Moonriver. Andy Williams.
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Caminando van lento bajo la luz de las farolas. La calle está desierta; el frío ha ahuyentado a la gente y ha atraído a la escarcha que cae suave sobre sus cabezas. Sólo se oyen sus pasos sobre el hielo de la acera como galleta crujiente.
Sonríen.
No se dicen nada. No se han dicho una palabra desde que van por la calle. No les hace falta. El silencio late lleno de palabras como un corazón; como un corazón los suyos laten al unísono, con un poco de ansiedad y un poco de vergüenza.
Se quieren. Lo saben. Lo acaban de descubrir. Y sonríen. Y no se dicen nada. Y caminan bajo la luz de las farolas, en la calle desierta, en la noche escarchada, vacía de luna.
En un claroscuro se acercan un poco más. Puede ser por el frío. Puede ser por la hora. Pero es por amor recién descubierto, y la dicha los atrae como un imán. Y ellos se dejan hacer.
Sonríen.
La noche en calma, el frío que aumenta. Sus manos unidas, sus hombros cercanos, sus torsos alineados, uno frente a otro. Se tocan sorprendidos. Se sorprenden animados. Y tiemblan. Un poco. Sólo un poquito.
Sonríen mirándose a los ojos. Oscuros, profundos, llenos de un sentimiento tan nuevo que parece único; congelado en la noche helada. Ríen las pupilas, las pestañas brillan. Las miradas se suaviza un poco, y cierran los ojos.
Bajo la luz de una farola, bautizados por aquel resplandor ambarino, acercan poco a poco sus rostros. El aire se hace denso entre ellos, aguantan la respiración, se tocan brevemente como tanteando el terreno. Y después se abandonan.
Y se besan.
En la noche oscura, llena de estrellas, bajo la luz de una farola, dos enamorados se besan por primera vez como si fuese la primera vez. Y el mundo desaparece para ellos, que son un mundo, y nada será igual.
En El primer verano de nuestras vidas lo primero que llama la atención es su protagonista: la ciudad de Charleston (EEUU). Pat Conroy, dueño de un lenguaje fluido como las mareas que atraviesan la ciudad, seduce al lector con su revisitación de esta ciudad sureña, famosa por su belleza, pero también por sus contradicciones tan confederadas. En una parte del libro menciona que el Sur de EEUU es una rareza para el resto del país, con una idiosincrasia particular y una educación diferente, cosa que parece cierta, a tenor de lo que se dice en Nueva Inglaterra, por ejemplo y quién sabe en la zona centro, donde vive en realidad la imagen de lo que llamamos el norteamericano profundo.
Además de Charleston, el libro tiene varios protagonistas, todos ellos singulares, descritos de forma sesgada por el narrador de la historia, Leo, el corazón, si exceptuamos la ciudad en donde casi todo ocurre, del relato. Leopold es el narrador de diecisiete años y de cuarenta y tantos, y es quien evoluciona a lo largo de sus páginas, con saltos en el tiempo muy logrados y muy lineales; y su forma de ver la vida, su forma de ser y estar en el mundo, y su amor por lo que le rodea, hace que el libro esté lleno de luces y sombras de las que no podemos separarnos nunca.
Los personajes de El primer verano de nuestras vidas son todos almas heridas, llenos de tópicas heridas. Si no supiéramos que el autor es el mismo de El príncipe de las mareas, lo hubiéramos adivinado: los mismos motivos, los mismos demonios, los mismos personajes llevados al extremo, los mismos tópicos con los que EEUU llena su literatura, tan elegante sin embargo y tan melancólica también. Todos y cada uno de los personajes sufren y todos parecen guardar ciertos secretos. Todos menos Leo, quizá el más puro y el más inocente, y por lo mismo, el más frágil también, pero, a la vez, el más maduro y el más fuerte de todos ellos. Si no fuese por esa prosa elegante, fluida, con la que Pat Conroy desgrana el espíritu de tres décadas de la Norteamérica más convulsa, pronto la angustia que corroe a todos los personajes se nos haría antipática; los misterios que los envuelven, esos silencios que caracterizan a la vida y que nos hacen ser como somos, sonarían vacíos; y la intolerancia, la pederastia, el catolicismo tenebroso, el sida y el alcoholismo, el abandono, la muerte y la indiferencia, nos harían cerrar las tapas del libro después de unos pocos capítulos.
Por ello creo que es un libro lleno de sombras. Está repleto de tópicos: psicopatías varias, complejos de culpa, fútbol americano, bailes de instituto, violaciones, asesinatos, pobreza, riqueza y muerte. Y no sé si llevados a buen puerto porque parecen excesivos, aunque forman parte del esqueleto de su autor. Un poco más y nos hace pensar que la sociedad norteamericana está realmente loca y que nosotros seguimos detrás, en ese ansia de copiar todo lo que viene de allí. Quizá el personaje más entrañable sea el más normal: Jasper, el padre de Leo. También es el más romántico, más incluso que su hijo, y el único que, aun sabiendo cómo es el mundo, es capaz de quererlo tal cual es, sin adornarlo pero a la vez sin restarle ningún encanto. De hecho, al leerlo nos viene a la mente que quizá todo este cóctel extraño le resulte al autor muy necesario y quizá muy conocido. Investigando después, supe que pasó por traumas similares a los que narra en todos sus libros, y eso puede que explique, y quizá justifique, esta profusión de manual de psiquiatría que expone en esta historia. Todas las angustias del autor están enmarcadas en los diversos personajes que pueblan esta novela; todas esas heridas de las que se enorgullecen y afrontan y aceptan. Pero todas juntas, en tan variedad, no deja de ser inquietante.
Y sin embargo, es un libro luminoso. Pero no como Veronika decide morir, de Paulo Coelho, por ejemplo, en el que la luz atraviesa la oscuridad para rasgarla y transformarla en libertad. Pat Conroy no es tan generoso. La luz de El primer verano de nuestras vidas es la energía vital que puebla el libro, la lucha constante por levantarse, ese premio al esfuerzo y a la perseverancia. Las mejores partes del relato son las que evocan la adolescencia de Leo y sus amigos. En ellas el lenguaje del escritor no sólo es fluido, si no bello. Hay algo de frágil y de mágico en esos interminables días de la adolescencia que dibuja con maestría, y esa promesa latente, y esas transformaciones milagrosas, y ese futuro alentador que vive en cada día que pasa. Todo está cubierto con una pátina de melancólica alegría, de sugerente voluptuosidad, que transmite alegría y cierta tristeza entremezcladas; a fin y a cabo el sabor de la vida es agridulce, y en el Charleston de 1960, mucho más.
Bellas y tristes son también las páginas en las que el protagonismo espiritual pasa de Charleston a San Francisco, la joya del Pacífico. Es una ciudad bella, de clima indescriptible, fascinante e irrepetible. Y en aquella época, en los primeros 80s, cuando el mundo sufre un espasmo y las máscaras caen al suelo y la fiesta termina bruscamente, aún más. Esos días oscuros, llenos de lamentos, de miedo y muerte son descritos con una delicadeza única, donde lo que sabemos más que de sobra se nos muestra con otra luz y sobre todo con tanta dulzura y ausencia de juicio, que los hechos narrados en sus páginas pasan sin dudar a un segundo plano. No nos importa qué van a hacer allí Leo y su pandilla, sólo lo que ven, lo que experimentan y sienten.
La narrativa de Pat Conroy es suave pero no amanerada, es dulce pero no empalaga. Está llena de referencias sonoras, de impactos visuales, del eco de los ríos, del sabor de los alimentos y del aroma de los jardines. Evoca y reflexiona y se desnuda sin pudor. Tiene un fuerte acento norteamericano sin duda y una melodía continua y de perfil bajo, que embriaga sin embargo atrapándonos en sus redes mientras la historia navega entre los ríos Ashley y Cooper, y entre nuestros ojos y los de Leo, entre su corazón lento y reflexivo y su bondad que no es de este mundo.
El primer verano de nuestras vidas es una historia de amor, de amistad, de todo aquello que nos acerca a la muerte pero al mismo tiempo a la vida, a la esclavitud y a la liberación. Es un relato lleno de claroscuros donde la tragedia y la comedia, la salud y la enfermedad, la alegría y al tristeza se dan la mano sin límites ni cortapisas… Quizá, quién lo sabe, como también ocurre en la vida.
Pasa el otoño dejando tras de sí una alfombra de hojas secas. Colores deslucidos que van del naranja al ocre, su sonido a seda frotada nos sorprende al rasgar el continuo verberar de nuestra mente. Debajo de ese manto de vida pasada no hay nada, nada más que tierra y un aire leve que aligera un espacio diminuto, como la distancia de dos cuerpos que se aman.
A pesar de ser muchas, como los amantes, individualmente son un mundo, y sus parecidos sólo señalan las diferencias que las definen y caracterizan. Y, como los amantes, a pesar de estar juntas, mantienen siempre su individualidad y su mudez, pues ninguna comunión es eterna.
El sonido de las hojas caídas se parece al llanto de la cigarra, que sólo canta para morir. Las hojas, al rozarse entre ellas, sólo anuncian que el otoño ha pasado y que ya nada será como antes. Como ocurre con dos amantes.
Al despertarme esta mañana no estaba entre tus brazos. Yacías más allá, envuelto en tu sueño, resoplando bajito y separado del mundo que compartimos día a día. Abrí los ojos y te hallé en la distancia, callado y revuelto como un garabato, cuan largo eres hecho un lío de sábana y edredón. Para variar, te lo llevaste todo, y el frío y el calor y la extrañeza de tu piel hicieron que me despertara y te hallara separado de mí, tan lejos de mí como de un amante de piedra, y pensara, atrapado como estaba en el silencio enorme que nos cubría, en el ruido de seda frotada de las hojas secas, en ese frú-frú que anuncia la llegada del invierno y del frío, la hibernación y la distancia.
A pesar de lo que nos decimos, de lo que soñamos, de lo que anhelamos, siempre estamos solos. Incluso en la comunión del amor luchamos desesperadamente por arrancar un placer propio en esa búsqueda a veces suicida, pues morimos en la sensualidad siempre un poco, como una hoja que se desprende de una rama y cae al suelo. En contra de lo que se nos dice, ni tú ni yo nos fundimos en un abrazo eterno ni el placer dura una vida; somos tú y yo y la distancia entre nuestros cuerpos, la que creamos al acariciarnos y la que buscamos al separarnos en el sueño. Piel sobre piel, como las hojas secas, no garantiza una unión completa, si no una separación más difícil. Y no hay amor que soporte la distancia ni el silencio de las voces nunca oídas, ese silencio lleno del frú-frú de las hojas secas. Como el que hemos tenido tú y yo hasta esta mañana, cuando me desperté aterido y sofocado y tú seguías durmiendo con cara bendita y expresión alelada, lejos de aquí.
Esta mañana me levanté y te dejé dormir. Me duché, bebí café, me vestí. Y salí. Y tú seguías allí, encerrado en el caparazón del sueño. Suspiré mirándote, como hubiese suspirado abrazándote. Fuera hacía frío. El sol se transparentaba entre la niebla. El viento soplaba sorpresivo, y el lecho de hojas secas de la entrada, estando en silencio, rasgó el perfil de la mañana con un furioso manotazo. De repente me encontré rodeado de hojas secas, algunas en mi pelo y otras en mi corazón, y con el comienzo del invierno.
Lleno de silencio fui a buscar el desayuno. Cuando volví, seguías dormido. Me acerqué. Te moviste con cierta lentitud, y el sonido de tu cuerpo desnudo con las sábanas me recordó el silencio de las hojas secas a punto de estallar en un remolino de seda frotada y, a veces, de caricias. Y comprendí que estábamos juntos sin estar y que quizá todo se había acabado. Al menos por ahora.
Suspiré al verte; suspiré porque me negué el placer de tocarte y verte despertar como hacía día a día. Suspiré al alejarme de ti y al besarte en la distancia, ese océano de hojas secas en que ha quedado nuestro amor.
Cuando llegue la primavera, quizá…
Pero por ahora comienza el invierno, el frío de una soledad sonora, lejos de ti.
Durante esta última guardia, serían las cinco de la mañana o incluso más, estaba hablando con la familiar de un paciente que había ingresado un par de horas antes. Me sentía muy cansado y también un poco frustrado y algo triste.
El ingreso fue tardío, el paciente estaba en una situación muy comprometida y las técnicas no me salieron tan limpias como me gustaría y como quisiera que siempre saliesen. Aún con todo, era un enfermo complicado aunque muy colaborador; se dejó hacer con una entrega que he visto pocas veces y, a pesar de lo grave que estaba, no se quejó ni un instante, dueño de una entereza realmente admirable. Todo eso contribuía a mi humor, que viene sufriendo períodos de densa estabilidad; saberlo tan mal no ayudaba tampoco a mejorar mi actual visión del mundo.
Se trataba de un hombre joven, en el mediodía de la vida, aquejado de cirrosis hepática terminal por ingesta alcohólica, acabado de ser admitido en la lista de espera para trasplante de hígado. Un hombre que tenía una vida, ahora impedida en cierto grado por la Enfermedad muy evolucionada que presentaba; con una mujer; supongo que algún hijo; con un trabajo que ha debido abandonar (así como el hábito que lo ha llevado a ese estado); y con el miedo y la esperanza de que un trasplante lo devuelva en algún momento, no lo bastante tarde, al día a día que acababa de aparcar hacía muy poco. Una vida detenida fue lo que ingresó aquella madrugada en la UCI. Una más.
La cirrosis hepática, cuyo origen no es sólo el alcohol, sino el virus de la hepatitis C (mucho más peligroso que el VIH, ya que carece de tratamiento alguno) y otras patologías menos frecuentes, es un cuadro difícil, multisintomático, lleno de baches y vericuetos; merma las facultades y crea tantos problemas, tantos y tan variados y tan graves, que el paciente se encuentra muchas veces aislado en el pasillo de la Salud perdida sin saber a qué atenerse ni a qué sujetarse. Y sus familiares también.
Después de estabilizarlo mínimamente tras dos horas o más con él, salí al pasillo de la Salud perdida a hablar con su mujer, que esperaba con los ojos cerrados en medio de la oscuridad de la noche, sentada en la sala de espera. En esos momentos siento algo de pudor. Porque la tensión de un lugar semejante es densa; se palpa en el aire, está contenida en cada respiración; late como el corazón y viaja por las arterias hasta transmitirse por las palabras o los gestos a todas las personas que pernoctan allí. Y mi pudor está en irrumpir esos momentos de insulsa paz para, con voz alta, llamarles e informarles. Tras aparecer en el dintel de la puerta y recortar la luz, comienzan los cuchicheos, el ronroneo del miedo se siente y me golpea la nariz. Si es un paciente que lleva días ingresado, sólo son malas noticias; si es un paciente que acaba de ingresar, como era el caso, también son malas noticias. El desgarro de la madrugada en el pasillo de la Salud perdida no trae nunca nada bueno, y nos hace sentirnos a veces incapaces y a veces resignados y a veces frustrados por ello. Esta vez no fue ninguna excepción.
Que los familiares de los pacientes oyen lo que quieren oír es un hecho cierto. Nos pasa a todos. Procuro ser cauto al dar esperanzas, porque todos nos aferramos al mínimo rayo de luz que nos regalan. Y más durante el ingreso de un enfermo, o quizá durante el ingreso de un paciente. Porque con los días se aquietan los miedos iniciales y, en general, tras las horas que pasan, la serenidad atrapa al corazón y lo hace razonar; a veces la testarudez de algunos familiares ante lo evidente no es más que la cabezonería del corazón en reconocer una pérdida. Pero en los primeros instantes, cuando todo es un lío y la angustia, la ignorancia, la impotencia y el miedo se mezclan y se agolpan en la garganta, cualquier raciocinio está perdido en ese terremoto que todo lo pone patas arriba. No queremos entender nada, no podemos aprehender nada, y más que palabras (o en ausencia de las palabras que deseamos oír con fruición) lo que quizá necesitemos es un gesto, una sonrisa o un comentario liberador o reconfortante…, que no suele llegar. La información inmediata a un ingreso es un mundo aparte: es difícil porque la situación es de máxima gravedad y todo puede ser posible; el familiar ha entrado como en una revolución dentro del pasillo de la Salud perdida y se halla flotando en un limbo de inseguridades y de inestabilidad del cual es difícil salir sin tiempo y sin serenidad: todo de lo que carece en esos instantes.
Así, me acerqué a aquella mujer de ojos grandes y almendrados. Su peinado desordenado y cierta palidez demostraban la dureza del par de días que llevaban dentro del hospital; sus labios secos y el tremor discreto de sus manos, el miedo que estaba sintiendo en aquel momento. En todo eso me fijé al llamarla. Se levantó de inmediato en la oscuridad y llegó hasta la puerta en la que la estaba esperando como arrastrada por una voluntad más fuerte que la suya propia. No soy un médico de facciones agraciadas, pero me esfuerzo por que mis ojos sonrían discretamente cuando les doy las buenas noches y me presento con cierta timidez. Sé lo que esperan de mí como símbolo, pero en esos instantes esa esperanza es imposible, o cuando menos se vende muy cara. Así que paso rápidamente a explicar la situación del enfermo, que nunca es sencilla. En mi vida privada gesticulo mucho, pues me gusta explicarme con claridad (aunque cada vez me importa menos); por lo general en esos momentos ato mis manos al bolígrafo que sostengo y dirijo directamente la mirada a mis interlocutores. También en mi vida privada he tenido que entrenarme para no mirar fijamente a las personas a las que hablo o que me interpelan; sé que es una costumbre que incomoda a la mayoría mas no lo hago por nada malo, si no como una muestra de que tienen toda mi atención. Cuando estoy con un paciente y con un familiar, me olvido de esa regla autoimpuesta y mis ojos no descansan de ver directamente a las personas que buscan información, entendimiento, a veces justificaciones y siempre calma. Se los debo, porque están en el pasillo de la Salud perdida y yo soy el único, en esos momentos, que puede traer algo de serenidad a la tempestad en la que se hallan.
Era una mujer normal, ni fuerte ni débil, de estatura mediana, con el cabello entrecano; en sus pestañas bailaban escondidas unas pocas lágrimas que no resbalaban de aquellos ojos por un acto de casi voluntad o quizá de testarudez. En contra de lo que se ve en las películas, raramente un familiar pregunta por su enfermo. Se acercan callados y se mantienen de pie a la espera de que empecemos a hablar. Una vez roto el hielo, las preguntas vienen como una tromba después. Ella no fue la excepción. Se acercó sujetando el bolso y esperó unos segundos a que yo me sentara en un recibidor que tenemos para ese fin. Me siento para estar más o menos a la altura de ellos, pues por lo general soy más alto y esa diferencia en el pasillo de la Salud perdida es más intimidante que reconfortante.
Cuando me senté empecé a explicar el estado del paciente. Aquella mujer asentía una y otra vez, pero supe enseguida que no me estaba entendiendo. Y no porque no quisiera, es que no podía entenderme. Me miraba con aquellos ojos enormes llenos de lágrimas a rebosar y asentía con la cabeza; los labios abiertos intentando articular frases coherentes y las manos aferradas al bolso medio caído por su nerviosismo. Dando por sentado que poseía una información sobre la enfermedad de su marido que debían manejar (¡estaba en la lista de trasplante hepático!) me lancé a exponerle todos los peligros que corría el enfermo, derivados de su mal por supuesto, y de las pocas esperanzas que en aquel momento tenía.
Yo estaba muy cansado y distraído; era tardísimo; el enfermo estaba mal y ardía en deseos de volver para mejorarlo lo bastante para que me diera tiempo de recostarme un rato y desconectar de aquella guardia larguísima y de mí mismo. Pero me di cuenta que esa pobre mujer no me entendía. Y en medio de una perorata de la que se desprendía claramente que lo más probable es que podría morir en horas, comenzó a llorar sin emitir un sonido. Enormes lagrimones transparentes se escapan de aquellos ojos color de castaña. Por un instante me reproché mi falta de tacto al dar por sentado muchas cosas que yo sé y que ellos debieran saber pero que ignoran (o que no entienden cuando se les dice, que es lo mismo): cómo es la cirrosis, lo difícil que es, lo grave que es; las vueltas que da; sus meandros que son en sí mismos una trampa de arena; y la pérdida lenta de una vida que se apaga como la llama de una vela al consumirse.
Aquella mujer estaba desolada y triste en medio del pasillo de la Salud perdida, sin nada a lo que aferrarse a no ser la Esperanza. Para ella, y para todos los que no son profesionales de la salud, la Enfermedad es un limbo, una procesión dolorosa que atañe al cuerpo y al espíritu, un camino sin retorno en la oscuridad y sin más luz que la linterna de la Esperanza… ¿Y qué estaba haciendo yo? Apagando de un manotazo aquella llamita que la mantenía estable; lanzándola a aguas profundas en las que no podía nadar.
Yo casi no tenía fuerzas. Pero esa mujer tampoco. Y yo poseía el Conocimiento, que en esos instantes es siempre el Poder, y el poder no da esperanzas, no da sueños pues trabaja con los tejidos de la Realidad, pero al menos da Confianza o cuando menos Resignación. Ella no tenía ni siquiera el consuelo de apoyarse en un muro en ruinas. Sólo le quedaban las lágrimas calladas, pues la voz no podía articular preguntas que desconocía. Y entonces callé.
La dejé navegar un instante por las mareas de la desesperación y el miedo a lo desconocido mientras buscaba fuerzas para empezar de nuevo. Porque siempre hay que empezar de nuevo. Suspiré y cerré los ojos. Intenté calmarla con palabras habituales que asientan un poco al alma; mi voz sonó quizá demasiado dulce, con un poso de esperanza que no quería darle en mucha dosis. Y recapitulamos. Le expliqué someramente la situación de su marido, lo que lo había llevado hasta allí, los riesgos que ya conocían. A medida que iba desgranando la Enfermedad, ella asentía como recordando y sus ojos se iban secando. Yo sentía que estaba cogiendo fuerzas, las fuerzas que da el Entendimiento; la desesperación cedía el paso a la resignación y con ésta cierta luz al momento. Ella siguió asintiendo, pero su mirada había cambiado. Comprendía. Y yo volví a suspirar: habíamos comenzado a avanzar.
Toda nerviosa firmó los permisos de ingreso; se equivocó al darme sus datos; se le olvidó el número de su teléfono móvil. Y yo le sonreí. No me importaban esas pequeñeces de las que está hecha la vida. Y ella sonrió a su vez, angustiada y resignada al mismo tiempo: seguía deambulando por el pasillo de la Salud perdida, pero al menos sabía un poco más, podía esperar sólo un poco más, pero podía ser ella en aquel angosto pasillo todo el tiempo que hiciera falta. Y tendría tiempo para pensar y para sentir, o dejar de sentir, hasta que el desenlace lo hiciese por ella. Y nos despedimos hasta la mañana siguiente.
Qué dura es la pérdida de la Salud. Pero qué difícil es vivir en el limbo del pasillo de la Salud perdida. Hace seis años, tras serle diagnosticado cáncer a mi padre, ambos, mi madre y mi padre atravesaron juntos aquel pasillo por el que han estado tantas veces de la mano. La aventura del cáncer era nueva, y los peligros enormes, pero lo cruzaron con una confianza ciega, con una entereza admirable, porque son así de carácter pero también porque sabían que yo estaba allí, llevándoles por primera vez de la mano. Sabían que no les iba a engañar nunca y que sería siempre lo más claro posible. Y aún hoy recuerdan todo lo que ocurrió con cierto respeto pero con mucho humor. Hace tres años mi madre sufrió un ictus transitorio y el mundo pareció detenerse, porque ella es la base del planeta familiar, y sin embargo todos lo vivieron con confianza, porque yo estaba allí para ayudarlos a atravesar aquel paraje como la primera vez y porque estaban seguros que no les mentiría un ápice ni dejaría suelto ningún cabo que pudiera quedarse atrás. No dejó de ser duro; quedaron cicatrices que el cuerpo recuerda y que el alma nunca olvida. Pero allí están los dos, con sus achaques, con sus secuelas, juntos todavía y llenos de esperanza. La Esperanza que les da tener una mano guía en el pasillo de la Salud perdida.
Ésa fue la razón de hacerme médico. Quería saber. Quería comprender. Y, por ende, ayudar. Las lágrimas de aquella mujer me hicieron recordar para qué estaba yo allí hablándole a las cinco de la mañana. En la UCI estaba su marido y dentro de a UCI yo estaba para ayudarle a él. Pero en el pasillo de la Salud perdida estaba ella, y allí mi obligación era ayudarla a ella, dentro de lo poco que pudiese hacer. Sus lágrimas me recordaron que más allá de mi propia tristeza o de mi cansancio o de mi frustración, hay una tristeza mayor, hay un cansancio mayor y hay una frustración aún más grande: la del desconocimiento, la de la desesperación y la soledad, la suya.
A la mañana siguiente, el paciente seguía grave pero estaba un poquito mejor. Ni remotamente había salido de su estado crítico (todo lo contrario), pero ella era otra persona. A la luz del día su cansancio era evidente, pero su actitud lo era mucho más. Aún mantenía llorosa la mirada, aún las manos temblaban ligeramente. Pro sabía a qué atenerse, o al menos intuía por dónde debía caminar. Es una ilusión, porque el camino del pasillo de la Salud perdida es largo y único, pero de ilusiones está hecha la vida. Y ella ahora las tenía. Hasta me permití regalarle un poco de esperanza, atemperada eso sí, tibia como un chorrito de luz débil, del que ella bebió sedienta. Y no le dije nada más. Ella entendió y nos despedimos.
Tras el chasquido de la puerta cerré los ojos y recorrí con la memoria todos los surcos que mi propio pensamiento ha labrado en el pasillo de la Salud perdida. Mis miedos y mis dragones son otros, pero también son mías otras armas… Aquella mujer, con sus lágrimas, me recordó que como profesionales de la salud nos debemos a todos, no sólo a nuestros enfermos. No importa la frustración o el cansancio o nuestra propia tristeza… Siempre hay alguien en esos instantes que sufre más, que siente más, que está más perdido, y es allí en donde debemos actuar… Aquellas lágrimas han quedado grabadas en mi memoria, aquellos ojos y esa palidez…
Cuánto camino queda aún por recorrer…