Música/ Music
El amor nunca acaba/ Love never ends.
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Música/ MusicContigo/ With You.
El día a día/ The days we're living, Música/ Music
Contigo el mundo se detiene un instante y sale despedido. Como mi corazón.
La vida comienza día a día, partiendo de cero y creándolo todo de nuevo.
Contigo me enfrentaría a todo. No habría presea que se escapara ni premio que no consiguiera porque tu abrazo me esperaría al final de cada jornada y eso es el mejor trofeo de esta vida. Tu aliento y tus brazos.
Cada vez que me ves, el cielo se abre y caen las estrellas llenas a nuestros pies. Y cojo una entre las manos y te la ofrezco como si fuese mi corazón, y te la comes a bocados como haces con mis labios abiertos por ti.
Contigo el día se funde con la noche y se confunden las horas, que no saben qué hacer en el reloj. Y el calendario cuenta al revés, de suerte que cada hora es un nuevo encuentro y cada instante ese momento en el que nos miramos a los ojos y supimos que seríamos para siempre uno.
Tú y yo.
Contigo no hay aburrimiento posible. Esa boca llena de risa y esos brazos de pasión. Me gusta que tus piernas me sujeten fuerte y me impidan moverme, salvo acercarme a tu rostro y dejar en él, como si tal cosa, miles de besos aparcados en el deseo enorme que me posee cada vez que estoy en tu compañía.
Tu dulzura, tu solo placer. Todo hace de mí un corazón cálido y un suspiro que espera y un ser entregado a la compañía, alejado de cualquier soledad.
Contigo no hay pasado que pese. El dolor (¿qué dolor?) está olvidado en el patio de atrás. Tú traes a mi vida un placer arrebatador y una caricia tibia y una voz dulce y un día claro y una noche a pleno pulmón.
Contigo el mundo es siempre nuevo. Y el amor, un invento maravilloso, que se renueva constantemente en tu corazón y el mío.
Contigo hay universo y ese universo es la felicidad.
(Si es) Lo que debe ser/ If It’s Meant To Be.
El mar interior/ The sea inside, Música/ Music
Creo que nos sorprendió a los dos.
Sí, en medio del lío del día a día no supimos darnos cuenta o quizá no podíamos ver que lo nuestro llegaba a su fin.
Suena profundo. Suena importante. Y definitivo.
Si es lo que debe ser, no me opongo. Ya no.
Luchamos por lo nuestro. Doy fe. Tú a tu estilo. Yo a mi modo. Así como nos encontrábamos en el lecho nos veíamos en la vida: a trompicones y con ganas y a veces hasta con hastío e incluso por comodidad. Pero hasta lo cotidiano cansa.
No te culpo de nada. ¿Hay a quién culpar? Una vez cae la noche estamos espalda con espalda, nos tocamos aquí y allá y ni siquiera somos lo bastante educados como para decirnos dos palabras, despedirnos con la caída de los párpados o saludarnos con la llegada del alba.
A veces me detengo para pensar en ti. Y sonrío. Porque mira que hay cosas pequeñas que celebrar. Y alguna más callada que prefiero obviar, pues el dolor sería casi tan grande como la melancolía. Y de ésas tenemos demasiado.
Y sin embargo te sigo queriendo. A mi manera, ya ves. En medio del fin, puedo decírtelo sin que se me caiga el corazón de la boca. Si es lo que debe ser, este adiós nunca será un hasta luego. No por ahora.
Te quiero. Y cada sílaba de tu voz y cada centímetro de tu piel y cada uno de tus actos me hablan de lo que tuvimos y se apagó, de lo que vivimos y murió.
Hoy, si es lo que debe ser, prefiero ser yo quien diga adiós. Hasta otra. Hasta siempre. Si es lo que debe ser, la vida nos ha traído hasta aquí, nos ha vomitado por separado tal como empezamos, pero cargados de recuerdos, gordos de un tiempo que ya ha quedado atrás.
Lo que debe ser será, amor. Lo que debe ser, será, amor.
Amor.
Amor que un día fue. Y que ya no más es. Ni será.
Adiós.
(Tenemos) Esta noche/ (We’ve Got) Tonight.
El día a día/ The days we're living, Los días idos/ The days gone, Música/ Music
Aquí estamos, después de tanto tiempo.
Ha pasado de todo, creo. Nos despedimos. Nos alejamos el uno del otro. Y no supimos más.
Creo que te casaste, o eso me dijeron. Y que no funcionó.
Eso pasa.
Yo no funcioné con nadie. Así, tal cual. Nunca como contigo.
Y ahora…
Tenemos esta noche para reencontrarnos.
Parece que el tiempo apenas de te ha tocado. Nada de ti ha cambiado. Ni el brillo de tus ojos ni ese encanto tan especial.
La distancia ha hecho que tú seas más tu. Si eso es posible.
Tenemos esta noche para decirnos lo que callamos. Lo que no nos hemos dicho y que el tiempo no ha borrado.
Te toco. Me tocas. Y sonríes. Y se me voltea el cielo lleno de estrellas. Están en tu boca, quiero que lo sepas. Y tengo sed.
¿De qué preocuparse? Sólo es esta noche. Y no hay nadie más.
Tenemos esta noche. Tú y yo solos. ¿Quién quiere un futuro?
Me tocas y te toco. Sé que es tarde y que debemos irnos. Tú por tu lado, yo por el mío.
Pero aquí estamos. Inmóviles. Solos. Juntos. Pegados. Cansados de la vida. Pero con ganas de darnos un beso.
¿Quién quiere un mañana?
Tenemos esta noche para ser lo que fuimos. Para ser mejor de lo que fuimos. Y hasta soñar que lo seremos.
Esta noche. Tú y yo juntos. Otra vez.
Sólo esta noche. Y mañana, ya se verá.
Ayer/ Yesterday.
Música/ Music
Ayer estuvimos juntos. Paseamos, hablamos (hablé) mucho. Oí su silencio como antaño y su sonrisa escondida y el juego de esa voz oscura y suave, como el terciopelo.
¡Qué guapo estaba! Ya no somos los mismos, pero sigue siendo él.
Hay nieve en su pelo, negro como el azabache. Y sus ojos de miel y desierto siguen brillando de una forma maravillosa.
Venía con su niña en brazos y una cara de suficiencia enorme. Algo de torpeza y un poco de vergüenza.
Venía tan guapo. Le gusta ir guapo. Siempre. Esa americana, ese vaquero, ese pecho enorme como un sueño esperado. Lo ha hecho para gustar, para gustarme a mí. Sonrío. Porque lo ha conseguido.
Siempre lo ha logrado conmigo.
Y charlamos de la vida que tenemos, tan opuesta a la que una vez compartimos. Y me oye, porque hablo por los codos y la boca y las manos, y se ríe como antaño, cuando no paraba y él callaba, complacido y juicioso. Mucho admiro su sentido común.
Es él. Siempre ha sido él. Hasta que muera será él. Aunque no estemos juntos y nuestras vidas sean diametralmente opuestas.
Es él. Y ayer lo vi. Y estuvimos juntos por un rato que se hizo eterno. Como antes estábamos, tiempo atrás, según mis recuerdos. Y también los suyos.
Porque somos como un par de zapatillas cómodas y suaves: nos amoldamos uno al otro con una facilidad divina. Y esa química sigue intacta, y esa física ya acabada, y juntos conseguimos descubrir lo que no hemos conseguido y lo que nos ocurre en el presente, tan lejos y tan diferente de lo que una vez pensamos.
Es él. Ayer lo supe. O lo recordé. Porque lo había olvidado.
Hasta que me muera lo será. Él.
Elsa Betancort: Hasta pronto/ Elsa Betancort: See You Soon.
Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music, Medicina/ Medicine
Yo era R1. Recién llegado al hospital, llevaba unos tres meses más o menos, desde la secretaría del servicio de Medicina Interna me dijeron que me llamaba desde la UCI la Dra. Betancort.
La adjunta que me tutelaba se echó a reír y me dijo que bajase de inmediato porque a la Dra. Betancort le gustaba la puntualidad, era puntillosa con las maneras y que me preparase si había hecho algo mal. Y lo decía muy en serio. Con una carga de respeto en la voz que no se da fácilmente.
Allá me lancé veloz por las escaleras: bajé como un rayo siete pisos hasta encontrar la secretaría de la UCI donde ella me estaba esperando furibunda. Se agitaba como en un acceso, aunque intentaba disimularlo.
Me preguntó quién era yo y allí se acabó la serenidad. Visiblemente incordiada me preguntó qué había hecho con una historia clínica, que no la encontraba en la base de datos; así que debía de haber hecho algo erróneo durante la guardia en la que habíamos ingresado a un paciente.
Algo aterrado sin saber porqué, mi mente comenzó a recordar, con esa rapidez que luego me daría fama, qué había hecho yo ese día que no alcanzaba a situar en el mapa (hacía diez guardias al mes, sin libranzas, y trabajando de mañanas también, tenía la mecha consumida).
Le expliqué cómo había hecho siendo así que seguí los pasos que se me habían dado para guardar los datos en el ordenador.
– Pues te has equivocado. Algo has hecho mal.
Le pedí permiso, me senté frente al ordenador y ¡oh, sorpresa!, al primer intento apareció el informe. Ella se quedó muda. Y yo respiré aliviado.
Me levanté, ella se sentó delante el ordenador y me dio las gracias y me despidió sin mesura pero con estilo, demasiado harta que de nuevos R1 como para preocuparse de uno que, gracias la Providencia, salvó su pelo por una vez.
Cuando volví a la planta de Medicina Interna en menos de quince minutos, mi adjunta se sorprendió al verme tan aliviado y después se echó a reír.
– Creo que te va a ir bien.
Y así pasó.
Elsa Betancort era una mujer valiente, que no tenía pelos en la lengua, un carácter de mil demonios, accesos de ira épicos, una gran preocupación por los pacientes y por el trabajo bien hecho, una perfeccionista puntillosa y algo desconfiada, que jamás exigía menos de lo que ella misma daba.
Tuvimos desencuentros, casi todo por tonterías, y así fueron olvidados. Compartíamos gusto por llegar temprano; me aficionó a las tisanas madrugadoras; se preocupaba por lo que decían los demás de mí (aunque poco antes de su retiro, hace unos cinco meses, se dio cuenta que, aparte de falsos, esas cosas no tienen importancia ni peso en el mundo real); y quería que fuese feliz.
Tenía mucho de compañera, algo de madre, una capacidad poco habitual en las técnicas médicas, que hacía con una elegancia y destreza sin igual; imponía cierto respeto y creaba en aquellos en quienes confiaba, una red de simpatía y de cuidados que la hacía única.
Enfermó pronto y se ha ido aún más rápido, tan discreta con su vida personal como lo fue siempre. La última vez que la vi, en una habitación de hospital, daba buena cuenta de un bizcocho que mi madre le había enviado como prueba de afecto: se habían conocido años antes y se habían caído bien, aunque no mantenían una relación estrecha ni continuada en el tiempo (por cierto, mi madre también la conoció en uno de esos arrebatos que tanto la caracterizaban: marca de la casa; ahora que lo recuerdo, me hace reír.)
Me decía que estaba sorprendida del afecto que la gente le mostraba. Pensaba que ya no se acordarían de ella enfermeras, auxiliares y celadores que habían dejado la UCI muchos años atrás. Pero allí estaban. Veteranos de guerra como ella, mariscales de campo actuales e incluso gente joven a la que seguía aterrorizando pero que eran capaces de ver, como todos los que la apreciábamos, su verdadera valía y lo comprometida que estaba con su trabajo y con la calidad de lo que la rodeaba.
Eso la hizo llorar. Verse rodeada de cariño gratuito, de una generosidad sin eufemismos, hizo que sus últimos días conscientes como médico veterano de muchas guerras en la UCI valiesen la pena.
Y eso es algo que desde aquí me gustaría transmitirle a todos y cada uno de los que la apreciaban, que la aceptaban a su manera y que aún hoy, o quizá hoy con mayor motivo, la extrañan.
Organizamos su fiesta de jubilación y fue un éxito: pocas veces la vi tan radiante y tan serena, tan feliz. Fue una noche singular, sin duda, y me alegra que le gustase tanto, porque en el fondo la organizamos, todos los que pusimos un granito de arena en ella, con verdadero cariño y con gratitud.
Porque siempre es de agradecer la amabilidad, la corrección, la rectitud y alguna que otra bronca, aunque fuese inmerecida. Al final, todo vale para fabricar el cariño y para apuntalar una admiración.
Hoy, la Dra. Elsa Betancort nos ha dejado. Pero sólo por un tiempo.
Hasta luego, Elsa. Ha sido un placer, y un lío y una alegría compartir una docena de años contigo. Gracias por todo y por nada en especial. Sólo por haber estado allí.

