The Normal Heart: lo que nunca será igual/ The Normal Heart: (Never) Be Equals.
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen
Ayer vi la película The Normal Heart, la versión cinematográfica rodada por la HBO por Ryan Murphy de una obra teatral que en su día tuvo mucho éxito y produjo ruido en Estados Unidos.
Esta es la película que, de haberse rodado en la década de los noventa, hubiese llegado más allá que Philadelphia. Es más veraz y rabiosa, a veces prepotente e intensa, inmensamente triste y hermosa, pero quizá demasiado reivindicativa, o muestra un lado del radicalismo que sólo es bueno en determinadas circunstancias como removedor de conciencias, y las diferencias que, frente a un mismo problema, personas que se consideran iguales no lo son.
The Normal Heart es una película que retrata la vida de los oscuros principios del VIH en los Estados Unidos. Recuerdo la primera vez que oí hablar de la epidemia gay. Era muy joven (o creo que lo era) cuando llegaron a los periódicos (de la misma forma que se retrata en la película) ese extraño fenómeno que parecía restringido a un colectivo sexual. Y lo que parecía ser un murmullo callado, subterráneo, se reveló de forma repentina como una fuerza de la naturaleza, destructiva y desestabilizante.
En esos años transcurre The Normal Heart. Pero no se queda sólo en eso: es una película de personajes, y cada uno de ellos está retratado como un arquetipo, o lo que pudiera ser tomado como tal, lleno de furia, a veces demostrada de forma desaforada, a veces mantenida en secreto, callada como una tormenta escondida tras un cristal; de rabia, de frustración contra la vida, el gobierno, el odio sin sentido, la necesidad de ser considerados iguales, los derechos alcanzados (¿es realmente un derecho amar a otra persona sin considerar orientación o raza, belleza o mezquindad?), los derechos adquiridos (el amor libre, sin compromiso, sin ataduras, por puro placer es un derecho gay por el que suspira la mitad heterosexual del gremio masculino), y finalmente algo parecido al amor fraterno y al amor filial y al amor sexual y al amor de libertad.
Es una película que atrapa, supongo por una labor brillante de todo su equipo, porque su guión, que se siente, se palpa y se saborea (es una obra de teatro), es un puro gozo de recitación, pese a su reiterada obsesión por el enfrentamiento y la reivindicación (todos tienen algo que temer y por lo que protestar), y finalmente, tras un regusto muy amargo, también de redención. Quizá los mejores momentos no sean los de la lucha sin sentido (todo era tan oscuro que nada parecía tener sentido, como ocurre con los hechos del presente cuando se ven con los ojos del futuro), la confrontación entre la excepción (lo homosexual) y la norma (lo heterosexual), y entre los propios integrantes de esa excepción (cómo poder reivindicar Igualdad si no la hay dentro de un mismo colectivo, cabría preguntarse); los mejores, los más brillantes y por los que la película se queda grabada en la retina, son los momentos de amor luminoso y sutil que se reparten por todo el metraje como joyas, como regalos inigualables.
Mark Ruffalo y Albert Molina, hermanos unidos y enfrentados a la vez; Julia Roberts, la médico encolerizada con la vida y con su vida; la fraternidad gay, con sus grupos de apoyo tan yanquis (en Europa preferimos que el gobierno, paternalista, nos ofrezca lo que, por lo demás, pagamos con nuestros cada vez más gravosos impuestos), su búsqueda de héroes, su necesidad historicista y sus pequeñas historias de éxito y pérdidas; y sobre todo, por encima de todo y sorprendentemente, por la inusitada belleza de la relación entre Mark Ruffalo y Matt Bomer, verdadero corazón de la película.
Que Matt Bomer es un hombre de belleza sin parangón no es ninguna novedad, lo que sí es asombroso es su personaje, hermoso, elusivo, dueño de una belleza que se trasluce en su desnudez (nexo de unión en toda la película) en su mirada y en su voz. Quizá las escenas más bellas, más contenidas, más difíciles sean las suyas. El encuentro entre ellos, la cena donde recuerdan, asombrados, una historia en común; la hermosa declaración de amor en la bahía de Nueva York en un amanecer azul que aleja la sombra a la que se están enfrentando; el reconocimiento de que aquello que los une es realmente amor; aquella otra donde una confesión da pie al miedo que todos tenemos por ser abandonados; el apoyo inconmensurable y, finalmente, la redención única a la que nos lleva el final.
Lleno de un plantel de actores estupendos, la película brilla en esos momentos de intimidad más que en los de reivindicación. Quizá porque ya hemos visto antes escenas similares; quizá porque, al menos a mí, cada vez me gusta más la emoción contenida que los aspavientos; la caricia, a la lucha sin cuartel; la búsqueda de la normalidad más que la excepción del heroísmo. Y por dejarnos, algo muy de su director, un regusto algo amargo, porque la realidad de los ochenta sigue tan vigente hoy, en nuestro ya avanzado nuevo siglo.
Esta película sería una bomba en los años noventa. Pero no había gente tan valiente que quisiera haberla producido. Además, quizá nadie habría ido a verla. Apenas un millón y pico de personas la vieron en el año 2014, por lo demás quizá todas ellas uranistas. Y eso es una pena: no hemos cambiado, por más que las formas, eso llamado visibilidad, sea cada día más patente. Y es que siempre seremos diferentes, siempre, aunque nos pese, aunque nos produzca orgullo, aunque nos genere desazón. Quizá mientras existan diferencias irreconciliables entre el mismo grupo las habrá entre los divergentes… No lo sé.
Lo único que sé es que nunca será igual. Ni lo era antes de los tiempos del sida, ni lo será mientras existan desigualdades que nos separen más que bisectrices que nos unan. Aunque el corazón sea el mismo, las reivindicaciones las mismas y el amor, ay el amor, sin igual.
Unica/o.
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature, Lo que he visto/ What I've seenSi tú fueras… /If You Were…
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ MusicSi tú fueras el único hombre en el mundo
no te diría cosas bonitas.
Si fueras el último sobre la faz de la tierra,
no me acercaría para tocarte y abrazarte y sentirte cerca.
No te hablaría al oído para susurrarte besos perdidos,
ni escalaría los mares oceánicos por alcanzarte.
Distraería a la luna para que no nos espiase,
y le diría al sol que no mojase sus dedos de luz sobre tu piel.
Si fueras el único hombre en el mundo,
no malgastaría el tiempo diciendo tu nombre,
ni haría fundir tu corazón cerca del mío en una coraza sólida.
Si fueras el único que quedase,
no rescataría los años para que se fugasen con nosotros,
ni heredaría la alegría de las flores ni el arrullo del viento.
Si fueras el único hombre sobre la faz de la tierra,
no estaría nunca lejos de ti,
ni te sentiría, ni me importarías.
Si sólo fueras tú, la tierra seguiría girando
y nosotros con ella.
No crearía un Edén sólo para nosotros dos,
ni en una cama de hierba buscaría tus labios para besarte.
Si fueras el único hombre en el mundo,
no dilapidaría las horas restantes viéndote cambiar, y madurar y envejecer.
Si fueras el único en el mundo, y yo estuviese junto a ti,
no perdería más el tiempo en cosas sin sentido,
y sólo me quedaría para amarte, mimarte y desearte.
Y llenarte de felicidad.
Cien días (de UCI)/ One hundred days (on ICU).
El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea insideLas alarmas no dejan de sonar. El respirador envía bocanadas de oxígeno que reciben los pulmones cansados. Una sonda unida a una bomba lleva alimento líquido hasta el estómago; del cuello parte un ramillete de vías encargada de repartir por las venas todas las medicaciones necesarias para reparar los restos de Salud dañada.
En el Pasillo de la Salud Perdida las paredes se vuelven anchas, desaparecen, y hacen del reloj un mundo eterno. Nada es lo que parece, y minutos simulan horas y horas días, y sumándose, nervios, ansias y esperanzas se difuminan en meses que pasan sin apenas cambios, sin apenas alegrías.
Cien días de UCI. Cien momentos de espera desesperada; cien instantes de riesgos, errores, retrasos, recaídas, aciertos, cuidados y maravillas.
Traqueotomía, infecciones. Un episodio de shock séptico que casi termina con todo: los riñones que necesitan apoyo, las arterias que requieren ayuda, y los pulmones que se niegan a colaborar.
Pérdida de peso, pérdida de fuerza, pérdida de esperanza, que viene y que va.
Cien días de UCI y la vida sigue igual.
El paciente lo siente todo junto; a veces se frustra y a veces olvida. Porque quizá sea mejor olvidar. Y los demás observan, entre cansados e impotentes, los días pasar.
Cada hora regalada es un triunfo pírrico. Cada esperanza perdida, años de vida escapada.
Y me pregunto cómo se viven cien días allí. Y me pregunto si harán falta cien más.
El mundo camina con paso lento en el pasillo sin fin de la Salud Perdida. Pero pasa inmisericorde por el enfermo y su familia. Y nada les devolverá la alegría estancada, la esperanza oxidada, la ilusión perdida.
Todo pasa. Nada queda. Pero a saber cómo pasa y cuál será el precio a pagar. A seguir pagando, hasta terminar.
El amor nunca muere/ Love Never Dies.
Arte/ ArtAmor sin esperanzas/ Fatihless Love.
Arte/ Art, El mar interior/ The sea insideAsí te quise. Como un río inmenso. Como la oración de un niño.
Te quise amplio, lleno de corazón. De corazón que no espera más que una caricia leve, un leve roce de los labios.
Amor sin esperanzas, amor que espera sin ser nunca correspondido. O no como soñaba. Si es que lo hacía.
Tus ojos de arena, Piernas de Alambre. Y tus brazos largos de sueño imposible. Y esa espalda donde escondía los besos que no te daba y se agotaban las caricias que morían en el aire.
Los besos, Piernas de Alambre, y los sueños de una vida distinta, de una vida mejor.
Así te quise, esperando a ser descubierto en el pasillo de los sueños esperados, en el balcón de los sueños rotos. Pero nunca me fuiste a buscar, nunca te interesó adentrarte en mí, hallarme sólo un poco, darme la oportunidad de un náufrago.
Amor sin esperanzas, como nadar contracorriente. Y esperar llegar a la otra orilla y encontrar mil besos y una vida mejor.
Así te amé. Lleno de celos, repleto de inseguridades, esperando, como quien sueña con la lotería del corazón, a que llegases a mis labios y los despertaras con pasión.
Te amé sin esperanzas pero cargado de sueños. Te quise sin sentido con todos mis sentidos, que te sentían llegar y echarte en el sofá y beber un vaso de vino y tragar, lentamente, cada sorbo de mi propio cariño lleno de sangre.
Amor sien esperanzas, como el lecho de un río vacío, y el sueño de un niño que nunca se hace realidad.
No sé qué hice mal. O sí, sí que lo sé. ¿Pero qué importa ahora saber si estaba en lo cierto o si estaba errado? Ahora poco importa.
Ya no estás junto a mí; ni siquiera te acercas a mi lado. Como una rosa deshojada, un lago seco y un sueño roto.
Amor sin esperanzas como el que un día te tuve, Piernas de Alambre, con tu voz de terciopelo y tu pecho enorme, de planeta inhabitado. Y tu boca de fresa que jamás conoció mis besos ni bebió de mis ansias de amarte.
Amor sin esperanzas, pero amor a fin de cuentas. Cariño que emergió de la nada y al vacío se fue, sin que te dieses cuenta; despreciando lo que se ignora; ignorando lo que se esconde; perdiendo lo que nunca se ha deseado.
Así te quise: sin esperanzas.
Y como un río que a pesar del tiempo sigue fluyendo, aún mi amor sin esperanzas bulle por ti y viene a rozar las puertas de mi mundo; viene a destrozar, con una fuerza inusitada, las barreras de mi corazón.
Porque así te quise y así aún te recuerdo: con el latido mudo y el corazón sin esperanzas. Pero lleno de espera. Y de sueños vacíos. Y de amor no correspondido. Y de adiós que se resiste a ser dicho.





