La espera

El día a día/ The days we're living, Literatura/Literature

Entradabaja

 

a Cris Montes.

El mundo ya no existe. Sólo la inmensidad del mar le recuerda que una vez vivió. O que sigue viva.

En La Playa de la Espera su paso es lento. Hunde los pies descalzos sintiendo la leve humedad retenida. Le alegra poder sentir todavía algo, sutil y hasta evanescente, que le recuerda un tiempo que ha quedado atrás.

Lo sabe. Amigos muertos, hojas secas, árboles caídos, piedras desgastadas, reúma y dolor. Así es la vida. La suya. La de los demás. Aunque ya no queden de más.

Hubo un tiempo que pensó que era eterna. El sol inundaba cada uno de sus días, la brisa del mar endulzaba la certeza de un amor inmenso como un planeta, del que ella era causa y portadora. Ese tiempo único, flotante, en el que nada cambia, o cambia para mejor. Una sonrisa, una mirada, el suave roce de los dedos. Y la explosión de la pasión por siempre breve, y esa sed de amor que nos vuelve mendigos y avaros.

Ella fue una más. Sólo se distinguía en amar y en ser amada. En ser recipiente y contenido, recibidora y dadora de esperanza.

Ella fue una más. Sólo se distinguía en la clarividencia de lo amado, en su entera dejadez al amado, en una fidelidad que movía montañas, que araba el tiempo. Ella fue una mujer enamorada.

No había tiempo: el presente lo ocupaba todo. Cuando salía a caminar por la orilla de la playa, los ecos de la marea no le decían nada; ese ulular constante del viento y el agua no le sugerían si no ecos de su corazón que latía y una absurda confianza en lo que vendría. La ceguera del amor, la sordera del amor, que sólo se llena de tacto y de olor, la tenían embriagada, llevada a  un primitivismo de los sentidos que la embotaba, que la emborrachaba.

Bebía de esa piel de oro; el cáliz de aquellos labios con sabor a fruta calmaba su sed, aminoraba su ansia. El espacio de esos brazos que la rodeaban y el calor de las piernas que se fundían entre sus piernas eran su energía; la edad en que el amor y la sensualidad y el futuro van de la mano la tenía hechizada, muerta y entregada a una orgía de sensaciones que la justificaban, que la hacían saberse viva.

En La Playa de la Espera su paso es lento. Ya no es la que fue. Todo ha cambiado. El mundo que conocía ya no existe. O quizá el mundo no la recuerda ya. A veces piensa que la vida es eso: una sucesión de existencias únicas pero similares, que destacan brevemente en la línea de la costa, para luego flotar inanes hasta la orilla y quedar varadas entre los granos de arena.

Ella no es la misma. Ella es la que se fue con él cuando todo se detuvo: el reloj de la sala, el pulso de su corazón. Cuando él le pidió un tiempo para la aventura, un regreso pronto, una promesa de felicidad aplazada, un anhelo que cumplir. A veces el amor nos hace avaros, pero también generosos. Y ella cedió a la petición de su amor como siguiendo los ritos de una religión carnívora, despidiéndole esperanzada de un pronto regreso.

El que se fue escribió a veces. Primero eran líneas abundantes, cargadas de amor, atiborradas en las hojas, ansiosas, perentorias, febriles y cercanas. El que se fue encontró mil dificultades, cientos de problemas: las cartas se hicieron de rogar y ahorraban espacio: el amor se hacía chiquito en ellas, la esperanza viva pero tenue. Hasta que ya no hubo más, salvo una, que le escupió el mar una tarde, sobre las cinco, cuando el sol del otoño llamea entre los labios líquidos. Una línea, un amor resumido en un verbo, en un tiempo suspendido.

Espérame.

Y lo hizo.

Cada tarde, La Playa de la Espera la arrullaba, la protegía, la dejaba pensar. Su poesía de agua inmensa llena de sal, espuma e insomnio la retrataba; su constancia en llegar a la orilla era la música de su corazón, que se asemejaba cada vez más a ese gigantesco mundo líquido que moría mil veces a sus pies.

La espera es un arrullo de mar, un hiato insalvable, un secreto insondable, una prueba constante para la paciencia, para el amor. Ella era fuerte. Ese amor la hacía fuerte. Y lo sabía. Él lo sabía, por eso se lo había pedido. La fidelidad tiene algo de cabezonería y, ahora lo sabía, también de inocencia. A ella eso le sobraba. Y no dejó ni un día de demostrarlo.

La vida, contamos, nos aleja de los amigos que quisimos, de los seres que amamos. Y nos va encerrando en un silencio oval al que nos acostumbramos. Nos vuelve mudos, pues las largas conversaciones que no se han dicho, las caricias que no se han dado, las enfermedades que no se han sufrido y los besos congelados anidan en ese mundo sin sonido, en donde sólo habitan las sombras y los sueños que una vez tuvimos. La vida, sabemos, nos va dejando solos, a la espera de la muerte.

Ella lo sabe ya. Cuarenta años de espera le han enseñado a observar esos detalles, a valorar cada uno de los cambios insensibles de las cosas. El mar sigue llegando a sus pies con un beso pequeño, y las rocas inamovibles son, sin embargo, un poco más pequeñas. Las piedras enormes de su hogar se notan desgastadas, y el ritmo de su corazón, ya casi sin energía, a veces se detiene y a veces sigue a trompicones, algo cansado quizá, lleno todavía de la espera inmisericorde del abandono.

Espérame, Penélope.

Y ella lo hizo.

Ya no hay marcha atrás. Su pelo gris, sus manos destrozadas por el reúma, los huesos doloridos, los pies llenos de callos, la piel de pergamino, los senos caídos, las caderas flojas y la mirada cansada pero todavía anhelante, todavía expectante, todavía enamorada.

La fidelidad tiene algo de esclavitud y también de virtud inútil. O no.

Y ella es así: segura, eterna, inamovible, irreductible al desaliento, incapaz de amar más, pues lo ha dado todo; concreta, amable, crédula y fiel.

Fiel.

La Playa de la Espera la arropa cada tarde. Le recuerda cada tarde que el estío se ha ido y con él su belleza, sus fuerzas quizás, y el olvido. El de sí misma, el de todos aquellos que alguna vez había querido: ese mundo que ya no existe, salvo en la espera serena que la posee todavía, que la desarma.

Espérame, Penélope.

Y ella lo hizo.

Sólo se escucha el arrullo sin fin del mar en la orilla….

El mes de la diversidad: Los diamantes son los mejores amigos de todos

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Celebrando el mes de la diversidad, que debe ser más abierta, amable, inclusiva, consecuente y jamás moralmente superior, con todos sus luchas, sus logros, sus sueños, comenzamos una serie de pequeños homenajes sobre lo que es apropiado y qué no para demostrar que todo es posible y que encaja, así, con la lógica aplastante de la naturalidad.

¡Feliz mes del Orgullo!

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Las estrellas de cine no mueren en Liverpool: son para siempre

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen

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Me gustan las películas con esencia. Y casi siempre son sorpresas, pequeñas cintas hechas con una pasión increíble y que cuentan una historia basada en un guión poderoso y, después, en interpretaciones memorables. Las estrellas de cine no mueren en Liverpool es una de ellas.

Es difícil entrar en el lenguaje que narra. Pero una vez dentro, todo, todo es maravilla. Una historia de amor, de tiempo que pasa, de descubrimiento, generosidad y despedida. Pura vida.

Annette Bening ganará, sin duda, los premios que se le han negado gracias a esta interpretación máxima, llena de detalles, como la de Timothée Chalamet en Call Me By Your Name, otra cinta bella donde el guión lo es todo, y todo es un conjunto fantástico. Ella consigue con una generosidad y una entrega arrolladora, que Gloria Grahame nos sea muy querida y muy comprendida, su fragilidad y su generosidad y su carácter, que la hicieron única en un momento de la historia del cine. Y Jamie Bell sigue enseñándonos que, desde Billy Elliot, es un hombre que hace inmensas las historias pequeñas, o cómo hacer un gran papel lleno de vida cotidiana.

La realización juega con el teatro; una vez que entramos de lleno en ese juego, esas idas y venidas nos llevan a comprender de verdad esas dos historias que se entrelazan, esos dos amantes que se entregan con conciencia y generosidad y con gran verdad (se lo dicen todo sin ocultarse casi nada), y vemos desde los ojos de cada uno cómo un relato lineal se transforma, en realidad, en un meandro lleno de estuarios donde la vida pace, viaje, y se apaga.

Cine grande en envoltorio pequeño. Pura vida. Vida de la buena.

La era de la comprensión

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Naturaleza/ Nature

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La historia de la humanidad es una lucha: por vencer, por conquistar, por imponer. Y es pendular: lo que una vez se rechazó pasa a ser el pensamiento dominante y la sociedad, como identidad unitaria, se abalanza sobre esas características y las impone como leyes. Pero las leyes se las pudre el tiempo, así como se deshace de todos nosotros, y esa angustia por manipular, conquistar, poseer, manipular, por evitar que la Vida se escape y evolucione a contragusto, es baladí. A veces nos damos cuenta pronto; pero la mayoría, sólo con nuestra muerte comprendemos quizá la única verdad universal: la vida es un teatro, nosotros un mal chiste, y todo daño y todo acto cruel deja un poso profundo de heridas que sólo contribuyen a la perversidad del mundo, no a su evolución.

La vida parece que no cambia. Pero lo hace. En un momento (¿cuál no ha sido el momento?) lleno de conflictos, en el que injuriamos y herimos y dañamos a los demás, un día como hoy todavía sigue siendo necesario. En un instante de la historia en el que insistimos ser diferentes porque hablamos un lengua distinta, porque vivimos en un lugar inigualable, porque somos de un color o de una raíz o de un género incomparables; parece que no hayamos aprendido nada. Pero no es cierto. Los albores del nuevo siglo han dado a luz una filosofía barata: el Buenismo, el Igualitarismo, que es falsa. Pero sobre todo han traído consigo una necesidad subterránea, una aceptación única que afecta, por primera vez, y de forma mundial, a todos por igual: la Comprensión.

El exceso de información es tan dañino como la manipulación mediática a la que nos vemos sometidos. Pero nos da la magna oportunidad de tener Libertad: para indagar, para sentir, para vivir, para convivir, para conocer. Para alguien que ha huido (sin saberlo en su momento, y ahora conscientemente) de las etiquetas, pues sabe que la vida, en su continuo, no tiene barreras ni límites, es la maravilla máxima.

La fluidez del presente, pese a todo, es una marea que barre con todo. Pero sobre todo, con el Miedo, con el Desconocimiento y, por tanto, con el Odio. La era de la Comprensión ha llegado, pero su asentamiento, como ocurre con todo lo humano, es un proceso lento, una sedimentación inevitable, pero tranquila.

Mientras ese día llegue, necesitaremos siglas, normas, explicaciones. Pero sobre todo, identificarnos con los demás, comprender a los demás, y dejarlos vivir una vida que nunca es fácil, pero cuyos ecos se requieren para hacer, de la masa humana vulgar, algo digno de llamarse eterno.

Empecemos a derribar divisiones, a dejar de creernos especiales, a disfrutar de la inmensa variedad de la Naturaleza, que no está para ser juzgada (está por encima de eso), ni manipulada, ni destruida (está por encima de eso), sólo para ser vivida, experienciada, aprovechada y evolucionada.

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Años que pasan

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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©Enrique Toribio

Nunca me ha gustado salir en fotos. Mi fotogenia es nula, además de desconocer cómo posar o sacar lo mejor de mí en esos trocitos de vida que quedan para el recuerdo. Por eso mismo, porque entonces los recuerdos no son tan hermosos como los evoco, no me gusta salir en las fotos: mi realidad se impone siempre.

Hay algo constante, empero: mi mirada. Desde que las fotos lo reflejan, tengo mirada triste. Recuerdo la voz de alguien que me acompañaba, cuando en momentos determinados yo callaba y entraba en un estado un tanto melancólico que cada vez se repite más, urgiéndome a hablar, a que esos fantasmas pasasen de largo y volviese a la conversación alegre, banal y sin consecuencias que tanto le gustaba tener conmigo. Esos años de felicidad que acabaron hace una década…

Cuando comenzamos a contar los instantes de verdadera felicidad por bloques de decenios, la vida pasa volando. Me gustaría decir que atesoro todas sus enseñanzas y que éstas me sirven para algo; como hay excepciones, puedo afirmar sin embargo que muchas de esas lecciones intento aprehenderlas al verlas reflejadas en otros, cuyo consejo ni desean ni lo esperan, pero que yo les suelto lo mismo, quedándome tan ancho: a veces caen en saco roto, pero otras tantas hacen poso. Como el que hay en mi mirada, y eso me deja satisfecho.

No puedo decir que mi vida haya sido útil. Primero habría que definir qué es tener una vida útil, claro. Tampoco fructífera, salvo mantenerme con vida, que es un milagro más de la bioquímica y la fisiología que de mí mismo. Si contemplo mis expectativas, debería codificar mi vida como un fracaso. Eso es lo malo de los sueños de adolescencia. Si analizo mis actuaciones, percibo tanto error acumulado que casi me da vergüenza rescatar un recuerdo del Baúl del Olvido, que es donde mejor están; haciéndose, fotos y ellos, mutua compañía. Decir que nos mienten los sueños es casi una redundancia: hay quien los colma. Afirmar que la vida sigue un mapa establecido, una falacia más. Y sin embargo, hay quien consigue, con más o menos acierto, las postas que ha planeado en su vida. Yo no he conseguido ningún logro, así que puedo decir que mi mediocridad de punto medio y el abandono continuo son quizá los rasgos que más prevalecen en un retrato interno poco dado a deificaciones o irrealidades.

Y sin embargo, la vida me ha llevado a conocer a verdaderos artistas, y estos han hecho algún retrato que parece reflejar el verdadero sentido de mi alma, que se me escapa de continuo. En esas fotos parezco otro, o la mejor versión de mí mismo, y al contemplarlas puedo ver la amabilidad, el ansia de perfección, la dosis exacta de pereza, la abulia desapasionada ante todo lo efímero, el amor por lo Bello, que no es lo Perfecto si no lo que late apasionadamente; cierto gusto por el Arte, cierta admiración por la Ciencia, una fascinación por la Historia y la Naturaleza, un gramo de desprecio a políticos y regímenes de todos los colores y a la idiotez humana, que cada vez llevo peor. Un rechazo orgánico ante todo lo que agravie a la vida y a las personas, una negativa visceral ante todo lo que ate a los hombres y les prive de su libertad: la manipulación ideológica y tecnológica, la imposición de necesidades irrelevantes, la pereza intelectual y el desprecio a lo distinto.

Años que pasan, frustraciones que se suman, escasas decepciones ya; a veces cansancio y nulas esperanzas. Cadenas que atan, tiempo que se pierde y ya no vuelve más. Corazón lento, que ya ni llora de desamor; nuez donde navegan sueños frágiles que jamás llegan a puerto, y una voz chiquita que aún lucha por ser escuchada y comprendida.

Un año más: piel flácida, canas, dolor de espalda, responsabilidades que cada vez pesan más y sueños que se desvanecen.. Y aún continúo buscando mi sitio.

No tengo remedio.

La luz de mis días: la vida, una telenovela

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

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La luz de mis días es el relato, editado por Penguin Random House Grupo Editorial, con el que su autor, Alejandro Melero, entra de lleno en el género de la novela.

Ya en el compendio de cuentos cortos: La escalera oscura, o en algunos de sus ensayos, como Violetas de España, el estilo único de Alejandro Melero se deja ver, se palpa. En La luz de mis días se disfruta en alto grado, pues juega con todas sus armas para elaborar una historia en espejo, un retrato de la sociedad en pequeño, allí donde más duele (o más se siente): la familia. Y, más que en la familia, retrata ese compromiso especial (a veces tan laxo, a veces incomprensiblemente rígido) que todos tenemos con nosotros mismos.

 La luz de mis días es la historia de dos mujeres ya entrada en años: Marifé y Luisa, cuyas diferencias las acercan más de lo que jamás pudieran imaginar; es el relato de una amistad que nace y crece hasta expandirse por el universo femenino de las cosas menudas: el orden, la limpieza, el alimento, los nacimientos y las muertes. Es decir, las cosas que importan.

Es un viaje a la libertad. Ambas viven en un mundo particular que se revuelve nada más tocarse: una le aporta a la otra el elemento que le hace falta para madurar, aventurarse y disfrutar. Desde detrás de las cortinas, los largos pasillos, la economía particular que imposibilita los grandes dispendios, la entrega a los Otros, el descuido de sí mismo, ambas mujeres se van reconociendo, se van gustando, se van entendiendo mientras tejen una amistad profunda y verdadera nacida en ellas gracias a la magia que produce en ambas una telenovela.

El genio de Alejandro Melero destaca por encima de todo en esa capacidad para amalgamar la atracción que la ficción tiene sobre nosotros hasta hacernos olvidar que la vida existe, o existe de esa manera que no nos gusta, y la influencia que indudablemente tiene sobre las almas más sensibles. Marifé y Luisa, entre susurros y corrillos, consiguen una fuerza que desconocían, o vuelven a encontrarse a sí mismas, a través de las vivencias inverosímiles (¡pero tan reales!) de los personajes de ficción de una telenovela.

En La luz de mis días encontramos la magia del relato hablado, pues una no puede ver la teleserie y se apoya y se enamora de la misma gracias a la descripción detallada que la otra le transmite; hallamos el hechizo que la ficción tiene sobre los sentimientos y las acciones de la vida, esa oscuridad de las existencias aparentemente sencillas, donde los recuerdos se evitan tras las puertas cerradas, y donde se pretende no-vivir cerrando los postigos, las cortinas y los párpados. Leyendo cada párrafo llegan los ecos de La escalera oscura, en donde lo más profundo de la psique está retratado con una sencillez alarmante y, por lo mismo, escalofriante; pero, donde todo quedaba allí en puntos suspensivos, en La luz de mis días se despliega, se desenvuelve, se vivencia y finalmente se redime en ese viaje aparentemente anodino de dos mujeres que vuelan de la esclavitud a la libertad, de la soledad impuesta a la amistad escogida, de la oscuridad de la nada a la luz de los días que se viven en total plenitud.

La vida de la telenovela y la vida de la novela se imbrican hasta hacerse una. Ese es el secreto de Alejandro Melero, profesor, dramaturgo, ensayista y cuentista. La telenovela que nos cuenta es un cúmulo de secretos, pasiones calladas, inhibiciones, soledades y engaños: la salsa con la que se aderezan las mejores fábulas televisivas. Nadie mejor que él (con su bagaje ensayista sobre la ficción audiovisual) conoce los entresijos de esos bosquejos de la existencia. Y nadie mejor que él para insuflar vida y contenido y razón a unos personajes con los que conseguimos empatar, llegar a apreciar y a conocer. Alejandro Melero logra, como un Hamelin del siglo XXI, que sigamos el destino de Luisa y Marifé página a página, como ellas mismas con el sino de sus personajes de telenovela episodio a episodio, en su lucha por vencer la oscuridad que les rodea y alcanzar la luz de los mejores días de sus vidas.

Y qué gusto da hacerlo.

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