Andreas Levers (96dpi) o la Belleza escondida/ Andreas Levers (96dpi) or Unveiled Beauty.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living

Soy un rendido admirador del trabajo del fotógrafo alemán Andreas Levers. Bajo su pseudónimo de 96dpi ha engalanado muchas de las entradas de este blog.

Su mirada de amateur, su elegancia, esa capacidad que tiene para desnudar la Belleza que se halla escondida en los rincones del día a día, es un recordatorio constante de que, a pesar de todos los problemas que nos agotan, el mundo está ahí, regalándose constantemente, para que recuperemos fuerzas y para que admiremos la paz, la armonía y la radiante belleza que nos rodea.

Mucho esconde un hombre que sin embargo es capaz de desnudar aquello que su cámara capta. Y su arte es un regalo maravilloso que nos permite compartir y admirar.

Andreas Levers, o la capacidad para mostraron la Belleza escondida en la cotidianidad.

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El río de imágenes de Javier Fernández/ River of pictures from Javier Fernández.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Moonriver. Andy Williams.

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Los tres mosqueteros: capa, espada y corazón/ The Three Musketeers: cape, sword and heart.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

   Todo es maravilloso en la trilogía de Los Tres Mosqueteros. No sólo porque es una historia de aventuras, si no porque es un retrato de una época teñida con los aromas, la visión y los ideales de otra época; porque nos obliga a interesarnos por un tiempo del que apenas quedan sus restos, aunque esos restos sean hermosos, y porque hace que nuestro corazón se expanda y se encoja con tal pasión como sabiduría.

   Es un relato publicado por entregas. Y se nota. Y en ello veo yo uno de sus mayores logros. Imaginar que en pleno siglo XIX un escritor vaya reproduciendo una historia tan fastuosa y enérgica y esperar ansioso cada una de sus entregas, es algo extraordinario. Debió ser apasionante la redacción, el nacimiento y la salida al público de cada una de sus partes. Su éxito fue arrollador, y lo sigue siendo. Y leyéndolo, es fácil saber la razón. Y sin embargo, no ha debido ser una tarea fácil engarzar cada uno de sus relatos, cada uno de sus tiempos y la evolución no sólo histórica si no la vital de cada uno de sus personajes.

   Los tres mosqueteros es pura energía. Es aventura, alegría, divertimento, aunque planea sobre el relato cierta sombra que terminará desplegándose en los libros posteriores, con un final antológico y lleno de cierto amargor. Es increíble que ninguna de sus versiones cinematográficas alcance esa energía, esa entrega y esa aventura, y que todas hayan sufrido tamañas divergencias conforme al relato original. De hecho, es una pena que el gran público se quede con esas ideas, malos retales de una obra estupenda, teniendo un relato tan puro esperando a ser leído y  a ser llevado fielmente a la pantalla, sea la del cine o la televisión.

   Veinte años después es un libro más maduro; mucho, diría yo. Y por lo tanto más oscuro, más triste si cabe, pero está lleno de igual energía, la aventura igual de arriesgada y delirante y encierra en sí mismo algo de esperanza. Cada protagonista crece, evoluciona, gana en peso como gana en astucia y en años, y casi todos encuentran lo que buscan: a veces paz, a veces dinero, a veces cierta posición, y a veces lo pierden casi todo. Menos una amistad que elude el paso del tiempo y un amor incondicional que sobrevive a intrigas, a desaciertos y a encontronazos varios. Nada hay que no sea amor en todas las páginas de la trilogía de Los tres mosqueteros, y en Veinte años después llega a una cumbre única que permitirá el desarrollo de la última entrega, que nace en este libro como un rayo de esperanza que llena de promesas la vida del personaje quizá más interesante y profundo de todos: Athos.

   Es curioso que, siendo la historia de D’Artagan, o al menos siendo él su protagonista principal, que abre y cierra la trilogía, la raíz de la historia y su espíritu sean el lazo que une a éste con Athos y el destino del conde de la Fère. El amor paterno-filial y la admiración entre ambos personajes retumba en el corazón cuando se pasa cada página, cuando se termina una entrega y se comienza la siguiente. En el fondo, todos los personajes que pueblan Los tres mosqueteros son perdedores, y lo son porque la Historia es la que es y no puede cambiarse, como el propio destino, y porque siendo dueños de todo lo pierden todo, o lo sacrifican todo (que es lo mismo) a ideales aún más altos que la propia comodidad o la efímera fama: la virtud, la palabra empeñada, la hidalguía y la bonhomía, encarnados todos en el personaje de Athos (y que en D’Artagan laten escondidos hasta que finalmente se liberan)  y en el hijo de éste: Raúl, el vizconde de Bragelonne.

   Y con El vizconde de Bragelonne se cierra el ciclo de Los tres mosqueteros. Quizá sea la entrega más larga, la más descriptiva y la más historicista de todas ellas. Y es la que más representa el espíritu de la época en que fue escrita. Toda la trilogía es una oda del Romanticismo, mas en El vizconde de Bragelonne alcanza las cotas más altas, pues sus páginas son un canto a este movimiento artístico. No importa que su acción se halle doscientos años antes; quizá es una prueba que los valores más altos de los hombres se transmiten profundamente y no se pierden de forma fútil con el paso del tiempo; quizá sea un fresco del S. XIX pintado con los colores del S. XVII. Pero lo que encierra El vizconde de Bragelonne es una historia de amor romántico, la sublimación de todas las virtudes, de todos los defectos, de todas las esperanzas que los cuatro mosqueteros han posado sobre el fruto más perfecto de su tiempo: el hijo del conde de la Fère es el depositario de las esperanzas y de la juventud de Porthos, Aramis, Athos y D’Artagan, y por eso su comportamiento, sus andanzas y sus aventuras subliman las de todos ellos y quizá las justifiquen, las validen y finalmente las purifiquen.

   Raúl es bello y casto, puro y perfecto, honorable y honroso, digno de amar y ser amado. Pero vive en la corte de Luis XIV, y en la corte el mundo se traduce, se transforma a la sombra de los encajes, las sedas y los cristales. La energía y el vigor de las dos entregas previas aquí sufren un freno, o más bien una transformación característica del S. XIX: la recuperación preciosista de una época pasada; la descripción exacta del perfume de las flores, de las intrigas políticas que se mezcla con las intrigas de los sentimientos; los ideales de un mundo muerto ya y la recuperación febril de un espíritu quizá perdido en los recodos del tiempo ido. Las aventuras se subyugan como todo el poder a un rey absolutista; descubrimos que ciertos personajes tienen un transfondo intrigante y algo ciego; que el poder puede envilecer pero también ennoblecer; y que el corazón, el amor fútil, tiene su espacio en el mundo y que hacía mucho daño, tanto como en la actualidad.

   La trilogía aquí se diluye en dos intrigas paralelas que van en lento crescendo hasta un final trágico, pues es un drama romántico, pero a la vez un final muy lúcido. El amor va y viene, como mariposa sin descanso; el honor mancillado se transmuta en deber y en valor; y el honor, es bello fantasma, cobra el más alto peaje y el más efímero también… Cada personaje florece al calor de un sol que nace primero y posteriormente calcina; el ritmo se enlentece porque el verano de la juventud todo lo llena; y sin embargo acaba precipitándose, en las eternas aguas del canal de la Mancha, y en el rincón escondido de un bosque que pronto se olvida. Cada uno de sus personajes tiene un sentido, y todos alcanzan, de una manera u otra, lo que han anhelado siempre. Pero el anhelo tiene un peaje, y cada uno paga un alto precio por ello.

   El vizconde de Bragelonne es una obra romántica; Raúl es la sublimación de las querencias de un siglo en el que aún se creía que se podía morir de amor. Su destino, como el de Anna Karenina de Tólstoi, como el de Don Juan Tenorio de Zorrilla, o como el de María de Jorge Isaacs, está unido al de sus sentimientos; y la palabra ideal, la palabra honor, la palabra bonhomía, que tan bien había representado el conde de la Fère pero que pertenecía a otro siglo, en el vizconde de Bragelonne da un salto cualitativo y lo transmuta en eterna perfección y, por lo mismo, en su prematura muerte y su pronto olvido.

   La última entrega de la trilogía nos muestra que el hombre es mudable, que olvida fácilmente y que se cree sus propios sueños; pero a la vez nos enseña que la vida, las consecuencias de nuestros actos y el destino nos enseñan a acallar el orgullo y a adaptarnos a las circunstancias que nos ofrece. D’Artagan consigue que su valor y sus servicios sean por fin reconocidos, pero en un momento de su vida en el que no le preocupan tanto esas pequeñeces; Aramis sigue envuelto en su aire de intriga, y es quizá la representación más exacta de lo que un espíritu presto es capaz de hacer para extraer lo mejor de las circunstancias y servirse de ellas para sus intereses. Porthos, el hombre de corazón noble, lucha como un Titán en la isla de la Belleza; Athos, magnánimo como conde de la Fère, sublima su fortuna en su mejor obra: Raúl; y Raúl, como hombre perfecto, comprende que su espíritu elevado no puede vivir en un mundo que tan poco aprecia la belleza de la perfección, y por eso se sacrifica en aras de un amor que ni le llega a la altura de sus labios ni le ha proporcionado más que un dolor que le desgarra las entrañas y que le lleva a renunciar a todo, incluso a una vida maravillosa en las brumosas tierras de Inglaterra.

   En El vizconde de Bragelonne vemos cómo el poder termina siendo sojuzgado por la cabeza pensante de un rey que se cree el centro del mundo, y que intentará toda su vida asociar esta noción con las acciones reales. Y aunque sabemos que el sol alumbra de forma enceguecedora, éste termina por ponerse, y el final de una vida que se cree perfecta no lo es tanto, porque siendo rey es ser humano, y sus errores terminan siendo más pesados que sus aciertos, pues la vida cobra lo que regala: una favorita, un encaje, un país, un imperio, el mundo y la propia vida. Y todos aquellos que gravitaron bajo aquel influjo reciben de ella el mismo precio y el mismo fin.

   Hay puro romanticismo en la trilogía de Los tres mosqueteros. Porque, a pesar de las intrigas, las aventuras, las luchas, las desavenencias, los sueños y las desesperanzas, siempre predominan el aliento del amor y el poso de la tristeza. Y nada hay más atrayente que una mezcla semejante.

El amor es una trampa/ Lady is a tramp.

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Entre las Ciencias y las Humanidades/ Sciences and the Humanities.

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   En la biografía de Walter Isaacson una cosa queda clara desde el principio: Steve Jobs fue un hombre peculiar, como todos aquellos que sobresalen, cualquiera sea su escala, en la sociedad; pero sobre todo lo era por su particular postura personal. Era un hombre en el punto de encuentro entre Ciencias y Humanidades.

   Viniendo de una educación mixta, tuve la suerte de hacer un bachillerato en las que ninguna de las dos ramas prevalecía. En mis cuadernos garabateaba fórmulas matemáticas e imágenes bidimensionales de los secretos de la tierra junto con pinceladas, pasajes y poemas que retrataban al mundo y su belleza. Por esa época ya él estaba inmerso en el mundo de los ordenadores, en el tranvía que va del silicio al milagro del iPad. Y yo luchaba por entender el lenguaje binario y me maravillaba con la Commodore, por ejemplo, como antes había jugado hasta la saciedad con el Atari. No soy de lejos ni tan listo ni tan emprendedor como este visionario del siglo XX; tampoco soy un seguidor acérrimo, un admirador ilusionado e ilusionable que le ha perseguido como fanático e idolatrado como a un mini dios.

   Esas cosas parecían agradarle al Sr. Jobs. Esa y otras muchas. No fue, empero, un hombre perfecto, o sólo lo fue en que supo amoldarse, a veces a regañadientes, a su presente y supo adelantarse, con una capacidad teatral que hunde sus raíces en su infancia o incluso antes de nacer, a todo aquello que era necesario o que podría ser necesario en el mundo que se adentró en el siglo XXI. Fue un creador de necesidades, o un visionario. Con un pie en el futuro y otro en el presente, acicateaba su imaginación y restallaba su látigo personal hasta límites insospechados. No fue un hombre fácil ni aspiraba a serlo. Fue más plástico de lo que pensamos y más rígido también; fue un gurú y un hombre binario, es decir de extremos, y con la capacidad de concentración de un rayo láser.

   Steve Jobs fue todo eso sin duda, pero sobre todo, ha sido uno de los pocos hombres de nuestra historia reciente que supo anteponer siempre, siempre la Belleza y el Arte frente a la Tecnología, o amoldar la Tecnología al Arte. Con la industrialización y las ganancias rápidas, dejamos de lado que el aspecto de un objeto va más allá de su funcionalidad. Sacrificamos la Belleza por la producción en masa y a ese pecado lo llamamos Funcionalidad. Y sin embargo Steve Jobs perteneció a esa raza de hombres que sabía de antemano que la Belleza es la más grande seductora de todas; que la Tecnología, atractivísima, sólo podía subyugarnos cuando se vestía con los ropajes de lo bello, y ése fue su secreto: enhebrar los hilos de las Ciencias y las Humanidades en productos maravillosos y útiles, pero por encima de todo bellos.

   Yo trabajo con productos de Apple. Yo empleo productos de Apple. Y les saco seguramente un 10% de rendimiento, porque son bellos y simples, porque su simplicidad (que esconde una ardua labor por detrás) me permite divertirme con ellos, hacen mi vida más fácil, más dependiente también, y más hermosa. En mi escritorio un iMac lo llena todo sin ningún cable que estorbe, y parece algo creado con la sustancia de la que están hechos los sueños.

   No sé qué imagen tendría Steve Jobs de mí si me conociese: no estaba pendiente de ninguna de sus presentaciones, no hacía cábalas sobre sus productos, no me interesaba su estilo de vida, desconocía la evolución plástica de sus ordenadores; tampoco sus peripecias laborales me eran conocidas, sólo su talento creador me atraía, la belleza y suntuosidad de lo que Apple era capaz de crear subyugaba mis ansias de perfección y comodidad. A través del libro de Walter Isaacson conocemos de forma un tanto fría (o más bien como un norteamericano disecciona una biografía) sus fantasmas, sus incongruencias, sus fracasos, sus actitudes, sus aptitudes, sus éxitos y sus obsesiones. Yo no soy ni más brillante, ni más egocéntrico, ni más esteta que él, pero creo que esa búsqueda por unir Ciencia y Arte lo hacía único; esa convivencia entre los límites de los dos mundos, haciéndola posible con un tesón (o una testarudez, según se mire) especial, hacen que me identifique mucho más con sus logros que con sus fracasos, con su tenacidad más que con sus peculiaridades vitales.

   Todos queremos dejar algo para la posteridad. Pero es el viaje lo que importa. Él lo ha demostrado. No es necesario que existan gurús, que se erijan nuevos líderes carismáticos: sólo personas que entiendan que las Humanidades son algo más que estudios interminables escritos en el viento y que las Ciencias no son la clave del éxito de una empresa, si no la sabia combinación de ambas. Ambas ramas del Saber, imbricadas como siempre han debido estar, son capaces de llevar una manzana al infinito y más allá. Y a la Humanidad también.

Adele (en vivo)/ Adele Live at The Royal Albert Hall.

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El espectáculo debe continuar/ Show Must Go On.

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