Pero no sólo el VIH. También el virus de la Hepatitis C (VHC), el virus de la Hepatitis B, y el resto de enfermedades transmitidas por contacto sexual o por drogas por vía intravenosa. Todas las acciones con riesgo disminuyen nuestra capacidad como seres humanos, por más excitantes y adrenalínicas que nos parezcan.
Ser responsable con la vida, no sólo con el aborto. Ser responsable de la vida de los otros, pues cada vez que nos acercamos a alguien lo hacemos acompañados de todos aquellos con los que hemos convivido íntimamente, aunque fuese sólo un fogonazo de placer.
Llevo viviendo en España más de 20 años. Y he visto de todo varias veces repetido. El dolor de la incomprensión terrorista; cientos de vidas segadas por el ansia de lo diferente; el dolor de un país por el asesinato de un joven concejal; las lágrimas de un terremoto; la marea negra del progreso; el infierno de Atocha. Y he visto cómo de la oscuridad nace la luz, lenta y misericordiosamente.
Y es algo que siempre les pasaba a otros. A capitales importantes, a centros de poder, a lejanas zonas.
Pero no.
El descarrilamiento del tren de alta velocidad a las puertas de la ciudad en la que vivo, por los motivos varios que sean (porque nunca se debe a un solo error, si no a una concatenación de ellos), me enseñó que, por más pequeña y empeñados en que la veamos insignificante ciudad, la tragedia también llega a Santiago de Compostela pare recordarnos, como ya cantaba Rosalía hace dos siglos, que la Negra sombra se acecha con Galicia y que siempre le hará sombra.
Yo estaba aquí sentado ayer a esta misma hora. Comencé a oír sirenas y el murmullo del helicóptero. Qué raro. Inmediatamente pensé en mi compañera de guardia en la UCI del hospital. Menudo día para estar de guardia: una fiesta que se ha hecho mundialmente conocida, muy visitada, y por encima un accidente temprano, antes de los festejos. Menuda noche.
Menuda noche, sí señor.
Poco después vi la noticia en la red: un tren había descarrilado y se contaban cuatro muertos. Y ya me puse en alerta. Aunque puede que no fuese a más. Cuando las noticas, raudas, aumentaban el volumen de lo acaecido, mi madre me dijo si no debería ir al hospital. Yo dudaba. Pero me aferré al sentido común: salvo ser llamado, estorbaría si no era necesario.
Pero esa duda no cuajó mucho en mí. Sonó el móvil y ya no tuvimos parada. Había llegado un momento único que casi nunca se vive.
– ¿Puedes venir al hospital?
Por supuesto, no hubo duda.
– Voy.
Diez minutos y entraba corriendo por Urgencias. Y fue como toparse con un trocito del horror. Enfermos que entraba y salían, personal sanitario afanado, sangre por todas partes y cierto caos. Suponíamos que era grave, pero aquello era más de lo que creíamos. De hecho, aquel montón de traumatizados era la punta del iceberg.
Inmediatamente pregunté dónde era útil. Mi jefe me indicó que subiese a supervisar la UCI siendo que la médico de guardia estaba allí en Urgencias. Allá me llegué: comprobé que mis compañeros de refuerzo no necesitaban más ayuda y volví a chequear aquellos enfermos que podían ser llevados a habitaciones normales donde el resto de compañeros médicos y enfermeras estaban dispuestos a recibirlos.
Pero yo no me podía quedar encerrado en la UCI a la espera de lo que iba a llegar. Así que bajé a Urgencias y me uní al grupo de mis colegas Intensivistas. Estaban con un enfermo: Desconocido 2. A su lado estaba una de nuestras enfermeras, que se había quedado como el resto de sus compañeras para apoyar al turno de noche: el mismo ejemplo lo siguieron los auxilaires clínicos y los celadores. De lo más pequeño a lo más grande todos, todos estábamos allí.
Gritos, desesperación, sufrimiento, sangre derramada, pérdida de conciencia, estremecimiento y miedo: así era Urgencias. Nos dividimos el trabajo: grupos de médicos y cirujanos para cada enfermo. Como eran traumatizados, era necesario hacer pruebas radiológicas. Todo el equipo de rayos estaba preparado en la planta siguiente de la que estábamos para hacerlo. Y gracias a mis compañeros, Desconocido 2 y yo éramos los primeros listos para ir hacia allí. Así que nuestra enfermera intensivista y yo lo acompañamos.
Una vez en la planta tuvimos que esperar. Un enfermo más grave bajó en el otro ascensor. El médico de Urgencias que lo llevaba me pidió ayuda. Y así, sin saber cómo y sin comprenderlo, me di de bruces con la realidad de estas situaciones de apremio y certeza: la propia vida, la propia situación, nos pone en nuestro sitio.
Los enfermos comenzaron a bajar y en un pestañeo ella y yo estábamos a cargo de diez. Debíamos clasificar quiénes deberían ir primero a hacerse las pruebas y terminar, o bien ingresados en UCI y Reanimación, o bien ir directamente a Quirófano.
Y había que atenderlos, porque necesitaban de nuestros servicios especializados.
Todo funcionó maravillosamente. Nada estaba planeado, pero el sentido del deber y de Servicio, eso que nos ha llevado secretamente hasta allí y que siempre está escondido en la mediocridad del día a día, afloró y nos guió en aquel instante de locura.
Los radiólogos informaban al instante, los auxiliares y técnicos se portaban a las mil maravillas, las supervisiones de enfermería me ofrecieron toda la ayuda, y la enfermera intensivista, de esas mujeres estupendas que valen para unas buenas risas y para el trabajo más arduo, me facilitaron una labor que no pedí, que no busqué, pero que me salió al paso.
Allí conocí a Lluis, con un gran tajo en el tórax, respirando con dificultad. Y a José María y a Aurora, que temblaba como una hoja por perder tanta sangre. Y a Iago, que lloraba por dolor y la falta de vida. Y a Markus, de apellido impronunciable, en un español simple que le bastaba para comunicarse más o menos claro, con un gran hematoma en el abdomen y sangrando a chorro por él.
– ¿Hablas inglés?
Le pregunté. Él asintió. Fui incapaz de pronunciar su apellido en alemán. Le dije que si no le molestaba, sería Markus para todos y casi sonrió.
Llegó el jefe de Cirugía apremiando porque había que cortarle la hemorragia y el resto de su equipo. Les enseñé aquellos que ya tenían las pruebas. Los anestesiólogos que empezaron a bajar con sus pacientes asignados tomaban también nota de esa pequeña fila de enfermos que teníamos en los pasillos de Rayos. Y le tocó el turno a Markus.
Lo llevamos hasta la camilla del TAC. Recuerdo que le apreté la mano y le guiñé un ojo. Y le dije que ahora le íbamos a hacer un escáner y después iría al quirófano y que el dolor pronto pasaría. Me miró a los ojos y asintió. Creo que me creyó. Eso espero. Me llamaron para que atendiera a otra urgencia y nunca más supe de él.
Cirujanos, Traumatólogos, Anestesiólogos, Internistas, Vascualres, Torácicos, Neurocirujanos Intensivistas, Urgenciólogos: todos estábamos allí. Todos teníamos algo que hacer. Y Enfermería y Auxiliería y Celaduría se multiplicaban como por ensueño. Y las Asistentas de limpieza, que bregaron con la escasez de personal para que todo estuviese lo más limpio y aséptico posible.
Todos, todos teníamos quehacer. Y ni una queja, ni una palabra más alta que la otra. Trabajamos al unísono, como un mismo cuerpo, un mismo brazo, un mismo corazón. Los auxiliares administrativos intentando verificar los nombres de los enfermos, y dibujando estructuras de ayuda para los familiares desesperados y perdidos. No fue perfecto, pero fue único.
Ni un suspiro de cansancio: no teníamos tiempo ni para respirar. Aquí y allí estábamos todos al quite. Y Desconocido 2 ya en su cama de UCI esperando el bautizo de su nombre.
Sin embargo, en medio de la refriega yo lo observaba todo y me observaba a mí: mis miedos, que quedaban atrás, mis tristes torpezas, y ese impulso, porque es lo que tironeaba de mí y de todos, de Servir, de Aliviar, de Sustentar… En la Negra Sombra surge lo mejor de cada uno y qué pena que necesitemos de esas sombrías horas para que salga todo a la Luz.
Pero allí estábamos.
No todo estaba arreglado. Pero los cientos de heridos estaba ya ubicados y tratados. La treintena de heridos graves iban y venían de Quirófano; los muertos también tenían su sitio, y las esperanzas y los sufrimientos familiares también.
A las cuatro de la mañana volví a casa. No podía con las ganas de llorar. Y aún hoy no puedo y no sé la razón. No soy de llanto fácil y sin embargo no puedo hablar de esto sin emocionarme.
Pensamos que sólo le pasa a otros, a ciudades grandes, a grandes momentos de la historia. Pero la Historia que se teje de pequeños instantes, a veces nos lanza una ráfaga semejante para que todo cobre una nueva perspectiva: de la Negra Sombra emerge la Brillante Luz. Y aquella era una hora oscura.
Afuera se había levantado el viento. No hacía calor pero tampoco frío. Y empezaba a caer el tan famoso orballo galaico. Y recordé lo mucho que esta mi tierra sufre, la indiferencia de todos los gobernantes que en España ha habido, y la resistencia pétrea de mis paisanos. Yo soy como ellos, aunque mezclado con aires caribeños; yo soy como ellos en el aguante, en la sabiduría de ceder a la fuerza del viento y en la resistencia granítica al paso del tiempo.
Me preguntan a veces porqué los gallegos son tan desconfiados: siglos de historia lo avalan. Y sin embargo, en compensación, son los más entregados y, siendo diferentes, saben ver en esas diferencias la igualdad que nos une.
Temblaba. Pero no era de cansancio, ni de miedo, ni de frío. Era de tristeza y de alegría, de esa extraña saudade tan propia de estas tierras, y de dolor también.
No sé si lo he hecho bien; ignoro si mi actuación fue la correcta o la que se esperaba de mí. Sé que pude hacer más. También sé que podía haberme quedado en casa, pero quién puede engañar al corazón.
Soy médico, a veces contra mí mismo. Y sé que aunque no ejerza más, mi corazón late por la vía de ese servicio y siempre saltará la vena sanitaria cuando alguien necesite ayuda. Y eso me entristece, no lo voy a negar, porque nunca estaré a la altura de otros mis colegas. Y, sin embargo, también me reconforta y me hace reír: de la Negra Sombra emerge, sin yo quererlo si quiera, la Brillante Luz. Y ya no lucho contra ello.
Espero que Markus haya salido indemne, y que ahora Desconocido 2, ya con nombre, vaya adelante. Y muchos de los cientos que pudieron sobrevivir a nuestra experiencia de humanos. Y mientras eso ocurre, me arrebujaré en mi rincón, viendo a las estrellas, para llorar un poco, niño llorón, por todos los que han sufrido y los que sufrirán por nuestros devaneos y nuestros errores.
Por ellos, y por la generosidad de los ciudadanos de Santiago de Compostela, y por ese inmenso grupo de sanitarios venidos de cualquier parte, contratados, con plaza fija, en paro o de vacaciones, en cuyo corazón late, como en el mío, la sangre del Servicio y del buen hacer, dedico estas pocas líneas sin sentido alguno, pero llenas de corazón.
El LES es LA enfermedad autoinmune. La primera diagnosticada, la primera estudiada, sobre la que se basan las demás, no es una Enfermedad Rara, todo lo contrario, cada vez es más prevalente, simplemente porque se diagnostica más y lo hace, porque la tenemos cada vez más presente.
Como toda enfermedad autoinmune, es más frecuente en las mujeres que en los hombres. Y, como toda enfermedad autoinmune, el sistema de defensa del cuerpo no reconoce sus tejidos como propios, y los ataca hasta destruirlos lentamente.
Hay futuro para el LES, como hay futuro para cada una de las enfermedades, que gracias a ella, se han conseguido estudiar. Pero queda mucho por hacer y mucho por dar a conocer.
Desde aquí, en Tiempo de Curar, nos unimos al llamado, y procuramos que todos seamos conscientes que la Salud es un bien preciado que pasa desapercibido, hasta que no la tenemos. Y que todos somos iguales, todos, pese a lo que nos divide o nos diferencia.
Yo era R1. Recién llegado al hospital, llevaba unos tres meses más o menos, desde la secretaría del servicio de Medicina Interna me dijeron que me llamaba desde la UCI la Dra. Betancort.
La adjunta que me tutelaba se echó a reír y me dijo que bajase de inmediato porque a la Dra. Betancort le gustaba la puntualidad, era puntillosa con las maneras y que me preparase si había hecho algo mal. Y lo decía muy en serio. Con una carga de respeto en la voz que no se da fácilmente.
Allá me lancé veloz por las escaleras: bajé como un rayo siete pisos hasta encontrar la secretaría de la UCI donde ella me estaba esperando furibunda. Se agitaba como en un acceso, aunque intentaba disimularlo.
Me preguntó quién era yo y allí se acabó la serenidad. Visiblemente incordiada me preguntó qué había hecho con una historia clínica, que no la encontraba en la base de datos; así que debía de haber hecho algo erróneo durante la guardia en la que habíamos ingresado a un paciente.
Algo aterrado sin saber porqué, mi mente comenzó a recordar, con esa rapidez que luego me daría fama, qué había hecho yo ese día que no alcanzaba a situar en el mapa (hacía diez guardias al mes, sin libranzas, y trabajando de mañanas también, tenía la mecha consumida).
Le expliqué cómo había hecho siendo así que seguí los pasos que se me habían dado para guardar los datos en el ordenador.
– Pues te has equivocado. Algo has hecho mal.
Le pedí permiso, me senté frente al ordenador y ¡oh, sorpresa!, al primer intento apareció el informe. Ella se quedó muda. Y yo respiré aliviado.
Me levanté, ella se sentó delante el ordenador y me dio las gracias y me despidió sin mesura pero con estilo, demasiado harta que de nuevos R1 como para preocuparse de uno que, gracias la Providencia, salvó su pelo por una vez.
Cuando volví a la planta de Medicina Interna en menos de quince minutos, mi adjunta se sorprendió al verme tan aliviado y después se echó a reír.
– Creo que te va a ir bien.
Y así pasó.
Elsa Betancort era una mujer valiente, que no tenía pelos en la lengua, un carácter de mil demonios, accesos de ira épicos, una gran preocupación por los pacientes y por el trabajo bien hecho, una perfeccionista puntillosa y algo desconfiada, que jamás exigía menos de lo que ella misma daba.
Tuvimos desencuentros, casi todo por tonterías, y así fueron olvidados. Compartíamos gusto por llegar temprano; me aficionó a las tisanas madrugadoras; se preocupaba por lo que decían los demás de mí (aunque poco antes de su retiro, hace unos cinco meses, se dio cuenta que, aparte de falsos, esas cosas no tienen importancia ni peso en el mundo real); y quería que fuese feliz.
Tenía mucho de compañera, algo de madre, una capacidad poco habitual en las técnicas médicas, que hacía con una elegancia y destreza sin igual; imponía cierto respeto y creaba en aquellos en quienes confiaba, una red de simpatía y de cuidados que la hacía única.
Enfermó pronto y se ha ido aún más rápido, tan discreta con su vida personal como lo fue siempre. La última vez que la vi, en una habitación de hospital, daba buena cuenta de un bizcocho que mi madre le había enviado como prueba de afecto: se habían conocido años antes y se habían caído bien, aunque no mantenían una relación estrecha ni continuada en el tiempo (por cierto, mi madre también la conoció en uno de esos arrebatos que tanto la caracterizaban: marca de la casa; ahora que lo recuerdo, me hace reír.)
Me decía que estaba sorprendida del afecto que la gente le mostraba. Pensaba que ya no se acordarían de ella enfermeras, auxiliares y celadores que habían dejado la UCI muchos años atrás. Pero allí estaban. Veteranos de guerra como ella, mariscales de campo actuales e incluso gente joven a la que seguía aterrorizando pero que eran capaces de ver, como todos los que la apreciábamos, su verdadera valía y lo comprometida que estaba con su trabajo y con la calidad de lo que la rodeaba.
Eso la hizo llorar. Verse rodeada de cariño gratuito, de una generosidad sin eufemismos, hizo que sus últimos días conscientes como médico veterano de muchas guerras en la UCI valiesen la pena.
Y eso es algo que desde aquí me gustaría transmitirle a todos y cada uno de los que la apreciaban, que la aceptaban a su manera y que aún hoy, o quizá hoy con mayor motivo, la extrañan.
Organizamos su fiesta de jubilación y fue un éxito: pocas veces la vi tan radiante y tan serena, tan feliz. Fue una noche singular, sin duda, y me alegra que le gustase tanto, porque en el fondo la organizamos, todos los que pusimos un granito de arena en ella, con verdadero cariño y con gratitud.
Porque siempre es de agradecer la amabilidad, la corrección, la rectitud y alguna que otra bronca, aunque fuese inmerecida. Al final, todo vale para fabricar el cariño y para apuntalar una admiración.
Hoy, la Dra. Elsa Betancort nos ha dejado. Pero sólo por un tiempo.
Hasta luego, Elsa. Ha sido un placer, y un lío y una alegría compartir una docena de años contigo. Gracias por todo y por nada en especial. Sólo por haber estado allí.
Hace ya un tiempo, hojas caídas y flores vueltas a nacer, que me pidieron un favor. Una pareja ya mayor, él rubio y buen mozo de todos los tiempos, parecía no encontrarse bien: se olvidada de las cosas, perdía atención, estaba notoriamente triste, se negaba a comer y tenía siempre frío.
Su mujer, preocupada, quería que lo viese un neurólogo porque temía, como parecía, que la temible enfermedad de la Demencia le estuviese agarrotando la memoria, destruyéndosela poco a poco con agujeros de olvido y de indiferencia.
Le comenté el caso a uno de los neurólogos más profesionales que conozco, de mi entera confianza, amable y guapo a su vez, lleno de una profesionalidad que para mí la quisiera: enérgico y dulce, con las ideas claras y siempre dispuesto a innovar y ayudar.
Era una pareja ya mayor, él octogenario y ella en la mitad de la setentena. No los había visto mucho juntos interactuando en público: se comportaban como una vieja pareja de muchos años, cansados de verse pero aún así animosos y codependientes uno del otro. La vida vivida que deja ese poso de costumbres y de calor que, aún en las situaciones más adversas, regala esperanza y comprensión.
La enfermedad había hecho mella en aquella gallarda apostura: el cabello rubio aún, los ojos claros tras gafas de oscuro lente y en silla de ruedas, pues apenas tenía ánimos para caminar. Cuando me vio me recordó lo igualito que soy a mi padre. Yo le sonreí. Y me tomó de la mano. Me preguntó si tenía frío. En consultas externas ese invierno hacía frío afuera pero no allí. Le dije que no, pero que él seguro que sí. Le puse mi bata por encima y no la quiso: llamó a su hija y ésta le puso su chal. Supuse que mantenía mi mano asida por saludo, pero cuando la quise retirar, no me dejó.
– Déjala aquí. Que tienes frío.
Este abuelo era chispeante, resultón, socarrón y, al menos en público, poco dado a las muestras de cariño abierto; como muchos hacemos, lo ocultaba tras palabrería y ademanes toscos.
Mientras esperábamos, se dedicó a recordarme historias de mi familia que él bien recordaba. Mi mano entre las suyas y toda mi atención. Su hija, amablemente, le pedía que me dejase tranquilo, pero él hacía que no la oía. Me hizo agacharme y, guiñándome un ojo, me susurró:
– Nada como hacerse el sordo cuando conviene. No lo olvides.
Y pasamos a la consulta.
El neurólogo lo exploró, hizo las preguntas de rigor y posteriormente se dedicó a examinar su memoria de forma más exhaustiva, terminando con el Mini Mental Test. Esta prueba a pie de cama es una forma rápida de evaluar el grado de memoria y atención que un paciente tiene. Dentro de su escala de valores ayuda al médico a aclarar un poco cuánto de las brumas de una posible demencia se esconde dentro de los comportamientos que nos parecen erráticos visto desde fuera.
Su mujer estaba sentada con él en el despacho. Su hija estaba a un lado y yo cerca de la puerta, como un invitado de piedra.
El neurólogo le hizo una pregunta:
– ¿Quién es esta señora?
Él no respondió. Se echó a reír con cierto pudor.
Se le repitió la pregunta. Yo esperaba (y el neurólogo también) que soltase alguna socarronería propia de los gallegos, que tanta fama tiene por el mundo delante. Pero no.
– ¿Quién va a ser? Es Mamá.
Mi amigo se calló unos segundos. La voz con que lo dijo, mirando directamente a su mujer, estaba llena de cariño, increíblemente repleta de amor. Sólo decir: Mamá hizo que nuestros corazones se derritiesen.
Su mujer le aclaró el médico que, siendo ambos padres de cinco hijos, se llamaban entre ellos Mamá y Papá.
– ¿Verdad, Papá?
Y él asintió.
– Sí. Cinco camándulas. Y me llamaban viejo. No le digo yo.
Y nos reímos.
El neurólogo siguió con su exploración. Y volvió a repetirle:
– ¿Quién es esta señora?
Podía sentirse molesto por la reiterada insistencia, pero aún así contestó:
– ¿Quién va a ser? La persona a quien más quiero en mi vida… ¿Verdad, Mamá?
Y le acarició el rostro con una delicadeza y una coquetería y un saber hacer que la hizo llorar. A ella, a su hija y a mí. Yo, que suelo ser un témpano de hielo. Debe ser la edad… No: era su ternura, el amor que había entre esa pareja, la historia que se intuía entre ellos y lo mucho, mucho que habían vivido ambos.
– Doctor, ¿usted cree que cuarenta años se pueden olvidar así como así?
Y su mujer ya no podía ocultar sus lágrimas.
Y el neurólogo prosiguió con su exploración hasta finalizarla.
Como conclusión, tras el resultado, resultaba evidente que padecía la enfermedad de la rémora. Su memoria iba poco a poco perdiéndose en el abismo de lo que nunca ha existido.
Su mujer encajó la noticia con una entereza que la hace aún hoy muy especial. Y él la escuchó con una indiferencia de viejo.
Hizo que me agachase de nuevo para susurrarme algo al oído antes de irse.
– ¿Para esto me has hecho venir? Anda, haz una cosa, neniño, haz lo que quieras con tu vida, pero hazlo bien. Y a los demás, que les den, ¿vale?
Y riendo, se fue en su silla de ruedas charlando tranquilamente con su mujer.
Lo volví a ver un año después en Urgencias, cuando me llamaron con apremio. Estaba moribundo. Sin mucha fe contribuí a atenderle. Lo estabilizamos un poco, recuperando algo el resuello. Cuando pudo hablar me pidió que fuese a por su mujer.
– Quiero a Mamá aquí.
Y allí la tuvo.
Murió una semana después: cáncer de pulmón no diagnosticado. La demencia era un signo del cáncer, pero no nos habíamos dado cuenta de ello. No hubiese tenido tratamiento alguno (a esa edad, y ese tipo resistente a todo) pero aún así, en el fondo un error que no se me olvida.
Pero en realidad lo que no podré olvidar nunca es ese regalo que nos dio, sin pedirlo y sin necesitarlo. Allí estaban dos personas que habían vivido una vida en conjunto, luchado juntos, enojarse, sonrojarse y sobre todo quererse juntos por más de cuarenta años, cinco hijos en común, cientos de problemas, miles de abrazos y millones de besos. Y aún en las tinieblas de la demencia incipiente, ese rayo de amor, fuerte como el que los unió un día, seguía brotando, seguía haciéndolos especiales, seguía iluminando una existencia que había valido la pena.
A de amor, pero también de amabilidad, de abrigo y de alegría.
Amor que todo lo puede, incluso con la demencia y, ahora, con la muerte.
– Treinta y dos años. Inmunodeprimida. Ha perdido más de diez kilos este mes, ya la verás. Insuficiencia respiratoria, suponemos. Aquí están las pruebas…
Quien me hablaba era el responsable de Medicina Interna durante la guardia. Un hombre a quien admiro por su sapiencia y su buen hacer. Si él comenta algún enfermo es porque necesita nuestra ayuda en UCI sin ninguna duda. Es tal mi confianza en él, que acepto sus ingresos sin verlos si quiera, porque sabe mucho más que yo de Medicina, tiene una generosidad como pocos,y un ojo clínico admirable.
Sin embargo me pidió que fuera a verla. Allí estaba el pobre pajarillo asustado. Respiraba con dificultad aunque todavía estaba entera. Sólo con un vistazo supe que tenía que ingresarla. Las pruebas complementarias no me eran necesarias para corroborar mi decisión, pero lo hacían.
Pálida, con sus ojos claros llenos de miedo. Yo estaba extrañamente cansado. Aun así me esforcé por explicarle, como me pidió sin rodeos, qué íbamos a hacer con ella y las posibilidades de empeoramiento que a todas luces veía. Intenté ser lo más atemperado posible. No es fácil decirle a una persona joven con todo el sentido que puede acabar sedada, intubada, conectada a un respirador y que eventualmente puede morir.
Sonreí cuando le dije que las cosas podían ir mal pero que intentaríamos con esto y aquello evitar ese último paso. No debí ser muy convincente. La pobre, aterrorizada, entendió mejor de lo que dejó entrever, y aceptó que iniciásemos el tratamiento. Me pidió que su madre estuviese cerca e intenté conseguir un arreglo especial para que se quedase un poco más del tiempo permitido: estaba aterrorizada por lo que estaba pasando y por lo que pudiese pasar a partir de allí.
– ¿Puedo morir? No me mienta.
Sonreí con risa de circunstancias.
– No acostumbro mentir, la verdad. Ni el resto de mis compañeros tampoco. Esperemos que no. Si todo sale como debe ser, en un par de días volverás a la habitación a seguir el tratamiento.
Diez horas más tarde, en plena madrugada, el neurocirujano me llama para exponerme un caso singular. Un paciente que había tenido una caída en casa mientras estaba bebiendo, se negaba en redondo a ser operado de una lesión cerebral urgente que significaría su muerte si no se llevaba a cabo de inmediato. Anestesiología se negaba a su vez a sedarlo en vistas de sus manifestaciones, a pesar de estar en evidente grado de embriaguez. Se habló con todos lo que se tenía que hablar, se enviaron todos los permisos al juez y ahora necesitaban que alguien lo vigilase con la esperanza de que empeorase lo suficiente para poder meterse de máxima urgencia y así solventar el escollo.
En los días de mi vida médica había ocurrido algo así. Pero acepté el ingreso porque había que vigilarlo de alguna manera. Cuando llegó, todavía oliendo a alcohol y con la cabeza medio rapada lista para la cirugía, me miró con ojos de alucinado y con cierta lentitud me expresó su deseo de no ser operado y de querer marcharse a casa.
No podía tener objeciones a lo de la cirugía, estando de acuerdo con el neurocirujano como estaba, pero en mi poder estaba mantenerlo ingresado para vigilarlo y cuidarlo mientras todo aquel lío legal se resolvía.
Le expliqué que estaba para eso y nada más, que le iba a dar tratamiento para su problema y sus dolores. Pareció hacerme caso.
– No quiero que me operen, ¿entiende, doctor? Sólo quiero volver a casa.
Su voz era apremiante y se notaba, por encima de su estado de embriaguez, un sincero deseo de hacer lo que pedía que le dejásemos hacer.
La chica fue evolucionando mal. Cada vez más cansada y con la respiración más dificultosa; no me quedó más remedio que decidir sedarla para intubarla y conectarla al respirador. Necesitaba descansar de tanto esfuerzo y sus pulmones requerían una atención y un aporte de oxígeno que con las medidas habituales no llegaban.
Le tomé de la mano y acariciando su frente como hago con todos los enfermos a los que hay que comunicarles malas noticias, se lo dije. Inmediatamente sus pupilas claras se dilataron y se negó en redondo.
– No, no, no. Nada de eso, No quiero que me intuben…
Pude reconocer los signos de pánico. Estaba muy nerviosa y, sobre todo, muy asustada. Me dediqué a convencerla usando todo el encanto posible. Ella seguía en sus trece a pesar de estar cada vez más cansada y con sensación de ahogo.
– Necesitas descansar… Y no te vas a enterar. Cuando todo pase te despertarás y notarás..
– ¿Cuántos días?
– Los que sean necesarios, pero no te darás cuenta, te lo prometo. Necesitas descansar y que tus pulmones no luchen tanto como ahora…
Algo debió ver en mí, la voz serena pero inflexible, o la necesidad real de descansar de aquella carga… Algo de esto o todo a la vez, consiguió vencer su miedo. Y logramos lo que habíamos esperado hacer desde que supe del caso en la planta de hospitalización.
Mientras tanto, el paciente de Neurocirugía seguía en sus trece.
Salí a hablar con su hermano. Entre muchas cosas me dijo que su madre había fallecido en febrero y que desde entonces estaba algo deprimido, bebía más de lo habitual y la extrañaba mucho. Era un buen hombre, albañil, había construido él solo la casa que habitaba y había cuidado de su madre desde que ésta había enfermado.
El paciente, a pesar de la intoxicación alcohólica, o quizá exacerbado por ésta, expresaba un sentimiento más profundo que, al desconocerlo, chocaba con nuestro hondo sentido del deber.
Cuando volví a verlo, no cejaba en su empeño. Sin embargo, sabiendo como sabía ahora sus verdaderos motivos, me dispuse a explicarle con bastante crudeza la situación en la que se encontraba y el inmenso riesgo vital al que se exponía, y aún peor, al elevado riesgo de padecer secuelas importantes por la tardanza que se estaba produciendo.
Saber qué le podía pasar y sobre todo cómo podría quedar lo impresionó. Al menos comenzó a tratarme con algo más de cuidado y de sentido común: creo que se dio cuenta que yo comprendía el motivo escondido de su negativa reiterada.
Ambos casos, tan diferentes, me hacen preguntarme dónde está la delgada línea que separa el deber de tratar de la entidad como persona que todo paciente es; dónde está el límite entre las decisiones médicas y las decisiones voluntarias de cada individuo; dónde la deontología deja paso a la humanidad.
¿Tenemos derecho a intubar a alguien simplemente para salvarle la vida? Sé que es mi deber, pero, ¿tengo el derecho de ir contra su propia voluntad? En el caso de la chica, sabiendo que su negativa era por miedo, pude enfrentar mejor la circunstancia: me gané su confianza diciéndole lo que merecía ser dicho y escuchándola y entendiéndonos. Es importante este flujo de comunicación, este lazo de respeto que debe existir entre todas las personas, pero en especial entre médico y paciente.
Pero en el caso de alguien que desea morir y que hace lo que sea para conseguirlo… ¿Dónde está el límite que me permite a mí ayudar a salvarlo de ese escollo para que encalle, quizá, posteriormente? No lo sé…
El Deber, el deseo de hacer lo correcto a veces choca con circunstancias vitales, con las personas y no sólo con casos, y nos llevan a reflexionar… Nuestro trabajo no es sólo curar o ayudar al cuerpo a regenerarse; es también oír e indagar y ver y tratar de conocer, en los escasos minutos que un problema agudo nos da, el contexto de vida y los sentimientos y los temores y las necesidades de cada una de las personas, y no sólo pacientes, a las que atendemos.
¡Qué complicado es todo lo referente a lo humano! ¿Dónde está esa fina línea que define el Deber? ¿Dónde está el límite entre la acción y la inacción que nos lleve a definir vidas, a emitir juicios y tratamientos o a intentar no darlos?
A veces todo parece fácil. A veces.
La chica terminó la guardia sedada e intubada y conectada al respirador. Al menos descansaba. Cuánto camino le queda para sanar…
Y dejé sin operar al testarudo borracho. Que quizá lo estaba, pero quizá su embriaguez sólo dejaba al descubierto su incapacidad de seguir viviendo sin su madre, su negativa a seguir con vida en una vida que ya nada tenía que ofrecerle…
¿Cómo hacerles ver que siempre hay una segunda oportunidad, en la que la Muerte es una posibilidad, pero también lo es la Vida?
No lo sé…
La delgada línea del deber sigue siendo difícil de ver y nos saca el sueño una y otra vez, y nos llena de preocupaciones en ese ímpetu, al menos por ahora difícil de extinguir a pesar del empeño de denigración que sufrimos por parte de la dirigencia política, de hacer las cosas con la máxima calidad y, siempre, con excelencia.
La Vida, la Muerte, el Deber, la Voluntad… En fin…