El maravilloso Enrique Toribio juega con la luz, la fotografía y el dibujo para crear Arte en perpetua búsqueda de la Belleza.
Cada artista tiene su misión en el mundo: los hay comprometidos con la realidad que viven y los hay que intentan atrapar y transmitir a los demás lo que hay de bello en el mundo, tamizado por su talento, su visión y por el corazón que poseen.
Enrique Toribio nos trae de vuelta el juego de claroscuros del Barroco, de suerte que se transmuta en Caravaggio o en Murillo para desvelarnos secretos y verdades encerradas en una expresión, en un ademán, en el simple gesto de recoger un fruto o en el más sencillo aún del abandono, la apatía a veces, la querencia y el deseo. En Enrique Toribio todo es Sensualidad y Belleza: Arte vivo, sin duda.
La última lucha, el último suspiro por conservar la Belleza que destruimos sin sentido, las reformas que cambian mundos y modifican realidades.
Cuando perdemos el norte de quiénes somos la revolución es inútil, a veces hueca, siempre dolorosa.
Y los restos de lo que dejamos atrás nos recuerdan quiénes fuimos. Y encerramos tras cristales blindados los últimos recuerdos de lo que fue y no volverá.
Historia enjaulada como recuerdos idos. Lucha de una memoria por seguir latiendo en el presente. Y nada, nada, volverá a ser lo que fue. Y menos nosotros mismos.
Un rumor, un oleaje parecido a la razón dictaba mi intuición pero me reservaba del dolor o al menos de la sensación frustrante de no ser libre.
Libre para amarte por entero.
Algún día podré volar y seguir el sueño de tu nombre, perseguir libremente mis deseos y que mi razón carcelera se doblegue a ellos, como ellos lo han hecho a mis sueños.
Conocerte ha sido un sueño, un signo, un sino. Tenerte cerca entre los susurros del amor despertó mi piel, e hizo mella en mis sentidos, dormidos hasta que te conocí, callados por desconocimiento, sedientos y hasta enojados. Pero tus labios, y el frío de tus dedos, y el contacto casual de tu desnudez con la mía, suave y rabiosa a un mismo tiempo, cayeron en cascada sobre mi alma turbándolo todo: mi vida, mi corazón prisionero del deber y la realidad.
Pero un día me iré. Un día seré libre dejándolo todo atrás: las responsabilidades heredadas, los hechos que rebajan los sueños, la realidad que acosa a las personas hasta hacerlas copias borrosas de sí mismas, oscuras y tristes.
Hay que partir para vivir, y mi vida está en tus huellas, tras las cuales el amanecer se desborda deseoso y altanero. Nada de lo que pueda decir mi razón que me ata aquí, lejos de ti, puede hacer que deje de pensar en ti, de soñar contigo, de viajar contigo en las alas de la imaginación y los besos que nos dimos, que todavía nos damos cada vez que cierro los ojos con tu imagen encerrada en mi pecho.
Antes de conocerte todo era uniforme, gris y con un sentido plano. Seguía a la noche, cuyas sombras dibujaban el brillo de mis ojos; la luna en su cimitarra; las estrellas guarecidas tras nubes de lluvia. Antes de conocerte todo parecía predispuesto, y la inamovilidad, eterna. Sentía que me quedaba para morir, como se quedaron todos los que me precedieron, yaciendo sobre la tierra pensando en el fin del mundo, desconocedores de una vida de aventuras, de que un sueño lleno de energía puede alzarse contra todo y vencerlo. Antes de saber de ti, este mundo mundano era mi cárcel y mi escaso premio. Y mi única salida.
Hasta conocerte.
Y fue cuando supe. Cuando me di cuenta que mi intuición no me engañaba, que mi corazón latía por un motivo, y que nada tenía que ver con mi vida, si no con una libertad difícil, destructora y única: aquella que rompería las cadenas de mi pensamiento y me dejaría volar hasta tus brazos, saltado de sueño en sueño hasta aterrizar en la tierra sin fin de la vida, partiendo para vivir, cerrando los ojos al pasado, abriendo el corazón y la boca al amor y al futuro.
Algún día podré volar lejos de aquí siguiéndote, deseándote, amándote.
Partir para vivir, dejando todo atrás: la muerte de lo que me apresa, la sequía de la esperanza, la enfermedad de la soledad.
No pensé que llegaría este momento. Sentados uno frente al otro, en este café lleno de gente que va y viene, cada uno con sus vidas y sus preocupaciones. Y con las tuyas y las mías.
Cuando llegué ya me estabas esperando. No es costumbre y me sorprendí, debo admitirlo. Estabas ansioso y al verme se te pasó todo. Me sonreíste como sólo tú sabes, el mundo me dio una vuelta y volvió a dejarme aquí, de pie, a tu lado. Me dijiste tonto, anda, siéntate. Y yo me senté, claro. Recordando.
Recordando las veces que hemos estado así los dos muy juntos, embarullando confidencias, a veces diciendo naderías. Durmiendo espalda contra espalda; despertándonos con legañas en los ojos, con las señales del sueño en nuestras caras… ¿Cuántos años llevamos juntos? No lo sé, y no quiero contarlos. Son muchos, muchos, creo, y será mejor dejar el tiempo con sus cifras tal como están, es decir, en el olvido.
Y sin embargo, cada día que nos vemos en nuevo para mí. Tus ojos brillantes, tu pelo castaño un poco grisáceo por las sienes, y esa sonrisa de mundo y medio, que hace girar mi corazón y lo vuelve a su sitio como si recibiera una descarga eléctrica. Ni siquiera ese período que dejamos de vernos, tú allá y yo aquí, cambió en lo absoluto el cariño que nos tenemos; antes bien: hizo que el mío criase unas raíces muy profundas, quizá demasiado, porque me han llegado al alma, y desde aquélla, hasta que volviste, los días se me hicieron de chicle y se estiraban sin fin ni conciencia, en una constante extrañeza que casi cae en melancolía, y a punto estuve de ir a rescatarte y colocarte de nuevo a mi lado, que es donde has debido de estar desde el principio y de donde espero que nunca más vuelvas a salir.
Me tomaste de la mano y me hiciste sentar. Ya habías pedido por mí, lo mismo siempre: cortado doble tibio con leche desnatada y sacarina, la leche a un lado para regularla, el café humeante, una cucharilla de acero y la sacarina de a dos, con ese sabor metálico que de tan desagradable ya hasta lo extraño. Tú bebías una infusión, cualquier mezcla de hierbas te iba bien, y sin edulcorante alguno. Nunca me ha extrañado: eres todo dulzura, sobre todo cuando estás de buen humor. Como esta tarde cuando me llamaste. Y hasta ansioso parecías. Y yo.
No nos besamos. Porque te comería a besos. Y tenías mucho que contarme. Y yo quería decirte algo que tenía encerrado entre el corazón y la lengua desde hace mucho tiempo, desde antes de que te fueses y volvieses y todo empezase otra vez. Pero nos abrazamos, o más bien me abrazaste, y yo me derretí entre esos brazos preciosos, tras sentir el calor que irradiaba tu pecho abierto, los latidos de un corazón que era todo energía.
Y con tu energía hablaste y hablase sin parar. Tus manos también lo hacían, con una elocuencia casi divina. Y me mirabas y me sonreías, y a mí se me caían los ojos y el mundo giraba al revés cada vez que me tocabas y me hacías un guiño, y acercabas tu boca a la mía casi sellando un beso. Durante un segundo olvidaba qué responderte, absorto como estaba en la contemplación de tu rostro precioso, arrullado entre las notas de tu voz de cadencia oscura y suave.
Me dijiste muchas cosas, muchas. Tus ojos brillaban y sonreían, y alguna lágrima resbaló por los párpados y llegó a tu boca de fresa, húmeda por la infusión y seca por la excitación de las buenas noticas. Y yo que me moría de ganas de decirte mi mayor secreto, mi único secreto. El impulso que me llevaba a abrazarte en la noche, el aliento que hacía acercarme a tu rostro buscando tu mejilla y tu barbilla y tus labios. Pero no quería incomodarte pues estabas demasiado ansioso para que me tomaras en serio, y yo debía replegar mis ganas hasta que la efervescencia de tu temperamento me dejase sitio para respirar.
– Lo amo.
Me dijiste. Y el flujo de mis pensamientos se detuvo de repente. Sentí caer en un vacío y volver de la nada. Casi se me cae el café. Mi corazón se detuvo. Y las palabras anheladas se secaron en mi lengua. Se me nubló la vista y palidecí.
– ¿No te alegras por mí?
¿Cuántas veces habré oído esa pregunta? ¿Cuántas veces habrás llegado a decirme que amas a alguien que no sea yo?
Intenté reponerme lo más rápido que pude. Dejé el café, que estaba horrible de todas maneras, y tomé tus manos entre las mías. Tus ojos brillaban mas no bailaban como hacía un segundo. Tu rostro enmarcaba una ansiedad distinta, un deseo de ser gustado. Y esa expresión hizo que me tragase mi corazón en trozos gigantes, y cada una de las palabras que deseaba decirte, que quemaban mis arterias queriendo emerger por fin tras años de espera, dejaron su rastro en mis brazos y se agolparon en el fondo de mi mente, haciendo que me doliese la cabeza y cada uno de los músculos del cuerpo.
– Sabes que te quiero… Que te quiero bien. Y nada es más importante que tu felicidad.
Conseguí no mentirte y serte fiel. Te llevaste mis manos a tu boca y depositaste en ellas un beso cálido, lleno de ternura. La misma con la que yo te besaría la boca, y con mayor ansia y pasión…. Dejé que siguiese hablando mi mente mientras intentaba acallar mi corazón, que lloraba lágrimas de sangre, que aullaba con gritos de taquicardia. Pero no quería hacerte sentir incómodo con lo alegre que estabas, con lo esperanzado que te sentías, con lo atractivo que el amor nos hace sentir siempre.
Después de aquello recuerdo poca cosa más. Me enseñaste una foto. Hablaste de presentarnos, de las ilusiones que tenías, de lo bello que todo te parecía. Reparaste en el café, que estaba a medio beber.
– Es malo, ¿no?
Y tanto.
Yo asentí. Y seguiste envuelto en tu vida.
– Esta vez es en serio. Esta vez es de verdad.
Me dijiste al despedirnos. El frío en la cara pareció despejarme un poco. Asentí. Otra vez para siempre. Para siempre el amor callado que tengo, el sabor de un corazón que no halla descanso, el rumor del oleaje de un amor que rompe una y otra vez en la orilla de tu vida y del que pareces no enterarte para no sentirte incómodo.
Nos alejamos tú hacia arriba y yo hacia abajo, de vuelta al trabajo, a la vida diaria. Ni siquiera tuve oportunidad de decirte lo que siento por ti, de decírtelo desde el alma, con todo mi corazón… Quizá en otro momento, en otro lugar, en otra circunstancia. Quizá en otra vida, ¿quién sabe?
Pero al menos no te mentí. Y fui fiel a mí mismo. Porque sí, es cierto: te quiero, amor amor, te quiero bien.
El sol en la distancia del lento atardecer. Se derrite en este calor inusual de octubre. Las hojas a medio caer, el mar rosa y naranja, las nubes surcando el horizonte lento y cansado. Como yo.
Todo me recuerda a ti.
Nunca sabrás lo mucho que te he querido. Nunca sabré porqué has sufrido tal ceguera, tal embotamiento de los sentidos que nos hacen humanos. Y sin embargo…
Tu pelo, tus ojos brillantes, tu sonrisa plateada en la noche recortada de estrellas; una caricia escondida y disfrazada de ademán cortés; un latido ahogado, una palabra que se escapa y que no llega a los oídos, pues muere a flor de labios. Y tus labios…
Nunca sabrás todo lo que te daría. Cómo viviría a tus pies, besando esas plantas divinas que te unen a la tierra. Nunca imaginarás si quiera el inmenso placer de la compañía, esa seguridad callada que todo lo obtiene con sólo un ademán, con un pensamiento que no llega a articularse en palabras sonoras. No sabrás del amor que se funde con la camaradería ni del deseo que se extingue tras un abrazo inocente, tras una sonrisa de circunstancias y un quizá.
¿Cómo decirte que te quiero? Ahora que te has ido, que has dicho hasta luego, ¿por qué mi corazón sigue latiendo por ti? Corazón animoso, para el que tus silencios eran discursos, para el que tus desmanes eran caricias oscuras, ¿por qué sigues latiendo por su nombre, cómo es posible que aún pienses en todo lo que no pudiste darle?
¡Oh! En el cielo se apagaron las estrellas desde que te fuiste. Desde que te fuiste la luz ha perdido fulgor y la esperanza del futuro sólo es oscura soledad, susurros de olvido en una esquina apartada y gris.
¿Cómo has sido incapaz de darte cuenta lo mucho que te quiero? ¿Cómo es posible que perdieras cada una de las caricias, cada uno de los besos que se enganchaban en el aire de tu aliento? Aunque pudiera, no podría esconder más este amor que me llega hasta las orejas, que me desborda respirando esperas, que me deshace en el líquido baile de tu nombre.
Y sin embargo…
Y sin embargo continúo pensando en ti. Un día y otro más. Y en esta tarde que se diluye en noche, y en esta soledad en la que sólo tu recuerdo es mi compañía…
Nunca sabrás, nunca, todo lo que te quiero. No hay un pájaro que cante, no hay una fuente que brote alegre de entre las piedras como mi amor nacía entre los pliegues de un corazón inútil, en el medio de un pecho colmado de esperanzas convertidas en sin sabores. Si hay alguna otra forma de haber probado cómo te amaba, juro por Dios que no la conozco, pues nadie se ha entregado a otro ser tan completamente, nadie se ha quedado tan ciego porque el otro no ha querido ver.
Nunca sabrás, nunca, lo mucho que te quiero. Porque nunca has deseado amarme, aun en la distancia, ni siquiera en la cercanía. Nunca sabrás lo que has perdido, porque todo lo tenías entre tus manos. Y en tus labios redondeados y entre tu pecho y espalda. Nunca sabrás cómo te amo, aun en la distancia, a pesar de no tenerte ya cerca. Una y otra vez.
Hasta que se apague el cielo, hasta que las nubes cubran el horizonte fosforescente. Mientras tanto, te seguiré llevando como un tesoro entre los pliegues de mi amor, cuyo nombre compones, y seguiré velando por ti, aunque nunca lo sepas, en la mudez de un silencio atronador.