Una idea, un cuento/ An Idea, a Short-tale.

El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature

   Hace un año, Cris Montes me preguntó si era capaz de escribir una historia partiendo de una idea que ella me diera. Y de ahí nació Cigarrillos y cenizas.

   Creo que fue un ejercicio fascinante y siempre es un lazo que nos une más a las personas que leen nuestras creaciones, nuestros pequeños cuentos y poemas narrativos.

   Así que he pensado que sería una idea divertida pedir a los lectores de este modestísimo blog que, si quieren una historia de la que sentirse partícipes, lancen al aire una idea, y veremos qué pasa.

   Una idea, un cuento para crear algo distinto y divertido de lo que todos seamos autores.

Etta James: At Last.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Etta James (1938-2012).

 

Nada como la danza/ Just Ballet.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

La Compañía Nacional de Danza, de la mano de su nuevo director, José Carlos Martínez, está de estreno.

El círculo de la vida/ The Circle of Life.

El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   Llevo unos días fijándome en algunos detalles. Parecen pequeños, y ciertamente lo son, pero su simbolismo no deja de darme vueltas en la cabeza.

   Hoy, cuando me cortaban el pelo, me fijé en los restos de cabello que caían a mi alrededor: una hebra plateada aparecía aquí y allí. Mi propia barba es casi un anuncio de un invierno que está por llegar. Mi piel no es lo tersa que debió haber sido una vez (reconozco no haberme fijado nunca en la tersura de mi piel hasta hace muy poco.) Y unas ojeras perpetuas no dejan de asegurarme un pasaje en tren hacia Transilvania por lo menos.

   De camino al gimnasio (ahorraré la descripción de un hombre de cuarenta años que reinicia su actividad física después de varios meses de parón, porque sería para llorar y éste no es el caso) me topé con unos chavales de unos quince o dieciséis años, todos guapos, con la sonrisa en la cara y el sol en la mirada, con sus coloretes en las mejillas y el gesto de salud en sus manos. Y me llamó mucho la atención. Porque no recuerdo haberme visto nunca así. Y ya en la piscina, entre la divinidad del agua y mis brazadas, la clase de natación para chiquillos empezó con un griterío y un desorden descomunal. Me encantan los niños, pero reunidos bajo un mismo techo más de cuatro es una locura. En fin, mientras salía del agua alcancé a oír cómo uno de los pequeños le explicaba a su monitor algo que había descubierto. Asentí con la cabeza, y aunque me dolían todos los engranajes del cuerpo por la inactividad, tras la risa vino una pequeña reflexión y fue darme cuenta que no me cambiaría por nada del mundo con ese chiquillo encantador ni con los adolescentes llenos de vida de hacía un rato. Riendo, salí de la piscina enrollado en la toalla y peléandome con el gorro inútil que exigen para bracear aunque sea sólo cinco minutos.

   En mi última guardia, un hombre de cuarenta años murió de una hemorragia cerebral. Una hemorragia cerebral. Y sólo cuarenta años. Instintivamente, en casos así, cuando nos fijamos en la edad, nos comparamos con el paciente ingresado. Coetáneos, no deja de intrigarme cómo es la imagen de mí mismo que puedo ver reflejada en los demás. En este caso, salía ganando. Quiero decir, que o él aparentaba más o yo muchos menos (ha de ser más bien lo primero.) Lo que fuese, una vez confirmada la muerte cerebral, la esposa de este paciente, tras serle pedidos de la forma más delicada posible, dio generosamente sus órganos en donación. Un gesto tan desprendido en momentos de máximo pesar y dolor siempre me ha asombrado. De todos los instantes que la coordinación de trasplantes tiene de dificultoso, quizá la petición de órganos sea lo esencial. Siendo como somos punteros mundiales en donación, aún es difícil y todavía no deja de ser espinoso a veces la mera mención de esa posibilidad. En los momentos de más agudo dolor, cuando la pérdida aún no es asumida ni comprendida, en el que los sentimientos instintivos de abandono y soledad son más ávidos, que una persona de bata solicite algo que parece inadmisible y aceptarlo, es para mí una de las pruebas máximas de humanidad y de generosidad que podemos dar a los demás.

   En este caso, tras conceder el permiso, se puso en marcha rápidamente la máquina perfectamente engrasada de la donación de órganos. La Organización Nacional de Trasplantes (ONT) en la persona de sus coordinadores nacionales, es un prodigio de buen hacer, de ánimo y de esperanza. Quizá porque nada hay más bonito que ayudar, y si en esa ayuda se salvan vidas (literalmente hablando), se mejora la calidad de vida de personas enfermas, ese sentimiento se acrecienta al mil por mil. Por supuesto nada es gratis y todos cobramos una pequeña cantidad por el inmenso trabajo que la coordinación supone. Pero la recompensa moral y anímica, aquella que fortalece el alma y nos sonríe una vez pasada la aventura y la locura que la coordinación supone, no tiene precio.

   Coordinar una donación multiorgánica es un caos. Y sin embargo ellos lo hacen fácil. Cualquier duda que nos pueda surgir, cualquier contratiempo, cualquier error, parece solventarse como por magia. La labor escondida de todas estas personas incógnitas, que desaparecen tras el teléfono y tras nombres de pila, capaces de lidiar con un corazón en Santiago de Compostela, un hígado en Almería, unos riñones en Valencia o un páncreas en Madrid, es inconmensurable. Enlaces de avión, aeropuertos, ambulancias, horas de cirugía, nombres en las listas, papeleos varios, faxes, fotocopias… Qué labor ingente y callada, y hecha con el mejor humor, llevan a cabo todos los integrantes de la ONT. Porque nunca tiene  una mala palabra, un mal gesto, sean las doce del mediodía o las cuatro de la mañana; siempre con humor, y hasta se permiten el lujo de dar ánimos si saben que nuestra guardia es además un horror, y saben esperarnos si no podemos atenderles de inmediato, y suspiran alegres cada vez que cometemos un error de forma. Llevamos años conociéndonos a través del teléfono y seguro que, en cuanto pueda, me acercaré allí para conocerlos en persona. Cuán poca gente conoce la importancia de su labor, y todos esos pacientes y sus familias, que reciben la esperanza de un nuevo órgano como un nuevo bautismo, ignoran cuánto le deben, con esa labor callada y poco reconocida pero tan importante, para mantener el círculo de la vida latiendo vibrante y lleno de energía.

   Durante mi guardia procedimos a la extracción multiorgánica. De distinto lugares de España vinieron a por algunos órganos, y nosotros comenzamos a implantar aquellos para los que estamos autorizados. Todo a la vez. Gracias al gran equipo de la UCI pude ocuparme de esta labor maravillosa y a veces ingrata que es la coordinación hospitalaria, pude acercarme a dar la bienvenida a los distintos equipos que llegaron además de establecer todo lo necesario para la realización de los trasplantes y su recepción final en nuestra unidad. Yendo y viniendo entre quirófanos, en la sala de espera tropezaba con las familias alertadas a cualquier hora, esperanzadas y llenas de miedo a la vez. No sabían quién era esa persona que intentaba no parecer que corría por entre los pasillos y que se asomaba de vez en cuando por allí. El ambiente que se respiraba era de expectación y de nervios, exactamente el mismo que en la sala de partos cuando una madre está a punto de dar a luz: el círculo de la vida se cierra siempre, siempre, de la forma menos esperada, en todas partes.

   El cirujano cardíaco encargado de la extracción del corazón me llamó aparte para consultarme sus dudas. Estuvimos hablando un pequeño rato (todo tiene que hacerse con mucha rapidez); parecía un hombre joven, un cirujano lleno de vida y muy preocupado por la labor que estaba llevando a cabo. En momentos así me gusta mucho paladear ese espíritu corporativista, ese lazo de unión que nos lleva a todos: celadores, auxiliares, enfermas y médicos, a hacer el bien sin importarnos nada. Eso es generosidad en estado puro. Pues bien, en un instante de nuestra conversación, el cirujano me dijo:

   – Si tiene cuarenta años… Y una hemorragia cerebral… No sé tú cuántos tienes, pero…

   – Cuarenta.

   – ¡Tío, igual que yo! Y míralo… Parecemos sus hijos…

   Yo me eché a reír. Por un momento él no era un cirujano cardíaco ni yo un intensivista y coordinador de todo aquel tinglado, si no un par de hombres, colegas y coetáneos, que nos preocupaba sin querer el ciclo de la vida en el que estábamos inmersos. Cuántos espejos tiene la Vida.

   Aquella jornada transcurrió rápida y sin mayores dificultades. Gracias al gesto de aquella mujer, joven y viuda, muchas familias recibirían a lo largo de 24 horas el mejor de los regalos: el de la vuelta a la Vida, y gracias a ese hombre de cuarenta años, que parecía quizá nuestro hermano (muy) mayor, cuya muerte significó el viaje a la vida de muchos otros. La donación de órganos es una forma muy real de regalar Vida, de dar y recibir, de unirnos en cadena al ciclo de la vida. Esos niños en la piscina descubriendo un mundo que será menos amable de lo que piensan; aquellos adolescentes de mejillas sonrosadas y ganas de comerse un mundo que será menos generoso de lo que creen, y ese hombre cuarentón, nadando entre las aguas de su edad, de su vitalidad y de sus preocupaciones, forman una cadena única, un nexo fuerte y sagrado: el círculo de la vida gira perfecto, día tras día, en nuestra ignorancia y por nuestro bien, por siempre.

   No cambiaría mi vida por tener veinte años menos. Mis mejillas se sonrosan aún con el contacto del sol; mis articulaciones, apenas pasen un par de semanas, volverán a gozar de una flexibilidad perfecta; mi peso volverá a su sitio y (espero) mis analíticas también. Pero de una cosa soy cada día más consciente: y es de la imperfección del mundo, de su inasibilidad y de su falta de firmeza: nada nos garantiza su seguridad ni su eternidad, salvo el círculo de la vida, que corre por nuestras venas, se detiene en nuestro corazón, y deja sitio, una y otra vez, para todo aquello que está por venir: la infancia, la adolescencia, la juventud, la plenitud y la vuelta a la vida tras la Enfermedad, una vez recibido un órgano donado. Nada hay más importante y nada nos dignifica más, ni nos aporta mayor alegría, que ver el regocijo de las familias cuando salimos a comentar cómo ha ido la operación y lo bien que va… Nada. Ni las horas de sueño perdidas, ni el trabajo sobrehumano que el equipo de la UCI y de los quirófanos sufre, ni siquiera el anonimato injusto de esos héroes anónimos y diarios que pilotan desde la ONT el mejor de los milagros y el más duro y, también, el más simple de todos: el de dar Vida con la vida, y seguir un poco más allá.

   Yo soy Coordinador de Trasplantes. Y me gusta serlo. Y soy donante de órganos. Feliz.

Entre Nochebuena y Reyes/ All about Christmas.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Lugares que he visto/ Places I haven been

   Hay algo importante que late al lado de todos los motivos por los que celebramos Navidad. Y son los regalos. Los regalos como símbolo: la capacidad de dar, de ceder, de regalar, de celebrar la presencia de aquellos que hacen de nuestra vida un teatro infinito y una divina locura.

   Hoy miles de personas rasgan papel, abren envoltorios, disfrutan o se desilusionan con las sorpresas que contienen esos paquetes en los que a veces envolvemos un sueño y otras una obligación. La Navidad es un símbolo que recoge en el fondo el maravilloso don de dar, de regalar: desde una sonrisa hasta el más sofisticado aparato electrónico, el hecho de dar, de compartir hace de este período el más bello y triste de todos los que vivimos a lo largo del año.

   Hace un año reflexionaba sobre lo que había ocurrido en el 2010. Ayer, durante la guardia de la Noche de Reyes, mientras conversaba con el equipo de guardia e intercambiábamos comida en un pequeño ágape hecho de cariño y de ganas, algo me llevó a hacer lo mismo. Por supuesto y más importante, gozaba de Salud. Y mis familiares más cercanos también, aunque algo más abollada y renqueante. Eso es digno de celebrar con la mayor de las fiestas, desde luego. Pero además el año que se fue me regaló muchas cosas, demasiadas quizá, no merecidas sin duda, y algunas renuncias que sólo con el tiempo adquieren forma y estructura y parecen encajar en el fino entramado de los días que vivimos.

   He recibido un nuevo trabajo, perentorio e inestable como cualquier otro, en el momento en el que interiormente pensaba en cambiar mi vida en ciertos aspectos. Una frontera que desconocía, una forma de trabajar en Medicina que no sabía que podía ser posible. Tal hallazgo y tal regalo me llegó de sorpresa e intenté amoldarme a él de la mejor forma posible en el corto espacio de tiempo del que dispuse. No lo hice mal pero tampoco bien, y mi escasa plasticidad para aceptar cambios bruscos no ha contribuido a ello. Y sin embargo me siento algo más útil, tengo nuevas ideas, creo que lo que hago, al menos en parte, puede ser posible. Y eso me ha dado una fuerza pequeña pero continua, que me hacía falta.

   Durante el año perdí a personas que apreciaba y sin embargo gané en libertad. Siempre quebradiza, siempre huidiza, pero ahí está. Si miro hacia atrás veo locuras hechas, tonterías que no deberían haber ocurrido, pero también encuentros extraordinarios, fogonazos que me abren los ojos y me dan más luz. Todas las personas que he conocido y que han entrado a formar parte de mi vida han aportado calidad y cierta estabilidad y una riqueza que es difícil traducir en palabras, pero que está ahí. Las personas que habitan en el pasado, aquellas que han querido abandonar la travesía común, y aquellas que se han adherido a ella, han hecho de mi vida, de mi personalidad y mi forma de pensar, una nueva tierra; han servido de catalizadores en este estudio y en este descubrimiento continuo que es ser yo mismo.

   He recuperado una amistad perdida en el tiempo, resquebrajada y curada; he sido un imbécil y he permitido que mi orgullo se entrometa en lo que siento; y sin embargo he sido capaz de sobreponerme a todo eso y ahora, en el lugar en el que siempre ha debido estar, ha retornado como si nunca se hubiese ido, y prefiero no ver las cicatrices que la vida nos ha dado, y mirarle a los ojos y disfrutar de su sereno vivir, de su sabiduría lenta y profunda como un surco de tierra que lleva escondida una promesa, un futuro encantador.

   Entre Nochebuena y Reyes la vida se suspende; recordamos lo que más nos duele, nos rodeamos de lo más querido. Yo quiero mucho y anhelo mucho y pierdo mucho, pero la Vida está ahí, siempre a mi lado, para recordarme lo bendecido que soy, la inmensa suerte que tengo incluso en la zozobra de los días que vivimos, y que siempre, siempre las cosas pasan, todo pasa y quedamos nosotros fuertes, tambaleantes pero erguidos y con una sonrisa entristecida pero única en el rostro.

   Por eso entre Nochebuena y Reyes he querido rendir homenaje a todo lo que la Vida me da; la suerte de trabajar, por más inestable que éste sea; la inmensidad de una vida saludable rodeado de seres que son un mundo en sí mismos, generosos y únicos, con sus peculiaridades y sus problemas, sus misterios y sus realidades.

   En este año que se ha ido he perdido de vista mi propia ciudad, que es una joya de maravillas, pero he podido viajar por Madrid, por Bilbao, por Barcelona, por Santander, por Oporto, por Berlín. Y por cada una de los lugares del mundo que me atraen gracias a la imaginación. Los mejores museos, las obras de arte más impactantes; la arquitectura excelente, los mejores platos, todo lo he saboreado gracias a esa capacidad generosa que nos regala la mente cuando cerramos los ojos.

   Y en este año que concluye, cada uno de los pacientes que han pasado por mis ojos me ha regalado la oportunidad de ayudarles, de comprenderles, de aceptarles. Y con cada uno a mí mismo, cuan difícil y a veces doloroso que esto sea.

   Entre Nochebuena y Reyes celebramos el don de dar. Y también, implícitamente, el de agradecer… Y yo sólo puedo dar las gracias por lo bella que es la Vida conmigo, que me da sus dificultades y sus momentos de paz para que pueda descubrir esa luz que está en mi interior y disfrutarla.

   Un año más.

Esta vez/ This time.

El día a día/ The days we're living


Esta vez casi lo logramos, ¿verdad?

Esta vez todo parecía encajar, las locuras y los deseos,tu locuacidad y mis silencios.

Esta vez casi logramos viajar al infinito, ¿verdad?

Esta vez el mundo pareció resumirse en una noche, y la luna bañaba nuestros sueños y con las estrellas hacíamos poesía.

Con la arena de la playa hicimos un hogar para los dos, y en el rumor del oleaje nos quedábamos dormidos uno junto al otro, con los brazos y las piernas envueltos en remolinos de espuma.

Al amanecer el sol entraba en la habitación desnuda y nos encontraba abrazados, y todo parecía fácil. Esta vez yo tenía todas las respuestas escritas en la mano, pero al abrazarte se tatuaron en tu espalda, de suerte que si quería verlas debía besar esa meseta que llega hasta tu cuello.

Esta vez, cerca del mediodía, mientras comíamos pequeñeces entre nuestros dedos, el tiempo parecía diluirse, fusionarse con las rimas de tu boca y el anhelo de mis ojos. Esta vez, corriendo tras de ti, parecía que podía abrazarte. Y parecía que te amaría por siempre.

Esta vez todo parecía posible, hasta lo imposible: tú y yo.

Pero no pudo ser. Y se ha terminado.

Esta vez.

El arte de equivocarnos/ Learning to err.

El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

   Antes de ayer, a primera hora de la tarde, me llamaron para valorar un paciente con urgencia en la planta de Neurología.

   Ochenta años, cáncer de próstata en estadio terminal pero con muy buena calidad de vida previa a este episodio, actualmente con un problema neurológico (lo más probable causado por el tumor o, como lo llamamos, paraneoplásico) que puede corregirse pero con respuesta pobre al tratamiento inicial. No me pueden asegurar que se corrija este problema neurológico con la nueva terapia acabada de iniciar, pero estaba tan bien hasta ahora que…

   Dejo que la voz del neurólogo y lo que me parece su actuación hasta el momento desaparezcan como un zumbido en mi cabeza. Mi vista no se aparta del paciente, un hombretón desesperado por buscar aire, nervioso y sobrecogido en su incapacidad. La enfermedad neurológica que padece le impide tener fuerza suficiente en los músculos, por lo que a pesar de lo que se esfuerza, respirar para él es casi imposible. La imagen que da es desesperante. Como un pez que sacamos fuera del agua, boquea e intenta alcanzar un impulso de aire casi sin éxito; como un pez fuera del agua, sin la ayuda necesaria morirá asfixiado. Una de las peores formas de morir.

   Con este cuadro ante mis ojos intento reflexionar con el neurólogo, cuya buena fe choca frontalmente con mi practicidad y cierta indignación, ya que había dejado que el paciente llegase a aquella hora de esa manera. Parte de mi ego lucha conmigo mismo porque se siente burlado, ya que sabe perfectamente que nunca deberíamos llegar a esa situación con cualquier paciente sin prestarles ninguna ayuda; parte de mi sentido del deber arroja alarmas sobre las posibilidades de un ingreso semejante, y lo que me queda de humanidad, clama por dejar a ese paciente a su evolución natural y ayudarle a que el tránsito sea lo más cómodo posible.

   La reflexión queda sólo en un intento. Ofuscado por mi negativa, el neurólogo argumenta una y otra vez con fórmulas simples y muy manidas que no me convencen. Sé que es un error ingresarlo; sé que es un error dejarle así, buscando aire de forma enloquecida, desesperado y perdido. Le expongo mis puntos de vista y la posibilidad de ayudarle desde allí, encargándome yo mismo de eso. El médico sigue en sus trece, empeñado en hacer todo lo posible sin importar las consecuencias. Yo no estoy de acuerdo. Sí importan las consecuencias. Y mucho. Pero los minutos pasan y el paciente está cada vez más desesperado. Son sus ojos cuando me miran los que hacen que me decida.

   Maldiciendo en alta voz, accedo a ingresarlo. El neurólogo respira aliviado y yo resoplo enojadísimo. Llamo inmediatamente a la unidad para que el equipo de UCI prepare un ingreso urgente y salgo como en una estampida de la habitación. Mi colega intenta seguirme argumentando posibilidades de tratamiento.

   – Podrías probar con una ventilación no invasiva…

   Me detengo en seco y casi tropieza conmigo. No sé quién es. Ignoro cómo se llama. Es nuevo (al menos para mí).

   – ¿Pero no ves que está para intubar inmediatamente? ¿No te das cuenta que es incapaz de respirar? ¡Sólo te he pedido que me digas qué venenos neurológicos tengo que seguir poniéndole y no me has respondido aún! Del resto ya me encargo yo.

   Y bajo corriendo las escaleras, dejándole con la palabra en la boca.

   No sé qué nos pasa. De verdad ignoro porqué somos tan diferentes en nuestras actividades profesionales. Qué nos lleva a tener miedo y zafarnos de la responsabilidad, o qué nos hace creer a pies juntillas en algo que claramente se ve que no tendrá efecto (aunque a veces ocurre el milagro y es digno de admirar); qué nos mueve a entrometernos en la labor ajena unas veces por buena voluntad y otras simplemente por egocentrismo; por qué tenemos tanto miedo a la muerte y que nuestros pacientes fallezcan… No lo sé. Todo eso y más estaba envuelto en el problema que se me presentaba y que había finalmente aceptado. Estaba furioso y furibundo bajé las escalares sin prestarle la más mínima atención a la voz que me hablaba por detrás.

   No me comporté con educación. La perdí en el proceso de discusión. Eso no está bien. Puedo alegar que la situación era surrealista (y lo era). Pero también puedo decir que no es la primera vez. Puedo argumentar que mi colega me había llevado a ese estado basándose en su inamovilidad y en su pequeño sentido común. Es cierto. Pero eso es algo con lo que debemos lidiar día a día. También puedo añadir que su humanidad me pareció inhumana, pues anteponía una posibilidad a la realidad de su enfermo, y una fe en la ciencia a la comodidad de su paciente. Todo es válido, pero mi actitud no fue la correcta. O al menos no del todo. Aunque me despedí y me urgía llegar a la UCI porque el paciente necesitaba de una actitud inmediata que se había pospuesto a lo largo de toda la mañana, debí hacerle ver lo que yo consideraba un error y que mi decisión de ingresarlo no se basaba en lo que él me dijera sobre la enfermedad que padecía el abuelo, si no en el propio enfermo, que enloquecía por falta de aire y cuyo próximo fin, abrazado a esos estertores a los que ninguno del equipo prestó la mínima ayuda, necesitaba que alguien se ocupase y de forma inmediata. Debí decirle que primero es el enfermo y después las cavilaciones teóricas, y que la voz de un especialista sobre su especialidad vale más que sus propias ideas sobre el particular.

   En fin. Ingresamos al paciente, lo intubamos inmediatamente y casi de inmediato todos los problemas que había previsto y que expuse en la habitación del enfermo aparecieron como por arte de magia. Mi humor, a pesar de todo ello,  o quizá porque había asumido todo aquello, se atemperó a medida que el paciente se estabilizaba; cuatro horas después, con cierto tono conciliador pero todavía resentido, llamé al neurólogo para pedirle que bajase a exponer el tratamiento neurológico que necesitaba. El pobre hombre hacía aguas por todas partes, y sin embargo fue darle la primera dosis de mórficos y verle una sonrisa ligera; fue sedarlo e intubarlo y ver que el respirador hacía su trabajo y él descansaba tranquilo, y recuperar mi calma todo uno. Sabía que se iba a morir, sé que se va a morir, pero al menos lo haría en paz y con la mayor comodidad posible.

   Cuando el neurólogo llegó a valorarlo de nuevo, supongo que se dio cuenta que había que haber actuado antes y que parte de mi enfado se debía a eso. Se acercó a los pies de la cama del enfermo y me saludó. En aquel momento el corazón del abuelo empezó a dar problemas: arritmias de todo tipo, un síndrome taquicardia-bradicardia, una taquicardia ventricular, yo qué sé. Aquel baile de arritmias y su consecuente descalabro hemodinámico sólo eran una mancha más en aquella situación desesperada. Una vez estabilizado (o más estable, porque nunca conseguí frenarla del todo), pude hablar con él. Me explicó el tratamiento que desde su punto de vista debía seguir (ninguno) y que lo mejor era esperar a ver la evolución. Yo me apoyé en una pared y me eché a reír resignado. Era justamente lo que me temía que iba a suceder.

   Al despedirse de mí, se acercó.

   – ¿Cómo estás tan seguro que va a morir? Hay que darle una oportunidad, o eso creo yo.

   Le miré sobrepasado por su ingenuidad o por su exceso de confianza, no sabría decir muy bien. El enfermo ya no era responsabilidad suya y podía permitirse frases ingeniosas como ésa.

   – Bueno… Además de lo que ya has visto, porque tiene 80 años, una enfermedad terminal y una enfermedad neurológica de respuesta errática. Vamos, no hay que ser un lince para ver que tiene muy pocas posibilidades.

   Asintió.

   – Sí, pero todavía puede salir…

   – Todavía.

   Le dije conciliador, y le mostré la puerta de salida.

   Aquel abuelo estuvo inestable toda la noche. Las arritmias arreciaron; despertó; durante unos instantes estuvo asustado, pero una vez que la diligente enfermera le explicó lo que pasaba y le hizo sentir a salvo, cerró los ojos entregado y se dejó llevar. Con un poco de sedación y un poquito de analgesia, pudo dormir bien por primera vez en cuatro interminables días. Su resistencia física era asombrosa y su dejarse hacer mucho más.

   Todos nos equivocamos. Ya el tomar una decisión acarrea esa posibilidad que debe ser asumida. Equivocarse no nos gusta, pero es algo inherente a nuestro quehacer. Intentar tener razón siempre es una utopía, pero aferrarse a ideas peregrinas en nuestro día a día lo es mucho más. Que en la vida todo es posible es una certeza; que en Medicina todo se basa en probabilidades también, y por ende hay excepciones. Sin duda. El arte de equivocarnos está en saber domeñar nuestros miedos, en casar nuestra experiencia con nuestro saber y con nuestra humanidad, encontrando el punto en el que la voluntad de hacer lo correcto se marida con el bienestar y se relaciona con la Salud, que es la falta de Enfermedad, sí, pero también la consecución de la dignidad individual y la ausencia del malgasto.

   Puedo equivocarme con este paciente. Puede que su fortaleza sea mayor que sus 80 años y que su cáncer y salga adelante. Cómo saldrá de sobrevivir es algo que prefiero no imaginar. Ahí radica mis limitaciones y en ellas asiento mi responsabilidad. Es mi deber sopesarlos y decidir en consecuencia, guiándome siempre, siempre, por el bienestar de los enfermos.

   Y sin embargo sé que va a morir. Porque así es el flujo de la Vida. Y está bien que eso ocurra.

   Por la mañana, el abuelo seguía inestable. Durante un momento abrió los ojos y me miró fijamente. Aquella tarde lo hizo para expresar su desazón por la asfixia, esa angustia que agarrota todo acto de voluntad, y que hizo que me decidiera. Los ojos que me miraron ayer por la mañana estaban cansados pero también agradecidos. Ya no estaba poseído por esa angustia, por ese vértigo de la Muerte. De venir, ésta lo hará con calma, sin dolor y con dignidad, que es lo que más me preocupa en estas situaciones.

   Su mirada era de agradecimiento y de algo de temor. Lo supe, era fácil de adivinar.

   Le tomé de la mano y se la apreté.

   – Todo irá bien. Ahora sí.

   Y cerró los ojos, quedándose dormido. Yo dejé su mano sobre la cama.

   Sé que me entendió: no le hablaba de curar, si no de Vivir, que quizá sea la mejor forma de Curar. Y eso es lo que él quería oír. Saliendo de ésta vivo o muerto, ahora sabía que estaría cuidado y que nada tenía que preocuparse.

   Esto es lo que quería decirle a mi colega de Neurología; lo que me gustaría transmitirle a todos los residentes que se forman con nosotros; lo que he aprendido en casi doce años de práctica médica. No me importa equivocarme (y eso que me molesta muchísimo) siempre y cuando el paciente obtenga lo que necesite y se encuentre cómodo y en paz. Tanto en la vida como en la muerte. Eso es lo que para mí significa habitar en el Tiempo de Curar.

   Pero aún me queda mucho por aprender y mucho por equivocarme… Es lo que tiene el Arte de la Medicina: que es eterno, y en su eternidad, pasan los días como pasan los años, y no deja de renovarse nunca.