Llueve. Y cada gota es una lágrima de plata que cae tímida de las nubes grisáceas y oscuras.
Vivir detrás de ti es algo parecido. Por más que me digo y que me engaño, sentir el silencio de tu corazón es casi tan doloroso; me empapo de ti y todo sigue igual, no notas que te toco por detrás, que te acerco un paraguas, que te regalo la sonrisa más hermosa del día.
Llueve. Y alargas la mano para pedirme unos papeles. Sin decir una palabra sé cuáles son. Sin emitir un sonido sé lo que necesitas. Lo leo en tus ojos, en la comisura de los labios y en el movimiento apremiante de tu brazo.
Pero no te das cuenta.
La calle mojada parece que brilla llena de escarcha. En la oscuridad, las lámparas arrojan un abanico de luz que parece tocarnos a ambos. Pero no te das cuenta. No sabes que te abrazaría hasta dejarte sin aliento; que tus labios probarían una pasión callada y enorme que ya no me cabe dentro; que sabrías algo más de un mundo que no se atreve a hablarte, de un corazón que te quiere mudo y sin cansancio, y de la inmensa fortuna de ser amado.
Caminamos uno junto al otro. A un ritmo al que yo me adapto, como me he acostumbrado a tu mal humor sin café de mañanas, a tu silencio de tumba abierta, a tu mirada excitada con un proyecto, con una ilusión, y a esa sonrisa que tan poco me dedicas.
Y lo sé, sé que esto que se derrama dentro de mí es inútil, que estás ciego, que tu corazón de piedra sólo se abre ante otro nombre. Pero no puedo hacer nada. Como no puedo detener la lluvia que cae ni secar la humedad de la calle. No puedo saciar este deseo de hacerte feliz, de mimarte aunque me ignores, de servirte aunque lo des por sentado. Y nada es gratis. Nada. Salvo mi amor.
Te amo. Este año y el anterior. Hoy y mañana. Te amo. Pero no me escuchas. Siempre detrás de ti mi amor es un susurro que apenas toca tu piel, que apenas roza tus oídos. Y no hace ni cosquillas a tu corazón.
Sin ti no sé qué sería. Sin mí, seguirías siendo lo que eres. Quizá más torpe, quizá con peor humor. No lo sé. Pero tú mismo, que solo te has bastado para llenarme de un amor que es como la bruma y para regalarme cuando me hablas una música llena de estrellas con la que a veces, a veces, bailo en sueños y en sueños te beso y en deseos nos abrimos como flores caldeadas y nos cerramos luego, sin palabras de río que estorben el momento, hasta la próxima vez.
Pero estoy detrás de ti. Y nunca me ves. Y no oyes mi lamento ni atisbas mi confesión… Y todo sigue igual.
Te amo. A ti. Siempre detrás de ti. Hoy y mañana. A mi manera, a discreción. Esperando, como mendigando, una limosna de amor.
El aeropuerto rebosado de gente que va y viene, con sus rostros de belleza desigual, alejados de su presente, que es, como el mío, esperar.
Sentado junto a los ventanales veo cambiar las horas. En las agujas del reloj, en los colores del cielo. Espero por mi vuelo retrasado, con ansia porque me lleva a ti.
Cansado de jugar con los desconocidos que pululan por los pasillos (algún día te contaré cómo imagino vidas, qué clase de sentimientos tienen, qué expresiones variadas contienen los rostros de la gente que va y viene en un aeropuerto) mi corazón que no descansa un minuto va hacia ti. Y mi mente, que no le va a la zaga, se deja querer, y se regodea en tu recuerdo, y aunque la espera es larga, me siento pegado a ti y sigo aquí.
¿Quién me lo iba a decir? Esperando, con unas ganas de un mañana, tú lejos y sin embargo tan cerca de mí que casi puedo olerte y sentirte y tocarte. Te veo en el reflejo del cristal, y tu imagen enredada con mis piernas parece que ríe de gusto porque al fin estamos juntos.
Llegaré a medianoche, creo. Y me falta tiempo para salir corriendo a buscar el coche, toda la vida aparcado y lleno de polvo, para llegar a casa y a ti. ¿Quién me lo iba a decir, tan pegado a ti que no vivo hasta tenerte cerca?
El corazón late, como tiemblan mis manos al tocarte. Eres una maravilla. Y me quieres, cosa que me maravilla. Y yo te amo, y no salgo de mi asombro.
El cielo se tiñe de púrpura. Parece que hace un siglo que no te veo y han sido sólo tres días. Horas que se escaparon de nuestros abrazos. Y sin embargo te tengo tan dentro, que cada momento a solas era una comunión, que cada minuto que pensaba en ti era dibujarte cerca y olerte y besarte y sentirme feliz y en paz. Así de pegado me hallo a ti.
Llaman ya… Me levanto como con un resorte. Doy un brinco: quiero ser el primero en todo. En sentarme, en bajarme, en encender el móvil, en llegar al aparcamiento, en dejar el bolso en medio de la sala y en aterrizar en tu cuerpo, con ese perfume tan tuyo, en una cama que huele a nosotros y a eternidad.
Vaya adonde vaya, contigo y sin ti, pegado a ti, por siempre.
¿Sabes? He intentado que pasara desapercibido. De verad, me ha costado. Sonreír sin ganas gasta mis energías. Siento que me saca el azúcar, que me deja sin deseo alguno. Y yo ya no tengo muchos.
¿Sabes? No quería que nadie lo supiese. Como si se pudiese tapar el sol con un dedo. La tristeza se desborda, chico, y es difícil detenerla. A veces se me dispara por los ojos y lloro. Y me avergüenza porque la gente mita hacia otro lado, como si fuese algo malo, como si tuviese la peste. Y después están los amigos, que se abalanzan con buenas ganas pero pasajeras, como por cumplir.
No siempre es así, claro, pero como si lo fuese.
Por eso no quería decirlo: forzar a alguien al cariño es una labor tan infructuosa como arar en la arena. ¡Oh! Lo he intentado, créeme.
¿Cómo curar un corazón herido?
Si lo supiera…
¿Cómo hacer que las pupilas dejen de manar y que la tristeza se desdibuje en la boca?
No lo sé…
Y no quería que lo supieras, eje de mi vida, causa de mi dolor, motivo de mi sinrazón, causa de mi tristeza. Pero al final he tenido que hacerlo y no me has dicho nada.
¿Cómo curar un corazón herido?
No lo sé…
Pero tú sí sabes y no has querido. No me has amado ni me has dejado libre. Me saludas y no me abrazas. Y dejas que te bese sin decir nada.
¿Cómo hacer que me olvide de ti? ¿Cómo pasar página?
No lo sé…
Y ahora que todos se han enterado, me ven con el mundo detenido y se encogen de hombros o me dan palmadas o me dicen que ya se arreglará, como si un clavo sacase a otro clavo y en el corazón, ese corazón noble que se engaña tan fácilmente, no quedase la herida para siempre de un amor rechazado, la cicatriz singular de un dolor enorme que detiene su latido y lo deja vacío y sin ganas de más.
Me gusta tu perfume. Tu piel se suaviza con ese aroma y hace que me tranquilice.
Ven. Quisiera decirte algo.
Empieza el invierno y los días son cortos, las noches muy largas, y estamos juntos.
Te quiero.
Quiero que sepas que cuido de ti sin rubor, que me gusta preparar el desayuno, disponer la cama para los dos, encender la chimenea y verte echado en el sofá con la tele puesta y tus ronquidos sonoros.
Allí adonde vaya tú vas conmigo. Allí donde esté, tú me acompañas.
Quiero seguir compartiendo cada mañana, cada cena, cada hora del día contigo. Quiero que la noche llegue y nos encuentre así, juntos, cada uno en su mundo y en el de los dos.
Te quiero.
En soledad te siento cerca; a tu lado sólo hay plenitud.
Ven. Siéntate aquí, cerca de mí. Así… ¿Te acuerdas?
Quiero que sepas que nada te hará daño; que te protegeré con mi corazón rabioso y esas ganas locas que tengo de amarte. Quiero que sepas que siempre podrás contar conmigo, no importa el futuro ni las vueltas del destino.
Nadie verá por mí mal de ti. Nadie sabrá, por mí, mal de ti. Eres demasiado grande, demasiado único, demasiado irreal para poder soñarte. Te lleno de besos como me lleno de goce y los días pasan y el amor crece por tenerte así, junto a mí.
Ven. Siéntate. Sí, junto a mí. Quisiera decirte algo…
Ámame igual o ámame diferente. Pero ámame así, juntos y separados, por siempre.
Dormía (mal) sin sueños. Comía (mal) sin ganas. Lloraba a veces y a veces me quedaba callado. Y hablaba para llenar el espacio vacío con ruido.
No tenía pulso. Y respiraba sin consciencia.
Día a día. Semana a semana. Mes a mes. Corazón de piedra.
Hasta que te encontré.
Y empecé a estar vivo.
Alguien que me despertó del sueño gris de sobrevivir. Alguien que me enseñó la luz de la mirada, la untuosidad de la caricia y ese sabor tranquilo del beso y del placer.
Mi corazón despertó de su letargo de acero. El cincel de un cariño inmenso lo liberó de ese hielo que lo protegía y lo hizo latir pum, pum, pum, otra vez.
Gracias a ti sé lo que es estar vivo. Reír, llorar, cantar, soñar, extrañar y besar.
Alguien que me ha hecho correr por el parque en su busca; que hace que hiperventile por puro nervios al verle; que me despierta por la noche, que me abraza por el día, que me quiere una hora y otra, haciendo mis días un conjunto de sensaciones y de sabores vibrantes.
Alguien que me agobia y me hace enojar. Alguien que me dice qué hacer y qué no ponerme. Y que discute conmigo y se deja querer y se deja abrazar y se deja acariciar y que me dice y me desdecir y sigue allí.
Estoy vivo: siento el latido de mis arterias, siento el aire llegar a mi corazón. El futuro vive en mí, y el pasado se deshace en el olvido.
Porque te encontré. Y el mundo es inmenso y gira, gira en derredor nuestro lleno de vida, ahíto de alegría.