Aleluya/ Hallelujah.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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Feliz Navidad/ Merry Christmas.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

A todos aquellos que, conocidos o no, se han acercado alguna vez a este blog. A todos los que, faltos de Salud, sufren las consecuencias de la Enfermedad. A todos cuyos sueños se han visto truncados por las circunstancias, para que el corazón que late les enseñe el secreto de cada vuelta del Destino. A todos los que, alguna vez, se han acercado a un desconocido o a algún conocido, y sin siquiera pensar en ello, le han ayudado. A todos aquellos que nos enseñan las luchas de la Vida, y a vivir con sus abrazos, sus apoyos y su compañía, y muchas veces con su soledad.

Y a aquellos que, más de lo que me es posible, ocupan un lugar en mi propio corazón, a veces tan duro, que late porque los suyos laten, que vive porque los suyos viven: a mis familia, que tanto da y tanto exige; a Maribel y su familia; a Macu, por su constante cariño; a mis amigas Ana y Nuria y a cada uno de los miembros de sus familias, todos hermosos; a Teresa, Marita y Vicky, que me hacen reír con la locura de sus vidas.

A Jorge y Pilar, a Diego y María, a Fernando y Eva, a Raimundo e Isabel, a Isa y Mónica , a Yoli y a Elena, a Sander y a María, que forman el tejido que me une a una parte de mi vida que parece desaparecer cada día más.

To Philippe Servais: two days in the middle of a storm so bright, so incredible and so near.

To Todd Clary, because through his vision, his passion, Life is full of bright colors and hopes.

To Kimm and Michael Mace, because her Love of mother and their true talent lifted my own life to a highest levels.

To Lesley Dawes, Down Under the stars.

To Eric Arvin, because through time I’ve learned to admire his constancy and his bright talent.

To mySweet Kelley Weiss, with her passion and her strength Work, Life and Death are just the same marvelous gift.

A Pablo Pérez, cuya conexión excede los límites del conocimiento y su búsqueda coincide con la mía.

A Abel Arana, cuya voluntad de hierro, su fuerza y su senbilidad y su espíritu siempre presto me enseña que, a pesar de los golpes del Destino, siempre hay sitio para más.

Y a todos aquellos que comparten el día a día conmigo, que forman parte del suelo de mi vida, de mi comienzo y fin.

Y a Dios.

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Búscame y vuelve a casa/ Home To Stay.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

¿Con ánimos para Navidad?/ In the Mood for Christmas?

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

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Un cuento de Navidad diferente (Podría Haber Hecho Más)/ A different Christmas Tale.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Medicina/ Medicine

– Cincuenta años, mal llevados. Vida previa digamos que azarosa. Semi-indigente, ex-alcohólica aunque con poca base, pues suponemos que, si no bebe regularmente, debido a su vida andariega el hábito debe acompañarla todavía. Ingresada en Burela hace unos quince días por caída accidental y hematoma en muslo izquierdo en evolución; pidió el alta voluntaria. Durante ese ingreso detectaron anomalías hepáticas y comenzaron el estudio de insuficiencia hepática, que no pudo terminarse. Hace una semana ingresó aquí por propia voluntad debido a que se puso más amarilla y le podía el cansancio. Se siguieron los estudios, y a falta de biopsia, presenta en estos momentos un estado terminal de enfermedad hepática, de alta probabilidad alcohólica, con todas las patologías asociadas. Ingresó por insuficiencia respiratoria aguda secundaria a neumonía bilateral grave. Hubo que sedarla, pero con tanta tolerancia debido a su hábito alcohólico, resulta difícil mantenerla salvo con altas dosis de sedantes; intubarla y conectarla al respirador; además, presenta cuadro de anemia hemolítica, en un principio pensada como autoinmune, pero hay serias dudas al respecto; se transfunde diariamente, asociando plasma y plaquetas por la hepatopatía. Tratamiento antibiótico amplio en espera de pruebas microbiológicas…

– ¿El riñón?

– Con problemas. Aún responde a volumen, pero no es de extrañar que desarrolle un Hepatorrenal.

– Es de suponer…¿Y qué hacemos? Quiero decir, seguimos adelante aumentando medidas o esperamos a ver cómo responde a lo administrado hasta ahora.

– ¿Te refieres al filtro?

– Sí.

– No lo sé… Creo que debe ser una decisión conjunta.

– Por eso la planteo. Ya que estoy empezando la guardia…Esos antecedentes, con vida previa de mala calidad, alcohólica o ex-alcohólica con hábito intermitente, viviendo en a calle…

– Su pareja aún no ha venido. Y tiene un hijo que ha llamado por teléfono. Dice que vendrá a verla esta tarde…

– Pues yo creo que, ya que está aquí, y de esta manera, aunque sepamos que vaya mal, el filtro se lo pondría. Pero el de guardia eres tú.

– A eso voy. Podría ponérselo o no, porque no tiene sentido alargar una situación tan terminal. No me refiero al bache en el que se encuentra ahora, del que puede salir, sino a las consecuencias posteriores porque ese hígado no vale nada.

– Lo sé. Pero yo lo pensaría. Y veo que tú también.

– Sí… Bueno, sea. Si empeora el riñón, filtro y a ver qué pasa. ¿Os parece bien?

Todos asintieron. Como siempre, la responsabilidad, aunque tomada entre todos los médicos que allí estábamos reunidos, caía sobre el de guardia. Así son las cosas en el mundo de la Medicina Intensiva, la más ardua de todas las especialidades, en las que las decisiones, ninguna fácil, pueden determinar evoluciones y destinos. Incluido el nuestro propio. A veces da la impresión de que nos faltan hombros para tanta carga. Pero sólo es una falsa imagen. A veces no podemos con ella, pero seguimos sin remedio: es nuestro deber. Y nuestra profesionalidad, nuestro sentido del deber, y nuestro orgullo juegan un papel demasiado importante en la vida de nuestros pacientes. Nuestros. De nadie más.

– Está bien. Llegado el momento, a por todas.

– Suerte…Y buena guardia.

Siempre nos deseamos buena guardia. Por solidaridad; porque si fuésemos nosotros también la querríamos; diecisiete, veinticuatro horas en las que sólo aparejar el navío de los enfermos, ajustar pequeños detalles, asegurar que todos y cada uno de los pacientes y del ingente personal dedicado a su cuidado atraviese la singladura de esas horas con el mínimo trastorno posible. Pero sabemos que no es cierto, o no del todo. Porque siempre hay problemas, siempre hay que afrontar decisiones incluso injustas, incluso graves; siempre hay que solucionar decenas de contratiempos, a veces inútiles; y hay que afrontar, soportar y aceptar el miedo ajeno, la responsabilidad ajena y el miedo propio y nuestra propia responsabilidad: hacerlo lo mejor posible, con el mínimo de daño y el porcentaje de error más pequeño asumible. Y asumir, por encima de todo asumir, nuestros propios límites, a veces demasiado estrechos, entre la labor, el deseo y la realidad.

El caso de esta señora es típico. Una vida licenciosa, llena de abuso del alcohol, que mina las maravillas de ese regalo que Dios nos ha dado; y cuyas manifestaciones de protesta, cuando llegan, son absolutamente destructoras, únicas, e irremediables. Sobre el papel, aún sin verla, sabía que era inviable, que la neumonía que había abocado su ingreso en una cama de nuestra Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) sería el puente que la llevaría a una muerte segura, porque su cuerpo, muy minado por la cirrosis alcohólica que de seguro tenía, no podría soportar la ardua batalla que una infección tan grave le acarreaba. A pesar de toda nuestra ayuda, de todos nuestros cuidados.

Cuando me acerqué a ella, después de atender a otros que también necesitaban vigilancia, el panorama era desolador. Sangraba con extrema facilidad,  y poco a poco la función respiratoria iba empeorando. A pesar de los sueros, la sangre, las medicaciones, su estado empeoraba continuamente. Y estaba despierta. Muy despierta. Sin dolor, eso sí, pero plenamente consciente. Y no sé qué puede sentir una persona clavada a la cruz de una cama, con vías, tubos, sueros, medicaciones, bombas y alarmas rodeándola, incapaz de comunicarse salvo con la mirada. Y su mirada era perdida, llena de bruma y resignada, o al menos así me lo apreció cuando me acerqué a ella para explicarle que intentaríamos sedarla un poco más para que estuviera cómoda. Hizo como si me entendiese, cerró un momento esos ojos perdidos, y cabeceó con desgana.

Resoplé, barriendo con mi propia vista el cuadro de su estado. Volví a resoplar cuando analicé su evolución, sus analíticas; los gases respiratorios cada vez más malos; el abdomen más abultado por el acúmulo de líquidos que aquel hígado era incapaz de sobrellevar, y unos riñones que no producían orina suficiente para acometer su función depurativa. Resoplé nuevamante, algo cansado. No quería someterla al filtro renal, que es una de nuestras armas terapéuticas más eficaces, porque en su caso sólo equivaldría a alargar una agonía que ya era tortuosa. Dentro de los cientos de problemas que debemos afrontar, está el de tomar decisiones que pueden, en contra de lo que esperamos, extender en el tiempo situaciones que no tienen mejor futuro que el de la muerte. Pauté diuréticos; más volumen; más sangre, que parecía perderse no sabía dónde; más plasma para ayudar al hígado; más antibióticos porque me había sido comunicado que el germen era de los peores posibles aunque de los esperables. Un cuadro.

En eso estaba, ajustando mis propias batallas internas, cuando me avisaron que el hijo de la paciente había llegado. Debido a la situación personal de la enferma (indigencia, alcoholismo, pareja también alcohólica y aún no contactada) dudé en lo qué hacer. Desde luego debía informarle de su situación extrema y de sus altísimas posibilidades de morir; era mi deber. Pero dudaba en hacerlo pasar a deshora, un agravio delante de las otras familias de enfermos que respetaban el rígido horario de visitas (por lo demás nada amable con los familiares); pero, al parecer, no le había sido posible venir antes y pedía permiso, por favor, para verla.

Suelo ser rígido con las normas. Me gustan las reglas porque evita nuestra natural tendencia española a la disipación y a la anarquía. Pero, a la vez, no sé si como defecto o como virtud, intento ser algo flexible. El exceso de rigidez es tan malo como la extrema amabilidad ante su cumplimiento, y aprender el exacto punto en el que la condescendencia y la normativa se encuentran para darse la mano, es una labor que parece no tener fin.

En esta dicotomía mental, que batallo siempre en silencio y con mohines que sé graciosos pero que mi personal respeta porque saben de su importancia, terminé decidiendo que podía verla. Aprovecharía entonces para explicarle con hechos y no sólo con palabras la mala situación de la paciente y su estado terminal.

Cuando entró el hijo de la enferma, con su gorra de béisbol blanca y su andar lento y su mirada baja y las manos en los bolsillos del vaquero con los hombros encorvados, no pude despegar mis ojos de él. Jovencito, diecisiete, dieciocho años quizá. Tenía una pequeña barbita repartida por parroquias, de color castaño claro; unos ojos acastañados, grandes y expresivos; la piel muy blanca, y la mirada melancólica. Era realmente guapo, guapo y triste. Me miró y debió reconocerme, a los pies de la cama donde se hallaba su madre y me sostuvo la mirada. Creo que le hice un gesto para que se acercara, pues él cabeceó y me hizo caso. Alto, de buen aspecto, cuidado, limpio; contrastaba con la historia de su madre y con su aspecto.

Me saludó con la cabeza y esa timidez propia de los familiares ante el médico en una situación difícil. Lo entendía. Intenté explicarle el estado en el que se encontraba, ajustando mi lenguaje al de sus pocos años. Una costumbre que adquirí para desarrollar cercanía y cierto rapport, y que a veces tanto se me pega, que empleo en mi vida privada expresiones de niñato que no me van nada. Y para hacerme entender, que nuestro lenguaje críptico y grandilocuente sienta bien a las masas médicas, pero no a un familiar que, lleno de ansiedad, se acerca para saber cómo está, qué le pasa y qué puede ser de él.

Le iba a decir que la gorra no estaba permitida, aunque la llevaba casi fuera de la cabeza. Pero me abstuve. Qué más daba. Delante de mí tenía un chicarrón con expresión consternada, lleno de interrogantes y ansioso hasta el temblor; esas normas absurdas no pintaban nada en aquel momento.

Cuando habló me sorprendió. Esperaba encontrar una persona que, por su aspecto (a años luz del de su madre), parecería mantener poco contacto con ella, y sin embargo no era exactamente así. No vivía con ella, sino con sus abuelos, pero sabía de sus andares perdidos y de su enfermedad grave. Mientras estuvo ingresada en la planta, llamaba y venía a visitarla a diario, y se enteraba de su estado puntualmente. Sabía de su enfermedad hepática, de sus problemas de sangrado, de que le costaba respirar desde hace dos días. No lo entendía para nada; no es fácil asimilar un torrente de información lleno de tecnicismos que para él no tenían valor; pero lo sabía. Los médicos de la planta le habían dicho que no había mucha más salida, porque el hígado estaba muy dañado, y que todo se debía…

– Al alcohol, ¿verdad?

Esos ojos me miraban fijos. Brillaban. Y esa tristeza. Y yo que me vuelvo blando ante el dolor ajeno. No me podía estar pasando esto.

– Sí… Pero me gustaría dejar algo claro, ¿vale? Está muy grave…

El chico asentía ansioso una y otra vez. Yo había comenzado a tratarlo de usted, pero era demasiado joven y demasiado bien educado y lo que tenía que decirle era demasiado delicado. Demasiadas cosas. Así que lo tuteé sin dudarlo.

– Y casi seguro que no tiene muchas posibilidades de remontar el bache en el que se encuentra.

– Pero puede ponerse mejor, ¿verdad?

¡Uf! Esto no iba a ser fácil…

– Mírala, por favor. Puede ponerse mejor, desde luego, si responde al tratamiento…Pero es que creo que no va a responder como nos gustaría. A pesar de los esfuerzos, está empeorando cada vez más y…

– Es decir…

Y su mirada se desvió hacia su madre, crucificada en aquella cama, llena de datos, monitores y de signos y síntomas y de medicación y de vida perdida en el limbo del tiempo malgastado.

– ¿Lo entiendes, verdad?

Volvió a mirarme con lágrimas en los ojos. Y la expresión más triste que había visto en mucho tiempo. Se ajustó la gorra blanca e intentó sonreírme. Y lo hizo. A mí. En medio de un momento tan difícil, en el que asimilar la posibilidad de la muerte de una madre, aunque hubiese tenido en su momento que apartarse de ella para que disfrutar de una vida mejor y más estable y que de seguro ese chaval (como todos los niños) merecía, era lo más real que le podía estar pasando en su corta existencia, tenía tiempo para sonreírme sin entenderme, para agradecerme una sinceridad a veces aplastante, y que le dejase pasar a verla. Y a mí ese niño me dejó sin palabras.

– ¿Puedo estar un ratito con ella? ¿Por favor?

La enfermera que la llevaba, una veterana con mucho corazón, también me miró fijamente. Teníamos mucho quehacer; cambiar vías; mejorar los enfermos vecinos; dar órdenes; obedecer mandatos médicos que no siempre son fáciles de entender sin el oído adecuado; un rosario de justificaciones que la sensatez llevaba a denegar esa petición. Pero aquel niño grandote de ojos tristes; aquella mirada de compasión de una enfermera acostumbrada a mil tragedias y desastres, y mi propio corazón, pudieron más.

– Sí, hombre. No te preocupes por el tiempo. Ve con ella.

Volvió a cabecear. Y volvió a darme las gracias dos veces más. Y se fue con ella.

En todo el tiempo que estuvo a su lado hicimos muchas cosas, pequeñas y grandes, de mayor y de menor importancia; todas vitales, todas útiles. Órdenes, medicaciones, maniobras terapéuticas; técnicas; ingresos. Pero nada de lo que sucedía a su alrededor pareció importarle a ese niño grande una vez que descubrió que su madre podía escucharle y comunicarse de forma casi primaria con él. En el revuelo de una guardia de Medicina Intensiva, tuve tiempo de ver desde lejos esa burbuja transparente y protectora que se había creado entre una madre y un hijo; no importaban ya las circunstancias vitales, los azares que llevaron a separase; el alcohol que destruía lo que el amor parecía empeñado en revivir, y el hilo delgado que mantenía con vida aún a aquella mujer. Ignoro cuánto tiempo estuvieron juntos; por decencia, no oía lo que él incansable le decía. Pero lo veía tomarle de la mano, acariciarle el rostro amarillo y reseco, hablarle hasta quedarse sin voz muda, darle besos y más besos llenos de ternura. Aquel niño, que de seguro vivió momentos de extrema dureza por el comportamiento de aquella mujer, que ere su madre, que estaba viviendo las consecuencia de sus decisiones erróneas, no la juzgaba por ello, no la analizaba por ello; aquel niño aceptaba el presente, aceptaba a su madre, y quería a su madre fuese como fuese. Aquel niño, que de seguro había sufrido abandono y desamor, devolvía a la vida el mayor de los regalos: el verdadero y libre amor. Y aquello, más que nada de lo que había vivido hasta ese momento, me rompió el corazón.

Durante ese hiato imperceptible de tiempo, la enfermera se le acercó y le indicó, con la máxima ternura, que debía irse. Él aceptó sin protestar. Se acercó más a la cama y le susurró a su madre un hasta luego, y le dio el beso más hermoso en la frente, suave y dulce, lleno de cariño no expresado hasta ese momento. Al levantar los ojos, me vio a la cabecera de la enferma. Si estaba buscando una sonrisa por mi parte, no la encontró, porque yo mismo estaba ocupado recogiendo los trozos de mi corazón destrozado.

– Doctor, ¿puede salir de ésta, verdad? ¿Aún hay alguna oportunidad?

Estuve callado un momento. Todo el personal, que me conoce tan bien, estaba pendiente de mis palabras, dispuesto a hacer de inmediato lo que estaba decidiendo en esos instantes fugaces. Aunque no los veía, podía sentirlos en mi piel, en mi mente. Yo no separaba mi vista de esos ojos melancólicos, de esas chispitas de lágrimas  a medio rebosar. Mi sensatez me dictaba un camino; mi corazón, aún sabiéndolo, gritaba hasta dejarme sordo. Y allí yo mudo, decidiendo lo imposible, asumiendo una vez más un papel ímprobo, a veces inhumano.

Y recordé de improviso que estábamos en Navidad. Y, aunque extremadamente cansado de mi propia vida allí encerrado, afuera el mundo sonreía; estaba lleno de esperanzas; esperaba regalos que la vida, merecida o no, les iba a dar. Aquel niño me pedía una esperanza, aunque remota y, francamente, irreal. Aquel niño que había sabido sobreponerse a una infancia dura, a una separación inhumana, a una mujer cuyos hábitos la habían denigrado ante sí misma y ante la sociedad, pero no ante él, que la seguía amando aún en la distancia, que la seguía respetando y la cuidaba… Ese niño grande, de barbita inconclusa, de gorra de béisbol desvaída, de rasgos hermosos y mirada triste, de vida demasiado vivida y de una inocencia atroz y tierna a la vez.

Sí, aún había una posibilidad. Remotísima pues la situación era casi insalvable, pero aún podía hacerse algo más. Algo que, si fuese para mí, quizá no hubiese elegido. Pero no era para mí sino para ella, cuyo hijo la hacía merecedora de toda oportunidad, y para él, cuyo amor era más fuerte que las circunstancias que lo rodeaban, y cuya débil fortaleza lo hacía merecedor de esa oportunidad.

– Puede que sí. Pero es poco probable, quiero que eso te quede claro…

Su mirada me dijo que sí, pero su corazón decía que no. Nadie pierde la esperanza, por más que intentemos que la mente consiga adueñarse del indomable corazón que late. Pero eso ya no era importante.

El personal comenzó a revolucionarse a nuestro alrededor. Y en menos de un pestañeo, la máquina del filtro renal, el catéter para su colocación y más sedación estaban dispuestos para cumplir mis órdenes. Al final, todos consiguieron arrancarme una sonrisa quizá un poco amarga.

– Ahora sal, ¿vale? Pasarás en la hora de visita. Pero ya no podrás hablar con ella, estará más dormida, ¿vale? Y quizá un poco peor.

– No importa, doctor. Pero yo hablaré con ella. Siempre lo he hecho, en la distancia. Y ya no necesito que me conteste. De verdad.

Y salió de la unidad con ese paso desgarbado, las manos en los bolsillos, y la mirada triste perdida en los pasillos de la vida que se vive.

Y yo me quedé callado. Perdido en el vacío. La enfermera se acercó y me tomó del brazo suavemente.

– Juan…

Desperté de mi ensoñación… Al fin y al cabo es Navidad. Y yo no podía negarme a ese amor. Ya no.

– Sí… Carga quince miligramos de midazolam y una perfusión. Cambiamos el propofol; aumentamos las aminas. Cien por cien de oxígeno, relajamos con vecuronio y preparamos el filtro. Una compresa para asepsia y el catéter. Vamos allá…

Ella no se movió de donde estaba y volvió a llamarme. Sabía por lo que yo estaba pasando y lo que me había costado esa decisión.

– Es Navidad, ¿no? Vamos a darle una oportunidad de sanar. Por ella, que es la enferma. Pero sobre todo por él, que se lo merece.

– Ojalá vaya bien…

Contemplando a la paciente, cabeceé lentamente. Mis ojos, que hace mucho tiempo que han perdido su brillo, chispearon ante la imagen de ese niño con su madre.

– Ojalá… Anda, vamos allá…

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Un rayo de sol/A Sunbeam.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Lo conocí hace unos seis años, y se ha convertido en ese tiempo en el perfecto compañero de trabajo y en uno de los mejores amigos que alguien como yo, que seguro poco lo merece, puede tener.

Nada hay de él que me irrite. No hemos tenido en todo este tiempo, en todas las horas eternas que hemos compartido juntos, una palabra más alta que la otra ni un desencuentro digno de mención. Sin pretenderlo, nos hemos llegado a entender con la mirada, y conseguimos llegar a un consenso casi sin argumentos, empleando la mínima cantidad de palabras posibles, aceptando las ideas peregrinas de uno y del otro, aplicándolas en un tiempo definido por nuestras propias ganas, y con un respeto que ha excedido siempre los límites de la educación más sobria.

En Sander de Lange todo es energía. Una energía electrizante, que fluye desde esos ojos azules siempre dispuestos a luchar por lo que cree y a trabajar sin descanso. Es difícil estar a su lado y no dejarse atrapar por ese torrente de alegría que nos lleva siempre a hacer lo debido; por esa cascada de felicidad por vivir lo que más ama. Porque él es médico, y uno muy bueno, de los pies a la cabeza. Un médico que se dedica a su arte, que se sabe artísticamente impecable, y que trasciende, haciendo lo que desea, volviéndose inmortal. Porque nadie es menos sólido y más espíritu que aquel que hace lo que en realidad ama. Y él ha nacido para practicar la Medicina, para vivir la Medicina y para ser lo que es: un médico excepcional.

Sander de Lange es holandés. Rubio como el sol; pálido como el mediodía. Y con unos ojos azules brillantes, bujías en ese rostro norteño, caucásico, que enmarcan una mente cuadrada, poco habituada a la ligereza y a la flexibilidad. Y esa incapacidad, que en otros sería irritante, en él es sólo admirable, un rasgo característico y único. Y es importante que sea holandés, porque, aparte de políglota, y de su capacidad de adaptación que sólo amplifica el amor, esa certeza de carácter, esa entrega a todo lo que hace, es un rasgo heredado de esas tierras de hombres cabezotas, tan dispuestos a ganar tierra al océano con la misma impasibilidad con la que ordeñan una vaca o siembran campos enteros de tulipanes: pertenece a una raza cabeza dura, precisa y, en contra de lo que se pudiera pensar, alegre y amable con todo lo extraño.

Llegó a mi vida, y a la de muchos otros, como una sorpresa, en forma de viento fresco, dispuesto a dar todo de sí sin pedir nada a cambio. Y nos reconocimos en lo distinto, en la novedad, y me sedujo su total entrega, su constante fuente de actividad, su ansia de saber, de experimentación y su casi total carencia de miedo. Por él he hecho cosas que nunca me hubiese si quiera propuesto, y he conseguido alcanzar fronteras muy lejanas arrastrado por la fuerza de ese cometa naranja.

Nunca me he sentido mejor médico que a su lado. Nunca he sido mejor persona lejos de él. De normal tranquilo y poco aventurero, gracias a su gravedad de planeta en eterno movimiento, ha conseguido de mí muchas locuras, todas sensatas, y un apoyo sin parangón en todo el tiempo que llevo ejerciendo una profesión en la que aún me pregunto día tras día si hago lo correcto o si valgo para ella.

A su lado nunca tuve dudas. Él las diluía todas con una sonrisa perfecta, con su lenguaje español repleto de errores gramaticales, tan graciosos y dulces, cuya corrección apenas le comentaba porque esa imperfección formaba parte de su encanto, y verlo enfrentarse a esos errores, que a otros simplemente irritaría, con tanta alegría y tanta humildad, era una lección de vida.

Trabajamos codo con codo desde las horas más tempranas; nos repartíamos todas las tareas, desde las más ímprobas a las más excitantes; y nos llenamos de ese respeto ansioso y alegre a pesar de ciertas diferencias que, gracias al tiempo, fueron desapareciendo hasta quedarse olvidadas en los rincones más perdidos de una amistad que nació desde el primer día que nos conocimos.

Nos hemos visto casi a diario en todos estos años; hemos viajado juntos y compartido alimento y habitación. Estuve en su país durante pocos días, y quiso que me comportase como uno más. Ese país de gigantes, en el que él parecía una excepción (que no es tal, porque nadie es más holandés que mi holandés) me acogió con la misma alegría sana con la que él me aceptó en su vida, y juntos emprendimos esa aventura extraña con la misma confianza a la que yo me entregaba en cada uno de sus proyectos. Comí sus platos típicos; caminé por sus calles empedradas, disfruté de ese tiempo melancólico y húmedo que me es muy querido, y me fascinó la eterna dejadez de unas ventanas por siempre desnudas. De resultas, una gran experiencia y la constatación de que, según sus palabras, yo merecía ser tan holandés como él.

Todo en él es admirable: su mujer encantadora, su niña de carácter indomable; su eterno respeto por el paciente, por el compañero, por la enfermera, la auxiliar y el personal subalterno, aún a costa de poder rozar el abuso y el exceso de confianza. Su rigidez de tres siglos atrás; sus ideas preconcebidas; sus proyectos, sus ansias de aprender. El eterno motor que nace de un corazón al galope y la energía proveniente directamente del sol.

Estar a su lado me hacía ser mejor profesional, me hacía sentir amor por el trabajo. Verle cada mañana para mí era un soplo de alegría, porque, en las brumas en las que día a día me encontraba, un rayo de sol penetraba en mi interior y despertaba mi lado más juguetón, más arriesgado y más responsable. Sander de Lange es uno de esos seres maravillosos que hacen del mundo un lugar mejor; un lugar en el que vivir y jugar y aprender, libre de miedos y de prejuicios, porque es en sí mismo una estrella, un planeta habitado por miles de vidas sin igual, y dueño de una generosidad que apenas conoce límites. Decir que lo quiero es una redundancia. Decir que ya lo extraño no es más que caer en la obviedad. Pero es cierto. Y seguro extrañaré a la persona que él me hacía ser con sólo su presencia, y a la vitalidad que me inflamaba cada mañana del eterno año, cuando llegaba sonriendo, húmeda la cara por la lluvia o achispada por el frío, llenando el ambiente con la estridente alegría de sus «¡Buenos Días!»

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Por recordar/ To Remember.

El mar interior/ The sea inside

Cuando amamos no somos conscientes de que lo hacemos, que el tiempo pasa a través de nosotros con esa rápida madurez de las horas perdidas. Porque no hay segundo que no se paladee en inconsciencia, en ciega dejadez. Todo es hermoso, brilla, resplandece; todo; hasta nuestros defectos más oscuros; hasta los del Otro que comparte esa extraña locura, ese maravilloso destello de realidad.

Cuando amamos nos extraña la fealdad del mundo, se nos hace ajena la carencia, la ordinariez, la dejadez. Porque el mundo gira con nuestro corazón que late, late a mil por hora, destronando la razón, llenándose de razón, y persigue al sol en la carrera sin fin del atardecer. Nuestra consciencia palidece, se diluye en el eterno devenir del sentimiento, en la magia que nos lleva a hilvanar horas tras horas en un engarce de puro titanio, de indestructible acero. Los cientos de defectos, las pequeñeces que en otro tiempo nos harían palidecer de rabia, simulan efectos sin importancia, defectos de maquillaje que ya se arreglarán luego. Disfrazamos al Otro con el traje de nuestros sueños, y, oh, claro que sí, esos sueños son hermosos.

Y sin embargo, llega un momento en que el mundo deja de girar y se detiene el sentimiento como un río seco, y queda el lecho pedregoso en donde nuestras huellas, profundas, nos enseñan el camino hacia ninguna parte. Y nos encontramos solos, acompañados por un extraño que ya no lleva nuestro nombre, ni nuestros sueños, ni nuestros deseos. Y nos preguntamos qué hacemos en ese paraje yermo que parece no tener salida alguna, ninguna finalidad concreta…

Pero eso no me ha pasado contigo. No me he despertado una mañana y te he dicho que me das asco; no te he dicho que todo no era sino superficie, besos raudos, labios resecos insalubres, insípidos, sin deje ni concierto, sin causa ni maneras. No: has sido tú que me has dejado como quien olvida una locura que molesta, unos recuerdos que más valdría olvidar. Aunque el amor haya sido hermoso, aunque el amor significase un universo para mí, para ti no ha sido más que un trámite para llegar no sé dónde, pero sin duda lejos de mí. Sólo te has despertado una mañana y ya no eras el mismo, con los mismos ojos de miel y desierto, y la misma mirada perdida en los límites de mi cuerpo. Y te fuiste como quien deja una vida molesta, una chaqueta raída y unos calcetines usados que ya no son útiles….Te deshiciste de mi amor como de un disfraz mal cortado, y diluiste mis besos, mis caricias, mis ansias, mis deseos, mis sueños y mis regalos en el agua del Olvido con tanta facilidad, con tan poco pesar…

El amor es hermoso, es algo para recordar. Pero no el mío. No yo. Que te doy asco y te hago sentir nadie. Nadie que se va y desaparece tras la lluvia fría, el coche en marcha, un acelerón brusco y ni un hasta luego, ni un adiós. El amor es hermoso, pero no el que yo inspiro, o no el que nunca he inspirado. Mi amor sólo ha servido para decir adiós, para marcar tu vía de escape, tu último razonamiento, tu nadir.

Y ya ves, aún pienso en ti. En lo que sería. En lo que fue. En todas las formas de belleza que tu amor sembró en mí. Y en todas las sombras que al final me dejó. Me dejó el día que te fuiste y me dejaste atrás, hace un año ya.

Y me gustaría decir que te odio; me gustaría decir que ya me olvidé de ti. Que mi amor se diluyó con el recuerdo y que se marchó tras de ti. Pero desgraciadamente no puedo; sinceramente, casi me da igual. Mi amor por ti fue tan hermoso y en tantos sentidos, me hizo sentir tan hermoso a pesar de lo feo que soy, que sólo recordándolo consigo ser parte de aquello que fui, de aquel disfraz, de aquel sueño manco, manco por haber sido soñado sólo por mí.

Aún te quiero a pesar del tiempo transcurrido. Quizá porque nunca fui mejor que entre tus brazos. Aunque tú no lo merecieras. Quizá porque nunca me sentí más especial. Aunque tú mintieras. Porque, aunque tu amor fuese de pacotilla, mi propio amor fue demasiado bello, demasiado real, como para deshacerse de él como de un trozo de papel.

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