



En un vídeo en YouTube, dos caballeros: Mikel y Francesc, se retaron a leer cada uno la novela favorita del otro. Todo caso que Mikel Fernández Bilbao se haya inmerso en una cruzada para lograr que la mayor parte de los visitantes a su canal lean todos lo libros de Jane Austen (algo que he cumplido con gusto), y Francesc Gascó tiene la suya propia para acercar Ciencia y Paleontología a legos y colegas de una forma distendida e informativa, no cabía otra posibilidad que los libros elegidos por ambos fuesen los más cercanos a sus gustos y corazones: Persuasión, de Jane Austen y Parque Jurásico, de Michael Crichton. Y me dije a mí mismo que cogería el guante de ese reto.
No es que tuviese un prejuicio contra la(s) obra(s) de Michael Crichton; creo que los tenía todos. Y no porque fueran malos (no podrían serlo siendo así que fue un escritor muy vendido y polifacético, además de colega de licenciatura); si no porque eran muy vendidos. Lo cual puede que no tenga sentido; pero cuando ocurre algo así, en mi interior hay un resorte que se retrae y me impide si quiera sopesar la posibilidad de leer algo de esas características. Las letras palomiteras, absorbentes, que se leen sin paladear bien la historia o en los que los protagonistas de los relatos pesan más que todo el armazón que los sustenta (esqueleto que es básico en la aparentemente sencilla creación de un bestseller), habían tenido ya su lugar en mi vida de lector, y aunque Parque Jurásico se editó cuando yo tenía tan sólo veinte años, ya me sentía a años luz de esos fenómenos literarios. Sí: tenía esa mezcla de resabidillo y esnob que escondía muchas carencias y, también es cierto, poseía una sensibilidad y un gusto literario un poco por encima de lo considerado normal para esa época. Lo que ocurría es que había devorado, pero literalmente comido a bocados, bestsellers desde los doce años: Jeffrey Archer, quizá mi favorito; Colleen McCullough; Sidney Sheldon, Judith Krantz, Corín Tellado, Margaret Mitchell, J.J. Benítez y un largo etcétera, me habían llevado entre los amoríos imposibles, los mundos oníricos e improbables de riqueza y destrucción, los bajos fondos con sus más bajas pasiones, a un estado de agotamiento lector del que no me he recobrado del todo incluso ahora.
Dicho esto, acercarme a Parque Jurásico (película) ya me pareció ejercicio suficiente para demostrar lo abierto de ideas que era ese jovencito veinteañero, cuyos gustos por cintas taiwanesas (Ang Lee) y chinas (Zhang Yimou) y algunas francesas e inglesas y australianas (La boda de Muriel y Priscilla, reina del desierto siguen brillando hoy con el mismo fulgor que cuando se estrenaron) pintaban su cielo celuloide de entonces. Y tras verla y sentirme fascinado por la técnica de la película y esas cosas (me dejó un tanto frío en sí misma, pues sigo pensando que está a años luz del mejor Spielberg aventurero: En busca del Arca perdida, Encuentros en la tercera fase o Tiburón son casi irrepetibles), borré de mi cabeza su existencia. Hasta que Francesc Gascó apareció con su encantadora forma de comunicar pasión y belleza por la Paleontología, y su machacona referencia al mundo jurásico de Michael Crichton.
¿Qué pueden tener en común Persuasión y Parque Jurásico? Algo nuclear: la obsesión por controlar un mundo en constante zozobra y hallar, en medio de esa labor agotadora, la estabilidad. En el mundo de Jane Austen, el destino de la Mujer (su búsqueda por encontrar un marido que le garantice un mínimo de derechos de los que carece por su género; las discretas manipulaciones que son, en realidad, sentencias de vida; los sueños, los sentidos y sentimientos que embargan a los seres humanos, que los unen o los separan para siempre) y la concienzuda observación de la psicología humana, de los secretos del alma, tejen tramas casi siempre similares, pero que sacan a la luz lo mejor y lo peor de la raza humana: en sus páginas, descritas con gran lucidez y sencilla certeza, la manipulación, el maltrato, los malos entendidos, las esperanzas vanas, las expectativas y las decepciones tejen una historia coral que es llevada por mano firme y trazo ligero, donde la levedad de lo obvio esconde una profunda enseñanza moral, o mejor, el retrato descarnado de la bajeza humana y sus ansias por mejorar, o al menos aparentar que se puede ser algo más que un individuo que sacia sus apetitos y que busca desesperadamente un salvavidas que le asegure la estabilidad y, a veces, también la felicidad.
En Parque Jurásico encontramos algo similar, pero escondido tras la ciencia y al tecnología. El hombre que juega a ser Dios, que ignora los ritmos intrínsecos de una Naturaleza que desconoce al considerarla enemiga y no aliada; que intenta traspasar la barrera de lo finito con obras colosales; que comete errores y se niega a aceptarlo. Pero también el niño deslumbrado por lo imposible, la fascinación por un mundo perdido que se recobra y, por encima de todo, se posee. Un reflejo de la sociedad tan actual hoy como en el momento de su publicación.
Persuasión es una oda a la carencia de carácter, al descubrimiento de que la intención humana, maleable por las influencias ajenas, puede llegar a perder la grandeza que le está destinada; en Parque Jurásico la grandeza deslumbra tanto que olvida el alto precio que se paga por ella y que, como Ícaro o Faetonte, ese peaje conlleva quizá incluso perder la vida, a fin de cuentas ser dios es más difícil que ser hombre, y acarrea más responsabilidades de las que pensamos. En ambos relatos los sueños son posibles; sentimos el pesado paso de un dinosaurio, ese levantar tranquilo de un cuello enorme que se alza por sobre la vegetación selvática; oímos el engranaje de la biotecnología, que agrupa ácidos nucléicos como ladrillos sobre los que se erige una raza muerta, un mundo perdido, una forma de ver la vida que ya no encaja con la historia que la representa. En Persuasión la bajeza humana está presente, pero también el secreto espíritu que puede hacerla bella de repente; en Parque Jurásico el fulgor del Empeño da lugar a un sueño quizá equivocado pero atrayente, y oímos la pesada máquina de la Economía y de la Fama como fantasmas aviesos y evanescentes que corroen el orgullo humano y lo degradan hasta su máxima destrucción. Unos se sienten persuadidos por su carrera, por sus hallazgos, por el poder de sentirse únicos, por la intoxicante idea de llevar siempre razón. Y otros, por alcanzar, mediante intrigas, un reconocimiento social y una seguridad económica que el destino, a veces, parece empeñado en negarlo siempre.
Y en ambas novelas, con doscientas páginas de diferencia, con doscientos años de distancia, nos permiten soñar largo y tendido sobre lo que pudo haber sido y no fue, o lo que el viento se llevó una vez y que nunca más volveremos a poseer. Hay una gran lección en estos textos, una lección que bien nos valdría aprender de nuevo. Para dejar de manipular la vida, para conocerla mejor antes de poseerla, y para dejarla a su libre albedrío, que sabe más en su aparente inconsciencia que nuestro yo supuestamente ávido y consciente.

Si hay algo fascinante en una historia sencilla es que no es simple. Si hay algo maravilloso en el arte de escribir una historia que llega al corazón por la vía más rápida, que es la de la fluidez, Benito Taibo lo consigue con creces en Persona normal.
No hay nada de normal en la historia de Sebastián y su relación con el mundo; todo es fascinante, todo es un descubrimiento, una aceptación, un crecimiento vertical para rozar las estrellas. Nada hay más hermoso que un amor que nace, que se sustenta de alegrías pequeñas, que se enfrenta a los problemas del día a día y que aprende a discernir, a tamizar, a soñar y, finalmente, a expresarse en sus cualidades más elevadas como en el amor que hay entre Sebastián y su tío Paco.
Persona normal es un canto a la Literatura. O mejor: a la Lectura. Demuestra que podemos ser la mejor versión de nosotros mismos encontrándonos en la experiencia de los autores, en esos océanos de palabras hilvanadas, de narraciones que son símbolos (incluso algunos puntualmente incorrectos o demasiado teñidos de una idea de socialismo que nunca ha existido) y que, como todo Arte, consigue sembrar inquietudes, sueños, anhelos y realidades en el tejido latiente de un corazón que crece y madura y se hace un adulto ideal.
Persona normal habla sobre el hombre que todos podemos ser. Habla sobre la convivencia y sus roces, sus salidas maravillosas, la magia que el entendimiento y el acercamiento de posturas consiguen sembrar en dos temperamentos distintos, en dos formas de ver la vida, y que sin embargo se reconocen, se aceptan y se complementan hasta hacerse uno, único, universal.
Desde los libros de aventuras hasta la poesía más excelsa; desde la narrativa más abstrusa hasta el ligero aroma de la prosa suave, Benito Taibo nos enseña a enseñar, a formar y a cambiarnos a nosotros mismos a través de la lectura y de un pacto profundo y secreto con nosotros mismos. Es la historia de Sebastián, de niño a hombre, y del tío Paco, de hombre a niño: caminos inversos que se cruzan y se hacen únicos para siempre.
Es un libro para paladear con gusto, para leer y volver a leer sin cansancio. Toda la historia del pensar humano (del saber humano) se haya en esas páginas llenas de un lirismo a flor de piel que huele a fantasía y certeza, a vértigo, caída y ascensión; cada año de Sebastián es un paso para nosotros; cada día del tío Paco es una aventura en la que quisiéramos participar. Y lo hacemos, porque somos seres humanos que nos mantenemos con vida.
Además, es una guía maravillosa para que los niños, los adolescentes y todo aquél que jamás haya leído, encuentren los tesoros incalculables de belleza, de sabiduría y entretenimiento que somos capaces de crear, dentro de nuestra idiotez como raza, los seres humanos.
Todo es bello en Persona normal. Todo es una caricia con sabor mexicano, con aroma latinoamericano, con espíritu universal. Una historia que merece no sólo ser leída, si no ser compartida y pensada y sobre todo, por encima de todo, sentida, admirada y releída una y mil veces. Mafalda, hazle sitio. Porque, como en ti, hay en Persona normal un disfraz que esconde (poco) la sabiduría de una raza y, aún más, el dulce sabor del amor, la confraternidad y un himno a la libertad de ser nosotros mismos.


Hace años, antes de las definiciones sesudas (más valdría decir periodísticas) que han puesto sobre el tapete de la actualidad actuaciones vergonzosas y maleducadas creando alarma social donde sólo debería haber educación y respeto a los demás, ya existía la raza humana que llamábamos Gallitos.
Esos personajillos, los tíos duros de la escuela, los matones veinteañeros, los abusadores de los treinta, los manipuladores de los cuarenta y los chulos de la edad provecta. Personas que basan su sentido de ser dentro del marco de una supuesta aceptación grupal y que tienden a sojuzgar lo que no les gusta, lo que les difiere, ignorantes que una bisectriz no es más que el punto de unión de todas las diferencias del ángulo de la vida.
El niño abusón por su físico más grande; el niño respondón con su lengua viperina; el niño cuyas normas sociales no les son enseñadas en el hogar; el adolescente arisco que no le importa destruir una amistad incipiente a favor de un detalle hiriente, una ocurrencia que le acarrea una fama efímera en su más efímero grupo de amistades, ignorante todavía que el mundo evoluciona más rápido de lo que crece. El abusador que en el campo de trabajo maltrata a sus iguales, creyendo tener siempre la razón; que denigra a los subordinados con actitudes escandalosas, que marca el terreno de juego y las personas con las que desea jugar; que marca la diferencia con orina, sudor o una palabra acerada e hiriente: Gallitos.
Hoy tienen otros nombres, pero no, NO son novedad. El bullying, el mobbing, la discriminación por raza, género, edad o sencilla antipatía; aquel que abusa por malas formas, que divide siguiendo criterios aleatorios que intentan insuflar un ego muerto. Todas esas actitudes que nacen de una carencia importante de empatía social y que tanto nos alarman hoy tienen en su origen primigenio una debilidad, un sentido de la superioridad dentro de un marcado complejo de inferioridad que la sociedad alimenta, alienta y, además, premia.
Los gallitos están por doquier: en las escuelas, las universidades, en el patio de recreo, en el hogar, en el trabajo. Y todos presentan el mismo patrón. Nada ha cambiado desde que un niño de once años, harto de murmuraciones, supo discernir, entre verborrea y lágrimas, el inmenso daño que sus compañeros de colegio le estaba infiriendo ante tanta burla gratuita, ante tanto sin sentido; ese niño habita en la persona que tiene que tolerar discriminación laboral simplemente porque difiere en la forma de seguir a un líder de pacotilla y cuyo aporte a la labor diaria no es mayor que el del más pequeño de los residentes hospitalarios.
No necesitamos anglicismos para definir y señalar un problema tan extendido, tan frecuente, tan difícil de resolver: siempre habrá gallitos en cuanto la personalidad de esos seres sea deficiente, en cuanto la diferencia prevalezca sobre la igualdad (que no el igualitarismo), en cuanto necesitemos, para afirmarnos como pequeños reyes, una magra parcela de poder efímero e inútil.
Estos días he comenzado a practicar (es un decir), Crossfit. En un gimnasio se reproduce al infinito actitudes similares. Toda vez que intento salir de mi zona de confort (hagamos un homenaje a Francesc Gascó empleando un término que tanto le agrada), me vuelvo patoso, torpe, irrefrenable, estorbable. Mi propia experiencia con el esquí es una prueba de ello. Cada día de esta semana he acudido allí algo nervioso, por molestar más que aportar algo al grupo, y sin embargo pese a mi escasa fuerza y mi torpeza y el desconocimiento no sólo del idioma crossfitero (hablan en lenguaje extraño, klindong al menos) si no de la técnica, encontré un espíritu combativo pero abierto, con ganas tímidas de echar una mano (esos ojos de pena continuada con que muchos se me quedan mirando) y con verdaderas ganas de que, siendo extraño, me vaya sintiendo poco a poco parte de ese nuevo universo recién descubierto.
La forma de erradicar (no me gusta combatir, porque significa lucha entre seres que se consideran distintos) el hoy llamado bullying o el mobbing, no está en denunciarlo, porque son actitudes generadas e impulsadas desde el hogar, si no en fomentar en la familia valores de pertenencia, de arraigo, de camaradería; cuando no hay diferencias, lo distinto no deja de ser un rango exótico, algo que marca a una persona y la hace única, y cuando no hay diferencias, nos damos cuenta que la verdad tiene muchos matices y que cada persona, en su individualidad, no es más que un reflejo de sus múltiples caras.
Pero eso exige un trabajo existencial, una labor física titánica. Como con el esquí. Como con el Crossfit. Pero, mal que bien, es posible. Y cada niño que aprende, cada adulto que comprehende, nos acerca un poco más a ese estado de entalpía divina en donde la Enfermedad, el Desamor, el Olvido ocupan un lugar de importancia en las emociones humanas sin devastarnos en el proceso de aprendizaje, que es la razón última de estar, al fin, con vida.
Suena la música. Lo ha estado viendo toda la noche. Se conocen. Por internet, ese mundo virtual donde todo es posible, hasta el roce si la imaginación se acerca lo bastante, y hasta el enamoramiento, que no es más que una ensoñación más consistente.
Quedaron una vez para un café que se prolongó una hora más de lo debido y que dejaron a medias porque había un compromiso que cumplir. Uno se dijo que la próxima vez sería mejor, el otro creemos que ni pensó que la hubiese.
Pero la hubo. Uno llegó tarde mientras el otro deshilachaba el cojín roído de un café venido a menos; ya no había la clientela que le daba modernidad. Por eso le gustaba: un local curtido sin estar derruido, con ese encanto decadente de lo hermoso que es olvidado.
Llegó tarde sin prestarle atención, un lío quizá o un embrollo o una mentirijilla. Ambos lo saben: no le dan importancia pues a uno sólo le importa verlo a su lado y al otro le trae sin cuidado. Pero sonríe, porque quien le espera le trata bien sin motivo, sin esperanza alguna. Hay personas inalcanzables por muchas razones, físicas la mayoría de las veces; a veces hay otras parejas, pero la fluidez de los tiempos modernos hace olas de esos escollos que ya no importan mucho; en general son prejuicios incómodos, vanas leyes con las que nos gobernamos a nosotros mismos. A pesar de todo le gusta su cercanía, que mantiene a buena distancia, y la compañía eterna de su móvil le ayuda a pasar el rato.
Piden un café. Perdón, unas tostadas de pan integral y tomate natural. Y stevia. Uno no ha podido merendar; el otro sólo come con los ojos de lo a gusto que se encuentra, viéndolo tan cerca, aunque tan lejos de tanto que se abstrae con el móvil. Y, aunque atontado, no es lo bastante tonto como para no ver que se distrae demasiado tecleando y no respondiendo a una conversación que se va pareciendo más a un monólogo.
Y mientras come las tostadas y el café con edulcorante, absorto en el hambre que se sacia, habla de naderías, como con un desconocido con el que comparte ciertas aventuras a distancia, a veces con material gráfico, la mayoría en realidad con frases que pueden sonar tópicas y manidas, pero que en ciertos corazones dejan un huella imborrable.
Uno es el mar que todo lo arrastra y el otro la arena que todo lo absorbe. En un momento se sonríen, cuando las dos manos se encuentran buscando aceite y azúcar blanquilla. Y esos ojos brillantes y esa nariz perfecta, y esos labios abiertos le dan vueltas a un corazón al borde del enamoramiento. Uno de los dos se da cuenta y recula. El otro capta la maniobra de repliegue y cambia su expresión, tornándola anodina. Tan cerca, tan lejos.
Y esa noche vuelven a encontrarse. Uno acude a la cita porque cumple con un compromiso de patrocinador de carrera incipiente; el otro, porque ha sido invitado paralelamente, tras correr la invitación por seis pares de manos antes que en las suyas, y sólo aceptó ser el tercer plato porque el nombre de aquél estaba grabado.
Se abrazaron como si no acabase el mundo, y sin que nadie les viera, se acariciaron la oreja con una complicidad ínfima. Unas palmadas en la espalda, una sonrisa a medio hacer, un autorretrato con signo de victoria muda, y se despiden porque llega el siguiente invitado. Tan cerca, tan lejos.
Y las miradas se encuentran de vez en cuando, entre la marea de gente que va y viene. La música comienza a sonar y los pies se animan y el corazón se inflama de esperanzas vanas. Se convence a sí mismo que es lo mejor, y aprovechando un raro momento de soledad, se acerca al otro para invitarlo a bailar. Alarga la mano, y al llegar a su altura se quedan mirando cómplices. Todo parece cambiar, alarga su brazo y lo lleva a la palma de la invitación… Y lo transforma en un apretón de manos. Unas palabras vacías, pero muy educadas, salen de esa boca que besó sólo una vez en un encuentro fugaz que tuvieron, donde las esperanzas se encendieron de nuevo, tan cerca estuvieron, y tan lejos…
Suena la música. Está a unos diez pasos de él. Se lo sabe de memoria. Cierra los ojos y dibuja cada poro de su piel, cada tatuaje escondido y cada átomo de su aroma, que se ha grabado en la memoria. Y su sonrisa, que ya no encuentra… Tan cerca están uno de lo otro, y sin embargo tan lejos de lo que pudieron haber tenido…
Suena la música. Se conocen. Se han estado viendo toda la noche. Uno para acercarse, el otro para alejarse. Quizá fue un error por su parte; quizá el pobrecillo no puede entender que alguien así se fije en él sólo por agradecimiento, o lo que es peor, por condescendencia… Se siente generoso por haber regalado su compañía a un admirador tan caluroso, y con eso, tiene bastante…
Y como se conocen, uno teme que haya sido sólo eso; el otro está convencido que así es suficiente… Quizá pudiera haber sido de otra manera si… ¿Para qué perder el tiempo que es oro?… ¿Quién sabe? Sólo sabemos que uno y otro es tan tan cerca que casi pueden olerse, besarse, acariciarse y ser uno solo, pero están tan lejos que nunca podrán saber lo muy felices que ambos serían jamás, si se dejaran la oportunidad de conocerse mejor y de seguir juntos un tiempo más.
Gracias a Javier Ruescas, cuyo canal de YouTube ha sido una sorpresa para mí de la mano de su amigo Francesc Gascó, he leído los dos libros publicados del jovencísimo Chris Pueyo: el primero, una memoria de sus memorias (El chico de las estrellas) y el segundo, un poemario ilustrado (Aquí dentro siempre llueve).
Chris Pueyo pertenece a esa raza de hombres valientes que remontan el más puro vuelo gracias a una sensibilidad extrema, con la que revelan su inteligencia y más íntimamente, la grandeza de la empatía y de la integridad de los sentimientos.
El chico de las estrellas, un libro azul y blanco, es el relato de su vida, una lucha constante contra sí mismo y las circunstancias; es la demostración que las personas pueden sobreponerse, con la esperanza atribulada de lo desconocido, a su presente, y consiguen transmutarse, ser ellas mismas, una vez reflexionan, aceptan y dejan todo lo malo atrás.
Chris Pueyo no ha tenido una vida fácil, y no lo esconde. Y sin embargo es capaz de narrarla con una belleza poética que casi raya en la fantasía, con la fortaleza que le da saberse una persona nueva, un individuo más abierto y empático gracias a ese cúmulo de desgracias que le acecharon desde pequeño y que van quedando, a fuerza de intención, detrás de sí mismo.
De los abusos infantiles hasta la ausencia presente de una madre inmadura; desde la figura épica de la Dama de hierro, con su fortaleza de acero, hasta el arco iris de amigos que consigue por méritos propios y quizá también por casualidad, Chris Pueyo, el chico de las estrellas, alza el vuelo de la libertad con el raciocinio intacto, el corazón remendado y al esperanza en la pluma, pues sabe, con esa certeza de los veinte años, que la vida le deparará sólo cosas buenas, o que esas cosas se deben enfrentar con la valentía adolescente que posee como un regalo.
El chico de las estrellas es un relato poético (en la acepción más amplia del término), lleno de la cadencia del lenguaje, donde se nota a raudales el talento de Chris Pueyo no sólo como escritor, si no como ser humano: es el relato de un dolor que se transmuta en paciencia, en esperanza y en una compresión que, más que alejarlo del dolor que ha sufrido (abusos físicos y psíquicos, escasez monetaria, sentirse diferente, saberse un bicho raro), le regala la libertad.
Aquí dentro siempre llueve es un poemario. Del texto narrativo lleno de cadencias llega ahora un libro repleto de rimas. Hay algo de candoroso a los veinte años, y de intenso quizá demasiado, pero hay poemas (dos, tres, media docena) que brillan con un talento único que se vislumbra en El chico de las estrellas. Hay desesperación y un esfuerzo por entender el mundo; encontramos ese ardor adolescente que todo lo lleva al límite y a la impaciencia; hallamos un esfuerzo constante por aceptarse y entenderse y perdonar, porque el secreto de Chris Pueyo está en su inmensa capacidad de amnistía y abandono de todo aquello que ya ha ocurrido, y sacar el mejor provecho de ello.
Dícese de la literatura juvenil que es aquella destinada a un público determinado, cuya intensidad es infinita y poderosa, que navega entre un extremo a otro de la vida, y que se transmuta (porque todo cambia) a la visión más serena de la adultez. Para el niño que siempre quiso ser Peter Pan el tiempo pasa, como para todos, pero en él cada lección de la vida ilumina una estrella de su cielo, abre una ventanita para ser mejor hombre y, con ello, quizá también un mejor poeta…. Mientras tanto, que la tinta azul, que los libros azules sigan fluyendo, dibujando un camino único que nos lleven a todos a ese lugar especial que, si no es el Paraíso, pueda que se acerque algo (sólo un poco) al País de Nunca Jamás.
2010
He de confesar que estaba algo nervioso antes de conocer a Izak Amancio. Admiraba su trabajo en la distancia, su elegancia íntima, su ojo juguetón y sincero, y cierto pudor descarado. Cuando nos vimos, con ese andar de gacela y ese aplomo desarmante, esa mirada oblicua y esa sonrisa de ángel, entendí perfectamente porqué sus fotografías son como son, porqué la sensualidad se reviste de pétalos de flores y se desnuda con colores armoniosos y velos caídos. Izak Amancio es un hombre apasionado, desbordante en su contención, que se sabe genio, y que ama lo que hace. Es un luchador eterno: contra las circunstancias que lo rodean, contra el pasado que siempre vuelve, y contra sí mismo. Su historia es paralela a la de Lawrence en muchos sentidos: emigrante brasileño, tras casi una década en España, su trabajo comienza a ser valorado en su precioso peso y florece con la libertad que su propio genio le confiere. Es dueño de una historia dura, que me hizo reflexionar más de lo acostumbrado; sus ojos vivos, su sonrisa abierta y algo velada al mismo tiempo, su evidente atractivo físico y su enorme talento sólo reflejan lo complejo de una personalidad única, que pugna por ser perfecta, y cuyas aristas a veces entorpecen ese paso decisivo hacia adelante.
Izak Amancio es un hombre que seduce. Seduce con picardía y con detalles generosos; que sabe lo que quiere y sabe lo que es perderse por el camino; que sueña con un tesoro que bulle entre sus manos y que se está haciendo realidad. Recuerdo que, durante un paseo por El Retiro, me dijo: ¡Mírame! Aquella petición era más que una orden de fotógrafo profesional. Le hice caso y lo que se reflejó de aquello está lleno de tanta belleza y melancolía, que me sorprendo a mí mismo cada vez que lo veo. Y mirándolo a él se encuentran maravillas: una vida vivida, una carrera incansable hacia ninguna parte; una lucha inhumana entre la destrucción y la permanencia; una búsqueda del amor a sí mismo y al Otro que no tiene fin; y la elegancia de un alma atormentada que sólo encuentra sosiego en la belleza que su propia lucha genera, como el martillo en el cincel, y de la que sobresalen imágenes transparentes, únicas, serenas y despiertas, bulliciosas y límpidas, y llenas de una luz traslúcida que sólo puede provenir del alma. Suele decir que todos somos una estrella; es bastante cierto, sobre todo cuando lanza su conjuro a través de la cámara y nos pide, con esa voz de dulce acento portugués: ¡Mírame!
2017
Nos dimos un abrazo tras años sin vernos. Los caminos enmarañados de la vida lo habían alejado de su verdadera pasión: la fotografía, de moda en concreto, llena de su mirada elegante, de su tacto de seda; sus sueños de ir a París para aprender de los grandes y desarrollar su talento, ya de por sí único; esa forma tan suya que tenía de retratar lo nimio, lo inmenso. No parecía feliz pero tampoco del todo disgustado con su destino, ese alma brasileña que intenta adaptarse a todo lo que le viene dado en el movimiento caprichoso de los caracoles, en las formas extrañas de los posos de café. Antes de irme tuvo a bien dejarme un último regalo: su amigo Jose, con quien se sentía cuidado y protegido.
Pero la vida escribe a veces con renglones torcidos. Y hace unos días me enteré de su fallecimiento. En momentos de profunda irreflexión, rodeado sin embargo de la embriagador arrullo de la noche. No nos alegramos de que alguien tan joven, que tanto tenía para ofrecer, haya dejado tras de sí una labor realizada a medias; y alguien con el corazón alocado pero encantador como Izak Amancio, menos. Ojalá la muerte te dé paz, pues has retratado la belleza de la vida de la forma más exquisita posible, más elegante y sutil. Ojalá la belleza de lo que está más allá te permita conseguir por fin tu sueño de llegar a lo más lejos, de la mejor manera posible.