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Varados en Río: sinuosa saudade.

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En general, me fío poco de los críticos literarios. De todo crítico, en realidad. Poder juzgar cualquier ejercicio, una obra de arte incluso, debe ser dificilísimo, casi imposible de alcanzar con justa equidad: bien nos pueden gustos, bien querencias o enemistades, cuando no errores de apreciación o deslices de orgullo. En general, suelo tener opiniones contrarias al crítico: tiende a agradarme lo que esta figura ignora; me aburre hasta el sopor lo que (sobre)valora.

Hace una semana, releyendo un semanario cultural  (dícese de un facsímil donde se recogen opiniones eruditas sobre temas muy ligados a lo que llamamos Cultura, escrito por y para entendidos, según creencia popular), caí en el nombre de un escritor, y su obra recién publicada, de los que no tenía noticia. No es nueva en este blog la afirmación (por lo demás verídica) de mi completa ignorancia por las novedades. El contacto que tengo con la producción literaria actual es tangencial, llevado por el impulso y también por la curiosidad. La literatura contemporánea (llamémosla así) está anémica, carece de cuerpo, fluidez, profundidad y riesgo. Parte de ello se debe sin duda a la falta de compromiso de las editoras, y parte a que el gusto popular, habituado a lo visual y de digestión rápida, no sabe o no quiere enfrentarse a letras que requieran una atención más aguzada, una compenetración más íntima entre el relato y el sí mismo que lee, y teme adentrarse en aguas cuyas mareas profundas puedan turbar la aparente calma de la que gozamos como sociedad moderna. Quién sabe.

Hace una semana, pues, tropecé con este nombre: Javier Montes, y con su nueva obra: Varados en Río. Y me llamó la atención lo que de él describía la crítica, esa consistencia que sonaba extemporánea y que anunciaba como nueva forma de escribir literatura. Y me pudo la curiosidad. Tanto, que me lancé a buscar este ensayo y el resto de sus obras sin haber leído ni una línea, sin averiguar en Google nada sobre él, sin buscar textos sueltos, críticas varias, reportajes en los distintos medios con los que habitualmente colabora. Digamos que casi fue un auto de fe. Y me alegra haber seguido esta corazonada.

Varados en Río es un ensayo novelado sobre el exilio, impuesto o no; sobre el extrañamiento, la diferencia, las coincidencias, las casualidades, los sentidos y sentimientos de la vida vivida; la realidad comparada con lo anhelado o soñado o rememorado (que viene a ser lo mismo); la Literatura con mayúsculas, la vida en minúsculas, y ese hechizo embriagador que lleva a una persona a dedicarse a la escritura, a sacrificarse a sí misma y a los demás, y el alto precio que pagamos siempre, siempre, por el amor (a los otros tanto como a nosotros mismos), por el deseo y los sueños que, revelados, se hunden con él.

Javier Montes es un hombre teñido de Literatura. Iba a escribir: demasiado teñido, pero a saber quién es capaz de graduar las consecuencias que el arte escrito puede sembrar en el espíritu de un hombre. Y qué gusto que así sea. Es una especie en extinción, una clase de gente que ya no se deja ver, o no tan a cara descubierta, y que extrañaba mucho más de lo que yo mismo pensaba. Qué gusto leer cada oración, cada párrafo; entrar en la magia de una intención escondida, en el entramado de una pluma atractiva. Varados en Río es un libro de un gran conocimiento biográfico, amén basado en una investigación que ha debido ser exhaustiva pero llevada con un agrado apasionado, escrito con una maravillosa visión de conjunto y enlazado con una cualidad que creía casi perdida: con alma.

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Cuatro vidas, cinco con la del autor, cuyo eje central es la Literatura, el Exilio y Río de Janeiro; el baile de máscaras entre lo anhelado y lo poseído, lo recordado y lo vivido en realidad; lo inventado también y lo callado; las alegrías, el extrañamiento, la tristeza y el viaje de ida y vuelta, real e imaginado, que condiciona vidas y destinos: las de Stefan Zweig, Elizabeth Bishop, Manuel Puig y Rosa Chacel navegan entre las aguas nunca quietas de este ensayo-novela, mezcla de investigación extensa y confesión profunda que imbrica sus destinos con los del autor; sus sentimientos también y sus frustraciones. Río de Janeiro es aquí la América-continente, el Shangri-La, la Tierra Prometida, pero sobre todo el Edén, al que se ha sido invitado pero del que se termina siendo expulsado simplemente por seguir con vida, y muchas veces a costa de la vida de los demás.

Todo es hermoso en este ensayo-relato: su erudición, su plasticidad, su casi dulzura al derramar confesiones hechas para ser bisbiseadas y su completa valentía a la hora de enfrentar esos momentos oscuros, esos instantes de error o de caída que todos tenemos y deseamos (oh, claro que sí) evitar. Para todos estos escritores (para el autor mismo), Río de Janeiro es ese anhelo, esa tierra llena de expectativas y de contrastes donde todo es posible: la miseria y la riqueza más absolutas, la negligencia y la entrega, la fe y la apostasía, el orden natural y el desorden humano, la belleza y la fealdad, la generosidad y el error. Pero Javier Montes quizá desconoce que eso ha sido siempre América: en las décadas que van desde 1940 a 1980 toda Latinoamérica (o quizá, mejor dicho, la América petrolera: México, Brasil sin duda, y Venezuela) era así, tal cual él describe a Río de Janeiro: exuberante, llena de contrastes, extraña y cercana, hermosa, egoísta, a la vez cruel y dulce, y por sobre todo distinta, única e irrepetible… Hasta que cansa. Porque todo cansa: la exaltación, la pena, la tristeza y el dolor. Y la propia existencia.

Todo exuda una melancolía  sinuosa como esas aceras de mosaicos blancos y negros; cada línea es un ejercicio de búsqueda y de saudade, que en el fondo es lo mismo: hasta lo que nos desagrada de una metrópoli como cualquier otra y que la rebaja a mera ciudad, sueños incluidos; hasta lo que creímos tener una vez y perdemos al día siguiente, al mes siguiente o al año siguiente, o quince años después. Varados en Río es un retrato de la vida que fue, la que quiso ser también y la que se extraña, porque hasta lo dulce y lo tierno y lo duro y lo difícil también se añora; y el retrato de cuatro grandes escritores que a la postre no fueron más que personas sencillas, atadas a su destino cruel de seres humanos en evolución, y asimismo, en extinción.

Pero Javier Montes juega con trampa. Nos enseña su corazón, pero no lo revela. A través de ese retrato a cuatro se refleja a sí mismo, pero no se desnuda; o, mejor dicho, se desnuda sin abandonar jamás sus adornos. Él mismo es un extrañado en tierra extraña; un exiliado del corazón; un extranjero, un alguien más, un moderno emigrado, un hombre al que también le llega esa sinuosa saudade que afecta a todo el que ha visto otro mundo, ha vivido otra realidad, y se ha entregado a ella hasta su final… Varados en Río es un viaje en el que se desgrana la brillantez de la Musa, la imaginería de lo cotidiano, el reflejo interior de los cambios telúricos de cada día, pero también es el disfraz de una sombra con la que el autor se cubre, al final púdico, en esa búsqueda del sentido que es todo relato contado en alta voz.

Sigamos con él esa saudade sinuosa encerrada entre puntos suspensivos…

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El viaje.

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Un amigo en la distancia de las redes sociales ha querido a través de este blog transmitir su vivencia como paciente ingresado en una UCI. Lo ha titulado El viaje y así es como lo presento. Una forma más, de las mejores quizá, de intentar humanizar un trabajo como el nuestro, que apenas se conoce, pero que, muchas veces, deja el mejor sabor de boca cuando se logra alcanzar ese tiempo de curar.

  • Todos hemos viajado alguna vez a algún lugar con la familia, amigos o
    pareja, incluso a veces solos. Un viaje a un lugar soñado, a visitar a alguien,
    o simplemente hemos viajado mientras dormimos, a través del
    subconsciente.
    Este viaje es un viaje diferente, un viaje que no sabes cómo empieza ,ni
    cómo acabará.
    Recientemente me comunicaban que soy enfermo de Crohn, lo que es la
    enfermedad, y las pruebas y tratamiento que tendría que seguir. Tras una
    primera introspección y varias pruebas médicas, además de mucha
    información, me costó un poco digerir que mis dolores intestinales y viajes
    continuos al baño, estaban anunciando eso. El mensaje que tuve durante
    los días que me costó asimilar todo, sería: Acepta y entiende que siempre
    te acompañará a lo largo de tu vida. Lo mejor es aceptar las cosas lo antes
    posible, ser positivo, y seguir, en el fondo seguir el viaje. Tras muchos
    meses para llegar a ese diagnóstico, y mil pruebas y noches de urgencias,
    descubres lo fuerte que eres, y como actuamos, o como nuestra mente
    tiene mecanismos ante la adversidad.
    En pleno tratamiento, ya llevo dos meses con cortisona, empezamos a
    bajarla, y a ir incluyendo un inmunosupresor, que sería el tratamiento de
    largo recorrido. Todo iría bien, hasta que viajando por donde mi digestivo
    me iba llevando, se cruzó en mi camino una Gastroenteritis Aguda, que
    desembocó en una sepsis que me tuvo 8 días en UCI, y 7 en planta.
    Esta es realmente la parte más importante del viaje, mi viaje. En ese
    contexto no eres consciente de tu gravedad, del fallo renal, de las 48
    primeras horas, en las que mi viaje podría haber acabado. Vas superando
    obstáculos. Se hace duro si no fuese por el equipo médico, que además de
    su trabajo intenta hacerte sentir lo mejor posible, incluso te hacen reír si
    te ven decaído. Muchas horas de soledad sin tu familia, tan solo con la
    opción de una hora total al día para visitarte. Es el segundo día y me hacen
    un cateterismo en la cadera para iniciar mi diálisis, 4 sesiones, ya que mis
    riñones no pueden con tanta infección. Tranquilo, todo saldrá bien, me
    dijo Andrea, una de mis compañeras de viaje. Y salió.
  • Al día siguiente empezaron a mejorar las analíticas, según la doctora, y
    ellas se iban alegrando, porque estaban consiguiendo sacarme de toda esa
    gravedad. Fue de lo poco que supe. Vas mejor. Es viernes por la mañana y
    me llevan al hospital Provincial (Universitario de Alicante) para ser más
    exactos, porque tuve una pequeña molestia, y querían descartar algún
    posible fallo cardíaco. Ahí me empecé a preocupar, y me prometí a mí
    mismo que dejaría de fumar si todo estaba bien, y lo estaba. Corazón
    perfecto, y viaje de vuelta en S.A.M.U. con dos grandes profesionales que
    hacían mi viaje más divertido. El martes siguiente me despedía de mi
    estancia en la UCI para cambiar de habitación. Esta vez en planta. Estaría
    unos días más, pero ahora sería un viaje más relajado y sin tantas prisas ni
    sobresaltos. Estaba a punto de llegar al destino, un destino feliz.
    A pesar de todo ello, de la dureza del diagnóstico al ingresar, lo más difícil
    fue asimilar lo que mis padres habían sufrido. Mi madre estuvo días sin
    dormir llorando, mis amigos no podían verme, y a pesar de estar
    informados, no podían visitarme. Viajé con una mochila vacía,que sin
    saber se fue llenando, y que a los días de mi salida del hospital, me hizo
    sopesar de golpe la carga sin compasión, haciéndome entender mi
    gravedad, todo el sufrimiento de los míos, entender que todo pudo acabar
    sin haber dicho muchos te quiero y haber sentido a mucha gente que
    quiero.
    Lo que me ha llevado a escribir estas palabras, es vaciar esa mochila, e
    incluso que pueda servir mi experiencia en alguno de vuestros “viajes”.
    Sed felices y disfrutad cada momento. Yo lo hacía, ahora más si cabe.
    Gracias Juan Ramón por cederme tu espacio. Además de que sabrás de
    que hablo medicamente, tu eres una de esas personas que seguro
    colaboran en hacer estos viajes más livianos.
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El libro de los Baltimore: Joël Dicker juega otra vez.

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Joël Dicker es el fenómeno literario de ventas (tras J.K. Rowling) y de crítica  de estos últimos años (en esto se distancia de la autora maravillosa de Harry Potter.) Joven, guapo, con un talento particular para enhebrar enrevesadas tramas a las que, en general, le sobran muchas páginas, pero que son atractivas y, también en general, muy bien escritas en ese lenguaje directo, sencillo (que no simple) y de lectura fácil, vibrante, que me recuerda  a los best-sellers que leía de chaval  en la década de los 80 (entre los doce y los dieciocho años) de Jeffrey Archer o Sidney Sheldon, para mencionar dos autores con los que le encuentro muchas referencias aunque con ciertas excepciones brillantes a favor del escritor suizo.

   El libro de los Baltimore no es la segunda parte del (para mí) sobrestimado La verdad sobre el caso Harry Quebert. No es necesario leerse este último para disfrutar el relato de los Baltimore ni de lejos, cosa que se agradece. Aunque tienen un nexo común: su protagonista. Marcus Goldman, quizá el mejor personaje protagónico escrito en mucho tiempo, lleno de matices de una gran simplicidad, carismático, metomentodo, más sincero o, mejor, más honrado que la mayoría de los personajes que pueblan sus dos novelas, dueño de esa sabiduría mediúmnica que poseen los escritores (y por extensión, que también posee Joël Dicker), capaz de aprehender realidades escondidas al ojo más avizor, sentimientos ocultos, pulsiones reprimidas y verdades escondidas sin siquiera saberlo y, aún más importante que todo, sin un ápice de prejuicio sobre las tramas de las vidas retratadas en ese océano de tinta y papel que es cada novela.

Dicho esto, El libro de los Baltimore es la historia familiar de Marcus Goldman, rescatando a ese torpe pero encantador escritor de éxito que se mete en líos casi sin querer, atraído por las circunstancias, por las historias que escribe en su mente antes que en el ordenador, y que terminan por transformarlo profundamente.

En La verdad sobre el caso Harry Quebert, demasiado largo, con demasiados giros argumentales innecesarios (hemos resuelto el misterio a mitad de lectura y los constantes vaivenes de la historia, magníficamente trazados eso sí, sólo alimentan la impaciencia y la irritación de un lector más avezado de lo normal), Marcus sufría una transmutación moral que lo convirtieron de seguro en mejor persona, más honda y profunda dentro de su aparente superficialidad. El libro de los Baltimore arranca precisamente en las etapas finales de ese cambio, esa necesidad de buscar las raíces de nosotros mismos, de intentar despejar las nubes con que la memoria nubla los recuerdos, y como todo proceso interior, la imagen del viaje físico, de Nueva York a Miami, se impone como metáfora vital de gran importancia.

 El libro de los Baltimore es una exploración (y, por ende, una exposición) de los secretos más escondidos de su familia y de sí mismo, un buceo profundo sin oxígeno entre los meandros de un pasado casi perfecto, casi feliz; un despojo de cada una de sus capas vitales, un viaje hacia el centro de sí mismo y de aquellos que le rodean. Es aquí donde veo el destello de Joël Dicker como escritor en mayúsculas, no sólo de libros que se vendan como rosquillas escritos sólo para entretener. Hay muchas reflexiones profundas, muchas denuncias sociales, una labor de búsqueda interior que esconde tras un lenguaje sencillo; tramas quizá manidas, algún tratamiento un tanto simple de las relaciones humanas (mejor que simple, demasiado típico) quizá necesario para que el libro no pese, no sea demasiado europeo (signifique esto lo que signifique), y que se venda. Ya no hay lectores que deseen introducirse en la psique humana, en la filosofía inherente a cada acción y a la reacción desencadenada; esas preguntas eternas para las que el hombre no tiene respuestas; ese nihilismo a veces, y esa necesidad por creer otras, que caracterizan a la literatura que más me atrae; que investiga en el interior de los sentimientos humanos y explica sin juzgar los comportamientos más variados, las situaciones más abstrusas y también la sencillez vital que se desliza casi sin darse cuenta entre el nacimiento y la muerte.,DanaInfo=editores.divinity.tele5.net,SSL+Joel-Dicker_MDSIMA20130704_0265_9

No me gustó La verdad sobre el caso Harry Quebert, lo reconozco: le sobran quinientas páginas y la falta profundidad, pero tiene ese brillo, ese don, esa posibilidad magnifica en la que veo, si se lanza, al escritor profundo que es Joël Dicker; con sus influencias norteamericanas, su referencia nada velada a Steinbeck (cuyo ambiente, cuyas relaciones familiares casi patológicas homenajea) y a otros grandes de la literatura norteamericana; que yo prefiera a Scott Fitzgerald no le quita mérito alguno al autor, faltaría más. Pero algo me dice que, en secreto, es uno de los espejos en los que le gusta mirarse.Y espero que algún día nos sorprenda con obras de verdadero calado literario, de esas que ya no están de moda, pero que dejan huella y que son, a la postre, el mejor logro que un escritor puede hacer por conseguir la inmortalidad.

Como a Henry James, a Joël Dicker se le ven los mimbres. A lo Henry James, lleva sus tramas con mano firme y no parece permitirse, en los innumerables giros de la historia, perder ni una palabra, ni una coma o un punto y aparte. Su tendencia a viajar entre le pasado y el presente (que yo también empleo) me fascina; prefiere avisar al lector antes que sorprenderlo, algo que le debemos a la literatura simple que está en boga en estos momentos, pero no le resta méritos a esa habilidad casi prusiana que caracteriza su escritura. Pero como se le ven los mimbres, su habilidad para enganchar al lector está en crear personajes atractivos, atrayentes, simpáticos, torpes y encantadores. Marcus Goldman es un trozo de oro. Y en mantener el interés con suspenses llenos de trampas, como muñecas rusas que parecen no tener fin.

El relato está escrito en primera persona, así que debería tratarse del retrato de una voz. Pero Joël Dicker juega una partida más enrevesada. Consigue que Marcus Goldman describa lo que ocurre, juzgue a lo que le rodea desde su propio punto de vista, meta la pata, purgue sus culpas y emerja al final del relato libre de heridas, lleno de experiencias y en proceso de curación moral. Pero el escritor nos hace trampa: una historia tan extensa necesita a la fuerza de un narrador omnisciente, que sepa lo que ocurre y lo muestre de forma casi aséptica. En la literatura profunda, un relato en primera persona jamás puede salirse de la experiencia del narrador: es imposible que consiga despegarse de sus pensamientos, sus juicios y su conocimiento limitado de lo que le rodea; como nos pasa a todos, nuestra experiencia vital es fruto de lo que vemos, lo que oímos y lo que creemos entender. En El libro de los Baltimore se toma la libertad, como ya hiciera en Quebert, de saltarse esa regla de oro en aras de la evolución de un relato que se transforma así en una novela ágil en la que los lectores conocemos el juego de todos los personajes mejor que el propio protagonista, en vez de lo que sería un largo soliloquio que Marcus Goldman debería enhebrar al escribir un libro de memorias en las que él participa como autor y como testigo principal.

Hay escenas demasiado comunes, pero maravillosamente descritas; Marcus es el personaje al que seguimos, su evolución completa, el reconocimiento de su verdadera valía en medio de las cenizas de un drama que le persigue como una obsesión, y su lucha por alcanzar la calma y quizá el amor en los brazos de una Alexandra delicada, herida, pero firme y única. Hay un mar de personajes con sus entramados profundos y trillados en El libro de los Baltimore; todos imperfectos, alcanzan su redención a medida que renuncian a ser ellos mismos (hay tantos puntos en común, en su redacción, con Quebert…), pero, como en toda historia de amor, lo que al final importa es que hay un chico, una chica y un perro. Y errores que enmendar y preguntas a las que hallar respuesta.

 

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La vida no avisa.

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a M.

   Hace un par de años, por estas fechas, recibí una llamada de un amigo de lejanía, de los que la red ha hecho realidad de un imposible acercando distancias infinitas (y no sólo físicas) y tocando a veces corazones y querencias.

Mi padre estaba ingresado en UCI por aquel entonces (le quedaría un mes para fallecer), así que me pasaba todo el tiempo que podía en aquel universo encerrado, cuyo tiempo fluye a una velocidad imperceptible y cuyo destino sólo avisa a aquellos capaces de leer las señales sutiles que regala. Y me llamó por teléfono. No suele hacerlo nunca, antes bien envía algún mensaje por Whatsapp, por lo que generalmente empleamos esta aplicación para hacer muchas veces comentarios banales y alguna que otra vez pequeñas confidencias de importancia variable. Estaba preocupado y quería hacerme una pregunta.

La vida no avisa, me dijo cuando descolgué el teléfono. Yo asentí, viendo todo lo que tenía a mi alrededor. Pero en mi caso había obviado las señales, estaba seguro, pero no quería agobiarle a él con mis propios demonios interiores. Así que inmediatamente me contó lo que le preocupaba.

Su padre tenía dos hematomas dentro del cerebro. Estaba entrando en fase de coma profundo y no estaba seguro de qué decisión tomar. Los neurocirujanos le habían explicado a él y al resto de su familia las consecuencias de no hacer nada o bien operarlo. Él no estaba siquiera seguro de haber entendido bien toda aquella perorata. Y me pedía el favor de intentar aclarárselo.

Resoplé. No sólo porque la distancia hace más difícil decir un buen consejo, si no que los consejos médicos están tan llenos de ambigüedades (intentamos abarcar tantas posibilidades…) que no estaba muy seguro de poder hacerlo de forma satisfactoria. Pero me reconocí en su angustia de hijo, en su casi desespero por la carga de responsabilidad que de repente se posaba sobre sus hombros.

La intervención es relativamente sencilla: se vacían los hematomas a través de pequeños agujeros hechos en el cráneo llamados trépanos, y se aspira la sangre que está comprimiendo el cerebro, causa fundamental del coma del padre de mi amigo. Pero toda cirugía tiene sus riesgos, sus posibilidades de salir bien, de salir regularmente bien o de salir mal. Eso lo agobiaba. Se enfrentaba a la posibilidad de que fuera todo bien y su padre quedase con pocas secuelas, que saliese moderadamente bien y esas secuelas fuesen más o menos notorias o, en el peor de los casos, que muriese por ellas.

¿Cómo animar a alguien a tomar una decisión semejante? En nuestro equipo intentamos que el neurocirujano esté presente para que explique la intervención y refrende las posibilidades de error que puede haber en el transcurso del ingreso del paciente. Dan su opinión como nosotros damos la nuestra; pero el familiar es el último en responder, es decir, el que tiene la máxima responsabilidad, y puede que allí esté el error, y sin duda ése era el origen del malestar de mi amigo. Siendo lo que soy y habiendo experimentado lo que he vivido, entiendo punto por punto tamaña desazón que nace de la ignorancia por un lado, de la fe en la habilidad del médico por otra, y del miedo al futuro.

Le dije mi opinión. Con un coma tan profundo lo más probable es que, de hacerlo, quedaran secuelas importantes: podría morir ahora o más adelante; podría resangrar, podría tener ataques epilépticos que dañasen su estado de consciencia; podría quedar con secuelas realmente incapacitantes… O podría vivir. Pero que mi opción, la mía, sería dejarlo sin operar y que se fuese plácido sin luchar… Le di mi opinión de hombre que ha bregado mucho con estos pacientes, no de familiar directo de uno; le di la opinión que quisiera tomara alguien para mí si, llegado el caso, yaciese inconsciente en una cama. Puede que le sonase insensible y hasta algo frío, con un toque más profesional que cercano. Pero creo que es el tono adecuado: primero, no estaba presente junto a él; segundo, quería que, de corazón, supiese las consecuencias que todas las decisiones pudiesen tener; no aniquilaba su esperanza, pero tampoco la inflamaba con ideales vacíos.

Intenté que tuviese la cabeza clara, despejada. Y me pareció que la tenía. Al final de la conversación me dijo que iba a seguir la recomendación del neurocirujano y que daría permiso para que se operase… Me pareció acertada su opinión y más que eso, cuando a los pocos días me comunicó que todo parecía haber ido bien, hasta lamenté haber sido tan cenizo con él sobre las posibilidades de supervivencia de su padre, siendo así que el mío fallecía lentamente en la UCI.

Poco después, mi padre, como había previsto no con esfuerzo, se fue y recibí de nuevo una llamada suya, esta vez para darme sus más sentidas condolencias. Se lo agradecí. Y le pregunté por su padre: tenía secuelas profundas tras la cirugía y ya no sería el mismo. La vida que no avisa, y estaban afrontándolo lo mejor que podían. Recordé, durante los primeros dos meses de ingreso de mi padre en UCI, que hice mucho por preparar el hogar ante un futura posibilidad de darle de alta: busqué grúas para movilizarlo, cama articulada, pañales, escudillas y esponjas, jabones y ropa adecuada; hasta ideamos la posibilidad de transformar la planta baja de la casa pues tardaría siglos en volver a caminar con algo de fuerza y no creíamos que subiría jamás esas escaleras de madera… Al final, mi padre sólo recibió de mí los purpúreos ramos fúnebres mientras que mi amigo se enfrentaba, sin haberlo pensado, a la cruel realidad de un enfermo crónico, por siempre mal, cuyo avance neurológico era errático, y que nunca volvería a ser lo que era.

La vida no avisa cuándo los papeles se intercambian, cuándo la responsabilidad llega, el ocaso de una vida y también sus despojos y sus miserias. Las luchas mantenidas pierden sentido; las razones, de tenerlas, pesan ya poco; el mundo, patas para arriba, jamás será el que una vez fue, y se nos revela la existencia como algo infinitesimal en el mundo, pero que tiene un profundo valor para nosotros.

Mi amigo en la distancia ahora se fija en su padre, que ya no es su padre; los despojos de aquel que fue apenas si le susurran algo más que triste compasión y cariño, que no algo de comprensión: hay caminos tan antagonistas que ni siquiera en el final de la jornada pueden encontrar puntos en común, aunque siempre los haya: un rasgo físico o de carácter, un gusto similar, un mohín y, muchas veces, un recuerdo. Se me parte el corazón por él: yo contemplaba día a día al mío apagarse y una mezcla semejante me llenaba el alma. Hoy sólo contemplo su tumba de mármol blanco brillar al sol de las seis de la tarde.

La vida no avisa. Tampoco la tristeza. Y mucho menos el amor. Sólo nos queda aceptarlo, llenarnos de una sutil melancolía que aprieta al corazón, y seguir con vida. La nuestra, que es la de ellos, la de todos; una gota más en el inmenso mar del universo. Y aún así, con todo, tan valiosa como un mundo, tan única como una estrella, tan cercana como una caricia y tan efímera como el sabor de un beso…

Ay, la vida…

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También esto pasará

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Para lo bueno y para lo malo, la vida sigue: todo pasa. La piel en llamas, que quemó mis días desde hace más de setenta días, ha remitido (no del todo, quedan ligeros cosquilleos que molestan a veces, pero a todo nos acostumbramos), el color amarillento es más morronáceo, de suerte que parezco salido de una máquina de rayos UVA en mal estado; he perdido tantos kilos que me cuesta respirar, pero he recobrado la fuerza de mis piernas y, aunque no tolero estar sentado mucho tiempo, la lorza que me ha acompañado toda la vida en el abdomen se ha aferrado a mí como mis propias ganas de mejorar.

Ha sido una enfermedad dura; todas lo son. Me robó el sueño, el descanso. Gracias a la preocupación de muchas personas, a sus cuidados, y sobre todo de una gran amiga que consiguió una crema que pudo aplacar algo el infierno de mi piel, el sueño lento volvió a mí y pude empezar a recuperarme hasta llegar hoy hasta aquí. Yo no hice nada por curarme: mi familia, mis amigos, todos mis compñaeros médicos, enfermeros y auxiliares que me dieron ánimos, que me ayudaron pinchándome casi diariamente, deseándome lo mejor, sintiéndose preocupados cada vez que me veían más depauperado conforme pasaban los días y las semanas; que me mimaron con sus cariños: mantecadas das Pontes de García Rodríguez; natillas del Chef Juan del Restaurante de El Corte Inglés de Santiago de Compostela; cientos de mensajes; una tarta de almendra de grano grueso de la Panadería Gude en Órdenes, la mejor del planeta, mi madre y mi hermano, que sufrieron mi mal humor, mi incapacidad de soportar un picor que me desgarraba la piel y la tranquilidad y el muy secreto temor, compartido por todos mis colegas médicos, de que la enfermedad avanzase hasta el peor de los grados y terminar en un trasplante hepático urgente. No llegó a eso quizá por mi fortaleza de no haber estado enfermo jamás en cuarenta y seis años de vida; pero seguro por sus cuidados y sus mimos y sus preocupaciones también.

Han sido casi ochenta días de desespero, dolor, lucha, observación detallada (no pude dejar de ser médico además de enfermo) y, por encima de todo, aprendizaje de mí mismo. Pasé por todos los estados: asombro, desesperación, temor y lucha hasta que mi corazón, mi espíritu tomaron las riendas de mis sentidos y alcancé el estado que necesitaba para empezar la curación más difícil de todas: la de mi propio corazón. Aprendí a dejarme llevar por el destino, a aceptar las miserias de cada día; llegué a comprehender y a comprender lo que significaba estar enfermo, la obligatoriedad de dejarse llevar, de aceptar lo inevitable: una vez dejé de luchar contra lo que no tenía remedio empecé a curar primero a mi alma y después a mi cuerpo: tras haber cambiado de actitud la crema milagrosa que aplacó la locura de mi piel llegó en las manos aladas de mi ángel, Teresa. Y el cuerpo comenzó su lento camino a la rehabilitación.

No estoy por completo curado. No sé si lo estaré algún día. Todavía hay trazos de blirrubina (muy pocos) en mi sangre, aún el calor del sol siembra de agujas parte de mi piel; duermo gracias a pastillas, pero mi piel ahora rodeada de algodón puro, duerme horas enteras y se entrega con alegría al eterno fluir de las horas que pasan con verdadero gozo, algo que nunca me había permitido en todos los años que llevo de vida. Todavía puede haber daños que perpetúen una enfermedad hepática; también puede que no haya pasado nada más y que mi hígado salga por completo indemne de esta Hepatitis colestásica tóxica. ¿Quién sabe? Lo importante es el día a día, y a ello me entrego desde entonces con alegría, con cierto temor también, y con cierta aprehensión que espero ir diluyendo poco a poco, ahora que soy consciente de ellos, conforme pasen los meses y, también mi vida.

Mañana vuelvo a trabajar. No a cien por cien, pero a trabajar. Hay pequeños detalles que arreglar: mi intolerancia a todo lo que no sean telas naturales, por ejemplo, y por ahora al calor extremo. Ya veremos cuando esos momentos lleguen. Lo que manda hoy es agradecer el inmenso apoyo, al comprensión infinita y nunca merecida; la ayuda muda, los mimos y el cariño, la preocupación y las ganas de ayudar que todos, desde los médicos de Digestivo que me han llevado (Dra. Esther Molina, Dr. Javier Castroagudín, el resto del equipo de la Unidad de Trasplante Abdominal, el Dr. Jose Fdez. Noya, cuyo corazón casi se le sale por la boca al verme llegar con esa analítica el primer día y que me regañó hasta cansarse; el equipo de UCI, sus Enfermeras, que me sacaron sangre diligentemente pese al dolor que les producía verme así; a Mercedes Paredes, como cabeza del equipo -y nombraría a tantas…, nunca me llegarán las palabras de agradecimiento y a Teresa Bolaño, por regalarme la paz en forma de una crema que, sin ser panacea, fue mi pasaporte a la curación; al servicio de Farmacia hospitalaria, de la mano de su jefa Dra. Chus Lamas y nuestra farmacéutica de cabecera, Teresa; a mi jefe, el Dr. Cristóbal Galbán por su apoyo y compresión; a mis colegas Dra. Ana López Lago, Dr. José Luis García Allut, Dra. Carmen Rivero, Dra. Patricia Barral, Dra. Laura Sayagués, Dr. Alfonso Mariño y la Dra. Rita Fdez Garda y los residentes Dra. Rebeca Hdez. Vaquero y Dr. Emilio Rdguez. Ruiz que se preocupaban por mí y me mandaban mensajes de apoyo). Todos: la Auxiliería y la Celaduría, que me preguntaban con cariño y preocupación, y a mi madre y mi hermano y la familia más cercana, que comprendieron mi negativa a estar acompañado físicamente y continuaron estando en la distancia, cerca y pendientes. Y a tantos, tantos amigos en las redes sociales, ya sea a través de mensajes privados como manifestaciones públicas, que contribuyeron a que estos meses de locura fueran estaciones llenas de amor.

¿Cómo se mide la admiración, el cariño, la entrega, el eterno favor de Servir? El amor tiene mil caras y ninguna medida, pues se desborda y es eterno, una fuente inagotable. Gracias por dejarme beber en esas aguas, intentaré ser merecedor de tanta entrega y de tanta preocupación lo que me quede de vida, sean segundos o siglos, en estas estaciones sin final que tiene el verdadero amor.

A todos, de corazón, gracias.

Y ahora a seguir adelante.

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El día a día/ The days we're living, Medicina/ Medicine

Antinatural

Gay or LGBT flag made of colorful splashes

Gay or LGBT flag made of colorful splashes

   Este reportaje de Françesc Gascó arroja luz científica sobre la tan cacareada antinaturalidad del amor homosexual, del sexo homosexual, del ser homosexual (palabra inventada en el siglo en el que se le empezó a considerar una desviación, una enfermedad psiquiátrica).

La Naturaleza es tan variada, tan sabia, tan eterna, que pasa por encima de las opiniones de los hombres, a quienes mira como lo que son: seres infinitesimales en la miríada creativa del universo.

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