1+1 es el número de la soledad/ Plus one is the loneliest number.

El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Medicina/ Medicine

   – ¿Tienes cama?

   Odio que me pregunten tal cosa. En general me gustan poco los rodeos; en los negocios del pasillo de la Salud perdida, como en casi todos los restantes de la vida, me gusta ser rápido, directo y conciso. Ya damos demasiadas vueltas a las cosas, rumiamos tantos pensamientos, que llevarlos a la práctica sin simpleza me saca de mis casillas.

   – No.

   Voz molesta.

   – Pues a ver qué hacemos con él.

   – ¿Con quién?

   Voz más irritada si cabe.

   – Cincuenta años, ictus isquémico, estamos haciendo la arteriografía. Sufrió una parada cardio-respiratoria de la que salió tras masaje y desfibrilación.

   – Hum.

   Había que conseguir una cama sin duda. Voz más enojada que antes pero resignada.

   – Está bien, veré qué puedo hacer.

   Tras la burocracia de rigor y dos horas después, el paciente estaba ingresado en la UCI.

   Un hombre corpulento, con problemas vasculares desde hacía varios años. Llegó en coma profundo. Mal comienzo. Problemas respiratorios que se fueron solventando con el paso de las horas. Y arritmias cardíacas, quizá la causa de su parada, bombardeando hora sí y hora también las pantallas del monitor.

   Vaya.

   Tras pautar tratamiento e intentar estabilizarlo, tres horas más tarde me acerqué a hablar con la familia. Un tropel de hombres se acercaron con rostros preocupados. Todos igual de corpulentos que el paciente de la cama 4.

   Les pregunté si estaban todos ya. A lo que me respondieron que faltaba la pareja del paciente, a la que habían ido a buscar.

   La esperamos.

   Llegó unos segundos después. La única mujer en aquella convención masculina. Joven, con los ojos grandes y expresión preocupada. Uno de los hombres más jóvenes la sostenía mientras comenzaba a desgranar el estado del paciente.

   – No hay mucho qué hacer, doctor, ¿verdad?

   Me preguntó el que parecía más mayor. Y le respondí mirando educadamente tanto a ella como a él, que había hecho la pregunta.

   La chica no conocía del todo los antecedentes médicos de su pareja; tampoco el resto de hombres que a las claras se veía que eran sus hermanos.

   – Pero mañana llegan los niños desde Barcelona y seguro que nos pueden contar algo más.

   Dijo ella, con cierto aire solícito y de querer ayudar. Yo le sonreí e intenté mirar al gentío a la vez.

   Cuando llegó el momento de firmar el consentimiento informado del ingreso en UCI tuve que hacer la pregunta de rigor.

   – ¿Usted está casada con él?

   Una negativa.

   – Soy su pareja.

   La entendía. Pero no me servía.

   – ¿Pero ha legalizado su unión de alguna manera?

   Otra vez no.

   Mala cosa.

   – Perdone, pero el certificado lo tiene que firmar el familiar más cercano al paciente y legalmente usted no tiene ninguna representación… ¿Me entiende?

   La mujer asintió tranquila.

   – Llevamos juntos casi diez años y nunca necesitamos nada para saber lo que sentíamos uno por el otro.

   Le sonreí comprensivo. Los sentimientos son importantes, pero en el mundo del papel, en el mundo real de las responsabilidades ajenas al corazón, pesa más el símbolo que el propio amor.

   – Pero al no estar legalizados le resta a usted toda ventaja legal, incluso la de decidir oficialmente sobre su futuro… ¿Quién es el familiar más cercano?

   Y la voz de aquel que parecía más mayor volvió a sonar en el pasillo de la Salud perdida. Era su hermano.

   Cuando me dirigía de nuevo a la UCI, tras explicarles claramente que el futuro del hombre corpulento de la cama 4 era oscuro y que quizá el infarto cerebral se extendería y no saldría del coma, me quedé pensando en la situación que acababa de vivir.

   No era la primera vez. En una sociedad experimental, donde el mundo virtual llega a cobrar tanto o más peso que el mundo tridimensional, todos los ritos, todas las normas heredadas y apenas cambiadas por las fuerzas telúricas de la Historia, están en mutación constante; todo se reinterpreta de formas cada vez más libres y poco a poco va imperando la norma del todo vale. No creo que sea lo correcto, pues el mundo necesita, todos necesitamos, de una estructura firme para poder desarrollarse (no en vano el cuerpo humano, esa maravillosa masa de músculos, sangre y humores, descansa sobre el esqueleto, rígido y flexible a la vez), pero quizá sea aún más imperativo el amoldarnos a esos cambios que son reales e intentar encontrar salidas más creativas a los atolladeros legales en los que estas nuevas formas de vivir están abocando a la sociedad.

   Aquella mujer, que llevaba casi diez años con su pareja, no tenía derecho alguno sobre ella. No podía decidir legalmente sobre su posible futuro; no podía disponer de sus bienes llegado el caso, ni heredar, si la evolución era tan desfavorable como temía que sería. Sólo le quedaba el amor, el recuerdo de una vida común y una docena de fantasmas que quedan atrapados por el tiempo y deslizan sueños más que realidades evocadas.

   Ella estaba orgullosa de eso, a pesar de la sencillez con la que aceptó las circunstancias que el destino le estaba entregando. Ella había conseguido esa persona que nos comprende, que nos adora, o que simplemente nos hace compañía en las noches oscuras y frías; viendo el eterno transcurrir de las estrellas como el retorno del mar en la orilla; ella había conseguido sentirse satisfecha, amada, deseada y quizá hasta feliz en aquellos brazos que ahora pendían inertes sobre una cama; ella había conseguido ese sueño de tener a nuestro lado alguien que nos complemente sin estorbarnos y que nos quiera tal cual somos, a veces con mejor acierto y a veces hasta metiendo la pata.

   Y sin embargo para la sociedad ella no era nadie. Carecía de peso legal. No había firma que justificara esa historia de amor y convivencia; esa huella en el mundo, que de seguro sentía en su corazón, no era lo suficientemente bien vista, o no era tan apreciada, porque no cumplía todos los criterios que la sociedad actual exige de sus ciudadanos para ser parte del grupo, de la manada. La misma sociedad que le exige pagar impuestos, declarar a Hacienda, y convivir como una más sin serlo. A ella y a muchas parejas sin importar su género, a las que se les niega en algunos círculos de la sociedad su equivalencia, su derecho y su prevalencia como miembros activos de la misma.

   Mientras estaba atendiendo al paciente de la cama 4, cuya evolución hacía prever fatal, pensaba en eso. Me imaginaba a ese hombre enorme abrazarla en un claro de luna; podía oír las conversaciones calladas que tiene los amantes, o el silencio que a veces llega a reinar cuando la intimidad dura tanto tiempo. Podía imaginarlos enojados uno con el otro por tonterías o por asuntos más graves; comentar la vida de sus hijos; bailando lento en una boda, él sin chaqueta y sin corbata y ella con un traje de encaje que no sabe todavía cómo reciclar para sacarle más provecho. Y podía ver la lágrima trémula en la penumbra, y el temblor del gozo y la pasión; y la angustia serena de lo que no se puede cambiar.

   Nada de eso tenía importancia para la Ley por no cumplir la ley. Quizá en esta lucha sin cuartel entre los que unos quieren y otros desean, exista un punto común de encuentro, de equilibrio que debamos alcanzar para evitar que circunstancias como ésta se sigan produciendo. Todos tenemos derecho a estar con aquellos que amamos, todos tenemos derecho a participar en las decisiones importantes y todos tenemos derecho a enviudar, a heredar, a envejecer y a morir con aquellos que escogemos para vivir por siempre. Y sin embargo…

   Cuánto cuesta la lucha por un derecho que no debería ponerse siquiera en entredicho. Si hay testigos que aseveren las circunstancias vitales de los familiares, debería ser suficiente para que el manto de la Ley entrase a jugar parte en los negocios que se mueven en el pasillo de la Salud perdida. Al menos para que quede una sombra de la vida diaria que sirva de techo y de cobijo ante la indefensión de la Enfermedad y ante la inmensa Soledad que se aparece y se acrecienta en los vericuetos de ese pasillo enorme lleno de dolor y de incertidumbre.

   Porque en circunstancias como ésta nos damos cuenta que siempre estamos solos. Que uno más uno no son dos; que en una pareja siempre hay un hiato que mantiene la distancia entre los cuerpos; que la unión del Destino es sólo un espejismo, pues siempre seremos nosotros mismos, únicos e indivisibles, y el otro ser que nos acompaña, alguien más que no es nosotros aunque no podamos vivir sin él.

   Bien entrada la madrugada me acerqué a hablar con ella. Estaba sola; los hermanos de su pareja se habían ido a casa, ya eran muy mayores. Durante unos instantes no dije nada ni ella emitió sonido alguno. Pero nos miramos a los ojos. Y comprendió. No saldría de ésta con vida. De ésta no.

   Después de un rato a su lado en el que apenas habló, me adentré lentamente en el pasillo de la Salud perdida.

   – Nunca necesitamos nada para saber lo que sentíamos el uno por el otro.

   Me había dicho. Y ese comentario retumbaba en mi mente a medida que me alejaba de ella. Ella que se quedó en la penumbra de la sala de espera, envuelta en la inmensa soledad de la certidumbre.

   Al entrar en la UCI me acerqué a la cama 4 y suspiré resignado. No importa lo que hagamos ni lo que sintamos ni lo que esperemos ni lo que soñemos. 1+1 siempre será el número más triste de todos, porque en el fondo es el verdadero retrato de la Soledad. Él moriría, ella quedaría allí. Y a pesar de que nunca necesitaron nada para saber qué sentían uno por el otro, no quedaría una huella en el tiempo, no le valdría de nada para seguir con vida, no le garantizaría a ella un futuro mejor. Salvo el discreto calor que dan los recuerdos; hasta que estos se enfríen con el olvido.

De la mano/ Hand by Hand.

El día a día/ The days we're living, Lugares que he visto/ Places I haven been

   Ayer paseaba por la calle. Atravesaba un jardincillo lleno de verdor y con árboles lanceolados y desnudos por el invierno. Hacía frío y un viento molesto soplaba testarudo.

   Me arrebujé en el abrigo. La enorme bufanda cubría mi cuello y parte de la cara. Sentía la piel tensa por el frío. Pero, a pesar del tiempo, se estaba bien por aquella calle verde, abrazado por el susurro de las ramas al chocar unas con otras y lleno del eterno baile de las hojas secas.

   Pensando en mis cosas, imbuido en mi propio mundo, algo anestesiado por problemas que no lo eran y preocupaciones inmerecidas, casi tropiezo con una pareja que, riendo, llevaba de la mano a un crío pequeñito. Sus zancadas de enano, todavía algo inestables, eran el motivo de las risas. La pareja se acercaba al pequeño, que lleno de razón seguía empeñado en caminar. Tan cabezota como el viento que arreciaba, el chiquillo iba de aquí para allá con un desequilibrio controladísimo, riéndose de sí mismo y de la felicidad que generaba en sus dos acompañantes.

   Los tres me sacaron de mi abstracción. Los estuve observando unos minutos, ralentizando el paso para no dejarlos atrás. La pareja reía desenfada con esa sonrisa que llena la boca y el corazón. En cuanto al niño, todo él era una sonrisa y parecía brillar siendo el centro de atracción. De la pareja, vistos desde atrás, poco podía decir. Uno era más alto y el otro decididamente bajo. Uno llevaba el pelo largo sujeto a una cola y el otro el cabello muy corto, a cepillo. Sus formas redondeadas, más suaves de lo esperado y cierto ademán llamaron mi atención. La pareja iba de la mano. Una manita dentro de otra. Una piel sonrosada por el frío protegida por la otra, más grande y enguatada. Dos abrigos negros anodinos, dos pares de botas con borreguito. Y risas, muchas risas. Y una voz.

   La pareja que paseaba con el chavalín hablaba de sus cosas cuando el niño no monopolizaba su atención. Y en todo el rato que estuve por esa calle antes de virar hacia la derecha, no pararon de demostrarse cariño. Se acercaban y se tocaban los hombros y las cinturas, con un fru-frú de material sintético y oscuro. Y las manos juntas, sin separarse nunca. A veces parecían mirarse y se sonreían. A veces parecía que se daban calor. A veces se separaban porque el niño se entrometía, con las manos unidas por sobre su cabecita peluda. Y caminaban sin descanso a través del jardín verde y susurrante, de ramas desnudas y hojas caídas.

   Finalmente los adelanté cuando el pequeño se entretuvo con una piedra del camino. Aprovechando el momento y aún de la mano, se acercaron y durante un segundo eterno, se dieron un beso lleno de cariño, con una cierta reminiscencia de pasión, pero delicado y fugaz, como novios nuevos. Y en ese momento me di cuenta que eran dos chicas que caminaban de la mano esa tarde por el parque, que eran pareja y que, decididamente, el chiquitín se parecía mucho a la bajita sin guantes. Al pasar a su altura volvieron a darse un beso y pude ver el brillo de una mirada, el ligero rubor de la alegría y cierto tono de costumbre y de misterio que sólo se teje entre dos personas que se aman, se comprenden y se aceptan.

   Cuántos recuerdos renacieron…

   Unos metros más adelante, cuando ya no se oían sus risas ni mi mirada miope podía apreciar más detalles de aquella escena privada, mi corazón comenzó a recordar. Mis pisadas eran las únicas que se oían en aquella calle desierta. Yo no tenía sonrisas que compartir ni misterios que descubrir; el sonido de mis pasos no traían consigo el reverbero de otros a su lado; nadie disfrutó conmigo el verdor del parquecillo, ni encaró conmigo el viento frío ni disfrutó conmigo la vida que latía en aquella familia que había dejado atrás.

   Suspiré. Sacando una mano del abrigo, extendí el brazo y la abrí buscando un peso, un contacto, un calor humano… Pero no había nadie.

   De la mano la vida parece mejor. De la mano parece que todo y a todos se puede hacer frente.

   Quizá.

   Pero yo no pude pasear ayer de la mano con nadie. Ni tampoco hoy. Y quién sabe si mañana.

Mi vida rueda: pequeñas maravillas/ My life goes filming: amazing shorts.

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen

La genialidad de Roberto Pérez Toledo, director de la película Seis puntos sobre Emma, en el difícil arte del corto cinematográfico.

Manguitos.

Los gritones.

Seis puntos sobre Emma/ Six points about Emma.

Arte/ Art

Polvo de agua/ Water dust.

El mar interior/ The sea inside

   a Chus, que deseaba un relato sobre la vida del mar.

   El amanecer se acercaba. Podía notarlo a pesar de la sequedad de su piel, o quizá porque ésta perdía la lozanía que la caracterizaba. Su pelo revuelto, cayendo en borbotones por esa espalda desnuda, disimulaba los pequeños pliegues que se iban formando, como remolinos sin sentido sobre una superficie resbaladiza, que antes era de mármol pulido. Y sus ojos, líquidos y móviles, parecían irse poco a poco deteniendo, adoptando movimientos lentos, desengrasados, prefiriendo enfocar un punto fijo, lejos en el horizonte marino, que la constante búsqueda de novedad y divertimento.

   Esto es envejecer, pudo decirse. Esto es dejarse ir.

   Podía ser. Pero ella lo ignoraba, no sabía que ese proceso de decadencia propia de los hombres es una procesión lenta, se va estableciendo de una forma tan muda, que no son conscientes de ello, hasta que un día reparan en el pelo más blanco, en una arruga alrededor de la mirada, en un anquilosamiento del pensamiento y ya están, atrapados en el juego que culmina en la muerte.

   Y sin embargo aún era bella. Sus ojos acuosos, su pelo rojizo de rizos interminables, la sonrisa de alga, la piel nacarada y dulce. Porque su piel sabía a durazno y a sal en ese punto en el que se transformaba en escamas que reflejaban el brillo del agua y el baile de las mareas, verdosa y azulada, de color de las moras y un barniz tenue color de oro.

   Era la más bella, la más deseada, aquella por siempre joven. De voz de cristal, de manos firmes y dedos largos. Su inteligencia era tan legendaria como su belleza; la hacía destacar por sobre muchas, si no sobre todas. Y la rara habilidad de la música, que hacía tañer caracolas y estrellas marinas, y las algas como cuerdas de arpa y los peces globo como tambores exóticos y lejanos.

   No había arte en que ella no sobresaliese. Era la más ágil, era la más serena, era aquella a la que se pedían favores y se buscaban consejos y se dejaba juzgar. Su corazón era tan famoso como su belleza y su sabiduría. Atesoraba equidad como perlas adornando su dulce cuerpo de mar; las estrellas brillaban en su pelo y a veces en su mirada de agua; y sabía del pasado como un libro abierto, y conocía las antiguas costumbres como si hubiesen sido suyas; y nadie mejor que ella para contar un cuento precioso y algunas historias que encogían el corazón.

   Su hermosa cola de escamas de plata, en la que crecían ya restos de líquenes y preciosas perlas, enganchaban los granos de arena y los peces que jugaban a hacerle cosquillas y que ella intentaba apartar con una sonrisa que era firmeza y a la vez regocijo.

   Nada en ella era superable. Su voz de hechizo, sus ademanes de princesa y su delicadeza de fuente. Cuando nació, el mundo marino se detuvo para verla emerger de aquella concha en la que sólo se creaba belleza. De entre las olas y la espuma su pelo rojizo, sus ojos líquidos, su hermoso cuerpo color de rosa y madreperla, emergieron como un milagro y el fondo del mar se llenó de regocijo y la admiró sin envidias. Pues nadie más bello ni más puro se le parecía, y su perfección era un orgullo, y su cercanía, un regalo de risas y cariño y de paz.

   Pero nada dura para siempre. Aun la perfección más absoluta, la más absoluta felicidad, la belleza sin mácula pueden cansar; pueden mancillarse con apenas una mirada o un suspiro. Y fue lo que le pasó a ella cuando lo vio en la lejanía y oyó un canto profundo, grave y triste. El mundo dejó de ser lo que era y cambió para siempre.

   La tristeza anidó en esa sonrisa que se hizo poco a poco melancólica. El sonido del mar sólo le traía noticias de lejanía, certezas de olvido. La música que creaba hablaba de corazones abandonados, de sueños anhelados y perdidos. Cuando descubrió que la felicidad era sólo un espejismo, aún debajo del mar, supo que todo había terminado.

   Y aún así se dio una oportunidad. Su corazón de hielo se derritió poco a poco, dejando al descubierto en ese pecho nacarado el brillo del oro viejo, y sus escamas de plata bruñida y perlas se tornaron más oscuras, más serenas, más bellas. Su aleteo apenas estorbaba el flujo de las mareas, y el coro de peces que la acompañaba dejaron para más tarde sus molestas cosquillas, sus ganas de hacerse notar.

   Y corrió en busca de ese anhelo que le llegaba tan adentro y le sacudía el sueño y le trastornaba la voz, haciendo que viviese alucinada y que todos comenzaran a preocuparse por ella. Y fue tras aquel espectro color de noche de luna, tras el reflejo de una voz profunda que hablaba de amor y de futuro y de vida nueva, una vida que no estaba destina a ella.

   Lo que le pasó nadie lo sabe. Mas todos en el fondo del mar tienen una historia que contar. Al pez espada y al delfín pizpireto, a la ballena legendaria y a la tortuga sabia se les inquiere, y ellos emiten sus opiniones de expertos longevos. Ellos recordaban cómo había nacido y lo perfecta que había sido, lo bella y dulce, y lo bien que conocía las costumbres de su raza y la profundidad de su pensamiento. Así que podían presuponer qué le había ocurrido para que su pelo brillase sólo bajo la luz de la luna, y su piel de nácar se tornase carne y melocotón al emerger a la superficie, y su hermosa cola de plata y perlas, dos hermosas piernas creadas para soñar y bailar. Pero sólo era un suponer pues nada en el fondo sabían sobre qué había llevado a la belleza del mar a abandonar su preciosa vida de eterna sirena oceánica para perseguir un sueño doloroso y una decepción semejante.

   Lo que pasó sólo lo sabe ella, sentada sobre una piedra enorme en la orilla del mar. Mientras el amanecer se acercaba sentía que su piel se resentía y se carcomía por los bordes; las hermosas piernas quedarse estáticas e inútiles para bailar, para soñar y para nadar, mientras las escamas aparecían con un brillo tenue de luna nueva y resecas por la falta de mar. El pelo de fruta madura, cayendo a borbotones por el continente pétreo, y los ojos líquidos evaporados en un punto fijo, aquel por donde emergía el sol con sus rayos consoladores.

   Ella, que sabía todas las leyendas, en aquel momento no quería tocar el agua. Si lo hiciese, su belleza volvería; su juventud eterna y su frescura. La piel brillaría como el terciopelo y su cabellera volvería a ser la abundante cascada de fuego rojizo; y la cola de plata bruñida llena de perlas y de quimeras. Ella sabía que el mero roce del mar bastaría para que la transformación en polvo se detuviese y ella dejase de morir para vivir de nuevo el sueño que la había llevado hasta allí.

   Pero no quiso. Cuando el corazón se ha roto; cuando las esperanzas que anidan en un espíritu se descubren vacías; cuando el amor no es correspondido y los sueños cristales rotos, no hay promesa, no hay cura, no hay belleza que detenga el fin. La melancolía anidó en el corazón alegre; y la renuncia de los sueños y el sabor de la soledad… Ella sabía que vivir por siempre trayendo tras de sí un pasado que no podría olvidar, era demasiado para ella y para los demás.

   Por eso estaba allí, sola en la roca a orillas de la playa, esperando la salida del sol…Sus dedos podrían tocar el agua que poco a poco llegaba con la marea, mas no se movió. Podía oír el llanto de los peces, la llamada lastimera del fondo del mar que la urgía a hundirse en su abrazo líquido, en su mundo de agua… Apenas si desvió su mirada unos instantes para agradecerles la hermosa vida que le habían proporcionado… Nada había en el mundo de las mareas que la persuadiese de su destino, como nada había en el mundo de los hombres que la aguardase con los brazos abiertos.

   Lentamente cerró los ojos y sintió la calidez ardiente de un amanecer único…  El cielo se llenó de hermosas tonaliades color de fósforo y el agua se tiñó de rosa y azul, y la roca sintió el calor de la mañana y la sequedad del día que nacía… Poco a poco el mar llegaba a la orilla llena de besos, y los peces y los espíritus del mar fueron abandonando uno a uno la playa de la espera.

   Sobre la roca llena de soledad y melancolía, un corazón de oro se hallaba escondido entre las cenizas de un sacrificio inútil. Nada hiere más que un amor no correspondido, y nada nos desalienta más que un sueño no cumplido. Las sirenas que descubren este secreto se transforman en polvo de agua abandonado a su suerte. Y los seres humanos, en polvo de tierra, de dolor y de olvido.