Un poco de color no viene mal de la mano de Elton John y RuPaul (la primera Drag-Queen que vi en mi vida sin contar a Boy George, que no cumplía exactamente con los criterios, excepto que ambos, de mujer, estaban guapísimas.)
Lang Lang es un genio de nuestra época. Parte de sí mismo, de la esencia pura del ser, y estalla en un aluvión de tonos, acordes y melodías; en las caricias casi etéreas con las que toca las teclas del piano y eleva el espíritu hacia cotas inimaginables…Con talento, sí; con dedicación, sí, pero también con una sonrisa y la hermosa plenitud de quien ha conseguido ser, tras muchas luchas, aquello que siempre ha soñado. Es un soñador que nos invita a compartir la belleza de la vida, de la creación humana y de Dios, conquistándonos una vez llega el silencio.
Lo descubrí hace ya un par de años, enamorándome con su disco de melodías chinas. Luna de Otoño Sobre el Lago en Calma es una de las canciones que definen mi vida y que llevo en la memoria y cerca del corazón. Pero es esta versión del Tercer Nocturno del Liebesträume («Sueños de Amor») de Franz Liszt (1811-1886) la que lo ha hecho prender en mi vida.
Este movimiento, dulce y profundo, que habla sobre el amor de ocaso, sobre el secreto de haber amado, ha evocado en mí cierta melancolía y ha sembrado muchos sueños, sueños que aún permanecen inacabados e intocables, y por eso mismo perfectos, cuando el niño que yo era descubría la belleza de la música, su poder taumatúrgico y liberador. Recuerdo la primera vez que oí esta pieza… Hace tantos años, y la memoria teñida de sepia recobra el brillo de una noche tropical, cuajada de estrellas, y la luna surcando el horizonte marino… El Liebestraum, un canto al amor romántico, al amor humano, al amor que viene y va, y que siempre permanece en los rescoldos de la memoria, en el íntimo ritmo de un corazón que late.
O lieb, so lang du lieben kannst! ¡Oh! ¡Ama, ama mientras puedas!
O lieb, so lang du lieben magst! ¡Oh! ¡Ama, ama mientras te guste amar!
Die stunde kommt, Llegará la hora,
die stunde kommt, la hora llegará,
wo du an Gräbern stehst und klagst! en la que, sobre las tumbas, lo lamentarás.
Ha estado lloviendo. Mucho. Miro el mar que lame las costas de mi jardín. Lo rebosa a veces, encharcando una tierra que no absorbe más agua; agotada de tanta agua, agua de cielo, agua de tierra, agua de mi cuerpo. Nunca me he sentido tan líquido como hoy, que todo parece derretirse en agua; agua eterna; agua que cae. Que cae del cielo y de mis ojos; que llega al suelo y lo devuelve al océano. Mis lágrimas forman parte de un todo como el cielo gris; mis deseos perdidos deambulan de aquí para allá llevados por el incansable viento, que azota mi corazón una y otra vez; y mis sueños prendados, preñados de posibilidades, yacen a mis pies en eternos charcos, en inundado mar.
No sé qué esperar de mi vida. Ni adónde ir. Yazgo en medio de la lluvia sin nombre, encadenado a mi fortuna como otros a su torpeza, a su desgracia o a su sabiduría. Y no encuentro salida, sólo un extenso pasillo de paredes estrechas y poca luz, lleno de mar, que me lleva no sé dónde. Qué suerte la mía. Qué suerte la mía. Buscando lo inalcanzable me hallo reducido a cenizas arrastradas por un viento inmisericorde, inapetente y sombrío. Porque sólo hay sombras burlescas, campiña inagotable ahogada de sal. Y mis sueños destrozados, mis ilusiones quebradas, lloran un lamento sordo, absurdo porque sólo puedo escucharlos yo en medio de esta locura de tiempo, en medio de este llanto insalubre de Naturaleza perdida, enojada y oscurecida como mi propio corazón.
Sí: me hallo perdido en mis propias ruinas. Mis sueños destrozados me salen al encuentro, mis ilusiones rotas entorpecen el paso que una vez fue firme y que ahora no es más que un vago borrador de aquel que fue alguna vez: tiempo perdido… ¿Dónde está aquel que creía en la bondad del mundo, en el buen hacer de las personas? No lo sé. ¿Dónde está aquel que esperaba del futuro un presente continuo, elástico como un chicle, seguro como un corazón? Lo ignoro… Lo único seguro del corazón es que late, late siempre en cualquier dirección. Y que es inalterable como el viento. E indómito. E inmesicorde.
Busco piedad, mi propia piedad. Busco perdón. Mi propio perdón. Y mi libertad. Una libertad que poseía ciegamente y que perdí en algún recodo del camino, no sé cuál. Pero en este día de plena oscuridad, cuando el cielo de gris ensombrece un sol que tímido se asoma en el horizonte, me siento perdido, solo, abandonado; sin norte, sin guía; sólo rodeado de agua infinita, de puro océano; de desolación sin fin.
Te he perdido. O nunca te tuve. Ya no lo sé. Me has dejado. O nunca me amaste. Ya no lo sé. Mucho te he querido, mucho, mucho. Me até a tus cadenas como a una cruz, y te llevé a cuestas por el estrecho corredor de mi vida, que súbitamente se hizo interminable, ancho como una pradera de verde hierba, llena de sol como se llena la copa de vida. Y no me molestaba estar contigo, calmar tus heridas, besar tus dedos de alambre. Eras mi vida, mis promesas, mi futuro, mi siempre presente. Pero me dejaste, o te fuiste, o te perdí; y te he llorado como una viuda; te he maldecido como un perjuro; te he enterrado como a un muerto y te me has aparecido como un fantasma.
Y en este día de noche cerrada, con la lluvia cayendo como latigazos sobre el mundo, tu recuerdo sobre mi piel, tu aliento sobre mi voz, tus ojos sobre mis labios me causan un dolor enorme, dolor que se desparrama como el agua sobre la tierra pletórica de moléculas saladas, sal de mis ojos, sal de mis heridas. Porque me siento aún atado a tu amor de daño como un esclavo incapaz de liberarse, como un soñador que reniega una y otra vez haberse equivocado. Y me odio. Me odio a mí mismo por haber confiado en ti, por haberte aceptado en mi vida, por dártelo todo, incluso mis sueños y mi libertad. Y ahora me siento solo, solo y perdido en este pasillo interminable lleno de oscuridad; apagada la luz que iluminaba esa extensa llanura que lleva tu nombre. Y deseo olvidarte, y deseo volver a ser lo que yo era, por más aniquilado que ese hombre esté; por más ánima que, en este día de lluvia sin fin, ese hombre parezca.
Y no sé qué hacer con este dolor que me encadena a tu nombre. Y que me atrapa como un mortal de cenizas y polvo, lama engomada por la lluvia. No sé qué hacer con esta gran decepción que se abre en mi alma como un gran agujero sin fondo. Porque mi corazón cae en ese precipicio, como la luz de mi mirada, como la chispa de mi mente, como mi alma atrapada; gritando entre el viento, ahogado entre lágrimas que el cielo no cesa de llorar… Y porque me siento perdido, maldiciendo mi cruel suerte; suerte de haberte encontrado, de haberte amado y de haberte dejado, y perdido, y recordado una y otra vez.
Pero no, no hay misericordia en este día de eterno llorar. Ni siquiera este pobre hombre que hoy soy, pálida sombre de aquel que fui, conmueve al cielo que diluvia, al mar embravecido que ahoga mi jardín, al corazón indómito que, a pesar del dolor, aún arrastra las cadenas de tu nombre…
Ojalá el dolor pueda algún día romper las cadenas de tu recuerdo. Ojalá el dolor insensible alcance algún día borrar de mí la decepción de tu amor. Ojalá, algún día, cuando el viento cese y la lluvia haya pasado, mis cadenas se oxiden y pudran, y pueda alcanzar otra vez, y más vivamente, la libertad. La libertad que tu vida ha arrojado muy lejos de la mía.
Muy lejos. Por ahora.
Laschia ch’io pianga. Deja que llore.
Laschia ch’io pianga Deja que llore
Mia cruda sorte mi cruel suerte,
E che sospiri la libertà! y que suspire por la libertad.
He nacido en el mundo. Formo parte del mundo. Y me considero de todos los lados. Hay cosas que me gustan y me disgustan de todos ellos, como hay cosas que soporto y que no de mí mismo. Así es la vida. La mía al menos. Pero, a pesar de las distancias, o quizá debido a ellas; a pesar de la cultura global y diversa de la que formamos parte; hay algo, algo que tengo en la sangre, que todos los que pertenecemos a esa tribu ancestral llamada Celta, que llevamos impreso, y que nos condiciona. No que nos diferencia del resto; eso es el pensar reduccionista al que nos quieren arrojar personas de miras estrechas y sin más ansia que la destrucción en sí misma. Nos condiciona en la actitud hacia la vida, sea en un momento o en otro; nos condiciona el sentir, el expresar, el saber. Galicia es celta, celta entera. Y el resto del norte de España también. Y la Bretaña, e Irlanda y Escocia, y la mismísima Inglaterra. Todos provenimos de las lejanas tierras del Rin, que fluye libre por los estuarios y limos del tiempo. Hasta nuestro vino Albariño, el mejor de los caldos rubios de España, proviene de esas tierras germanas que tan caras se me han hecho. Y todos tenemos un gusto por el mar embravecido, los días grises de viento restollador, los grandes precipicios que terminan en el océano insomne; los verdes prados; el cielo azul de nubes blancas; los viajes interminables que son peregrinajes hacia nuestro propio corazón;la buena comida, la buena bebida; la añoranza, la morriña, la saudade; y el calor de un hogar vivo, iluminando la música que suena.
Y es aquí en donde todos nos juntamos: la música. Nadie, nadie sin una gota celta en su sangre, puede emocionarse ante el sonido de la gaita, ese lastimero llorar que, sin embargo, puede transformase en alegría o en grito; el leve planeo de la flauta; el sonido firme de los pasos de baile de una Muñeira en un suelo de granito o de castaño; la algarabía de la pandereta o el grave bamboleo del tambor. Nadie puede emocionarse hasta las lágrimas cuando consigue escuchar, incluso en la lejanía de un hogar que ya no existe, esos acordes que siempre empiezan igual, esas notas que emergen de unos labios, de un pensamiento que sirve de unión en la diáspora, que mezcla, emprima, y emociona.
Por eso yo, ciudadano del mundo ante todo, sé que soy celta hasta las raíces de mi cabello; porque, desde el calor tropical de un mundo que ya no existe, hasta hoy, la música de la gaita, el arrullo del viento entre los árboles; el arrebatador vals de las olas en la costa siempre azul; me recuerdan lo que soy y adónde voy, y disculpan, o más bien aceptan, mi marcada melancolía y mi añoranza por los que se han ido, y mi esperanza por los que vendrán.
I’m Celt. I know. I know it by heart since I was a little boy. Though I know for sure that I’m more than that, I’m a proud World Citizen, I knew better, and I always will, that I’m Celt from the core.
And I know because none else can just tear-up, and feel heart beats faster, just listening to the sound of a bagpipe, and watching at the never-ending ocean rushes into the edge of the shore, so fierceful and graceful at the same time; the windy grey skies; the pouring rain; the smell of the eternal emerald forests; the dances; the food, the drinks; the warm of an open fire. No one without celt blood can never understand, even in the distance, this cruelty and this lovely state of perpetual melancholy, of Morriñaand Saudade that characterizes us. But everybody can enjoy the greeting, the open spirit, the welcoming heart of these people that I belong to.
Being Celt is a choice to mix cultures; to engage emigration; to enjoy long distances; to be loneliness but never alone, surrounded by people that teach us to be perpetually different but equals; and to dream, always sleepless, with the return to the roots, to the never sleep ocean, and the rush shores, and the smell of the old town, of the sea-food, and the shadows of life and the spirit of the eternal death.
That’s being Celt to me. To me. A citizen of the always turning world. That loves differences above all. Because they make us unique and equals at all levels. But who is Celt without asking, without worries, and that likes being that way.