Abel Arana: nada más que cariño/ Abel Arana: nothing but love.

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Me gustaría seguir la estela de Abel Arana. Es una persona meteórica, exagerada, extrema, tierna, dulce, ascendente, deseosa, tenaz y enamorada.

Me gustaría decirle, si lo tuviese cerca, lo que me gusta de él, lo que me atrae, lo que me asombra y fascina de esa personalidad desbordante y única, que lucha, lucha una y otra vez para mantenerse de pie, para ser él mismo, con sus extremos, su voluntad de hierro y su sed de justicia afilada como una espada, pero tan recta y templada como el acero.

Me gustaría que todos nos acercásemos a su talento cálido, a ese batiburrillo de ideas que es su mente siempre en actividad. Me gustaría que todos rieran con ese humor afilado y certero; que llorasen con esa ternura que se escapa de su piel; que supieran lo duro que a veces es y a veces lo sereno y apacible de una vida que da para muchas vidas y que, a veces, no llega a ser vida.

Todos dudamos, todos queremos. Abel Arana es un hombre que recorre la regla del ser humano a saltos, cada vez más altos. Y aunque no lo tiene todo, aunque lo tiene todo y sufre y ama como todos, me gustaría decirle que me quedaría corto si quisiera describirlo y que los colores del planeta no me llegarían para dibujarlo. Me gustaría tenerlo cerca para susurrarle esas palabras cariñosas que todos queremos oír, para abrazarlo tranquilo en medio de sus voces y de las mías; me gustaría atajarlo en esa carrera en la que siempre nos lleva ventaja y darle el mundo, no, regalarle el mundo y ponerlo a sus pies.

Porque en estos días está de cumpleaños. Y aunque me gustaría darle todo lo que la vida tiene de hermoso, todo lo que el dinero pudiese comprar: seguridad, tranquilidad, un avión, una isla, un brazalete de brillantes, un ático con vistas al Retiro, una cómoda cama y la colección entera de Gucci… Sólo puedo darle mi cariño, pequeño y encogido; sólo puedo regalarle sonrisas (que él me devuelve multiplicadas); sólo puedo llenarle de palabras y de abrazos y de caricias; sólo puedo darle las gracias por lo que ha dado a mi vida, por lo que me ha enseñado; por su música, su sabiduría; su hijo y su amor de horizonte siempre encrespado. Y aunque me gustaría darle todo lo que el hombre ha hecho de bello, el sol y las estrellas…, sólo puedo darle mi cariño. Y mi eterno agradecimiento. Y así es.

Feliz Cumpleaños, Abel. Feliz día de sol.

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Foto: Mónica Ochoa.

¿Dónde estás/ Where are you?

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

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A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

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Ricky Martin: un camino y sus encrucijadas/ Ricky Martin: a road and a crossroad.

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Enrique Martin Morales (1971), Ricky Martin para todo el resto del planeta, el cantante que movió los cimientos de todos los europeos y asiáticos antes de conquistar a los norteamericanos del norte (lo siento, pero México es tan grande, que podía ser en sí mismo un continente, pero forma parte de Norteamérica), ha publicado un libro de memorias llamado, cómo no, YO. Y no es tanto una autobiografía, o al menos no es una autobiografía al uso, sino un fresco de sentimientos que nacen, crecen y maduran a lo largo de su vida y que consigue plasmar en las hojas de un libro que se lee fácilmente, pero que está lleno de mucho trabajo, de mucho sufrimiento y de mucha fe. Y no es una biografía: no contiene nombre ni lugares exóticos ni chismes callados ni indiscretas salidas de tono, sino una hoja de ruta, un camino lleno de encrucijadas que el cantante, a lo largo de sus 39 años de vida, ha cursado una y otra vez, cayendo y volviéndose a erguir, lleno de errores y de brillantes aciertos, de banalidades y de hipocresía, de engaños (de esos engaños que más duelen: los que nos hacemos a nosotros mismos) y de pasión, pero por sobre todas las cosas, de una compasión sincera, y de un amor transparente, que salta a la vista y llega al corazón a medida que las páginas van cayendo una tras otra ante nuestros ojos.

Decir que Ricky Martin nos abre su corazón y que lo deja en nuestras manos es un tópico, pero también puede serlo la historia que narra y su lucha, y no es por eso menos interesante ni menos real. Todo lo contrario. Cuando hablamos de la vida humana, y más si es un artista de éxito, la imaginamos llena de facilidades (todas después de alcanzarlo, claro), una línea recta que nos demuestra que, para llegar a ser alguien, sólo hay que seguir la senda de ladrillos amarillos como si nos condujera hasta Oz. Nada más equivocado. Al menos no en su caso. En YO, Ricky Martin es más Enrique Martin Morales (o Kiki, como lo conocen) que nunca; de hecho, es quizá la primera vez que es él mismo en su totalidad. No hay ningún aspecto de su alma que no muestre, no hay ninguna cara que se deje olvidada, porque el camino que lo ha llevado hasta hoy ha sido tan arduo, tan duro y tan solitario, que después de esa intensa lucha, no queda más que la desnudez de la verdad. Y sólo hay belleza en esa verdad.

No en vano Paulo Coelho aparece en la contraportada del libro: es un relato de lucha con el guerrero interior, con la vida que es batalla continua porque queremos que así sea, y es un libro de triunfo y equilibrio, senderos y encrucijadas por las que él también ha pasado con el mismo resultado y las mismas heridas. Heridas que todos compartimos; guerras que todos libramos; miedos que todos tenemos; precipicios en los que todos caemos; y esperanzas que todos tenemos de alcanzar por fin la aceptación final y la calma.

Conocía la existencia de este libro. Más que por supuesto, conocía ya a Ricky Martin. Nadie que haya crecido en Latinoamérica en la década de 1980 ignora la existencia de Menudo y de sus integrantes. De muchos de ellos, al menos. Pertenecemos a la misma generación, aunque con caminos harto diferentes, y por lo mismo, con innumerables puntos en común. Pero no tenía intención de leerlo. Sí, tenía ideas preconcebidas al respecto. Y no porque me disguste el personaje: nada más lejos de la verdad. Todo lo contrario: siempre me ha parecido encantador y, en las entrevistas, muy cercano. Cercano como yo, con una especie de barrera transparente que establecía cierto límite que lo hacía aún más atractivo. Y de espíritu adictivo. Pero me temía que ese libro no fuese más que un rosario de encuentros estelares, de lugares más que conocidos y prefabricados, en el que todo se resumiría en esa línea recta que lleva de un niño que sueña a cristalizar esos sueños y más allá; recorridos interplanetarios en jet privado y champán y perfumes; vaporosos encuentros apasionados y aplausos, miserias y nuevos aplausos, letras y rimas y música y más música… Sí, puedo llegar a ser así de prosaico.

Pero fue la entrevista que concedió a Oprah Winfrey, (que pude ver gracias al a veces irritante YouTube), la que hizo que buscase rápidamente el libro y lo leyese. Todo lo que dijo en esa entrevista, su tono de voz (que siempre me ha parecido atractiva y serena al mismo tiempo) y sobre todo, cómo lo dijo, fue lo que me llevó a leerlo. No el programa en sí: son amigos y eso se nota. Quitando la búsqueda (y la consecución) tan de Oprah Winfrey de la lágrima fácil, los programas de esta mujer, todo un prodigio televisivo, tienen la facultad de llegar al corazón. Y eso se nota cuando entrevista a estrellas de cine o a cantantes de éxito o a todas aquellas personas que sobresalen en cualquier campo de la actividad humana. Este programa con Ricky Martin no fue la excepción. Enrique Martin Morales fue más Ricky Martin que nunca y ya sólo con su mirada y su voz y lo que dijo en él, hizo que fuese corriendo a comprar su libro. Si eso es no tener encanto, nada lo es.

YO podría estar mejor escrito, pero no es literatura lo que esconde. YO, de Ricky Martin, lo que esconde es una batalla esplendorosa por ser uno mismo, un ejemplo que tendría a bien en imitar en muchos aspectos de mi propia vida. En sus páginas hay mucho miedo por no hacer daño, mucho deseo de agradar a los demás y mucha ansia por no saber decir que no a tiempo: parece que me hablase a mí mismo a través de sus líneas. Y vemos en YO que Kiki es positivo, alegre y bochinchero, pero menos de lo que creemos, menos en realidad de lo que él mismo piensa. Vemos a un hombre que se preocupa por los demás, quizá demasiado; que tiene sueños enormes, quizá irrealizables (¿pero quién le puede negar nada a alguien que lo ha conseguido casi todo con su solo esfuerzo y su corazón?); y que, más allá de los supuestos errores, ha sabido levantar un universo, una personalidad, una persona tan fulgurante como sensible y sincera, ahora consigo mismo tanto como con los de su entorno, un entorno que se ha transformado en todo un mundo, un mundo que tuvo a sus pies.

YO es el mapa de una lucha; la hoja de ruta de un niño perdido que encuentra por fin (no sin grandes sufrimientos) su logro más anhelado y soñado: la paz. Por eso es casi un cuento de hadas: porque nos narra un horror y un sufrimiento, tan vívido, tan real, que sólo puede tener un final feliz. O al menos tan feliz como la felicidad nos está regalada a los seres humanos. No es un libro para agradar, no es un libro para caer simpático, es un libro que se justifica a sí mismo de forma quizá innecesaria, pero que también vive por sí mismo y que fluye, dentro de ese camino escondido que todos tenemos bajo nuestros pies, entre las señales equívocas, las voces susurrantes y las cien encrucijadas que intentan desviarnos de la única vía que tenemos para gozar de la verdadera calma, de la auténtica felicidad: ser nosotros mismos.

Confianza/ Trust.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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Si miras bien/ Looking closer.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside

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Mirando la Soledad: Hopper./ Looking Solitude: Hopper.

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Edward Hopper (1882-1967).