El otro día, faltando apenas quince minutos para terminar una guardia mala como pocas, me llamaron para una consulta en la zona reservada para críticos en Urgencias. Confieso que tenía tantas ganas de bajar como arrancarme las uñas una a una sin anestesia, pero, aparte de obligación, el médico que requería mi opinión es bastante mejor que yo en todos los sentidos y es de fiar, muy mucho. Si él tiene dudas, no quiero pensar los demás, entre los que me cuento, claro.
Cuando llegué allí, un abuelito comatoso estaba debatiéndose ya sin fuerzas entre seguir con vida o entregarse sin remedio al Destino. Un fumador de largo recorrido llegaba a su fin intentando buscar el aire como hacen los peces fuera del agua; una imagen que sigue persiguiendo mis sueños. Menos mal que la Medicina tiene un arma muy antigua pero extremadamente útil a mano, y las nuevas tecnologías de ventilación nos permiten ganar un poco de terreno a una insuficiencia tan vital del que depende el aire que respiramos.
Por supuesto, el paciente ya llevaba bajo tratamiento cerca de un día entero, con poco éxito, he de añadir. La imagen de aquel abuelito, casi nada, pequeño y delgado, con aquella máquina que no le servía para mucho, no era muy halagüeña. Era por él por el que mi amigo y colega dudaba. Revisando su historia, y según su opinión, no era candidato a ingresar en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), que es donde yo trabajo. Sólo con verlo, estuve de acuerdo con él. Era muy difícil que aquel paciente remontase una situación a todos luces imposible puesto que ya no había mejorado con los tratamientos más avanzados que se podían dar en Urgencias.
El problema parecía residir más en la familia que en el criterio del médico: él me pedía que lo acompañase a hablar con los familiares para ayudar a aclararles lo obvio: que ya nada había qué hacer, sólo intentar que su pasaje a la muerte fuese lo más serena y digna posible, algo en lo que, tanto él como yo, estamos completamente de acuerdo.
Muy bien, cansado como estaba, allá fui. Al final, por otros problemas en Urgencias, yo solo hablé con la familia. Respirando hondo, me acerqué a ellos, me presenté y les expuse el caso. Suelo ser terminante en estos asuntos, aunque cordial. Creo que una explicación clara facilita cualquier malentendido; y suelo estar abierto a preguntas, mas no a proposiciones. Una vez, la hija de un abuelo más que abuelo (se acercaba a los cien años), se empeñaba en ingresarlo en la UCI, algo a lo que todos los médicos nos oponíamos. Pero como yo era el titular de Intensivos, fui el que habló. De entrada, me niego a pelear con cualquiera, y mucho menos con familiares. Una vez explicado el caso a esta señora, claro me quedó que no lo entendía o que no lo quería entender, da lo mismo. Tanto se empeñó que pidió que se ingresara en la otra UCI del complejo, puesto que yo me negaba rotundamente a hacerlo. Saqué mis galones y le expliqué que mi colega haría lo mismo que yo, puesto que ambos como especialistas teníamos estos puntos muy claros. Al final en aquel espinoso asunto reinó la cordura (porque todo el equipo médico formábamos un bloque compacto) y firmé sin que me temblara el pulso la orden de no ingresarlo en UCI. Esta vez no necesité llegar tan lejos.
Lo más razonable en estos casos es hablar claramente de la situación del enfermo, es decir, la nula respuesta a los tratamientos, y dibujar con todo detalle qué es lo que le espera si ingresase en una unidad como la UCI. Soy consciente de la importancia de los familiares, pero no están nunca por encima de mi trabajo, de mi juicio y valoración. Por más argumentos que empleen, no doy mi brazo a torcer… ¿Puedo equivocarme? Si me dieran un euro por cada vez que meto la pata, estaría ahora en una isla del Caribe abanicándome bajo una palmera. Todos lo hacemos. Pero hay situaciones de una claridad meridiana. Llega un momento en que es necesario parar. Porque si no lo hacemos, podemos lanzar al paciente (y a su familia) a una agonía eterna, pues sólo conseguimos retrasar lo inevitable. Allí donde la sabia Naturaleza decide parar, prefiero secundarla a oponerme a ella, ya que solemos salir perdiendo a todos los niveles: el Enfermo, la Familia y el Estado, con todo el dinero que eso supone (sí, hay que pensar también en eso.) Este caso era similar a muchos otros, así que no temía equivocarme.
La familia entendió rápidamente lo que ingresar al paciente en la UCI significaba: retrasar un final evidente, separarlo de su familia, y una muerte solitaria e (a pesar de todos nuestros cuidados) indigna. Un enfermo que llega moribundo a Urgencias (ya hablaré algún día de lo muy necesario que es que cada enfermo muera en su propio hogar), si no hay nada por lo que luchar, lo más digno y hermoso es que muera rodeado de sus seres queridos, que los oiga despedirse, en esa burbuja protectora que sólo crea el amor, en un lugar tan impersonal como un hospital. Eso es lo que yo entiendo por una muerte digna: una vez apagado el dolor, una vez envuelto en comodidad, ese pasaje tan triste se cumple con rigor y dignidad, como rito que es.
Suelo emplear siempre la misma imagen, muy gráfica y un poco dura, lo reconozco. Pero a veces hay que recurrir al shock para zarandear la conciencia de los pobres familiares que llevan horas sufriendo, con dolor e incomodidad, por su enfermo. A veces pienso que con el tiempo me hago un poco más duro, más rocoso. Puede ser. Pero no lo creo realmente. Lo que sí me hago es más firme en mis convicciones, en mi búsqueda por la excelencia en el trato y en lo mejor para todos: pacientes, familiares y hospital. En este caso surtió el efecto deseado, y cuando llegó mi amigo y colega, el asunto estaba zanjado. Ambos suspiramos y sonreímos, una vez fuera de la mirada inquisidora de los familiares, y volvimos junto al paciente.
Allí estaba el pobre pajarito. Ya en coma, sólo quedaba ayudarlo en la incomodidad, mejorar su trayecto, apoyarlo en su viaje. Le di órdenes a una veterana enfermera, que se había afanado en su cuidado el día anterior, y que volvía a llevarlo. Cumplió su cometido con diligencia, como tenía por costumbre, pero antes de irme, arrastrando mi cansancio ya demasiado evidente para todos, me interpeló el motivo de mi negativa a ingresarlo.
Cuando se lo expliqué, me miró con esa forma única que tiene y me dijo:
– Desde que cambiaste de gafas, parece que todo lo ves diferente.
Entendí la indirecta. Con la reserva de humor que aún me quedaba, le respondí que cada vez veía peor y por eso estaba tan seguro de lo que hacía. Todos reímos ambas ocurrencias y me despedí con la sana intención de no volver más por ahí aquella mañana.
Mientras subía por las escaleras a entregar la guardia, me quedé pensando en su comentario. Cuán diferente somos los profesionales de la Salud. Entiendo que ella se afanase por cuidarlo (y lo hizo maravillosamente) pero no se daba cuenta que nuestro trabajo, para bien o para mal, a veces da unos frutos y, a veces, otros. Y todos son válidos, porque todos están abocados a cuidar de nuestros enfermos, y, al menos para mí, el velar el tránsito a la Muerte es tan importante como mantener brillante la llama de la Vida.
Me hubiese gustado explicarle mi punto de vista sobre la Vida, la bella continuidad que la caracteriza, en la que considero al Nacimiento y a la Muerte meras estaciones de un viaje que va y viene de continuo. Me hubiese gustado hacerle entender que yo apreciaba su trabajo más allá de sus resultados, porque que yo valoro más el trabajo por lo que cuesta que por su mero final… Pero hubiese sido en vano. Hay momentos en los que la insistencia sólo genera rechazo y quizá éste era uno de ellos. Ya estoy acostumbrado a que la incomprensión anide entre nosotros, ocupando su lugar en la rueda de los acontecimientos junto con el enfrentamiento, la guerra, la adulación o el error. Y no me parece mal: en ese tira y afloja, en esa tensión, la chispa por hacer bien nuestro trabajo navega cómoda, y los resultados hablan por sí mismos.
Qué difícil resulta a veces vivir en una escala de grises. Mantener inhibida esa inmediata reacción que tenemos a explicar nuestro punto de vista, a defender nuestras decisiones, a justificar nuestras acciones, puede ser agotador. Pero es necesario en el continuo fluir de las cosas. A veces encontramos puntos de encuentro, a veces sólo choques frontales. No importa. En ese constante juego, la Vida sigue en nosotros y a través de nosotros. Y, ya sólo por eso, las consecuencias de nuestras decisiones y de nuestras acciones viajan con nosotros en cada guardia, en cada paciente, en cada familiar y en nosotros mismos… A veces somos los malos, a veces los héroes… Así es la Vida…, ¿no?
La mesa lista, un arreglo de flores coqueto porque me apetecía; una vela en el centro, para darle luz de hogar.
La cena casi en su punto. Los aromas invadiendo nuestro pisito, aquel que compartíamos desde hace ya casi tres años. Me daba hambre sólo de pensarlo. Me daba mucho hambre, en realidad. Eso me hacía gracia. Porque veía la comida casi lista y sólo pensaba en abalanzarme sobre ella; había tenido uno de esos días en los que nada sale como debiera, o eso nos parece, y navegaba entre el cansancio y el abandono con una facilidad pasmosa. Pero la casa, el hogar, para mí era lo más importante, y nada me alegraba más que dedicar mi tiempo libre a nuestro pisito, que refulgía de la alegría con el que lo compartíamos.
Etta James sonaba de fondo, su ritmo divino invadía todo. Letras que hablaban de amor y de desamor, de eternidad y vacío, de sufrimiento y gozo. Qué voz desgarrada, qué sentimiento, voces que no encuentro con la misma fuerza o la misma intención en la actualidad. La chimenea estaba encendida y crepitaba a gusto, invitando al retozo y al abandono. Y, tan largo como el sofá, reposaba con los ojos cerrados a veces, siguiendo la música, el verdadero motivo de mis afanes, la razón última de estar ahí.
Las llamas le dibujaban el rostro delicado, unas facciones en las que aún me sorprende ver una caída de estrellas. El pelo brillaba con el contraste de luz, y sus labios seguían las letras sin equivocarse ni una vez. Lo que tiene saber inglés. Algo que me repite hasta la exasperación. En momentos así me gustaría lanzarle cualquier cosa para que se calle, porque aun sabiendo que tiene razón, nada me irrita más. Y cuando nos ponemos picajosos, vamos, todo sale a la luz con una fuerza que a veces me asombra y me enmudece, y otras, que me ciega y me invade. Y parece que se acaba el mundo durante unos minutos y todo se va a pique; al cabo de un rato, nos acercamos como quien no quiere la cosa y nos tocamos: los dedos, una palma, el muslo, y todo vuelve a la normalidad.
Casi tres años… Quién nos lo iba a decir.
Entre mi ir y venir, su expresión sembraba en mí cierta inquietud. Aquella música que lo invadía todo; la luz suave de la vela, casi a oscuras salvo la chimenea, se reflejaba en aquellos ojos en los que siempre descubro universos. Los brazos tranquilos sobre el sillón, y un pie siguiendo el ritmo de la canción que sonaba.
En silencio, me veía de aquí para allá siguiéndome con la mirada: mientras colocaba la mesa, preparaba las flores, encendía la vela. Entrar en la cocina, salir de ella; a veces dar un paso de baile; a veces tararear notas que hablaban de amor, pasión, abandono, desgarro y soledad. Cómo me gusta Etta James.
En una de mis idas y venidas, con esos ojos brillantes y una expresión algo contrariada (a mí ya me parecía todo aquello muy raro) me detuvo sin decirme nada. Mirándonos, intenté sonreírle. Ya no sé si lo hice. Sólo oí su voz sobre la música y el crepitar de la chimenea.
– ¿Podrías sentarte un momento?
Y lo hice.
Jugando con sus manos sobre los muslos, ensayó una sonrisa que le salió maravillosa. Nada más hermoso que la risa de aquel al que amamos. Intentó decir algo, pero calló de pronto. Yo no sabía qué hacer.
– Quisiera decirte algo.
Aquella voz, que hacía que me tragase el corazón cada mañana, me envolvió como un manto.
Me tomó de la mano. La acarició unas dos o tres veces, ahora ya me es imposible saberlo con exactitud. Otra vez el silencio y Etta James y la chimenea crepitando y mi respiración que parecía ser lo único irregular en nuestro pisito.
– ¿Sabes una cosa?
Pues no.
– Te quiero.
Y la luna asomó por la ventana, y el cielo se abrió en aquella boca y la sonrisa descubrió un nuevo camino de amor. Le miré a los ojos y sonreí a mi vez. Una fuerza me llenó de calor de los pies a la cabeza.
Ambos nos levantamos y callamos. Y nos miramos y casi hasta bailamos en medio del salón. Y sin saber qué decirle, se acercó a mí y me besó. Suave, lento, sabroso. Ese cosquilleo, esa untuosidad, esa cercanía y ese abandono. En la chimenea el fuego crepitaba, y al fondo, Etta James serenaba la noche que llegaba…
a Cris Montes, que me pidió una historia. Y a Anita Tef.
Aún seguía sentada en la esquina del bar. Su esquina favorita, un rinconcito sólo suyo, en donde había reído y llorado, gozado del amor rápido de lo novedoso y de aquel otro más sobrecogedor que dura eternamente.
En esa esquina, casi escondida, podía ver y sentir el ambiente del bar: cuando estaba atestado aquello sólo olía a humo de cigarrillos y se oía el chin-chin de las copas y las botellas ir y venir; algunas risas y algunos besos y algunas caricias escondidas tras la espalda, tras las sombras chinescas de una iluminación quizá algo escasa. Eso le gustaba.
No recordaba cómo había llegado hasta aquel bar aquella noche, embriagada como estaba en los vapores del amor. Oh, sí. El amor que todo lo altera, el amor nuevo y ya conocido, que llega al pecho y lo inunda de locuras, de nerviosismo y de risillas tontas. Vagamente recordaba que habían entrado juntas entre risas, ya algo alteradas de juerga y sudores, y se sentaron, una en las piernas de la otra, sin importarles nada del ruido atronador que las rodeaba, ni de la escasa luz que las protegía. No les preocupaba ser vistas, estaban demasiado ensimismadas como para notarlo. Ella lo sabía. Sí, lo sabía: ya no era una niña tímida que intenta coger la mano de su compañera por detrás como quien no quiere la cosa. Oh, ella sí quería. Lo quería todo: aquel pelo en cascada, aquellos labios carnosos, esa mirada que parecía retener el secreto del universo. Cómo sabían sus labios…
Era capaz de revivir una a una las sensaciones que le invadieron aquella noche en esa esquina del bar. El batir de unas pestañas, el pecho traslúcido, una caricia que se perdía en la penumbra…Por eso le gustaba tanto aquel bar y esa esquina: porque veía y no podía ser vista, y porque aquel recuerdo, que a veces pesaba como una losa y otras era la única razón de vivir, estaba allí esculpido a fuego y a recuerdos.
Sobre la mesa, una botella de cerveza a medio beber, unos vasos vacíos con restos de alcohol en sus paredes y tres cigarrillos casi acabados; del suyo, con restos de pintura de labios (sí, le gustaba ponerse mona; era muy coqueta), mezclaba aquel humo zigzagueante con el ambiente enrarecido del bar, demasiado denso como para poder retratar sus sentimientos a flor de piel, el latir de un corazón que debería haberse parado mucho tiempo atrás.
Agradecía que hubiesen quedado en ese bar. Porque en él era capaz de ocultar sus sentimientos. O eso creía. Entre el humo de su cigarrillo, el de alguna de sus amigas, y la densidad de aquel aire, no se notaba casi que el corazón le salía por la boca cada vez que pronunciaba su nombre, el de ella, que llegó del brazo de su ancla, de su sostén. Aquella preciosa criatura, ninfa que vagaba de estanque en estanque, había estado en su vida, en su vida de cama, apenas cuatro noches: las más maravillosas de su vida. Pero era demasiado libre para ella, lo sabía bien mientras se abrazaban tras las cortinas, a plena luz del día. Aquella mujer, hecha para ser libre, jamás hubiese accedido a estar atada a su vida monótona, a su continuo ir y venir de naderías. Pero esta vez, con aquella chica (tenía nombre, sí, pero mientras no la nombrara, no existiría para ella, y sería sólo suya como lo fue una vez) que tenía algo distinto, algo que la embrujó hasta la ceguera, parecía ser tan feliz…
Suspira. Otra vez. No sentía celos, porque ella era feliz. No en sus brazos, eso estaba claro, si no en los de ella. Sus ojos sonreían y hasta parecía que había madurado. Cumplía cuarenta ese día y era un sueño estar a su lado, verla abrirse lentamente como una flor en un ambiente caldeado, arrullado por la música de fondo, flanqueado por el gris hálito de los cigarrillos, que jugaban a consumirse en el cenicero entre conversaciones banales y sorbos, uno y otro más. No sentía celos porque su amor era feliz, libre y saciada, colmada quizá y completa tal vez, algo que entre sus brazos (siempre lo supo) nunca conseguiría.
La amaba en secreto. Ahora podía decirlo. Entre el ruido ensordecedor del bar y el ambiente cargado de humo y de olores, todos mezclados y todos distintos, no se permitía mentirse. De nada servía, lo sabía. Y eso la entristecía y la enorgullecía a la vez. Porque ella era, ahora lo sabía, la mejor persona con la que había estado; mucho más que sí misma, afirmaba tranquila, incluso en aquel tiempo, cuando compartían días de lecho, vino y peonías.
Lo que sentía era claramente distinto de su otra buena amiga, demasiado seria, demasiado cansada de su vida de casada, demasiado harta de ese amor, amor que la llenó un día y que ahora la deja vacía. Su amiga la miraba demasiado. Ella se dio cuenta entre la niebla. Fumaba con cierto ansia, una y otra calada en el cigarrillo que no descansaba en el cenicero. A veces desviaba la mirada, a veces reía sin sentido y (ella sí lo sabía) sin esperanzas. Porque ante aquel amor, amor que había descubierto, que la había hecho abrirse como una flor, ampliarse como una ría, no había oportunidades, ni falsos momentos, ni deslices. Ambas lo sabían; ambas lo supieron esta noche. Una sabía asumir la derrota, pero la otra, mucho más amarga, no sabía lo qué hacer.
Su amiga, perdida quizá ante la evidencia de un amor colmado al que no podía hacer frente, se despidió pronto dejando un nuevo cigarrillo consumiéndose en el cenicero. Miró la hora en su móvil, envió un mensaje, frunció la boca sin gracia y se puso la chaqueta: la necesitaban. Su pareja (porque no era amor, amor, era sólo pareja) estaba algo mal, una gastroenteritis quizá o un catarro, para el caso lo mismo. Se levantó con aire decidido y la mirada perdida hasta que recaló en aquella figura ansiada como la vida, en aquella lava que ardía en otros lechos. La sonrió y cabeceó un poco. Se ajustó la chaqueta. La besó tres veces en la mejilla, y la última vez estuvo más tiempo de lo necesario, aunque nadie pareció darse cuenta. O casi nadie. Se despidió de las demás con un ligero movimiento de manos, haciendo remolinos con el humo de los cigarrillos y lanzó más besos a la galería. Pidió permiso a una pareja que le estorbaba el paso y desapareció en la niebla espesa de la noche.
Suspira, reviviendo esa escena de celos que pasó desapercibida para todas menos para ella. No la culpaba: sabía por lo que estaba pasando. Ese infierno de deseos incumplidos llega a enturbiar el pensamiento; esa sed de besos no recibidos congela el corazón que late despacio hasta pararse un día, tan discretamente, que no deja pulso en las arterias; esas ansias, que son sueños, y como tales, inalcanzables, y que llevan a la soledad más absoluta o al más oscuro de los rencores. Pero no se preocupaba por su amiga: tenía a alguien que, al menos, la esperaba. Enferma o no, cansada o no, ambas tenían un plan vital, quizá no tan hermoso, quizá nada excitante, pero aún les quedaba el recurso de la resignación en sus vidas. Sin embargo, a ella…
Ella no estaba ni preocupada. El amor de su vida vivía el amor en otros brazos, despertaba en otros lechos, acariciaba la luz de la mañana, planeaba un futuro, cumplía años y era feliz, feliz, como nunca lo había sido. Ella le había dado serenidad, una estabilidad sin aburrimiento y una seguridad que la embellecía, que la hacía insuperable. Porque mira que estaba bella esta noche, con su melena libre, con sus labios de carne prieta apenas pintados y los ojos enormes, enormes, repletos de amor, de felicidad.
Sentada en el bar, mira al cenicero, en el que reposan tres cigarrillos casi acabados y un montón de cenizas. La vida podía ser así, amontonada y gris, consumida en un segundo que casi no se nota, perdida entre el humo de un bar atestado y caliente. O podía ser de otra manera. O de ninguna forma. O de la única que sabía: aquella que la había llevado hasta aquel bar, esa noche, en su esquina favorita en el mundo, y a su soledad.
Apagó su cigarrillo, aún encendido. Cogió la botella de cerveza y la agitó para medir cuánto quedaba. Después de verla un rato, decide dejarla a medio beber. A medio vivir. Como su vida. Abrió el bolso y sacó un espejito y la barra de labios. Un ligero retoque, un batir de pestañas y una lágrima escondida entre el rímel.
Qué se le va a hacer.
Se levanta, paga lo que debe. Deja algo de propina. Sin volver la vista atrás, se enfrenta al frío de la noche subiéndose el cuello del abrigo. Y suspira. Suspira otra vez.
Qué se le va a hacer. Ama, y no tiene vuelta atrás.
Y qué bien que aún ame.
Sonríe y camina despacio, despacito. Sus pasos resuenan en la calle desierta hasta que se pierden en la penumbra de la noche.
¿Tendré la oportunidad, alguna vez, que me descubras?
¿Podrás vislumbrarme en la distancia?
Todos los días amanezco con esa esperanza en los ojos y esa espera en los labios.
Verte, en la distancia, transforma mis días. Desde ese primer día en el que tropezamos y nos reímos mirándonos a los ojos, noto que me quemo cuando te toco y que me derrito cuando me sonríes. Sólo viviría por ver esa sonrisa junto a mí…
En la distancia, sueño con quererte. Amándote, espero de esperanza que me descubras.
Cuando tropezamos, nos reímos. Y me tomaste del brazo y sentí tu calor. Y me ayudaste solícito y divertido. Y recuerdo que reíste un chiste fácil y otro después de aquél. Qué cosas. Cómo fluyen los minutos al estar a tu lado. Porque fueron unos minutos, o yo los recuerdo como un bloque uniforme, sin límites. Sonreíste al sol y me diste la mano y nos despedimos hasta luego y ya nos veremos.
Qué maravilla.
Y mira que nos hemos visto. El Destino trabaja para que estemos juntos y para que mi amor crezca día tras día en la distancia. Mi boca se abre para decirte algo, pero las palabras callan antes de llegar a mi labios, y esa boca abierta parece esperar un beso o un aliento de pez. Tú sonríes de nuevo y lo dejas pasar sin darte cuenta, sin ver que me brillan los ojos cada vez que te acercas, sin sentir cómo late embravecido mi corazón al saberte cerca.
En la distancia te veo y te siento junto a mí, acariciándome y sabiéndome sin decir una palabra; abrazándome por la espalda y susurrándome naderías en los oídos, depositando besos en mis ojos y en mis mejillas, en mi pecho y en mis manos.
Eres lo único que parece importarme, lo único que mueve el universo. Cuando tú no estás nada importa. Cuando estás, el mundo brilla con colores y energía, gira y gira sin cesar para acercarte a mí, desde la distancia en la que te quiero…
Me despierto amodorrado. Algo entumecido. Siento cada uno de mis músculos sin necesidad de moverlos, elementos pesados que me atan aún a la cama. Suspirando, me estiro lentamente al principio para después participar con todo mi ser en ese acto reflejo y maravilloso, como un gato que ronronea de gusto.
Sonrío. El sol entra tenue por entre las cortinas corridas. Las transparenta y llega a mi piel desnuda. Siento el suave calor de una mañana de domingo. El sol besa mi piel con un candor novicio, de nuevo día recién nacido. Qué gusto es estar aún en cama, bañado por el sol suave de una mañana de domingo, con la despereza lenta y derrochada, con la cabeza apoyada entre almohadas de plumas y el ligero calor de un cuerpo todavía acurrucado en sus propios sueños.
Abro los ojos y la luz lo llena todo. No hiere mis pupilas. Tamizada por la hora y el vuelo de las cortinas, la mañana de domingo entra de puntillas por la ventana, meciendo el cuerpo que despierta algo atrasado con respecto a la mente, que se ocupa en recordar las mil pequeñas cosas que hicimos juntos la noche anterior, esos momentos imperceptibles y cotidianos de los que sin embargo está hecha la vida.
Sonrío. Qué poco nos hace falta para ser felices. Una felicidad pasajera, lo sé, instantánea y frágil. Pero hermosa. El tacto de las sábanas tibias, la suavidad de un edredón, la calidez de la luz tamizada en las ventanas, un movimiento de desperezo eterno, un recuerdo nebuloso de ayer y un mar de posibilidades en las que dejar de creer para no tener demasiadas expectativas que lamentar.
Me muevo con lentitud. Aún hay tiempo. Siempre hay tiempo. Se hace tarde para desayunar. Pero en una mañana de domingo, siempre hay tiempo para un brunch. ¡Qué norteamericanos nos hemos vuelto! Pero no me disgusta importar ideas agradables. Ellos tienen nuestras tapas, nosotros su brunch, que es una mezcla de ambas, en realidad. Es una de esas situaciones que nos permiten ganar tiempo para la despereza, para el disfrute. Para sentir el calor de la cama, el tibio abrazo de la mañana y la caricia de la luz en el cuerpo desnudo que yace a nuestro lado.
Miro la ventana. El suave viento de esta mañana de domingo entra discreto, sin molestar, como la luz tamizada y las esperanzas; la ventana ha quedado entreabierta. Y sonrío otra vez. Ambos estamos despertando al mundo.
Nos acostumbramos a tener el peso de otro cuerpo a nuestro lado. Del cataclismo de un principio pasamos a la tranquilidad de ese equilibrio que finalmente se descubre en la coreografía de un vals para dos. Compartir el lecho es un ejercicio de instinto, una lucha en la que ambos perdemos y ambos nos amoldamos, compartiendo y deshaciendo espacios, ganando y cediendo terreno hasta encontrar el lugar idóneo en el que nos encontramos para fundirnos en un solo cuerpo, en un solo espacio y en un mismo vacío.
Vuelvo a cerrar los ojos y me estiro de nuevo…Qué gusto… El calorcillo de la mañana, el peso exacto del edredón…¡Oh, qué maravilla….!
Siento que me abraza por detrás. Se ha despertado y se ha girado y lo primero que ha hecho ha sido desperezarse abrazado a mí. Qué dulzura su tacto, qué fresca su piel de mañana, llena de luz tamizada y de suave brisa… Con los ojos cerrados, dejo que su cuerpo se pegue al mío, que adopte mi postura, que encaje perfectamente…
¡Oh! Su piel sedosa, llena de pliegues en los que perderse, todavía suave y nueva para mis labios… Duerme con la desnudez y con la desnudez me abraza y noto su despertar. Hunde su rostro en mi espalda y la llena de besos, esos besos que nadarían sin fin entre mis labios. Yo me dejo hacer… Sus brazos aferran mi pecho y me atraen aún más hacia sí, haciendo que el espacio entre los dos se vacíe de aire y se llene de piel extática y sonrosada, llena de sangre y de cosquillas, que me hacen reír. Yo me dejo hacer…
Me giro envuelto en su abrazo. Y abro los ojos. Y le miro a los ojos. Los ojos de la mañana. Y sonreímos ambos y nos besamos ambos y nos abrazamos ambos, desnudos ambos, protegidos por la luz que desborda la ventana entreabierta. Y buscamos el arrullo y el envite, y la humedad de los labios y las lenguas, bebiendo con la sed inusitada del día anterior. Un abrazo que cambia de brazos, que intercambia calor y algarabías, y unas piernas que aferran la cintura y la invitan a viajar y a quedarse al mismo tiempo, montados ambos en un sube y baja de besos y caricias.
Y su piel resplandece entre mis labios. Y mi piel se abre a su abrazo. Y juntos buscamos un punto de encuentro que es a la vez bienvenida y despedida, y nos regalamos un placer que es a la vez egoísta y generoso, mientras la mañana de domingo entra en nuestra habitación y lo llena todo de luz y de frescura con esa danza de las horas que no pasan habitadas entre dos cuerpos que se conocen una y otra vez para olvidarse luego, en ese encuentro que es siempre un reencuentro, entre las aguas ora mansas, ora embravecidas, del amor.
Y nos llenamos el uno en el otro. Y la luz se cuela entre las rendijas de nuestros cuerpos de orilla. Y nuestras almas se entrelazan como nuestras lenguas, y nuestras pieles se funden en una coreografía única, en la que el bailarín y su pareja son la misma cosa: la música que suena, el viento que todo lo refresca, el ansia que todo lo diluye, el sudor que todo lo lubrica y el placer que todo lo justifica.
Y sonrío. Porque somos tan diferentes y sin embargo nos amamos por igual. Sonrío porque su pasión es toda mía y la mía se desborda para envolvernos por entero. Sonrío porque la belleza de nuestra desnudez desafía y confía en la blancura del nuevo día y se une al baile de la mañana fundiéndose en el tempo de la ternura, en el lento arrullo y en la pasión. Y sonrío porque, cuando todo se aquieta y sólo queda, como único sonido, el jadeo y una respiración entrecortada, ambos seguimos unidos en un abrazo que nos recorre por entero, desde las piernas hasta los labios, desde la cintura hasta el corazón.
– Es un poco tarde para desayunar, ¿no crees?
Le digo.
Me acaricia lento y desafiante. Me revuelve el cabello hecho ya un lío por sus besos y la pasión. Me besa lento y suave en los labios. Y aparta un mechón de pelo que me cae en la frente y me mira a los ojos. No se separa de mí. Sonríe.
– Aún hay tiempo para un brunch, ¿no crees?
El sol asciende poco a poco. El viento sopla manso y besa nuestra desnudez. El invierno se despide lento y da la bienvenida a la primavera. Una mañana de domingo nos espera. Y vuelvo a sonreír.
Respiras lentamente. Los párpados cerrados, las mejillas delicadas, la boca entreabierta en forma de beso o comunión.
Estás boca arriba. Un discreto sonido emerge de tu garganta dormida. Apenas te mueves, y por debajo de las sábanas se dibuja tu bello cuerpo todo corazón.
Me gusta ver tu piel cuando brilla la luna. Se refleja plateada y se funde hasta tocarte y confundirse contigo. Me gusta tocar tu piel cuando viajas en sueños, cuando abandonas toda lucha de vida, todo instante de pasión y eres más tú que nunca. Cuando la locura cede paso a la ternura, y tus brazos yacen fláccidos por tu cuerpo serpenteante y vivo, y tus piernas hacen un ovillo con las almohadas y el edredón.
Al abrigo de la noche, después de cubrirme con tu cuerpo, consigo alcanzar la paz. Y verte dormir, tan libre y sin esfuerzo, colmados los deseos de día a día, olvidado los esfuerzos inútiles que no consiguieron fruto, o aquellos que, tras materializarse pronto se abandonan, me tranquiliza. A mí. Y la noche consigue un hechizo aún más poderoso al mantenerme a tu lado, al permitir que llene mis ojos de tu cuerpo y que sienta, sin contacto, cada rincón de piel, cada hálito, cada grito, llenando mis ansias, sofocando mis temores.
Qué suave cae la noche sobre tu piel. Y tu pelo sedoso y esa sombra de barba que apenas se destaca en la oscuridad. Y suave es la carne que te cubre y el sabor de tus labios y los años que pasan sobre nosotros como un sueño. Como un milagro.
Suave es la noche cuando duermes a mi lado. Después de que todo se haya hecho posible. Después del sueño aturdido de la pasión y del cansancio.
Respiras con lentitud. Apenas humedeces esos labios pletóricos de besos. Mueves tu cuerpo de mapamundi y parece que llenas el universo vacío de nuestra cama. Acabas de lado, con tu rostro apoyado en mi hombro. La luna nos baña entonces, persiguiéndote. Y todo brilla como la plata: tu piel y la mía, una sola piel, un mismo cuerpo que se reconoce en la noche, una misma intención y un mismo sueño.
Qué suave es la noche que navega por la ventana. Qué vacío de estrellas. Porque están en nuestra cama. Y la luna llena entra repleta a nuestro encuentro, y su encaje de plata nos envuelve en su océano y nos arrulla, suavemente, en esta singladura hacia el amanecer. En este viaje hacia el alba, cuando vuelvas a abrir los ojos y me veas sonriendo, con algo de ojeras, y el corazón en la boca deseando más. Y nuestras pieles se unan de nuevo, brillantes y sedosas, dando la bienvenida a un nuevo día.
Pero mientras tanto duerme, duerme, amor mío, con tu desnudez apoyada en un mar de plata y tu rostro sobre mi hombro de seda, y nuestras pieles unidas dándose calor.