Del ocaso al amanecer

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone

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Así te quiero. Como la rotación de la tierra, entera sobre sí misma; como la singladura de la luna que se asoma allá, ¿ves?

El ocaso caliente, rojo y azul profundo, como tus labios y el roce de tu piel.

Tu cabello abandonado en la almohada, los ojos cerrados, la boca entreabierta y el cuerpo entregado. Así te quiero. Del anochecer a la mañana, cuando se enfría el verano y perla de rocío a las hojas.

Tu sudor y el mío bautizan nuestras pieles. Y nos besan chiquito. Y me hacen cosquillas, con tu corazón cerca del mío. Así es nuestra historia de amor: pequeña, aunque se extiende del ocaso al amanecer con una curva perfecta: la de tu cintura.

Me gusta cuando hablas, y también cuando me besas. Cuando callas, el arrullo de las estrellas se asoma por la ventana y te mece entre mis brazos hasta que llega el sueño. Del ocaso al amanecer somos un planeta único, sin lazos, sin más hermandades que nuestros abrazos, nuestros deseos entrelazados.

No hay más mundo que el nuestro, no más universo que tu mirada. Y la mía.

Cada segundo cuenta, cada sensación y también cada descanso. Del ocaso al amanecer soy tuyo y tú dueño del mundo. Reyes y siervos de nuestros corazones; manos llenas, pies desnudos y el amor arriba, brillando entre los dos del ocaso al amanecer.

Y oírte un hasta mañana y oírte un buenos días. Y la sonrisa tímida y la sábana volando entre las rodillas. Así somos tú y yo del ocaso al amanecer. Para volver a empezar, día a día, una vez más.

Pequeñas historias de amor (V)

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

Entradabaja

@RalfPascual

La luz entraba tranquila por entre las cortinas. Era octubre. Y en Lugo ese mes es particularmente soleado y diáfano, fresco y dulce.

Domingo por la mañana. Algo adormilados por la noche anterior (de marcha) desayunando juntos. El aroma del café, las tostadas con aceite para engordar menos, estevia por azúcar y apoyados uno en el otro: la cabeza en su regazo, sintiendo la suave firmeza del cuerpo amado. Y los dedos entre el cabello liso y abundante, casi sin darse cuenta. Los labios moviéndose suaves leyendo el periódico; los ojos cerrados paladeando ese sencillo placer.

A veces no hace falta más. Aquella mañana de domingo, en otoño, fue perfecta. Sobraban las palabras: estaban juntos, hablándose en susurros de caricias, en esa facilidad de las cosas que se dan por hechas.

La alegría es eso: instantes eternos, libres de otro deseo que el de estar juntos sin ser conscientes de ello, ni del tiempo que pasa.

Mañana llegaría. Y pasado mañana. Mientras tanto, ese domingo, en el que fueron uno, fue quizá el mejor día de sus vidas. Y diez años después, en otros brazos, en otras latitudes, aún lo recuerdan y aún suspiran por él. Por ese instante de amor, de pura felicidad.