Escondiendo estrellas/ Hiding stars.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Hiding My Heart. Adele.

Lo conocí un día de esos que deseamos que acabe de una vez. Nada estaba bien. Desde que me levanté todo había estado al revés: las tostadas, la leche derramada, un lío de trabajo, una comida atroz. El sol escondido entre nubes, algo de niebla que se pega a la piel y a los huesos. Y ahora con esto de la ley del cigarrillo, ni tuve un minuto para dar una calada a escondidas.

Sólo deseaba llegar a casa de una vez. Ni siquiera pasaría por el gimnasio. Sólo quería que aquel día acabase por fin, encerrado en mi casa, enterrado en mi edredón, comiendo helado copiosamente, sorbiendo por los ojos de tristeza al ver la tele que nos ponen diariamente, maldiciendo un día igual que otro pero más desastroso y caótico que de costumbre.

Así que un prólogo como este no puede enmarcar nada bueno. Pero así fue cómo lo conocí. En una esquina cerca de mi portal, estaba llevando una caja muy pesada al contenedor de basura; la luz parecía cegarle el camino, porque se dirigía a mí sin contemplaciones. Aquellos brazos que podían con la mitad del universo, afanados como estaban en equilibrar el dudoso peso de aquella caja y un viento que se levantó de repente en este desastre de primavera no le impidieron seguir su camino. Que fue el de tropezar por completo conmigo, arruinando mi traje arrugado ya y mis pocas ganas de chiste.

En aquel estropicio de polvo, viento y sol, levantó la vista después de contemplar el desorden de desperdicios en la calle, y sin limpiarse la mano la extendió para saludarme. Levantó la vista. Yo estaba a punto de reventar toda la frustración acumulada en aquel torpe insensible…Hasta que tropecé con una sonrisa luminosa y unos ojos alegres, castaños y verdes, y la frente llena de sudor, el pelo a mechones por el esfuerzo y un brazo fornido y delicado a la vez, con una mano tersa y firme.

Yo no hablé y pensó que era mudo. Se limpió en las caderas el polvo de las manos y comenzó a hacer gestos extraños con ellas. Yo me reí de su lenguaje de signos; gracias a Dios oía perfectamente. Pero su visión, aquella sonrisa, y esa barba de un día me había quitado el aliento. Por un momento el sol cambió de lado, el planeta giró y yo quedé patas arriba. No podía apartar mi vista de él; quizá un poco bajito, es cierto, pero con esos pómulos y aquella sonrisa, no estaba para remilgos.

Nos saludamos después de un instante que le debió parecer eterno. O estaba delante de un idiota o no había explicación. Pronto me apresté a sacarlo de su error.

Le sonreí con una risa que había estado mucho tiempo agazapada bajo el cúmulo de pequeñas frustraciones del día que terminaba. Él sonrió de nuevo y se disculpó otra vez. Qué divino sonido el de su voz. Por mí, podía seguir excusándose el resto de la tarde. Pero no era plan.

Señalando mi traje, no le di importancia. Estaba yo para fijarme en eso ahora, vamos. Después de presentarnos, nos dedicamos a recoger todo el estropicio. No quiso ayuda pero yo ya estaba a ello y, total, el traje iba a ir derecho al tinte, así que nada perdíamos.

Con mi ayuda acabó en un periquete, aunque he de admitir que apenas hice esfuerzo. Él pareció arreglarlo en un pestañeo. Yo sólo le sonreía lelo y a él eso le resultaba gracioso, así que el mundo pareció por fin encajar como debería haber sido desde la mañana y yo estaba feliz.

Acabamos algo cansados y le invité a un café. Un cerveza, una clara, un bocadillo de jamón. El asunto era invitarle y no dejarle ir. Le pareció gracioso y justo que me invitase por haber invadido mi espacio. A mí me daba la mismo, que yo le daba permiso para muchas otras cosas.

Reímos. Y volvimos a reír.

En el bar nos acercamos poco a poco. Todo en él era maravilloso: su pelo castaño, sus ojos verdosos, esa sonrisa de anuncio. Y unos hombros de infarto que sólo invitaban a ser tocados, a ser mordisqueados, a guarecerse en ellos.

Durante una pausa de silencio se acercó a mí y me besó suave al principio, después con cierta ansia. Aquellos labios carnosos, tibios y húmedos aplacaron mi sed. Aquel gesto de apremio y deseo borró mis pensamientos, me dejó sin habla y con ganas de abrazarlo. Ni siquiera me acordaba cómo se llamaba. Ni siquiera me importaba su pasado. Porque yo era su presente y seguro su futuro. Porque tras ese beso yo me lo imaginé todo, hasta un anillo en el dedo, un par de perros y un crío ronroneando de hambre.

Aquella noche en mi cama deshecha, conseguimos remontar el mundo, cambiarlo de sentido; después de un invierno de soledad, éste partía tras la primavera más brillante, el verano más amable, un otoño cuyo frío haría que caminásemos de la mano bajo las hojas caídas…

Mucho nos prometimos mientras rozábamos nuestras pieles, mientras descubríamos mundos encerrados en pliegues y en honduras. Qué maravilloso su peso sobre mí, el tacto de su piel pálida, el beso largo sobre su pecho, el sueño del cansancio que durmió sobre el mío agotado…

Hasta la mañana.

Cuando desperté, ahíto de amor como de sopresa, no lo encontré a mi lado. Lo imaginé duchándose, con el beso del agua recorriendo los mismos senderos que mis labios, recordando el lunar en la espalda, las cosquillas en la pelvis, el ímpetu de la novedad envuelto en los nervios de lo desconocido… Me desperecé en cama, sintiendo de nuevo sus manos y las mías y colmándome de deseo. En las sábanas quedaba una fotocopia de su olor. Aún era muy temprano, y el sol comenzaba a despuntar por el horizonte, escondiendo las estrellas que habían desfilado durante el amor. Qué maravilla…

Pero no me di cuenta hasta más tarde que el agua de la ducha no corría. Durante unos segundos, el silencio pareció agazapado en los recuerdos de la noche anterior. Hasta que la soledad pudo más, y su mudez, despertó mis alarmas.

Me levanté corriendo, dejando aquellas sábanas que olían aún a su cuerpo detrás de mí hechas un lío como mi corazón, y recorrí el piso entero llamándolo por el nombre que me dio durante las embestidas de un amor alucinado, de un amor único que habíamos encontrado…

Ni una respuesta. Ni un resto de piel.

Volví al cuarto desmoronado; el lío de sábanas en el suelo; el amanecer llegando a su fin y entrando por la ventana con descaro. Ya casi no había estrellas, y aquellas que habían escapado, ahora se escondían en mi cama, en mis manos, en esos sueños que quería darle.

Recorriendo con la mirada el naufragio de mi abandono, encontré aquella camiseta azul que llevaba pegada a la piel. Me la acerqué a la cara…Aún olía a él. A ese desconocido sin nombre que me mintió su nombre, seguro, y la historia con la que me conquistó de inmediato…

No se despidió. Ni le importó dejar en aquella cama un trozo de corazón destrozado y una miríada de sueños estrujados entre su espalda y mi pecho desnudo.

Me senté en el borde de la cama. El sol cubría mi desnudez con su color dorado y su calidez. Hoy no llegaría tarde. Hoy quizá fuese como debería ser siempre. Así son las probabilidades de las cosas: cuando el corazón se encoge de dolor todo parece sonreír y todo parece ser fácil, fácil para los demás. Seguía teniendo su camiseta en las manos…

Abrí el balcón y salí al frío de la mañana. Aquella tela deslavada, en la que su olor impregnado estaba, apenas detenía la sangre que brotaba de mi corazón hecho trizas. Qué importaba. La lancé a la luz dorada, al vacío de la calle, al extremo opuesto de mi corazón.

Y entré en mi habitación y me fui a duchar. Escondiendo mis lágrimas como hacía unas horas antes desplegaba las alas de mi imaginación.

Así es la vida, creo…

Me vestí con una tristeza sin igual. Mi piel lo extrañaba, mis sueños lo dibujaban una y otra vez… Aparté de mí esos pensamientos y los escondí, junto con las estrellas, en lo más profundo de mi corazón. Aquel ser sin nombre se hundía así en el océano de lo que nunca será…

Mi corazón roto y yo salimos de nuevo a la calle, con la luz de un nuevo día dándonos caza y yo, qué quieren que les diga, me dejé atrapar…

Otto ve (así) un mundo/ Otto’s eyes.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Ladies in Lavender. Joshua Bell.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

Otto Más 2, posted with vodpod

 

Dormilón/ Sleepyhead.

El día a día/ The days we're living

A Otto y Lolo.

– Hola, dormilón.

– Msñsñsmsñ…

– ¿Estás cómodo?

– Mmm…Me he quedado dormido…¿Qué hora es?

– Hora de comer…

– ¿Ya?

– Sí…

– ¿Y por qué no me despertaste antes? Estaba tan cómodo…

– ¿Sí?

– Sí…Mmmm… Tu regazo está tibio y es blando y me gusta tu perfume…Me he quedado traspuesto sintiendo el latido de tu corazón y tu respiración… Eres mi mejor almohada.

– Podrías quedarte así para siempre.

– Para siempre cerca de ti.

– Si.

– ¿Comemos?

– Voy a darte un beso….

– Mmm…Mejor me quedo así.

– Anda, anda, dormilón. Vamos a comer.

– Espera… Que te no lo he dicho aún.

– ¿Qué cosa?

– Te quiero, vida mía.

– ….

– Será mejor que vayamos a comer, ¿no?

– Sí…

– Y no te olvides.

– ¿De qué?

– De que te quiero.

– … Y yo a ti.

Donde brilla el sol/ Where sun shines.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Sunny Side of the Street. Rod Stewart.

Coge el abrigo, anda. Y ponte el sombrero. ¿Nunca te he dicho que me encanta como te queda?

El sombrero…

¿Listo ya?

Vamos a la calle… Sí, dicen que va a llover. ¿Y qué? Vamos a la calle, anda. Que nos hace falta salir un rato.

Ya sé que estás cansado. Y yo. Pero nos viene bien. Vamos, anda. Coge las llaves, allá están. Espera que me pongo mi abrigo… Quédate quieto, vamos a salir…

¡Oh, sí! ¿Qué miedo ni qué nada? Si llueve yo te tengo a ti y tú a mí. Si hace frío, nos abrazamos. Si hace calor, nos besamos. Y si nos cansamos, ya nos sentaremos.

Vamos a la calle… Que te hace falta, que nos hace falta. Tanto tiempo encerrados en nuestras vidas que casi no nos vemos. Tantas preocupaciones, amor, amor de compañía. Vamos corriendo por la calle abajo, buscando un rabo de nube. Olvidando por un momento esas preocupaciones que no nos dejan vivir. Dejemos de lado, en el portal aparcado, cada una de nuestras frustraciones, y marchemos allá, por la calle abajo, donde brilla el sol, de camino al parque de árboles y hierba, de juego de niños y de señoras con sombreo y abrigo gris…

¿Te he dicho que me encanta cómo te queda el sombrero? ¿Y que extrañaba tu risa envuelta en la luz de la mañana?

Vamos calle abajo al encuentro de la alegría, al encuentro de los sueños, por el lado donde brilla el sol, cercano a la acera de nuestra vida en común.

Dejemos atrás las sombras… Y déjame verte a pleno sol. Tu pelo sedoso, tus ojos suaves, esa sonrisa de planeta…

Así, así, amor, amor de compañía. Dejemos que la vida se torne dulce juntos y abrazados, por la calle abajo, siguiendo el sendero donde brilla el sol.

¿Ves? No llueve. Nunca llueve cuando estamos juntos, cuando caminamos juntos hacia el parque de los sueños, hacia el rincón donde nos conocimos y amamos una vez… ¿Te acuerdas?

La vida es tan dulce junto a ti, con ese abrigo y ese sombrero…

Ríe, ríe amor, amor de compañía. Qué hermoso te ves lleno de risa, calle abajo, junto a mí.

¡Oh, sí! ¿Quién dijo miedo? Si llueve yo te tengo a ti y tú a mí. Si hace frío, nos abrazamos. Si hace calor, nos besamos. Y si nos cansamos, ya nos sentaremos allí, donde brilla el sol, donde una vez nos encontramos y nos amamos y nos llenamos de planes y nos besamos.

Bésame, anda… Aquí, claro. En medio de la calle, en el parque, cerca del lago… Bésame así juntos, poco a poco, así…

Qué felicidad.

 

Enloqueciendo por ti/ Mad about the boy.

El mar interior/ The sea inside

No duermo. Doy vueltas en la cama sola sin ti. Intento conciliar un sueño que se me escapa. Intento achacar el insomnio a tu ausencia; procuro engañarme.

Ya no soy joven. Comparado contigo, ahora me mantengo, lo aparento, quizá hasta lo deseo. Pero no lo soy. No como tú.

Ese pensamiento unido a tu amor me enloquece y me impide dormir. Cierro los párpados y parece que se abren solos. Mis pupilas se acostumbran a la oscuridad como a la tibieza de tu piel. Desde que te conozco, desde que estamos juntos, tu peso exacto de músculos y humores, tu sonrisa de niño pequeño, ese pelo que nace en la nuca y muere en la frente, me inspira, me excita, me devuelve un torrente de sentimientos, de momentos que creía haber perdido en historias asaz rutinarias, siempre las mismas, siempre vacías. Me has devuelto la vida y me has quitado el sueño cuando no compartes las horas conmigo. Y debo vivir con ello.

Me levanto. Sin ropa me acerco a la ventana, donde parece soplar el viento de primavera jugando con las flores vestidas de pudor y con la luna, que se encarga de bañar mi piel desnuda. Siento esos rayos quizá algo fríos a través de la ventana cerrada. Veo el brillo de mi piel todavía tersa bajo su luz. Me toco y encuentro cierta firmeza y algo de tersura, rocosidades y estuarios en donde sorber caricias; golfos en los que gozar y beber el vino de la lujuria. Cierro los ojos y siento el lento sabor de tus labios, ese peregrinar entre cada recoveco y cada pliegue. La luna acaricia esa boca de fresa, que sube hasta mi cuello, que juguetea con la raíz de mi cabello en la que afloran algunas hebras plateadas, algunos surcos que equivalen a un sentir profano, a un pensar profundo… Abro los ojos y pienso en ti.

Eres demasiado joven. Me lo repito una y otra vez. Y cuando te cansas de oírme, te ríes de mí con cierta indiferencia y me regalas cientos de razones por las cuales la energía de los años acumulados se transforma en vigor y en ímpetu, en ciega pasión y un mar de caricias… Oigo tu voz oscura, que invita al juego y la concupiscencia; siento tus manos ágiles, que enseñan el abandono, y mi piel se despliega, mis sentidos se afilan, mi boca se abre y mi lengua aspira cada una de las gotas de sudor que brotan de ti…¿Qué puedo hacer si no seguir tu juego, embarcarme en tu nave, viajar por las singladuras de un amor nuevo, embrujado y joven?

Me miro en el espejo. Aún me gusto. Hago lo posible para ello. El pelo recortado, la piel tersa, los brazos fuertes y firmes, las piernas que aún sustentan un torso de Titán… Sí, ¿por qué no?

Me miro en el espejo. Y procuro no ver esos surcos en mis ojos, la línea más marcada en las mejillas, cierta caída de los párpados. Y mi olor que cambia, que se hace penetrante y me obsesiona. Y la limpieza. Para que la piel brille, para que la ropa, al caer, se desplace por la orografía del cuerpo con gracia y sorpresa, como cuando yo era joven y buscaba experiencias; cuando aún la inexperiencia era un motivo de vergüenza y la desnudez un triunfo.

En cambio ahora…

Ahora sigue siendo bello. La silueta que me regala el espejo aún es atractiva. Mi cuerpo te hace enloquecer a pesar del hiato que nos separa; mi sonrisa aún cautiva y mi voz algo cascada te excita cuando susurro la locura de tu nombre… Sonrío y hablo en secreto; flirteo y me sonrojo; te guiño un ojo y hago caritas cuando estamos separados, para que me veas… Parezco un niño enamorado y, sin embargo…

Estoy obsesionado. Vivo enloquecido con la vida. Con la vida que me regala tu cuerpo, mío sólo mío, y tu belleza, que se aparea con la mía y cabalgan juntas al amanecer. No es normal esta suerte. A veces me despiertan las lágrimas que caen en tus hombros, y te miro como quien descubre el universo, y me asombra ver en esa espalda el dibujo de las constelaciones y en tu pecho, un manantial perpetuo de placer y de sorpresas que se abre sólo para mis manos, que tiemblan de gozo nuevo al descubrirte, como si fuese una perpetua primera vez; mejor que un estreno; mejor que mi vida anterior.

Estoy enloqueciendo por ti. No duermo cuando me abandonas, porque me obsesiona tu pérdida. Disfruto de una vida nueva cuando estás a mi lado. Tu juventud cede a mi ímpetu y mi experiencia se deshace en polvo ante tu amor. Cuando yacemos juntos, el profundo pensamiento, las mil excusas, los retos de la mañana, las posiciones que ocupamos en el mundo se desvanecen entre jadeos y búsquedas, entre caricias que a veces parecen desgarros y luchas que culminan en el mero placer. Y parezco creer en esa suerte que funde tus pocos años con los míos, y mi mente hace tabla rasa ante la eterna sed que mi cuerpo siente por ti.

No duermo. Intento conciliar un sueño que se me escapa cuando no estás aquí. Y aunque ya no soy un niño, a tu lado procuro engañarme, y lo consigo, y lo siento, y me rebelo contra la historia, contra mi propia vida y mi cuerpo que envejece, porque me siento nuevo otra vez, joven de nuevo, gracias a ti.

Y si esto es vivir en la locura, no quiero despertar jamás al sueño del juicio y de la cordura. Mientras estés tú a mi lado alimentando mi insensatez, todo será felicidad. Vana o profunda, única y perecedera, pero felicidad.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

En este momento/ At this Moment.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music


Qué quieres que te diga en este momento.

Apoyándote como estás en esa esquina, esquivando mi mirada, diciendo una cosa tras otra sin mucho sentido. O con más sentido del que yo quisiera darle.

Qué lejos estamos de esos días en los que bailábamos cogidos de la mano, lentamente para aprovechar cada roce de nuestros cuerpos; acercando los labios para saborearlos de a poco y así no apagar una sed que parecía infinita, un deseo que no tenía descanso.

Hoy estamos separados, uno frente a otro. Tú en esa esquina y yo delante de ti. Esquivando mis miradas, respondiendo a mis preguntas. Como un condenado a muerte o, algo mucho peor, quizá alguien infiel.

No quería oír esas palabras. Porque sé que tú no me engañarías si no hubiese una buena razón. Y esa razón es la que no quería oír.

Te conozco muy bien. Quizá demasiado. Y tú también a mí. No lo sé. Puede que te hayas aburrido; esas cosas suceden. Puede que el ciclo de lo cotidiano te haya afectado más de lo que jamás creíste, puede que haya sido mi compañía.

No lo sé. Dímelo tú. O mejor: no. No me digas nada. Tus ojos velados de lágrimas que aún no caen parecen que lo dicen todo: leo en ellos como en un libro abierto.

Ese mohín, cuando te tocabas la frente al recordar algo. Y ese pliegue de tus labios al querer esconder una sonrisa. Y el bostezo de aburrimiento y la caricia al mediodía y el relámpago del enfado, que a veces me hacía reír.

Últimamente no has sido tú. O quieres esconderte de mí. Si te levantas antes y te encierras en la ducha; o te desperezas mucho después que yo, no te veo la cara, no leo los movimientos de ese cuerpo que amo más que a mi vida. Me voy a trabajar y llego tarde. Te vas a trabajar y a veces llegas después de medianoche. Huelo el aroma que dejas, a sudor suave de cansancio y a tu perfume, esa fragancia de flores y madera que penetra en mi mente y en mi corazón, despertando sueños apagados, deseos olvidados; buscando indicios de un desliz, destellos de ese naufragio que sería dejar de quererme. Y sin que te des cuenta, escondo la cara en la almohada y me hago el dormido, el pesado, el mudo, el nihilista, el no me importa. Pero sí me importa, sí me hace daño, sí me desespera, sí me irrita y sí me deja desolado. Tú entras en la cama todavía tibia de unas caricias menudas que a veces nos damos, recuerdos pálidos de una pasión perdida ya no recuerdo dónde, bebes pastillas como bebes agua e intentas quedarte a dormir.

A veces lo consigues. A veces no. Y deseo tocarte, deseo atraerte hacia mí. Acariciar esa espalda gigante, sentir la dulce blandura de una piel amada como pocas y deseada sin igual. Pero sólo se rozan nuestras espaldas, y la respiración de uno se despega de la del otro, y así avanza la noche como el día por venir.

Y ahora, apoyándote en la pared quizá para no perder el equilibrio, no quieres verme pero me miras, los ojos velados por lágrimas que caen suaves por esas mejillas que besaba con un ardor y una delicadeza que no eran de este mundo y que, aún ahora quiero que lo sepas bien, arrullaría entre el calor de mis manos y secaría con el tacto de mis labios. Pero eso no va a servir de nada, eso no arreglaría el borde estallado, el corazón apagado, el amor roto.

Porque lo sé: has dejado de quererme. No como lo hacías. No como me amabas. Y no quiero oír esas palabras que me desconciertan. Porque ignoro lo que es cansarse de un ser. Y nunca, nunca me cansaría de ti. No lo estoy ahora cuando te veo allí de pie, intentando paliar un sentimiento que te cuesta un mundo, que desgarra nuestro mundo para dejarte ir.

¿Y qué quieres que te diga? ¿Que lo sabía? ¿Que ya no somos los mismos pero que pudiésemos volver a serlo? ¿Que te sigo amando aún a sabiendas que no me quieres, y que besaría el suelo que pisas, que dejaría flores a tus pies, que derramaría ese perfume sobre tu pecho enorme y tu cuello, llenándote de besos que no buscan nada, salvo aún más quererte?

Te acercas a mí y yo me dejo hacer… Si no te amase tanto, si la locura de tu abandono no navegase en mis arterias, te diría muchas cosas que no siento pero que mereces, al menos que cree mi orgullo que mereces. Sin embargo… Nos conocemos demasiado bien. Y te dejo tocarme el rostro con esa mano recia y delicada; te dejo que busques mi pecho y encuentres mis manos cerradas y que deposites en ellas un beso. Y te dejo abrazarme porque así puedo estar por última vez cerca de ti, aspirar de ti el aroma del amor perdido, comprimir entre nuestros pechos y nuestras cinturas un calor que se disipa, y despegar lenta, muy lentamente, un amor que se escapa de tu corazón y se clava en el mío hasta hacerme sangre.

En este momento que te vas, la vida, mi vida se detiene y el mundo se hace pedazos, añicos que intentan dibujar tu nombre. Me dejas; dejo que me dejes. No me amas; yo daría mi alma por dejar de quererte. Pero no hay Paraíso sin tu presencia; no hay Infierno sin desamor.

En este momento es todo silencio, mientras atraviesas el umbral que un día compartimos como nuestro. En este momento, que es todo silencio, sólo se oye el cierre de la puerta. Y caigo de rodillas en una inmensidad insuperable. Y me digo, por decirme algo, que así es el amor y el desamor.

En este momento quisiera callar para siempre. Y puede que ame alguna vez. Y que sueñe. Y cambie para nunca cambiar. Puede ser… Pero en este momento sólo te quiero a ti: todo aquello que no puedo tener nunca más.

Cualquiera puede silbar/ Anyone can Whistle.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

Anyone can Whistle. John Barrowman.

Hay memorias poderosas, que impactan sólo al verlas. Las hay volátiles, tan raudas que se posan brevemente sobre las cosas olvidándolas luego, como si fuesen mariposas. Y las hay ávidas, tanto, que llegan a devorarse a sí mismas.

La mía, para distinguir, es evocadora, libertaria, a veces anodina, a veces demasiado profunda y siempre está presente cuando desea, no cuando la necesito. O cuando yo creo que no la necesito, más bien.

Mi memoria tiene personalidad propia. Hace lo que quiere. Aunque tengo la suerte de que no suele equivocarse, cosa que me tranquiliza. Yerro cuando no confío en ella y es un recuerdo constante de que debo plegarme más a mis instintos, a mi intuición, porque ella lo impregna todo.

Es una máquina perforadora. Aquello que le interesa le queda grabado a fuego, como una cicatriz. Y no necesita grandes estímulos para evocarlos. Apenas una palabra, una canción, un aroma es necesario para que evoque un recuerdo y, derivado de él, construya un edificio lleno de detalles únicos y propios: voces, frases, colores, vestimentas, sabores y sentimientos. Con el detonante adecuado ningún detalle escapa a mi memoria y por eso es única, traviesa y, a veces, hasta se lleva buena fama.

Esto, como cualquier otra cosa en la vida, acarrea ciertos problemas: por mí mismo soy incapaz de acordarme de nada. Quiero decir, que no consigo gobernarla con tiento. Tiene cuarenta años conmigo y sigue haciendo lo que le viene en gana. Siempre necesita de un estímulo. Mi memoria es un laberinto que se hace traslúcido una vez se dice la palabra mágica, y esa palabra es evocación. Por eso mi memoria es una gran constructora de recuerdos rememorados, porque es una artista de la Evocación.

No veo en ello nada de extraordinario, pues si todo el mundo puede silbar, no es raro que yo lo haga también. Si puedo construir un recuerdo hasta el mínimo detalle, otros también lo harán. Sin embargo no deja de sorprenderme a veces, y a veces también irritarme, la extremada facilidad de mi memoria para construir mundos perdidos, sensaciones olvidadas, aromas desvanecidos y, sobre todo o por encima de todo, sentimientos sentidos.

Cansado un poco de la novedad literaria (suelo ir un tanto retrasado en cuanto a actualidad), en estos días me he dedicado a la relectura. Me gusta en exceso quizá; un defecto como otro cualquiera. Me apetece sobremanera evocar, con la lectura de  libros que me han dejado buen sabor, esos sentimientos, esas sensaciones; descubrir ideas nuevas, nuevas imágenes que la lectura inicial no me había revelado, y entender mejor a esos autores tan apreciados que llegaron en su día a sembrar en mí ese mar de recuerdos que salen a mi encuentro cada vez que abro sus tapas y me sumerjo en su lectura.

Mi país inventado, de Isabel Allende, fue uno de ellos. Curioso, porque es en sí mismo un ejercicio del recuerdo. A su manera divertida, profunda e hiperbólica. Ese libro fue el regalo de una mujer a la que tenía (y tengo) en altísima estima. Susana González Prado es quizá la persona que más ha marcado mi formación médica. Y no es porque me parezca a ella en mi quehacer diario (quién me diera), si no porque su personalidad, su actitud, su templanza y saber hacer alumbraron un período un tanto oscuro de mi vida; su paciencia infinita, que perdía ante mi torpeza; su sabiduría y su forma de ver la Medicina, con mucho de entusiasmo pero a la vez de escepticismo, me maravillaron. Ella, antes de irse de nuestro lado, me regaló ese libro. Porque supo que había leído a Paula, un relato que la marcó mucho, como me había pasado a mí. Y lo supo porque yo le enseñé un pequeño recuerdo que conservo de esa lectura, de los sentimientos que ese libro sembró en mi interior años antes de dedicarme a la Medicina Intensiva, y eso la llevó a dármelo.

Pero Susana González Prado me regaló Mi país inventado, que antes ella había leído, con una sorpresa en su interior: además de una dedicatoria escrita con esa letra de niña encantada, dejó una acuarela en sus hojas. Preciosa, llena de los colores del atardecer. No quiso que abriese el paquete en su presencia, aunque por descontado sabía que era un libro. Y era porque en su interior había escrito y pintado algo más importante que aquellas letras impresas.

Cuando he vuelto a abrir en estos días el libro, me encontré con su dibujo y su dedicatoria, y todo volvió a mí. Aquellos años torpes, su presencia serena, su saber estar. Todas esas cualidades que ardía en deseos de tener pero que sabía de sobras no iba a poseer nunca. Porque ella las tenía. Y mientras releía, su sonrisa iluminaba, en mi recuerdo, cada una de sus páginas.

Mi país inventado me llevó a releer Paula. En él encontré otra vez toda la angustia, todo el dolor, todo el humor, toda la esperanza, toda la desazón y toda la voluntad que hallé la primera vez que leí ese relato maravilloso, la transmutación de un dolor que nunca se disipa, pero que cambia de forma haciéndose más llevadero. Y mi memoria juguetona halló un nuevo estímulo al encontrar, escondida entre las hojas de Paula, una tarjeta hecha a mano, escrita con una letra de mujer menuda pero de alma muy grande como la de Susana González Prado: esa letra, esa tarjeta y esa dedicatoria eran de la autora del libro, de la propia Isabel Allende.

¡Años allí escondida! Y mi memoria evocó aquella tarde de enero en la que escribí una carta de una docena de folios por ambas caras dirigida a esa mujer, a esa autora maravillosa que había creado por el dolor, la pérdida y el reencuentro un libro que daba vida de nuevo a una hija muerta. Que había removido mis entrañas página a página, construyendo un mundo entre paréntesis, una voluntad que se transmuta, y sembrado una esperanza que aún sigue viva, a pesar de los años y del abandono de mi propia vida.

Aquella carta la escribí como en un hipogeo. Era un error, pues no sabía cómo enviársela. San Francisco quedaba a media vida de donde yo residía, y por supuesto desconocía cualquier seña de la autora. Una vez terminado aquel fajo de palabras manuscritas (¡pobre Isabel Allende, teniendo que leer cada una de esas páginas!) me asaltó la duda, claro. E inmediatamente pensé en la editorial. Otra carta dirigida a ellos para que, por favor, reenviaran la mía a su destinataria… Qué sueños llegamos a tener… Pero yo vivía en ese mundo de literatura donde quizá todo fuese posible…

Meses después, ya olvidada esa pequeña locura, recibí una carta sin remitente conciso, pero venida de Sausalito, California. La abrí, porque de aquella no había esa paranoia falsa que tenemos hoy en día y que es un invento malintencionado de los políticos, como en su momento lo fue la guerra fría, para mantener a la población que piensa bajo el control del miedo. Y ¡oh, sorpresa!, una tarjeta hecha a mano y manuscrita salió de aquel sobre… Isabel Allende me enviaba aquella tarjeta, escrita de su puño y letra y hecha por sus propias manos pensando en mí… Qué alegría para un lector perdido en la grandeza del mundo y qué detalle por su parte… Quizá todo sí fuera posible…

Ver esa tarjeta de nuevo, después de tantos años escondida en aquellas páginas, despertó en mí sensaciones adormecidas por el tiempo transcurrido, hizo que mi memoria juguetona construyese un tiempo y un lugar y un sueño que seguía muy vivo, pero muy latente, en mi interior. Esa memoria que se desplaza cuando más le conviene y que más me valdría seguir siempre…

Esa tarjeta guarda en su interior un sueño que compartí con la escritora y al que ella me animaba narrándome su propia experiencia, su propio despertar. La vida es una vaina, sin duda, pero siempre nos da la oportunidad de volver a empezar. Para ella esa oportunidad tenía una fecha eterna: el 8 de enero, y firmaba esa tarjeta con la esperanza de que yo encontrase, como ella, ese estímulo para conseguir mis sueños: mi propio 8 de enero.

La vida me ha dado muchas vueltas, como a todos. Pero en mi caso siempre he tenido la sensación de haber sido arrastrado por una fuerza centrípeta, de desgaste más que de creación. Quizá sea sólo un error de apreciación. Porque mi memoria libertina corre por mi mente inundando mi espíritu con infinidad de imágenes, con un torrente de sensaciones, y me ha regalado, en estos días, quizá un motivo poderoso para seguir adelante. El recuerdo de Susana González Prado, con su pelo castaño atado en una coleta, su sonrisa tímida, su serena percepción de la Medicina, sigue en mí casi como la primera vez que la vi. El recuerdo de Isabel Allende, legándome una esperanza posible dentro de la locura de la vida, sigue ahí impresa en esa tarjeta que ya amarillea por el paso del tiempo. Ellas me han enseñado que sí, todo es posible.

Y si yo puedo silbar, no me extraña que todos también puedan. Y si ellas consiguieron ser fieles a sí mismas, encontrándose en el camino, seguro que yo también podré. Ay, memoria libertina…, qué suerte que aún sigas aquí…