Persona normal (de Benito Taibo)

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Gracias a Javier Ruescas por proponer, en su momento, esta maravillosa obrita de arte.

Si hay algo fascinante en una historia sencilla es que no es simple. Si hay algo maravilloso en el arte de escribir una historia que llega al corazón por la vía más rápida, que es la de la fluidez, Benito Taibo lo consigue con creces en Persona normal.

No hay nada de normal en la historia de Sebastián y su relación con el mundo; todo es fascinante, todo es un descubrimiento, una aceptación, un crecimiento vertical para rozar las estrellas. Nada hay más hermoso que un amor que nace, que se sustenta de alegrías pequeñas, que se enfrenta a los problemas del día a día y que aprende a discernir, a tamizar, a soñar y, finalmente, a expresarse en sus cualidades más elevadas como en el amor que hay entre Sebastián y su tío Paco.

Persona normal es un canto a la Literatura. O mejor: a la Lectura. Demuestra que podemos ser la mejor versión de nosotros mismos encontrándonos en la experiencia de los autores, en esos océanos de palabras hilvanadas, de narraciones que son símbolos (incluso algunos puntualmente incorrectos o demasiado teñidos de una idea de socialismo que nunca ha existido) y que, como todo Arte, consigue sembrar inquietudes, sueños, anhelos y realidades en el tejido latiente de un corazón que crece y madura y se hace un adulto ideal.

Persona normal habla sobre el hombre que todos podemos ser. Habla sobre la convivencia y sus roces, sus salidas maravillosas, la magia que el entendimiento y el acercamiento de posturas consiguen sembrar en dos temperamentos distintos, en dos formas de ver la vida, y que sin embargo se reconocen, se aceptan y se complementan hasta hacerse uno, único, universal.

Desde los libros de aventuras hasta la poesía más excelsa; desde la narrativa más abstrusa hasta el ligero aroma de la prosa suave, Benito Taibo nos enseña a enseñar, a formar y a cambiarnos a nosotros mismos a través de la lectura y de un pacto profundo y secreto con nosotros mismos. Es la historia de Sebastián, de niño a hombre, y del tío Paco, de hombre a niño: caminos inversos que se cruzan y se hacen únicos para siempre.

Es un libro para paladear con gusto, para leer y volver a leer sin cansancio. Toda la historia del pensar humano (del saber humano) se haya en esas páginas llenas de un lirismo a flor de piel que huele a fantasía y certeza, a vértigo, caída y ascensión; cada año de Sebastián es un paso para nosotros; cada día del tío Paco es una aventura en la que quisiéramos participar. Y lo hacemos, porque somos seres humanos que nos mantenemos con vida.

Además, es una guía maravillosa para que los niños, los adolescentes y todo aquél que jamás haya leído, encuentren los tesoros incalculables de belleza, de sabiduría y entretenimiento que somos capaces de crear, dentro de nuestra idiotez como raza, los seres humanos.

Todo es bello en Persona normal. Todo es una caricia con sabor mexicano, con aroma latinoamericano, con espíritu universal. Una historia que merece no sólo ser leída, si no ser compartida y pensada y sobre todo, por encima de todo, sentida, admirada y releída una y mil veces. Mafalda, hazle sitio. Porque, como en ti, hay en Persona normal un disfraz que esconde (poco) la sabiduría de una raza y, aún más, el dulce sabor del amor, la confraternidad y un himno a la libertad de ser nosotros mismos.

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Me perdí en sus brazos

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Violetas de España: uranistas en tiempos oscuros.

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Violetas de España: Gays y Lesbianas en el cine de Franco es el nuevo ensayo de Alejandro Melero, autor teatral, periodista, profesor universitario y escritor en sus (muy pocos) ratos libres. Autor del conjunto de relatos La escalera oscura, aquí nos ilumina con su faceta ensayística con una claridad y espontaneidad desbordante, una prosa fluida y erudita (fruto sin duda de un un extenso trabajo de campo) y un acercamiento entre minucioso, lleno de admiración, a la historia gay del cine español, en esos momentos de pensar oscuro que sin embargo enfilan la imaginación y dan a luz verdaderas obras (maestras) de ingenio.

Violetas de España es un relato detallado sobre los entresijos creativos del cine: sus dificultades, los subterfugios, los miedos y las soluciones, no siempre perfectas, que todos aquellos creadores, en su afán de retratar la vida tal cual es (herederos de los insignes retratistas del Siglo de oro, empeñados en enseñarnos que un enano es un enano, pero no sin personalidad y sin alma su mirar). Así es Violetas de España, un buceo, un retrato al fresco y un análisis de lo que la aventura del celuloide tuvo que enfrentar para librar los cercos de la censura (las múltiples trabas de la manipulación) y expresarse de la forma más pura posible, que no siempre es el hecho desnudo.

No hay palo que el autor no toque. Su conocimiento extenso jamás se impone; antes bien, fluye con suavidad, como un poema, sobre cada uno de los tópicos que conforman el libro: pasa del cotilleo más banal al más profundo análisis, de la simple exposición de hechos a disecciones precisas de tiempo, lugar, deseo y acción que llevaron a los cineastas de esos años a erigir obras metafóricas y cifradas, con mensajes repleto de esas sutilezas de género que sólo el iniciado puede llegar a captar y, dado el caso, a comprender.

Alejandro Melero posee una prosa elegante, graciosa, dispuesta a ir al centro mismo del tópico sin llegar a ser jamás pesada; su entusiasmo, su conocimiento y el arte de saber contar historias como las que conforman La escalera oscura, brindan un dinamismo grácil, una mirada menos caduca y una falta de exaltación (sin olvidar una defensa abierta) que congracia el tiempo ido con el actual, los borbotones de creatividad que la censura provocaba, fuerzas telúricas que al chocar, de tan diferentes, daban a luz una montañas inmensas.

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Mucho se aprende de la visibilidad de lo diferente (de lo que la norma dicta como tal) en una industria abiertamente uranista y sin embargo internamente dividida y cruel; las vidas truncadas, los miedos pasados de los guionistas, los actores, los directores, hacían que se tensaran los arcos de la creatividad a cotas muy elevadas, y aunque tal tensión agota el brazo que lo contiene, ha sido capaz de crear obras memorables, irrepetibles y únicas que a día de hoy, en plena libertad, seríamos casi incapaces de producir.

Porque la creatividad no conoce de cárceles, de presiones, de manipulaciones. Consigue siempre ser superior a los hombres que la canalizan, y llegar al corazón de quien las sabe apreciar, aún sin entenderlas completamente, sobreviviendo al vaivén del tiempo, para que investigadores de la talla de Alejandro Melero nos muestren la piezas engarzadas de una historia oculta que siempre, siempre, como su raíz, ha estado allí, para que abramos los ojos y veamos lo que es un grito de eternidad: ser gay, ser lesbiana, ser uranista en realidad, forja valentías, alimenta miedos, pero nos hace grandes y únicos y verdaderos. Porque somos reales.

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Tiempo de curar

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Estos días tuve la suerte de reencontrarme con un amigo de la infancia y adolescencia, compañero de clase desde principios de la formación hasta terminar, graduándonos juntos tras aprobar las pruebas de acceso a la universidad, cada uno a una carrera, él, todo lógica y análisis, con esa visión fascinante de hombre renacentista, se inclinaba por la ya naciente Ingeniería de Sistemas (llamada posteriormente aquí en España: Informática) y yo, todo lo clásico que se puede ser a los quince años, Medicina.

Todo me gustaba de él: su voz, su análisis de las cosas casi nunca errado, su constancia, esa muestra disciplinar de un talento que parecía brillarle en los ojos, el inmenso atractivo en el que se aúna cierta dosis de humildad, un punto de orgullo y un corazón generoso.

Treinta años después de nuestro último encuentro, el destino puso nuestros pasos comunes estos días en Madrid. ¿Mentiría si dijese que estaba ansioso por el reencuentro? No. Lo curioso es que no estaba nada nervioso, y aunque había visto ya fotos suyas en el mundo virtual y había leído, primero su blog y posteriormente sus libros, tampoco me preocupaba cómo lo encontraría. Quizá era un exceso de entusiasmo o, más certeramente, una carencia total de preocupación por los detalles. A veces soy así de despistado o de pasota, según se mire.

Con una puntualidad exquisita nos encontramos en Gran Vía. El mejor lugar para no hallar a nadie, entre la marabunta de gentes que allí cruzan día y noche, pero lo reconocí en seguida: alto, con su pelo oscuro con algunas hebras de plata en las sienes, sus lentes mostrando esos ojos hambrientos de información como siempre habían sido, los mismos ademanes y en el rostro, ni un rastro de esos treinta años que se han ido entre nosotros.

Nos abrazamos y empezamos a hablar desde el primer instante, como si nuestra conversación sólo llevase el paréntesis de unas horas y no de tres décadas.

Entre lo mucho que charlamos y el tiempo que fluía con una velocidad suspendida, entre lo mucho que nos preguntamos y que escuchábamos, me hizo una acotación que me dejó un tanto descolocado y que respondí saliendo del paso, por inesperada sin duda, pero sobre todo porque jamás me había parado a pensar en ello: ¿Por qué Tiempo de curar?, me dijo. Y no supe responder bien.

Desde entonces he pensado en la razón de que haya empezado un blog en los años en los que una bitácora estaba de moda, y llamarlo precisamente Tiempo de curar. Como le dije, resultó casi de improviso, dada mi poca imaginación para titular cualquier cosa. Y siendo cierto, no es totalmente verdad.

Tiempo de curar nació de una necesidad por mostrar un lado más amable, que no almibarado, de la realidad; un espacio donde desplegar belleza y delicadeza (al menos lo que el autor considera cosa tal), y donde exorcizar ciertos demonios que sirvieron para curar mi propio corazón y, posteriormente, un instrumento para afilar mis embotadas capacidades para escribir sobre cualquier impulso, pensamiento o acción.

Este blog nació con la intención de crear un paréntesis de belleza, pero también una vía de expresión de una persona que había perdido la voz y que la fue hallando, paulatinamente, entrada tras entrada, primero titubeante y después desbordada de imaginación y de palabras y palabras, que nacían de forma descontrolada y que han quedado aquí grabadas tal cual salían, sin ningún tipo de edición ni de freno.

Esa es la razón de este blog, que se ha expandido y se ha retraído, con esos movimientos respiratorios tan típicos de la vida, a lo largo de todos estos años, pero la motivación primaria sigue estando viva: Tiempo de curar es una isla de tranquilidad, un paréntesis donde la belleza ocupe un lugar, pero también la armonía, los problemas y las soluciones de la vida, su peso y su levedad, y sobre todo, o quizá debido a todo, un retrato de mí mismo, quizá el más elocuente y callado que jamás podré realizar. Si alguna vez intento semejante despropósito.

Tiempo de curar es yo, y todos los lectores que alguna vez han tenido la gracia de quedarse y leer estas líneas, de ver sus ilustraciones, de disfrutar con su música y de compartir, a veces, un trocito de esta vida única y regalada.

¿Qué es la UCI? ¿Por qué humanizarla?

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Gabi Heras ha liderado un movimiento que busca reestructurar el paradigma de la Medicina Intensiva, la UCI, para saber ser más humanos, mejor profesionales cada día. Una necesidad que venimos sintiendo muchos profesionales integrados en el sistema que permite dar vida, o mejor, ganar tiempo para que el cuerpo sane con nuestra ayuda.

Enfermería y Servicio

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Damos por sentado muchas cosas. En materia de derechos ciudadanos, de seguridad, de educación. Si bien todos están interrelacionados, dependiendo unos de los otros, hay un derecho, una necesidad, y es la de ser Cuidado, Servido, en la Salud. Nosotros los médicos somos sólo el rostro más famoso del Servicio Sanitario, pero no el principal. La cara amable, la del trabajo duro, la que en realidad establece la relación cercana de cuidado, de servicio integral, se debe a la Enfermería, y por extensión a la Auxiliería y la Celaduría.

Los más olvidados. Todos nos quedamos con el rostro de un médico, con las manos que aportan el momento exacto de inicio y fin de un proceso terapéutico. Pero las manos que trabajan día a día, que logran ese milagro cuyos mecanismos intrínsecos hacen del médico un taumaturgo, y por tanto, alguien lejano, son las de la Enfermería. Ellos velan por nuestra salud, por nuestra comodidad, conocen nuestras vidas, dicen las palabras correctas, adivinan nuestras necesidades, porque nos conocen, sus manos con las nuestras, sus tactos con los nuestros. No hay nada más íntimo ni más natural que el roce de la piel, el brillo de una mirada, un comentario adecuado y la sonrisa en los labios.

Hay de todo, como en cualquier estamento humano. Pero la mayoría vive para servir, para curar, para regalar comodidad. Y muchas veces para brindar apoyo al médico, que desde su atalaya se siente perdido, pues son muy observadoras, muy estrictas y muy pacientes. Innumerables veces me han salvado de cometer errores, me han alertado a tiempo, han sabido guiar mis intuiciones. Sin ellos yo no sería lo que soy ni podría garantizar los cuidados que sé que debo administrar. Ellos son mis ojos, mis manos, mi sonrisa. Ellos, la Enfermería, que convive día a día con el paciente, son los obreros del milagro, los guardianes, los mensajeros. Y debemos darles, siempre y cada día, el lugar que merecen. Sabiendo sus nombres, conociendo sus historias, usando la misma paciencia, el mismo valor y la mismo amor que ellos dan en su trato con los pacientes.

En esta charla TEDx, Carolyn Jones les brinda un homenaje. Y nos recuerda porqué son importantes, porqué son los cimientos de la salud y, además, nos recuerda que somos unos privilegiados, en Europa, por mantener a duras penas un servicio sanitario (casi) universal, pues ellos en los EEUU no lo tienen, y el valor de la Enfermería se engrandece hasta alcanzar su verdadero valor: pilar fundamental de la asistencia sanitaria.

Ojalá algún día honremos a nuestro personal de Enfermería y asistentes: Auxiliares y Celadores, poniéndolos en el lugar que merecen.

La nueva (in)comunicación

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   Ya no es un fenómeno nuevo. Podemos transmitir y recibir información en el tiempo que tarde la línea de internet en activarse. Pueden ser unos milisegundos o unos minutos. Podemos estar uno en Tombuctú y otro en Alaska y la señal, el rasgo, al palabra, incluso la intención llega, que no la piel, el tacto, la persona. Pero si de algo se caracteriza la raza humana es de un exceso de imaginación, y ese toque, esa palabra, esa intención puede dibujar una caricia, un abrazo o una reprimenda. Y hasta a veces la carnalidad virtual del que está lejos.

   Ya nadie escribe cartas manuscritas (yo ya no sé escribir de forma manuscrita, con decencia, se entiende) que tardan en llegar por correo un tiempo eterno. Sin embargo cuando aquél que nos quita el sueño no responde a una llamada, a un mensaje, ese tiempo se hace chicle y se estira y se estira con sabor a qué le pasará, estará malo, no querrá saber más de mí. Antes de la nueva comunicación el silencio era atribuido a la lentitud de los medios, la lejanía de las zonas geográficas, incluso percances más inverosímiles: cabría esperar que, al que iban dirigida las letras, tardase en sentarse a escribir esa respuesta ansiada.

   Como la inmediatez hace de la urgencia una necesidad, hemos perdido la paciencia que antes teníamos para conocer la réplica a nuestro requerimiento. Quizá porque sabemos que esa pregunta, o esa muestra de interés ha sido recibida de inmediato y muchas veces sabemos que ha sido hasta leída y dejada de lado durante un tiempo. Y es aquí donde entra la nueva incomunicación: ¿hasta dónde llega la dejadez sin que sea falta de educación; el descuido sin que sea verdadero desinterés; cuándo sabemos si esa persona que está detrás del teléfono inteligente (menudo nombre) muestra verdadera apatía por nuestra presencia virtual o, sencillamente, está ocupada y no puede atender inmediatamente nuestra demanda de atención?

   En un momento de la historia humana en el que tenemos todos los apoyos necesarios para conectarnos, entendernos y apoyarnos, estamos cada vez más alejados del contacto, de la mirada directa, incluso de la diplomacia que declina una invitación fuera de lugar o una frase inapropiada. Hemos llegado a imaginarnos tanto a la persona virtual con la que nos comunicamos que hemos olvidado la persona real que está detrás de esa pantalla y que en un momento determinado querrá saber, necesitará una respuesta, deseará cristalizar una ilusión o conocer el resultado de una prueba médica. No hay mesa en un cafetería en la que al menos una de las personas no esté mirando la pantalla iluminada, o incluso todas. Las conversaciones se interrumpen, dejan de ser fluidas; se establecen paréntesis que rompen la belleza del momento, la magia de un encuentro real; uno mira hacia el infinito mientras el otro bucea en la pantalla colorida aquello que le reclama tanta atención y que lo absuelve totalmente del mundo real que le rodea.

   En general, muchos mensajes se dejan sin responder, probablemente por conveniencia; si ocurre por olvido o distracción, una disculpa encabeza el enunciado; no he recibido, al menos yo, ni una sola vez petición semejante ante una tardanza injustificada de una respuesta que, sin tener que ser inmediata, quizá sí requiera cierta premura: esa cualidad que certifica la importancia de la relación que se establece, que la hace única en su uniformidad, verdadera, real.

   Ya no sabemos hablar por teléfono; casi un siglo después, preferimos mandar mensajes de texto mal escritos por las prisas, porque los signos de puntuación son un incordio a la hora de apurar la respuesta; hemos sustituido incluso palabras por signos animados, que si bien son muy expresivos, no dejan de ser metáforas en la imaginación de quien los usa y de quien los lee, con lo que se puede tergiversar una intención o todo un mensaje. Queremos mensajes cortos, llenando de bocados de conversación una pantalla o dos del teléfono; algo que nos llevaría, al hablar, cinco minutos, al escribir torpe e inconcluso, nos alcanza media hora, y la claridad del lenguaje hablado se pierde en las marañas (en más marañas) ante ese lenguaje cifrado de caracteres y palabras mal escritas que quieren decir muchas veces todo y, otras muchas, nada.

   Si hay diez personas en una sala, siete están con el móvil; dos puede que estén comentando la jugada, y el que queda, mirando a Babia porque no se entera de nada. Los negocios, la amistad, el amor, nada se salva ante este continuo bombardeo de comunicaciones, intento de conexiones y de selectivos silencios. Pues si hay algo que caracteriza al ser humano es que aquello que le interesa le llena de intención y de acción por más personalidad indolente que posea.

   Así, en la nueva incomunicación ya sabemos que si no hay respuesta inmediata es que no interesamos lo bastante; el silencio ha pasado a formar parte de las peores muestras de mala educación, pues habitando en un mundo de ecos, el hueco del silencio llega a ser atronador. Si hay lectura inmediata y no hay respuesta secundaria hasta pasados uno o dos días, el grado de importancia para el receptor es más bien escaso: la prima pesada, el pretendiente plasta, el admirador de Instagram que no nos deja en paz. Y si simplemente hay ignorancia o, lo peor de lo peor, que nos deje de seguir por una red social (o por todas las quinientas que hay) sin avisar, eso equivale a la apatía máxima, al abandono sin retorno.

   El campo de juego de las relaciones humanas está en tensión, al estrenarse un campo de juego que lleva las emociones conscientes y las inconscientes a un grado tal de ebullición nunca antes visto y cuyas consecuencias son fácilmente previsibles… Con lo sencillo que es llamar por teléfono, o escribir una buena nota aclaratoria si no nos atrevemos a hacerlo de viva voz, sobre lo que nos interesa o no de esa relación virtual, sobre sus límites o sus ventajas; con lo fácil que es mirar al interlocutor a los ojos y descubrir en ese rostro una sonrisa, o unas lágrimas o una mirada apreciativa… Pero en el reino de la mala educación, la nueva incomunicación campa libre y sin freno, pues estamos demasiado enfrascados en la esencia de nosotros mismos para poder, no ya sólo darnos cuenta del probable daño que podemos infligirle a otro, si no del que nos estamos haciendo a nosotros mismos y a nuestro día a día.

   Yo tengo un ligero punto TOC en cuanto recibo un mensaje o una llamada telefónica. Viene emparentado por mi desagrado a hacer esperar a alguien o no atender un requerimiento cuando me lo solicitan. No soy el único superviviente, espero, de esa raza de personas que responden lo más rápido que pueden, que no dejan a nadie sin una señal de haber sido leídos, sin evitar enviar una palabra forzosa o un mundo de corazones agradecidos. Y, desde luego, esa raza que aún mira a sus congéneres a los ojos, les presta la mayor atención del mundo y hasta aprecia la necesidad de un apoyo, de un abrazo o de un beso si se tercia.

   Pero me temo que cada vez seamos menos y que acabemos sepultados por ese muro de desidia, de ignorancia y de silencio: esos códigos que parecen liderar, en nuestros días, la nueva incomunicación.