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Fragilidad

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Eran las cuatro de la mañana de la guardia de Nochebuena. Había sido una guardia larga, aunque pudimos hacer el paréntesis para celebrar, con viandas que todos habíamos traído, la festividad entre las prisas habituales de una noche de UCI.

El sonido del teléfono interrumpió la conversación. Avisaban que en Urgencias había ingresado un intento de suicido (nosotros lo llamamos: Intento autolítco); alguien había ingerido no se sabía cuánta cantidad de anticongelante para coches, un veneno mortal si no se atiende a tiempo.

Siendo casi la guinda del pastel de una guardia mala como pocas y como generalmente son en estas fechas señaladas, murmuré en voz alta, muy enojado, quién era capaz de intentar matarse en una noche como esa. En fin.

Mientras subía la paciente que ya había valorado el residente que estaba conmigo de guardia, fuimos sabiendo algo más de ella: mujer, joven, su nombre, sus apellidos… Algo de ella me llamó la atención, pero la gravedad de lo que había ingerido pronto hizo que pusiera mis sentidos en lo que había que hacer de inmediato pues, aunque sabía qué antídoto emplear, debía investigar las dosis necesarias y tenía que repasar en el libro de intoxicaciones qué otros tratamientos de soporte deberían aplicarse. Para el momento en que la paciente entró por la puerta de la UCI, la máquina de hemodiafiltración continua (una máquina que actúa como la diálisis sólo que está activa las 24 horas del día) ya estaba lista para conectarse, y el antídoto ya cargándose en las dosis adecuadas por el S. de Farmacia Hospitalaria.

Al ver a la paciente, la primera impresión que tuve volvió a presentarse. Una melena suave, canosa prematura, de un tono dorado mate, ese color de beso de sol a media tarde; la piel muy blanca,  y unos ojos azules mortecinos, surcados por docenas de arrugas precoces, me impresionó. Aquel rostro había sido bello una vez, aunque ahora se presentaba ajado, sin vida; palidez marcada, ojeras oscuras que hendían el azul de aquella mirada sin sentido.

Le pregunté su nombre. Lento, me supo responder: A-na… La sensación que había tenido hacía un rato y que se había desvanecido al leer su nombre y apellidos me golpeó como un rayo. No era la misma mujer elegante, de melena larga y rubia, de caderas poderosas, de carne prieta y sabrosa que mi mente trajo de los recuerdos de una vida pasada. Pero tenía que ser ella… Al acercarme para explorarla mejor, pude identificar los oyuelos de las mejillas, los lunares discretos y mórbidos sobre el hombro izquierdo, la longitud de unos dedos hechos para tocar el piano como una vez hizo, la sonrisa oscura que usaba para seducir y ser querida. Era Ana, en un tiempo novia de uno de mis mejores amigos. Ana, que nos encontró una noche de farra, tocándome el culo con una avidez que denotaba su achispamiento etílico. Mi buen amigo, un hombre tan atractivo que las chicas que le gustaban caían rendidas a su encanto apenas sin inmutarse, estaba a mi lado cuando yo sentí una mano afanosa mezclarse con mi pantalón. Asombrado y azorado me giré, y aquel mujerón rubio, bella a esa hora y a pesar del toque de alcohol, miraba ansiosa a mi amigo pero acariciaba mi trasero.

– Cariño – le dije- creo que estás tocando el culo equivocado.

Con esa terquedad de las personas achispadas que niegan que están etílicamente alteradas, me sonrió como haciéndome un favor y negó con la cabeza. Comprendiendo, acerqué mi boca a la oreja de mi amigo y le susurré mis sospechas. Él también llevaba mirándola un buen rato.

– Déjame tu sitio, anda -me dijo-. Y que pruebe el culo que quiere tocar.

Serían sobre las cuatro de la mañana de una noche de otoño, siete años atrás. Yo me aparté solícito e hice por ir al servicio. Cuando regresé a nuestro sitio, ninguno de los dos estaba ya. Y no los volvería a ver hasta varios meses después, cuando se fueron a vivir juntos en una arranque de vitalidad que sólo se tiene a los treinta años.

Ana era una mujer encantadora, de sonrisa coqueta, de pelo como mar al atardecer. Se cuidaba con mimo; hacía resaltar su atractivo con las armas justas, la sonrisa de sirena, y un meneo al caminar que llamaba la atención. Juntos, debía admitirlo, hacían una pareja maravillosa.

Como suele ser habitual, su relación absorbió parte de la vida de mi amigo, por lo que dejamos de vernos de forma asidua, aunque seguíamos en contacto por teléfono y en el hospital, donde también trabajaba.

No recuerdo cuánto duró aquella relación, sólo sé que no terminó del todo bien: él pidió traslado por motivo familiar a otra ciudad y ella se quedó aquí, estudiando la carrera que él le había animado a retomar y graduándose poco después. Mi amigo volvió a estar libre para comunicarse conmigo de forma asidua, o lo que de asiduo hace la distancia, y Ana se perdió en las brumas de los recuerdos que se olvidan. Hasta esa noche.

Qué cambiada estaba. Había perdido mucho peso; su piel no tenía ese brillo nacarado y su mirada, desafiante, estaba perdida y desenfocada por el tóxico que rondaba por su sangre.

Una vez recuperado de la primera impresión: reconocerla, valorar su estado actual y el motivo de su ingreso, que movieron mis cimientos durante unos minutos, procedimos a tratarla. Cuando conseguimos una estabilidad relativa, dejé a Enfermería a su cuidado y fui a hablar con sus familiares. Su hermano esperaba ansioso saber sobre ella.

Un dios alto, rubio y muy guapo (la belleza corría por esa familia como por un descampado genético) me recibió nervioso y al borde de las lágrimas. Me relató todo lo que había pasado esa noche, con la sorpresa todavía en el cuerpo. Estaba mal, eso lo había visto ya hacía varios meses, pero ella no le prestaba atención; no eran de confidencias, pero él estaba seguro que algo malo pasaba. Llevaba sin trabajo unos meses y se sentía como una carga para él y su familia; no atendía a razones; sólo quería que la dejaran en paz y dormía gracias a la medicación pautada por el médico de cabecera. El chico se culpaba: de haber sido indulgente, de haberla dejado ajarse, de no prestarle más atención. Debía haberse dado cuenta de esa depresión, de algún dato de inestabilidad mental, de fragilidad.

No se daba cuenta, pero hablaba con un aluvión de sentimientos que parecía un río a punto de desbordarse. Yo le dejé hacer… Pasados unos veinte minutos o así, pensé que sería bien intervenir.

Le hablé de los riesgos de ese tóxico si no habíamos llegado a tiempo: podía quedar ciega, podía quedar sin riñones, por ejemplo; pero también podía salir sin daño alguno; dependía del tiempo entre la ingesta y la llegada al hospital. No pudo precisarme cuánto. No importaba. Me habló de lo bella que era, si la hubiese conocido, sabría que Ana podía haberlo tenido todo; eso le decía un novio que tuvo haría siete años, que la apoyó para que volviera a los estudios, y fue feliz con él, eso lo sabía, y le apenaba haber perdido a un posible cuñado que le parecía tan de fiar.

No tuve valor para decirle que sabía su historia. Que Ana y yo nos conocíamos de antes; que aquel novio tan válido era amigo mío, y que nunca supe qué había motivado aquella ruptura más allá de lo que siempre pensamos de ser muy absorbente y algo inestable, todo aquello con que acusamos al Otro cuando nos decepciona demasiado o terminamos de amarlo como pareja.

Me sentía extraño mientras me contaba la historia de su hermana; sus tres intentos previos cuando era una adolescente; el agujero en el que se había transformado su vida. Siempre había sido una chica frágil, aunque lo disfrazase muy bien hasta ahora…

Dejé que se desahogara otro rato más; era tan tarde y estaba yo tan cansado que no me importó el tiempo que pasé a su lado: un hombre que necesitaba un apoyo que quizá yo pudiera darle, aunque me estuviese muriendo de sueño y cansancio. Era mi deber y allí estuve, hasta que pude calmarlo un poco.

– Vamos a ver cómo responde al tratamiento, cuánto de rápido hemos sido. Ahora podrá pasar a verla y puede quedarse el tiempo que haga falta…

Me agradeció efusivamente los ánimos y esperó a que llegase su madre. Cuando ambos pasaron a ver a Ana, ésta estaba algo mejor; la cabeza más despejada; el color había vuelto a sus mejillas. Parecía otra en aquella hora que llevaba ingresada. Eso era buena señal.

Les saludé desde lejos, pues temía que Ana tuviese buena memoria y me reconociese como el chico del culo equivocado en una noche mágica, tan distinta a ésta que ambos compartimos.

Su fragilidad me conmovió mucho, porque no era una paciente con un número de identificación más; si no una mujer que yo conocía plenamente y ahora se entregaba a nuestro cuidado en el punto de mayor debilidad posible. Sentí pudor por ella, y por mí: seguro que tampoco yo era el mismo de siete años atrás.

Tres días después se había recuperado del todo, y sin secuelas importantes, pudo ser trasladada a seguir tratamiento en la planta de Psiquiatría.

Ayer, una prima mía joven, aquejada de un cáncer de pulmón galopante, me pidió que le ayudase: pese a las quimioterapias y a sus ganas de luchar, se sentía débil, enferma, incapaz, y llevaba cuatro días con un dolor insoportable. Cien millones de improperios después por haberse dejado llevar hasta ese estado, le pedí que acudiese al hospital donde hablaría con los colegas de Oncología a ver qué se pudiera hacer por ella.

Al llegar la vi empequeñecida, hecha un ovillo, pálida, débil. Frágil. Una mujer que había sido siempre una chispa de vitalidad y que llevaba su casa, motor y guía, con la mejor de las manos. Pequeña cosa, acostada en una cama, llevaba días sin comer y sin beber, aquejada de un dolor lacerante que le impedía hasta hablar.

Los médicos la valoraron, le pusieron tratamiento; las enfermeras la trataron con mimo, le hicieron sentir cuidada, liberada del dolor que le impedía hasta pensar. Dos horas después, ya en el Hospital Onco-Hematológico de Día, estaba más serena, hidratada por los sueros y descansada por los analgésicos: la morfina es el mejor aliado del hombre, pocas cosas (la aspirina, los antibióticos quizá) la igualan, y pocas cosas hay más baratas y que cuesten más indicar, tristemente.

Cuando la fui a ver estaba dormida. La dejé descansar una hora más o menos. Estaba con los ojos cerrados, la expresión del rostro era plácida, se sentía cómoda, cuidada, mimada. La fragilidad de un cuerpo que se prepara a morir brillaba con la serenidad de los cuidados bien hechos, con la certeza de lo que no tiene cura llevado de la mejor manera posible.

Cuando pude volver a verla, ya despierta, me sonrió con una sombra de lo que aquella risa había sido, y me tomó suave de las manos. Lloró un poquito, como cuando no queremos ser vistos, añadiendo unas gotas de pudor a ese estado de débil fragilidad.

– Gracias…

Pero no había nada que agradecer. Mis compañeros estaban haciendo lo que deben hacer; llega un momento en la vida en que la lucha sólo se reduce (y nunca es fácil alcanzarlo) al confort, a la serenidad, a dejar que el pasaje más triste de todos se haga de la forma más digna posible, más fácil y certera. Yo sólo había pedido ayuda…

Ayuda, fragilidad, alivio. Para eso estamos aquí, en todos los estamentos de la Medicina. Pero también en los de la Vida.

Mi prima volvió a sonreír poquito, sabedora, porque todos los pacientes lo saben, que ya no hay mucho qué hacer, salvo recoger los restos de dignidad que nos quedan y que se resumen en la fragilidad de pedir ayuda, y que ésta nos hace en realidad más fuertes que nadie, más sabios y más generosos, y repartirla, liberarse de cualquier carga que ya las manos han dejado caer en parte, y prepararse para ese largo viaje sin retorno que en nada ata y que deja todo atrás.

En un mundo que nos hace creer en falsas imágenes, en fantasías banales, en sueños que no son nuestros deseos, la fragilidad del cuerpo y de la psique siempre están ahí para recordarnos de qué estamos hechos y hacia dónde vamos. Que todo lo demás: las mil preocupaciones, los anhelos, la posesión, los sueños, las relaciones, no son más que objetos sinuosos, sombras informes, niebla que se diluye con la llegada de la luz… La luz de la comprensión, la luz que sólo ilumina a aquel que ha dejado de luchar y que reconoce, que sabe, que la mayor fortaleza está en la entrega, encerrada en el momento más íntimo de fragilidad, ese instante en que dejamos de ser lo que creemos ser para llegar a convertirnos en nuestra esencia, en lo mejor que hemos sido jamás.

Y le doy las gracias a estas dos grandes maestras que me han recordado, en estos días de miserias personales, que nada hay más fuerte que la fragilidad, y nada más valiente que pedir ayuda. Y nada más generoso que darla sin medida.

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Todo esto te daré: vidas sinuosas

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Todo esto te daré es la novela de Dolores Redondo, ganadora del Premio Planeta 2016. No había leído nada de su autora, sobre todo por mi total desinterés por la serie negra, de la que sin embargo he llegado a disfrutar, aquí y allá, de ejemplos excelsos destacados en el mercado anglosajón, que han trasplantado ese gusto, esa estructura y ese género en nuestras fronteras.

No me gusta que un libro venga clasificado con un género: le resta mérito al autor y a su historia, que en general siempre es más y mayor de lo que la etiqueta encierra. La producción en masa de una novela así genera ventas y ha hecho, a no pocos autores, conocidos y líderes de ventas. Que esto también es un negocio, no debemos olvidarlo. Ese rechazo tácito quizá ha hecho que no me acerque mucho a la labor previa de Dolores Redondo, como me mantiene alejado de la producción literaria actual, con contadas excepciones (Joël Dicker, al que me referiré más adelante o, en alguna ocasión con mucho agrado, Matilde Asensi), así que mi acercamiento al nuevo Premio Planeta se ha debido a la confirmación de parte de mi entorno de que la historia valía la pena.

Todo esto te daré posee una gran cualidad: es un océano de sentimientos. No hay momento anímico que la autora no explore, no ahonde con una delicadeza magistral, y no arrastre al lector al mundo que crea, ayudada por la mágica localización del relato y por los encuentros y desencuentros de almas dañadas que se reconocen, se rechazan y finalmente se aceptan en esa cura común que significa para todos la aceptación de los hechos como verdades, y como verdades, la libertad que estas conllevan.

Dolores Redondo es quizá, junto con Joël Dicker, quien mejor maneje los mimbres (fuera del mundo anglosajón, se entiende) de una trama de género negrísimo en el que caben todas las taras humanas; tantas, que por momentos puede llegar a abrumar. Su querencia por los giros inesperados, mejor llevados que el suizo, intenta mantener la atención del lector, y en contraposición con el autor de La verdad sobre el caso Harry Quebert o El libro de los Baltimore, lo consigue porque su interés son los personajes que viven la historia, y no el que la trama supedite a los personajes, los lleve, los defina. Eso le aporta a la narración de Todo esto te daré mayor calado, hace que dé un paso más en las fronteras de la etiqueta, y que progrese en un camino rompedor de moldes, liberador en fin, de ese gran talento que se adivina en su autora.

¿Por qué comparo dos estilos tan distintos de abordar el mismo género (pero construyendo las tramas con la misma estructura férrea y ya manida)? Porque en ambos casos veo a excelentes escritores; hay muestras de gran talento, hay brillos profundos de almas que quieren en realidad salir del corsé en el que se hallan para horadar caminos nuevos ya sin miedo.

El olor, el tacto de las gardenias, el aroma de la lluvia fina y la humedad, el reflejo del sol en el río, la tarde sobre los viñedos, la interacción íntima entre seres humanos que encuentran puntos en común en las supuestas divergencias, son lo que me ha atraído de su lectura. No la trama, sobre la que perdí interés a medida que avanzaban personajes arquetípicos que anuncian con grandes carteles sus intenciones. No los constantes giros, que me cansan; sigo sin entender cómo es posible que una historia poderosa como ésta requiera más de trescientas páginas para desarrollarse: debe ser el mercado, o el género en el que se enmarca. Murakami también escribe historias interminables siguiendo siempre el mismo planteamiento cíclico y sus lectores parecen hipnotizados… Pero eso es otra historia.

Todo esto te daré es una historia de amor, o mejor dicho, una historia negra sobre una historia de despedida. Es el maravilloso relato de un lamento, de una pérdida, de una desdicha y de una curación atrapado por una historia paralela que termina ahogándolo. Pero sobre todo es un descubrimiento de una pluma que debería deshacerse de etiquetas para profundizar en lo que verdaderamente hace un escritor de raza: hablar sobre las verdades humanas con una mirada acerada y, a la vez, misericordiosa, sin miedo pero con respeto, en relatos cuyo equilibrio lo dicte el corazón de quien escribe. Espido Freire es una artista en este sentido, lenguaje de escalpelo en boca de seda, elegancia fría de acero sobre un gran respeto por la historia que narra, con un equilibrio entre instintivo y meditado: Melocotones helados sigue siendo un relato potente escrito con prosa brillante sobre un fondo, como el de Todo esto te daré, muy negro.

Dolores Redondo tiene la pluma ágil, y sobre todo, el sentimiento profundo a flor de piel. Eso la hace única. Y qué bien que surjan voces como la suya en el panorama absurdamente monocorde de la literatura contemporánea. Ojalá podamos evolucionar gracias a ella y a todos aquellos que desean romper moldes, diversificar estilos, siempre preocupados por la calidad del sentimiento y la belleza de la prosa.

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España: Centro del Mundo 1519-1682

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Hay algo subversivo en el alma española. No conoce su Historia. Esa ignorancia le da vergüenza y le condena, como por lo demás todos los países, a caer una y otra vez en los mismos errores. Robert Goodwin, británico (para variar) lo describe maravillosamente bien en su libro España: Centro del Mundo 1519-1682, de la editorial La Esfera de los Libros.

España no se ha recobrado de ese espíritu barroco del Desengaño: ningún pueblo ha retratado jamás en sí mismo la pasión hacia la grandeza y la eternidad, y al mismo tiempo su extrañeza y su penar al descubrir que nada de eso es posible, salvo la destrucción absoluta y la carnaza de unos valores que por firmes, no dejan de ser del todo imperfectos y perecederos.

España ignora su importancia, porque los siglos que sucedieron a esa explosión planetaria (incluso cósmica) que la catapultó a los más alto del Renacimiento como potencia motora, y al Barroco como potencia artística, de desestabilización, de desencuentro consigo misma y de desencanto, han perdurado más que los brillos ya algo mohosos de una grandeza que prometía durar una eternidad.

España ignora que nada es para siempre. Y se niega a seguir viendo que todos los grandes imperios en realidad duraron lo mismo que el suyo: un siglo, con resonancias más o menos lejanas en los tiempos venideros. Por ser el primero, por ser en realidad el más poderoso, el más unificador dentro de una diversidad demasiado intensa; por eclosionar en el encuentro de mundos desconocidos; la conquista, la mezcla (¿qué otro imperio del mundo ha llevado su sangre, su fe, sus costumbres, al grado de mestizaje del español?) y el resquemor, el Imperio español, el verdaderamente planetario, ha sido denostado, vilipendiado y engañado a lo largo de los siglos por conveniencia ajena y por connivencia propia con graves consecuencias para un país que lo tiene todo: lo bueno y lo malo a flor de piel, y que sabe interpretar a través de la cultura, la belleza y la religiosidad (tenga el sesgo que tenga) esa grandeza, ese mestizaje, ese saber ocupar un lugar en el mundo y esa riqueza que representa una tierra fértil, un sol secular, un mar bendecido por la Naturaleza y un clima recio, con cielos hermosos, llenos de contrastes, y un corazón que late, a sangre y fuego, por encontrar ese pedacito de paz que le ha sido negado siempre.

Robert Goodwin ha escrito el libro que España necesitaba. En sus hojas jamás hay una excusa, jamás un juicio. A mi parecer es el primer historiador que no juzga con los ojos del Siglo XXI lo que era el mundo que va de finales del S. XV al S. XVII. No hay en toda esa erudición presentada como una novela agradable y llena de giros, con una estructura en círculos concéntricos maravillosa, una línea disonante, un dato que no encaje, la mera insinuación de un error; jamás una comparación odiosa, jamás un comentario hiriente; y siempre una admiración profunda y verdadera sobre la grandeza de un pueblo que creyó con pasión en un sueño de riquezas y poder (y que lo obtuvo) pero que ignoraba, hasta que se dio cuenta dando lugar a ese esplendor único llamado Barroco, que nada en la vida es para siempre y que todo tiene un precio: querer vivir en la ignorancia apartando la vista hacia otro lado, y reconocer en lo más profundo esos errores y juzgarse duramente por ello y enmendarse, rodeándose de pobreza y minimizándose hasta el extremo de querer desaparecer de la esfera mundial, al no considerarse digno de haber alcanzado tamaña empresa y, todavía más, de permanecer en ella hasta que se apagase el sol.

Todo en el libro de Robert Goodwin es maravilloso. Todo. La estructura con que está escrito, el lenguaje ameno, vibrante, incisivo, lleno de una profundidad intelectual que desarma, que no juzga, que saca a la luz las tripas de una forma de ser, el alma de un sueño de vida y su reflejo en las labores humanas; de un pueblo que se volvió grande de repente, que supo serlo y que cayó, pensándose pronto, víctima de errores que ha considerado siempre como propios pero que son connaturales con la naturaleza humana: Robert Goodwin nos demuestra que el Imperio español fue el centro del mundo, pero que sus errores fueron y han sido, en realidad, casi universales.

Antes del Imperio Español fue el Imperio Azteca, el Imperio Inca y Roma, y antes de Roma, Macedonia, y antes de Macedonia, Persia, y antes de Persia, Egipto y Babilonia, hasta pensar en Dalamacia y la oscura Atlántida, por resumir en unos trazos docenas de miles de años de historia humana. Todos ellos han perdurado en la memoria histórica; cómo no iba a hacerlo el primer Imperio verdaderamente mundial, cuyo orbe manejaba dos manos pálidas como si fuese una pelota de hojalata. Pero, como ocurre con las obras de Arte que el tiempo cubre de impurezas y de sombras impuestas, la historia de ese momento único en el mundo, porque fue único (jamás volvió a ver algo igual, todos los que le sucedieron no fueron más que copias basadas en su ejemplo), se vio modificada por intereses contrapuestos, por exposiciones cegadoras, por oportunos ocultamientos, es decir, por conveniencias banales, que sólo ahora, después de esta experiencia cargada de muertes y de cambio inmediato y constante, consiguen desvelarse y mostrar su esplendor, porque son hermosas en su conjunto de brillantez y oscuridad, libres por fin de intereses creados o de falsas creencias que a nada llevan.

He leído unos cuantos ensayos sesudos sobre este inmenso período hispano. Eran demasiado densos, demasiado concentrados en el detalle, pero por encima de todo, juzgaban una y otra vez cada uno de los recovecos de la historia que contaban. Si de Alejandro Magno se dice que no hay que juzgarlo sino con los ojos de su tiempo, ese principio de imparcialidad debería imperar (y de hecho, ocurre en todos los países menos en la todavía pía -por irracionalmente adherida a una culpa externa- España) en la historia hispana, pero no lo había encontrado hasta hoy. España, Centro del Mundo 1519-1682 es la joya que tanto anhelaba leer, la descripción magistral de política, cultura, costumbres y enfoque que debería tener todo historiador. Es, quizá, la primera obra moderna de historia, escrita para ser leída con facilidad sin legajos abstrusos, y llena de amor por lo que quiere mostrar, desplegando la historia de los Austrias hispánicos como un hermoso bordado en el que se plasma, a modo de Tiziano, de El Bosco, a modo de El Greco, a modo de Zurbarán y de Velázquez y de Murillo, los verdaderos colores de un imperio donde no se ponía el sol, en donde nació la Banca moderna, las costumbres que pasarían a imperar en el mundo desde entonces (apenas modificadas por el paso del tiempo), donde el estudio sobre el hombre, los derechos de los demás, la preocupación por reglar un mundo informe, el ansia, el lucro, la avidez y la piedad jugaron un papel único y dieron vida a un momento singular de la historia humana. Ese momento mágico en el que el mundo se hizo planeta ha llegado hasta nosotros a través de las costumbres, de internet, del cine, del teatro, de la literatura, de la tecnología y de los viajes eternos por mar, tierra y cielo. Robert Goodwin nos demuestra, en este fresco maravilloso, que no somos más diferentes de lo que eran esos españoles imperiales y que apenas hemos cambiado en las formas pero no en el fondo: la codicia, la imparcialidad, el ansia de posesión, pero también la piedad, el sueño de igualdad y de concordia y la preocupación por los que sufren, los desheredados y al ampulosidad de un capitalismo que nunca nos ha abandonado desde entonces… No hay mal en ningún país del mundo que España no mostrase en ese siglo único, ni ningún imperio que haya durado más que el inmenso plantea hispano; eso sí, nadie ha vivido ese surgimiento y esa pérdida con más pasión y más desconcierto que España, a la que aún hacen temblar los ecos que sobreviven en su inseguridad (en su falta de conocimiento sobre su Historia).

Francia siguió a España; Inglaterra, una vez lavada su cara de ínsula pirata, alumbró el albor del S. XX… La pérdida del rango de imperio fue distinta en cada país: en Francia, a grito de Igualdad, Libertad y Fraternidad (conceptos que ya manejaban los eruditos de Salamanca, como bien deja claro Goodwin en este volumen, así que ni siquiera los Derechos Humanos nacieron en el suelo francés -Estados Unidos se había adelantado en cuanto a libertad y soberanía popular, pues cabe recordar aquí que el sanguinario paso de una Monarquía a una escueta dictadura y posteriormente al imperio de las armas napoleónicas, dejó tras de sí un reguero de sangre propia de un pueblo corto de luces y ansioso de venganzas que no se vio en el nacimiento de la nación norteamericana, al menos en sus comienzos, claro-) con la efímera y sangrienta Revolución Francesa; en Inglaterra, gracias al ruido irreverente de las guerras del S. XX, apenas si pasó desapercibido, maquillado por la máquina de propaganda y cultura que aún imperan (nunca mejor dicho) en nuestros días: ese espíritu insular, y ese asco por lo distinto, siguen tan vivos hoy como en el S. XVI: el Brexit es el mejor ejemplo de las raíces reales de un pueblo que ha cambiado apenas nada y que sobrevive con la añoranza de un imperio que apenas duró un siglo y que se desvaneció en la nada, salvo quizá en la enjoyada cabeza coronada de una Reina-símbolo-objeto, que todavía perdura gracias a una longevidad oculta en sus genes regios… En fin, como dice el dicho: en todas partes cuecen habas.

Ojalá España deje por fin ese sentimiento de inferioridad nacido de su desconocimiento, de su falta de discernimiento, de ese marcha por el desierto del desconcierto y la pequeñez. Su grandeza, que todos los demás captamos y admiramos, y que late en su Arte, en las líneas de sus novelas y poemas, en el pensamiento de sus filósofos, en las pinceladas de sus pintores, en el arrebato de sus paisajes y su gastronomía, en la belleza de sus ciudades, en el saber vivir de una raza antigua que merece disfrutar de su lugar magnífico en la Historia,  y en el día a día.

Robert Goodwin muestra ese fresco, retrata esa belleza y esa podredumbre, ese saber estar y esa inestabilidad tejiendo la vida de sus principales actores, mezclando temperamentos y biografías, y mostrando, con una acerada visión del arte escrito y pictórico y escultórico y arquitectónico, los ecos del corazón de un pueblo y de un tiempo único en el mundo sin prejuicios, sin ahorrase sombras y sobre todo, por encima de todo, y en eso reside la grandeza de este ensayo, repleto de libertad y respeto y amor por España y su lugar mundial, su verdadero legado planetario, y su peso específico de olores, sabores y tactos, convirtiendo un libro sobre historia en un tratado sobre filosofía de vida y sobre arte y humanidad.

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El día a día/ The days we're living

El aroma de tu piel.

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Ha pasado un tiempo prudencial. Así me lo he dicho. Ante todo sentido común, análisis frío, situación bajo control.

Ya no estás.

Hace un año (creo) que te fuiste.

No me levanto pensando en ti, ni enciendo la luz para comprobar que sigues ocupando ese espacio en la cama. No revuelvo ya las cosas que se te ha olvidado recoger; ni me doy cuenta que son aquellas que te regalé una vez, cuando nos amábamos. Ni siquiera pongo ya dos tazas en la cafetera de cápsulas de colores que tanto te gustaba. Salía el café colado denso y oscuro como tu voz; con cierto deje cálido y amargo, como nuestra vida en común. Te gustaba el rosa, el verde brillante también; huías de los descafeinados y del azúcar blanquilla, que es un veneno. Como tú y yo. Y untabas de aceite una tostada de carbonilla.

Ya no discutimos por la mañana temprano: la ropa tirada, la tapa sin bajar, los paltos sucios. Ni cuenta me doy que todo está tan impoluto y ordenado que parece que nadie viva aquí conmigo; ni yo mismo. Pero es así.

Casi ni recuerdo el color verde de tus ojos, ni la forma entrecerrada, escondida y tierna que tenías de mirarme cuando yo no me daba cuenta, pero que te descubría de reojo. Ni el sonido de tu risa cuando la mermelada terminaba en mi pantalón, de lo torpe que soy cada mañana. Ahora, cada día, la mermelada se cae, la mantequilla permanece intacta, y esa cafetera moderna no la usa nadie. Desde que no estás dejé el café y el tabaco y el alcohol y la mala vida. Bueno, desde que no recuerdo ya, incluso la compañía.

Ha pasado un tiempo prudencial. Sin precisar, puedo decir que casi mi corazón está curado de ti. Ni la sombra de tu nombre, cuando cae en alguna conversación entre amigos me produce dolor; incluso ya no corro tras una sombra que se parece a tu espalda sin ser tu espalda que podría ser tu espalda, ese océano maravilloso donde dejaba mis besos y también mis deseos y mis sueños. Hasta me enorgullezco de mi fortaleza, que me parece real, sólida, tranquila, pausada, llena de sentido común y de buen hacer.

Pero me engaño. Lo sé. Cruzo la calle y tu nombre me asalta el recuerdo y tiemblo. Cierro los ojos y dibujo la forma de tu sonrisa, y mis dedos recorren cada uno de los meandros de tu pecho y el aroma de tu piel inunda mis recuerdos y excita mi recuerdo, mi recuerdo, mi pasado… Y me atrae a ti.

Y te veo en todas partes: en el bar esperando mi llegada tardía; la colilla en el suelo, la mirada recriminadora, la palabra amarga que se diluye en un beso. Y el aroma de tu piel en el beso del reencuentro y en la amargura de la despedida; en cada día y en cada noche de las que se compuso nuestro amor y también nuestra ruptura.

Ya no lucho contra tu recuerdo. He encontrado unas cien fotos en el móvil que aún no he borrado. Me niego a hacerlo, aunque estén en la nube, en la nube del pasado. Ya no batallo por no recordarte, pues hacerlo me ayuda a olvidarme, como el agua se lleva el jabón y la suciedad y las lágrimas de estos ojos secos que no vieron, ni lucharon, ni supieron qué hacer cuando te fuiste.

Y es que te encuentro en la luz del día y en la tarde moribunda, en la arruga de las sábanas y en el repiqueteo de la ducha en la mampara. El pelo húmedo, pingando y pegado a tu cabeza como un casco, y el aroma de tu piel limpia sobre mi piel. Hasta correr por el parque y atiborrarme a chocolate con almendras. La noche con sus sombras, el día con su eterna claridad, buscando el sol, apoyándome en la luna, el aroma de tu piel me persigue y me recuerda y me transporta y me detiene en un punto ingrávido donde el universo no existe, porque ya no estás junto a mí.

Pero ahora todo se va deteniendo. El sentido común, me dicen, o que el tiempo todo lo cura (menos el recuerdo de ti). Y lo dejo pasar: los segundos, las horas, los días, con la vana esperanza de dejarte de lado, de no recordar cada pelea ni cada reconciliación, ni el primer beso, ni el último lleno de amargura… Y dejo que mi corazón se vacíe y se llene de cicatrices, y mi cabeza diluya tu recuerdo como a veces pensamos que se olvidan los malos sueños…

Pero a pesar de los pesares, a pesar del calvario de tu abandono, del infierno informe en la que se convirtió mi vida tras tu huida, tú no has sido una pesadilla, si no un deseo que salió mal, que no supimos apreciar, o que no era para mí.

Y sin embargo, cierro los ojos y el aroma de tu piel aún me asalta a veces… Y dejo que mi sonrisa fluya, que mis ojos se perlen de pequeñas lágrimas y mi corazón se llene de un gozo suave, de recuerdo vahído, casi olvidado, y libre de prejuicios que ya no necesito, que ya no me hacen daño.

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