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España: Centro del Mundo 1519-1682

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Hay algo subversivo en el alma española. No conoce su Historia. Esa ignorancia le da vergüenza y le condena, como por lo demás todos los países, a caer una y otra vez en los mismos errores. Robert Goodwin, británico (para variar) lo describe maravillosamente bien en su libro España: Centro del Mundo 1519-1682, de la editorial La Esfera de los Libros.

España no se ha recobrado de ese espíritu barroco del Desengaño: ningún pueblo ha retratado jamás en sí mismo la pasión hacia la grandeza y la eternidad, y al mismo tiempo su extrañeza y su penar al descubrir que nada de eso es posible, salvo la destrucción absoluta y la carnaza de unos valores que por firmes, no dejan de ser del todo imperfectos y perecederos.

España ignora su importancia, porque los siglos que sucedieron a esa explosión planetaria (incluso cósmica) que la catapultó a los más alto del Renacimiento como potencia motora, y al Barroco como potencia artística, de desestabilización, de desencuentro consigo misma y de desencanto, han perdurado más que los brillos ya algo mohosos de una grandeza que prometía durar una eternidad.

España ignora que nada es para siempre. Y se niega a seguir viendo que todos los grandes imperios en realidad duraron lo mismo que el suyo: un siglo, con resonancias más o menos lejanas en los tiempos venideros. Por ser el primero, por ser en realidad el más poderoso, el más unificador dentro de una diversidad demasiado intensa; por eclosionar en el encuentro de mundos desconocidos; la conquista, la mezcla (¿qué otro imperio del mundo ha llevado su sangre, su fe, sus costumbres, al grado de mestizaje del español?) y el resquemor, el Imperio español, el verdaderamente planetario, ha sido denostado, vilipendiado y engañado a lo largo de los siglos por conveniencia ajena y por connivencia propia con graves consecuencias para un país que lo tiene todo: lo bueno y lo malo a flor de piel, y que sabe interpretar a través de la cultura, la belleza y la religiosidad (tenga el sesgo que tenga) esa grandeza, ese mestizaje, ese saber ocupar un lugar en el mundo y esa riqueza que representa una tierra fértil, un sol secular, un mar bendecido por la Naturaleza y un clima recio, con cielos hermosos, llenos de contrastes, y un corazón que late, a sangre y fuego, por encontrar ese pedacito de paz que le ha sido negado siempre.

Robert Goodwin ha escrito el libro que España necesitaba. En sus hojas jamás hay una excusa, jamás un juicio. A mi parecer es el primer historiador que no juzga con los ojos del Siglo XXI lo que era el mundo que va de finales del S. XV al S. XVII. No hay en toda esa erudición presentada como una novela agradable y llena de giros, con una estructura en círculos concéntricos maravillosa, una línea disonante, un dato que no encaje, la mera insinuación de un error; jamás una comparación odiosa, jamás un comentario hiriente; y siempre una admiración profunda y verdadera sobre la grandeza de un pueblo que creyó con pasión en un sueño de riquezas y poder (y que lo obtuvo) pero que ignoraba, hasta que se dio cuenta dando lugar a ese esplendor único llamado Barroco, que nada en la vida es para siempre y que todo tiene un precio: querer vivir en la ignorancia apartando la vista hacia otro lado, y reconocer en lo más profundo esos errores y juzgarse duramente por ello y enmendarse, rodeándose de pobreza y minimizándose hasta el extremo de querer desaparecer de la esfera mundial, al no considerarse digno de haber alcanzado tamaña empresa y, todavía más, de permanecer en ella hasta que se apagase el sol.

Todo en el libro de Robert Goodwin es maravilloso. Todo. La estructura con que está escrito, el lenguaje ameno, vibrante, incisivo, lleno de una profundidad intelectual que desarma, que no juzga, que saca a la luz las tripas de una forma de ser, el alma de un sueño de vida y su reflejo en las labores humanas; de un pueblo que se volvió grande de repente, que supo serlo y que cayó, pensándose pronto, víctima de errores que ha considerado siempre como propios pero que son connaturales con la naturaleza humana: Robert Goodwin nos demuestra que el Imperio español fue el centro del mundo, pero que sus errores fueron y han sido, en realidad, casi universales.

Antes del Imperio Español fue el Imperio Azteca, el Imperio Inca y Roma, y antes de Roma, Macedonia, y antes de Macedonia, Persia, y antes de Persia, Egipto y Babilonia, hasta pensar en Dalamacia y la oscura Atlántida, por resumir en unos trazos docenas de miles de años de historia humana. Todos ellos han perdurado en la memoria histórica; cómo no iba a hacerlo el primer Imperio verdaderamente mundial, cuyo orbe manejaba dos manos pálidas como si fuese una pelota de hojalata. Pero, como ocurre con las obras de Arte que el tiempo cubre de impurezas y de sombras impuestas, la historia de ese momento único en el mundo, porque fue único (jamás volvió a ver algo igual, todos los que le sucedieron no fueron más que copias basadas en su ejemplo), se vio modificada por intereses contrapuestos, por exposiciones cegadoras, por oportunos ocultamientos, es decir, por conveniencias banales, que sólo ahora, después de esta experiencia cargada de muertes y de cambio inmediato y constante, consiguen desvelarse y mostrar su esplendor, porque son hermosas en su conjunto de brillantez y oscuridad, libres por fin de intereses creados o de falsas creencias que a nada llevan.

He leído unos cuantos ensayos sesudos sobre este inmenso período hispano. Eran demasiado densos, demasiado concentrados en el detalle, pero por encima de todo, juzgaban una y otra vez cada uno de los recovecos de la historia que contaban. Si de Alejandro Magno se dice que no hay que juzgarlo sino con los ojos de su tiempo, ese principio de imparcialidad debería imperar (y de hecho, ocurre en todos los países menos en la todavía pía -por irracionalmente adherida a una culpa externa- España) en la historia hispana, pero no lo había encontrado hasta hoy. España, Centro del Mundo 1519-1682 es la joya que tanto anhelaba leer, la descripción magistral de política, cultura, costumbres y enfoque que debería tener todo historiador. Es, quizá, la primera obra moderna de historia, escrita para ser leída con facilidad sin legajos abstrusos, y llena de amor por lo que quiere mostrar, desplegando la historia de los Austrias hispánicos como un hermoso bordado en el que se plasma, a modo de Tiziano, de El Bosco, a modo de El Greco, a modo de Zurbarán y de Velázquez y de Murillo, los verdaderos colores de un imperio donde no se ponía el sol, en donde nació la Banca moderna, las costumbres que pasarían a imperar en el mundo desde entonces (apenas modificadas por el paso del tiempo), donde el estudio sobre el hombre, los derechos de los demás, la preocupación por reglar un mundo informe, el ansia, el lucro, la avidez y la piedad jugaron un papel único y dieron vida a un momento singular de la historia humana. Ese momento mágico en el que el mundo se hizo planeta ha llegado hasta nosotros a través de las costumbres, de internet, del cine, del teatro, de la literatura, de la tecnología y de los viajes eternos por mar, tierra y cielo. Robert Goodwin nos demuestra, en este fresco maravilloso, que no somos más diferentes de lo que eran esos españoles imperiales y que apenas hemos cambiado en las formas pero no en el fondo: la codicia, la imparcialidad, el ansia de posesión, pero también la piedad, el sueño de igualdad y de concordia y la preocupación por los que sufren, los desheredados y al ampulosidad de un capitalismo que nunca nos ha abandonado desde entonces… No hay mal en ningún país del mundo que España no mostrase en ese siglo único, ni ningún imperio que haya durado más que el inmenso plantea hispano; eso sí, nadie ha vivido ese surgimiento y esa pérdida con más pasión y más desconcierto que España, a la que aún hacen temblar los ecos que sobreviven en su inseguridad (en su falta de conocimiento sobre su Historia).

Francia siguió a España; Inglaterra, una vez lavada su cara de ínsula pirata, alumbró el albor del S. XX… La pérdida del rango de imperio fue distinta en cada país: en Francia, a grito de Igualdad, Libertad y Fraternidad (conceptos que ya manejaban los eruditos de Salamanca, como bien deja claro Goodwin en este volumen, así que ni siquiera los Derechos Humanos nacieron en el suelo francés -Estados Unidos se había adelantado en cuanto a libertad y soberanía popular, pues cabe recordar aquí que el sanguinario paso de una Monarquía a una escueta dictadura y posteriormente al imperio de las armas napoleónicas, dejó tras de sí un reguero de sangre propia de un pueblo corto de luces y ansioso de venganzas que no se vio en el nacimiento de la nación norteamericana, al menos en sus comienzos, claro-) con la efímera y sangrienta Revolución Francesa; en Inglaterra, gracias al ruido irreverente de las guerras del S. XX, apenas si pasó desapercibido, maquillado por la máquina de propaganda y cultura que aún imperan (nunca mejor dicho) en nuestros días: ese espíritu insular, y ese asco por lo distinto, siguen tan vivos hoy como en el S. XVI: el Brexit es el mejor ejemplo de las raíces reales de un pueblo que ha cambiado apenas nada y que sobrevive con la añoranza de un imperio que apenas duró un siglo y que se desvaneció en la nada, salvo quizá en la enjoyada cabeza coronada de una Reina-símbolo-objeto, que todavía perdura gracias a una longevidad oculta en sus genes regios… En fin, como dice el dicho: en todas partes cuecen habas.

Ojalá España deje por fin ese sentimiento de inferioridad nacido de su desconocimiento, de su falta de discernimiento, de ese marcha por el desierto del desconcierto y la pequeñez. Su grandeza, que todos los demás captamos y admiramos, y que late en su Arte, en las líneas de sus novelas y poemas, en el pensamiento de sus filósofos, en las pinceladas de sus pintores, en el arrebato de sus paisajes y su gastronomía, en la belleza de sus ciudades, en el saber vivir de una raza antigua que merece disfrutar de su lugar magnífico en la Historia,  y en el día a día.

Robert Goodwin muestra ese fresco, retrata esa belleza y esa podredumbre, ese saber estar y esa inestabilidad tejiendo la vida de sus principales actores, mezclando temperamentos y biografías, y mostrando, con una acerada visión del arte escrito y pictórico y escultórico y arquitectónico, los ecos del corazón de un pueblo y de un tiempo único en el mundo sin prejuicios, sin ahorrase sombras y sobre todo, por encima de todo, y en eso reside la grandeza de este ensayo, repleto de libertad y respeto y amor por España y su lugar mundial, su verdadero legado planetario, y su peso específico de olores, sabores y tactos, convirtiendo un libro sobre historia en un tratado sobre filosofía de vida y sobre arte y humanidad.

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El día a día/ The days we're living

El aroma de tu piel.

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Ha pasado un tiempo prudencial. Así me lo he dicho. Ante todo sentido común, análisis frío, situación bajo control.

Ya no estás.

Hace un año (creo) que te fuiste.

No me levanto pensando en ti, ni enciendo la luz para comprobar que sigues ocupando ese espacio en la cama. No revuelvo ya las cosas que se te ha olvidado recoger; ni me doy cuenta que son aquellas que te regalé una vez, cuando nos amábamos. Ni siquiera pongo ya dos tazas en la cafetera de cápsulas de colores que tanto te gustaba. Salía el café colado denso y oscuro como tu voz; con cierto deje cálido y amargo, como nuestra vida en común. Te gustaba el rosa, el verde brillante también; huías de los descafeinados y del azúcar blanquilla, que es un veneno. Como tú y yo. Y untabas de aceite una tostada de carbonilla.

Ya no discutimos por la mañana temprano: la ropa tirada, la tapa sin bajar, los paltos sucios. Ni cuenta me doy que todo está tan impoluto y ordenado que parece que nadie viva aquí conmigo; ni yo mismo. Pero es así.

Casi ni recuerdo el color verde de tus ojos, ni la forma entrecerrada, escondida y tierna que tenías de mirarme cuando yo no me daba cuenta, pero que te descubría de reojo. Ni el sonido de tu risa cuando la mermelada terminaba en mi pantalón, de lo torpe que soy cada mañana. Ahora, cada día, la mermelada se cae, la mantequilla permanece intacta, y esa cafetera moderna no la usa nadie. Desde que no estás dejé el café y el tabaco y el alcohol y la mala vida. Bueno, desde que no recuerdo ya, incluso la compañía.

Ha pasado un tiempo prudencial. Sin precisar, puedo decir que casi mi corazón está curado de ti. Ni la sombra de tu nombre, cuando cae en alguna conversación entre amigos me produce dolor; incluso ya no corro tras una sombra que se parece a tu espalda sin ser tu espalda que podría ser tu espalda, ese océano maravilloso donde dejaba mis besos y también mis deseos y mis sueños. Hasta me enorgullezco de mi fortaleza, que me parece real, sólida, tranquila, pausada, llena de sentido común y de buen hacer.

Pero me engaño. Lo sé. Cruzo la calle y tu nombre me asalta el recuerdo y tiemblo. Cierro los ojos y dibujo la forma de tu sonrisa, y mis dedos recorren cada uno de los meandros de tu pecho y el aroma de tu piel inunda mis recuerdos y excita mi recuerdo, mi recuerdo, mi pasado… Y me atrae a ti.

Y te veo en todas partes: en el bar esperando mi llegada tardía; la colilla en el suelo, la mirada recriminadora, la palabra amarga que se diluye en un beso. Y el aroma de tu piel en el beso del reencuentro y en la amargura de la despedida; en cada día y en cada noche de las que se compuso nuestro amor y también nuestra ruptura.

Ya no lucho contra tu recuerdo. He encontrado unas cien fotos en el móvil que aún no he borrado. Me niego a hacerlo, aunque estén en la nube, en la nube del pasado. Ya no batallo por no recordarte, pues hacerlo me ayuda a olvidarme, como el agua se lleva el jabón y la suciedad y las lágrimas de estos ojos secos que no vieron, ni lucharon, ni supieron qué hacer cuando te fuiste.

Y es que te encuentro en la luz del día y en la tarde moribunda, en la arruga de las sábanas y en el repiqueteo de la ducha en la mampara. El pelo húmedo, pingando y pegado a tu cabeza como un casco, y el aroma de tu piel limpia sobre mi piel. Hasta correr por el parque y atiborrarme a chocolate con almendras. La noche con sus sombras, el día con su eterna claridad, buscando el sol, apoyándome en la luna, el aroma de tu piel me persigue y me recuerda y me transporta y me detiene en un punto ingrávido donde el universo no existe, porque ya no estás junto a mí.

Pero ahora todo se va deteniendo. El sentido común, me dicen, o que el tiempo todo lo cura (menos el recuerdo de ti). Y lo dejo pasar: los segundos, las horas, los días, con la vana esperanza de dejarte de lado, de no recordar cada pelea ni cada reconciliación, ni el primer beso, ni el último lleno de amargura… Y dejo que mi corazón se vacíe y se llene de cicatrices, y mi cabeza diluya tu recuerdo como a veces pensamos que se olvidan los malos sueños…

Pero a pesar de los pesares, a pesar del calvario de tu abandono, del infierno informe en la que se convirtió mi vida tras tu huida, tú no has sido una pesadilla, si no un deseo que salió mal, que no supimos apreciar, o que no era para mí.

Y sin embargo, cierro los ojos y el aroma de tu piel aún me asalta a veces… Y dejo que mi sonrisa fluya, que mis ojos se perlen de pequeñas lágrimas y mi corazón se llene de un gozo suave, de recuerdo vahído, casi olvidado, y libre de prejuicios que ya no necesito, que ya no me hacen daño.

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Calle del Desengaño, 33

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Subiendo por la cuesta de La Luz, esquina con calle del Olvido, se alza con una suave pendiente la calle del Desengaño. No es muy grande, apenas cincuenta números, dispuestos de forma caprichosa, números primos a un lado y el resto en la acera de enfrente. Es angosta, aunque llena de luz. Entra a través de las rendijas de las ventanas, con esos pequeños balcones en los que apenas si cabe un pie torcido. Y los edificios no son muy altos, cinco pisos, a lo sumo siete. Los hay particularmente feos, quizá algo abandonados, con su zaguán de mármol y sus escaleritas y descansillos de hierro forjado. Se podría decir que algo fríos y anticuados, con goznes que apenas mantienen una mudez de engrase antiguo y puertas pesadas que soportan la infestación de polillas de medio siglo.

En el número 33 de la calle del Desengaño la vida se ha detenido. Lleva casi un lustro. Hay corazones que laten con esperanzas vanas y otros dejan de latir de puro aburrimiento. Hay personas que juegan, sin quererlo, el juego de la espera con una entrega infantil y ciega (que viene a ser lo mismo), también cruel (la infancia es cruel) y aburrida (la adultez no es divertida). En el número 33, como si quisieran preservar una vida a Polaroid, los colores se deshacen como esperanzas desteñidas de tan manoseadas. Y arriesgan, apostando más de lo que tienen, a una sola oportunidad, con riesgo de ludópata y con igual suerte.

Si viviera en la calle del Olvido quizá las cosas hubieran ido mejor. Pero el jugador arriesga hasta la camisa, hasta la piel de su pecho, y espera, hasta perder el sentido, la llegada del que se fue sin decir palabra, sin caricias ni despedidas.

Puede parecer atroz calentar el lugar de alguien que no volverá. Porque nadie es el mismo cuando regresa pródigo buscando unos brazos de los que ha renegado una vez. Pero en la calle del Desengaño 33, vive un cabezota de corazón blando, que quiere creer (si no, moriría) que el mundo puede volver a ser como una vez hubo sido, o al menos como recuerda que era. Se engaña a sí mismo en ese juego de la espera, preparando café todas las mañanas, y zumo de toronja que tanto le gustaba, y unas tostadas torradas hasta la carbonización, como su propio corazón está; y la mantequilla dura como un iceberg, tal cual las caricias que ya no recordaba áridas, y unas galletas recesas, que ni se deshacen en el líquido pálido que se lleva a los labios.

Tiene ojos lindos aunque tristes. En el juego de al espera, en la calle del Desengaño número 33 apenas hay resquicio para la esperanza. Se aferra a ella con cierta testarudez que no es más que miedo escondido, y con una ilusón que no es más que costumbre y comodidad. No hay quien le quiera más ni quien le desprecie más que él mismo, y aún así, va a trabajar cada día, ahorra lo que no se gasta en regalos, y sueña sin medida, porque no le queda otra cosa, y ensueña la calidez de una caricia, el peso de un cuerpo en la cama, y hasta el roce de unos labios sobre la piel sedienta y ya menos firme que la última vez que amó con el cuerpo. En la calle del Desengaño 33 el amor ha transmutado en soledad y en espera juguetona y en esperanzas algo huecas y en testarudez miedosa… Porque no quiere asomarse al balcón de la realidad.

Y no seré yo quién le saque de ese error, por más que suspire al verlo, por más que desee arrancarlo de ese estado de hibernación dolorosa en el que vive. Cada quien lanza los dados en su propio juego de la espera. Pero mientras sé que él nunca compartirá conmigo sus fichas de amor (porque son de otro), yo sería capaz de regalarle las mías de por vida.

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Otro yo.

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He tenido días mejores. He tenido mejores épocas. Fui joven, piel lozana que brillaba al sol y que ignoraba que lo era; semanas que pasaban una tras otra sin discontinuidad donde el corazón latía sin saber que vivía y soñando sin pensar que jamás se realizaría el material con que tejía esos sueños.

A veces me miro en el espejo y no me reconozco. No soy yo. Yo no soy yo. Porque yo era guay, era genial, reía espontáneamente, apenas dormía pero no tenía cansada la mirada y trabajaba sin descanso, sin ser consciente de que lo hacía, porque era feliz.

Todo me llevaba a ese estado de embriaguez: la inconsciencia de lo que está pasando, la excesiva confianza en el porvenir, esa rara facilidad de que todo ocurre porque debe ser así.

Pero ese yo, si fui yo, ya no existe. Ese yo que era todo posibilidad ha muerto en este otro que se ve en el espejo sin reconocerse, ya mayor, con canas en las sienes y ojeras perpetuas; cuyo cuerpo reclama un dolor, una digestión pesada y un rencor más grande que el corazón.

Ese reflejo no soy yo, no el que una vez soñé que sería. Y en este punto de la vida, en el que no puedo revivir hacia atrás salvo por tristeza, el desengaño de mi propia existencia me apuñala el alma y me vacía lentamente, desangrando mis ilusiones, perdiendo cada una de las esperanzas (¿las tuve alguna vez?), deshilachando el mundo de lo que puede ser y revelando el mundo de lo que ha sido, demasiado oscuro y gris e inútil que estalla hoy a mis pies.

He tenido temporadas mejores. Al menos momentos en los que este peso del mundo llevo mejor. Hoy ya no puedo con él. Hoy mi mente se acompasa con el corazón cansado y se imagina otros yo que pudieron ser mejores versiones de mí mismo, que supieron amar, que latieron aventureros, que vivieron una verdad que sigue quemándome los labios; me detengo en dibujar otros yo que amaron a pleno sol, que dejaron atrás ideas impuestas por otros, que hallaron un camino propio y cuyos errores asumieron como parte de la vida, esa vida que se regalaba feliz de tenerlos cerca. Cada recodo del camino, cada error, cada acierto, los han llevado a la meta de la felicidad: es instante alciónico en el que todo converge y que dura la eternidad de un recuerdo retenido, de una memoria evocada.

No lo sé. Pude tener tres hijos, o ninguno. Pude amarle a él de verdad, sin agobiarle con mi actitud pasivo-agresiva; pude desembarazarme de responsabilidades que no eran mías, pude mudarme y empezar de cero una vida que deseaba fuera mías: mi propio piso, mi trabajo, mi tiempo para mí mismo, sin justificaciones y, sobre todo, sin mentiras; creerme enamorado y sufrir por desamor, viajar sin preocupaciones y tener todavía algo de dinero para un capricho, o dos, o ninguno. Otro yo que no temiese abrazar a su amante a la luz de la luna, ni besarlo en una esquina recóndita, que lleva de la mano un pequeño, coleccionar amantes como se coleccionan cromos; olvidar el sufrimiento del mundo una vez se cerrase la puerta del hogar y vivir rodeado de belleza humana y natural, plantas y animales, ladridos de perros, trinos de pájaros y chirriantes gemidos de alarmas ajenas, música desafinada y, también, un toque desenfadado y hasta de mal gusto.

Otro yo que no se preocupase en exceso de la opinión ajena; que cuidase no hacer daño gratuito a los demás; que deseara su trabajo, que lo admirase y quisiese; que fuera impasible y dulce, imposible y cariñoso, callado y hablador por los codos, que fuera querido y admirado, un punto envidiado también, y difícil de olvidar… Alguien que no soy yo.

Pero ya nada es posible. El destino no gira de vuelta y no hay finales felices, no hay ni siquiera un final, si no un continuo de pobreza, aburrimiento, una vida gris dependiente de los demás, asqueado de lo que le rodea y con quienes trabaja, a veces lleno de miedo y otras tantas, presa de un arrebato de valentía que es un mal remedo de lo que una vez pudo haber sido. Y consciente de que, si pudiese hablar de nuevo con aquel chaval de veinte años que se creía capaz de todo, le diría que despreciase la admiración ajena, que jamás vendiera sus ilusiones por la vida de otros, que nunca aceptara llevar responsabilidades que no le correspondieran y que era libre de ser quién es, de vivir quién es y que jamás, jamás estaría en deuda con nadie aceptándolo. Que se mudara a Madrid, que se escapara a Menorca, que estar gordito es una opción tan válida como estar en forma, y que quererse a sí mismo es el mejor regalo y la única vía de vivir una vida plena.

En fin…

Otro yo no sería este yo. Sería una versión mejorada de mí mismo. Con su problemas, con sus defectos, pero sería pleno, contundente, pesado, hecho a sí mismo, único y feliz, por sobre todo feliz.

No como soy hoy.

He tenido días mejores…

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