quizá porque me daría pena; quizá porque sé que nunca ha valido la pena), sin plantearme preguntas vitales, sin cuestionar si todo mi esfuerzo estaba evocado a un fin concreto, y si ese fin me hacía feliz.
Cierto es que los más cercanos pueden ver a través de nosotros; nuestra piel es de cristal en muchos aspectos, quizá en demasiados si me lo preguntan; y una persona que vive su vida en silencio (a pesar del ruido de sus propias palabras) sólo puede asombrarse de que esto ocurra. Pero lo hace. Muchas veces la intuición, o la simple observación embebida de mí mismo, me ha llevado a aceptar opiniones vertidas tiempo atrás por personas a las que quiero o a las que tengo aprecio. Aún habitando en el silencio más absoluto, algo así es revelador, y más que todo eso, liberador.
La vida es dura porque la queremos hacer así. Es doloroso ver cómo nos segregamos, cómo nos dividimos; cómo nos identificamos en gustos, colores, opiniones, apariencias, deseos y condiciones, orgullos y ambiciones. Un enfermo en una cama, por más sedas y encajes que le rodeen, no deja de ser un pobrecillo que merece cuidados y atenciones; la Enfermedad, incluso más que la Muerte o el Nacimiento, nos equipara, nos iguala, nos maltrata porque nos hace despertar del sueño que nos hemos creado, y nos demuestra que la vida es dura de por sí, pero más hermosa y sencilla, y que, a pesar de todo, puede que tenga valor vivirla.
Puede que me haya querido demasiado poco demasiado tiempo. Puede que me haya negado el calor de una compañía o la sonrisa de la compresión desde hace mucho tiempo. En vez de desandar el camino que ahora veo con más amplitud, con una sosegada alegría y una sorpresa continua, pretendo ahondar más en él ahogándolo con una nueva mirada, un nuevo sentido y un nuevo brío. Porque todo y todos somos iguales, hay tanta mezquindad e insalubridad en el mundo que ahora veo con amplitud, que en nada se diferencia del que apreciaba con mi cansada miopía. Eso me permite, quizá, entrar con los ojos abiertos y con menos miedos y complejos, en el intrincado universo de lo distinto, sin sentirme tan diferente de lo que siempre he sido, a pesar de que soy consciente de mi condición de rara avis allí donde mi sombra acaba.
Un hombre sabio y bueno de verdad dijo hace ya demasiado tiempo que no podíamos servir a dos amos a la vez; que no podíamos ser tibios; que no debíamos gastar simiente en campo yermo… Es cierto: no se puede vvir en dos mundos tan dispares sin salir resentido o herido; no se puede navegar tanto por el Limbo como por la Estigia hasta la Eternidad; nuestra vida es tan corta, que ahora tengo cuarenta años, desconozco todo de la vida, y aún me planteo necesidades o deseos, permisos y virtudes con dos décadas de retraso, y no me había percatado hasta ahora. Que siempre he sido de lento aprendizaje no es noticia, pero esto casi es ridículo.
Pero es cierto. Una vez oteado desde la altura, cuenta me doy que no hay diferencias en mundos tan dispares, porque los seres humanos somos los mismos, nos vistamos de blanco o canela, llevemos lentejuelas en la piel o rímel en las pestañas. Envidias, malas caras, sueños rotos, burlas, desprecios, engaños, traiciones… Los sentimientos más bajos llegan a todas partes, impregnan todos los sexos, todos los sueños, todos los aconteceres… No hay nada divertido en ser invertido como no hay nada tranquilizador en ser rectos como una flecha. Nada es fácil en un mundo que no da tregua al diferente, porque ni siquiera se lo da al que, por extraña naturaleza, cabe en sus estrechos límites con facilidad pasmosa. Si de verdad abriésemos los ojos, nos daríamos cuenta de que no hay distinción alguna, y que la ligereza o la pesadez del mundo es obra nuestra, y que las diferencias que nos enfrentan son, en el fondo, los puntos de contacto que a todos nos igualan.
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Este fin de semana he estado en Madrid. En la celebración del Orgullo Gay. He estado inmerso en un estado de actividad constante porque fui recibido (como siempre) por los inmensos brazos abiertos de Abel Arana, por la sonrisa y el calor de Alberto Urbaneja, por la sutil claridad de Pablo Robledo y la sonrisa de Izak Amancio. Todos ellos me hacen sentir como en casa… No: han hecho que los considere mi casa. Me llenan de preguntas, me atiborran a consejos, viven su vida desplegada con tal confianza para conmigo, que sólo sonreír puedo a su lado.
Me gustaría poder dibujar en pinceladas sutiles la ternura de Alberto Urbaneja; me gustaría poder describir el sol de su sonrisa, y esa luz que hace de su belleza algo no ya deseable, sino admirable. Alberto Urbaneja pertenece a esa raza de hombres cuya belleza nace del interior y que late como una estrella, que se expande como ese pecho enorme que posee al inhalar y exhalar aire. Dueño de una ternura infinita, su mirada melancólica y sus andares sexis lo destacan, como su estatura, sobre los demás; joven, tozudo, protector, detallista, tierno en las distancias cortas, cálido como un corazón, Alberto Urbaneja es mucho más de lo que cree y es mucho más de lo que merezco de seguro por conocerlo.
Pablo Robledo es atractivo, de verdad. Dueño de una belleza clásica, sus facciones tan bien cinceladas sólo compiten con su ingenio y su saber estar; es un genio como estilista, y tiene el raro don de la sapiencia. Es difícil para mí estar incómodo con él cerca, y no sé la razón de ese milagro; sólo sé que existe. De particular reservado, desde que le conozco nunca he tenido necesidad de usar mi reserva, pues nuestra conversación fluye con una facilidad casi pasmosa. Me encanta todo de él: su voz, su pelo, su fingida ligereza y una inteligencia que atraviesa los espacios, y su pureza, que ha llegado casi intacta a pesar de los tumbos que la vida nos da a veces y de las pequeñas grandes preocupaciones que el día a día nos regala.
Izak Amancio es un artista de la fotografía cuya elegancia visual compite reñida con su belleza física. Es un amante de lo perfecto, de la excelencia y del sueño. Verlo es sentir su genio, genio que a veces trata con la vehemencia propia del artista. Su voz dulce, suave, y su sinceridad en las pequeñas cosas, hacen que lo admire profundamente por su trabajo, que engalana las entradas de este blog con bastante frecuencia. A su lado, cuando lanza su conjuro con su cámara, nadie pasa desapercibido, porque tiene el don de retratar el alma, y de hacerlo con un toque mágico y elegante a la vez, que son su sello y su distinción.
Gracias a Janneth Muñoz y al equipo de Kiehl’s Fuencarral, que a pesar de lo liadas que estaban y de los problemas que afrontaban en esos momentos, me hicieron sentir (y a todos los que acudimos a la llamada) bienvenido y apreciado. Janneth Muñoz y yo compartimos pasado común, lejos, allá en las tierras donde Los Andes terminan, y no deja de maravillarme el poder de adaptación de esta mujer inteligente, de sonrisa fácil pero de ánimo de acero, y su incansable energía…¡Hasta gané un premio en su tienda! Eso es buena señal, pues nunca en cuarenta años me ha tocado nada en suertes, salvo la inmensa suerte de estar rodeado de personas maravillosas que ocupan, cada una en su tiempo y su lugar, un peso importante en mi vida.
En ese ambiente festivo, por doquier rodeado de una uniformada belleza, conocí por fin a Santiago Paradinas, divertido y único, lleno de risas auténticas y de alocada calma. Nada como un gin tonic de pepino y pétalos de rosa para refrescar el calor empapado de Madrid. Y, más que todo, tuve el inmenso placer de conocer a Ana Mazuecos, a la que sigo fervientemente desde que abriera su bitácora: Divorciadas Desquiciadas. Divertida como nadie, ocurrente como pocos, su pelo pelirrojo, ese abanico multicolor batiendo el aire divertido y una conversación veloz y segura al mismo tiempo; una persona acostumbrada a mandar y a ser oída, pero al mismo tiempo protectora y preocupada, Ana Mazuecos es un espíritu de sorpresas que se refleja en su mirada llena de brillo. Es una mujer auténtica, es un auténtico ser humano, y eso me enternece y me divierte a la vez.
Y con más que sorpresa llegué a conocer a Elena Urbaneja, que sigue mi blog con mucha atención, algo que no sabe la ilusión que me hizo al saberlo y la vergüenza que me entró a la vez, porque nunca pensé que algo así pudiera ocurrirme, y eso me llena de agradecimiento y me deja sin palabras. Sus ojos claros, su sonrisa líquida y esas maneras de hermana maternal, han quedado grabados en mi memoria, y desde aquí la evoco y le dedico un gran beso.
Isidro García López, tan guapo como divertido, tan ocurrente como picarón, me dejó de piedra al decirme, nada más presentarnos: «¡Yo te leo!» … Abel Arana se rió de mí un buen rato, no porque un policía catalán, simpático y abierto fuese seguidor de este blog, si no por mi completa ignorancia de que se me lea y de que guste. A Isidro, que es más listo que el hambre y un muñeco, le agradezco las risas, la buena compañía y que le guste lo que escribo, qué caray.
Y estando a mi aire, viví dos días de Orgullo Gay, observándolo todo, aprehendiendo todo y riéndome mucho, pero mucho, como Abel Arana me había prometido. No sé si merezco tanta atención de su mundo y de su parte, a pesar de los tropiezos que a veces cometemos, él se yergue orgulloso, lleno de nervio, brillante y rudo, tierno y enérgico a la vez. Es un torbellino de besos y abrazos,un no parar de actividad frenética, un hombre que se sobrepone con esfuerzo y que se ríe, se sigue riendo de lo que le rodea y de él mismo. Y al que es muy difícil no quererle, al menos no quererlo con la ternura y la claridad que yo le quiero. Abel Arana es muchas cosas, muchas, pero es amigo exigente, expansivo, expresivo, completo como un mundo, firme como el acero y blando como el algodón. Y cómo le gusta un posado y una foto, por favor.
Mi vida ha cambiado desde que le conozco. Ha expandido mis horizontes, ha hecho que termine por sacar de mi mirada las orejeras que impedían una visión más periférica, más amplia, más real. Siendo él mismo, aceptándome como soy, y empujándome a la vez, con leves cabeceos, a evolucionar. Me he preguntado pocas veces quién soy o adónde voy. Quisiera hoy responder a esas preguntas, pero no puedo. Sólo sé que en mi mundo cabe todo, y que aún soy capaz de crear una maravilla que lo abarque: mezclar la lejanía con la cercanía, la frivolidad con la sensibilidad, la belleza de lo que me rodea con mi tosquedad… Gracias a él, y a Alberto, y a Pablo y a Izak y a todos aquellos que están conmigo más cerca o más lejos, en el mundo de carne y hueso o en este mundo virtual, voy acercándome a ese sueño que siempre he acariciado y que ha sido vivir a mi aire, completo y aceptado, solo o acompañado, pero querido, leído y único.
Esto es lo que este fin de semana del Orgullo Gay me ha enseñado, y que estos seres maravillosos me han regalado. Abel Arana quería saber cómo había visto el Orgullo. Pues así. Gracias por todo.
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Las fotos del símbolo de Kiehl’s son obra de Izak Amancio.Es lo mismo y es igual / Equals After All.
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Me llamo Andrew Start in soy de Spokane, Washington. Spokane es la típica villa, ni grande ni pequeña, del estado de Washington, por lo que es una ciudad de mentalidad más bien estrecha. Así que crecer siendo gay allí no brinda ningún punto de referencia culturalmente hablando. De pequeño mis intereses se decantaban por lo artístico y los musicales, como de seguro le pasa a la gran mayoría de gente homosexual en esos años. Me presenté a una audición en el Teatro Cívico local para una obra llamada “Mi chica y yo”, que era un espectáculo de danza tap, y lo pasé. Allí conocí a una mujer que ya había trabajado previamente en otras producciones del Teatro Cívico y, por la razón que sea, le llamé la atención desde el principio. Así que desde el primer día de ensayo se acercó a mí e intentó iniciar una amistad que se cimentó posteriormente. Era mayor que yo, unos 20 años y yo tenía 15. Y no sé si ella deseaba protegerme; mirando atrás creo que eso es lo que más le atrajo de mí. Así que nos hicimos amigos rápidamente. Comenzamos a salir cada noche después de los ensayos; ella tenía coche y me enseñó a conducir y a fumar, todas esas cosas que no se me tenían permitido siendo tan joven… Poco a poco desarrollamos un contacto más íntimo y sexual, por lo que creamos una especie de amistad sexual que duró bastante tiempo… Al cabo de un año yo terminé la relación. Le dije que era homosexual, que ya había explorado lo suficiente y que necesitaba experimentar con chicos de mi edad, del instituto y de fuera del mismo, como los que formaban parte del mundo del teatro. Y lo dejamos pasar. Comencé a salir con un chico del grupo de teatro y, un día, recibí una llamada suya, bastante alterada y llorosa. Le dije que no quería hablar de eso, que ya todo había acabado y que quizá debiéramos dejar pasar algo de tiempo entre nosotros. Ella me respondió que eso sería imposible pues estaba embarazada. En ese momento intenté imaginar cómo pudo haber pasado, pues siempre habíamos usado protección…, excepto una vez. Y en esa vez concebimos a un niño.Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.
Y el arreglo al que llegamos, puesto que nuestras vidas eran tan distintas, ella con 20 años y yo con 16, sería abortar… Pero creo que el hecho de ser ella más mayor que yo, haber terminado el Instituto y todo eso, la hizo recapacitar y decidir que quería tener el niño. Y me hizo ver que, aunque estaba preparándome ya para ir a la universidad, que podía tener dos posibilidades de actuación: ser parte de la vida de ese niño por venir o simplemente quedar fuera de ella., ya que el niño no tendría si quiera que saber quién era yo. Y sopesé lo que me estaba ocurriendo. Tenía 16 años, un futuro universitario por delante, a punto de salir del armario… Obviamente no pensamos para nada en vivir juntos o casarnos. No queríamos ser esas parejas que acaban odiándose porque no se permiten vivir siendo lo que son tres años después. Imaginarme divorciado, con 18 años y un niño de tres… Pero lo que sí tenía claro es que quería formar parte de la vida de esa niña que estaba por venir. Porque era una niña… Así que le dije a mi padre lo que ocurría y no salió de su asombro, ¡ya que pensaba que era gay! y ahora estaba en medio de todo aquello. Y mi madre alucinó desde el principio… Pero se portaron maravillosamente, estando siempre cerca y apoyándome en todo y así, cuando Chandler nació, lo hizo en el seno de una familia para nada convencional pero que la rodeó de asistencia y cariño… Y el resto es historia… Fui a la universidad. Nunca dije que no lo hiciera, y, aunque me esforzaba por estar junto a ella todo el tiempo que tenía libre, sé que me perdí momentos importantes de su vida y aunque es difícil crear un lazo de unión lleno de ausencias durante los primeros años, a medida que crece nuestra conexión se va haciendo cada vez más fuerte aunque físicamente no esté siempre con ella. Mi hija está preparándose ahora para entrar en el Instituto el próximo año y es una locura… Pero aún hoy no he recibido esa llamada telefónica en donde me acusaría de haberla abandonado todo ese tiempo y que me odia por eso, aunque muchas veces la espero… Mantenemos el contacto gracias a Skype, que está muy bien porque así nos vemos mutuamente mientras conversamos y así podremos desarrollar una relación más íntima y cordial. Y aunque probablemente no seré capaz de tener un niño con la pareja que escoja, el tener a Chandler me ha abierto a la oportunidad de aumentar la familia que cree, bien sea a través de la adopción o algo similar. Sin ella en mi vida, probablemente nunca habría sopesado el hecho de ampliar mi concepto familiar hasta este punto, una vez que consiga a la persona adecuada para ello.
I’m from Driftwood. I’m from Spokane, posted with vodpod
Salir Afuera/ Out.
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«Mi nombre es Ronnie Kroell, soy de Chicago (Illinois) pero vivo actualmente en Nueva York. Salí del armario a los 15 años, aunque en realidad mi madre lo descubrió sin tener que decírselo. Estaba saliendo con un chico, mi novio de entonces, y teníamos planeado ir a ver una comedia y ella estaba de acuerdo en que él se quedase a pasar la noche en casa pues vivía lejos de allí. Aquella noche era magnífica, estrellada y preciosa. Le propuse pasar la noche afuera, con una manta, contemplando las estrellas, todo muy romántico. Y empezamos a acariciarnos y besarnos y mirarnos a los ojos, embelesados uno con el otro…Y lo siguiente que oigo es la voz temblorosa de mi madre diciendo.:¡Así que eres gay! En ese momento me separé de mi chico y lo lancé lejos de mí y mi corazón comenzó a latir a la velocidad de la luz. Me levanté de repente y comencé a decirle a mi madre que no, que sólo era una fase, que quizá fuese bisexual, que no se preocupara… Pero en aquel momento ella estaba llorando, asombrada, enojada y destrozada al mismo tiempo, sin saber qué hacer o decir. Ella es una buena mujer y no quería dañar a nadie, pero estaba realmente destruida por dentro, y no sabía qué hacer. Fuimos dentro de casa, intentando acercar posiciones lentamente. Mi abuela vivía con nosotros desde que hacía un año sufriera un infarto cardíaco, estaba muy enferma, ya con 78 años y apoyada con un bastón, durmiendo en nuestra habitación de invitados… A las 3 de la mañana, todo ese escándalo, y mi abuela apareció allí sabiendo perfectamente lo que ocurría. Mirándola a los ojos le dijo: “¡Charlene, si no aceptas a tu hijo y lo amas tal cual es, te parto la cabeza con este bastón!” Una mujer mayor, de 78 años, diciéndole a su propia hija que su hijo era lo más importante y que debía apreciarlo y quererlo por lo que hacía y era… Nos dejó helados, tanto a mi madre como a mí… A veces me pregunto sobre cuál es la percepción de los demás acerca de ser diferente y aceptarlo, sabiendo que hay gente mayor que no acepta los cambios y que hay otros, como mi abuela, que comprenden la dureza de la vida y que la aceptan desde el lado positivo y saben que nada es más importante que vivir y amar y aceptarse y quererse tal cual somos, porque así es la vida.»Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.
«Me llamo Jennifer Tullock y soy de Louisville, Kentucky. Lo curioso de Louisville es que es una rara mezcla de incisiva cultura cristiana a la sureña junto con un ambiente de tendencias artísticas. Así que crecí en esta dicotomía tan polarizada, sintiéndome constantemente azuzada por ellas… Es curioso, porque ya no tengo ningún contacto con Louisville, pero gracias a ese mundo extraño que es Internet, a través de Facebook… Y, aunque soy completamente franca con mi vida, con lo que soy y lo que hago… He retomado alguno de esos contactos de mi infancia. Hace un par de meses colgué en mi muro el enlace de un poema de Staceyann Chin, una poetisa y activista gay, sobre la igualdad en los derechos del matrimonio homosexual, sin pensar en lo más mínimo sobre la posible repercusión que eso tendría, por supuesto… Vamos, es Facebook y todo eso. Pues tenía en mis contactos a una persona cuyos hijos crecieron conmigo en Louisville, y esa persona escribió uno de los comentarios más desvergonzados y lunáticos posibles, diciéndome más o menos que yo no debería creer en esas cosas y que sentía pena por mí ya que había sido manipulada por ese tipo de pensamiento, viviendo en un pecado permanente y que se sentía aliviado de que sus hijos estuviesen alejados de tamaña aberración en casa… Había olvidado por completo, ahora que vivo en Brooklyn una vida confortable, adulta, abierta e integrada, cómo era el pueblo en el que nací, hasta que ese hombre me retrajo hasta ese momento y lugar, dejándome alterada. Y, aunque sé que no debería siquiera darle crédito, le respondí porque necesitaba hacerlo, nada más. Y recibí un e-mail de mi madre en el que me decía que ese pobre hombre respondía de aquella forma debido al Miedo, y que lo sentía, pues ese hombre era amigo suyo. Y aunque quizá esté un poco orgullosa de más sobre quién soy, lo que hago y dónde vivo, aquel hombre que no debía interesarme en lo absoluto, consiguió hacerlo durante una semana…»Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.
«Hola, mi nombre es Krystal y originariamente soy de Laurel, Mississippi. Y, hace mucho, mucho tiempo, yo era un niño pequeño, aunque quizá la mejor manera de describirme es que era una niña pequeña encerrada en el cuerpo de un chiquillo varón. Recuerdo una vez, en sexto grado, que cambié de colegio y el profesor nos llevó en fila hacia el baño y nos decía que cada uno debería ir a aquel en donde nos correspondiera. Y, claro, yo fui al de chicos, y eso que el profesor vino corriendo tras de mí para decirme que me estaba equivocando de puerta… Aquello fue muy vergonzoso, porque todos los niños comenzaron a reírse de mí. Lo mismo me ocurría en clases de natación, porque me negaba a sacarme la camiseta, o cuando jugábamos al baloncesto, al dividirse los equipos en jugadores con camiseta o sin ella, me negaba a ser del equipo de los que jugaban desnudos… Pequeñas cosas como estas… Fui arrojada al contendor de la basura, y mi cara golpeada contra mi taquilla, los nombrecitos que me ponían… Todo ese horror que nunca más quisiera volver a vivir otra vez. Crecí en el Sur, en el seno de una familia Baptista, sabiendo que nunca sería aceptada por ser lo que soy, por lo que tuve que esperar hasta ir a la universidad para sentirme por primera vez libre: me compré vestidos y maquillaje e iba y venía feliz… Fue un período de completa felicidad para mí… Y desde aquel momento hasta hoy apenas si me he vestido como un hombre otra vez. Con mis padres perdí contacto una vez descubrieron lo que en realidad era, una mujer y no un hombre. Aunque debo añadir que hemos comenzado a retomarlo, después de 10 u 11 años, pues me han comprendido y aceptado finalmente, y esto ha sido como un sueño para mí después de todo lo que he vivido hasta el momento.»Equilibrio/ Balance.
El mar interior/ The sea inside
Llevo días con este pensamiento en mi interior. Caminando por las soleadas calles de Málaga, siguiendo el curso del río Guadalmina o la orilla del Mar Mediterráneo, o de pie a los pies de la cama de un paciente, o escuchando los altercados personales que todos tenemos con nosotros mismos y los que nos rodean, en especial los asuntos correspondientes al Amor, la idea del Balance me ronda y me obsesiona. No sé qué es ni cómo conseguirlo, a veces creo que algo así es imposible, hasta para los ascetas budistas o hindúes que parecen sin embargo tan cercanos a ese ideal, a ese estado en donde todo simula perfección: la comprensión, los sentimientos y la razón de estar en el mundo, y en donde nada afecta, o nada lo hace desde el sentido estrictamente humano de las cosas.
Y sin embargo, me gustaría alcanzar al menos los primeros escalones de ese estado, para saborear la paciencia y la prudencia, para reflejarme en la sapiencia y descansar en la comprensión. Cuando suspiramos por un sentido más estricto pero elegante de la justicia, es decir, suave y férreo como el acero, en el que todos nuestros actos sean fácilmente explicables y comprensibles, y nuestros errores mínimos y superfluos, ese ideal de estado, de máxima clarividencia y estabilidad, es lo que más se desea. ¡Qué difícil es encontrar ese punto donde todo se estabiliza! Ese momento en el que la comprensión entre dos personas fluye sin dificultades y las notas emergen sin estridencia alguna. Me gustaría poder ser capaz de explicarle a un familiar el por qué de la evolución de un paciente; poder reparar el corazón roto que aún late entre un pecho que se abre a la noche, y hacer ver, a una mente aguda pero a veces oscurecida por la vida vivida, que es factible cometer errores y enmendarlos, y llevarlos tatuado a fuego para nunca olvidarlos ni repetirlos, o que la historia, que se repite una y otra vez, algún día dejará de hacerlo.
No lo sé. Me gustaría tener esa capacidad para no implicarme en exceso o para imbricarme un poco más, para cometer menos errores y ser más plástico en mis actos, y sentir el ritmo de las cosas bien hechas a través de la sinfonía del día a día. Me encantaría correr y esconderme en los brazos del Amor, y enseñarle las eternas posibilidades que aún escondemos; abrir mi mente a la comprensión sin aprehensión y a la valentía sin excesos; acariciar las espaldas enormes de mis amigos y buscar su aceptación y su hermandad, a veces perdidas en los arrabales del ego o del error que barre nuestra claridad y nuestra mirada; y llegar cada a día a mi casa sin sentirme vacío o solo, sino rebosado y único y unido a todo sin dejar de ser yo mismo.
Equilibrio…
Apolo y Dafne.
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea insidePalabras/ Words.
El mar interior/ The sea inside
Las acciones hacen daño, y las palabras curan. A veces, cuando discutimos por tonterías, procuro recordar que lo que te digo pronto lo olvido; lo que hago pronto lo lamento; y cuando me haces daño yo respondo y tú respondes, y hacemos cosas que no debemos y decimos palabras indebidas, y la herida se hace profunda y la curación parece imposible.
Esta última vez hemos descubierto cosas de nosotros mismos que nos han dado miedo, miedo porque se han materializado, se han hecho reales, y no está mal que haya ocurrido, no está mal saberlo ahora, pero cuando discutimos por tonterías, el mundo se me acabó por un segundo y no supe hacia dónde ir.
Y no podía verte, no quería verte. Mi orgullo herido, tu orgullo herido, mi decepción a flor de piel, y también la tuya. Pero extrañaba tanto el roce de tu pelo, el aroma de tu pecho, que no pude resistirme a llamarte, a acercar posiciones certeras, a rendirme a nuestro amor. Y sé que a ti te ha pasado lo mismo. Ahora ya no somos los mismos, pero somos más nosotros y eso me basta por ahora.
Por ahora me basta tenerte de nuevo entre mis brazos y acunarte hasta que te quedes dormido, mientras te hablo y te cuento lo que hice durante el día, lo mucho que te he extrañado, lo mucho que me importas. Y tú te quedas sonriendo y me dices, con esa voz dulce de arrullo, lo mucho que me quieres, que me extrañas y que me deseas. Y en nuestras palabras ya no cabe el miedo ni cabe el orgullo ni la discusión. Porque acercarnos a hablar ha curado nuestras heridas, las tuyas y las mías, y ha tendido un puente entre el sueño que soñábamos hasta ahora y nuestra realidad.
Ahora te conozco más; sé quién eres tú. Tú sabes más de mí mismo, y quizá más de lo que yo sé. Ya no discutimos por tonterías, sino por buscar razones, por hallar salidas. Y cuando sonríes en medio de mi discurso, y cuando me quedo embobado mirándote a los ojos mientras disertas sobre no sé qué, el mundo se detiene en el dintel de nuestra casa y penetra una paz de cielo y una pasión de fuego y gira nuestro horizonte para acercarnos lentamente hasta tocarnos los dedos, los labios y los corazones.
Y cada palabra que decimos entonces es un bálsamo para nuestro amor. Cada palabra que te digo brota del alma y se escapa desde mi boca hasta ti; cada palabra que dices, desprende el universo de tu cuerpo y se clava en lo más hondo de mi interior y hace brotar flores y frutos con fuerza indomable e inaudita.
Cuando hablamos somos más nosotros, y podemos perseguir la realidad de nuestro sueño común. Somos un sólo núcleo que se divide hasta la eternidad, y nuestros brazos y nuestras piernas y nuestros labios recorren un universo paralelo y sincero, cubierto de azul y de oro, cargado de presente y de futuro feliz.
Por eso intento recordar que, a pesar de las distancias aparentes, juntos formamos un solo universo, un universo unido por las palabras que aman, por las palabras que pueden llegar a separarnos. Y por eso intento tener siempre presente que las palabras duelen y producen profundas heridas, pero también curan, curan porque nos desnudan, nos acercan y nos aceptan y hacen de nuestro amor una aventura nueva, llena de firme fantasía y de conexión.
Y yo te amo, por encima de todas las cosas posibles, y así te lo demuestro, y así te lo digo, una y otra vez.



