Tres líneas: un cameo ilusionado.

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   El experimento literario Tres Líneas abarca más que la composición de la existencia de tres hombres en un instante preciso de la Historia y de sus vidas a tres manos. Poco a poco se va convirtiendo en un conjunto de relatos que tejen la realidad de unos personajes que comienzan a respirar a través del intercambio epistolar con el que los tres autores, Carlos Hugo Asperilla, Elena Montesinos y Óscar Moreno, nos van atrapando semana a semana.

   Carlos Hugo Asperilla me ha pedido que colabore en este proyecto interesantísimo con un cameo, encarnando a uno de los personajes secundarios de la trama que va desarrollándose entre estos tres hombres. Con honor acepté la invitación y mi intención era permanecer en secreto, como corresponde claro, pero él se ha empeñado no sólo en que firme la autoría de una carta cuya redacción me ha causado satisfacción y muchas sorpresas, si no que además la comparta en este blog. Cosa que he hecho.

   Os animo a entrar en el universo de Tres Líneas y a descubrir, semana a semana, el destino de estos tres hombres, en su lucha por ser lo mejor que pueden ser, y además, dejar una huella en la historia de sus vidas y de los que los rodean.

   Madrid 5 de octubre de 1940

   Querido Emilio:

   No sabes la alegría que me he llevado al saber de ti. Tus nuevas, dentro del ambiente árido y despoblado tras la gran guerra, son un rayo de esperanza. Un hijo siempre lo es, aun a pesar de las responsabilidades que conlleva. Nada hay más sagrado que ellos, si lo sabré yo bien, y a pesar de las dificultades que afrontas, sé que la dicha se ha instalado en el universo que llamas hogar.

   Haces bien en ser precavido. No están los tiempos para cometer deslices. Mi querido Emilio, soñador empedernido, el mundo ha cambiado tanto desde los tiempos de paz, aún con los revolcones de la agitación y la inestabilidad política, que debemos plegarnos a ellos con la sabiduría de las serpientes y la docilidad, nunca mejor empleada, de las palomas. Tu corazón caliente ha hecho de ti siempre un hombre apasionado, pero los sinsabores de la guerra han atemperado un poco la razón y te han hecho más sabio, algo que siempre he sabido que existía en ti desde que te encomendaron bajo mi mando hace ya tanto tiempo que quizá haríamos bien en olvidar.

   Pero el olvido no está en la naturaleza humana. Antes bien, el recuerdo constante, y los adornos que la memoria añade a los hechos que han pasado, inflaman la imaginación, y llegan a envenenar la vida propia y la que nos rodea. Confío que tengas la sutileza suficiente para sobrevivir a las cicatrices de la guerra, y a aquellas aún peores del orgullo herido, los sueños pisoteados y las facciones inútiles.

   Sabes lo que pienso. Sabes que abrazo las ideas revolucionarias de mi amigo Marañón desde que nos conocimos, en la Alemania anterior a la Gran Guerra, cuando ambos fuimos a perfeccionar nuestra educación médica. Las ideas de Gregorio y las mías, en aquella época, no eran tan consistentes (éramos muy jóvenes) pero sí certeras. Nos reconocimos en nuestra ansia por servir, en hacer de la Medicina un servicio social y a la vez una Ciencia más exacta, adaptándola a lo humano más que obligando al hombre a amoldarse a nuestras costumbres. Verdad es que partíamos con un cierto aura romántico que la guerra casi ha destrozado, pero que se ha mantenido intacto, o más bien moldeado por las circunstancias externas, casi como un milagro. Un milagro como tu matrimonio y la llegada de tu hijo, algo siempre tan deseado por cualquier hombre de bien como tú lo has sido, al menos desde que te conozco.

   Querido Emilio, te puede tu corazón. El siglo XX está lleno de ideologías. En mi alma creo firmemente que todas son falsas, pues parten de una premisa errónea: la mitad de la humanidad está equivocada. Eso no puede ser posible. Si algo me ha enseñado la Medicina es a relativizar las cosas, los signos y los síntomas, y los seres humanos que los padecen. Estamos muy lejos de comprender todos los caminos que nos hacen ser lo que somos, aunque gracias a la labor de Gregorio y de otros personajes insignes dentro de los cuales él tiene la delicadeza de contarme, luchamos día a día (ésta sí es la única batalla que tolero) por dilucidar y por comprender los milagros de lo que llamamos, a veces malamente, vida que se vive. Seguimos los pasos del insigne maestro Ramón y Cajal y de muchos otros, españoles y foráneos, contemporáneos o no, que nos han precedido y que nos seguirán, con el firme propósito de servir, a través de la Medicina, como hombres de bien.

   Y nuestro querido país está tan necesitado de ello, Emilio. Las hondas heridas que han quedado no se cauterizarán con facilidad: los vencederos recordarán perpetuamente su triunfo, los humillados vivirán siempre con el estigma de la pérdida. La Reconciliación, de venir, yo aún la noto muy lejana, y me temo, con profundo dolor, que no la verán mis ojos. Pero espero que los tuyos, más jóvenes y con esperanzas renovadas, sí lo hagan, o al menos consigan acercar un poco más unas diferencias que no son reales, o que sólo lo son porque nuestra mente así lo desea.

   No quiero entrar en ésta sobre lo mucho que hemos hablado, en las noches en vela del hospital de campaña, acerca de la naturaleza de la agresividad humana, la sed de sangre, el sueño inútil de la imposición y la diferencia. Hemos visto demasiadas muertes inútiles, demasiado sufrimiento gratuito para seguir discutiendo banalidades sin peso real en el mundo. Todo lo contrario: si de algo ha servido nuestro tiempo en común, querido Emilio, ha sido para enseñarnos la realidad de una vida cruel consigo misma, atolondrada e inútil, y que sólo regala sufrimiento y pérdida.

   Nuestro hospital quedaba en un descampado. Y si pudieras ver el erial que dejó el ejército una vez acabó todo, te darías cuenta que los ideales no justifican el dolor ni la tortura y que el hombre, muy a mi pesar, todavía se encuentra lejos de esa perfección que mi admirado Gregorio le atribuye.

   En contra de lo que parece, nunca me ha parecido mal que Marañón se fuese del país durante la guerra. No podemos perder un alma brillante en medio del ruido enceguecedor y del humo que nubla la razón. Todo lo contrario, en tiempos de desorden necesitamos como nunca de un faro en el horizonte que nos enseñe el camino y nos guíe. Desde París sus meditaciones me han servido de aliento y, ahora mismo, también de esperanzas.

   Siéntete libre de comentar lo que quieras en este intercambio epistolar. La persona que te trae ésta es de mi entera confianza. Es un estudiante de corazón apasionado, como era el tuyo, y de sueños igual de atolondrados. No ha conocido la guerra, al menos no como tú y yo; todavía es muy joven. Pero enfrentará otras dificultades que veo venir: la censura, la reeducación, las necesidades de sobrevivencia que a veces nos engañan y a veces queremos que lo hagan. No importa: admira mucho a Marañón, casi tanto como yo, y más modestamente, también a mí. Sigo sin acostumbrarme a que me llamen Maestro. Y sin embargo eso soy, desde que volví a Madrid a ocupar la cátedra que dejé vacante con la guerra. Cuento los días para que vuelva Gregorio y poder desarrollar los planes que, gracias a él, tenemos en común, y en los que quiero que participes, si te viene bien y deseas dejar la tranquilidad de Toledo por el desorden de Madrid.

   Has hecho bien en irte a la Provincia. Madrid ha sufrido mucho con la guerra. Todo está un poco deslavazado. La gente de campo, dentro de su miseria, tiene ciertas ventajas que los citadinos no poseen: la tierra, que tendemos a menospreciar, devuelve con frutos aún pírricos la dura labor de la labranza: en la ciudad sólo hay adoquines y árboles yermos. Madrid es un erial de palacios derrumbados y plazas destrozadas; ciertas calles, con el pavimento revuelto, enseñan las entrañas de una ciudad que fue hermosa y que espero pronto renazca de sus cenizas, no sin esfuerzos y sufrimiento ajeno, pero que se muere de hambre y se enferma de hacinamiento.

   Si no te parece mal, deseo que formes parte del renacer de la ciudad, de esta nueva luz que deseamos llevar a nuestra Facultad. Quisiera que volvieses a Madrid a terminar tu doctorado y a preparar las oposiciones para la Cátedra: necesitamos médicos de corazón puro y deseos de mejorar, que traigan la energía de la juventud y la sabiduría de la experiencia para llevar a cabo el cambio que tanto deseamos.

   Eres joven: tu idealismo te ha llevado a abrazar aquella causa que te parecía más justa. Sabes que no desprecio esa pasión, antes bien la admiro. Pero confío que la vida te haga ver que el Humanismo está por encima de ideologías creadas por el hombre, y por lo tanto falibles, y que nada es más importante que el respeto por la vida y la lucha por mejorarla.

   Como te cansaste de recordarme, entre mi querido Marañón y yo hay una gran diferencia: él se exilió más allá de los Pirineos mientras yo me quedé a servir, sin importarme el bando, a nuestro país. Restos del Romanticismo que habita en mí. Pero no te lleves a error: él tenía una familia que proteger, y su valentía está fuera de toda duda; no se cansa de arengar, con esa sapiencia tan admirable, los grandes errores que nos han llevado a vivir esta barbarie. Yo sólo me lancé a lo que me parecía más correcto: sin familia ya, todos muertos, nada tenía que perder, salvo mi propia vida, y nunca me ha parecido ésta más importante que la del más simple de mis pacientes. Ambos servimos a España sin traicionar nuestros ideales y los de nuestro propio país unido, como siempre ha debido de ser.

   Así llego al motivo de tu carta. Siendo difícil realizar diagnósticos desde la distancia, las afecciones de tus amigos parecen bien distintas. Confío en tu buen ojo y en la capacidad única que tienes de comprender la Enfermedad para que llegues a una conclusión certera.

   Opino lo mismo que tú sobre el joven Luis Miguel. Por lo que describes, es claro que padece esa enfermedad humoral que daña los tejidos laxos del cuerpo y que nos termina anquilosando como estatuas de yeso. Me temo que no tengo buenas noticias al respecto. Ese pobre chico tiene los días contados. Puede buscar climas más serenos, aquellos que le permitan a sus pulmones disfrutar de la suavidad del aire ligero, pero su corazón acabará cerrando las válvulas que lo hacen funcionar y morirá pronto ahogado en su propio aliento. La muerte siempre es una pena, pero lo es más cuando visita almas apasionadas cuyo único error ha sido vivir en plenitud. Me gustaría ser menos categórico, Emilio, con respecto a este caso que te es tan caro, pero sabes casi tan bien como yo que la Fiebre Reumática no abandona nunca y que se lleva consigo la energía, la fuerza y finalmente el aliento. A veces funcionan las sangrías, pero estoy en total desacuerdo con ellas. Nos sacan voluntad y nos absorben energía. Hay ciertas investigaciones que la relacionan con un proceso infeccioso… Pero todo está en veremos. Lo lamento profundamente pues le tienes afecto, pero como la primavera, este chico tiene sus días contados.

   Y en cuanto a Dalmacio, todo es aún más extraño. Me preocupan las alucinaciones y las angustias que relatas. Ha debido de sufrir mucho en el campo de batalla, dejándole el humor apagado; el hambre no parece que mejore su cuadro y el clima a veces tenebroso de Asturias, siéndome muy caro, no ayuda nada a recuperarse de las locuras vividas todos estos años. Yo le recomendaría que buscase tierras de sol y de viento despidiéndose de las sombras, y ocupar su tiempo en las labores del campo y en reintegrarse en la sociedad que le conoce. Y que se olvide de la política: sólo le traerá recuerdos dolorosos y situaciones inútiles; ha llegado el tiempo de sobrevivir a las ideologías. Y si no puede separar su corazón de su mente, quizá la emigración, a Méjico o a Argentina, países de libertad y de luz, podría serle de utilidad.

   Lamento ser de poca ayuda, querido Emilio, desde la distancia. Pero tu carta, antes bien, me ha servido para calmar mis pesares y para llenarme, además, de esperanzas. Espero tu respuesta con ansia. Y recuerda que aquí, cerca de nosotros, siempre tendrás una oportunidad para desarrollarte y prosperar. A pesar de los tiempos inciertos que vivimos y de las diferencias que hay en nuestros corazones, necesitamos de médicos como tú, de corazón valiente y de Ciencia entregada, y de esa esperanza única que nos hará salir, al ritmo que debamos, de esta destrucción y de esta barbarie en la que nos hemos visto inmersos.

   Deseando lo mejor con profundo afecto,

   Álvaro Cervello de Guillerna.

Juan Ramón Villanueva

Un aspirante-a-todo-lo-que-sea, que vive en Santiago de Compostela; dedicado a vivir demasiado en su cabeza; con grandes amigos con los que compartir todo los aspectos de la vida, y que empieza a necesitar expandirse más allá de sus propio límites geográficos. Aspiring-to-everything-that-it-is, living in Santiago de Compostela; dedicated to live too much in his head; with great friends with which to share all aspects of life, and that begins to need to expand beyond his own geographic limits.

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