La estrella inalcanzable/ The Unreachable Star.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Siempre he sabido que, para conseguir ese hermoso sueño que es la libertad, la verdadera y auténtica, que hace saltar alas en los pies y notas de cristal en la boca abierta, tenía que alcanzar primero el amor, el amor verdadero y auténtico, que alborota y enorgullece, que trastorna y enloquece, que calma y adormece y que nos hace soñar.

Siempre he sabido que tú, ese sueño imposible, estaba ahí, esperándome. Buscándome en las tinieblas de ti mismo; luchando conmigo mismo, con mis ideas, mis imágenes y mis deseos; sintiéndome a tientas en la noche; alcanzando los brazos y el cuerpo para tocarte.

Siempre he sabido que tú y yo nos encontraríamos. Que sabrías mi nombre y cómo te llamarías. Que sonreiría al verte y tú al acercarte…Siempre he sabido que tú existías, aún en la lejanía de mi primer pensamiento, y que un sentimiento más fuerte que la vida te materializaría y te haría feliz.

Pero no ha sido fácil. La búsqueda, tu búsqueda, la mía. He estado tanto tiempo perdido en los meandros de mis miedos; he perdido tanto tiempo escalando montañas ajenas, alcanzando horizontes lejanos y ocultándome, que casi pierdo la fe en ti, en mí, en nosotros. Pero así es la vida. Deambulando por el desierto de mi nombre, apenas vislumbraba el cielo abierto, el latir de las estrellas, el arrullo de la mañana que amanecía. Y era un error. Y yo lo sabía, y me ahogaban la desesperación y el desorden. Y eso sofocaba todos mis intentos y me dejaba aún más desesperado, solo y preso.

Siempre ha habido un sueño, un sueño imposible que comenzaba contigo y terminaba en mí. Una estrella inalcanzable que exigía cremar toda mi vida, mi vida vivida hasta ese instante, por ser acariciada, no más que aprehendida. Y miedo me daba sacrificar lo único que sabía de mí mismo a un ídolo lejano, a un sueño informe. Y sin embargo… Ése era el precio de encontrarte; ésa era la salida a mi propia libertad. Pero yo lo ignoraba, lo ignoraba hasta que me encontraste perdido y me llamaste y me ofreciste tu mano y tu abrazo y tu alegría, y todo lo cambiaste para mí.

Me has hecho sentirme amado, aceptado y tan querido. Tanto… ¿Cómo es posible que haya estado tan ciego, tan solo? No lo sé. Y sin embargo ahí estabas, en el fondo de mis latidos esperando a ser encontrado, tropezado por mi vida a oscuras, para hacerte luz, día, estrella y sueño para mí. Y cuando todo eso ocurrió, en medio de la mayor desazón y soledad, el mundo se detuvo en un suspiro, y suspiré hondo en el pecho agitado, porque tus ojos me gritaban la maravilla, y tu boca cantaba los milagros de la vida y tus brazos se abrían a un mundo por descubrir. Y se desplegó el universo con sus múltiples posibilidades y sus eternos colores, colores que fluían de mí hacia ti y hacia mí volvían, y todo cobró sentido, sensación, comprensión y posibilidad.

Tú me has conquistado, y conmigo, has hecho que yo alcance la cima de mi propio universo. Eres mi combustible, mi guía. Porque has hecho que desvelara la energía de mi corazón, que destapase de una vez la gloria de mi destino, que me empañaba en vano en ocultar. Todo será revelado… Y tú desvelaste mi vida y mi vida alumbró mi destino, y ese destino es brillante, y ese sueño inalcanzable de pronto se ha hecho posible, y las alas de mis pies hacen que vuele lejos, muy lejos, alcanzando las estrellas. Y las notas de cristal que manan de mi boca, tocan ya los planetas y me acercan, en un viaje mágico que ocurre en mi propio interior, a la calma y a la placidez, y al éxtasis de sentir y de ser libre, libre de verdad, sin miedos ni flaquezas, ni dudas ni tropiezos, fuerte y ligero como pluma, hoja, haz o luz, niño y hombre, sexo y amor.

Paz, esa estrella inalcanzable. Honor. Amor. Libertad, ese sueño imposible de un eterno soñador que creyó perderlo todo, pero cuya más íntima ilusión, la primera de su vida y la única en realidad que le importaba, le regaló la magia y la locura y la saciedad y la anchura y la devoción y la certeza y la emoción, y le arrancó de las tinieblas de los deseos ajenos, de los sueños perdidos, ofreciéndole la más delicada estrella, el sueño más inmaterial, en sus palmas abiertas, por fin, a la verdadera vida, llena de ancha libertad. Una libertad pavimentada en mi vida pero que lleva, ahora sí, tu verdadero nombre.

Atrás quedan las dudas, los deseos frustrados, los errores. Ya no más… El viaje ha empezado, ha empezado por fin. No importa cuán tarde, cuán auténtico, cuán material. Ha empezado, para ti y para mí, y no tendrá nunca fin.

Eterno soñador/ Distant Dreamer.

El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

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Todo de mí/ All of Me.

Música/ Music

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Los Momentos de Izak/ Izak’s Moments.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Una mirada fugaz al talento de Izak Amancio, acompañado de la música de cuerdas de Mischa Maisky./ A glance of the immense talent of Izak Amancio, get together with the magic touch of Mischa Maisky‘s chord music.

Adagio in G Minor, Johann Sebastian Bach.

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Emmanuel Pahud: en las alas del ruiseñor/ Emmanuel Pahud: In the Nightingale’s Wings.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ Music

Emmanuel Pahud (1970) es, quizá, el mejor flautista de la actualidad. Desde su debut a edad muy temprana, Emmanuel Pahud, suizo de nacimiento y única universalidad, ha enaltecido la música para flauta, llevando los clásicos hasta niveles mágicos, alcanzados sólo por los trinos de la naturaleza, remontando su humanidad gracias a las alas del ruiseñor.

Su musicalidad, llena de preciosas delicadezas, rompe el sonido con dulzura y nos transporta, con una suavidad casi inhumana, hasta un mundo más cristalino, más benévolo y, al mismo tiempo, quizá más real que el que habitamos, y nos recuerda que, en el fondo, en el centro de nuestro corazón, somos seres divinos.

Emmanuel Pahud, que ha llevado este instrumento a terrenos como el jazz y otros dominios musicales, con su flauta de oro rosa, nos enseña que no hay límites para el talento ni para la imaginación, y nos atrae con su trinar, y nos enamora y nos abandona y nos recoge y nos eleva y nos devuelve al universo del cual hemos olvidado que formamos parte.

Y, a través de Fantasía: Una noche en la Ópera, en compañía del director Yannick Nézet-Séguin, transforma la voz humana en el bello canto del viento que emana de su flauta, y nos demuestra, una vez más, que el Arte es evocación, es movimiento, es transformación y es, sobre todo o por encima de todo, bello.

Emmanuel Pahud (1970) is the best flautist of our current times. With his gold rose flute, he is capable to transport us to a clear skies, to carry on new sweet adventures, full of soft rain and crystal wings; he, just with the delicate sounds that flow from his flute, transforms dreams into a reality and gives to us the opportunity to fly, with a nightingale’s wings over the whole world that lives within us, and remind to us how beautiful, how tender, how delicate a human soul is.

He came from Switzerland, but actually he’s universal. His music, his gentle touch, that marries with all kind of music, from jazz to classic, is just a sublime example of how powerful, how tender and how passionate human beings truly are, and how near we’re really are from God.

And in Fantasy: A Night at the Opera, with director Yannick Nézet-Séguin, brings to us the joyful of the wind sound of his gold flute, transforming the beautiful arias into a masterfully pieces of novelty, plastic and eternal Art.

Lo eres todo/ You’re Everything.

Música/ Music

A Jorge, por su cumpleaños.

El largo día acaba/ The Long Day Is Over.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

Arrastro los pies. Un paso me cuesta un mundo y, el otro, más de un pensamiento encadenado. No logro desenredar mi mente de lo que ha pasado y sigo dando vueltas con la peonza de mi cerebro como si fuese un juego sin fin. Cada paso es como un abismo y duro, pesado y eterno. Pero los doy, uno  a uno, sin equivocarme demasiado, sin siquiera darme cuenta, salvo del ruido del agua bajo mis pies, chapoteando como niño pequeño sin descanso.

Hay días en los que es mejor no salir de casa. Todo sale al revés, o el mundo nos trata del revés, que viene a ser lo mismo. Y el cansancio sólo mina la rutina, que desaparece y se esconde, y desgasta al corazón, cuyo latir se pierde en innumerables intentos por hacer lo correcto. Por eso hay días en que es mejor acurrucarse en el sillón, con la chimenea encendida, y la tele haciendo ruido bajito mientras cabeceamos sobre un buen libro, y una copa o una taza o una caricia al lado.

Y sin embargo, la vida nos arroja en este mar insomne que ruge sin cesar, haciendo de nuestra travesía una montaña rusa de sentidos, sentimientos, escarceos, fallos, intentos, errores y justificaciones, cuando no de misterios sin respuesta, sin redes ni salvavidas; nadamos al alcance de nuestros miembros, rugiendo bajo las fuerzas de la Naturaleza, manteniéndonos a flote sin remedio y a veces sin ganas, como luchando contra nosotros mismos además de contra la vida. Porque la vida es una lucha continua, que parece no tener fin, al menos no por ahora. Y todo es un abismo que escalar de paredes lisas y pulidas; riscos elevados desde donde caer; lagos inundados por gotas de duda, engaños, insalubre negatividad y desilusiones. Y lidiamos como podemos, como nos dejan o como sabemos. Y da igual cómo sean, dónde se encuentren ni adónde nos lleven. La vida se entremezcla, se lía y se deslía usándonos de tejido, de puntadas y de guías, y nos dejamos llevar a pesar de la resistencia, o más bien debido a esa fuerza antagónica, lustrosa y única que nos conforma.

Arrastro los pies. Uno detrás del otro. Y el agua me moja los dedos, enchumbando los calcetines de lana. No debí haberlos puesto, porque los pies además de fríos, me estarán húmedos. Debí haberte hecho caso ayer, pero es que tenía frío. Y vaya si hizo frío. Me gustaría contarte todos los dolores, las vanas esperanzas, la fragilidad del cuerpo, la dureza del espíritu, la firme confianza, las soluciones borrosas y los parches que acabamos poniendo en esa tela que es el cuerpo y que a veces no queda más remedio que desechar. Pero no puedo, porque no me entenderías. No sabrías porqué a veces me quedo callado como una tumba, con los ojos semicerrados y ausentes; no estoy perdido, todo lo contrario, quizá nunca esté más presente, más contigo. Me gustaría compartir contigo mis miedos, que son tantos; mis dudas, que siembran más dudas y dan a luz más dudas en medio de un terremoto de sensaciones a la vez valiosas y equivocadas; lo mucho que me pregunto una y otra vez porqué, porqué y qué hacer; y lo que hago, casi sin pensar, tras el instinto como tras el amor, con ciega confianza y muda razón, porque no tengo ninguna o se me escapan todas, que es lo mismo. Me gustaría que sintieras la miríada de sentimientos que me aturden cada vez que entro a trabajar, esas veinticuatro horas encerrado con el dolor, la esperanza, la desolación, la fragilidad; y la risa, y la sonrisa, y la alegría y el llanto desconsolado y la envidia, la riqueza, la bajeza y el azar. Pero no puedo, porque sé que no me entenderías.

Y no me quejo: es mejor así. Cuando llego, como hoy, con los pies arrastro, y me regañas por lo bajito y corriges mi postura cansada y me sonríes con esa boca de fresa y en los ojos un brillo de estrellas, nada tiene importancia, salvo tú. No me quejo, porque tú eres la mejor de las medicinas, la única en realidad que logra desatar esa parte de mí que queda encerrada en el hospital y a la que vuelvo día a día casi sin echarla de menos; tú eres lo que me mantiene erguido aún en medio de un océano de cansancio, de frustraciones y de dolor ajeno, que llega sin embargo a ser tan mío como las entrañas que me forman. Por ti, mi paso de procesión con los pies húmedos y fríos vale la pena, y me olvido de la incomodidad y de la insensatez cuando me acerco poco a poco a nuestra casa, al hogar en el que el hogar refulge con leña recién puesta, en el que el silencio se llena con tu voz de arrullo y la cama de pluma de cisne, y la ducha de agua cálida y con olor a rosas y el eterno lamento de una fuente de patio. Por ti, mi mundo de patas arriba tiene sentido y es más mundo porque tú lo enderezas y le das movimiento, fuerza y núcleo, magnetismo y tierra.

Así pasan las horas y llego a ti. El sol hundido en medio de la lluvia, el viento enloquecido rodeándolo todo; las ramas de los árboles humildes debajo del agua que cae, y los hombres empapados que van y vienen por las arterias de la vida. Y llego con el paso cansado, cansado y aturdido, hasta encontrarte, y el mundo se llena de luz, y la tibia manta de tu sonrisa me arropa y me seca y me da de nuevo vida. Y me cuidas como a un niño pequeño; me alimentas y me imitas; me mimas y te ríes de mí. Y yo me río y sonrío en este largo y duro día en que todo era un sin sentido hasta llegar a ti. Y saber que la vida tiene una meta, y esa meta eres tú, me ennoblece, me enaltece y me desborda, afortunado y único en el mundo, por tenerte a mi lado, oyéndome, lamentándote, asumiéndome y regañándome. Adoro cada palabra que me dices, cada gesto, cada sonrisa. Para mí vale el giro de un planeta, el brillo de la luna en el otoño. Y la leña encendida y la ducha tibiecita y el arrullo de tu abrazo esponjoso, y el calor de tu cercanía, gravedad que me ata más y más a ti.

En esos momentos mágicos, en los que el largo día acaba, me siento un hombre más cabal, más humano y más pobre, porque tengo salud y un hogar cálido y una sonrisa de bienvenida y una caricia que me lleva, en esos instantes en los que el largo día llega a su fin, a la alegría más pura y sentimental, que es la de sentirse amado. Contigo en mi mundo el mundo cobra sentido, un sentido único que resiste las embestidas del espacio exterior, y que consigue, a pesar de las desidias del largo día que acaba, que llegue a ti con el amor suficiente y las suficientes ganas de darte las gracias, de merecerte y de quererte al menos con la misma fuerza, la misma entereza y la misma pasión que tú  a mí.

Y a ti te dedico estas pocas líneas, mientras el atardecer inunda nuestra casa de ocaso, y la leña crepita en el hogar, y mis pies ya están secos, y tu mano acaricia la mía, con esa delicadeza y esa complacencia que tienen todas las cosas pequeñas, que se sostienen gracias a ti.

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