He tenido días mejores. He tenido mejores épocas. Fui joven, piel lozana que brillaba al sol y que ignoraba que lo era; semanas que pasaban una tras otra sin discontinuidad donde el corazón latía sin saber que vivía y soñando sin pensar que jamás se realizaría el material con que tejía esos sueños.
A veces me miro en el espejo y no me reconozco. No soy yo. Yo no soy yo. Porque yo era guay, era genial, reía espontáneamente, apenas dormía pero no tenía cansada la mirada y trabajaba sin descanso, sin ser consciente de que lo hacía, porque era feliz.
Todo me llevaba a ese estado de embriaguez: la inconsciencia de lo que está pasando, la excesiva confianza en el porvenir, esa rara facilidad de que todo ocurre porque debe ser así.
Pero ese yo, si fui yo, ya no existe. Ese yo que era todo posibilidad ha muerto en este otro que se ve en el espejo sin reconocerse, ya mayor, con canas en las sienes y ojeras perpetuas; cuyo cuerpo reclama un dolor, una digestión pesada y un rencor más grande que el corazón.
Ese reflejo no soy yo, no el que una vez soñé que sería. Y en este punto de la vida, en el que no puedo revivir hacia atrás salvo por tristeza, el desengaño de mi propia existencia me apuñala el alma y me vacía lentamente, desangrando mis ilusiones, perdiendo cada una de las esperanzas (¿las tuve alguna vez?), deshilachando el mundo de lo que puede ser y revelando el mundo de lo que ha sido, demasiado oscuro y gris e inútil que estalla hoy a mis pies.
He tenido temporadas mejores. Al menos momentos en los que este peso del mundo llevo mejor. Hoy ya no puedo con él. Hoy mi mente se acompasa con el corazón cansado y se imagina otros yo que pudieron ser mejores versiones de mí mismo, que supieron amar, que latieron aventureros, que vivieron una verdad que sigue quemándome los labios; me detengo en dibujar otros yo que amaron a pleno sol, que dejaron atrás ideas impuestas por otros, que hallaron un camino propio y cuyos errores asumieron como parte de la vida, esa vida que se regalaba feliz de tenerlos cerca. Cada recodo del camino, cada error, cada acierto, los han llevado a la meta de la felicidad: es instante alciónico en el que todo converge y que dura la eternidad de un recuerdo retenido, de una memoria evocada.
No lo sé. Pude tener tres hijos, o ninguno. Pude amarle a él de verdad, sin agobiarle con mi actitud pasivo-agresiva; pude desembarazarme de responsabilidades que no eran mías, pude mudarme y empezar de cero una vida que deseaba fuera mías: mi propio piso, mi trabajo, mi tiempo para mí mismo, sin justificaciones y, sobre todo, sin mentiras; creerme enamorado y sufrir por desamor, viajar sin preocupaciones y tener todavía algo de dinero para un capricho, o dos, o ninguno. Otro yo que no temiese abrazar a su amante a la luz de la luna, ni besarlo en una esquina recóndita, que lleva de la mano un pequeño, coleccionar amantes como se coleccionan cromos; olvidar el sufrimiento del mundo una vez se cerrase la puerta del hogar y vivir rodeado de belleza humana y natural, plantas y animales, ladridos de perros, trinos de pájaros y chirriantes gemidos de alarmas ajenas, música desafinada y, también, un toque desenfadado y hasta de mal gusto.
Otro yo que no se preocupase en exceso de la opinión ajena; que cuidase no hacer daño gratuito a los demás; que deseara su trabajo, que lo admirase y quisiese; que fuera impasible y dulce, imposible y cariñoso, callado y hablador por los codos, que fuera querido y admirado, un punto envidiado también, y difícil de olvidar… Alguien que no soy yo.
Pero ya nada es posible. El destino no gira de vuelta y no hay finales felices, no hay ni siquiera un final, si no un continuo de pobreza, aburrimiento, una vida gris dependiente de los demás, asqueado de lo que le rodea y con quienes trabaja, a veces lleno de miedo y otras tantas, presa de un arrebato de valentía que es un mal remedo de lo que una vez pudo haber sido. Y consciente de que, si pudiese hablar de nuevo con aquel chaval de veinte años que se creía capaz de todo, le diría que despreciase la admiración ajena, que jamás vendiera sus ilusiones por la vida de otros, que nunca aceptara llevar responsabilidades que no le correspondieran y que era libre de ser quién es, de vivir quién es y que jamás, jamás estaría en deuda con nadie aceptándolo. Que se mudara a Madrid, que se escapara a Menorca, que estar gordito es una opción tan válida como estar en forma, y que quererse a sí mismo es el mejor regalo y la única vía de vivir una vida plena.
En fin…
Otro yo no sería este yo. Sería una versión mejorada de mí mismo. Con su problemas, con sus defectos, pero sería pleno, contundente, pesado, hecho a sí mismo, único y feliz, por sobre todo feliz.
En la cama 8 ingresó una neumonía grave comunitaria (no originada en el hospital). Hombre, 46 años, en gran estado físico (ya me gustaría a mí), con pocos antecedentes médicos de interés excepto uno muy llamativo y una cirugía menor.
Una semana de catarro seguido de debilidad máxima y cansancio final que lo llevó al hospital y, una vez allí, casi inmediatamente a la UCI. En poco tiempo tuvo que ser sedado, intubado, conectado a un respirador y por todas partes a máquinas y tratamientos intravenosos. En la radiografía de tórax ya se perfilaba una neumonía que afectaba a los dos pulmones; el oxígeno se subió hasta valores muy altos y hasta hubo que emplear otros métodos más agresivos para intentar que la falta de oxígeno no dañase más los órganos vitales. Se administró lo más pronto posible antibióticos adecuados para el problema respiratorio que presentaba y comenzamos a esperar su respuesta.
El detalle que resaltaba en la historia de este paciente es que era VIH positivo. No sabíamos en qué espectro de la enfermedad se encontraba, pues se había negado a recibir la triple terapia casi desde el mismo momento de su diagnóstico y había abandonado la consulta de seguimiento en Enfermedades Infecciosas. Era clara su negativa a tomar en serio su enfermedad o, mejor dicho, a asumir su estado de seropositivo en lo tocante a cuidarse a sí mismo. Ese miedo, esa negación, que termina sólo por hacernos daño a nosotros mismos.
Su situación de negativa nos sometió a una disyuntiva. Normalmente exponemos los tratamientos a los familiares para explicarles los procedimientos y para pedirles consentimiento. A veces esa solicitud termina siendo un trasvase de responsabilidades de decisión última a los familiares, lo que es un error (al menos desde mi punto de vista). En este caso teníamos las manos atadas: no sabíamos qué grado de conocimiento acerca de su enfermedad poseían la ex-esposa, la hija que tenían en común ambos y la pareja actual del paciente, con la que compartía ya más de una quincena de años juntos. Necesitábamos empezar la terapia antirretroviral lo más pronto posible para restablecer la capacidad de su sistema inmune, alterado aunque no sabíamos aún en cuánta medida por la presencia del virus en su sangre, e ignorábamos a su vez la cantidad de copias de virus (carga viral) que tenía en plasma. Alguien debería dar un permiso, pero no sabíamos a quién pedírselo.
En situaciones así prima el sentido común: en una urgencia se toma la decisión que más beneficia al paciente y después se le explica a la familia, digamos que como una política de hechos consumados (el derecho a ser informado y a decidir sobre uno mismo queda a veces en un espacio muy borroso sobre todo si no se ha definido lo mejor previamente a una situación de riesgo, con un testamento vital, por ejemplo). En este caso, visto que no sabíamos el grado de implicación familiar en la enfermedad, optamos por lo más obvio: iniciaríamos la terapia antirretroviral diciéndonos a nosotros mismos que, una vez recuperado y ya en completo uso de sus facultades físicas y mentales, podría interrumpirlo cuando lo desease.
Empezamos la administración de la triple terapia y tanteamos el terreno familiar. Nadie sabía de su estado de portador de VIH salvo su pareja actual. Ambos se conocieron casi veinte años antes; tontearon, se dejaron ir porque él no se sentía capaz de aceptar sus deseos más íntimos pese a que eran inmensamente feliz juntos, y optó por el camino más seguro (¿quién sabe cuál es en realidad?): se casó con una amiga de toda la vida, pronto fue padre de una chica muy guapa (todos eran de una belleza llamativa cuando se reunían en la sala de información) y más rápido todavía las desavenencias hicieron su aparición y sobrevino el divorcio.
Hasta ese punto del relato nada era novedoso. Después del divorcio, y pese a ser un hombre de marcada responsabilidad, al parecer siguió una senda un tanto disoluta con comportamientos que posteriormente lamentaría; después de un período un tanto oscuro, la vida le puso de nuevo frente a quien había sido su gran amor (de esos de verdad, de los de corazón) y dejó de lado su miedo al qué dirán, le explicó a su ex-mujer la situación y más rápido aún a su hija (ahora una bella chica de veinte años) y venció el miedo a perderlo todo lanzándose en brazos de su amante y amigo por tanto tiempo: Rubén, que estaba en la sala de espera hora tras hora y que recibía con la mirada anhelante cada una de las informaciones.
Rubén y él no estaban casados: no querían atar con normas las reglas (de por sí eclécticas) del amor. Pero esa idea romántica de la revolución no casa con la practicidad del día a día: debido a su nulo vínculo legal no poseía ningún poder de decisión. Y de aquella familia de nuestros días era el único que sabía que el paciente de la cama 8 era portador del virus. Sabía que se había negado a vivir sabiendo su seropositividad y a tratarse, pues no le veía sentido al estar tan bien y tan lleno de vida. Aún así tomaban precauciones, aunque más de una vez fantaseaban con retirar el fino velo que todavía los separaba.
Un mediodía, por causas de la vida, sólo él acudió a la información: aprovechamos para decirle que tenía más copias de virus en la sangre que la última vez que había ido a consultas, aunque su sistema inmune no parecía verse afectado todavía por el mismo, y le informamos que habíamos iniciado la triple terapia antiviral.
Con lágrimas en los ojos nos dio las gracias. Explicó el silencio que guardaban al respecto, los miedos que tenía para afrontar una verdad ineludible, el dolor que le causaba saberlo, las mentiras que tejía a su alrededor para que nadie lo supiese y la extraña esperanza de que aquello pasase por sí solo algún día. Sueño vago, aunque no iba a ser yo quién le dijese a él tamaña obviedad.
Respetamos, como es de esperar, el código de silencio. La evolución en la cama 8, gracias a su gran estado general, después de casi una semana crítica, fue satisfactoria: en pocos días los soportes estaban retirados, el paciente extubado con oxígeno a bajas dosis y casi completamente restablecido. La primera vez que recibió conscientemente las pastillas de su tratamiento antirretroviral se quedó observando largo tiempo el vasito que se le ofrecía. No dijo una palabra.
– Puede negarse a seguir tomándolo si así lo desea. Está en pleno derecho.
Fue durante una guardia particularmente azarosa. Desde mi enfermedad he tardado en coger el punto de fuerza física que antes me caracterizaba. No me quejo, pero de tan duras que han sido, la recuperación me está siendo más difícil de lo que hubiese deseado. Supongo que lo vio dibujado en mi cara.
– Ha llegado el momento de decidir, ¿verdad?
Me dijo. Yo intenté sonreír.
– Tiene una familia estupenda…
– Que me quiere.
– Quiérase entonces usted un poquito.
Tomándose la mediación me miró curioso.
– Creo que me entiende, aunque no sabría decir porqué.
¿El miedo de saber que algo no va bien, del que huimos para no asumirlo llenándonos de mentiras, inventándonos una esperanza que en el fondo es vana porque no se ajusta a la verdad de lo que nos ocurre? Claro que lo entendía.
– He llegado al mismo punto que usted. Necesito aprender a quererme también un poquito.
Sonrió con esa mueca entre seguridad y desdén propia de los enfermos encamados.
– No hace falta que me mienta.
Yo me lo quedé mirando. No necesitaba que le aclarara más de mis fantasmas interiores.
– No le miento. No tengo esa tendencia, despreocúpese. Pero usted ya está mucho mejor y mañana, si hay cama, estará en una planta, con los suyos.
– Le creeré cuando lo vea.
Me replicó con un acento entre encantado y descreído.
– Siga tomando su mediación, por favor. Tiene una salud de hierro, no siga maltratándola negándose a lo evidente. ¿Qué importa una pastilla o diez al día? ¡Ah! Y cásese, allá afuera lo quieren mucho, y creo que se lo merece. Después de este susto, se ha ganado el cielo.
No esperaba eso de mí. Ni yo. Mi arrebato de sinceridad quizá me había llevado demasiado lejos.
– Por él estoy aquí.
– Pues deje de hacerse el tonto, acepte su problema, ayúdese y quiéralo de verdad. Y todo será mejor.
– ¿Más fácil?
Negué con la cabeza.
– Será mejor. Que ya es mucho. Créame.
No pude verlo más durante la guardia, como estaba estable, apenas me detuve en su cama: ajustar unos sueros, darle una pastilla para dormir y poco más.
A la mañana siguiente me asomé para despedirme y para decirle en primera persona que ya tenía cama asignada en la planta.
Me sonrió incrédulo pero agradecido (y yo no había hecho nada extraordinario) y se echó a reír bajito.
– Qué raro es usted, doctor. Si fuera gay hasta me casaba también con usted.
Me tocó el turno de reír. Menudo cuarteto: ex-mujer, novio, segundo marido e hija. Un cuadro metamodernista del siglo XXI.
– Va a ser que ya tiene mucha comida en su plato y, créame, estoy algo a dieta.
Y me fui de su cama riendo a carcajada limpia.
Hace poco le dieron el alta de la planta, ya completamente recuperado, casi sin trazas del virus en la sangre y sin secuelas de la neumonía en sus pulmones. Cada vez que pienso en él, encuentro muchos puntos en común conmigo: el miedo a afrontar una situación vital que es ineludible, y a la que llenamos de falsas esperanzas como amuletos que permitan que ese peligro desaparezca y que nunca son efectivas; las mentiras con que llegamos a ahogarnos a nosotros mismos, y a los demás, en aras de un orgullo que sufre en silencio y que no tiene valor alguno, y finalmente la verdad, que al ser aceptada, lleva a la clama, a la tranquilidad de la aceptación y a la curación, a la Salud bien sea del alma, del cuerpo o de todo a la vez.
Del magnífico blog de Fernando Venancio Pereira: La lata de garbanzosse puede decir muchas cosas, pero lo mejor de todo, es que ha dado pie para la publicación de dos libros estupendos, no sólo que merecen ser leídos, si no todavía más, pensados y admirados, saboreados en su belleza del lenguaje culto (pero no cultureta) y sencillo (que no simple), lleno de emociones y de sabias reflexiones tamizadas por una mente analítica que ha sido siempre brillante (conozco al autor desde tiempos inmemoriales, aunque hace más de media vida que no tengo el placer de su compañía) y sobre todo, o más que todo (y he aquí el mérito de una vida vivida), compasiva y única.
Venancio Pereira (como firma sus libros, aunque él prefiera, y yo le conozca desde siempre, como Fernando) procede de una familia portuguesa emigrada a Venezuela en los tiempos en los que salir de Europa era la mejor industria de muchos países (Irlanda, Italia, España y Portugal son buena prueba de ello), y el sueño de América (en contraposición a los americanos, que sueñan con Europa, estableciéndose una balanza muy curiosa que sólo los que somos producto de esta mezcolanza de viajes atlánticos podemos entender), era lo único que podía sustentar una vida más gris y oscura de lo que nadie pudiera desear. Debido a eso su cultura es híbrida: de la vida en la calle traía las costumbres, los usos y modismos de un país, y de su casa, los usos, las costumbres y el lenguaje de una cultura distinta, que no diferente, abierta sin embargo al mestizaje, orgullosa de sí misma, segura y por lo mismo generosa, dispuesta a captar lo mejor, filtrarlo y transformarlo en algo nuevo: Venancio Pereira es uno de esos frutos de un árbol único, muy raro, y que debería conocerse y cuidarse con esmero.
La lata de garbanzos es un blog. Un blog sobre las experiencias, las vivencias, la exposición de un lenguaje único trasladado al español, la transposición de experiencia, o e vertido de la vida, sobre los caracteres de un lenguaje que deja de ser meras teorías y reglas para transformarse en significados reales, en vida vivida, empática, compasiva, tanto con los demás como con él mismo.
Cada uno de los relatos que conforman Casa de extranjerosestá basado en el embrujo de una palabra, a la que Venancio Pereira carga de motivos, de sentimientos y de un nuevo significado sin romper las reglas del idioma, antes bien buscándole más peso, regalándonos el fruto de un pensar profundo transcrito con una prosa honda y sencilla, directa y llena de corazón. Porque si hay algo bello en todos los relatos de Casa de extranjeros es que están cargados de corazón.
Amor. Amor por los abuelos, por los padres; extrañeza por el descubrimiento de un mundo; a veces tristeza y mucho sentido común: la evocación del pasado, dibujada con esa saudade tan propia del occidente atlántico (y que compartimos en herencia geográfica y cultural), es decir con una melancolía serena; la reflexión, libre de excitación, del presente de un país (Venezuela) que se cae a pedazos (grandes); y las lecciones que el autor ha sabido extraer de cada una de sus vivencias, hace de Casa de extranjeros una joya rara, única, que merece ser leída, publicada y disfruta por el gran lector, aficionado a las historias libres de artificios, que hablan con realidad directa sobre las verdades de ser hijo de emigrantes, de ser mestizo de culturas, de ser extranjero en todas partes, de ser persona que piensa, que siente y que se admira y se compadece de todo lo que ocurre a su alrededor y desea compartirlo con eso más secreto y más oscuro y que se desvela en cada una de las líneas que escribe: con su corazón.
El porqué de que editoriales dejen pasar oportunidades semejantes, se me escapa. Pero si siguieran el instinto de verdaderos lectores, conseguirían sin duda muchas ventas, un escritor del calado de Venancio Pereira un reconocimiento merecido, y sobre todo, cambiar pensares y construir realmente un mundo mejor.
Casa de extranjeros se encuentra en versión electrónica, junto a otros libros del autor, en www.amazon.es
Mi bisabuelo vivió cien años. Dicen que fumaba habanos hechos por él, con esa técnica exquisita que nació en Cuba, tierra de artistas y de algún fanático que otro, que de todo hay en esta vida.
No sé. Dicen que tomaba una copita de anís al levantarse. Pero quién sabe. Podría ser de ginebra o de orujo, que quizá sea lo más probable. Y que dormía poco. Porque era melancólico y la noche le gustaba más que el día. Dicen que hablaba con los muertos como si estuviesen vivos, que se enredaban en sus cortinas raídas de terciopelo y jamás permitió que se cambiasen, apolilladas y llenas de arrugas por el paso del tiempo, porque allí anidaban sus sueños o sus fantasías o sus ganas, a saber. Y dicen que hablaba poco, con esa voz ronca que dan el tabaco y el alcohol, con los ojillos cerrados por millones de arrugas y tres dientes de oro que evocaban tiempos mejores.
Mi abuelo vivió noventa y tres. Sobrevivió a todos sus hijos, y casi medio siglo a mi abuela, que era de alma frágil según decían, y pasaba la mitad de las horas con el pensamiento nublado. No lo sé. Todas las mañanas mi abuelo se levantaba bien temprano y me despertaba con sus maneras hoscas y cariñosas al mismo tiempo, y me hacía ver nacer el día y apagarse una a una las estrellas, que él se empeñaba en llamar planetas de mamá. Recuerdo el sol suavecito, ese iris tranquilo apoderándose del lienzo del cielo, y las estrellas permaneciendo tranquilas mientras las besaban los rayos fosforescentes. Recuerdo también la gran oscuridad que precedía a la llegada del día, y el frío que sus manos callosas procuraban mitigar. Y oía su suspiro de medio mundo, ahogando pensamientos que no terminaban de llegar a su boca, y unas lágrimas como gotas de rocío en esos ojos cansados.
No sé. Dicen que jamás compartió lecho alguno con nadie, ni necesitó ayuda para educar la media docena de críos que mi abuela le dejó en encargo. Si se quejó alguna vez, nadie lo sabe. Yo sólo sé que me quería con esa mezcla de sorna y delicadeza propia de las personas mayores, que están de vuelta de todo pero que conservan en su corazón lo más puro de la vida, ese tesoro que sólo se revela cuando ya no están con nosotros. Y que dejan en herencia.
De mi padre dicen que se quedaba callado, que le daban arrebatos como olas de mar y se le pasaba la furia lo mismo que la alegría, apagándose como una vela. No sé. Sólo recuerdo que extrañaba a mi madre, que se fue según parece siguiendo un sueño o un corazón o una locura: llegado un tiempo nos damos cuenta que todo viene a ser lo mismo. Recuerdo que mi padre me llamaba con gestos y me acariciaba con la mirada; me cogía en sus brazos y después le abrazaba yo a él, y se quedaba callado pegando su corazón a mi oreja. Y después pegaba yo mi corazón a su oreja para que fuese feliz. De mi padre se dicen muchas cosas, todas inciertas. No sé ni me importa que piensen que era blando, que le faltaba raza, que le sobraba sentimiento, que tenía malhumorado el amor. Porque yo sé que mi padre se sentía incompleto sin mi madre y que le perdonó, en esos actos heroicos a los que nos lleva un amor planetario, sus liviandades, sus sueños locos, su fuga y su pérdida en pos de sus sueños. Supongo que logró lo que se proponía cuando nos dejó, desesperada, abandonados (sin ella) o sin su compañía, pues ella misma no estuvo casi nunca con nosotros, con la cabeza puesta en el corazón y el corazón lleno de sueños imposibles. No sé. Sólo sé que mi padre jamás dijo una palabra sobre ella, mudo como estaba, y jamás me levantó la voz ni me prohibió amar a quien quisiera. Y sólo sé que murió calladito, apagándose como el fuego de una hoguera, casi al rayar el alba que contemplábamos los tres: mi abuelo octogenario y mi padre cincuentón, cuando yo tenía apenas quince años.
Mi abuelo me abrió la puerta de mi vida, me alentó a volar, me enseñó a no temer a nada, salvo a amar. Mi padre era el mejor ejemplo; él mismo era un artificio mantenido sólo por la magia de la bioquímica. Somos hombres longevos hasta que nos ataca el amor; nuestra raza se enloquece, se alborota, se deja arrastrar por la ilógica, la sabiduría informe, por el constante cambio, la revolución sin fin del amor. Lo que no se acordaba mi abuelo, como mi bisabuelo, como mi padre, es que ellos amaban a raudales, se les escapaba de la piel como una fuente eterna, y que todo lo que tocaban (y tocaban tan pocas cosas…) se llenaba de vida, se hacía eterno, cristalino, único. Y yo tampoco me acordaba de todo esto, hasta hoy.
La mañana entra suave por la ventana. He puesto el edredón, porque el otoño ha llegado de improviso esta noche. Pero sólo lo noté al rayar el alba. Me desperté algo perezoso y apretujado por el frío y el suave dolor del ejercicio. Y suspiré sonriente. Y me levanté despacito con los pies descalzos (y mi bisabuelo iba descalzo por el campo a diario, viviendo cien años) y busqué entre las sombras sin formas el edredón apretujado en su bolsa, y lo desplegué enorme sobre la cama, que rápidamente se amoldó a tu cuerpo profundo y dormido y después al mío, junto a ti, cerca de ti. Y encontré ese calor suave que amodorra los sentidos y deja libre a la piel que siente y al sueño, hasta que la luz llegó tocando su melodía de nuevo día, y recordé cómo mi abuelo daba la bienvenida al alba contando estrellas, recordando vivencias, sonriendo al mundo insomne. Y me incorporé en la cama, dándome un golpecito con el cabecero, mirándote. Y me llené de tanta paz que creí reventar, y comprendí lo que mi abuelo buscaba en la llegada del alba: el amor.
Tenía miedo de amar. Mi padre vivió cincuenta años; mi abuelo noventa y tres. Y los dos añoraban amor. Y sé que el amor revuelve nuestros humores, nos inclina a hacer tonterías, nos hace olvidar nuestras propias necesidades y quizá nuestros sueños, y mucho más. No importa.Tenía miedo de morir más joven, porque la longevidad de mi herencia se ha ido apagando con cada generación de amores perdidos. Y me encerré en mí mismo, cuidándome hasta la obsesión extrema, calculando calorías, limpiando la piel de las frutas, echando gotitas de lejía al agua de las verduras, comiendo semillas, bebiendo aguas blandas de cuerpo ligero y escurridizo y miel de mil flores de campo, y usando ozono para la piel y cremas untuosas para la cara y el cuerpo, luchando contra la gravedad como contra mí mismo, corriendo cien kilómetros al día, subiendo barras, levantando pesos enormes, cortándome el pelo, dejándome barba, pensando y trabajando y quizá hasta sonriendo, con el corazón tapiado. Hasta que llegaste tú.
Esa sonrisa tranquila, ese mirar profundo. Hay veces que las palabras sobran porque los gestos hablan por los codos. Nos vimos de repente y me sonreíste. Te acercaste con esa piel que brillaba, con ese andar elástico y joven. Y los dientes desnudos y la mirada límpida. Y ese pelo largo enroscado en mil tirabuzones. Me diste la mano con un apretón que simulaba la fuerza del universo. Dijiste tu nombre: cada una de las sílabas siguen retumbando en mi mente esta mañana. Y me ofreciste una copa como si fuese de toda la vida y yo acepté sin saber si era orgánico, o qué grado de alcohol destilado tenía, o si la fruta que llevaba había sido procesada químicamente y sin siquiera preguntarme cuánta laca usarías para mantener esa cabellera salvaje dentro de la estrechez de un peinado perfecto. Y hablamos casi sin palabras, todo sonrisas, y nos contamos media vida (la otra media empieza aquí, junto a ti) y nos acercamos y nos separamos, para saludar a otros, para presentar a otros, para ir al baño, para coger otra copa, para ir a cenar. Y seguimos mirándonos como en un hechizo y hasta hablamos de los sueños cumplidos y los rotos, y los miedos y los fracasos, y sobre las heridas del alma y las del corazón. Hasta que llegó el momento de separarnos, en el portal de mi casa, y quedamos para dos días después, pero no me pude aguantar. Y te empujé dentro de mi portal como dentro de mi vida, y al besarme rompiste las celdas de mi corazón y dejaste que corriera sobre tu piel, debajo de tu piel, hasta quedarnos dormidos. Hasta la llegada del alba.
Sólo quiero amarte. Soy libre porque te amo. Lo sé. Lo siento aquí dentro. Y me duele el cuerpo por el ejercicio físico de amarte, tan desacostumbrado que lo tengo, pero mi corazón grita, mi alma se inflama de dicha. La luz entra por la ventana, que me sonríe llena de la mañana. El otoño llegó, la lluvia cándida, la tierra que se adormece y el corazón que palpita. Y ahora entiendo a mi bisabuelo y a mi abuelo y a mi padre. Y no me importa sacrificar mi longevidad heredada si cada día lo paso lejos de ti, si cada noche tengo que enfrentarme a mi cama vacía, a mi armario a medio compartir. De nada me vale luchar contra la edad si la edad llega a roerme las intenciones; de nada me sirve vivir pensando en un mañana al que le faltas tú. Y de cada hombre de mi vida tengo en mi vida un millón de recuerdos: un gesto, el color de mis ojos, el tono pálido de mi piel, la manía de ir descalzo, la costumbre de dar la bienvenida al alba, el ansia de contar estrellas y de ponerles un nombre. Un nombre cuyas sílabas retumban una a una en mi memoria y que tú posees.
No me importa el futuro, porque no habito en él. Ya no. Ahora sólo vivo en tu cuerpo, en el centro de tu compañía. Me alimento de tu aliento, bebo de tu sudor, duermo con tu sueño y me dispongo a fundar estrellas con tu compañía.
No sé si viviré hasta mañana… Y no me importa. Porque no quiero estar vivo sin ti. No quiero seguir apagado sin temor y sin riesgos. Sólo quiero tenerte cerca; sólo deseo velar tu sueño y besar tus pupilas y dormir, cerca muy cerca, de tus labios. No importa si es complicado, si todo al final se acaba. Ahora eso no importa… Porque sólo quiero amarte.
Y te vas despertando suavemente. Abres los ojos y esa sonrisa traviesa aparece como una estrella…
El gesto es un libro único. Por su formato, por su bella edición, absolutamente sencilla pero bien desarrollada y sobre todo, por encima de todo, por su brevedad, ese gesto único de abarcar el universo en unas pocas líneas cargadas de emoción y de vida vivida, que hacen del pensamiento del autor, poesía.
Hay en El gesto mucho de alma. Un viaje interior racionalizado, un hallazgo que llena de paz y de alegría y que desea derramarse, compartirse y hacerse oír. El gesto es sucinto pero concentrado como un rayo láser, tiene el sabor de un beso y la duración de una sonrisa, permaneciendo en el recuerdo, arando los campos del ser con profunda sutileza.
La racionalización del pensamiento para luego lanzar al espacio las ideas en una sola emoción, el descubrimiento único y compartido sobre el (real) origen del ser, la red de autopistas que nos unen, sin ser conscientes a través de la conciencia hecha gesto, en corazón y destino, son el resultado de la experiencia vital de Hernán Quipildor, que refleja en su gran pequeño libro, la razón, el sentimiento y la fuerza que brota de la conciencia del amor y que se desparrama, por la libertad de amar, a todo lo que le rodea.
Es un pequeño ensayo sobre la vida, o mejor, sobre lo que tiene la vida de secreto revelado, y está lleno de esa alegría desbordante del descubrimiento y del ansia por compartirlo. Razón y emoción, conciencia y materialización, mediante el gesto (de oír, de oler, de tocar, de hablar) de ser uno y todo, o todo a través de uno mismo, rayo de luz blanca o arco iris refractado, corazón y mente, alma y destino. El gesto de hallar y de comprehender y de compartir: Hernán Quilpidor en su alegría regala esperanza y sonrisa y calma y desafío en cada una de las líneas de El gesto, un mapa de felicidad y de unidad tanto como una reflexión sucinta y bella sobre el ser y su juego con la vida.