Sorpresas y esperanzas/ Surprises and Hopes.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Medicina/ Medicine

   a Mikel Sanado.

   Hace un par de días, una tarde lluviosa y fría, me dirigía junto a un amigo y colega a jugar un poco al tenis. No describiré aquí lo patético que puede llegar a ser, tras 25 años sin darle a una raqueta (y no, la Wii no cuenta), intentar jugar a algo remotamente parecido al tenis, pero sí lo divertido que fue, lo mucho que me dolieron todos los músculos después, y el buen rato que pasamos tras años sin vernos.

   Casualmente ambos aparcamos en lugares contiguos. Mientras yo esperaba a que él saliese del coche, en la puerta del recinto un coche paró y su conductor bajó la ventanilla y me señaló. Soy muy miope y por lo tanto bastante despistado. El hombre del coche gritó no sé qué y yo le sonreí con esa cara de idiota que tengo cuando no entiendo nada y negué con al cabeza. Pensé que se refería a si había algún sitio libre en el aparcamiento (que no lo había). El hombre del coche aparcó el suyo a la entrada del gimnasio y yo dejé de verlo. En esto mi amigo se apeó de su propio vehículo y me miró sorprendido:

   – ¿No dijo tu nombre?

   Le dije que no le había entendido nada, pero que suponía, puesto que se dirigía al gimnasio, si allí había donde aparcar.

   Como llovía, fuimos corriendo hasta la entrada, donde debíamos dejar constancia de que íbamos usar la pista de tenis. De hecho lo hizo mi amigo, porque yo volví a ser interpelado por esa persona.

   Al acercarse a mí, me hizo de nuevo una pregunta:

   – Eres Juan, ¿verdad?

   Lo miré asombrado. Algo se activó en mi cabeza.

   – Pues sí.

   – ¡Lo sabía! ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo! He venido con Miguel a rehabilitación acuática, está muy bien desde que salimos del hospital hace un año… Ahora, eso sí, no se acuerda de nada de su tiempo en UCI, pero de todo lo demás…

   Hace tiempo me pasó algo similar en los pasillos del hospital*. Pero allí puedo actuar con más soltura, porque mi rol está claro. Aquí, con unas pintas que prefiero no describir, sin afeitar, totalmente relajado y alejado de mi función principal, me sentía uno más, así que ese buen hombre me cogió aún más desprevenido si cabe.

   En esas, tardé un poco más de lo normal en captar de quién me estaba hablando. Pero poco a poco en mi cabeza se hizo la luz. Y recordé ese rostro de padre preocupado, ciertas raíces vitales comunes, y un largo camino de casi dos años atrás. Estaba sorprendido de que me recordara, de que supiera aún mi nombre, y que me reconociera, a metros de distancia, con tanta claridad.

   Mi amigo esperaba callado, tan asombrado como yo, supongo, tras de nosotros.

   El buen hombre me tomó del brazo y me acercó hasta donde estaba un chiquillo luchando con ajustar su andador, porque las lesiones cerebrales que le habían quedado de secuela le impedían una coordinación motora adecuada. El empeño que el chaval ponía en la tarea, como si se le fuera la vida en ello, era encomiable. Durante un segundo sentí la urgencia de acercarme a ayudarlo, pero algo había en la resolución de sus gestos y en la inmovilidad del padre que ahogó ese deseo.

   – Ha pasado un año y medio y mira qué bien está.

   Me dijo con gran orgullo el padre de Miguel.

   – No se acuerda de nada de la UCI, ni siquiera que tuviese el pelo rapado…

   Mientras decía esto, con su mano acariciaba aquella cabeza llena de un precioso pelo negro lleno de rizos.

   – Pero sí se acuerda del resto…

   – Es normal que no se acuerden de nosotros. Entre la medicación y todo lo que les pasa, es mejor así.

   – Pero nosotros sí nos acordamos de todo.

   En ese momento, Miguel levantó la cabeza. Unos preciosos ojos castaños sonreían. Había conseguido ajustar su andador. Y se hicieron más brillantes cuando encontró la mirada de su padre. Una risa encantadora se escapó de aquella boca. Un pendiente de acero colgaba de su oreja izquierda. Y sus manos temblorosas reposaban en el manillar del andador. Cuando reparó en mí, su sonrisa se cerró un poco.

   – Mira, Miguel, tú no te acuerdas, pero él es uno de los que te cuidó cuando estabas muy malito en la UCI después del accidente… Él es Juan, que fue muy bueno con nosotros…

   Yo no sabía qué decir. En general, consigo rápidamente encajar el caso con el enfermo. En este caso, quizá por estar tan fuera de contexto, o porque veía por fin a uno de nuestros enfermos en un ambiente normal, o porque, además de todo, yo estaba realmente descentrado y emocionado, apenas pude recordar su caso. Rememoré su cama (la número 1) y parte de las pequeñas desgracias del día a día. Recordé que había subido en coma a la habitación, y que teníamos pocas esperanzas en su recuperación.

   Miguel tenía cerca dieciocho años cuando tuvo un accidente de tráfico. Como consecuencia de él, un traumatismo cráneo-encefálico había dañado parte de su cerebro y del cerebelo, y al menos mientras estuvo en la UCI, un coma que a su alta no era muy profundo pero que le impedía comunicarse con su entorno. Pero Miguel, casi dos años después, estaba allí, en un gimnasio, ajustando con dificultades su andador, para acudir a rehabilitación de la marcha, llena la boca de sonrisas y la mirada más pura que había visto en mucho tiempo… Y su padre acompañándolo y reconociéndome en medio de la calle, la lluvia y el tráfico.

   – Pues sí, Miguel, él es uno de los médicos que nos ayudaron a llegar hasta aquí.

   El chaval quiso levantarse, pero le dejé estar sentado. Y en vez de saludarlo con un apretón de manos, mi primer impulso fue acariciar esa cabeza llena de rizos morenos y sonreírle de vuelta. Miguel se echó a reír a su vez y me señaló el andador con cara consternada.

   – ¿No te gusta?

   Era obvio.

   – Sí, es más cómoda la silla de ruedas. Pero los neurólogos nos dijeron que había que caminar para mejorar la coordinación, y nadar, que es lo que vamos a hacer ahora, ¿verdad, Miguel?

   El chico ponía morritos.

   – ¡Oh! En la piscina se lo pasa bien. ¿Sabes? No tiembla tanto. Pero llegar hasta allí en el andador no le gusta mucho…

   Yo me eché a reír. Y mi risa reverberó en todo el gimnasio.

   – Me lo imagino.

   Pocos minutos después, nos despedimos. Yo seguía un poco sorprendido, aunque espero que el padre de Miguel no se diese mucha cuenta de eso.

   Mientras los veíamos dirigirse poco a poco a la piscina, pensé en las esperanzas que hay que albergar a veces; la dureza del presente a veces;  las sorpresas del Destino; las decisiones que se toman a veces y las que toma la Vida por nosotros, y nuestros compromisos posteriores. Si Miguel fuese un chico de treinta años quizá no estaría hoy así. Si fuese un hombre de sesenta, quizá no hubiese salido vivo del hospital. Hemos desarrollado una tecnología increíble que nos permite muchas veces sostener artificialmente la Vida; esta capacidad viene unida, empero, a una responsabilidad mayor, a encarar una serie de decisiones y de consecuencias que pueden comprometernos por siempre: moral como económicamente, social como individualmente.

   Yo no quiero ser una carga para nadie. No deseo que otras personas dejen su vida por mí, para cuidarme. Mientras crecemos, es ley de vida. Es normal pues nacemos desamparados, esperando que se nos sostenga para poder evolucionar, crecer y madurar. Pero después no. A veces, en la situación que estuvo Miguel, muchos enfermos se estancan y  su sufrimiento, y el de sus familiares, no tiene fin. Y no me refiero al dolor físico, al que gracias a Dios podemos hacer frente, si no a un dolor más sutil y profundo, como es el dolor personal, el daño moral, el advenimiento de un compromiso superior. Un bebé da trabajo; una persona adulta con severas lesiones traumáticas, también. Un niño no es consciente de su situación, pues la damos por sentada. Un adulto, sí. En esta balanza de querencias y deberes muchas veces me subo mientras trabajo y la altura de mis sentimientos, la profundidad de mi pensamiento, llegan a darme vértigo y me emocionan.

   Yo no deseo llegar a ese extremo. Si la vida me reserva una sorpresa así, mi única esperanza sería la de la muerte.

   Y sin embargo, esa tarde estaba contemplando la Vida. Miguel, con paso dificultoso y mucha dedicación, caminaba paso a paso un siglo de su vida para llegar a la rehabilitación, y su padre, paciente, junto a él, contando cada uno de esos pasos como un triunfo y cada día que pasaba, como una batalla ganada a la sombra del Fin.

   Los padres de Miguel, y Miguel un año y medio después, habían aceptado las sorpresas de la Vida y encaraban su futuro con esperanzas. Seguro que en ese camino ha habido y habrá noches de flaqueza, momentos de desazón, instantes en que deseamos abandonar toda lucha, encarar de otra manera nuestro presente. Y sin embargo estaban allí. Con una determinación obsesiva construyendo, poco a poco, un destino en el que todos estaban vivos y llenos de esperanzas.

   – Había dicho tu nombre, no me equivoqué.

   Me dijo mi amigo mientras, mojados, llegábamos a la pista cubierta. Yo suspiré.

   – Lo que digas. Pero algo has debido hacer bien para que él se acuerde, no ya de ti, sino de tu nombre, dos años después. Y con esta pinta, para variar. ¿No te dije que íbamos a jugar un rato al tenis?

   Y me dio un raquetazo en el culo que hizo hacerme reír.

   Desde el otro lado de la pista, en medio de un charco de agua, estaba esperando su saque. Lanzó un pelotazo a tal velocidad que me sorprendió (y no sé porqué, ya que mi amigo es muy fuerte; aquél no era mi día). En aquel instante mi única esperanza era responderle con un resto aunque fuese modesto sin tener que ir a recoger mi brazo al medio de la pista. Y lo hice. Aunque salió fuera del recinto y perdimos la pelota.

   – Te la debo.

   Le dije. Pero en realidad se lo decía a Miguel y a su padre.

   Mi amigo se echó a reír.

   – ¡Nah! Olvídalo. Eres un buen tío.

   Y seguimos jugando hasta que terminamos, cansados los dos una hora después, en medio de un temporal universal.

Paz/ Stillness.

El día a día/ The days we're living

– ¿Oyes?

Silencio arriba y abajo, oscuridad, pálida luz lunar, unas estrellas escondidas tras las nubes. Algunas gotas aún caen por las ventanas. Ha dejado de llover.

– ¿Oyes?

Me vuelve a preguntar. Y yo le miro. Y sus ojos sonríen claritos y desnudos, como su piel sobre la mía. No hay ruido, todo parece respirar una calma similar a la del amor. Y lo entiendo.

Es el amor.

– Sí.

Respondo. Es el sonido del amor. Es el regalo del silencio. Es la quietud que se halla entre los dos y el mundo que nos rodea.

Y me asomo al balcón de sus labios y le doy un beso.

Cerramos los ojos. Y su respiración se hace lenta, pesada, casi un susurro. Y la mía.

Paz.

El mundo del papel/ Paper World.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Medicina/ Medicine, Naturaleza/ Nature

   Hay dos mundos, imbricados y dependientes, simbióticos, que intentan parecerse pero son muy diferentes: el mundo del papel y el mundo real.

   ¿Qué es teoría? La necesidad que tiene la realidad de ser posible. ¿Qué es la realidad? La piedra de toque, el molino en el cual la teoría se torna posible. Sin el esqueleto que sustenta los acontecimientos, el mundo no puede ser y, sin embargo, los acontecimientos que nacen de ese mundo liman las aristas del esqueleto, moldean la estructura base y le permite adaptarse a los cambios que generan con el mínimo de problemas. O eso creemos.

   La burocracia, las ideas, los engranajes de la vida: eso es a lo que yo llamo el mundo del papel. Es ese universo teórico, en el que la realidad se cristaliza hasta hacerse tan pura, tan irreal, que es imposible si quiera reconocerla en el día a día. Es lo que anhelamos de perfección, es lo que deseamos que sea posible. Es un mundo precioso porque en él todo es posible. Tanto lo es, que podemos perdernos en sus entresijos, arriesgando nuestra estabilidad en el mundo real, aquel hecho de pruebas, de ensayos y errores, con sus leyes implacables, con sus frutos obsesionantes y profundos y, por lo mismo, absorbentes y desestabilizantes.

   Asistimos a un hiato imposible entre ambos mundos. Las personas que habitan el mundo del papel piensan que todo es como lo imaginan, mientras que los seres que conviven en el mundo real se asombran de este proceder y se olvidan de soñar, tan acostumbrados están a los vaivenes y frustraciones que trufan la vida diaria. Y no debería ser así.

   Desde hace unos meses habito en una extraña frontera entre los dos mundos. Unos se asombran y otros se alegran, pues piensan que puedo traer un poco de sentido común a las ensoñaciones burocráticas. El mundo del papel es duro, hay demasiada gente demasiado acomodada y demasiado embebida en su labor, demasiado desconectada de la realidad, y su peso es enorme y su gravidez, aplastante. Y sin embargo tiene una pasión contagiosa, un modo de ver quizá absolutista y severo por perfecto, y por lo tanto, inviable. Asisto, en esta orilla de dos mares, a veces sin palabras, a veces lleno de frustración, a una  batalla que no debería tener lugar, a un encuentro entre el desencanto y la obligación, entre lo que debe ser y lo que es, todo tan distinto, que puede llegar a ser muy confuso.

   El mundo del papel es atroz por enrevesado, repleto de leyes no escritas, con sus ambiciones y avaricias; como un reflejo, el mundo real no es mejor. Es más tangible, menos ilusionante, igual de severo e incongruente. Pero es real.

   Poco de la vida teórica se puede llevar a la práctica, porque la práctica es el resultado del choque de fuerzas telúricas de lo real contra las de lo posible, y nada en un encuentro semejante puede quedar incólume. La teoría, la base del mundo del papel, es siempre perfecta, impoluta, intachable. En el mundo real todo está lleno de manchas y de errores.

   La situación que vivimos es un gran ejemplo de todo esto. Existe un grado de frustración y de desilusión incontestable; en vez de preguntarse las razones de ello, nos pasamos el tiempo intentando tapar errores con más errores, perpetuando estas sensaciones y esta desazón creciente y eterna. Para curar una enfermedad debemos diagnosticarla, conocer sus síntomas: una teoría que nos sostenga, una experiencia que nos enseñe qué es lo mejor y qué es lo prescindible. Eso no lo estamos haciendo y así nos va.

   El mundo del papel es remilgoso, no quiere ensuciarse las manos; el mundo real responsabiliza a su esqueleto teórico de que no se sorprenda de su imperfección. Uno y otro se acusan sin darse cuenta que en ambos hay patrones que modificar, conductas que cambiar, y que en ambos, en la actitud responsable de ambos, están las soluciones que anhelamos con tanto fervor.

   La política, enfangada pero jamás resuelta no ya a pedir disculpas, si no a purgarse a sí misma, es nuestro espejo más elocuente. Porque todo es política, incluso el mundo de la Salud. El pasillo de la Salud perdida no existe para el mundo del papel, pero es real; esa inconsciencia hace que la realidad sea demasiado dura y termine estallándonos en la cara.

   Hemos tenido un gobierno pusilánime, lleno (al parecer) de buenas intenciones. Eso es papel mojado. El mundo del papel de aquel que va a cazar nubes quizá sea maravilloso, pero es irreal. Lo mismo pasa, lo mismo, con la dirección de la Salud, de la Educación, de la Economía. Debemos hacer una labor de reflexión profunda, real; debemos buscar ese punto de encuentro entre ambos mundos para poder sobrevivir, para vivir con dignidad.

   Ahora que habito en el mundo del papel se me reprocha constantemente que viva en el mundo real, pero creo que es necesario que lo haga. Porque el sentido común es vital, debe insuflar energía a la aparente perfección de lo teórico para poder transformase, sin grandes cambios ni agobios, en lo real. Estar en la Dirección implica responsabilidad y, sobre todo, tener los pies sobre la tierra. Quizá el principal problema del mundo del papel es que se encuentra lleno de cazadores de nubes: buenas intenciones, pero demasiado alejadas del mundo real para que lleguen a cristalizarse. Y esto se refleja en el mundo real con retrasos, impuntualidades, colapsos y errores.

   ¡Qué difícil es vivir así y qué maravilloso sería si así lo quisiésemos!

   Si sólo nos diésemos una oportunidad…

Contando estrellas/ Counting Stars.

El día a día/ The days we're living

En la inmensa soledad de la noche, lleno de sueño y cansancio, pero incapaz de dormir, me asomo al cielo enorme y veo un mar cuajado de estrellas.

Quisiera dibujarte con ellas; quisiera hacer de ellas tu nombre.

Un cuerpo, una sombra; una compañía, calor, mudez y cariño.

Pero sólo recibo un frío fulgor, reflejado en la ventana, caído en mi corazón.

Y no duerno. Y sueño contigo.

Buscándote, anhelándote. Sabiéndome solo.

Contando estrellas, hasta el infinito.

Equinoccios/ Equinox.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature

Caído el puente,

queda el frío

tras el sauce.

  Shiki.

***

A través de la ciudad

corre un riachuelo

¡y los sauces!

 Shiki.

***

Crece inclinándose

al cielo inmenso

árbol de invierno.

Kyoshi

***

Viento otoñal:

¡cuántos montes, cuántos ríos,

en lo más íntimo de mí!

Kyoshi

***

En la niebla,

fundidos en la tristeza y el corazón

caminan los dos juntos.

Issoo

***

La voz del remo batiendo la ola,

y la noche que hiela las entrañas;

lágrimas.

Bashoo

***

De la red recién izada,

¡gotas de luna…!

 Mokkoku

El primer naufragio: la efímera idea de la libertad/ The First Shipwreck: Ephemeral Idea of Liberty.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature, Los días idos/ The days gone

    El primer naufragio, de Pedro J. Ramírez, es un libro de los que me gustan: se aleja de todas las etiquetas posibles. No es un libro de historia, mas se sustenta en ella; no es una novela, mas está estructurada muy sabiamente como tal; ni es un ensayo periodístico, aunque su base y su desarrollo así lo demuestre. Es una mezcla interesante de estos tres estilos que aquí interactúan de una forma brillante.

   El periodista deja su impronta, el amante de la Historia juega con las referencias que el primero ha conseguido, y el escritor oculto brilla en el juego que personalidades vastísimas y complejas le sugieren, y se deja llevar con ellas hacia esos días convulsos, en los que París se tiñó de rojo más que de luz, y que cambió quizá para siempre la percepción del mundo como se conocía hasta entonces (aunque quizá sólo parcialmente).

   Pedro J. Ramírez traza en El primer naufragio una historia sobre la Historia, un acercamiento casi artístico, lleno de detalles y de profundidad psicológica, que sorprende por rico, pero a la vez por veraz. Todo escritor se confiesa, toda argumentación no es más que una arenga en defensa de las propias ideas. Partiendo de esta premisa, el autor nos lleva de la mano por cada uno de los protagonistas de los hechos descritos, por sus posiciones reales, sus miedos y hasta por sus pensamientos, alambicados sólo por el paso del tiempo y del registro de la propia Historia, y consigue desentrañar ese ovillo de estambre con el que se nos ha presentado siempre el ideal de la Revolución Francesa.

   Todo ideal es falso. El autor lo sabe y calladamente intenta demostrarlo en su relato. Casi nada de lo que yo conocía sobre la Revolución está en estas páginas. Y sin embargo no falta nada. Ni los juegos de ambición y poder; ni los arrebatos místicos; ni las furibundas reacciones populistas. Tampoco faltan los deseos reprimidos, las pasiones calladas, el retrato de los simples seres humanos que bordan un tejido de violencia y de muerte aún en contra de ellos mismos. El primer naufragio es el relato de una fuerza de la Naturaleza, un ejemplo de lo que consigue la Humanidad cuando quiere jugar a ser Dios. Es un reflejo de las leyes mecanicistas que comenzaban a imperar en el mundo; el universo cartesiano que despierta al hombre a su verdadero poder; el amanecer social del ser humano más que como hombre, o como suma a su realidad de homínido sapiens y severo. La Revolución Francesa se nos muestra aquí como el punto de ebullición de esos sentires y pensares desproporcionados, como una lucha entre Olímpicos y Titanes: el poder del cerebro frente al de la fuerza, la rebelión del Todo frente al Uno. Y es un poder que refulge y ciega y que embriaga y seduce. Y que requiere de mucha responsabilidad y de una mentalidad clara para poder manejarla con conciencia y llevarla a buen puerto con honor.

   Viniendo de una formación académica diferente (América), la Revolución Francesa, aunque sangrienta (purga tan característica de la Humanidad que aún hoy en día vivimos), era el sumun del pensamiento social y de las libertades, el humus sobre el que se basó la historia política de nuestros días. Sin embargo, tras la lectura de El primer naufragio nos damos cuenta que en realidad fue un crisol desaforado en el que se dieron cita todas las Furias del ser humano y casi nada de la calma y la soberanía y el buen hacer y la claridad que hoy intentamos encontrar en nuestras formas de gobierno (desde el gobierno del Estado hasta una empresa cualquiera; desde un colegio al hogar); parece más bien un mal experimento, o una buena idea en malas manos; el ideal oportuno en el momento humano más inoportuno.

   ¿Qué buscaba la Revolución Francesa? No lo sabemos con certeza. ¿Qué fue la Revolución Francesa? No lo sabemos realmente. Lo que sí sabemos, y gracias a El primer naufragio con lujo de detalles y profusión de bibliografía comparativa, es que fue un teatro de vanidades en el que perdieron todos sus actores, pero sobre todo el Pueblo, en el que se basaban supuestamente sus ideales. La Historia no es más que una esfera cuyo movimiento cíclico llega a asustarnos. La Revolución Francesa, a pesar de sus buenos fundamentos (la Igualdad, la Fraternidad, La libertad) ni fue fraterna, ni fomentó la igualdad ni propició la libertad soñada, porque sus dirigentes, o sus auspiciadores (llamémosles como queramos), no tenían tan alta talla moral y se consumían en sus propios fuegos de orgullo y ambición: bien sea el misticismo radical tras el que se esconden rasgos fuertemente psicóticos; bien sea la mera ambición de poder; o el ansia de notoriedad o simplemente la sed de sangre, ninguno de los actores principales de uno de los períodos históricos más bellamente mitificados, pudo manejar correctamente ese tsumani desatado que es el Pueblo cuando se le espolea y se le subleva haciéndole olvidar que, siendo individuos, forman parte de un todo y que ese todo siempre, siempre, es más importante que sus partes conformantes.

   Es cierto que a lo largo de la Historia, la Humanidad ha necesitado de ciertos períodos de convulsión en los que la tragedia, la muerte y la destrucción cauterizan los errores que se van acumulando, ese derroche de cultura perdida que llamamos vida que se vive, y que parece necesario sufrir de cuando en vez para poder avanzar en el camino hacia la Libertad. El pensamiento social que dio pie a la Revolución Francesa, nacido de un renacimiento científico mucho más tardío que el artístico (el hombre tarda más en pensar que en sentir), redescubrió sus raíces grecorromanas en un período histórico problemático, convulsionado, perfecto para el estallido del escándalo, para la manipulación atroz. Si en pleno siglo XXI, con todos nuestros adelantos tecnológicos, aún somos capaces de ser víctimas de nuestros mandatarios, si todavía pensamos que un movimiento social sin cauces claros es capaz de cambiar el mundo, no es de extrañar que, en la sociedad francesa del S. XVIII, aquel descubrimiento haya caído como un mazazo y se extendiese con la velocidad de un rayo. En El primer naufragio esto queda muy claro: sin dirigentes con ideas, sin fundamento político claro y cabal, la agitación popular sólo genera destrucción, sólo conlleva a una forma asaz dolorosa de perversión y de cautiverio, que llamaron en su momento Igualdad, Fraternidad y Libertad.

   La información es necesaria. La información veraz es útil. Mas toda la información llega a ser inexacta, porque en determinadas capas se transforma en revelación, y la revelación mal aprehendida da pie a fanatismos y a errores. No podemos manipular, como dirigentes, a aquellos a los que representamos, y sin embargo no podemos verter toda la información, porque no seremos entendidos completamente. Ser conscientes de eso es fundamental para nuestro progreso hacia la verdadera Libertad. Es algo que ocurre en todos los estratos de la Sociedad. No podemos explicarle a un niño de cinco años cómo un avión vuela, pero sí podemos explicarle que viajará en él surcando el cielo. Los políticos del S. XVIII hicieron creer al pueblo que era soberano y que regía sus propios designios: la revuelta estuvo servida en bandeja. Como un tumor que se rebela contra el resto del cuerpo, el cáncer del hambre, la incomprensión y la ignorancia hicieron mella y sirvieron de tea inflamada de la que soplaron esos personajes que deambulan por El primer naufragio dejando su impronta de pequeños grandes individuos en el ancho mar de la Historia.

   Pedro J. Ramírez dice huir de la novela histórica. Yo la llamaría más bien de la novela historicista, valiéndome de un pensamiento de Marguerite Yourcenar, que decía que para ella la novela histórica es el acto de esculpir el mundo psicológico de un personaje empleando dentro de lo posible piedras auténticas. El mundo del periodismo nació como el arte de representar la realidad de la forma más directa y cabal posible; es difícil que no se tiña de ciertos puntos de vista o que no sirva como medio de expresión de intereses o ideales varios (¿y no viene a ser lo mismo?) Él mismo lo demuestra a lo largo de El primer naufragio, al mostrarnos cómo la palabra escrita, la opinión de la actualidad, puede modificar la visión de aquellos que la viven de cerca. En El primer naufragio hay mucho de historiador y mucho de periodista, sin duda, pero lo que engancha de este libro no es ni siquiera su rabiosa actualidad, si no ese corazón oculto, profundo, que late a ritmo de novelista. Desde ese inicio en el que se nos presenta a un granuja y a un lunático corriendo ansiosos por la noche parisina, hasta su última línea, asistimos al dibujo primero y al retrato después, de todos aquellos personajes que formaron arte y parte de ese maremágnum de ideales y de deseos frustrados que fue la Revolución Francesa. El primer naufragio es muchas cosas, sin duda, pero por sobre todo es una novela narrativa trepidante. ¿Por qué? Porque está construida con piedras reales. Piedras que, como las verdaderas obras de arte, nos hacen pensar una y otra vez sobre la realidad de las cosas que han pasado y las que están por pasar.

   A fin de cuentas, quizá la efímera idea de la Libertad sea más atractiva que la Libertad misma. Sobre todo cuando aún no sabemos ni lo que es ni para qué la queremos. Y, sobre todo, cuando quizá, como Madame Roland en prisión, nos damos cuenta que siempre, siempre, la hemos tenido en nuestro interior.

¿No es una lástima?/ Isn’t It a Pity?

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

   ¿No te da pena?

   Ahora que todo ha terminado, viendo cómo dejamos nuestro hogar, el desorden y el dolor que nos infligimos, las caricias cambiadas por recriminaciones y los besos por gritos vacíos, ¿no es una lástima?

   Amor desbordado, amor tatuado, amor disfrutado y gastado, que se deja a un lado y se olvida… ¿Así seremos nosotros? ¿Seremos capaces de decirnos adiós sin un mínimo de cortesía, sin una lágrima brotada de un lugar que  no sea nuestro orgullo herido, sin una mirada velada pero resuelta? No lo sé…

   Después de destrozarnos mutuamente, de querernos hasta quedar saciados; después de beber del sudor y del licor y del deseo; más allá de lo que una vez soñamos ser, ¿no es una lástima que esto acabe así?

   Creo que sí. Y sin embargo…

   Tanto amor destrozado, que tropiezo con sus trozos desparramados por el pasillo como tus besos y los míos por nuestras pieles; tanto amor absorbido de tus labios y los míos; miedos dejados atrás y recuperados; celos y mentiras cubriendo carencias como encendiendo querencias… ¿No da demasiada pena?

   ¿Cómo explicar que fallamos cuando lo teníamos todo a nuestro favor? ¿Cómo decirle a nuestros amigos que esto se ha terminado como una botella de champán a medio beber? ¿Podrán entender que el amor acaba aún antes de haber empezado? ¿Que agotamos las fuerzas del amor apenas al comienzo de tanto que nos quisimos? ¿Que olvidamos lo que era el amor entre el complicado ir y venir de la vida, escondido en los celos infundados, en las decepciones que vienen siempre tras los sueños bordados? Aún me lo pregunto, inmerso en esta soledad que me duele por tu pérdida y que me gusta porque la deseo ahora más que nada.

   Incluso más que amarte a ti.

   ¿No es una lástima? Sin pensar nos unimos y sin pensar nos separamos. Parece que nada se detiene en el mundo y mi corazón se ha quedado inmóvil, ocupando un espacio de aire en mi pecho que me deja mudo. Mudo como se quedó nuestra casa al irte, tras el último portazo del adiós. Y ese sonido retumba en mi mente, onda sonora que reverbera una y otra vez en mis recuerdos. Y esa es la última imagen que tengo de ti: los tabiques temblando y el suelo llorando, en el suelo llorando, por tu despedida… ¿Y no es una pena que ésa sea la última imagen de mí que guarde de ti?

   Toma mi amor, tómalo y olvídame. Como voy a hacer yo. Ese espacio vacío que hay en la cama, ese que ocupaste con tu ser y tus deseos, tus miedos y tus frustraciones, parece que me habla con voz pastosa. Y el amor sabe a hiel entre las sábanas y los recuerdos, grabados a fuego en mi memoria, no me bastan para reconstruir una felicidad rota y perdida en algún rincón de mi corazón.

   Te amé. Tú también me has querido. En un tiempo ido como el amor gastado; en un momento congelado que no vale ni su peso ni su paso por la vida, puede que podamos sentir algo más que decepción y fracaso. En un tiempo que está por llegar quizá encuentre en este desastre algo más que sentidos abandonados, insultos huecos, desasosiego y dolor…

   ¿Y no es una lástima? ¿Haber roto nuestros corazones buscando un amor maravilloso que fuimos incapaz de darnos?

   Pero así es la vida. O eso creo yo.

   Y aunque sea una lástima, y aunque nos dé pena, debemos recoger lo que queda de nosotros y seguir, siempre hacia adelante, llenos de heridas y de temores, buscando un amor, o una justificación o un vacío.

   Es una lástima, lo sé, pero más lo ha sido todo el daño que nos hemos hecho. Y aún seguimos aquí.