Caí en tus redes. En esa trampa que quisiste tenderme y que dejaste abandonada mucho antes, olvidándome como objetivo, para ir a picotear a otra parte.
Me enamoré de ti como sólo los tontos lo hacen. Me entregué a esas conversaciones animadas, me quise creer tu insistencia, tus llamadas, tu interés.
Qué maravilla ver reverdecer todo en pleno invierno. En esos pocos días todo me pareció asombroso; hasta mis ojeras dejaron de importarme, pues dormía plácidamente soñando contigo. Qué tontería, digo, soñando contigo.
Pero es cierto. Caí en tu trampa, en mi propia trampa. Me enamoré del amor que podías darme sin darme cuenta que me lo negabas. Me enamoré de ser el único que te amaba, como un chiquillo cuando lo abrazan por primera vez, como el beso estático que damos a veces cuando queremos y no queremos y no sabemos qué más hacer. Cuando salimos corriendo presa de los nervios, mudos del nudo que tenemos en el estómago, reos de nuestras propias ambiciones y sueños, ciegos al porvenir.
Sólo los tontos se enamoran así. Tan repentino, tan inusual. Sólo los tontos se aferran a sueños que debieron morir años atrás; a ilusiones que renacen de sus cenizas aunque no queramos verlas más… ¡Oh, sí! He sido un tonto, un tonto por no oírme, por dejarte entrar en mi vida. Vanidad, asombro, qué sé yo…
Sólo los tontos se ciegan ante el primer suspiro, ante las palabras dulces escanciadas en el rincón de una noche oscura y fría, vacía de estrellas y de ventura. Sólo los tontos engendran mundos paralelos con sólo oír el aviso del móvil, y les tiemblan las manos tecleando respuestas a preguntas inútiles, tejiendo ilusiones como quien viste a una santa, y se sienten arrebatados cuando oyen la voz que los llama y que pretende amarles…
¿Dónde me perdí yo contigo? No lo sé… Pero bajé mi guardia, comiste mis barreras, construiste una nave que llegó al centro de mi corazón y lo tomó por montera, demasiado apasionado, demasiado de prisa para ser cierto y mira tú…
Debí saberlo. Debí sospecharlo. Ya no somos unos niños… Y sin embargo ante tu voz yo lo fui, ante tus sueños yo crecí hacia atrás y me sentí recién estrenado, todo nuevo de nuevo, lleno de ilusiones como de sueños… Construí un castillo de deseos, un planeta de esperanzas sin medir las consecuencias, sin pensar en lo inevitable, en lo voluble de los corazones, en lo vacío de los sentimientos, en el laconismo de un gesto y el atronador sonido del silencio.
Debí saberlo, porque yo también he sido así. Porque todos lo hemos sido alguna vez. Y, aunque he llegado incluso a reírme alguna vez de esos pobres enamorados, ahora también sé que yo puedo serlo, que el cinismo no ha acabado con ese pequeño ser asustadizo, creyente, sediento y necesitado de amor que pensé haber aniquilado tiempo atrás…
Sólo los tontos se enamoran como yo me enamoré de ti. De tus ademanes, de tus ojos oscuros, de esa voz grave y única y esa sonrisa picarona… Sólo los tontos caen una y otra vez en la ilusión de un amor que ama demasiado poco, como para tenerlo en cuenta.
Sí: soy un tonto. Lo reconozco. En esta ciudad en la que nadie me conoce, a la que yo apenas conozco, sentado en esta mesa que era para dos, con una velita de iglesia y unas orquídeas de falsa cera en el centro, jugueteando con los cubiertos, picotenado el pan, haciendo que bebo de una copa que me sabe amarga, esperando por ti. Esperando en vano, porque sé muy dentro de mí que no, hoy no vas a venir.
Ni mañana cogerás el teléfono ni responderás con más de dos palabras a los cientos de correos que te enviaré.
Qué tonto, qué tonto he sido, enamorándome así de ti.
Lo sé. Porque lates demasiado deprisa. Parece que te quieres escapar de mi pecho, tum,tum,tum. Cómo lates, tonto corazón.
Hay una frontera muy fina entre el amor y la locura, entre el arrebato y la pasión. Y sé que tú, tonto corazón, apenas la reconoces, y haces que me pierda entre dudas, y entre dudas me lanzo y caigo siempre en el error, en la mentira.
Pero esta vez es amor, tonto corazón, esta vez lo sé. Lo sé porque cierro los ojos y allí está. Siento el aroma de su piel y el roce tenue de su mejilla y el sabor agridulce de sus labios… Y dibujo la línea de sus ojos y la caída de su pelo y la línea suave de sus hombros y el sendero oscuro de su espalda… Y bailamos a la luz de las velas hasta hacerse mediodía y un beso largo, largo y profundo…
Sí, estamos demasiado cerca, tonto corazón, y cuando todo comienza nos separamos y nos unimos en una danza maravillosa que hace que tiembles en mi pecho y que quieras huir hasta el suyo para perderte en él… ¡Oh! Sí, lo sé, lo sé, corazón loco, corazón tonto, corazón mío.
Y esta noche cuando aparezca, deja que mi cabeza piense un poco, no la ahogues con tu tañer. Quiero que nos vea juntos, que se imagine una vida juntos y que sienta, como tú sientes tonto corazón, que esta vez no es un espejismo, no es un sueño que se desvanece con la niebla de la mañana. Quiero que se dé cuenta que esta vez sí, tonto corazón, que esta vez sí es amor.
Oigo cómo llega; sus pasos en la gravilla del jardín… Y me miro en el espejo y arreglo unos detalles: ese mechón en la frente independiente, el pañuelo, un recuerdo de perfume… Y noto tu retumbar, tonto corazón, que se quiere salir del pecho tum,tum, tum…
A través de Jordi González, un enlace deLaVanguardia.esme ha descubierto este vídeo, en el que los esfuerzos de una línea aérea como KLM les enseña a aumentar su gran calidad de servicio brindando, como dicen al final del vídeo, alegría a través de una sonrisa en el rostro y no a través de un emoticon despersonalizado.
Siempre me reprochas que no te traiga flores. Y es verdad.
Pero no me gusta verlas aprisionadas, forzadas en posturas poco naturales. Me alegra verlas libres en el campo, pendulantes o erguidas, rodeadas de maleza que las embellece aún más, y descubrirlas entre las zarzas, rosas o púrpuras, rojas o azules, es una alegría añadida al día soleado y a tu compañía.
Sé que es una excusa aunque lo digo muy en serio.
Las flores tienen un lenguaje, un idioma que desconozco. Sin embargo sé que están para dar felicidad y para cifrar ciertos mensajes; para embellecer lo perfecto y, a veces, para tapar lo oculto. Y sé que te gustan mucho aunque ni a ti ni a mí se nos den bien las plantas. Pese a nuestros empeños (quizá por nuestros empeños) todas acaban muriendo: exceso o falta de luz, exceso o falta de agua, qué se yo… Nos reímos, pues parecen pequeños sacrificios en pro de nuestro amor. O eso esperamos entre risas.
Y hoy, mientras dormías la siesta, me quedé mirándote en un embeleso. Me fascina verte dormir; me ha hechizado siempre. Los párpados cerrados, esa nariz delicada, esos labios generosos… Los platos ya estaban secos y guardados; la mesa recogida; el cesto de frutas colocado en su lugar, y tú en el sofá, suspirando entre la plétora y el sopor del mediodía… Me quedé mirándote no sé cuánto tiempo y me puse a pensar en todo el tiempo que llevamos juntos, en los ajustes de la convivencia, en las luchas míseras por llevar el control de la relación sobre las grandes cosas, sobre las nimiedades; la tolerancia que a veces regalamos a aquellos que amamos, y las posturas que lentamente se convierten en costumbres, y el cariño que se transforma en amor y el amor en pasión y la pasión en calma y dicha… Y el pecho se me llenó de aire y de dulzura y de agradecimiento y hasta de simpatía, porque comenzaste a roncar bajito como cuando estamos juntos en la cama y no me dejas conciliar el sueño.
Así que salí a buscar flores. Todo estaba tranquilo. El día aún conservaba el sol de febrero, oblicuo y ascendente; comenzaba a levantarse el viento del sur y unas nubes callejeras se dibujaban en el horizonte. En mi mano unas tijeras y unos guantes y mucha intención. Y entonces vi un río dorado lleno de estrellas, soles amarillos recortándose entre el verde intenso de los árboles y el azul del cielo impetuoso. Un aroma a dulzura llegaba desde aquellas ramas que casi besan la tierra. Y supe cuáles iba a recoger.
Mimosas, las flores de febrero que endulzan la mitad del invierno en espera de la primavera aún algo lejana y distante.
Y corté un manojo enorme. Su aroma intoxicante dejaba un rastro tras de mí y me obsesionaba. Como nuestro amor. Como nuestros besos y nuestras caricias y la forma en que nos queremos a deshora y cómo discutimos y nos abrazamos y te veo dormir la siesta y preparamos la cena y nos despedimos cada mañana…. Esos pequeños soles amarillos, llenos de estambres y de polen, llenos de porvenir, son un símbolo de nuestra vida, nuestra vida que ha sido vida desde que estamos juntos.
Llegué jadeante y mareado. Porque quería verte inmediatamente, porque quería sorprenderte con el aroma penetrante de un manojo de mimosas y porque necesitaba verte dormir.
Allí seguías, con la manta medio caída que te puse mal que bien antes de irme, y la boca entreabierta esperando un beso… Un beso…
Y coloqué las mimosas por toda la casa, llenando de luz y de dulzor cada rincón de nuestras vidas. Es febrero, es invierno, pero no para nosotros, para nosotros todavía no.
Y aunque nunca te traiga flores, hoy es tiempo de mimosas y, ya ves, me acordé de ti y de mí y de lo que tenemos juntos. Y quiero que siga así para siempre, o lo que puede ser por siempre…
Unión de intenciones, de cuerpos, de inseguridades.
Tú y yo.
Lo mejor de este mundo. Lo mejor que ha pasado nunca.
Para mí, tú y yo somos una sorpresa, un día de fiesta, una excepción.
Ni siquiera algún desliz, ni siquiera algún engaño.
Nada que no pueda superar un corazón enamorado.
Como el tuyo. Y el mío.
Tú y yo. A pesar de los años. Gracias a los años, yo y tú siempre juntos, nunca separados. Ni la distancia, ni la cercanía. Ni los gritos, ni los susurros. En el silencio, en la algarabía. Yo y tú, siempre juntos.
La luna se esconde y aparece el sol. Cuando me miras, cuando te toco, cuando ambos respiramos buscando más.
Tú y yo. Un regalo de la vida. La vida que sonríe en tus ojos y se extiende por tu piel y por la mía: una misma piel, cuatro brazos, cuatro piernas y un mismo corazón. Uno solo. Que late por los dos.
Tú y yo.
Ecuación eterna, garabato universal.
Te amo, yo. A ti, tú.
Tú y yo.
Y la costumbre es la sorpresa. Y abrazarte por los hombros y correr tras de ti. Y soñar contigo y despertarme a tu lado. Y la sonrisa de ala y el brillo de las estrellas en la ventana.
Tú y yo. Todo junto en insaciable sed.
Sí: tú y yo. Nada que se le parezca, nada comparable. Pero nada más sencillo, dos nombres, dos seres, dos intenciones. Un amor.
A pesar del empeño que podemos poner, de las locuras que ciertas promesas nos llevan a hacer; a pesar de que ciertas sumas no siempre adicionan y que vivimos realidades no deseadas, la vida nos pone, a veces, en situaciones imperfectas que desgranan, si nos damos cuenta, pequeñas pinceladas de belleza, verdaderas gotas de presente encantador.
Hacía frío en Madrid. Mucho. Y lluvia y viento. Quizá sea mi herencia norteña, pero me gustan los días así. Me resultan incluso encantadores. Los cielos grises y las nubes bajas; el agua fría que cae y empapa, los colores de la Naturaleza con un brillo y una intensidad nuevas… Madrid se ve hermosa en invierno bajo la lluvia que cae.
Los planes en la ciudad no salieron del todo bien. Pude ver a algunos amigos que extraño mucho, y esos minutos que pasamos juntos, siempre escasos, me dejan sediento pero a la vez me llenan sobremanera, porque su cercanía es vital y su claridad de pensamiento y su belleza me deja siempre sin aliento. No hay nada que pueda señalar de todos ellos, pues el aprecio, la admiración y el cariño sólo crecen con cada encuentro, con cada taza de café o plato de alimento, porque, curiosamente, casi siempre nos encontramos rodeando una mesa… Mis amigos madrileños, sin los cuales la belleza de Madrid empalidecería un poco, siempre tan atentos…
En las horas vacías, cuando es muy temprano para algunas cosas y quizá muy tarde para otras, me dediqué a caminar por la ciudad. Gran Vía, Alcalá, La Cibeles, la Puerta de Alcalá, el Barrio de Salamanca, el Paseo del Prado… Perderme en la belleza de esas grandes calles, en el rumor de las ramas desnudas, en el húmedo chapotear de las aceras, hace que entre la ciudad y yo nazca un lazo cada vez más íntimo y secreto y que me llene con esa magia particular que la capital insufla en todo aquel que la visita.
Mis pasos me fueron llevando, sin rumbo fijo, una vez pasado Neptuno y el Palace, una vez cruzada la calle que deja al Ritz atrás, hasta el Museo del Prado. Hacía ya años que no lo visitaba. Últimamente mis pasos acababan en el Thyssen-Bornemisza, o en la Fundación Mapfre, llegando a sus fronteras casi con desgana. Quizá sea la masificación del museo, su fama renombrada, o el ardor de las bellezas que encierra, no lo sé, pero llevaba demasiado tiempo sin ir. No conocía la ampliación del arquitecto Moneo con la adicción del Claustro de los Jerónimos, ni las nuevas entradas e instalaciones; las áreas ajardinadas, ese puro placer de la contemplación y el silencio. Pero estos días, quizá porque llovía y hacía frío, quizá porque era muy temprano y no había mucha gente todavía; quizá porque algo me teñía de tristeza, esas esperanzas rotas que simplemente tropiezan a nuestros pies, me lancé a su encuentro y qué maravilla y qué regalo y qué de recuerdos y de descubrimientos hallé entre sus paredes en eterna expansión.
Me encontré con un museo que se moderniza, que cambia constantemente, que es una joya y que está lleno de maravillas. Es precioso. Siempre lo ha sido. Pero el impulso de la vida parece latir ahora en él, más que el reposado polvo de los años que pasan. Está lleno de gente, gente que no estorba. Quizá tuve suerte, pues no encontré más que grupos de escolares tan atontados por la Belleza como yo, y muy pocos orientales, que serán educadísimos en sus países, pero que no saben comportarse en Occidente (la última vez que estuve en el museo, me echaron literalmente de la sala de Goya en una exagerada muestra de entusiasmo que aún hoy me sorprende.) Quizá simplemente era muy temprano. Pero desde la mera entrada mi admiración se encendió y entré en un universo donde todo es posible, la Perfección y el Anhelo, y donde todo parece al alcance de la mano. Y esa sensación no me abandonó durante el resto de aquel día.
Nada más entrar, encontrarme con Las Musas en semicírculo, y diversa estatutaria romana y griega que siempre visito. Maravillosos. Al girarme, los recién restaurados Adán y Eva de Durero, brillaban en su belleza recuperada. Qué preciosismo, qué delicadeza de trazo, que simple belleza del cuerpo desnudo. Las restauraciones nos están demostrando que los hombres del pasado miraban su presente con colores llenos de brillo, con brío, desazón y esperanza; exactamente como nosotros lo hacemos ahora, en pleno S. XXI. Las capas de polvo acumulado, de años pasados, han oscurecido esas obras como han oscurecido nuestra percepción de su Arte y de sus días. Creo que debe promulgarse más y protegerse más ese bello oficio, pues nos descubre, escarbando en el pasado, lo mucho en común que aún hoy tenemos con la Historia que nos precede y con la que estamos creando constantemente.
Durero cedió el paso a Rafael, italianizante y divino. Bordeando el arte gótico, ascendí hasta los brazos de Tiziano y Tintoretto con su festival de colores y sedas y brocados; las sensualidad de esos artistas, que hacían de la luz y el color una textura, intoxicaba mis ojos y hacía latir mi corazón. De la nada, Carlos V envejecido me recibía montado sobre su caballo, dando la bienvenida al claroscuro del Barroco de Ribera, sus sombras que dibujan la carne y la limitan en un retrato exacto. La dulzura de las Inmaculadas de Murillo, su carnalidad que es inocencia y mujer a la vez conjungaban con el onirismo de El Greco, demasiado necesitado de restauración que nos deje ver, como en alguna de sus más poderosas pinturas, la violencia de su color y el trazado mediúmnico de sus pinceladas.
Una vuelta de pasillo y Velázquez ardía en todo su esplendor. El Cristo crucificado, tan sensual en ese cuerpo reblandecido por la muerte pero tan proporcionado; el cálido hipnotismo de Las Meninas, cuadro que, junto con La Gioconda de Leonardo, suscita tantas preguntas sin respuestas; los maravillosos trajes reales contrastaban con el retrato de la vida pequeña, que escapaba de la Corte aunque se nutriera en ella. La blandura y sensualidad de Rubens, donde el desnudo es tan precioso como el ropaje y las joyas más exquisitos, abría la caverna de Goya, con sus pinceladas oníricas llenas de lúcida claridad y mágico realismo; la belleza de una mujer de cuerpo mal hecho pero que nos hechiza por el vestido de desnudez traslúcida de su piel. Y el siempre acompañamiento de los bustos imperiales.
Nunca voy al Prado sin saludar al emperador Adriano, tan español y sin embargo tan romano, y su bello amante Antínoo, aquel lebrel al que se unió para siempre a través de la muerte y que la locura le hizo transformarlo en dios. Era tan bello, que todos esos desvaríos estaban más que justificados.
Esas locuras de amor de reflejaban en el ala reservada para el S. XIX, en el que la magia del Neoclásico, los esfuerzos absolutistas por reordenar un mundo que se desmorona en bibliotecas y museos, recrean el ambiente que debió tener la ciudad cuando se ideó el Museo; el bello paseo rodeado de palacios hoy desaparecidos por la malevolencia humana, que no aprecia la Belleza ante el brillo del Dinero (¡qué lejos estamos de todos aquellos hombres!); los cambios que el tiempo fue dejando sobre el proyecto original que hoy lucha por expandirse y mostrar todo lo que alberga, que es demasiado para una sola vida humana. En aquellas salas, un busto de Isabel II envuelta en un velo da la bienvenida a una pléyade de artistas menos conocidos por el gran público, pero que merecen el aplauso más sonoro: la crónica de un tiempo ido se vive en esas salas con la certidumbre del presente en cuadros que nos muestran una reencarnación del pasado, con Juana de Castilla arrastrando un muerto como siglos antes Adriano había llorado sobre los restos de un favorito y, aún más atrás, Alejandro los de su amado Hefestión. Aquella mujer incomprendida, más ocupada en ser mujer pues no se le permitió, por mujer, ser reina, brilla en su delirio en un cuadro de proporciones gigantescas y no estalla, como podría parecer previsible, con crónicas de fusilamientos como El Dos de Mayo u otros de similar fuerza iconográfica. La belleza de esas salas, en las que además se nos muestra la vida de la aristocracia, las vicisitudes de una España convulsa, que seguiría arrastrando una inestabilidad nefasta hasta bien entrado el S. XX, rica sin embargo en artistas maravillosos, en escultores soberbios, en pintores de estrellas, saca el aliento y nos llena, a al vez, de oscuros pesares…
Aquel recorrido impensado me llenó de tranquilidad, calmó esas decepciones tan pequeñas de las que están compuestos los días que se viven, y me reconcilió con aquel niño que amaba el Arte y que se extasiaba demasiado tiempo con una pintura o una escultura, olvidando apreciar la belleza del resto. Como en un ensueño, aquel niño que era y el hombre que hoy soy se dieron de la mano y caminaron juntos por aquellos pasillos llenos de historia y de vivencias fragmentarias, congeladas pero tan vivas, y que sin embargo tanto tienen que enseñarnos. Como en una ensoñación, sí, salí al aire libre, a la belleza de lo natural, de lo vivo, al frío y a la lluvia, sereno y tranquilo, sonriendo.
A pesar del empeño que podemos poner, de las locuras que ciertas promesas nos llevan a hacer; a pesar de que ciertas sumas no siempre adicionan y que vivimos realidades no deseadas, la vida nos pone, a veces, en situaciones imperfectas que desgranan, si nos damos cuenta, pequeñas pinceladas de belleza, verdaderas gotas de presente encantador, y que nos recuerdan que nada se desperdicia, que todo es recuperable, aunque fragmentario y breve, pero imperecedero y único, frágil y resistente, porque habita en nuestra memoria y en la historia de unos hombres que fueron y que llegarán a ser.
Una vez fuera del Prado, miré al cielo lleno de nubes grises. Lloviznaba, y hacía tanto frío que quizá comenzase a nevar. No me preocupó no llevar paraguas. No lo necesitaba. Cierta decepción se mantenía en mi interior, como un pequeño rescoldo de lo que pudo haber sido y no fue, pero el recuerdo de ese reencuentro, el eco de aquella experiencia tan sencilla y sin embargo extraordinaria, resonaban en mi interior como una nota divina.
Y sonreí. Por estar en Madrid, por reencontrarme con personas estupendas y por las risas y los abrazos. Pero sobre todo por volver a encontrarme con el niño que fui y que devoraba libros de Arte, libros de Historia, con la esperanza de, algún día, poder convertir esas imágenes en algo real.
Madrid bien vale una misa, pero una cosa es muy cierta: gracias a esos esfuerzos, a esos tesoros, podemos decir sin equivocarnos que, siempre, de Madrid al cielo.