España: Centro del Mundo 1519-1682

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Hay algo subversivo en el alma española. No conoce su Historia. Esa ignorancia le da vergüenza y le condena, como por lo demás todos los países, a caer una y otra vez en los mismos errores. Robert Goodwin, británico (para variar) lo describe maravillosamente bien en su libro España: Centro del Mundo 1519-1682, de la editorial La Esfera de los Libros.

España no se ha recobrado de ese espíritu barroco del Desengaño: ningún pueblo ha retratado jamás en sí mismo la pasión hacia la grandeza y la eternidad, y al mismo tiempo su extrañeza y su penar al descubrir que nada de eso es posible, salvo la destrucción absoluta y la carnaza de unos valores que por firmes, no dejan de ser del todo imperfectos y perecederos.

España ignora su importancia, porque los siglos que sucedieron a esa explosión planetaria (incluso cósmica) que la catapultó a los más alto del Renacimiento como potencia motora, y al Barroco como potencia artística, de desestabilización, de desencuentro consigo misma y de desencanto, han perdurado más que los brillos ya algo mohosos de una grandeza que prometía durar una eternidad.

España ignora que nada es para siempre. Y se niega a seguir viendo que todos los grandes imperios en realidad duraron lo mismo que el suyo: un siglo, con resonancias más o menos lejanas en los tiempos venideros. Por ser el primero, por ser en realidad el más poderoso, el más unificador dentro de una diversidad demasiado intensa; por eclosionar en el encuentro de mundos desconocidos; la conquista, la mezcla (¿qué otro imperio del mundo ha llevado su sangre, su fe, sus costumbres, al grado de mestizaje del español?) y el resquemor, el Imperio español, el verdaderamente planetario, ha sido denostado, vilipendiado y engañado a lo largo de los siglos por conveniencia ajena y por connivencia propia con graves consecuencias para un país que lo tiene todo: lo bueno y lo malo a flor de piel, y que sabe interpretar a través de la cultura, la belleza y la religiosidad (tenga el sesgo que tenga) esa grandeza, ese mestizaje, ese saber ocupar un lugar en el mundo y esa riqueza que representa una tierra fértil, un sol secular, un mar bendecido por la Naturaleza y un clima recio, con cielos hermosos, llenos de contrastes, y un corazón que late, a sangre y fuego, por encontrar ese pedacito de paz que le ha sido negado siempre.

Robert Goodwin ha escrito el libro que España necesitaba. En sus hojas jamás hay una excusa, jamás un juicio. A mi parecer es el primer historiador que no juzga con los ojos del Siglo XXI lo que era el mundo que va de finales del S. XV al S. XVII. No hay en toda esa erudición presentada como una novela agradable y llena de giros, con una estructura en círculos concéntricos maravillosa, una línea disonante, un dato que no encaje, la mera insinuación de un error; jamás una comparación odiosa, jamás un comentario hiriente; y siempre una admiración profunda y verdadera sobre la grandeza de un pueblo que creyó con pasión en un sueño de riquezas y poder (y que lo obtuvo) pero que ignoraba, hasta que se dio cuenta dando lugar a ese esplendor único llamado Barroco, que nada en la vida es para siempre y que todo tiene un precio: querer vivir en la ignorancia apartando la vista hacia otro lado, y reconocer en lo más profundo esos errores y juzgarse duramente por ello y enmendarse, rodeándose de pobreza y minimizándose hasta el extremo de querer desaparecer de la esfera mundial, al no considerarse digno de haber alcanzado tamaña empresa y, todavía más, de permanecer en ella hasta que se apagase el sol.

Todo en el libro de Robert Goodwin es maravilloso. Todo. La estructura con que está escrito, el lenguaje ameno, vibrante, incisivo, lleno de una profundidad intelectual que desarma, que no juzga, que saca a la luz las tripas de una forma de ser, el alma de un sueño de vida y su reflejo en las labores humanas; de un pueblo que se volvió grande de repente, que supo serlo y que cayó, pensándose pronto, víctima de errores que ha considerado siempre como propios pero que son connaturales con la naturaleza humana: Robert Goodwin nos demuestra que el Imperio español fue el centro del mundo, pero que sus errores fueron y han sido, en realidad, casi universales.

Antes del Imperio Español fue el Imperio Azteca, el Imperio Inca y Roma, y antes de Roma, Macedonia, y antes de Macedonia, Persia, y antes de Persia, Egipto y Babilonia, hasta pensar en Dalamacia y la oscura Atlántida, por resumir en unos trazos docenas de miles de años de historia humana. Todos ellos han perdurado en la memoria histórica; cómo no iba a hacerlo el primer Imperio verdaderamente mundial, cuyo orbe manejaba dos manos pálidas como si fuese una pelota de hojalata. Pero, como ocurre con las obras de Arte que el tiempo cubre de impurezas y de sombras impuestas, la historia de ese momento único en el mundo, porque fue único (jamás volvió a ver algo igual, todos los que le sucedieron no fueron más que copias basadas en su ejemplo), se vio modificada por intereses contrapuestos, por exposiciones cegadoras, por oportunos ocultamientos, es decir, por conveniencias banales, que sólo ahora, después de esta experiencia cargada de muertes y de cambio inmediato y constante, consiguen desvelarse y mostrar su esplendor, porque son hermosas en su conjunto de brillantez y oscuridad, libres por fin de intereses creados o de falsas creencias que a nada llevan.

He leído unos cuantos ensayos sesudos sobre este inmenso período hispano. Eran demasiado densos, demasiado concentrados en el detalle, pero por encima de todo, juzgaban una y otra vez cada uno de los recovecos de la historia que contaban. Si de Alejandro Magno se dice que no hay que juzgarlo sino con los ojos de su tiempo, ese principio de imparcialidad debería imperar (y de hecho, ocurre en todos los países menos en la todavía pía -por irracionalmente adherida a una culpa externa- España) en la historia hispana, pero no lo había encontrado hasta hoy. España, Centro del Mundo 1519-1682 es la joya que tanto anhelaba leer, la descripción magistral de política, cultura, costumbres y enfoque que debería tener todo historiador. Es, quizá, la primera obra moderna de historia, escrita para ser leída con facilidad sin legajos abstrusos, y llena de amor por lo que quiere mostrar, desplegando la historia de los Austrias hispánicos como un hermoso bordado en el que se plasma, a modo de Tiziano, de El Bosco, a modo de El Greco, a modo de Zurbarán y de Velázquez y de Murillo, los verdaderos colores de un imperio donde no se ponía el sol, en donde nació la Banca moderna, las costumbres que pasarían a imperar en el mundo desde entonces (apenas modificadas por el paso del tiempo), donde el estudio sobre el hombre, los derechos de los demás, la preocupación por reglar un mundo informe, el ansia, el lucro, la avidez y la piedad jugaron un papel único y dieron vida a un momento singular de la historia humana. Ese momento mágico en el que el mundo se hizo planeta ha llegado hasta nosotros a través de las costumbres, de internet, del cine, del teatro, de la literatura, de la tecnología y de los viajes eternos por mar, tierra y cielo. Robert Goodwin nos demuestra, en este fresco maravilloso, que no somos más diferentes de lo que eran esos españoles imperiales y que apenas hemos cambiado en las formas pero no en el fondo: la codicia, la imparcialidad, el ansia de posesión, pero también la piedad, el sueño de igualdad y de concordia y la preocupación por los que sufren, los desheredados y al ampulosidad de un capitalismo que nunca nos ha abandonado desde entonces… No hay mal en ningún país del mundo que España no mostrase en ese siglo único, ni ningún imperio que haya durado más que el inmenso plantea hispano; eso sí, nadie ha vivido ese surgimiento y esa pérdida con más pasión y más desconcierto que España, a la que aún hacen temblar los ecos que sobreviven en su inseguridad (en su falta de conocimiento sobre su Historia).

Francia siguió a España; Inglaterra, una vez lavada su cara de ínsula pirata, alumbró el albor del S. XX… La pérdida del rango de imperio fue distinta en cada país: en Francia, a grito de Igualdad, Libertad y Fraternidad (conceptos que ya manejaban los eruditos de Salamanca, como bien deja claro Goodwin en este volumen, así que ni siquiera los Derechos Humanos nacieron en el suelo francés -Estados Unidos se había adelantado en cuanto a libertad y soberanía popular, pues cabe recordar aquí que el sanguinario paso de una Monarquía a una escueta dictadura y posteriormente al imperio de las armas napoleónicas, dejó tras de sí un reguero de sangre propia de un pueblo corto de luces y ansioso de venganzas que no se vio en el nacimiento de la nación norteamericana, al menos en sus comienzos, claro-) con la efímera y sangrienta Revolución Francesa; en Inglaterra, gracias al ruido irreverente de las guerras del S. XX, apenas si pasó desapercibido, maquillado por la máquina de propaganda y cultura que aún imperan (nunca mejor dicho) en nuestros días: ese espíritu insular, y ese asco por lo distinto, siguen tan vivos hoy como en el S. XVI: el Brexit es el mejor ejemplo de las raíces reales de un pueblo que ha cambiado apenas nada y que sobrevive con la añoranza de un imperio que apenas duró un siglo y que se desvaneció en la nada, salvo quizá en la enjoyada cabeza coronada de una Reina-símbolo-objeto, que todavía perdura gracias a una longevidad oculta en sus genes regios… En fin, como dice el dicho: en todas partes cuecen habas.

Ojalá España deje por fin ese sentimiento de inferioridad nacido de su desconocimiento, de su falta de discernimiento, de ese marcha por el desierto del desconcierto y la pequeñez. Su grandeza, que todos los demás captamos y admiramos, y que late en su Arte, en las líneas de sus novelas y poemas, en el pensamiento de sus filósofos, en las pinceladas de sus pintores, en el arrebato de sus paisajes y su gastronomía, en la belleza de sus ciudades, en el saber vivir de una raza antigua que merece disfrutar de su lugar magnífico en la Historia,  y en el día a día.

Robert Goodwin muestra ese fresco, retrata esa belleza y esa podredumbre, ese saber estar y esa inestabilidad tejiendo la vida de sus principales actores, mezclando temperamentos y biografías, y mostrando, con una acerada visión del arte escrito y pictórico y escultórico y arquitectónico, los ecos del corazón de un pueblo y de un tiempo único en el mundo sin prejuicios, sin ahorrase sombras y sobre todo, por encima de todo, y en eso reside la grandeza de este ensayo, repleto de libertad y respeto y amor por España y su lugar mundial, su verdadero legado planetario, y su peso específico de olores, sabores y tactos, convirtiendo un libro sobre historia en un tratado sobre filosofía de vida y sobre arte y humanidad.

Otro yo.

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villalonga

He tenido días mejores. He tenido mejores épocas. Fui joven, piel lozana que brillaba al sol y que ignoraba que lo era; semanas que pasaban una tras otra sin discontinuidad donde el corazón latía sin saber que vivía y soñando sin pensar que jamás se realizaría el material con que tejía esos sueños.

A veces me miro en el espejo y no me reconozco. No soy yo. Yo no soy yo. Porque yo era guay, era genial, reía espontáneamente, apenas dormía pero no tenía cansada la mirada y trabajaba sin descanso, sin ser consciente de que lo hacía, porque era feliz.

Todo me llevaba a ese estado de embriaguez: la inconsciencia de lo que está pasando, la excesiva confianza en el porvenir, esa rara facilidad de que todo ocurre porque debe ser así.

Pero ese yo, si fui yo, ya no existe. Ese yo que era todo posibilidad ha muerto en este otro que se ve en el espejo sin reconocerse, ya mayor, con canas en las sienes y ojeras perpetuas; cuyo cuerpo reclama un dolor, una digestión pesada y un rencor más grande que el corazón.

Ese reflejo no soy yo, no el que una vez soñé que sería. Y en este punto de la vida, en el que no puedo revivir hacia atrás salvo por tristeza, el desengaño de mi propia existencia me apuñala el alma y me vacía lentamente, desangrando mis ilusiones, perdiendo cada una de las esperanzas (¿las tuve alguna vez?), deshilachando el mundo de lo que puede ser y revelando el mundo de lo que ha sido, demasiado oscuro y gris e inútil que estalla hoy a mis pies.

He tenido temporadas mejores. Al menos momentos en los que este peso del mundo llevo mejor. Hoy ya no puedo con él. Hoy mi mente se acompasa con el corazón cansado y se imagina otros yo que pudieron ser mejores versiones de mí mismo, que supieron amar, que latieron aventureros, que vivieron una verdad que sigue quemándome los labios; me detengo en dibujar otros yo que amaron a pleno sol, que dejaron atrás ideas impuestas por otros, que hallaron un camino propio y cuyos errores asumieron como parte de la vida, esa vida que se regalaba feliz de tenerlos cerca. Cada recodo del camino, cada error, cada acierto, los han llevado a la meta de la felicidad: es instante alciónico en el que todo converge y que dura la eternidad de un recuerdo retenido, de una memoria evocada.

No lo sé. Pude tener tres hijos, o ninguno. Pude amarle a él de verdad, sin agobiarle con mi actitud pasivo-agresiva; pude desembarazarme de responsabilidades que no eran mías, pude mudarme y empezar de cero una vida que deseaba fuera mías: mi propio piso, mi trabajo, mi tiempo para mí mismo, sin justificaciones y, sobre todo, sin mentiras; creerme enamorado y sufrir por desamor, viajar sin preocupaciones y tener todavía algo de dinero para un capricho, o dos, o ninguno. Otro yo que no temiese abrazar a su amante a la luz de la luna, ni besarlo en una esquina recóndita, que lleva de la mano un pequeño, coleccionar amantes como se coleccionan cromos; olvidar el sufrimiento del mundo una vez se cerrase la puerta del hogar y vivir rodeado de belleza humana y natural, plantas y animales, ladridos de perros, trinos de pájaros y chirriantes gemidos de alarmas ajenas, música desafinada y, también, un toque desenfadado y hasta de mal gusto.

Otro yo que no se preocupase en exceso de la opinión ajena; que cuidase no hacer daño gratuito a los demás; que deseara su trabajo, que lo admirase y quisiese; que fuera impasible y dulce, imposible y cariñoso, callado y hablador por los codos, que fuera querido y admirado, un punto envidiado también, y difícil de olvidar… Alguien que no soy yo.

Pero ya nada es posible. El destino no gira de vuelta y no hay finales felices, no hay ni siquiera un final, si no un continuo de pobreza, aburrimiento, una vida gris dependiente de los demás, asqueado de lo que le rodea y con quienes trabaja, a veces lleno de miedo y otras tantas, presa de un arrebato de valentía que es un mal remedo de lo que una vez pudo haber sido. Y consciente de que, si pudiese hablar de nuevo con aquel chaval de veinte años que se creía capaz de todo, le diría que despreciase la admiración ajena, que jamás vendiera sus ilusiones por la vida de otros, que nunca aceptara llevar responsabilidades que no le correspondieran y que era libre de ser quién es, de vivir quién es y que jamás, jamás estaría en deuda con nadie aceptándolo. Que se mudara a Madrid, que se escapara a Menorca, que estar gordito es una opción tan válida como estar en forma, y que quererse a sí mismo es el mejor regalo y la única vía de vivir una vida plena.

En fin…

Otro yo no sería este yo. Sería una versión mejorada de mí mismo. Con su problemas, con sus defectos, pero sería pleno, contundente, pesado, hecho a sí mismo, único y feliz, por sobre todo feliz.

No como soy hoy.

He tenido días mejores…

Leonard Cohen: poesía, música y singularidad.

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El gesto (de Hernán Quipildor).

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 El gesto es un libro único. Por su formato, por su bella edición, absolutamente sencilla pero bien desarrollada y sobre todo, por encima de todo, por su brevedad, ese gesto único de abarcar el universo en unas pocas líneas cargadas de emoción y de vida vivida, que hacen del pensamiento del autor, poesía.

Hay en El gesto mucho de alma. Un viaje interior racionalizado, un hallazgo que llena de paz y de alegría y que desea derramarse, compartirse y hacerse oír. El gesto es sucinto pero concentrado como un rayo láser, tiene el sabor de un beso y la duración de una sonrisa, permaneciendo en el recuerdo, arando los campos del ser con profunda sutileza.

La racionalización del pensamiento para luego lanzar al espacio las ideas en una sola emoción, el descubrimiento único y compartido sobre el (real) origen del ser, la red de autopistas que nos unen, sin ser conscientes a través de la conciencia hecha gesto, en corazón y destino, son el resultado de la experiencia vital de Hernán Quipildor, que refleja en su gran pequeño libro, la razón, el sentimiento y la fuerza que brota de la conciencia del amor y que se desparrama, por la libertad de amar, a todo lo que le rodea.

Es un pequeño ensayo sobre la vida, o mejor, sobre lo que tiene la vida de secreto revelado, y está lleno de esa alegría desbordante del descubrimiento y del ansia por compartirlo. Razón y emoción, conciencia y materialización, mediante el gesto (de oír, de oler, de tocar, de hablar) de ser uno y todo, o todo a través de uno mismo, rayo de luz blanca o arco iris refractado, corazón y mente, alma y destino. El gesto de hallar y de comprehender y de compartir: Hernán Quilpidor en su alegría regala esperanza y sonrisa y calma y desafío en cada una de las líneas de El gesto, un mapa de felicidad y de unidad tanto como una reflexión sucinta y bella sobre el ser y su juego con la vida.

Sonríe.

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Hace un tiempo recibí un whastapp de un amigo de la distancia que quería hablar conmigo. No era particularmente tarde, pero ya era de noche. Los días de otoño con ese secreto escondido. Quería saber si podía charlar un rato. Faltaría más.

Noté en su tono de voz que algo no iba bien. Siendo como es una fuente de vitalidad y de sonrisas, esa voz aterciopelada acostumbrada a acariciar y engatusar con palabras y tonos sonaba a tristeza y a algo más, todavía encubierto. Pero era fácil adivinar que le preocupaba algo.

Tengo una cierta tendencia a vivir la medicina desde un punto de vista visceral: el conocimiento está allí, pero hecho un amasijo, un magma del que parten, aquí y allá, ráfagas de intuición que llegan a mi mente con una imagen muy clara en mi días buenos, y en aquellos malos, cuando no me fío de mis instintos, la situación me viene a poner en el lugar correcto una vez las consecuencias se desvelan ante mis ojos. Con él pasó algo similar.

Al hablar me comentó que llevaba días con malestar de estómago, que no le mejoraban pese al tratamiento con los inhibidores de bomba de protones (IBPs o, para legos y que nos entendamos todos, el omeprazol y toda la familia que se ha desarrollado a partir de él) y había ido al médico. Le había hecho una gastroscopia (endoscopia digestiva alta) e inmediatamente después lo llevaron a hacer un TAC; tomaron biopsias y le dijeron que en unos días le darían el resultado.

Él buscaba alivio a sus nervios, un canal en el que expresar sus pesares y encontrar cierta comprensión y calma. Lo que no sabía mi amigo es que me había metido en un aprieto. El instinto llegó a mí con la fuerza de un rayo láser. Sabía, sabía, que no era nada bueno. ¿Debía decírselo? ¿Cómo hacerlo a kilómetros de distancia y sin estar completamente seguro de todas las pruebas que le habían realizado? Pasaron sólo unas milésimas de segundo. Estaba ansioso pero entero, una especie de mezcla que seguro siente cada vez que sale al escenario a ejercer su profesión: es actor.

¿Cómo decirle a un amigo al que se aprecia que seguramente, seguramente, tendría algo no muy bueno en su estómago? ¿A un hombre guapo, con todo por delante, bien visto en su profesión, adorable, encantador, picaflor y con la sonrisa más bella posible, que en su cuerpo se estaba obrando algo que no parecía nada bueno?

Resoplé. Eso a mí se me da bien (resoplar). Y opté por lo que me pareció la opción más sensata: de menos a más.

Le dije que había tres opciones. La primera, una úlcera de estómago (vamos a obviar aquí las diferencias entre una úlcera gástrica y una dudodenal); en todo caso estaría con el omeprazol a dosis dobles durante unas cuatro a ocho semanas y un tratamiento antibiótico que no siempre era fácil de tolerar pero que tenía varias opciones para cambiar por si había efectos secundarios. No le dije en ese momento que estaba casi al 100% seguro que no tenía una úlcera de estómago, porque eso de salir corriendo a hacer un TAC va a ser que no es la respuesta inmediata ante una lesión que simula una simple úlcera péptica.

Notó mi silencio posterior y armándose de valor me preguntó por las opciones que quedaban. De las dos, que no eran buenas, una era menos mala que la otra. No pude andarme con tonterías en este punto. No le dije que sabía que tendría una de esas dos de seguro, pero le expliqué someramente que podía ser o bien un Linfoma gástrico, generalmente de estirpe No Hodking, generalmente bien diferenciado y generalmente de células B y generalmente de buena respuesta a la quimioterapia. La otra opción era quizá más sombría: Adenocarcinoma de estómago…

Me preguntó qué tratamiento tenía. Resoplé de nuevo. Sólo experimentales a los que yo, si fuera yo (era la segunda vez que me enfrentaba a un consejo para un amigo como deseara que me trataran a mí), no me sometería.

Le tocó el turno de callar. Le oía respirar. Esa sonrisa que era tan suya, esa voz de terciopelo no estuvo allí por unos segundos. Pero volvió pronto.

– En unos días lo sabremos.

Y lo supimos. Si quieren saber cuándo me gusta que me digan que me he equivocado, es en situaciones así. A los pocos días mi amigo me llamó intentando conservar la entereza como todo un caballero. Era un linfoma con todos esos nombres raros que le había comentado. Que tenían que darle quimioterapia y puede que radioterapia. Y que le iban a poner una cosa que se llamaba reservorio… Lo dejé liberarse de la tensión unos minutos. Lloraba con esa tranquilidad de quien se sabe escuchado, y se llenaba a la vez de esa serenidad que nos da saber no ya sólo que nos escuchan, si no que nos comprenden. Claro que lo comprendía. Mucho más de lo que se pueden imaginar.

Como no hay mejor distracción que afrontar de frente un problema que sabemos que existe, le di todos los ánimos correctos: saldría bien ya que es de buen pronóstico; eso así, le dejé bien claro que su espléndida cabellera (preciosa) y esos ojazos perderían todo atisbo de pelo; no tendría barba ni ningún rastro de vello en el cuerpo; que la expresión cambiaría, ya de por sí brutal por la pérdida de las cejas, así como su estructura, el color de la piel y la sonrisa. Tendría días grises pero otros estupendos: los dos primeros días pos-quimio sentiría el cansancio del planeta, pero después recuperaría.Que debería tener cuidado con las infecciones, tomar los antibióticos que le darían, ondansetrón si tenía náuseas y que el reservorio era una vía que se colocaba en una de las venas grandes del cuerpo y debajo de la piel para evitar que los venenos de la quimioterapia dañaran sus venas periféricas… ¿Me entendió? Lo dudo. Pero había algo en esa perorata que le transmitió un punto de paz: se dio cuenta, como yo también en mi momento, que aquello también pasaría.

Y tanto.

Jorge Lucas jamás ocultó su enfermedad. Antes bien, a través de InstagramFacebook publicaba sus pasos, la evolución de su proceso.Era maravilloso verle reír (esa sonrisa tan divina y tan suya) cada vez que comentaba alguna novedad de su enfermedad. Sus amigos lo visitaban, y hasta le cantaban saetas en la habitación, y se iban de palmas y alegría. Esta gente artista… Y apareció en varios medios de comunicación con su aspecto de enfermo de cáncer sin tapujos, con normalidad, con alegría. Su proceso fue un ejemplo para todos, pero sobre todo para él.

Que tuvo días malos no lo dudo, pero supo sobreponerse a todos ellos, a las molestias de la quimioterapia en los dedos, en los tactos; el riesgo de coger una infección o que la medicación dañase la producción de la médula ósea. Todo eso y más lo vivió con delicadeza, con asombro y, sobre todo, con una sonrisa.

Nunca se olvidó de sonreír. Y una vez me escribió un mensaje: Sonríe.

El tratamiento terminó y no quedó restos de linfoma en su cuerpo. Nadie está libre de enfermedad (al menos médicamente) hasta pasados 10 años sin que se registre ningún resto de la misma en el cuerpo. Esas expresiones banales: He vencido al cáncer, por ejemplo, son falsas. Hay que estar vigilantes y sonreír, como Jorge Lucas ha hecho, y seguir adelante. Ahora le quedan cientos de exámenes periódicos que, si saca buena nota (como lleva haciendo) se irán alargando en el tiempo, disminuyendo en número, hasta que la frase mágica: Libre de enfermedad cancerosa le cuelgue en el pecho como una medalla. Pero está en el buen camino y sé que con esa alegría, esa disposición, ese vencer sobre los miedos y los rencores, lo conseguirá.

Jorge Lucas ha aprendido. Un alma noble se eleva más allá del resentimiento y de la inicial autocompasión y los trasciende, haciéndose más grande, más hermoso, más puro. No niega en decir que la Enfermedad es lo mejor que le ha pasado nunca. Y es cierto, para aquellas almas grandes que consiguen la ganga de oro en un destino atroz. Por eso, agradecido del amor y de la oportunidad vivida, ha creado una fundación: Besos en el alma, para apoyar con lo mejor que tenemos los hombres: nuestro corazón, a personas que pasan por trances semejantes.

Mucho lamenté no haber estado en la fiesta de su presentación. Quiero darle un abrazo azul y guapo como es él, viniendo yo también de un viaje parecido que terminó sin querer hermanándonos en cierta manera, pero pronto podré hacerlo. Mientras tanto y el mundo se ordena en su belleza, para hacer de él un lugar mejor, repartamos besos en el alma y hagamos nuestra esa receta que Jorge Lucas ha conseguido extraer de su Enfermedad: Sonríe, y hazlo siempre. Y así todo, todo, irá mejor.

Entre la lluvia y el mar.

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a Cris Montes, que quería una historia sobre la vejez y el mar.

   Soy sorda desde los veinte años. Porque quise serlo. Y de a poco las palabras fueron muriendo en mis labios; a los treinta no tenía nada más que decir, y se apagó mi voz como la llama de una vela: sin estruendo y sin consecuencias.

Nos vamos quedando solos. Perdemos amistades como un árbol las hojas; solemos darle demasiada importancia al principio, como si la soledad fuese un enfermedad mortal, pero a todo nos acostumbramos; yo no tenía nada que decir ni que oír, así que todas las personas de mi vida se fueron yendo una a una dejando tras de sí un charquito de olvido. La muerte entra a visitarnos y se lo va llevando todo con una impudicia que deja de asombrarnos de viejos, cuando pasa el tiempo sobre los hechos y los recuerdos, borrándolos y extraviándonos, retratando lo que somos: un océano de olvidos. Un día descubrimos que no hay nadie que nos responda ni que nos acaricie, ni que nos haga la guerra ni que nos ame. Y los sentidos se van apagando dejando tras de sí piel marchita y silencio. Así, opté por callarme pues ya casi no oía, e intenté ganarle una jugada a esa partida insaciable que es la vida. Pobre de mí.

Mis padres decían de mí muchas cosas. Esperaban maravillas, como si la vida fuese un desfile de vanidades. Nada hay más uniforme y gris que nuestra existencia, hasta la vida de los otros, que de repente nos resulta más atractiva que la nuestra propia. Es un error, como tantos otros. Buscamos desesperadamente dejar una impronta en el universo; el universo que no deja jamás de cambiar, y se nos olvida -la vida es un océano de olvidos- que somos polvo y agua de mar y apenas un chispazo de inteligencia -a veces ni eso- que se apaga rapidito y rápido se disuelve en el espacio sin forma que nos rodea. He olvidado a mis padres como ellos seguro lo hicieron conmigo; apenas si recuerdo a algún amigo que intimó conmigo dos centímetros de piel más de lo permitido, y casi ni la recuerdo a ella, entre el claroscuro de pieles que se rozan a escondidas, el aire de esa sonrisa, el trastorno de su piel bendecida sobre la mía, esos dedos, esa boca, ese mirar profundo.

Dicen que antes de que yo naciera no había llovido nunca. Al parecer la noche de mi alumbramiento el cielo se abrió en pedazos y cayeron rocas de cristal en vez de gotas de lluvia, rompiendo las piedras de los molinos, desbaratando fuentes que se ahogaban con tanto líquido. De los campos yermos brotaron hierba y flores, creció el trigo y se abrieron amapolas, y la playa seca se llenó de olas nuevas y saladas. Sé que después de que yo muera no lloverá jamás, pues de mis ojos salen las gotas de mar abierto y de mi boca sin voz el aliento de la playa. Una sibila lo pronosticó al pie de la cuna una vez comprobó que mi nacimiento cuadraba con sus anotaciones de maga, y el olor a incienso que salía de mi madre por ese umbral ya casi cerrado llenaba la habitación impregnándola de hechizo. La maga apenas me miró, una cosita forme y afónica,  comprobando el designio: el azul de mis ojos, ahora casi apagados, y el color de sal de mi piel le fueron suficiente. Marchó de esa habitación con la satisfacción del deber cumplido y ese sereno orgullo que puede convertirse en suficiencia en las almas menos dispuestas. Mis padres vivieron un milagro y esperaron lo indecible. Pero nada llegó después de una lluvia interminable, ni siquiera el sol que seca la tierra y tuesta las pieles expuestas; y los triunfos bisbiseados por la bruja no fueron más que soflamas paridas en arrebato místico.

Crecí sin hablar mucho; no tenía gran cosa que decir. En mi casa las palabras se pronunciaban en susurros, casi no se oían, y se confundían con el lamento insomne del mar. Me creí sirena, tritón, delfín y ballena, arenque y pescadilla, con cola de plata y escamas de estrella, pero sólo era una niña sin nombre, un espíritu sin voz.

Durante un tiempo quise ser monja. La repetición constante de una labor silenciosa llenaba mi espíritu vacilante. Todas las tardes me acercaba a las hermanas, que rezaban sus letanías como en otras partes se repiten mantras, y me agachaba a fregar el suelo de rodillas con un cepillo hasta dejar la piedra blanca como un rayo de sol; desaguaba las letrinas, intentaba desviar el torrente de lluvia para repartir mejor el agua que regaba los huertos, y metía mi nariz en el horno con olor a harina, a azúcar y a almendras. Sus afinados cantos llegaban hasta mi pecho y lo hacían reposar, y sus dulces recién horneados premiaban mi labor, que en el fondo era desinteresada y placentera.

Pero no soy de acatar normas. Eso lo supe después, cuando el corazón desbocado prendió en las faldas de una novicia, cuya belleza hacía palidecer la luna menguante, el mar de estrellas titilantes. Quizá el sol de otoño se le pareciera, tal era su dulzura y su desazón. Nos encontramos una tarde solas, con la vida suspendida y arremangada entre las faldas, y nos besamos suave; un encuentro casual, una explosión de verdad y de sentimiento que nunca antes había conocido. Y se me revolvió el pecho con ideas inverosímiles, y conté uno a uno los pasos que me separaban de ella. Y recuerdo que sus ojos brillaban y que su cuerpo temblaba como el mío encendidos de puro gozo, pero me equivocaba. Una tarde pregunté por ella, una tarde me dijeron que había huido allende el mar. En realidad se había quitado la vida, o eso me llegaron a decir las murmuraciones del pueblo vacío, ignorantes del puente que se había tendido entre una voluntad desflorada y mi intención de acero. Tenía veinte años y me negué a oír más mentiras, más reproches. Nadie me entendió y yo me hice la loca; siguió lloviendo y el mundo tras la lluvia perdiendo días como los árboles pierden hojas, y de tanto silencio oído la voz se me pudrió y terminé olvidándola, como hacemos con los malos sueños.

La vida es atroz. A veces. La vida es un pestañeo, un continuo presente. Quiero echar la vista atrás y sólo me veo a mí misma ensimismada, a veces preocupada y muchas más triste; sin nada qué hacer y pendiente de todo, afrontando el sin fin de problemas de estar vivo sin más intenciones que deshacerme de ellos, como perdí la voz, como cerré mis oídos al ruido exterior. Me hice marinero, me hice costurera, me hice secretaria y alfarera: no entendía los dictados, como mecanógrafa daba dolor; el barro se escapaba de las manos para dar forma a masas de barro cocido que intentaban parecerse a ella; de ese amasijo rojizo sacaba yo la semejanza de un gesto, el eterno huir de un mohín, de una mirada, de una sílaba. Pero me engañaba.

Quisieron casarme con el poderoso del pueblo. Feo como una mentira, rico como un sueño. Ni asentí ni me negué, e intentó navegar en la noche de bodas, sobre mi cuerpo mudo; me arrancó un gemido, me cosió a besos. Yo me dejé hacer porque el olor de su piel era muy parecido al de ella; dejaba siempre la ventana abierta para que la resaca marina se mezclara con mis recuerdos. Él creyó poseerme, creyó hacerme feliz. Cada quien llega a pensar lo que más desea sobre el otro. Yo le dejé hacer. Me estorbaba a veces; a veces me decía que le cansaba mi silencio. Yo le miraba como quien ve más allá, y de hecho veía más allá arropada por el olor de esa piel que era como la de ella, y quizá el brillo de sus pupilas y esa oración extraña que salía de su boca cada vez que se adentraba en mí buscando sosiego.

Aquel hombre quería tener hijos, como si eso garantizase un rasgo de inmortalidad. Yo estaba seca desde aquel día, o eso creía. Me miraron mil galenos como si fuese un meteorito, como un fósil de otra era. Podía oír y no escuchaba, podía hablar y no emitía ni una queja; tenía lo suficiente -lo suficiente- para preñar y nada ocurría. Quizá el mal -de serlo- no estaba en mí, pero a nadie le importaba. Así transcurrió un tiempo eterno hasta que me abandonaron como un caso perdido -un caso perdido- en una cabaña que, oyendo mis deseos, estaba a diez metros del mar. Y allí me he quedado hasta hoy.

Dicen que antes de que yo naciera no había llovido nunca. De mis ojos brotan todas las lágrimas que hacen eterna la lluvia. Mi voz es oscura como una caverna, los truenos que rompen las fuentes son un pálido eco de mi continuo gemir. Dicen que cuando muera no lloverá más. En mi memoria la sibila dejó grabados muchos designios sin forma que parecen haberse cristalizado en ese tiempo eterno que es nuestro interior. Puede ser. Ya nada me ata a esta tierra tan huidiza, tan cobarde. Hubo un tiempo en el que me dedicaba a pescar sueños como otros banalidades; no tuve mucha fortuna, pues no seguí ninguno; hubo un tiempo que perdí pensando en ella, sintiendo en ella, intentando entenderla, y volví a perderla, esta vez en los recovecos de mi memoria. Y me dejé llevar…

Ya estoy vieja. Lo he estado -¿cuándo he dejado de estarlo?- desde que ella huyó de la vida -de esta vida bendita- de nosotras dos. Pudo haber habido alegrías y algún rencor; pudo haber habido una casa blanca cerca del mar, con las paredes encaladas y los puntales de granito al aire resacoso. Pudo haber habido noches de calor, mañanas de sosiego, caricias y risas y desvaríos; algún regalo, algún susto, una enfermedad callada y finalmente una tumba, la separación y el recuerdo. Pero la vida está hecha de huecos vacíos donde campa el olvido como otros tantos recuerdos: los rasgos de mis padres se han perdido en los vericuetos de la memoria floja; su propio rostro, sus rasgos, esa sonrisa, su voz. Nada merecía ser oído una vez se hubo ido. Nada merecía ser dicho, una vez las palabras destinadas a ella no llegaran a su corazón. Por eso ensordecí, por eso callé hasta olvidar cómo hablar, sin emitir sonido alguno salvo su nombre: Amor… Siento que mi vida es una bendición truncada y mi longevidad una broma de mal gusto -toda vejez lo es. Haya paz…

En el pueblo me creen loca; los chiquillos se alejan de mí, poseedora de poderes más allá de la razón. No tienen razón, pues nada sé -quizá sólo la receta para estar en paz. Pero es tan fácil…

Entre la lluvia y el mar mi vida se va apagando. No me inquieta: lo estoy esperando. La resaca de la orilla me acerca a mi vida: es informe pero densa, puede ser explicada pero a nadie le importa, y todo pensamiento es un lastre que me impide un viaje que deseo emprender cuanto antes. Me apresto pues…

Allá voy…

Gary Marshall: The End. (Gracias por hacernos soñar).

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

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Happy Days, Laverne & Shirley, Mork & Mindy…