Velázquez o la Eternidad/ Velázquez or Eternity.

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen

Diego de Velázquez (1599-1660) o la luz, el trazo, la sapiencia, el color y la Eternidad/ Diego de Velázquez (1599-1660) or light, brush, sapience, color and Eternity.

Soy médico/ I’m a Doctor.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

Un día como hoy, hace diez años, comencé mi carrera profesional como médico. Hace diez años entré por primera vez en el Hospital para entregarme al período formativo de la especialidad que he elegido. Hace diez años me puse por primera vez una bata blanca sobre los hombros, un estetoscopio sobre el cuello (y noté por primera vez su peso real), firmé mi primer contrato laboral, interactué con personas similares a mí (con todo lo que eso conlleva) y, por primera vez, con el objeto y razón de haber llegado hasta allí: la Enfermedad.

Nunca me he visto a mí mismo como médico. Por eso mi sorpresa la primera vez que un paciente me detuvo en el pasillo llamándome Doctor. Ni me detuve. Y no por mala educación o por prisas: jamás imaginé que se refería a mí. El pobre tuvo que apretar el paso para poder darme alcance por el pasillo de Medicina Interna (los médicos no corremos por los pasillos, o eso es lo que queremos creer), y una vez que lo consiguió, tironeó de mi bata y me hizo una pregunta. A mí. Y se la contesté, claro. De la mejor forma posible para no darle a entender que era nuevo en el hospital y que aún no tenía idea de lo que necesitaba.

He aprendido mucho en este tiempo. A trabajar, obviamente, alguien afortunado que hasta ese momento sólo había estudiado; a tener responsabilidad y crecer con ella; a adquirir compromisos, centrados en las guardias (y todo lo que estar de guardia conlleva, que es mucho); a lidiar con compañeros más o menos simpáticos, rencorosos o manipuladores, pero también amorosos, dulces y responsables; a convivir con los verdaderos trabajadores de la Salud: la Enfermería, con su entrega y su problemática; el personal Auxiliar, sin cuya ayuda ambos nuestros mundos no funcionarían; los Celadores, tan dispuestos a veces y a veces tan dueños del mundo, y el amplio abanico de los auxiliares administrativos. Y, finalmente, aprender a ser realmente un médico.

Diez años he necesitado para ser capaz de ponerme en pie y decir que soy médico sin reticiencias, sin ambigüedades. Lo soy y lo seré a partir de ahora, no importa lo que haga, dónde me encuentre o lo que deje atrás. Diez años he necesitado para darme cuenta que ser médico es lo único que sé hacer, y aunque no soy perfecto (y, desgraciadamente, nunca lo seré), cuando me enfundo en mi uniforme, cuando en una reunión alguien pregunta y me somete a un interrogatorio entre curioso y necesitado; cuando salgo cansado o somnoliento o eufórico, es porque lo soy, y no hay mucho de malo en serlo. O no siempre, claro.

Soy médico. Podría haber sido actor, si tuviese talento; o modelo, si fuera guapo; relaciones públicas, si fuera simpático; o político, si no tuviese remordimientos. Podría haber sido bailarín, si no fuese tan alto; o pintor, si me hubiese esforzado algo más; o periodista, si el destino no me hubiese mecido en otras aguas; o rico heredero, si se me hubiese dado por nacer en cuna de oro. Pero soy médico y hasta aquí he llegado. He caminado un largo sendero (y, créanme, es muy largo), he lidiado con egos inmensos y con mentes obtusas y cerradas; he dormido con mi miedo y el de los demás, y me enfrento a él cada día que pasa; he conocido el Dolor, la Enfermedad, el Desprecio, el Aprecio, la Esperanza y la Muerte, y el Compañerismo y la Amistad. Y estoy aquí.

Miro hacia atrás y veo un hombre que ya no es un chaval, con la ansiedad, el miedo y la ilusión en la mirada. En el punto en el que hoy me encuentro, diez años después, ese hombre que ya dejó de ser un chaval y que empieza a peinar algunas canas, canaliza como puede la ansiedad y el miedo (porque a veces siente miedo), intenta seguir sintiendo pasión por lo que hace, sigue respetando a sus compañeros y, por sobre todo, a sus pacientes; y tiene, quizá, la mirada un tanto apagada, un poco cansada y triste. Pero está ahí.

La fama no es algo real/ Fame is not a real thing.

Arte/ Art

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Reciclaje/ Recycle.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Celia Cruz o la Vida/ Celia Cruz or Life.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

Hay artistas que marcan una época. Por su brillo, su distancia, su brevedad o su longevidad. Hay artistas que sentimos lejanos, y por lo tanto, llegan a admirarse en la distancia. Otros, son tan familiares, que no nos asombraría tenerlos en el salón de nuestra casa disfrutando de su arte como de su vida. Celia Cruz es todo esto y más, pues su larga y exitosa carrera, su inmenso talento, su voz de siglo y medio, su sonrisa y su brillo, la hacen única en casi todo.

Esta cubana eterna, que cantó hasta su muerte, era pura energía. Nadie se resistía a su ritmo imparable, a su grito de ánimo, dulce como la caña, tostado como el ron, fuerte y embriagador: ¡Azúcar! Nadie que yo conozca, ha sido capaz de resistir su son, su ánimo imbatible y ese deseo irrefrenable de disfrutar de su voz y de su música bailando sin parar, porque ella era puro movimiento tropical, salsa, son, rumba, cumbia, bolero o guaguancó.

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América es pródiga en riquezas de todo tipo. El Caribe, flor de belleza, es un paraíso de ritmos. La mezcla de culturas, de razas, de pasiones y sentimientos, ha dado para mucho, bueno y malo, pero para la Música ha sido una explosión de maravillas, dando a luz ritmos únicos, pegadizos, agridulces y energéticos, por siempre bailables e incansables. Celia Cruz los cantó todos, los aupó a todos y los hizo suyos. Y nos lo regaló a todos, y todos aprendimos a disfrutarlos y bailarlos y quererlos a través de su voz y de los maravillosos artistas que la acompañaron alguna vez.

Celia Cruz supo navegar con el paso de los años siendo cada vez más ella misma. Eso es mérito puro. Su voz, talento prodigioso, se amoldaba al inmenso abanico musical que se le ofrecía, y era tan generosa al respecto, que nunca se negó a ninguna propuesta. Era única porque era una estrella y era una estrella porque era generosa, amigable, cercana y…, única.

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La Sonora Matancera, Tito Puente, Daniel Santos, Bobby Capó, Willie Colón, Oscar D’León… Tantos nombres que se me escapan y que forman parte de un mundo que ya no es el mío (que nunca lo fue por completo) han formado parte del universo de Celia Cruz. A través de su voz aprendí a admirar el trabajo de los demás y a apreciar ese ritmo oscuro, picante, arrebatador y único que se llamó Salsa; ritmo, y no fue el único, de la que fue indiscutible Reina.

Celia Cruz, con su sonrisa fulgurante en ese rostro maravilloso, con sus formas abundantes de estupenda negra cubana, sus zapatos imposibles (y que ahora están tan de moda), sus atavíos de colores brillantes, sus pelucas, ese son que salió de Cuba para nunca más volver, ese ritmo endiablado y tan dulce, esa energía desbordante… Bemba Colorá, Yerberito, La Candela, Guantanamera… Cierro los ojos y la veo disfrutar, bailando y cantando, en la Plaza del Obradorio (la plaza más bella en la que había actuado, llegó a decir) acompañada de Tito Puente y, por supuesto, de su inseparable marido, Pedro Knight o «Cabecita de Algodón» como lo llamaba tiernamente; alterando las letras de las canciones, improvisando con ese estilo único que tenía, y la energía desbordada de una estrella apoyada en el infinito…

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Pocas veces estamos ante la presencia de la vida en plena ebullición y pocas veces la muerte no hace más que añadir inmensidad a una vida única, regalada y bendecida por un don maravilloso que nunca dudó en compartir con el mundo que quiso oírla, bailarla y admirarla. Celia Cruz es la vida de fuego, ánimo y alegría y, por supuesto, de «¡Azúcar!»

¿Quién desea vivir por siempre?/ Who Wants To Live Forever?

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Cuando era apenas un chavalín de dieciseis años, la película Highlander (cuyo título se tradujo al español por el más atractivo: «Los Inmortales») y esta canción sembraron en mí una idea que se ha ido gestando poco a poco en mi cabeza y en mi corazón sobre una historia de amor (¿existen otras historias más apasionantes?) que se preguntaba a sí misma si valía la pena vivir por siempre… Y esa historia se llama El Puente de las Urracas.

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Como no espero ser yo mismo inmortal, y como Tempus me come los bordes, va siendo horas de terminar de concretarla y traerla a este mundo, por lo demás cambiante, vibrante y material, sin que haya podido encontrar, a pesar de los años transcurridos, una respuesta apropiada que me satisfaga…

¿Quién desea vivir por siempre? Sin amor, no lo sé…

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En la tierra como en el cielo/ On Earth as It is in Heaven

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

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