Tal como era/ The Way He Was.

El día a día/ The days we're living

Robert Redford, en una entrevista realizada por la revista Time en la que se sintetizan 10 preguntas y en las que habla sobre su nueva película The Conspirator sobre el juicio posterior al asesinato del presidente de los EEUU, Abraham Lincoln, y sus posturas por todos conocidas que, con la evolución intelectual y personal que nos aporta el tiempo que vivimos, hace que siga siendo tal como era.

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– Soy Gilbert Cruz con Time y estoy en la compañía de un hombre cuyo currículum es demasiado vasto para resumirlo en un listado: fundador del Instituto Sundance y el Festival de Cine de Sundance; actor; productor; conservacionista; y director del nuevo drama ambientado en los tiempos de la Guerra Civil [Norteamericana] The Conspirator. Robert Redford, muchas gracias por estar aquí con nosotros hoy.

– Gracias por esta presentación.

– Este año se conmemoran 150 años de la Guerra Civil, un tiempo en que nuestro país se hallaba muy dividido… ¿Seguimos siendo en algún sentido una nación dividida?

– Tristemente, lo somos. El leit motiv que Lincoln usaba para mantener la Unión de nuestro país era: «Una nación dividida no puede ponerse nunca de pie». Y yo creo plenamente en ello. Vimos lo duro que fue durante la Secesión, y desafortunadamente esas circunstancias no se han diluido con el tiempo que ha pasado. El marco de la película es obviamente la Unión de este país y el asesinato de su Presidente, un marco histórico muy conocido y entendido. Pero dentro de ese período existe un capítulo no tan estudiado, que sólo conocen unos pocos (si es posible): el juicio a Mary Surratt y la relación establecida entre este hecho y el abogado que se ve forzado a defenderla, un ex soldado de la Unión… Cómo evoluciona la relación entre estos dos personajes permite establecer paralelismos con nuestro hoy (Guantánamo, la disposición del Habeas Corpus) aunque eso es algo que yo no pretendía pero que el público y la crítica parecen establecer pues florecen por sí mismos.

– ¿Existió algún momento en su carrera en la que creyó que podía dejar bien marcado el mensaje de sus películas en la audiencia que las disfrutaba?

– Bueno, cuando era más joven inocentemente pensaba que el mensaje de una película, cuando triunfaba y quedaban patente, podría cambiar el rumbo del pensamiento de la audiencia… Pero no. No creo que las películas tengan ese alcance, salvo quizá en el área de la Moda. Así que no espero nada de eso… Aunque, siéndole sincero, sí llegué a pensar que el cambio de mentalidad, de forma de ver el mundo, podría haber sido posible con mis películas… Quizá El Candidato tuvo algo que ver en acabar eligiendo políticos por su aspecto físico, como ocurrió en su momento con Dan Quayle, que era un buen hombre, pero no estaba cualificado para el puesto que ocupó… Así que todo, en realidad, ha ido a peor.

– ¿Qué les dice a sus actores, como director, siendo usted mismo actor, a la hora de trabajar en una película? ¿Qué puede aportarles usted que otros directores no actores no sean capaces?

– No creo que deba decir nada hasta no saber cómo es el actor que va a interpretar un rol. Es necesario llegarlo a conocer bien. Y dejarles hablar. Y que hagan preguntas. Como director, se le debe una guía al actor, se le debe una explicación de cómo se ve la película y hacia dónde va dirigida, lo que se desea contar y cómo… Pero una vez que todo eso está hecho se acabó el diálogo, pues se corre el riesgo de profundizar demasiado en detalles sin importancia, lo que a la larga es una pérdida de tiempo y material. Como actor, llega el momento en que hay que parar la investigación y la interiorización y ponerse a trabajar, sencillamente actuando.

– Usted ha dicho que esta película es esencialmente independiente. Aún a pesar de ser una cinta de época, ambientada en la Guerra Civil Norteamericana, a las que siempre se les ha endosado una etiqueta de gran importancia para la audiencia del país… ¿Cómo ha cambiado Hollywood?

– Ha habido un cambio profundísimo y constante. Fluye al minuto, hacia el espacio de Internet y las redes. Y cómo esto va a moldear la forma de trabajar y de hacer películas aún no está del todo claro… Hollywood tal como lo conocíamos ya no existe. Es una calle. Está algo más abierto al cine independiente sólo porque algunas de estas películas triunfan y recaudan dinero. Hollywood es un negocio básicamente, y sólo depende de si una película recauda dinero o no.

– De usted es bien conocida su faceta conservacionista, su trabajo para la preservación del medio ambiente… ¿Cree que la actual Administración, que Norteamérica, están haciendo un buen trabajo, en la preocupación de aquello que vamos a dejar tras de nosotros?

– He estado haciendo esto hace ya más de 40 años. Y es una batalla pírrica debido al inmenso poder que tiene la industria energética derivada del petróleo. Son los responsables de la evolución de nuestra economía, de nuestro bienestar y de nuestro poder. Y eso es magnífico. Pero en cuanto al empleo indiscriminado y eterno de esa energía…, el tiempo se ha agotado. Y el planeta es lo único  que tenemos y nos pertenece a todos. Así que tengo el convencimiento profundo de que debemos evolucionar hacia nuevas formas de energías alterantivas.

– Volviendo a la película The Conspirator. Aunque narra el asesinato de Abraham Lincoln, a éste nunca se lo ve en pantalla… ¿Por qué tomó esa decisión?

– Su rostro era tan característico y es tan bien conocido… Si se desea ser realista, si se aspira a ser auténtico, deberíamos conseguir un rostro semejante… Y eso es una batalla perdida, porque no hay una cara tan real como la del propio Presidente. Así que decidí no hacerlo, aparte que tampoco ése es el punto de vista de la película.

– Señor Redford, muchísimas gracias por hablar hoy con nosotros.

– Gracias a usted.

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Se me olvida/ I just forget.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Esta mañana antes de irme me quedé unos segundos observándote.

Aún dormías. Sé que te gusta la oscuridad profunda, mas toleras un poco de luz de la ventana porque sabes que a mí me aterra la noche cerrada. Qué tranquilidad esos momentos teñidos de amanecer. El alba se despereza como lo hago yo a tu lado. Y procuro ser sigiloso para que no te des cuenta. Y me muevo como un gato callado pensando en muchas cosas pero cuidando muy mucho no despertarte. Mi cabeza se llena de citas, reuniones, imaginando lo que puede salir mal (porque siempre hay algo que sale mal) y cómo resolverlo antes de que ocurra y asumiendo mil movimientos hasta el baño, hasta la ducha; el agua que corre y la ventanuca abierta al alba. Y siempre procuro no estorbar tu sueño tan preciado, ese que hace que tu belleza permanezca inalterada pese al tiempo y que me descubre, cuando la contemplo, un mundo maravillado que habita junto a mí.

Hemos estado muy liados con nuestras propias vidas. Apenas te veo. Y cenamos a veces en silencio, a veces entre el ruido ensordecedor de aquello que nos ha pasado al final del día. Y damos por sentado la presencia del otro al llegar la tarde; una cena con amigos quizá y una excursión de fin de semana que puede culminar en amor o entre enfados a veces y algunos olvidos que nos dan risa.

Hemos estado demasiado encerrados en nosotros mismos. Pero así es la vida de los adultos. Hemos dejado atrás aquello que parecía no acabarse nunca, la despreocupación de vivir, la ilusa seguridad en un mañana, y empezamos a jugar el juego de las parejas ocupadas, de la hipoteca y los muebles, y los sueños que se cumplen sólo pagando a plazos unas letras que vienen siempre de visita a fin de mes.

Y  no es que esté mal. Así son las cosas de los seres humanos. Mi último sueño es vivir en una hermosa casa blanca a orillas del mar; tener la suficiente seguridad como para afrontar cualquier capricho nuestro o del destino; la madurez justa, la juventud adecuada y la salud de hierro para seguir viviendo junto a ti esta danza extraña de la vida, esta experiencia sin límites fijos que llamamos a veces vida que se vive.

Pero eso no justifica que te pierda de vista. Que te compre un detalle en un viaje y que te lo pongas sin saber que, gustándote, te sienta bien; enterarme a última hora que tu sobrino se rompió un bracito y que lo has acompañado toda la tarde en Urgencias hasta que le colocaran un yeso, y ser el último de la familia en firmárselo porque mi trabajo de ocho a no sé cuándo me impidió verlo antes.

La vida ajetreada no es óbice para que mi vista deje de ver el cielo estrellado o el cielo de tus ojos cuando me llamas para cenar; o cuando, acostados, buscas mi pecho que ya no me afeito porque te encanta perderte en él. Tu vida de líos no es suficiente para sentirte llegar a veces tarde, abrir la ducha y limpiar tus frustraciones o tus éxitos, y entrar oliendo a limpio y a perfume en el lago de nuestra cama, cuyo oleaje hace que me acerque hasta ti y beba de tu piel desnuda, de tus ansias sujetadas hasta sentirme cerca.

Pero esta mañana, antes de irme, aprovechando que el alba guiñaba un ojo a través de nuestra ventana, te vi de cerca. Pude acariciar dulcemente ese perfil único, el dibujo de tus párpados cerrados, el suave aleteo de tus labios algo resecos, el bello reflejo de una frente que piensa en el sabor del sueño. Esta mañana, tras mucho batallar sin sentido, verte bañado de novedad trajo a mi corazón todo lo que te quiero; hizo que aflorara en mis ojos y en mi sonrisa todos los recuerdos que atesoramos juntos, esas tardes de locura bajo el sol, con la arena revuelta en nuestros cabellos y en nuestras espaldas, y el arrullo del mar llegando a nuestros oídos; los copos de nieve helada danzando sobre el cielo de invierno y aquella vez, angustiosa, en la que ambos esperamos el resultado de una prueba que puso a prueba la fuerza de estar juntos.

Hemos pasado por mucho, estamos inmersos en mucho juntos, pero nada justifica que a veces se me olvide lo que te quiero, lo que me preocupo por ti, lo que deseo de bueno para ti. Y aunque la cotidianidad forme parte de nosotros, las compras en el supermercado, la renta, el gimnasio, la dieta, los arranques de celos, las palabrotas, el fútbol, los días que se diluyen unos tras de otros, y que todo esto sea una forma de demostrarte lo mucho que te quiero y me ocupo de ti, nada justifica que se me olvide decirte todos los días que te amo.

Porque te amo con todas las letras, con todo el corazón.

Y esta mañana, cuando el alba asomaba entre los dos, antes de levantarme a sumergirme en el vaivén del día, te vi durmiendo, descansando con esa tranquilidad, con esa dulzura tan tuya, y me recordó la primera vez que descubrí ese rostro de mañana, ese cuerpo plegado sobre una almohada y la inmensa alegría que me regalaste aquella mañana, y todos los días siguientes, mientras tejemos sin cesar el hermoso tapiz de los días de nuestra vida… Que tuve que reprimir un deseo enorme de despertarte y de abrazarte y de acariciarte y de quedarme para siempre encerrado entre tus brazos de agua.

Te amo, te dije. Te quiero, te dije. Te deseo, musité. Hoy y mañana, como ayer y antes de ayer.

Y me prometí a mí mismo no olvidar, cada vez que te vea, decírtelo. No olvidarlo nunca más.

Me he habituado a ti/ I’ve grown accustomed to you.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Siempre he ido de aquí para allá. Conociendo y siendo conocido, olvidando y siendo olvidado. Lugares, rincones, habitaciones, camas o espejos. Animales queridos, personas quizá valiosas, quizá pesadas. Todo quedaba atrás.

Hasta que te conocí a ti.

De naturaleza bondadosa, algo pesada y risueña. Sonríes de continuo, escondiendo malamente un optimismo de mundo y medio. Y esos ojos chiquitos y brillantes, enmarcados por unas pestañas tupidas y oscuras, y una naricilla de ciervo, pequeña y preciosa.

Cierro los ojos y tu risa retumba en mi memoria y el olor de tu piel al acercarte, y el sonido de tus pisadas en el suelo, el pesado ademán de un brazo sobre los hombros, un mohín apreciativo y un claro de luna en la playa, bajo el puerto.

Puedo dibujar los rincones más escondidos de ese cuerpo de gacela; sé a qué saben tus labios, y el agua de mar de tus lágrimas ocultas bajo el eterno ulular de tu respiración. Puedo evocar tu voz de ave, el silencio con el que empezamos el amor del cuerpo, y la mirada oblicua, cansada y caída al terminar. Y el sudor entre las sábanas y el viento entre las cortinas, entre nuestras pieles y nuestras risas.

No habré conocido personas como tú en este mundo que rebota, y sin embargo… Tu voz, tu perfil, ese pelo castaño, esos hombros redondeados, esa espalda de río… ¿Por qué te extraño tanto? ¿Por qué no sales de mis sueños? ¿Por  qué te empeñas en clavarte en mi pensamiento; aún más, en cada latido de mi corazón?

No habré saboreado yo otras vidas más fascinantes, más divergentes. Y sin embargo… El recuerdo de tus besos, el roce de tus dedos debajo de mi piel, el fantasma de tu sombra tras de mí y a mi lado, cogiéndome de la mano caminando al atardecer…

Me he habituado a ti. Poco a poco, como el lento navegar de un riachuelo hasta su destino, has horadado en el lecho tu camino hacia mi corazón y te has quedado para siempre. Cada latido me regala un hábito efímero, una palabra dicha en el claroscuro del amanecer, una caricia que todavía me estremece y un sentimiento que me enciende…

Yo, que siempre he ido de aquí para allá, conociendo gente y olvidando vidas, me he acostumbrado a tu saludo diario, a tus enfurruñamientos vespertinos, a tus mohines divinos y a tu risa de plata. Me he habituado al aire que respiras y a ocupar un espacio cerca de tu corazón. Me he descubierto queriendo compartir las horas del día, gozar de los momentos nocturnos, contemplar la salida de las estrellas y el lento arrullo del amanecer, rodeado por tu sonrisa, por la luz de tus lindos ojos, por la serena belleza de tus gestos y tu corazón.

Yo, que siempre he ido de aquí para allá, olvidándolo todo, lugares, rincones, habitaciones, camas o espejos, me he habituado al peso de tu cuerpo en la cama, al aliento de tu compañía al mediodía, al suave susurro de tu respiración sobre mi hombro. Y aunque el mundo es inmenso y rico, he de confesar que nada me parece más precioso que bailar entre tus brazos, nada sabe mejor que tus besos y nadie me ha querido sin pedirme nada, nada de nada, como tú lo has hecho… Nadie puede negar, ni yo mismo he de confesar, el hermoso hábito en el que has convertido mi vida.

Me he habituado a ti, a tu presencia y calor; me has cambiado tanto, tanto, que casi no me hallo en tu ausencia.

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Un buen día/ A great day.

El día a día/ The days we're living

You Make My Dreams. Hall & Oates.

¿Sabéis lo que se siente cuando nos despertamos completamente asombrados, el sol a raudales por la ventana abierta y es viernes?

Pues eso.

La primavera entró retumbando desde ayer, y esta mañana amaneció envuelta en trinos de pájaros y olor a tostadas y café. Zumo de naranja de bote, no importa. Y la mejor sonrisa estampada en la cara. En la mía y en la suya.

Qué bien.

¿Sabéis lo que se siente cuando inspiramos profundo y todo se libera? Hay música detrás de nosotros y todo sonríe, el vendedor de la ONCE aunque no le compremos el cupón, el del Chino sin saber por qué, y hasta la pesada de la vecina metiche nos parece adorable de simpática.

Pues eso.

Y eso se debe a ti. Has hecho mis sueños realidad y has transformado un jueves en un fin de semana, y una noche solitaria, en una festividad a dos.

Qué maravilla.

Ese pelo sedoso, esa caída de pestañas, esos ojos chispeantes. Y la sonrisa de mundo abierto. Y esos brazos de pulpo y esas piernas de gigante; garabato insuperable; compañía callada y parlanchina a la vez.

¿Sabéis cómo sonríe la mañana, las cigarras calladas, el olor a verde y a flores? ¿Y la música saliendo de cualquier parte inundando el corazón? ¿Y bailar, bailar sin sentido ni control por las calles, sobre las aceras, a la sombra de los árboles?

Pues eso.

Has hecho un milagro de mi vida. Y me has despertado a la luz del día, a la mañana eterna, a la primavera recién estrenada. Has hecho que hoy sea un buen día.

Qué felicidad.

Escondiendo estrellas/ Hiding stars.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Hiding My Heart. Adele.

Lo conocí un día de esos que deseamos que acabe de una vez. Nada estaba bien. Desde que me levanté todo había estado al revés: las tostadas, la leche derramada, un lío de trabajo, una comida atroz. El sol escondido entre nubes, algo de niebla que se pega a la piel y a los huesos. Y ahora con esto de la ley del cigarrillo, ni tuve un minuto para dar una calada a escondidas.

Sólo deseaba llegar a casa de una vez. Ni siquiera pasaría por el gimnasio. Sólo quería que aquel día acabase por fin, encerrado en mi casa, enterrado en mi edredón, comiendo helado copiosamente, sorbiendo por los ojos de tristeza al ver la tele que nos ponen diariamente, maldiciendo un día igual que otro pero más desastroso y caótico que de costumbre.

Así que un prólogo como este no puede enmarcar nada bueno. Pero así fue cómo lo conocí. En una esquina cerca de mi portal, estaba llevando una caja muy pesada al contenedor de basura; la luz parecía cegarle el camino, porque se dirigía a mí sin contemplaciones. Aquellos brazos que podían con la mitad del universo, afanados como estaban en equilibrar el dudoso peso de aquella caja y un viento que se levantó de repente en este desastre de primavera no le impidieron seguir su camino. Que fue el de tropezar por completo conmigo, arruinando mi traje arrugado ya y mis pocas ganas de chiste.

En aquel estropicio de polvo, viento y sol, levantó la vista después de contemplar el desorden de desperdicios en la calle, y sin limpiarse la mano la extendió para saludarme. Levantó la vista. Yo estaba a punto de reventar toda la frustración acumulada en aquel torpe insensible…Hasta que tropecé con una sonrisa luminosa y unos ojos alegres, castaños y verdes, y la frente llena de sudor, el pelo a mechones por el esfuerzo y un brazo fornido y delicado a la vez, con una mano tersa y firme.

Yo no hablé y pensó que era mudo. Se limpió en las caderas el polvo de las manos y comenzó a hacer gestos extraños con ellas. Yo me reí de su lenguaje de signos; gracias a Dios oía perfectamente. Pero su visión, aquella sonrisa, y esa barba de un día me había quitado el aliento. Por un momento el sol cambió de lado, el planeta giró y yo quedé patas arriba. No podía apartar mi vista de él; quizá un poco bajito, es cierto, pero con esos pómulos y aquella sonrisa, no estaba para remilgos.

Nos saludamos después de un instante que le debió parecer eterno. O estaba delante de un idiota o no había explicación. Pronto me apresté a sacarlo de su error.

Le sonreí con una risa que había estado mucho tiempo agazapada bajo el cúmulo de pequeñas frustraciones del día que terminaba. Él sonrió de nuevo y se disculpó otra vez. Qué divino sonido el de su voz. Por mí, podía seguir excusándose el resto de la tarde. Pero no era plan.

Señalando mi traje, no le di importancia. Estaba yo para fijarme en eso ahora, vamos. Después de presentarnos, nos dedicamos a recoger todo el estropicio. No quiso ayuda pero yo ya estaba a ello y, total, el traje iba a ir derecho al tinte, así que nada perdíamos.

Con mi ayuda acabó en un periquete, aunque he de admitir que apenas hice esfuerzo. Él pareció arreglarlo en un pestañeo. Yo sólo le sonreía lelo y a él eso le resultaba gracioso, así que el mundo pareció por fin encajar como debería haber sido desde la mañana y yo estaba feliz.

Acabamos algo cansados y le invité a un café. Un cerveza, una clara, un bocadillo de jamón. El asunto era invitarle y no dejarle ir. Le pareció gracioso y justo que me invitase por haber invadido mi espacio. A mí me daba la mismo, que yo le daba permiso para muchas otras cosas.

Reímos. Y volvimos a reír.

En el bar nos acercamos poco a poco. Todo en él era maravilloso: su pelo castaño, sus ojos verdosos, esa sonrisa de anuncio. Y unos hombros de infarto que sólo invitaban a ser tocados, a ser mordisqueados, a guarecerse en ellos.

Durante una pausa de silencio se acercó a mí y me besó suave al principio, después con cierta ansia. Aquellos labios carnosos, tibios y húmedos aplacaron mi sed. Aquel gesto de apremio y deseo borró mis pensamientos, me dejó sin habla y con ganas de abrazarlo. Ni siquiera me acordaba cómo se llamaba. Ni siquiera me importaba su pasado. Porque yo era su presente y seguro su futuro. Porque tras ese beso yo me lo imaginé todo, hasta un anillo en el dedo, un par de perros y un crío ronroneando de hambre.

Aquella noche en mi cama deshecha, conseguimos remontar el mundo, cambiarlo de sentido; después de un invierno de soledad, éste partía tras la primavera más brillante, el verano más amable, un otoño cuyo frío haría que caminásemos de la mano bajo las hojas caídas…

Mucho nos prometimos mientras rozábamos nuestras pieles, mientras descubríamos mundos encerrados en pliegues y en honduras. Qué maravilloso su peso sobre mí, el tacto de su piel pálida, el beso largo sobre su pecho, el sueño del cansancio que durmió sobre el mío agotado…

Hasta la mañana.

Cuando desperté, ahíto de amor como de sopresa, no lo encontré a mi lado. Lo imaginé duchándose, con el beso del agua recorriendo los mismos senderos que mis labios, recordando el lunar en la espalda, las cosquillas en la pelvis, el ímpetu de la novedad envuelto en los nervios de lo desconocido… Me desperecé en cama, sintiendo de nuevo sus manos y las mías y colmándome de deseo. En las sábanas quedaba una fotocopia de su olor. Aún era muy temprano, y el sol comenzaba a despuntar por el horizonte, escondiendo las estrellas que habían desfilado durante el amor. Qué maravilla…

Pero no me di cuenta hasta más tarde que el agua de la ducha no corría. Durante unos segundos, el silencio pareció agazapado en los recuerdos de la noche anterior. Hasta que la soledad pudo más, y su mudez, despertó mis alarmas.

Me levanté corriendo, dejando aquellas sábanas que olían aún a su cuerpo detrás de mí hechas un lío como mi corazón, y recorrí el piso entero llamándolo por el nombre que me dio durante las embestidas de un amor alucinado, de un amor único que habíamos encontrado…

Ni una respuesta. Ni un resto de piel.

Volví al cuarto desmoronado; el lío de sábanas en el suelo; el amanecer llegando a su fin y entrando por la ventana con descaro. Ya casi no había estrellas, y aquellas que habían escapado, ahora se escondían en mi cama, en mis manos, en esos sueños que quería darle.

Recorriendo con la mirada el naufragio de mi abandono, encontré aquella camiseta azul que llevaba pegada a la piel. Me la acerqué a la cara…Aún olía a él. A ese desconocido sin nombre que me mintió su nombre, seguro, y la historia con la que me conquistó de inmediato…

No se despidió. Ni le importó dejar en aquella cama un trozo de corazón destrozado y una miríada de sueños estrujados entre su espalda y mi pecho desnudo.

Me senté en el borde de la cama. El sol cubría mi desnudez con su color dorado y su calidez. Hoy no llegaría tarde. Hoy quizá fuese como debería ser siempre. Así son las probabilidades de las cosas: cuando el corazón se encoge de dolor todo parece sonreír y todo parece ser fácil, fácil para los demás. Seguía teniendo su camiseta en las manos…

Abrí el balcón y salí al frío de la mañana. Aquella tela deslavada, en la que su olor impregnado estaba, apenas detenía la sangre que brotaba de mi corazón hecho trizas. Qué importaba. La lancé a la luz dorada, al vacío de la calle, al extremo opuesto de mi corazón.

Y entré en mi habitación y me fui a duchar. Escondiendo mis lágrimas como hacía unas horas antes desplegaba las alas de mi imaginación.

Así es la vida, creo…

Me vestí con una tristeza sin igual. Mi piel lo extrañaba, mis sueños lo dibujaban una y otra vez… Aparté de mí esos pensamientos y los escondí, junto con las estrellas, en lo más profundo de mi corazón. Aquel ser sin nombre se hundía así en el océano de lo que nunca será…

Mi corazón roto y yo salimos de nuevo a la calle, con la luz de un nuevo día dándonos caza y yo, qué quieren que les diga, me dejé atrapar…

Otto ve (así) un mundo/ Otto’s eyes.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Ladies in Lavender. Joshua Bell.

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Otto Más 2, posted with vodpod

 

Dormilón/ Sleepyhead.

El día a día/ The days we're living

A Otto y Lolo.

– Hola, dormilón.

– Msñsñsmsñ…

– ¿Estás cómodo?

– Mmm…Me he quedado dormido…¿Qué hora es?

– Hora de comer…

– ¿Ya?

– Sí…

– ¿Y por qué no me despertaste antes? Estaba tan cómodo…

– ¿Sí?

– Sí…Mmmm… Tu regazo está tibio y es blando y me gusta tu perfume…Me he quedado traspuesto sintiendo el latido de tu corazón y tu respiración… Eres mi mejor almohada.

– Podrías quedarte así para siempre.

– Para siempre cerca de ti.

– Si.

– ¿Comemos?

– Voy a darte un beso….

– Mmm…Mejor me quedo así.

– Anda, anda, dormilón. Vamos a comer.

– Espera… Que te no lo he dicho aún.

– ¿Qué cosa?

– Te quiero, vida mía.

– ….

– Será mejor que vayamos a comer, ¿no?

– Sí…

– Y no te olvides.

– ¿De qué?

– De que te quiero.

– … Y yo a ti.