Recuerdo cuando cerré las tapas de Mujer de rojo sobre fondo gris. Qué bello librito. Qué lección de amor, de intenso amor que navega con el tiempo que fluye y que se transforma, pese al tiempo, en adoración, añoranza, dolor y pena.
Miguel Delibes, fallecido recientemente, ha sido un gran escritor. Escritor de escritura de tierra y cielo, de arena y ríos, tan unido a la Castilla que lo vio nacer y desarrollarse, como a la lengua española, que engalanaba con ese arte único de un costumbrismo seco, castellano, pero que llegaba al alma pues su intimidad se asociaba a las puertas cerradas, a la sombra durante el verano, al calor del brasero en una tarde de frío.
Mujer de rojo sobre fondo gris es un homenaje al amor, al suyo, perdido por las vueltas de la vida, por los recovecos de la Enfermedad, y que continúa latiendo, no importa el tiempo, los acontecimientos ni la propia naturaleza de la vida, que nos incita al cambio, con la misma fuerza que impulsó su nacimiento una vez. Es poco frecuente encontrar tanta pasión y tanta fidelidad en un hombre, y por lo tanto en una obra escrita. Y se me dirá que Dante aún está ahí para demostrarlo. Y aunque estoy bastante seguro que Miguel Delibes jamás pensó en emular al admirado florentino, se me antoja que esta obrita, este homenaje al amor, tiene un peso específico muy similar, y rebota entre sus tapas la misma trascendencia, el mismo ardor y el mismo homenaje por la persona amada.
Envuelta en una prosa exquisita y fácil, cada página es un latido y cada párrafo un río de cariño que se llena de estuarios, de remansos agradables en los que recogerse y disfrutar. Disfrutar de una lectura enternecida, melancólica pero vital, que desgrana la vida de una mujer única por ser amada; que deslumbra al narrador y al lector con el mismo poder y la misma magia; y que la revive, la dibuja, la define y la trasciende con un candor y un ritmo único y profundo, consiguiendo que la eternidad de esa risa, el brillo de esos ojos, la gracia de esa figura, quede tatuada por siempre en el recuerdo, y la impregne, a ella, a esa mujer de rojo, de un brillo único que la hace resplandecer, eterna, en el gris constante del día a día.
No sabe qué es amor quien no te ama,
celestial hermosura, esposo bello;
tu cabeza es de oro, y tu cabello
como el cogollo que la palma enrama.
Tu boca como lirio que derrama
licor al alba; de marfil tu cuello;
tu mano el torno y en su palma el sello
que el alma por disfraz jacintos llama.
¡Ay, Dios!, ¿en qué pensé cuando, dejando
tanta belleza y las mortales viendo,
perdí lo que pudiera estar gozando?
Mas si del tiempo que perdí me ofendo,
tal prisa me daré, que una hora amando
venza los años que pasé fingiendo.
Sacred Poems, Sonnet XLVI
He knows not what love is who doesn’t love you,
oh, celestial beauty, bridegroom fair;
your head is of pure gold, your flowing hair
like crowns that palm fronds cover totally;
your mouth is like a lily, from which spills
sweet liquor at dawn; ivory your neck;
your hand the wheel, and on its palm the seal,
which souls call hyacinths for secrecy.
My God, what thought I when, leaving behind
such beauty, and just mortal grace could see,
I lost what might have been my greatest joy?
But if the time I’ve lost disturbs me now,
I shall make haste, so that one hour of love
the years I’ve spent pretending will destroy.
Soneto
Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:
goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,
no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
Sonnet
While trying with your tresses to compete
in vain the sun’s rays shine on burnished gold;
while with abundant scorn across the plain
does your white brow the lily’s hue behold;
while to each of your lips, to catch and keep,
are drawn more eyes than to carnations bright;
and while with graceful scorn your lovely throat
transparently still bests all crystal’s light,
take your delight in throat, locks, lips, and brow,
before what in your golden years was gold,
carnation, lily, crystal luminous,
not just to silver or limp violets
will turn, but you and all of it as well
to earth, decay, dust, gloom, and nothingness.
Si mis párpados, Lisi, labios fueran,
besos fueran los rayos visuales
de mis ojos, que al sol miran caudales
águilas, y besaran más que vieran.
Tus bellezas, hidrópicos, bebieran,
y cristales, sedientos de cristales;
de luces y de incendios celestiales,
alimentando su morir, vivieran.
De invisible comercio mantenidos,
y desnudos de cuerpo, los favores
gozaran mis potencias y sentidos;
mudos se requebraran los ardores;
pudieran, apartados, verse unidos,
y en público, secretos, los amores.
Communication of invisible love through the eyes
If my eyelids, Lisi, could be lips,
kisses rays of sight would surely be
from my eyes, which like golden eagles watch
the sun, and they would kiss more than they see.
Your beauty, dropsically, they would drink,
and crystals, thirsting for your crystal panes;
from lights and from those great celestial fires,
nourishing their death, alive they’d stay.
By invisible commerce thus sustained,
their bodies wholly nude, such bounteous gifts
my potency and senses would caress;
mute, they would demand their ecstasy;
they could, once parted, see themselves entwined,
and publicly, their secret love possess.
Soneto
Pensé, mas fué engañoso pensamiento,
armar de puro hielo el pecho mío;
porque el fuego de Amor al grave frío
no desatase en nuevo encendimiento.
Procuré no rendirme al mal que siento,
y fue todo mi esfuerzo desvarío;
perdí mi libertad, perdí mi brío,
cobré un perpetuo mal, cobré un tormento.
El fuego al hielo destempló, en tal suerte,
que, gastando su humor, quedó ardor hecho;
y es llama, es fuego, todo cuanto espiro.
Este incendio no puede darme muerte;
que, cuando de su fuerza más deshecho,
tanto más de su eterno afán respiro.
Sonnet
I thought, but a deceptive thought it was,
to arm this breast of mine with purest ice;
so when the fire of Love met the deep cold
it would not loose itself in a new fire.
I tried to not give in to all my grief,
but my attempt was totally in vain;
I lost my freedom, lost my spirit too,
eternal evil and torment I gained.
The fire freed up the ice, in such a way,
that, using up its humor, heat remained;
and flames, and fire, are all that I exhale.
This conflagration cannot bring me death:
the more I am unravelled by its force,
the more its endless ardor I inhale.
Bien Dotado es un libro de relatos compilados por su autor, Lawrence Schimel, bajo el prisma de un elemento común: la pornografía homosexual. En la introducción del libro, Lawrence Schimel diserta breve pero muy acertadamente, sobre la literatura erótica de cualquier género, pero haciendo hincapié en cuán importante es para la realidad homosexual, o para el mundo gay, la necesidad de reflejos de sus conductas sexuales, algo de lo que la población heterosexual nunca se ha privado y, por lo mismo, desconoce su necesidad de existencia.
En modo alguno he sido lector de este género literario, de la estirpe que sea. Recuerdo, siendo muy joven, las novelas llamadas best sellers, escritas habitualmente por mujeres (o cuyo seudónimo era femenino), en los que daban rienda suelta a una imaginación erótica que me excitaba pero que, al mismo tiempo, me dejaba frío y me incomodaba. No por su explicitud, más bien pobre, sino porque me revelaban detalles que no me interesaban en lo más mínimo, o que a mí no me importaban en lo absoluto, en la evolución de la historia en la que me encontraba inmerso. Lo mismo me ocurría con las películas, y me sigue pasando en la actualidad. Las escenas sexuales me incomodan, si no me irritan, y siempre me han parecido más el roce de dos trozos de carne que un acto que reverbera la historia sentimental que estoy viviendo. No me gusta que me expliquen todo lo que ocurre con un personaje, ni sus detalles, ni su día a día. Puesto que así no es la vida. La vida está llena de claroscuros, de detalles ignotos que impulsan actitudes y reacciones, y que muchas veces permanecen ocultos para todos, y los personajes de un relato no deberían escapar a ese misterio insondable que nos caracteriza a todos los seres vivos.
Marguerite Yourcenar comentó una vez la difícil singladura de la literatura erótica (del arte erótico en general), que corre el riesgo siempre de no saber en dónde está el límite, subiendo el tono de voz y el color de las acciones hasta rozar el mal gusto. Y no es que la sexualidad sea maleducada; la expresión cruda de la misma, como de todo sentimiento y pulsión extrema, por ser ellas mismas, puede llegar a turbar y perder lo maravilloso que encierran, en aras de una asimilación errónea y de un ansia por comprender y aprehenderlas en exceso racional y pueril. En otras palabras, escribir sobre sexualidad no es fácil ni terreno seguro, la crudeza puede degenerarse y la sutileza tornarse vil en el ansia de retratar como sea ese misterio insondable y que nos toca tan de cerca y que es el roce de una piel hambrienta con su propia piel o con la de ese extraño que es todo aquel al que amamos, aunque ese amor sólo dure un segundo fugaz.
Lawrence Schimel lo sabe y lo clarifica y asume su capacidad y abandera una literatura difícil con gran éxito. Bien Dotado es un conjunto de relatos de pornografía homosexual, o pornografía en cuanto a explicitud sexual, juego y encuentro, desencuentros, pulsiones, ilusiones y deseos; pero va más allá. Y en ese ir más allá es donde la capacidad de Lawrence Schimel brilla en todo su esplendor. En contra de la pornografía audiovisual, sus relatos no se basan en la narrativa sexual, sino que se sirven de ella para mostrarnos personajes complejos, llenos de dudas, de miedos e inseguridades; muy norteamericanos, muy neoyorquinos, muy judíos, pero a la vez universales, con los cuales nos identificamos con extrema facilidad: buscan, se alimentan de ese deseo de amor, de esa necesidad de experimentar y de sufrir, y de esa angustia de olvidar y ser olvidados, de recordar y ser recordados y de dejar huella indeleble en un pensamiento, en una caricia y en un orgasmo que siempre tiene la misma característica: ser insaciable.
Los personajes de Bien Dotado son como nosotros, o como nosotros pudiéramos ser, y viven no por el sexo sino con el sexo, y sus actos son sólo reflejo de tormentas interiores que todos conocemos: religión y fe; desesperanza; abandono; amor no correspondido; infidelidad; deseos reprimidos o descontrolados; actitudes sociales desdibujadas; límites insospechados que carecen de línea divisoria. La sensualidad explícita que Lawrence Schimel imprime en sus relatos consigue el fin de toda pornografía, pero la trasciende en su brevedad: excita sin llegar a cansar, ansía y reinvindica sin rozar el mal gusto o la irrealidad. Y eso nos demuestra que es un escritor de mano templada, que sabe dar en buena medida sensualidad, deseo y vigor al mismo tiempo que profundidad, esperanza y paz a unos personajes que buscan, que buscan siempre, en los meandros de esa jungla de asfalto que es la gran ciudad.
Algo similar a lo que me ocurrió con Las Horas, pero unos diez años antes, la única película de Martin Scorsese que me ha gustado realmente, La Edad de la Inocencia me llevó a leer la novela del mismo título, escrita por Edith Wharton (1862-1937).
Incisiva, de una narrativa fluida que nunca se hace pesada, la novela narra las vicisitudes de un hombre atrapado entre su apática adherencia a las convenciones sociales y sus deseos íntimos, y dos mujeres: una que lucha en vano por traspasar los límites de una libertad tan estrecha como el corsé que la moda le impone y la otra, cándida al menos en apariencia, que representa todo lo bueno y todo lo malo de la sociedad neoyorquina de finales del siglo XIX. Estos atípicos protagonistas viven un destino tejido en la ciudad de Nueva York, laberíntica, difícil, llena de estuarios y baches, impertérrita ante el dolor, los vicios o las virtudes de quienes la habitan.
Mucho se ha dicho de esta historia: irónica, aristocrática, sensible pero no demasiado, astuta y dura. Y es cierto. Disfrazado entre las buenas maneras, el encanto más WASP, los encajes y sedas y armiños, los salones bellamente decorados y los platos más elaborados, La Edad de la Inocencia representa un drama interno lleno de quiebros, que no deja sitio para la ternura innecesaria ni respiro para Newland Archer o la condesa Olenska, que navegan inocentemente en un océano de intrigas a sotto voce, de destinos cruelmente marcados por las convenciones sociales y aceptadas por todos, Newland incluido; donde el nombre, la familia, el aspecto exterior significa mucho más, mucho más que la búsqueda de la felicidad, propia y ajena, y cuya continuidad sólo la garantiza la posesión de dinero, único requisito que finalmente se requiere para participar de ese juego de engaños que sofoca a sus protagonistas.
Es, y quizá sea el motivo por el que la historia me atrajo más, la representación de tres formas de ver la vida distintas pero complementarias, y el retrato de una vida que nosotros, los seres humanos, hacemos vil y dañina, sin ser plenamente conscientes de que todo pasa, todo, incluido nosotros mismos, o sobre todo nosotros mismos. Newland, que dentro de su modorra existencia encuentra una razón para sentir, soñar y vivir que rompe los cimientos de una existencia que debía seguir una línea determinada, una tranquila travesía por los años que pasan sin estridencias o sorpresas desagradables. May, la representante de la sociedad, la responsable de que el mundo siga siendo lo que es, encarna lo más sórdido de esas reglas del juego, calladas normas que se aceptan sin pensar, tal como en la actualidad la sociedad norteamericana (una inmensa parte de ella, de cualquier forma) se adhiere a las normas abyectas y caducas de religiones muertas para el siglo en el que vivimos. May, candorosa, esconde en esa serenidad, en esa constante reafirmación de su inferioridad, el verdadero poder, la fuerza que se sabe apoyada de antemano por todos los seres que, como ella, la anteceden o le sucederán en un futuro. En contra de lo que pudiera parecer, May no es un personaje sórdido: es el fruto de su sociedad, del mismo modo que Newland lo es de su tiempo. Pero lo que los diferenciará para siempre es que, en Newland, siempre ha latido esa ansia de apertura, ese tibio furor que le indica que, a pesar de todo, la vida es más brillante, más irresponsable, más diferente de lo que nunca hubo podido ver en los estrechos límites de la aristocracia nativa. Y en May esas dudas nunca se producen, porque su naturaleza inmovilista no se lo permite; su natural tendencia al no-cambio, al apoyo en el cómodo colchón social, no generan en ella el mínimo interrogante, no prende en ella ningún ánimo revolucionario. Sentiríamos más pena por May, viéndola con nuestros ojos dos siglos después, si no supiéramos que esa supuesta inocencia o esa falta de estímulo esconde el fervoroso inmovilismo, el alienante ahogo por lo distinto, por lo diferente, por lo que puede alterar un satus quo absurdo pero muy real, que la lleva a actuar, siempre en la sombra eso sí, de la manera más egoísta posible, y por eso mismo más cruel. Es el personaje más ciego de los tres protagonistas, y el más oscuro también, porque se encuentra ahogada en convencionalismos, en rígidas normas, en lo que debe ser y lo que otros han soñado para ella que debe ser, que lo acepta sin preguntas y, más aún, lo perpetúa simplemente porque así debe ser. Y lo defiende, con todas las armas posibles, frente a cualquier elemento desestabilizador que la perturbe. Y finalmente Ellen, la condesa Olenska, la distinta, de turbulenta vida marital, alejada de la sociedad nativa, que trae consigo los aires de cambio, las esperanzas y las nuevas locuras de, vaya paradoja, el viejo continente. Es el personaje realmente inocente de los tres protagonistas: cree que la sociedad la va a tratar como una más, aunque sus diferencias sean tan estridentes; confía en su corazón; confía en Newland (quizá el único ser que no la decepciona en realidad); y en su familia, sin saber que es la primera en darle la espalda y en tejer el juego de intrigas que la obligará a exiliarse nuevamente, esta vez para siempre.
Es una historia de amor a tres bandas; de desesperanza; de batallas perdidas, y de un amor imposible; de querer lo que no tenemos, o de anhelarlo porque lo que nos rodea no nos es suficiente; de renuncias, de lo difícil que resulta aceptar las consecuencias de nuestras decisiones; y finalmente de una aceptación callada, que nos lleva a navegar por el río de la vida con la errónea impresión que todo lo que ha pasado le ha ocurrido a otra persona.
Pero lo maravilloso de esta historia, y de la magnífica película de Martin Scorsese (remarcada por la espléndida banda sonora de Elmer Bernstein), es el retrato de la crueldad humana, mucho mayor al provenir de una sociedad supuestamente educada, y de lo actual de su trama. Y no me refiero aquí a los convencionalismos sociales; a la represión de una educación errónea; a la renuncia a la felicidad; sino a la eterna dificultad de la sociedad humana por aceptar lo que es distinto de sí misma; a la crueldad con que no asume lo que difiere de sus principios, principios absurdos cimentados sobre el barro de la siempre breve existencia del hombre. Aún hoy, a pesar de la facilidad con la que podemos gritar nuestras frustraciones (algo impensable en ese tiempo), todas persisten, todas sufren la misma lucha, la misma humillación y las mismas derrotas. El día en que la sociedad arranque el fundamentalismo de raíz, la existencia de seres que buscan la aceptación y su libertad, como la condesa Olenska, tendrá sentido; y la tibieza de seres como Newland Archer llegará a la ebullición libre de temores infundados e impuestos desde dentro; y la existencia de personajes como May, anclados en su propia comodidad y deseosos de mantenerla pese a todo, ya no tendrá cabida en una sociedad de verdad liberada de normas absurdas, ya caducas, sin etiquetas ni marcas, y cuyos únicos límites vendrán ajustados por la sensatez y una sensación real de hacer el bien por los demás.
La Edad de la Inocencia es un libro fascinante en ese aspecto, y muy actual, cargado de una simbología que aún hoy, dos siglos después, resuena con un eco propio en nuestro día a día.
Iñaki Echarte Vidarte es un escritor novel que emerge desde Navarra con gran fuerza narrativa, con imágenes hechas a trazos y puntos suspensivos; impresionista de sensaciones y de sentimientos que siempre están a flor de piel.
Narrador corto y poeta, sus historias, hilvanadas de forma onírica, nos retratan la realidad de forma real, es decir, llena de luces y sombras, de huecos sin llenar, de amplias exclamaciones que no tienen respuesta y de decisiones inevitables que no conocen marcha atrás.
Los personajes que pueblan Blues y otros cuentos, aunque variados y definidos, semejan sin embargo ser siempre el mismo, lleno de aristas, de emociones por pulir; sediento de amor, devoto del amor, y buscador incansable de la nada absoluta, de la última serenidad, cuyo pálido reflejo es la soledad.
En Iñaki Echarte Vidarte hay un gran poso de elementos discontinuos teñidos de colores pálidos, cuyo corazón late sin embargo con la fuerza humana de las cosas imposibles, de los hechos consumidos. Mirando hacia atrás, se da cuenta que nada cambia, o que la transformación a la que nos aboca la vida no es más que un proceso, que nos es propio, de aprendizaje del olvido, de aprehensión a la renuncia. Todos sus personajes buscan y descubren y tropiezan y gozan y se asombran y se olvidan de sí mismos, una vez que el amor o el sucedáneo de compañía se aleja, como quien pasa una página de vida que ya no interesa volver a leer.
Blues y otros cuentos es un librito magnético, lleno de prosa poética; bellamente escrito; plagado de soledad y de sed, mucha sed, y de individuos individuales, únicos, incompletos pero hambrientos, a veces inocentes, a veces simplemente cínicos, y de sensaciones: es un libro de tactos. Todo se siente, se palpa, se huele, se recrea. La musculatura humana vestida de piel, pálida y fría que se torna rosada y caliente cuando el sentimiento la altera; la desnudez brevemente vestida con sábanas, ligeros bañadores, agua clorada o sudor; unos ojos; mechones de pelo; dedos juguetones, manos ávidas; labios callados y ojos caídos que miran quién sabe adónde.
Es un librito lleno de poesía nada amable, porque la vida no lo es; apretado, con los sentimientos desbordados de alguien que, siendo tan joven, sabe sin embargo de la lucha, de la desesperación, de la desesperanza a veces y de la soledad de todos los seres humanos, sea cual sea su género o su raza; nada amable, porque la aceptación de uno mismo nunca lo es; y es un libro muy humano, arrancado de las entrañas del puro sentimiento hecho prosa, hecho poesía, hecho hombre. E Iñaki Echarte Vidarte es ese hombre capaz de canalizar en sí mismo, y en nosotros, todos los fantasmas que nos conforman y que nos esperan, agazapados y únicos, en los fondos de nuestro ser más callado y sensual.
mine eye my heart thy picture’s sight sight would bar,
my heart mine eye the freedom of that right.
My heart doth plead thou in him dost lie,
a closet never pierced with crystal eyes;
but the defendant doth that plea deny,
and says in him thy fair appearance lies.
To side this title is impanelèd
a quest of thoughts, all tenants to the heart,
and by their verdict is determinèd
the clear eye’s moiety and the dear heart’s part,
as thus: mine eye’s due is thy outward part,
and my heart’s right thy inward love of heart.
Soneto XLVII
Entre mi ojo y mi corazón hay paz firmada,
y el uno al otro ahora se hacen mil finezas;
cuando mi ojo hambriento está de una mirada,
o el corazón de amor se ahoga de tristeza,
con el retrato de mi amor mi ojo hace fiesta
y al pintado banquete al corazón invita;
cuando no, al ojo el corazón festín lo apresta
y él de amorosos pensamientos se desquita.
Así, ya por tu imagen o mi sentimiento,
tú mismo estando ausente, siempre estás conmigo;
que ir no puedes más lejos que mi pensamiento,
y yo estoy con él siempre, y siempre está él contigo;
o si duerme, despierta al corazón tu imagen
a gozo en que ojo y corazón bien se agasajen.
Sonnet XLVII
Betwixt mine eye and heart a league is took,
and each doth good turns now unto the other:
when that mine eye is famished for a look,
or heart in love with sighs himself doth smother,
with my love’s picture then my eye doth feast
and to the painted banquet bids my heart;
another time mine eye is my heart’s guest
and in his thoughts of love foth share a part.
So, either by the picture or my love,
thyself away are present still with me;
for thou not farther than my thoughts canst move,
and I am still with them, and they with thee,
or, if they sleep, thy picture in my sight
awakes my heart to heart’s and eye’s delight.
Sonetos de Amor, William Shakespeare/ The Sonnets by William Shakespare. (traducción de Agustín García-Calvo). Editorial Anagrama, Sexta Edición, marzo 2002, Barcelona (España).
A Fernando Soto, que me regaló una historia maravillosa, un libro estupendo, desde su gran afición por el cómic.
Maus es una obra biográfica. Narra los avatares de Vladek Spiegelman durante los convulsos años oscuros del Nazismo. Sus dificultades, sus alegrías, sus desesperos, su soledad; el enorme amor por su esposa, de la que estaba separado en las torturas de un campo de concentración; su salida del infierno y, finalmente, su establecimiento en la tierra de promesas yanqui.
Obviamente, Vladek Spiegelman es judío. Y polaco. Y es un ratón.
Maus es una obra de arte. De escritura y dibujo. Maus es un cómic. Pero no es simplemente un conjunto de viñetas dibujadas. Ni una historia más acerca de la tragedia judía y del oscurantismo alemán. Lo que hace de Maus una rareza es su pretendida llaneza, su empleo de la metáfora y su juego de sentimientos. Art Spiegelman, su creador, un hombre de talento arrollador y único ganador de un premio Pulitzer (algo que a mí me resulta secundario) a una obra de ficción en cómic, eleva a obra maestra una historia que, en otras manos, resultaría manida: otra sobre la tragedia judía. Pues sí, otra historia sobre la Segunda Guerra Mundial, el hambre, el frío, la oscuridad, el desarraigo y el exilio: nada que no hayamos leído antes ni recordado antes. Pero en Maus el juego de los espejos forma una sorpresa y encierra un secreto: no nos importa tanto la historia pasada de Vladek como su propio presente; aunque comprendamos su presente escuchando su pasado, Vladek nos engancha por el laberinto de sentimientos que esconde y manifiesta; por sus manías, por su turbulenta relación con el día a día; con su segunda esposa y, aún más íntimamente, con su hijo Art. Y, como si todo esto no fuera suficiente, el desafío que representa Vladek como padre y persona para su propio hijo, y el proceso que hace que Art, contando la historia de su padre, encuentre el ser humano complejo y admirable que, en el fondo de su ser, Vladek siempre ha sido.
Así que tenemos en Maus historias dentro de historias, como pequeñas cajitas de espejos que reflejan realidades externas que no son más que la revelación de mundos interiores convulsos, confusos y enredados, y el afán de un hijo por, primero, componer una historia que le interesa desde fuera, y que paulatinamente se revela esclarecedora, liberadora y de una importancia radical para su propia vida.
El mérito de Maus no es cómo nos narra una historia manida ya, sino cómo nos descubre la belleza de unos personajes imperfectos que luchan por comprenderse a sí mismos, por entenderse entre ellos y que descubren, finalmente, el verdadero lazo que une a toda vida: el amor.
Maus es un homenaje a la historia de un pueblo, a la historia de una caída y de una redención. Pero, por sobre todo, es el homenaje a la historia de un hombre complejo y difícil; lleno de matices; y, finalmente sin pretenderlo, o quizá todo lo contrario, al amor. Al amor de un hijo por un padre, y al de un hombre por otro hombre, que nace del seno pulsátil de la comprensión de un ser humano por otro.