Philippe Servais: Baby, I’m a Fool.

El día a día/ The days we're living

Melody Gardot. Baby, I’m A Fool.

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Tuve y tengo la inmensa suerte de conocer a Philippe Servais hace ahora un año. Personalmente, quiero decir. Antes ya se había establecido entre nosotros una conexión calurosa, de mutua admiración y respeto, a través de ese mundo en constante expansión que es Internet.

Recuerdo cuando lo vi. Sentado y esperando con cara de aburrido, cuan largo es (porque es muy alto), a que su equipaje apareciese por algún lugar de la T4 en Barajas (Madrid.) Lo vi, con mis ojos de miope redomado, y lo reconocí casi al instante. Rubio y con pinta de guiry, es tan atractivo que casi quita el aliento. Y cuando mira con esos ojos preciosos y la sonrisa más encantadora que había visto en mucho tiempo, pude darme cuenta que la conexión que habíamos experimentado no había sido una ilusión. Una casualidad nos llevó a conocernos, y esa casualidad se mantiene pese a las distancias y al tiempo transcurrido.

Me gustan sus manos largas y expresivas, y la cara de malicia que se le pone cuando dice algo inapropiadamente divertido. Y su mirada. Y su gusto exquisito. Pero por encima de todo, su sonrisa. Y, sí, a veces, cierta tendencia al exhibicionismo que me hace reír.

Él me presentó a Melody Gardot. Me dijo que la escuchase, que me iba a gustar. Y tenía razón. Desde entonces, esta canción se ha convertido de una forma peculiar en nuestra canción. Siempre que la oigo, mis recuerdos se llenan de Philippe Servais; y la oigo muy a menudo, porque es una forma de tenerle cerca de mi corazón.

Y Philippe está de cumpleaños en estos días, y quisiera que esta fuera, si bien poca cosa, una demostración del afecto que le tengo y de lo mucho que lo extraño.

Feliz Cumpleaños, Philippin.


Ricky Martin: un camino y sus encrucijadas/ Ricky Martin: a road and a crossroad.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Libros que he leído/ Books I have read, Música/ Music

Enrique Martin Morales (1971), Ricky Martin para todo el resto del planeta, el cantante que movió los cimientos de todos los europeos y asiáticos antes de conquistar a los norteamericanos del norte (lo siento, pero México es tan grande, que podía ser en sí mismo un continente, pero forma parte de Norteamérica), ha publicado un libro de memorias llamado, cómo no, YO. Y no es tanto una autobiografía, o al menos no es una autobiografía al uso, sino un fresco de sentimientos que nacen, crecen y maduran a lo largo de su vida y que consigue plasmar en las hojas de un libro que se lee fácilmente, pero que está lleno de mucho trabajo, de mucho sufrimiento y de mucha fe. Y no es una biografía: no contiene nombre ni lugares exóticos ni chismes callados ni indiscretas salidas de tono, sino una hoja de ruta, un camino lleno de encrucijadas que el cantante, a lo largo de sus 39 años de vida, ha cursado una y otra vez, cayendo y volviéndose a erguir, lleno de errores y de brillantes aciertos, de banalidades y de hipocresía, de engaños (de esos engaños que más duelen: los que nos hacemos a nosotros mismos) y de pasión, pero por sobre todas las cosas, de una compasión sincera, y de un amor transparente, que salta a la vista y llega al corazón a medida que las páginas van cayendo una tras otra ante nuestros ojos.

Decir que Ricky Martin nos abre su corazón y que lo deja en nuestras manos es un tópico, pero también puede serlo la historia que narra y su lucha, y no es por eso menos interesante ni menos real. Todo lo contrario. Cuando hablamos de la vida humana, y más si es un artista de éxito, la imaginamos llena de facilidades (todas después de alcanzarlo, claro), una línea recta que nos demuestra que, para llegar a ser alguien, sólo hay que seguir la senda de ladrillos amarillos como si nos condujera hasta Oz. Nada más equivocado. Al menos no en su caso. En YO, Ricky Martin es más Enrique Martin Morales (o Kiki, como lo conocen) que nunca; de hecho, es quizá la primera vez que es él mismo en su totalidad. No hay ningún aspecto de su alma que no muestre, no hay ninguna cara que se deje olvidada, porque el camino que lo ha llevado hasta hoy ha sido tan arduo, tan duro y tan solitario, que después de esa intensa lucha, no queda más que la desnudez de la verdad. Y sólo hay belleza en esa verdad.

No en vano Paulo Coelho aparece en la contraportada del libro: es un relato de lucha con el guerrero interior, con la vida que es batalla continua porque queremos que así sea, y es un libro de triunfo y equilibrio, senderos y encrucijadas por las que él también ha pasado con el mismo resultado y las mismas heridas. Heridas que todos compartimos; guerras que todos libramos; miedos que todos tenemos; precipicios en los que todos caemos; y esperanzas que todos tenemos de alcanzar por fin la aceptación final y la calma.

Conocía la existencia de este libro. Más que por supuesto, conocía ya a Ricky Martin. Nadie que haya crecido en Latinoamérica en la década de 1980 ignora la existencia de Menudo y de sus integrantes. De muchos de ellos, al menos. Pertenecemos a la misma generación, aunque con caminos harto diferentes, y por lo mismo, con innumerables puntos en común. Pero no tenía intención de leerlo. Sí, tenía ideas preconcebidas al respecto. Y no porque me disguste el personaje: nada más lejos de la verdad. Todo lo contrario: siempre me ha parecido encantador y, en las entrevistas, muy cercano. Cercano como yo, con una especie de barrera transparente que establecía cierto límite que lo hacía aún más atractivo. Y de espíritu adictivo. Pero me temía que ese libro no fuese más que un rosario de encuentros estelares, de lugares más que conocidos y prefabricados, en el que todo se resumiría en esa línea recta que lleva de un niño que sueña a cristalizar esos sueños y más allá; recorridos interplanetarios en jet privado y champán y perfumes; vaporosos encuentros apasionados y aplausos, miserias y nuevos aplausos, letras y rimas y música y más música… Sí, puedo llegar a ser así de prosaico.

Pero fue la entrevista que concedió a Oprah Winfrey, (que pude ver gracias al a veces irritante YouTube), la que hizo que buscase rápidamente el libro y lo leyese. Todo lo que dijo en esa entrevista, su tono de voz (que siempre me ha parecido atractiva y serena al mismo tiempo) y sobre todo, cómo lo dijo, fue lo que me llevó a leerlo. No el programa en sí: son amigos y eso se nota. Quitando la búsqueda (y la consecución) tan de Oprah Winfrey de la lágrima fácil, los programas de esta mujer, todo un prodigio televisivo, tienen la facultad de llegar al corazón. Y eso se nota cuando entrevista a estrellas de cine o a cantantes de éxito o a todas aquellas personas que sobresalen en cualquier campo de la actividad humana. Este programa con Ricky Martin no fue la excepción. Enrique Martin Morales fue más Ricky Martin que nunca y ya sólo con su mirada y su voz y lo que dijo en él, hizo que fuese corriendo a comprar su libro. Si eso es no tener encanto, nada lo es.

YO podría estar mejor escrito, pero no es literatura lo que esconde. YO, de Ricky Martin, lo que esconde es una batalla esplendorosa por ser uno mismo, un ejemplo que tendría a bien en imitar en muchos aspectos de mi propia vida. En sus páginas hay mucho miedo por no hacer daño, mucho deseo de agradar a los demás y mucha ansia por no saber decir que no a tiempo: parece que me hablase a mí mismo a través de sus líneas. Y vemos en YO que Kiki es positivo, alegre y bochinchero, pero menos de lo que creemos, menos en realidad de lo que él mismo piensa. Vemos a un hombre que se preocupa por los demás, quizá demasiado; que tiene sueños enormes, quizá irrealizables (¿pero quién le puede negar nada a alguien que lo ha conseguido casi todo con su solo esfuerzo y su corazón?); y que, más allá de los supuestos errores, ha sabido levantar un universo, una personalidad, una persona tan fulgurante como sensible y sincera, ahora consigo mismo tanto como con los de su entorno, un entorno que se ha transformado en todo un mundo, un mundo que tuvo a sus pies.

YO es el mapa de una lucha; la hoja de ruta de un niño perdido que encuentra por fin (no sin grandes sufrimientos) su logro más anhelado y soñado: la paz. Por eso es casi un cuento de hadas: porque nos narra un horror y un sufrimiento, tan vívido, tan real, que sólo puede tener un final feliz. O al menos tan feliz como la felicidad nos está regalada a los seres humanos. No es un libro para agradar, no es un libro para caer simpático, es un libro que se justifica a sí mismo de forma quizá innecesaria, pero que también vive por sí mismo y que fluye, dentro de ese camino escondido que todos tenemos bajo nuestros pies, entre las señales equívocas, las voces susurrantes y las cien encrucijadas que intentan desviarnos de la única vía que tenemos para gozar de la verdadera calma, de la auténtica felicidad: ser nosotros mismos.

¿Bailamos un vals?/ Shall we dance a waltz?

Arte/ Art, Música/ Music

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Confianza/ Trust.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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Matar a un ruiseñor/ To Kill A Mockingbird.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

Matar a un ruiseñor, escrita por Harper Lee, es un sueño. Un sueño si se lee con once años, porque nadie ha sabido retratar al padre perfecto mejor que ella, y nadie ha sabido encarnar mejor ese personaje que Gregory Peck.

Con una prosa suave, propia de una mujer del Sur de los Estados Unidos, y sin embargo directa y afiladísima, retrata el ambiente de los años de la Gran Depresión, el racismo, la pobreza, la falta de educación y la estrechez de miras de la que todo se deriva, sin despertar asombro pero sembrando en el ánimo del lector profundos sentimientos y hondas reflexiones. Por eso es una obra magnífica. Y porque nos acerca al universo atemporal y único de una familia especial vista desde los ojos de Scout Finch, la narradora de casi seis años, Jem Finch y, por supuesto, el verdadero artífice del libro, el verdadero ruiseñor de esta novela, el padre, Atticus Finch.

Porque Matar a un ruiseñor nos muestra todo el dolor, los sufrimientos, las fobias y la estrecheces de los norteamericanos de esa época y de la actual; nos enseña cómo una niña muy lista crece y se da cuenta del mundo y de lo que puede haber de grotesco y soberbio en él; pero también nos regala, quizá con una claridad tan meridiana como intencionada, el mejor retrato parental que he leído hasta ahora; tanto, tanto que, una vez terminada la historia, flotó en mi interior el deseo de tener cerca de mí la figura de un padre como Atticus Finch.

No importa: la versión cinematográfica que vi unos cuatro años más tarde, en la época en la que el Betamax y el VHS refulgían en el horizonte (y el Walkman, claro), me regaló esa imagen maravillosa, ese retrato que aún conservaba en mi interior de Atticus Finch, en las formas y maneras de Gregory Peck. Y él, como actor, ya había hecho muchas cosas y muchas más haría después de ésta, desde el Klimanjaro hasta Roma, pero para mí, por encima de todas las cosas, pasaría a mis recuerdos particulares, a mis sueños eternos, como el retrato del mejor padre del mundo: Atticus Finch.

Matar un ruiseñor es una historia maravillosa, que sigue inspirando las conciencias ciudadanas de todo aquel que se acerca a esta obrita maestra. Y su autora no necesitó mucho más que demostrar con respecto a su talento o su mundo interior: el cuerpo literario de la mayoría de los grandes autores no pasa más que de ruidos disonantes en medio de sinfonías maravillosas. Harper Lee nos ahorró, después de esta joya, con su silencio eterno (roto este último año pasado), muchos dolores de cabeza y más de una decepción, de seguro.

Y a mí, particularmente, la idea cenital de que, si bien Atticus Finch es el mejor padre del mundo, tampoco a mí me ha ido tan mal con el que tuve, después de todo.

Noviembre/ November.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

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