Smile. Madeleine Peyroux.
El día a día/ The days we’re living
Enamorarse/ In Love.
El día a día/ The days we're livingInnamorata. Dean Martin.
¿Puedo enamorarme de ti? No lo sé. Apenas te he visto un par de veces, y sin embargo….
¿Puede el amor aparecer en medio de nuestros cuerpos, acurrucados en la calle y abrazados por el frío? No lo sé. Y sin embargo…
Cuando te beso, tus labios se abren dándoles la bienvenida, y noto el cosquilleo y el húmedo vagar por entre esos límites tan suaves. Y cuando me abrazas, tu espalda mullida me recibe cálida, y deposito mi rostro entre tus hombros y todo parece perfecto, suspendido en un momento eterno.
Cuando no te veo, sediento estoy de ti. Palidezco cuando no sé de ti. Cuando no tengo un mensajito tonto, un guiño en la pantalla, un pitido de mi móvil. Cuando no estamos juntos me lleno de ansiedad pensando en ti, con quién estarás y si disfrutarás como lo hacemos cuando estamos juntos. Y tengo celos cuando no estás. Y tengo miedo si no sé de ti. Y a veces eres tan callado…
A veces, si durante el largo día no sé nada de ti, me da un cosquilleo ridículo en el corazón, y me entra un deseo enloquecido por llamarte, por abrumarte, por hacerte saber que sí, que pienso en ti más de lo que debiera; que te extraño más de lo que esperaba; que sólo te he visto dos veces y he oído tu voz de arrullo y echo de menos cada uno de tus gestos, el olor de tu cuello y el sabor de tu piel en mi boca.
¡Oh! ¿Será posible? Cómo en tan poco tiempo me has conquistado y yo sin saberlo. Mi corazón se acelera cuando oigo tu nombre, y adoro la voz que lo pronuncia como a un dios nubio, perdido y oscuro, porque me revela una divinidad que me intoxica.
Sí, eso es: todo se complica. En mis palmas tus manos descansan, y tu espalda contra la mía, pared contra pared, y el sudor que se mezcla con los cuerpos y con las intenciones…
¿Será posible, entonces? ¿Será posible que desee tenerte siempre cerca, llenarte de mis ansiedades, calmarme con tu piel? No lo sé…
Pero algo me pasa. Esta fiebre me consume y tú eres su causa, su origen y su cura, porque apenas te oigo llegar y mi corazón se detiene, tanto que creo congelarme hasta que apareces tras la esquina, escondido tras el árbol, tras mi propio corazón. Y parece que llego al cielo cuando me acoges en tus brazos y me besas, me besas largo como el día que tengo sin verte, sediento como el desierto de frases que quiero decirte y que transformo en besos.
Y en medio de esa locura te miro a los ojos y me sonríes incrédulo. Y yo quiero gritar el mucho bien que me haces. Que llenas mi vida de música y haces que mis pies dancen junto a los tuyos, arrullados por la bruma de la tarde, en el caer de la noche, cuando todo son sorpresas, la chaqueta que te quitas, la camisa que me desabotonas y el cosquilleo de esa barbita que te crece tan rápido y que tanto me gusta…
¿Puedo enamorarme de ti? Cuando te veo en la penumbra, descansando del cansancio de nuestros cuerpos, tan lejos de mí, que te llevo dentro, y tan cerca, tan real y, sin embargo, tan extraño…
¿Qué me está pasando? ¿Por qué siento esta ansiedad que me devora? ¿Adónde me puede llevar esta pasión que me descontrola? No lo sé…
Y sin embargo estoy en las puertas del cielo cuando tus piernas me sujetan una vez más y la sinfonía de tu risa la inunda todo: la pasión y el recreo, el éxtasis y el puro abandono…
Amor, amor, amor… Sería fácil, demasiado fácil enamorarse de ti, y llamarte cariño, vida mía, mi amor, todos esos nombres ridículos que se me antojan maravillosos porque te dibujan, recortado tras las luces del alba, cuando te levantas desnudo y tu piel brilla de sudor, de placer y de olvido…
Bésame, bésame una vez más. Abrázame, abrázame fuerte y di que eres mío, con esa voz cálida y dulce, que envuelve una revolución de estrellas. Y yo te acogeré entre mis brazos y te acariciaré la espalda increíble, el rostro perfecto, esas orejas pequeñas, esas manos de artista y las aristas increíbles del resto de tu piel. Di que puede ser, que quieres ser y yo todo lo traeré para ti, porque sí, sí, sé que es posible, contigo cerca muy cerca, en la distancia de un beso, entre los límites de un abrazo, en las enredaderas del placer y del hartazgo, calmados por el hallazgo y eternamente sedientos de más…
No tengo cura, no quiero cura. Tú lo eres todo, todo, todo y no entiendo la razón y no quiero entenderla…
Sí, me abandono a esta locura de tu nombre, a los deseos insaciables, a nuestra locura y nuestra pasión, sin miedo, sin temor ya y sin más preguntas. Ya no lucho, ya no te analizo. Me entrego, ya ves, a la magia de tus manos, al secreto escondido de tu pasión.
Y sí, en medio de esta sonata que suena por nosotros, lo digo en voz alta, clara y segura: estoy enamorado, enamorado de ti… Y qué feliz soy y qué único me siento gracias a eso, gracias a ti.
¿Qué te gusta a ti?/ How About You?
El día a día/ The days we're living
Sentados ambos, después de un rato, te veo y no me lo creo.
Mira que eres guapo, de esos de mirar y no dejar de ver. No cansas. Y no eres ni rubio ni alto ni moreno ni enorme como una pared, ni delgado ni elástico, ni oscuro ni claro. Y, sin embargo…
Mira que eres simpático, y eso que no te esfuerzas por hacerme sonreír. Y no, no me río de ti, si no contigo. Y hacía tanto tiempo que no lo hacía…
Llevamos sentados en este café ¿cuánto? Dos horas o más. Y ya nos están viendo con mala cara… ¿Pediremos algo más o nos vamos? No lo sé, chico, la verdad…
¿Qué necesito? No lo sé, chico, estoy tan sorprendido…
Mejor salimos, ¿no? Aunque haga frío. Me gusta que el viento juegue con tu pelo y haga que nos llore los ojos; me gusta acurrucarme tras de tu espalda y olerte en la nuca el perfume que llevas. No sé cuál es…
¿Yo? Yo estoy bien, aquí contigo. Me gusta tu compañía, que no se hace pesada, me gusta tu risa de risotada y cómo cierras los ojos y parpadeas…
¿Te parece raro? ¿Te parece raro que me guste verte parpadear?…Pues mira tú… Y también me gusta cómo coges la taza con las manos y lentamente la llevas a la boca.. Abres los labios y los humedeces con el líquido humeante y…Me gusta imaginar que bebo de tu boca, que acaricio tus labios carnosos y me refugio en ellos.
Me gusta oírte. Habla, habla por favor… ¿De qué? No importa…Quiero decir, que el sonido de tu voz me da vértigo, me lleva y me trae, y me enloquece… Y tus silencios oscuros, como si apagasen una luz, y el sonido de tu pecho cuando respiras y el pulso de tus arterias cuando te tomo de la mano.
Me gusta pasear de la mano contigo. Me gusta que nos vean juntos jugueteando divertidos y riéndonos por tonterías. Me gusta cómo caminas con ese andar tan recio, tan marcial. Qué gusto aislarme del mundo entre tus brazos…
Y tus abrazos. Y tu mirada al verme. Y cómo se te ilumina la cara. Y tus piernas cuando me sujetan y cuando bailan.
Me gusta bailar contigo. A solas, acompañados, en medio de una calle o en una esquina desierta.
Me gusta tu voz de caverna que parece llenar todo el espacio que nos separa. Y tus dedos largos y tus palmas suaves, y el sabor de tu piel en mis labios.
¿Vamos a casa? Sí, ¿por qué no? Vamos juntos, así, acurrucados como novios nuevos, como amantes que se descubren, como niños con juguetes nuevos.
Me gusta sentirte cerca. Me gusta que tu gravedad me atraiga y que me sustraiga de mi vida, que se expande gracias a ti.
Y me gusto yo cerca de ti, la imagen de mí que veo en ti, y tu cariño disperso y tus caricias lentas y graciosas. Y la seguridad que me regalas. Y la diversión. Y la calma.
Y mientras nos acercamos a casa, bajos los árboles todavía sin hojas y el frío de enero entre nuestros cuerpos, me acerco a tu cuerpo, me pego a tu oído, y con el calor de mi boca, llena de plenitud, te pregunto bajito: ¿Y qué te gusta a ti?
Prohibere.
El día a día/ The days we're living
Cuando una ley, una norma es demasiado rígida o no respira con el aire de los tiempos, debe ser derogada o, en todo caso, cambiada para amoldarse a la realidad.
Con las leyes pasa lo mismo que con toda elaboración teórica: son necesarias, pero sólo la piedra de toque del día a día pone a prueba su plasticidad y su necesidad. La enseñanza teórica, para todo aquel que la ha recibido, tiene una gran virtud y adolece de un gran defecto que, como todo lo extremo, se dan la mano: sin una no podemos aprehender el esqueleto que conforma un hecho, y sin la otra, no podemos entender del todo ese fenómeno y hacerlo realmente nuestro, experiencialmente nuestro. Lo teórico nos sirve de seguro, de colchón, de base. Lo experiencial nos arroja al día a día, al peligro, al cambio: nos ayuda a ver que no todo lo razonado es real porque las circunstancias externas también ejercen su influencia sobre los hechos que nos rodean, y afectan profundamente a esa construcción tan pura como una línea recta.
No soy jurista, no juego con un lenguaje enrevesado y cacofónico para pretender regular las estructuras del mundo, los hábitos y costumbres de mis conciudadanos. Pero soy ciudadano, y a veces hasta uno que piensa. Cada una de las ramas del saber que el ser humano ha descubierto y ha desarrollado para entender el mundo se rodea de este tipo de armas de segregación para evitar usurpaciones, para asegurarse una parcela de poder que justifique su existencia. El Derecho no se escapa a esta labor elitista (la Medicina aún menos). Lo malo es que el Derecho con harta frecuencia se une a la Política, y es cuando se crean graves problemas. Siguiendo un esquema antiguo y mitológico quizá, de dividir en tres grandes entes el Poder (Tres son tres para ser Uno: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo): el Poder Ejecutivo, que toma decisiones ciudadanas, el Poder Legislativo, que regula las normas para una convivencia normalizada de sus ciudadanos y el Poder Judicial, que rige y vigila a los otros dos en posibles salidas de tono, abusos o errores, que nadie está exento de ello; quedan a merced de esta mezcla peligrosa para cualquier país democrático que se precie. Estoy pronto a creer que es necesario que se establezca cierta separación entre Política y el resto de ámbitos humanos para hacerla sufrir una depuración profunda, una purga eterna. La ambición desmedida (sea por dinero, por ganar elecciones, por simple ego) estorba demasiado la labor de gobernar, nubla demasiado el sentido común, como para ser considerada beneficiosa para el conjunto de un país. La Política se ha armado con eso que se ha dado en llamar aparatos de partido para crear un gran caballo de Troya con el que conquistar el poder y diezmar, sin importar consecuencias a veces desastrosas, el país que pretenden gobernar. No siempre ha sido así. Y si así fuera, que se hayan heredado estructuras del pasado no justifican el uso actual de las mismas.
Que padecemos una dura crisis no debe negarlo nadie (ya se ha negado demasiado). Y aunque es cierto que económicamente es real, creo que sólo la vemos por ese prisma y pasamos de largo algo mucho más profundo que se está purgando en el presente. Lo económico es un invento humano, y por lo tanto, es un reflejo del momento que vive la humanidad. Tenemos crisis de todo: en creatividad, donde predomina la pirotecnia sobre el talento (donde triunfa el ruido más que las nueces); el amiguismo, que siempre ha existido, ha acabado por ahogar al talento; nuestras Artes son pobres pues son incapaces de generar nada salvo meras reproducciones de lo ya creado, bien desestructuradas, bien cambiándolas de color; llamamos rupturismo a lo que no es más que falta de ingenio; una silla sin tapizar es un éxito porque nadie hasta el momento se le había ocurrido colocarla en un salón: habría que ver si sirve para sentarse en ella, que la belleza no está en contra de la utilidad (lo práctico sobre lo teórico); alabamos el empleo de tapices sobre tapices, de alfombras sobre alfombras, lo recargado sobre lo simple, lo minimalista sobre lo útil, lo desnudo frente a lo vestido: nada que no haya sido pensado ni visto en la historia de la humanidad antes de ahora nos aporta estas ideas que, por costumbre, hemos aceptado en llamar vanguardistas.
En el vestido, lo mismo. Una vez roto normas, hemos creado otras que nos parecen novedosas, pero seguimos vistiendo (ahora más que nunca) como clones; sólo el desarrollo de nuevos tejidos nos lanzan al espejismo de lo novedoso, pero en el fondo aplicamos a viejas ideas esos tejidos tecnológicos y conseguimos lo mismo que pensaron los verdaderos creadores pero con otras texturas y colores. Nadie crea nuevas normas, nadie crea nuevos cortes: todo está inventado. O vemos al pasado o no somos nadie. Nuestra creatividad está bajo mínimos.
La Literatura, la Escultura, el Cine, la Música: llevamos años encallados en un desierto yermo de ideas como de verdaderos éxitos. Por ejemplo, aclamamos como rompedora una película plagada de seres azules contándonos una historia mil veces contada: nada que la Biblia no esconda en sus tesoros, y los Pitufos ya existían cuarenta años antes de esos supuestos seres galácticos. En la Salud quizá haya algo más de esperanza, pero no toda real: el progreso de la tecnología nos acerca a posibilidades terapéuticas antes sólo imaginadas, pero en la realidad, seguimos tratando la Enfermedad con las armas de siempre: cabeza, espíritu y experiencia; por ejemplo, nada ha conseguido llegar a los pies de la Morfina para aliviar el dolor y la Aspirina sigue siendo una fuente de sorpresas terapéuticas; ambas peinan canas desde hace ya mucho tiempo y nadie ha podido igualar esos dos regalos de la Naturaleza. En el Transporte, en la Construcción: la tecnología permite desarrollar viejas ideas ya soñadas por otros, y no hemos conseguido igualar la belleza ni la durabilidad de viejos palacios, de añejos edificios, de nuestras ciudades de piedra, de nuestras iglesias o catedrales. El Panteón de Roma, esa obra maravillosa de Adriano o su Villa, siguen siendo ejemplos basados en otros ejemplos ya perdidos o destruidos; las catedrales, lo más cercano que hemos estado en nuestra búsqueda de Dios, alancean al cielo sus bellas torres, sus adornados frisos, sus acristalados rosetones repletos de magia y sabiduría: los rascacielos actuales beben en esas fuentes y en sus formas caprichosas sólo intervienen la tecnología y pocas veces la verdadera Belleza, y se parecen a las catedrales en esa constante búsqueda por ser más altos, más poderosos, más cercanos a Dios, más diferentes y, por lo mismo, más admirados y envidiados.
Quizá nuestro tiempo deba sólo beber de las fuentes y ungir con la pátina de la tecnología la obra creadora de otros seres que ya no están con nosotros y que nos han enseñado un camino que nos está vetado romper. Es decir: ser continuistas y buscadores, que no creadores; aplicar nuestros descubrimientos, nuestros conocimientos y nuestra visión del mundo a establecer puentes entre dos épocas de creatividad; evitar que caigamos de nuevo en la Oscuridad de la que tanto nos ha costado salir, y entregar el testigo en ese punto de la Historia en la que se conjuntarán otra vez hálito creador y tecnología necesarios para crear mundos nuevos.
Pues en este momento que vivimos, en el que clamamos por una educación efectiva que nuestros niños no poseen (y es debido a nosotros, claro, que para eso somos padres ahora) es cuando más notamos todas estas carencias en quienes nos gobiernan o pretenden gobernarnos (porque nosotros queremos, claro.) Es difícil legislar para todos, que todos estén contentos, pero es nuestro deber conseguir ese punto medio salomónico (¡si ya todo está inventado!) que intente equilibrar las situaciones sin segregar a nadie, sin discriminar a nadie. Alguien muy listo y muy brillante (mujer, claro) me dijo ayer que el problema español está en nuestra nula capacidad para argumentar. Y está en lo cierto. Sólo sabemos discutir, polarizar: estás a mi favor o en contra; por eso tienen tanto éxito programas de televisión en la que la gente se grita una a la otra: son un reflejo de nuestra sociedad. Y esa realidad se refleja en las mínimas situaciones diarias y en todos los ámbitos, y ahora le ha tocado el turno al tabaco.
En una sociedad como la nuestra, en la que la argumentación y la conciliación puede que estorben, la única forma en la que parece que reaccionamos es al decretazo, al golpe en la mesa.Con la legislación previa se había conseguido un espacio sin humos bastante adecuado. No perfecto, porque la normativa no se cumplía correctamente: no es que existieran locales con y otros sin humos, sino que hubiese los sistemas de ventilación adecuados para que ambas formas de ver la vida conjugasen sin molestar. Pero hicimos lo más cómodo: aquí se fuma y aquí no. Bien es cierto que un fumador no es presa fácil a la hora de colaborar con detener su consumo por unos instantes (por ejemplo, durante una comida), sin embargo la gran mayoría de las personas que yo conozco cedían en su hábito momentáneamente sin ninguna polémica. Así que el problema estaba en cómo se aplicaba la normativa vigente (puro sentido común) y no en la Ley.
Sin embargo, en este caos gubernamental en el que nos encontramos, en lo que todo parece deshacerse a velocidad de vértigo, la Política idea una cortina de humo lo bastante importante para evitar que pensemos en los problemas reales que nos aquejan y consiguen (¡otra vez!) la viejísima táctica del divide y vencerás, de lo mío contra lo tuyo, de la polémica barata y el batiburrillo de ideas que los españoles amamos más que a los hechos, más que a las personas. Implementando leyes segregacionistas y prohibiendo, intentan confrontar y desubicar a la población mientras siguen haciendo de las suyas para mantenerse en el poder. Y hablo aquí del Poder como ente, no contra un partido u otro (todos, en su momento de poder, han empleado esta técnica, el problema es que en la actualidad se ha llegado a límites insospechados porque la situación vital es urgente y vergonzosa al mismo tiempo.)
Todo aquel que ha llegado a cierta posición de responsabilidad sabe de sobra que, una vez en ella, hay que bailar al son que le toquen. La persona que crea que llegar al poder y ser inmediatamente rupturista tiene una visión muy precaria de la vida. No. Un puesto de mando es un puesto de decisiones, de vigilancia, de cohesión. Y, como tal, sin importar las circunstancias, debe primar siempre el sentido común, la verdadera educación, ese punto en el que se encuentran la enseñanza teórica y la habilidad práctica… Y sí, eso no es fácil. Por eso no todos somos aptos para ocupar puestos de mando.
Cuando actuamos con responsabilidad, con sentido común, lo hacemos con educación, con un sentido del Poder como Servicio, amén como ambición personal y egóica, que nada de esto es excluyente, todo lo contrario. Por lo que no es necesario esta torpeza que estamos viviendo en estos días, este enfrentamiento, esta caza de brujas, esta demonización, esta Prohibición. Prohibir no es educar: es inhibir una forma de pensar, es cohartar, es evitar que los demás piensen por sí mismos, lo cual puede llegar a convenir al Poder. La Ilustración dejó muy claro que sólo la iluminación es necesaria para la revolución. Pero la revolución por sí misma no es la respuesta, es una vía para alcanzar un objetivo, un objetivo que el sentido común (la unión de la teoría y la práctica) conjuga en reglas adecuadas y en hechos reales.
Espero que nos demos cuenta que estamos siendo víctimas de una manipulación más; que están empleando una característica de raza (ese ánimo a la discusión) para manipular nuestra atención y, aún peor, están soliviantando esas diferencias con la (¡otra vez!) antigua costumbre de apuntar con el dedo, de acusar con una letra escarlata, y así hacer que nos olvidemos de los problemas reales, problemas que nos encontramos a final de mes,día a día, mes a mes, porque no desean que seamos conscientes de ellos y que intentemos solucionarlos de una vez.
Prohibir sólo nos hace más pobres, más miserables, nos ata más a nuestras cadenas. Evita que pensemos por nosotros mismos, que tengamos criterios, que tengamos educación. La Ley está para reglar la realidad del mundo, la Ley debe entonces adaptarse al día a día. Debe aceptar que hay fumadores y no fumadores, bebedores y no bebedores; hombres y mujeres, niños y adultos; heterosexuales, bisexuales, transexuales y homosexuales; prostitutos y clientes; ladrones y cobardes; terroristas y hombres de ley; crisitianos y musulmanes, budistas y sintoístas, agnósticos y liberales; debe distinguir que hay razas y mezcla de razas, y que hay normas colectivas y costumbre sociales que se deben modificar sin perder su esencia ni su interés de espectáculo de masas.
En un país desarrollado, todos tenemos derechos pero también todos tenemos responsabilidades. Es hora de que las asumamos sin manipulación del Poder, sin crear diferencias, sin crear escándalos de la nada, sin señalar a éste o aquél. Y sí, otra vez, hace más de 2000 años un hombre muy sabio nos recriminó que viésemos la paja en el ojo ajeno siendo así que el nuestro estaba sucio de más, y nadie pudo tirar la primera piedra porque, a pesar de las diferencias que parecen dividirnos, todos, todos, somos iguales.
Esta Ley Antitabaco está mal planteada, como la Ley del Aborto, como la Ley Sinde: todas están abocadas a crear desconcierto y desazón en la sociedad, están hechas para obtener escándalo y desviar el interés colectivo de aquello que es verdaderamente importante. No el espíritu que las impulsa: legislar es necesario, pero hay que hacerlo con sentido común, con educación, con sentido del estado, de la responsabilidad. Basta ya de tantos maquiavelismos (sí, otra vez la Historia que se repite) y abramos de una vez los ojos ante nuestra deplorable realidad: falta de respeto, falta de educación, falta de humanidad. Y no, no necesitamos a un gobierno que nos lo diga ni que nos inflame esas deficiencias. En nosotros está vencerlas y seguir nuestro camino en paz.
De uvas y otras tradiciones/ About New Year’s Traditions.
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Medicina/ Medicine
Ayer no pude comer las uvas a tiempo. A pesar de que, muy amablemente, me tenían dispuesto doce preciosas, redondas y dulces uvas, no escuché las campanadas, estaba enfrascado en entrevistar a la familiar de un ingreso que había hecho (accidente de tráfico), intentando calmarla y que me entendiera, en medio de sus nervios, qué de malo podía pasar. Una y otra vez repetía la misma letanía, y una y otra vez esa angustiada mujer no comprendía del todo. A veces hace falta establecer cierta distancia entre el familiar y el médico, entre la información que llega a borbotones y la lucha interior que tiene esa persona que no entiende lo ocurrido y el paso brutal de la Salud a la Enfermedad que a veces nos ocurre.
Yo intento explicarme de más. Intento establecer un fresco de todo aquello malo que puede suceder, porque siempre hay el familiar listo que se adelanta a todo y dice que nadie les explicó nada de las posibles complicaciones de un caso. Pero quizá en el fondo es tarea perdida: todos escuchamos lo que queremos oír, lo que necesitamos oír, aunque no sea totalmente cierto. Ya no lucho como antaño en ser tan preciso y en conseguir ese objetivo inútil: me limito a enumerar esas posibilidades, intentando transformarlas en un lenguaje más cotidiano, y espero la respuesta. Que suele ser de estupor, incredulidad y viva obstinación. Siempre hay que volver a empezar.
Ayer estaba un poco apurado porque iban a dar las campanadas y yo estaba entrevistándome con ese familiar que parecía no entender mucho. Era joven, así que la falta de educación (y hablo aquí tanto del ámbito académico como de la vida diaria) no debería ser un problema; pero el amor que sentía por el paciente y los nervios que siempre atañen a un accidente de tráfico, le tenían la cabeza hecha un lío.
Terminé suspirando, entregándome a la situación y olvidándome por completo de mi interés en las doce uvas de la suerte y esa costumbre navideña, tan añeja ya, que en mi caso se remontaba a mi infancia, cuando nos daban a los niños uvas pasas sin semilla para practicar el siempre difícil arte de acertar con cada campanada y en el que todo el mundo hace trampa, porque mira que es una tarea entre difícil e inútil para terminar un año de nuestra vida y empezar otro de la misma forma.
En medio de la explicación, ya enésima, sonó mi teléfono y pedí disculpas a mi interlocutora. Habitualmente los enfermos y sus familiares son lo primero, pero eran mis padres que me llamaban, ya pasadas las doce, para desearme en la distancia Feliz Año Nuevo. Así que contesté un momento para desearles lo mismo y decirles que estaba muy ocupado y que ya les llamaría. La señora se rió por lo bajo al oírme y yo le puse cara de circunstancias. Algún efecto hizo, sin embargo, aquella llamada, porque ella misma apremió una situación que ya estaba dilatada de más. Le dije que pronto vería a su pareja y que, si todo iba a bien, pronto saldría de allí. Me sonrió sin creerme, pero hizo como si lo hiciera. Si no lo pensase no se lo hubiese dicho, obviamente, pero así somos los seres humanos.
Cuando me disponía a entrar de nuevo en la UCI, una llamada de Urgencias volvió a captar mi atención. Un chicarrón de 18 añitos que se encontraba malito y no sabían qué podía pasarle. Murmurando por lo bajo, como si yo pudiese adivinar el futuro (puedo tener algo de taumaturgo, pero una sibila no soy aún) me dispuse a bajar de inmediato. El niño en cuestión resultó ser el hijo de una de nuestras enfermeras de UCI y me había llamado, aparte de que sabía que estaba de guardia, porque confiaba en mí. La hicimos buena. El chico estaba mal para ingresarlo en el hospital, pero gracias a Dios no en la UCI. Extendiendo hasta el infinito la cuerda de la amistad, pedía ayuda a mis amigos de Medicina Interna que estaban celebrando en su momento libre el Año Nuevo, y solícitos, pegados a su teléfono como yo debería estar al mío, exploraron e ingresaron al chaval. En esas, otra nueva llamada, de unos grandes amigos, me apremiaba por teléfono. No tuve valor para decirles que estaba en medio de un pequeño problema. Nos saludamos; el niño febril y alucinando, la madre serena oyendo el espectáculo, y tres médicos mirando el caso, hablando con sus familiares y disculpándose a tres bandas por no poder hacer casi todo a la vez. Vaya cuadro.
Pero lo hicimos. Una vez encarrilado el caso del chaval, me dispuse a volver a la UCI. Cuando entré, todo el grupo me estaba esperando con mi vasito de uvas y un gorro de Papá Noel en las manos. Me lo puse para hacerles honor y cogí el vaso. Allí había doce uvas preciosas, verdes y dulces, por las que la luz artificial y los sonidos de una unidad especial como esta atravesaban y se reflejaban con serenidad. De pie, sin sentarme, comencé a comerlas una por una con una especie de solemnidad ridícula. Cuando terminé el rito, más de una hora después que el resto de los mortales de la Península, miré el reloj y sonreí: al menos casi lo había hecho en el huso horario de las Islas Canarias, así que técnicamente había conseguido mi objetivo de la noche.
En la vida no todo es perfecto. Ojalá lo fuera, pero no es posible. A veces me digo que la Perfección sólo existe como anhelo; su posesión derivaría en aburrimiento y desuso. Es una suposición, pues como perfecto no soy, nada sé… Pero en la vida no es todo perfecto, ni todo es bello, ni todo es alegría, ni todo es desazón. Cuando pensaba a lo largo de esa guardia qué entrada de blog sería la primera del año, pensaba con amargura en la larga lista de problemas, reales o no, que han llenado mi vida este año; en mis decepciones para conmigo (que son muchas), en mis anhelos destruidos, en mis sueños olvidados hace años ya y perdidos quién sabe en qué esquina del tiempo.
Sin embargo, esta noche, mientras contaba doce uvas en mi boca, tan dulces que parecían llenas de melancolía, con mi gorro navideño que me iba pequeño, algo en mí cambió por completo. Comenzaron a tomar cuerpo las sonrisas, los buenos ratos; las alegrías robadas al tiempo; los encuentros maravillados; mi pequeño universo en completa expansión por este mundo continuo de la red; las personas singulares que había conocido y que forman parte de mi vida de hoy; aquellas que hube querido no conocer, pero que son tan maestras como todas las demás; los amigos idos, los amores no florecidos; las enfermedades recuperadas; las ansias diarias y mensuales; la pérdida de estabilidad laboral y la lucha entre el orgullo y la sapiencia; el Arte que concentraron mis ojos y mis oídos, mis manos y mi olfato, que nada hay más placentero que el aroma de las hojas de un libro; el otoño ya muerto, el invierno en plena ascensión; el Sol que cabalga sobre la Oscuridad del cielo; mis amigos de Madrid, que siempre tienen un hueco para mí y que se ríen de mí y conmigo; mis amigos más cercanos, cuya lejanía por circunstancias vitales no los separa ni un metro de mí; los libros que he descubierto gracias a escritores de claridad meridiana como Lawrence Schimel; la belleza de un encuentro cristalino, una tarde de septiembre, con el sereno escritor Carlos Hugo Asperilla (la foto que adorna este post es obra suya, y Rosas Blancas para Wolf su magnifica novela) y Óscar Moreno García; la transparencia de la fotografía del alma y la pérdida y el reencuentro de Izak Amancio; la diversión, el humor y la profundidad de la responsabilidad bien entendida de Isidro García López; la tímida gracia de Elena Urbaneja; el poder de la imagen y del deseo de Enrique Toribio; el tesoro de Kielh’s Fuencarral, de la mano de Janneth Muñoz y su equipo generoso; la revolución astral de Ana Mazuecos, todo energía; la llegada y la salida de un espíritu atribulado y único como Pablo Robledo; la amistad exigente y generosa al mismo tiempo de Abel Arana; la belleza y la valentía y el corazón bondadoso de Alberto Urbaneja; la divertida claridad de Vanessa Bautista y María José Giner; el entendimiento aún en la lejanía de Philippe Servais; y esos nuevos amigos aún sin forma pero que están día a día compartiendo juntos pensamientos, a veces locuras y risas como Otto Más y su extrema sensibilidad para la belleza del cuerpo y de las formas, su léxico rico y su erudición, y su oído musical que comparte con Eleuterio Amoedo, uno de los más fieles lectores de este blog sencillo y sin pretensiones; Javier Martínez y ese latigazo de originalidad y verborrea únicas; la casualidad que me ha llevado a colaborar con Juan Avellaneda y su blog Gentleman & Cavaliere, en uno de esos arranques que no se entienden nunca; a esos otros amigos de Facebook como Juan Jò irónico y siempre presente, y la más bella de las sorpresas de la mano de Anita Tef y Cris Pulina, que me han abierto junto a Carlos Hugo Asperilla el mundo de una literatura pura, que desea ser conocida, de un peso único por original, marginal por no pertenecer a las grandes editoriales, demasiado miopes a la hora de descubrir verdaderos tesoros de gramática y sentimiento, como la labor de María Dolores García Pastor, Anika Entre Libros o Frantic St Anger, por nombras sólo unos cuantos… Y más recién en el tiempo del año moribundo, la energía solar de Iñaki Bañares.
Dispuesto como estaba desde hacía días a maltratar la memoria que el año que ha pasado me había dejado (que no ha sido fácil), el recuerdo paulatino de todos esos nombres, y muchos más cercanos a mi corazón, familia y amigos que siempre están ahí, y otros como Pablo Pérez o Eric Arvin, la belleza de ébano de Kelley Weiss y la tierna y sensual franqueza de Gus Brock y la calma disposición de Jeff Ballam, amigos virtuales por los que los años pasan pero que se mantiene ahí, entre las vicisitudes de la vida que se vive, cambió mi parecer… Todo ese mar me bañó en aquel momento y me hizo darme cuenta que a pesar de mi precaria situación laboral, de mi orgullo herido, de mis dificultades económicas, de mi cansancio de siglo y medio, de la Enfermedad y la Salud, mi vida era muy rica, estaba muy llena y a la vez muy vacía, y que aún me quedaba mucho por hacer.
Caminado con mi gorro puesto hasta la cama de un enfermo que estaba agitado, le interpelé e intenté hacerle entrar en razón (un abuelo que estaba aún algo malo). Tal impresión se llevó de ver a aquel gigantón vestido de verde, con una bata blanca y un gorro rojo con pompones, que se calló la boca de inmediato. Al volverme, le preguntó a le enfermera quién era aquel loco que se acaba de ir. Aún oyéndolo, la enfermera le dijo sin pestañear que era el médico.
– ¿Ése? ¿Con esa pinta?
Durante unos segundos me reproché no haberme sacado el bendito gorrito, que no recordaba que lo llevaba puesto. Menos mal que no tenía lucecitas de colores o algo parecido. Pero al instante dejé pasar ese sentimiento estúpido y me reí un buen rato.
– Claro. ¿Quién cree que es a esta hora vestido así?
Claro, ¿quién más iba a ser?
Al rato llamaron de nuevo de Urgencias, por un nuevo accidente de coche. Y todo volvió a empezar. Pero yo sonreí de nuevo, como cuando el humor invade mi trabajo y me da sentido de vida. Porque mi vida, en aquellos momentos, había recobrado de nuevo un significado, una dirección.
Mientras bajaba por las escaleras corriendo, supe qué iba a escribir al llegar a casa y sobre qué iba a tratar la primera entrada del año: sobre el Agradecimiento, las Lecciones que se Aprenden, el Amor…, y sí, sobre la Decepción también y sobre el Dolor.
Feliz comienzo de Año para todos.
Nuevo Año/ Year Anew.
El día a día/ The days we're livingEspaña, lo que me gustas/ Spain is (not) different.
El día a día/ The days we're living
Haber nacido fuera de España da una visión del país muy distinta de alguien criado en su seno. Nos da cierto distanciamiento muy útil tanto para valorar lo malo como lo mejor, aunque ofrece ciertas desventajas, como cierto desarraigo de todo, una falta de pertenencia, de raíces, que no acaban de pasar por completo. De todas maneras, hay más cosas positivas que negativas en tener una vida escindida por la emigración, o lo que consideramos emigración en este nuevo siglo, que todo lo cambia y lo amolda a la situación que más le conviene.
Aunque habría que preguntarse realmente si, tras pasar exactamente la mitad de una vida en el país de nuestros genes, de nuestros antepasados, de nuestros padres, nos da derecho a sentirnos sin raíces, o con las raíces al desnudo, que viene casi a ser lo mismo. No lo sé. Lo que sé de cierto es que aún hoy, y quizá con más motivo, me considero lo bastante afortunado de vivir en un país como España, lleno de problemas reales e imaginarios, y que me ha dado tantas oportunidades como dificultades me ha regalado, y que me va permitiendo, conforme nos vamos conociendo y aceptando, crecer en su seno.
Todos sabemos los males que aquejan a este hermoso país. Somos nosotros quienes encarnamos esos males. La enorme belleza natural, el incalculable valor cultural que esta piel ibérica tiene, no sabemos valorarla y es una pena. Lejos de la dejadez italiana por su historia, en España la historia de ser español cae como una losa que no tiene sentido: vivimos rodeados de esa riqueza maravillosa, de esos errores que se transforman en lecciones, y de una lección de pluralidad (que no de diferencias) que nos hacen únicos y deseables. España es un país que gusta a todos menos a los españoles, y como gusta tanto, nos avergonzamos tanto, que procuramos ensalzar sus defectos puesto que nos abruman tanto sus virtudes, que decirlas en alta voz nos parece un error o una falta de discreción vergonzosa.
¡Nunca más! España es un país maravilloso, lleno de problemas, de costumbres arraigadamente antiguas, financieramente algo paradójicas y, personalmente, a veces irritantes, pero es un lugar bendecido por Dios, lleno de belleza, que adora la belleza, algo brusca, algo salvaje (y quizá por eso tan hermosa) y tan llena de vergüenzas que hasta mueve la compasión a veces y la calma.
Es curioso que los países más bellos de Europa sean casi un caos. Italia es una península que siempre se viene abajo, y allí está, navegando entre naufragios continuados. España, que la sigue en riqueza cultural, se niega constantemente los puestos de cabeza en que la historia la ha lanzado desde el principio, con su fruto de literatos, filósofos, artistas, deportistas y algún que otro político sagaz. Los demás países, por temor, emplean como samuráis, esa sensibilidad errónea y traslucen en sombras chinescas un presente que no existe y un pasado que, a fuerza de manipulaciones, llegan a transformar en algo irreal… Pues sí: Francia se empeña en regodearse de una belleza elegante, bruñido de oros y cobres, que esconde algo menos dulce en sus entrañas; Gran Bretaña, en el espejismo de su riqueza de última hora, se empeña en disfrazar de modernidad una mentalidad que cambia mucho más lentamente que la mentalidad del mundo, y esconde un rechazo a una diversidad que se le impone de fuera, con rabia contenida; los maravillosos países del Este, de una raza melancólica de rubia tez, esconden en el interior de sus bosques una cultura fragmentada por sus constantes luchas internas, un ansia de libertad ensuciada por siglos de yugos impuestos por otros; el Norte, tan norte, esclavos de su lejanía y de su clima de eternas nieves y primavera de luz, miran con excentricidad todo aquello que no conocen, como si fuese algo separado de su propia realidad, y naufragan en esa visión del mundo, del que no difieren ni siquiera en las costumbres ni en las enfermedades; la sufrida América, tan rica, tan productiva, tan poderosa, enfrenta su juventud con las exigencias de los nuevos tiempos, y son un reflejo en el que nuestra sociedad debe reflejarse: lo tenemos todo, lo queremos todo, pero sin aceptar esfuerzo y lucha a cambio. La poderosa China, que basa su riqueza en la explotación esclavizante de una población analfabeta, en el que la superstición campa a sus anchas y que parece enclavada en la Edad Media europea, pero con la tecnología del siglo que nos ocupa, caerá pronto en nuestros mismos errores a poco que esa gente vea la luz de una cultura que se les niega; la variada India, ese Asia remota tan diferente al Asia cercana, en el que las supersticiones de una raza apegada a sus religiones impiden el brillo de la luz de la verdadera libertad, arenas eternas que no dejan paso al verdor de la juventud y la verdadera alegría; el África más lejana, con años y años de luchas intestinas que no encuentran sosiego, empeñados en recrear una sociedad como la nuestra, en la que el producto es más importante que el individuo que lo genera, ahogada su riqueza y su diversidad en enfermedades, abandonos y pobreza real, que no única…
Los países más bellos de nuestra cultura son los menos queridos por sus propios habitantes y eso es un error. España es un paraíso de diversidad, de belleza natural, de maravillosa cultura. No se merece la política que tiene ni sus dirigentes, pero ellos mismos son reflejo de nuestra neutralidad, de nuestro desinterés, de nuestro poco amor por esta península llena de sol, mar y tranquilidad. España no es un país amable, ni hay panderetas ni hay siesta ni hay modorra ni abandono. España es un país duro, en el que hay que trabajar y luchar; en el la gente mira a los demás y en vez de encontrar orgullo y aliento, sólo encuentra envidia y desasosiego, y muchas veces el infantil deseo de ser igual, lo mismo, o más alto o más guapo o más rico o más feroz. España es un país cruel consigo mismo como el que más y sin embargo… Hay tanto de bello, de dulce, de merecido en esta tierra en la que llevo ya la mitad de mi vida, hay tanto mar azul, tanto qué comer, tanto de lo que reír y de lo que llorar, tanto que admirar…, que hace mi amor por sus costas, por su continente, por la belleza de su arquitectura, por la profundidad de su pensamiento y de su cultura, crezca día a día a pesar del día a día y de ese secreto empeño que ponemos en destruirnos a nosotros mismos.
España es única y forma parte del mundo que la rodea. España es diferente en sus similitudes con el resto de Europa, y tan diferente…, que todos queremos estar aquí, vivir aquí un sueño, una historia y un presente… España es maravillosa, y siempre vale la pena el esfuerzo.

