Call Me By Your Name: Llámame por tu nombre (y seré quien debo ser)

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La hermosa película de Luca Guadagnino, Call Me By Your Name, es quizá la mejor de la temporada. Con un magnífico guión firmado por James Ivory (y qué ecos guarda con Maurice, filmada treinta años antes) la película narra, con la cadencia propia de la canícula, el nacimiento de un amor entre un desencuentro y una lucha interna, en un momento del mundo en el que todo estaba por cambiar y, al mismo tiempo, evolucionar.

Es un canto al amor hacia nosotros mismos y a la aceptación, a la valentía y al miedo; es un reflejo de un estrato de la sociedad embebida de conocimiento y de luz, esa parte ínfima que se enfrenta a la verdad y la acepta con los brazos abiertos; el monólogo final del padre de Elio, de los más bellos y mejor interpretados y valientes de la historia del cine, es pura realidad palabra por palabra, y nace de esos espíritus que han ganado su libertad a costa de perder casi todos sus sueños, pero jamás sus esperanzas.

Oliver y Elio se encuentran y se desencuentran; se buscan y se repelen, se hallan y se entregan  entre el secreto a voces y el descubrimiento; se hacen mejores porque están juntos, en un verano idílico que parece no terminar nunca.

Pero todo sueño culmina. Y el estío también.

 Call Me By Your Name es la respuesta vibrante a Brokeback Mountain, hollywoodense y dramática; hermosa donde esta última es recia, sensual versus aséptica; llena de matices allí donde la otra es cáustica; sensual y luminosa, procedente de un universo que abraza y comprende, frente al frío indiscutible de la indiferencia; ambas enormemente sinceras: una repleta de sol y la otra de tristeza.

Call Me By Your Name es un canto a la vida, a la comprensión, a la madurez y al epicureísmo: nada más sensual que esa luz cálida, esas aguas cristalinas, esos frutos maduros, esa comida fresca, esas conversaciones eruditas, esa inteligencia superlativa, esos miedos y esa entrega. James Ivory firma quizá el mejor guión de su vida (lo que es mucho decir en la inmensidad de una carrera como la suya) y Luca Guadagnino se deja guiar por el instinto y su italianizante aprecio por la Belleza, y consigue la fluidez lenta de un amor que nace, crece y florece sensual y lleno de vida.

Hay una belleza subyugante en esta película, la más hermosa y europea desde hace muchos años; el aroma a un tiempo ido; el atractivo de una historia por siempre viva, y ese corazón de obra maestra, que consigue revelarnos más detalles, más capas, más sorpresas, cada vez que la vemos.

La historia de Elio y de Oliver es eterna y quizá por eso es hermosa. Pero es que todos hemos sido alguna vez Elio y Oliver y todos los demás personajes que la salpican; y quizá algún día seamos ese padre comprensivo, que se perdona su propia vida al comprender la de su hijo, y enseñarle la lección más importante de su existencia al regalarle las alas que le ayudarán a volar sin ataduras, mancha ni vergüenza, por toda la eternidad.

El final de todos los agostos: lo que no fue

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El último relato gráfico, en una edición preciosa de Lunwerg (Editorial Planeta), de Alfonso Casas está lleno de melancolía, mucha inocencia y un regusto agridulce por las historias que casi han sido y no se van a contar jamás.

Es breve, pero lo que encierra en sus páginas late con delicadeza. No es una historia nueva (nunca lo son), pero es una historia que nos ha pasado y quizá por eso merece ser escrita y mucho más dibujada y más editada de esta manera tan hermosa, tan crepuscular.

El final de todos los agostos es el relato de un adiós. Es decir de un final. El de un relato de dos que no pudo ser: inmadurez, torpeza, abandono, resentimiento y culpa. A veces el amor tiene estos meandros por donde navega, callado, hasta que nos atrapa. Y a veces ese abrazo es un solo gozo y a veces, como en El final de todos los agostos, sigue siendo un desencuentro que parece terminar donde otra historia inicia. Quizá.

De la infancia a la adolescencia, la eterna inmadurez del hombre de nuestro tiempo, que no sabe lo que quiere pues habita en el planeta de la melancolía del deseo. Lo que tiene quizá no le llegue, hasta ese último momento en que decide, gracias al Destino, que es lo que le toca.

Hay mucho de nuestro día a día en El final de todos los agostos, un retrato muy veraz de la treintena actual, y del hombre como género y definición, con sus aciertos y sus errores.

En agosto quedó un corazón y clavado a él, un recuerdo, y esa nota disonante evoca lo que pudo haber sido y no fue en forma de olvido obligado, en forma de puntos suspensivos.

Allá afuera (estás tú)

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De la película Fievel y el nuevo mundo (1986) una de las baladas más hermosas que se hayan compuesto para el cine de animación (sin ser de Alan Menken & Howard Ashman): Somewhere Out There.

   Dos hermanos que se extrañan y se buscan en las intricadas aguas de la emigración y la separación fortuita. Las aventuras de Fievel, buscando a su familia, resumían el duro trance que la ruptura de la conocido y la sorpresa de lo nuevo ha sembrado en cada una de las personas que, por una razón u otra, han tenido que dejar su lugar de origen.