De la moda me gusta su lado artístico, de locura creadora, y lo efímero de sus propuestas, y de la época que marca con el paso del tiempo, en una eterna lucha más parecida a la entablada por los Olímpicos y los Titanes que a la etérea duración de una estación del año. Y hay muchos aspectos que no me emocionan, y otros que no me gustan. Todo esto dicho desde el punto de vista de un observador, y muy lejano; que emplea más un telescopio que una lupa.
El mundo cambia conforme nos acercamos a él. No podemos juzgar lo que no conocemos de cerca; y una vez conocido, no podemos juzgar el mundo en el que nos movemos sin hacerlo a nosotros mismos. «El Número de Septiembre» hace alusión a la publicación de septiembre de la revista Vogue americana, al parecer el número más importante del año y con el que se da comienzo a la verdadera temporada (¿pero esto tiene acaso un principio y un final?) Y nos acerca a ese mundo paralelo, moda, editorial, diseño, expresión artística, negocio y poder. La vida humana, entendida como la vivimos nosotros y vista desde muy afuera, es una lucha continua por el poder, el éxito y la inestable permanencia. En este documental-película hay mucho de todo esto y nos vende el proceso creativo del número más importante de una revista de moda como si fuese lo único, lo último, lo de mayor importancia a pesar de su efímera vida. Y de hecho, en el microcosmos de la moda, lo es. O debe serlo, a juzgar por el estrés, las desavenencias, la ira reprimida, el deseo de agradar y de ser aceptados y el miedo a ser juzgados erróneamente: lo dicho, una representación de todo lo que ocurre a escala mucho más humana, menos efímera pero de igual importancia, en cualquier tipo de vida laboral, o de vida vivida, que viene a ser lo mismo.
Lo curioso es que la cabeza de Medusa, el ser pensante, el poder tangible (y mucho que se le ve durante el metraje del documental) y totémico casi es Anna Wintour. Fría, discreta, ácida, serena hasta el punto de la ebullición, segura hasta la náusea y callada como una Esfinge. Todo el mundo busca su opinión, todo el mundo se gira a su paso. Y no hay diseñador que no quiera complacerla a Ella: representante, madonna de todos los gustos, de todas las tendencias. Lo que ella aprueba es lo que es y lo que aprobarán todos los juzgadores de moda, los seguidores de moda y, finalmente, la industria, los constructores de vestidos y accesorios, y los consumidores voraces, con poder adquisitivo o sin él.
Pero la sorpresa de este documental, y su fuerza, es que nos muestra exactamente cómo es el nacimiento de Vogue América; sus raíces, su base: y no es Anna Wintour. O no solamente ella. El éxito de Vogue tiene dos cabezas, dos responsables: el ojo capaz, certero y críptico de Wintour y la capacidad artística, el ojo sensible, el don puro, original y libre (y que proviene, y mucho, del dolor) de Grace Coddington. Y es aquí donde «El Número de Septiembre» brilla. En las esquivas miradas que ambas mujeres se lanzan; en los notables comentarios, no exentos de ironía, que ambas se dirigen, y, finalmente, la condescendencia, o el reconocimiento más bien, de la propia Wintour ante el talento de Coddington. Porque Vogue no sería arte sin una ni un éxito sin la otra. Porque todos conocíamos a Anna Wintour, pero el verdadero alma de Vogue es Grace Coddington, y gracias a este documental, parte del reconocimiento que la moda como arte le debe a esta mujer, queda patente. Y no es un hombre, no. Es una mujer con una sensibilidad, un estilo y un ojo artístico único. Y es necesario reconocerlo y disfrutarlo y alabarlo. Porque lo merece.
Es ése el secreto de «El Número de Septiembre». Y aunque es fascinante la guerra de poderes, el trasiego de personal, la lucha titánica de todos los egos; el fotógrafo estrella, los nuevos editores, el fariseo que intenta estar bien con todos con tal de salvar su propia parcela de poder; el miedo; la ansiedad de los diseñadores por ser queridos y admirados…, nada de eso difiere de nuestro propio día a día excepto el talento desbordante de sus dos protagonistas, y en especial de Grace Coddington, con su elegante don para la belleza, para apreciar lo que hay de Arte en la moda, para hacer de lo efímero algo connatural con los tiempos, y eterno.
Una de las fortunas (de las muchas que he tenido últimamente) en mi viaje a San Francisco fue encontrarme en el SFMOMA (San Francisco Museum of Modern Arts) con la retrospectiva: Richard Avedon, Photographs 1946-2004.
Arte en estado puro, Richard Avedon desarrolló una carrera casi sin igual dentro de los fotógrafos del siglo XX. Fue el primero en acercar la moda al arte de la fotografía y al riesgo, estableciendo un diálogo unitario entre la ropa, los modelos y el ojo del fotógrafo; fue el primero en transmitir ideas y sensaciones a través de un gesto, un volante o un zapato al vuelo. Hizo de las modelos iconos de estilo, y de los iconos de estilo, sueños inmortales. Acercó la emoción a la moda y la moda a las calles, a través de sus publicaciones en revistas como Harper’s Bazaar y, posteriormente, Vogue o Life.
Revolucionó el mundo del retrato, y nada le era adverso. Fue el fotógrafo de las estrellas: del cine, de la música, del deporte. Y de la política. Pero, así mismo, de la Norteamérica profunda, esa masa callada, lenta, inamovible al progreso moral, que sólo brilla al caer la tarde, cuando el duro trabajo finaliza y se cierran las puertas del día.
Retrata el alma de sus modelos. Ver el rostro cansado de Marilyn Monroe y, sabiendo lo que sabemos ahora, encontrar en esa mujer adorada por muchos, ciertos rasgos de tristeza; saborear la torturada locura interior de Janis Joplin, riendo sin embargo al porvenir; ver el futuro del mundo en la sonrisa de John Fitzgerald Kennedy; los rasgos mastodónticos de un Ronald Reagan en la cima del poder; la efímera monarquía de Andy Warhol rodeado de sus acólitos; los rasgos confusamente frágiles de Twiggy con su melena al viento; la belleza sobrenadante de Sofía Loren, y los ojos en llamas de Audrey Hepburn. Pero también la misantropía de Capote; la sonrisa cansada de Mandela y la obsesión del autor por el propio paso del tiempo, que se autorretrata con la misma fuerza y la misma dictadura que al resto de sus modelos.
Una fotografía de Avedon es el retrato de un carácter. Me recuerda, con esa mirada intensa que era capaz de desnudar sentidos, sentimientos y personalidades, la misma intensa capacidad que los pintores españoles del siglo XVII tenían para componer sus obras maestras: Inocencio X no soportaba su imagen, de lo viva que era; las vírgenes rodeadas de querubes alados son seres carnales; el enano; el idiota; el hombre con la mano en el pecho; un rey con opalino poder; un grupo de mujeres cotilleando… Richard Avedon nos regaló en su obra el reflejo que el poder, la fama o la celebridad borda en los rasgos, en las veladas sonrisas y, sobre todo, en los ojos; el cansancio que hay tras la imagen; y la personalidad verdadera que se esconde tras el umbral de lo pasajero. Y lo hizo rompiendo moldes, estableciendo técnicas, jugando con el riesgo y la extenuación; pues no en vano cuentan que hacía que sus modelos posasen una y otra vez hasta agotarlos, porque sabía que en el cansancio las fronteras se relajan, se pierden las fuerzas y el vestido cae, dejando la desnudez a flor de piel.
La exposición del SFMOMA es exquisita, pues, además de sus retratos y de los originales impresos de las revistas de la época, nos permite la visita a un museo de arquitectura fascinante con su eje central cilíndrico, mole de granito negro y de hormigón y mármol blanco, repleto de una luz natural que entra a raudales por la claraboya del techo, comunicando la luz del día con la luz de las imágenes, jugando ese juego de sombras naturales que el Arte teje en nuestros corazones una vez nos dejamos seducir por él.
No conocía el libro Historias de Chueca. Es que ni siquiera sabía de su existencia. Y mucho menos a su autor: Abel Arana. Por estas cosas de la casualidad, supongo, hace un par de meses más o menos tropecé con su blog La Columna de Abel Arana (No va a quedar una viva) y me enganchó de inmediato. Su estilo directo, desenfadado, más estudiado de lo que parece a la primera impresión; divertido, irónico, locuaz, imaginativo, corrosivo y, a veces, algo polémico, me sedujo como la mejor de las miradas, como la voz más profunda. De hecho, sus reportajes eran tan auténticos, incluso cuando emplea sus alteres egos, que fui capaz de imaginar el tono, la textura y la calidad de aquella voz que emergía de unos párrafos que parecían escritos a la velocidad del rayo.
Es un hombre inteligente. Si así no fuera, sería incapaz de haber hecho (y de hacer) tantas cosas distintas, y bien, por añadidura. Y si hay algo verdaderamente atractivo es la inteligencia simpática, por más acerada y directa que pueda ser en algún momento. Y a mí me sedujo con esa mezcla exótica un poco camp, un poco kistch, un poco libertina, un poco seria, un poco ligera y un mucho auténtica que sus artículos desprendían. Así que me aventuré a escribirle, con uno de esos arranques que no tenía desde mi primera juventud, en la que la inconciencia y la inocencia se daban la mano, a la espera de que aquella persona, cuyas habilidades artísticas habían encendido en mí variadas pasiones, correspondiera con un simple gesto, con apenas una sola línea escrita, a mi fervorosa admiración. Muchos de esos intentos, antes de abandonarlos, se saldaban con unas líneas a máquina escritas por un secretario y selladas con la firma del artista admirado. Pero hubo dos ocasiones, de todas aquellas, en las que me respondieron los propios autores casi con su propia voz: en una ellas, la autora en cuestión me regaló una tarjeta hecha por sí misma y escrita con su puño y letra (Isabel Allende, en un gesto que la honra) y otro ha sido, gracias a la magia de la red, Abel Arana. Y lo hizo expresando extrañeza y agradecimiento, mostrando esa faceta de escondida ternura que alguno de sus reportajes deja escapar, quizá sin pretenderlo, entre sus líneas.
A través de ese contacto me enteré que había publicado un libro y que, de hecho, estaba en aras de concretar su continuación. Tengo la tendencia de acercarme a todo aquello que me llama la atención con la esperanza de enriquecerme y de aprender, de expandir los límites que nuestro propio ser nos impone. Así hice con Historias de Chueca, y nada más tenerlo entre mis manos, lo devoré con pasión. Es una historia de estilo divertido, fresco, irónico, rápido y profundo a la vez; afilado y tierno; está tejido con un juego de contradicciones, de historias sobre historias que se suceden a toda velocidad, cuyo hilo conductor es el amor fraterno, la profunda amistad que existe entre los dos protagonistas: Alejandro y Miguel, y que nace en dos almas cándidas pero inquietas, noveles pero hambrientas de vida, una vez que llegan al barrio madrileño de Chueca para dar forma a sus más alocados sueños de provincias.
Pero pronto nos damos cuenta que en realidad el libro no es sólo un retrato de Chueca, de la vida en Chueca; sino el fresco de unos años de evolución, de aprendizaje, de encuentros y de desencuentros más allá del barrio rosa de Madrid; más allá de un estilo de vida estereotipado (pero real); y nos muestra las angustias, los problemas, la desazón, los miedos, los fracasos y la redención continua de sus personajes a medida que van creciendo y evolucionando con el barrio que los ha acogido en su seno aceptándolos, tras duras pruebas, como miembros de esa tribu variopinta y libre que lo conforma. Y nos damos cuenta también que, bajo sus múltiples capas de divertimento, de locuras varias, de idas y de venidas, en Historias de Chueca late una historia de amor, y encontramos en la pandilla de Alejandro y Miguel, y en Miguel y en Alejandro, un lazo fuerte, irónico, único e indestructible, a prueba de las bombas de la vida; y una aceptación completa y total de los seres tal cuales somos, y un abrazo a la variedad tan lúcido y tan optimista, que sólo puede acabar en final feliz, dejándonos con una sonrisa continua en el rostro y en la mirada una vez cerramos las tapas del libro.
El libro es una pequeña maravilla que refleja la realidad del día a día sin armas artificiosas, sin buscar extremos. Es un retrato brillante, y como tal, se acerca a la perfección con un andar casi sublime: ironía sin acidez; con un puntito escatológico sin llegar a ser soez; escrito con una llaneza reconfortante y con una pulcritud admirable: Miguel y Alejandro brillan desde el comienzo (acompañados por Matilde, Celeste y el resto, que no lo hacen menos) y se nos hacen queridos porque son encantadores; y a través de sus ojos asistimos a un relato de iniciación, de comienzo, de obertura y desarrollo, ligero y profundo a un mismo tiempo, repleto de ternura, ausente de prejuicios y libre, por sobre todo libre.
Pero Abel Arana es un hombre lleno de sorpresas. Para mí al menos que, aunque compartamos generación, parece que haya habitado en otra galaxia muy, muy lejana. Editor de revistas, presentador de televisión y productor musical, fundó junto con Juan Belmonte la productora Pumpin’ Dolls, creando mezclas y remixes de verdadero éxito nacional e internacional (¡que yo mismo he bailado y disfrutado sin ser consciente de ello!) Por sus manos han pasado cantantes de medio pelo y artistas de variado recorrido como Marta Sánchez, Mónica Naranjo, Fangoria, Carlos Santana, Kylie Minogue, Whitney Houston o Cher, entre otros… Y yo lo ignoraba… ¿No es increíble? Qué caja de sorpresas…
Es un placer mantener un contacto cercano con personas que nos enriquecen, que luchan por lo que creen, y que viven diariamente la búsqueda constante de la verdadera felicidad: esa que nos da ser nosotros mismos sin límites ni miedos, con entera libertad. Y por eso, más que por sus obvias capacidades y su estilo atractivo, es por lo que lo admiro más.
I knew nothing about Historias de Chueca (Chueca’s Chronicles). And nothing about the author either: Abel Arana. But I just found out his blog La Columna de Abel Arana (No va a quedar una viva)and it hooked me up almost immediatley. In his direct, self-assured style; funny, smart; loquacious; corrosive, ironic and sometimes controversial; he seduced me so much that I just read each one of its entries just holding my breath.
He’s a smart man. If he wasn’t, he’d unable to do so many things, and do it quite so right, as he have done in the past years. And, for me, there’s almost nothing more attractive than joyful clevernesss. Thus, I contacted him and he revealed as a warm, conscious man, kind and grateful, and I discovered that he had been written a book and he was writing the sequel at that very right moment. So, I told him that I’ll read it and he shot me back that he’ll be expecting for my opinion… Well, here I am doing it with even more joy and gratefulness that I’ve ever imagined I’d ever be.
Chueca’s Chronicles is a wonderful little book. I literally devoured it. It has written with a fresh, open, ironic, quick, light and profound style. It’s a tender book, fill with those true senses, with wonderful stories intertwined, making Love the center and the spirit of the book. Love with capital letters: not only romantic love but loyalty love but fraternal love and friendship love. Chueca’s Chronicles is a coming of age story about two young men that came to the big city, in this very risqué and unique way province’s people could do it, looking for the time of their lives and looking for success, both in jobs and in bed. And their quest, their falls and their stands up, and the love for each other, are the heart of the book.
It’s not only a portrayed picture of Madrid’s queer capital, actually it is more than that. In its pages we learn what about being queer is, how difficult, how wonderful and how hard the quest for a place in the sun is for Miguel and Alejandro and their bang, all as wonderful characters as both are. And it is written with humor, hilarious and irreverent, and with this fast prose surrounded by laughs and tears at the same time as the pages followed by. It’s a fairy tale as long as fairy can means. But, because it is a good book and a great story, there’s more, much more down the surface. It’s a book about fear, self-confidence, lose of control, falls, resurrection and redemption. It’s a book about friendship, the quest of love and of equality, and a book written for freedom. Real freedom, that breaks all rules, all labels and flies free and untied through the blue starry night.
But Abel Arana isn’t just a writer. He’s more than that. He’s beyond Chueca even he belongs to it. And he’s for me, at last, because I was living in a galaxy far, very far away though I knew nothing about him until two months ago. But I knew him without knowledge it. Because, among many other things, he was a magazine editor, a TV host and co-founder, together with Juan Belmonte of Pumpin’ Dolls, one of the best musical production companies, working with many artists, among others: Marta Sánchez, Mónica Naranjo, Fangoria, Carlos Santana, Kylie Minouge, Whitney Houston and even Cher…And I was dancing, enjoying their productions and I never noticed!…Yes, I was far, far away…
Abel Arana is a great man. Smart, tender, funny, ironic and sharp-tongued. But, as clever and wonderful as he’s, it is almost incredible I have contacted him and he contacted back… He’s handsome as well, because people like him have to have it all. But, even though, he’s so grateful and so generous…That he only can have back admiration from me. And I know for sure that he worth it. Every inch of it.