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Autor: Juan Ramón Villanueva
Mil atardeceres/ A Thousands Sundowns.
El día a día/ The days we're living
La lentitud del sol aumenta la pereza de la tarde. Suave, sereno, se va hundiendo en el horizonte. Las montañas reflejan los tenues morados, el azul profundo que parece emerger por el oeste, el intenso naranja y el amarillo tostado que tiñen nuestros rostros, nuestras pieles morenas.
Estás a mi lado. Apoyado en un hombro, siento tu peso naufragar entre tu cuerpo y el mío. Yo me refugio en tu sonrisa, que se ve iluminada por el atardecer, y por tu propia fuerza, a veces mucho mayor que la mía, y que a veces la complementa y la justifica. Yo estoy a tu lado, tomándote de la mano y sonriendo. Y tus ojos brillan al verse en los míos. Y una lágrima de sudor parece resbalar por tu frente dorada, azul y magenta.
Nos acercamos un poco más. El sol al fundirse deja paso al fresco de la noche, que se levanta por detrás de nosotros y nos abraza de repente. El cielo se viste de un hermoso color rosa. Tu sonrisa ilumina las estrellas que van apareciendo una a una sobre nuestras cabezas. Las señalo riendo y tú me arrebatas el brazo que señala al cielo para apuntar tu corazón. En los atardeceres de verano, tu corazón y el mío laten al unísono a pesar de discusiones banales, peleas indignas, luchas de poder que no llevan a ninguna parte. Cuando la luna se asoma tímida cerca del sol moribundo, todo parece recobrar un sentido más simple, que es el de querernos, el de dos corazones enamorados: haciendo planes, teniendo hijos, pariendo sueños que pueden salir bien o mal, pero que nos harán más fuertes, más únicos, más nosotros mismos.
Somos dos. Ahora que el sol teje su encaje naranja, transparentando las nubes de papel, puliendo la bóveda bordada de estrellas tempraneras, nuestras manos se entretienen bailando un vals de eternidad; y nuestras miradas, prendidas de malvas y dorados, se reconocen, se intensifican y hasta se besan. Como nuestros labios, como nuestras bocas. Como nuestras intenciones.
Y en estos momentos, cuando el sol se hunde lentamente tras las montañas para iluminar el día de los otros, me doy cuenta que te quiero. De una forma simple, como la de los niños; de una forma generosa, que no pide nada a cambio. A ti. Y a mí. Que no pide nada a cambio, salvo quizá que te mantengas a mi lado, en días como éste, mil atardeceres más, hasta la llegada de la noche estrellada, plateada por el brillo de una luna menguante; salvo que quieras estar conmigo, junto a mí, mil atardeceres más, hasta la llegada del último descanso, de la última meta, que siempre será, siempre, la de querernos bajito, hasta la eternidad.
Deja que el río fluya/ Let the river run.
Los días idos/ The days gone, Música/ MusicA finales de los años 80, una película deliciosa irrumpió en mi vida, justo después de haber estado en mi primera visita a Manhattan. Una ciudad maravillosa, una historia divertida pero llena de entresijos, unos actores en estado de gracia y una canción vital y llena de energía.
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El mundo ya no es el que era en esa época. Todos hemos cambiado, hemos madurado y quizá somos un poquito más sombríos. Pero no importa. El mundo gira, el río sigue fluyendo, y nosotros con él.
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Como el viento/ Like the Wind.
El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days goneUna mezcla de alegría y melancolía tiñe siempre mis visitas a Madrid. Escapando como puedo, invirtiendo cada momento libre en un momento mágico, las horas se amoldan a la presencia de la soledad, aceptada y en muchos momentos buscada, pero también la compañía de personas generosas, con su tiempo y su espíritu, que me permiten llegue a conocerlos y a compartir algo de sus muchos dones y experiencias vitales.
Estos encuentros suelen ser fugaces. Como el viento, voy y vengo con demasiada rapidez; echo de menos un abandono más total a la experiencia siempre especial de esos encuentros, y a veces he fantaseado en lo que sería ser dueño de un tiempo más laxo, que me permitiría departir, conversar y sencillamente disfrutar de personas tan excepcionales como comunes y abiertas al mundo que vivimos.
Todas estas personas son extraordinarias: poseen talentos que escapan de su piel y llegan ya sea en la cercanía de su compañía, o en las palabras y obras de la distancia; tienen problemas, frustraciones y anhelos y aventuras encantadoras, porque me acercan con su diversidad a ese caleidoscopio que es la vida que se vive, alejada a veces de lo cotidiano, y muchas otras, demasiado adheridas a la tierra para pasar fácilmente desapercibidas, y que me enriquecen tanto y que tanto extraño cuando no los tengo cerca.
Todos ellos pertenecen a ese grupo heterogéneo de amistades, de lazos que se crean poco a poco y con fuerza variada, sometidas al vaivén de los encuentros y desencuentros, de las distancias y los acercamientos, que honro tener en mi vida. Aquellos que ya no están, o que sólo están por breves instantes; aquellos que viven de cerca, latido a latido, cada momento importante, y que laten en el eco de la soledad y ríen en la algarabía de los días alciónicos, días en los que todo coincide: la perfección del instante con la compañía, el sol o la lluvia, unas risas y una buena comida.
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Mi relación con Carlos Hugo Asperilla ha trascendido la mera admiración por su talento. De un atractivo evidente, su bagaje astrológico es muy similar al mío, y muchas veces veo en él todo lo bueno que seguramente yo tendría si me tomase el trabajo de encontrarlo. En él todo lo que vale la pena está a flor de piel, se ve en su mirada y se descubre en sus gestos, y en un constante descubrimiento y reflexión.
Su buen amigo, Óscar Moreno García, es un espíritu puro que se debate, como todos, entre el querer y el poder, ganando batallas y dándolo todo a cambio, con una firmeza y una fuerza que la belleza de su cuerpo, pura fibra, atestigua. Dueño de una sensibilidad extraordinaria, su juventud y su cercanía hacen de nuestros encuentros una pura delicia, y hasta hacen que me olvide que gracias a él sudo muchos días la gota gorda en la cinta de correr. No en vano cada vez que coincidimos juntos, ellos y yo, terminamos paseando por las calles de Madrid, en una costumbre que a mí me encanta y que disfrutamos juntos, reflexionando, diciendo sandeces y riéndonos a carcajada limpia por esas calles a veces señoriales y a veces extraordinariamente reales tan características de la abierta y sin igual capital de España.
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A Iñaki Bañares me une una atracción única. Es un hombre de gran poso y, a la vez, de aguas turbulentas. Es un hombre de gran musculatura, de sonrisa fácil, de mirada risueña y de gran capacidad de dar. Es generoso por naturaleza y por convicción. La dedicación a su cuerpo no logra esconder la misma reflexión constante hacia su vida y a todo lo que le rodea. Es un triunfador porque empeña su tesón y su fuerza en lo que emprende; es un hombre completo porque aúna espíritu, cuerpo y corazón en representar aquello por lo que hemos sido creados: mostrar la belleza de Dios entre nosotros.
Sus dudas, sus remordimientos, su voz enmarcan una personalidad luminosa en la que habitan claroscuros, zonas de penumbra que lo mantienen confiado y vivo y con ganas de luchar. Su compromiso con la belleza de su cuerpo es el mismo que con la vida: a través de su intuición y sus manos sanadoras, consigue alinear energía e intención en todo lo que toca. Y siempre, siempre, llega a tocar el alma. Es un gran hombre no sólo por atractivo y belleza, sino por su gran calidad humana y su generosidad sin igual.
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Mi admiración por Otto Más viene de hace tiempo. Su mirada para la fotografía (que ha enriquecido y embellecido las páginas de este blog), su verbo fluido y rico, sus inseguridades, hacen de él un hombre entero. Hizo lo posible para poder conocernos en persona, y ese encuentro se me hizo demasiado corto, demasiado breve pero muy enriquecedor. Es un hombre de gran galanura: guapo (aunque él se empeñe en negarlo), muy atractivo, intenta desarrollar su sentido de lo bello y de lo divino en sí mismo y en lo que le rodea. Dueño de una cultura deliciosa y de una voz de barítono que enamora (es preciosa) su búsqueda de la Belleza, su ansia de lo Perfecto lo lleva por caminos a veces tortuosos (su propio cuerpo es una muestra de su empeño por alcanzar ese ideal de divinidad con el que todos soñamos pero que pocos consiguen) pero siempre fructíferos; y su conversación, llena de argumentos con lógica y sentido común, enriqueció unos minutos que hubiera querido alargar más tiempo.
A pesar de que pude reencontrarme con personas como Janneth, cuya sonrisa de sol ilumina el día más oscuro, me quedó en esta vuelta por Madrid mucho en el tintero: Pablo e Isi, por ejemplo, que tanto me hacen reír como reflexionar, y conocer a más gente estupenda que, como todos ellos, son un ejemplo de diversidad, aplomo y locura: Lolo, Javier, entre tantos otros.
Pero, como el viento, voy y vengo, entro y salgo de sus vidas con una facilidad casi divina. Y esa levedad no está reñida con profundidad; esa brevedad sólo siembra en mi corazón las ganas de más. Gracias a este universo en constante expansión que es Internet nos hemos ido conociendo, espero que siga manteniéndonos cerca.
Cuestión de Amor o Lujuria/ A Question of Lust.
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea insideA Question of Lust. Depeche Mode.
Durante una tarde cualquiera, mientras disfrutábamos en una terraza el ir y venir de la gente acalorada, hablábamos de todo un poco.
Me gustaba su compañía: recia, apolínea, quizá demasiado desarrollada pero enormemente atractiva, suave y firme al mismo tiempo; la piel morena e hidratada, brillando al atardecer con una indecencia maravillosa. Todo en él era llamativo: sus hombros como mundos, su espalda de río y un pecho amplio de universo en expansión. Pero sobre todo su verbo fácil, su sonrisa de estrella y un brillo en la mirada que me aturdía a veces y a veces me centraba.
Que me gustaba saltaba a la vista. Vamos, le gustaba a todos los que paseaban por la calle. La terraza no era más que un pretexto como otro para ser admirado y apreciado en la distancia. La Belleza a veces es así de descarada y así de elusiva: mientras no nos acerquemos lo bastante, ella atenderá nuestra sed en tragos pequeños y espaciados; quizá un poco amargos por imposibles o improbables, pero demasiado adictivos para negarles un poder por lo demás tan voluble como el tiempo que pasa.
Pero me gustaba todo, no sólo lo que enseñaba: sus labios, su voz dulce, su forma de ser, algo prejuiciosa, algo independiente, pero generosa y consciente de su lugar en el mundo. Y lo sabía, puedo asegurarlo. Pues, como Belleza, se acercaba y se alejaba en ese vaivén que acrecienta la lujuria y la desespera y la aquieta.
Sentados uno frente al otro, me sentía igual de estudiado. Yo me imaginaba el sabor de sus besos, el cosquilleo de su piel color de vainilla tostada, la blandura de ese pecho, la firmeza de un abdomen cincelado, la tensión de unas piernas atomizadas y relajadas al infinito… Entre sorbo y sorbo, mis labios dibujaban cada uno de sus relieves, tropezaban con un pezón, un codo, un nudillo, y convertían la aventura de saborearle en un exótico baile de especias: la canela, el cardamomo, la pimienta, todos esos olores exóticos confluían en aquella distancia que nos separaba, un mar que se abría a mis sentidos hambrientos y a una expectación que se me notaba en la mirada y a veces en el aliento.
Sonreía, sabedor, lo sé, y acostumbrado también. Y jugaba con ello. Se acercaba y me sonreía y guiñaba un ojo al sol de la tarde y parecía que el mundo se centraba en nuestra mesa, en nuestras bebidas y en el roce al que una y otra vez nuestras rodillas desnudas o nuestras manos jugaban.
Una cuestión de lujuria, de piel y sentidos abiertos. La conversación fluía con una facilidad casi divina. Y divino me sentía yo a su lado, extasiado y comprendido: nos conocíamos, nos comprehendíamos, nos admirábamos: una cuestión de amor.
Su voz, su risa. Mi mirada fija, continua, despreocupada, desvergonzada en su compañía, caldeada y lujuriosa. Cada respiración era un beso que deseaba darle; cada pestañeo, un retrato de su cuerpo tatuado al mío, lleno de esa confianza en lo conocido y en esa serenidad de lo probable. Sus brazos de árbol, su cintura estrecha. Entrecruzaba las piernas y jugueteaba con mis pies. Y su mirada fija, desvergonzada, concupiscente. Y mi risa y mi voz.
Una cuestión de amor: sus ojos oscuros, su nariz prominente, la sutileza de unas manos finas y pequeñas, el sonido de aquella voz de bacante; sus miedos, sus sueños, una inseguridad absurda pero fascinante, una fragilidad inusitada y preciosa.
Una cuestión de lujuria: placer de las pieles que se encuentran liberadas de toda ley que no sea la de los cuerpos; la escalada a sus relieves, la caída libre desde los labios a sus pies; la fuerza que arrebata las inseguridades; la fragilidad que se debate presurosa entre las llamas de la pasión y su transmutación en placer, universo, beso y grito.
Nos levantamos. Nos miramos.
Sabía que su hotel tenía piscina; sabía que iría después al gimnasio. Sabía que todo eso podía quedar para después, tras el ejercicio del lecho.
Y le sonreí. Y me acerqué. Lo abracé con una ansia que me hacía temblar. Y, tras el rastro de su piel, conseguí llegar al valle de sus labios. Y en ellos estuve acampado una eternidad: cuestión de lujuria.
Su voz. Su mirada seria. Me abrazó con torpeza e intentó sonreír de alguna manera. Consiguió mover aquel cuerpo que de repente había perdido toda flexibilidad, ganando en rigidez, en brillo al refulgir con el sol de la tarde.
– Perdona. Perdóname, de verdad, creo que no me has entendido. Te tengo mucho cariño, muchísimo, pero como amigo. Comprenderás que tú y yo…
Mi mirada fija, mi sonrisa congelada. El calor insoportable. La Belleza que se aleja incólume. La nada.
Cuestión de amor.


