I’ve Got A Crush On You, Renee Olstead.
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Izak Amancio, fotógrafo brasileño afincado en Madrid, de mirada inteligente y elegante, nos regala un guiño de su trabajo formando parte desde ahora del grupo de la revista Harper’s Baazar España.
Izak Amancio, a lucid and extremely elegant brazilian photographer resident in Madrid, shows his work now that he belongs to Harper’s Bazaar Spain Group.
Venice, Chris Botti
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Una mirada fugaz al talento de Izak Amancio, acompañado de la música de cuerdas de Mischa Maisky./ A glance of the immense talent of Izak Amancio, get together with the magic touch of Mischa Maisky‘s chord music.
Adagio in G Minor, Johann Sebastian Bach.
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Izak Amancio es un joven fotógrafo emergente en el mundo de la Moda afincado en Madrid. Su obra atraviesa el mero retrato para enseñarnos la fuerza interior de su mirada, su elegancia y una fluidez casi orgánica que embellece y ensalza aquello que captura su objetivo.
Izak Amancio, a young photographer living in Madrid, is a struggling force into the Fashion World. His work fills with his inner power, his elegance and this organic smoothness that goes beyond the pictures and points inside our minds and hearts.
Ever Since We Met. Chris Botti.
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Mientras leía no estaba en este mundo. ¿Para qué? El avión se agitaba arriba y abajo por el viento y la lluvia; arreciaban las gotas en las ventanillas y, según me comentaron después, los demás pasajeros miraban angustiados por entre las nubes plomizas y densas. Yo no me di cuenta de nada. No podía. Estaba enclavado en el planeta Chueca, acompañado por esos amigos, viejos amigos ya; viviendo sus aventuras, sintiendo sus emociones y riéndome con sus locuras. Y eso me hacía un idiota frente al resto de pasajeros encerrados en ese pajarraco de acero, que atravesaba una tormenta interminable en la inestabilidad del aire que flota. ¿Qué más podía hacer? Notaba ciertos vaivenes, algún que otro golpe de viento; como me era imposible separar los ojos de esas líneas llenas de magia y era incapaz de escapar de la dimensión de Alejandro y Miguel y Matilde y Celeste y Felipe y Stephan y Juanjo y, cómo no, de Abel Arana, aquel viaje lo recuerdo como un paréntesis lleno de alegría y de ternura en medio de un huracán que no terminaba nunca, deseando en mi interior que ese avión no tocara tierra jamás hasta terminar de leer la última frase del libro. Desde luego, no debí ser el pasajero más popular del vuelo, pero eso a mí me tenía sin cuidado.
Un hombre puede ser muchas cosas, y puede serlas en la imaginación que bulle. Abel Arana es uno de los pocos cuya capacidad para plasmar esa imaginación excede la de los propios sueños; y con tesón y un talento que desarma, va consiguiendo, párrafo a párrafo, construir un abanico de personajes, una serie de escenas alocadas y tiernas, oscuras y sensibles, que embrujan, atrapan, absorben y nos dejan sedientos de más, más y más.
En MÁS expone, quizá por primera vez, ese regalo que se le ha dado, esa divina capacidad de crear mundos cotidianos pero surrealistas, amenos pero engañosamente superficiales, y de enseñarnos lecciones profundas y sutiles escondidas en la carcajada desatada y, a veces, en la lágrima más pura. Explota, con una energía mucho más contenida (pero no menos potente) de la que nos tiene acostumbrados, los sentimientos humanos más íntimos pintándolos con colores brillantes, y nos muestra diálogos sencillos pero certeros, hilarantes y sinceros, y situaciones cotidianas llevadas al extremo y desarrolladas con una mano firme y discreta a la vez. En MÁS encontramos a un Abel Arana que busca una profundidad, que siente necesidad de ser algo más que un mero contador de historias, sin sacrificar por ello la alegría, la aventura más alocada y los más extremos colores.
MÁS es energía en estado puro, una energía que nace del corazón y al corazón retorna, en ese viaje cíclico que es la vida. Los cabos se tocan: la alegría con la tristeza; la locura con la cordura; la tranquilidad con la angustia; la desazón con la serenidad. Todo esto se encuentra en su nuevo libro, que es más que una crónica, que es más de lo que aparenta ser. Está escrito con una sutileza asombrosa; delicadeza que puede escapar fácilmente al ojo más distraído, pero que atrapa al corazón del lector que se sumerge en el viaje de Alejandro, en su encuentro con el amor, la soledad, el miedo y la inocencia, la verdadera inocencia que nunca nos abandona, que nunca muere, pase lo que nos pase.
Todos sus personajes son símbolos. Todos. Y todos son divertidos. Todos. Pero MÁS contiene un secreto; en su núcleo se esconde la semilla que hace de su autor un hombre con talento, un ser capaz de trascenderse a sí mismo a través de lo que escribe, bullendo en una imaginación que crea mundos y realidades. Es una novela incasificable, porque navega constantemente en todos los extremos; en los meandros, en las orillas, en los remolinos más intrincados, en las aguas más quietas. MÁS sería una montaña rusa si la mano de Abel Arana no tejiera con firmeza cada uno de sus capítulos; MÁS sería difícil de leer si su autor fuese otro que Abel Arana. ¿Por qué? Porque nos muestra el latir de un corazón en estado puro envuelto en las carcajadas, a veces hirientes, de la vida, de la verdadera vida. Y porque nos muestra que, aún en los momentos más duros, en las equivocaciones más absurdas, gracias al verdadero amor, el corazón es capaz de sobrepasar todos esos obstáculos, esas incansables barreras, para continuar latiendo más fuerte, más sano y más sabio.
Cerré el libro justo cuando el avión tocó tierra. Ni siquiera el rebote que dio el aparato me liberó de la abstracción en la que me encontraba. Como despertando de un profundo sueño, la esencia de París de Saint Laurent inundó mis sentidos. Sin querer, ése es el aroma con el que, a partir de ese momento, identifico a MÁS. La señora sentada a mi lado se persignaba, con alivio y resignación. Debí mirarla con cara de alucinado, porque no me devolvió la sonrisa con la que la recibí. Ella sólo se dignó a ver la portada, roja como la sangre, y el enorme reflejo blanco de sus letras impresas.
– Debe de estar muy bien. El libro.
Tenía el pelo como un nido de pájaros. El avión se detuvo y comenzaron a sonar decenas de móviles. El perfume asomaba de su piel. Yo le volví a sonreír mientras apretaba el libro contra mi pecho. Sí, lo estaba… Y, a pesar de todo lo que había vivido hasta ese momento, o quizá por todo lo que había vivido hasta ese momento gracias a él, me di cuenta que yo sólo quería más. Y MÁS.