Gallitos

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Hace años, antes de las definiciones sesudas (más valdría decir periodísticas) que han puesto sobre el tapete de la actualidad actuaciones vergonzosas y maleducadas creando alarma social donde sólo debería haber educación y respeto a los demás, ya existía la raza humana que llamábamos Gallitos.

Esos personajillos, los tíos duros de la escuela, los matones veinteañeros, los abusadores de los treinta, los manipuladores de los cuarenta y los chulos de la edad provecta. Personas que basan su sentido de ser dentro del marco de una supuesta aceptación grupal y que tienden a sojuzgar lo que no les gusta, lo que les difiere, ignorantes que una bisectriz no es más que el punto de unión de todas las diferencias del ángulo de la vida.

El niño abusón por su físico más grande; el niño respondón con su lengua viperina; el niño cuyas normas sociales no les son enseñadas en el hogar; el adolescente arisco que no le importa destruir una amistad incipiente a favor de un detalle hiriente, una ocurrencia que le acarrea una fama efímera en su más efímero grupo de amistades, ignorante todavía que el mundo evoluciona más rápido de lo que crece. El abusador que en el campo de trabajo maltrata a sus iguales, creyendo tener siempre la razón; que denigra a los subordinados con actitudes escandalosas, que marca el terreno de juego y las personas con las que desea jugar; que marca la diferencia con orina, sudor o una palabra acerada e hiriente: Gallitos.

Hoy tienen otros nombres, pero no, NO son novedad. El bullying, el mobbing, la discriminación por raza, género, edad o sencilla antipatía; aquel que abusa por malas formas, que divide siguiendo criterios aleatorios que intentan insuflar un ego muerto. Todas esas actitudes que nacen de una carencia importante de empatía social y que tanto nos alarman hoy tienen en su origen primigenio una debilidad, un sentido de la superioridad dentro de un marcado complejo de inferioridad que la sociedad alimenta, alienta y, además, premia.

Los gallitos están por doquier: en las escuelas, las universidades, en el patio de recreo, en el hogar, en el trabajo. Y todos presentan el mismo patrón. Nada ha cambiado desde que un niño de once años, harto de murmuraciones, supo discernir, entre verborrea y lágrimas, el inmenso daño que sus compañeros de colegio le estaba infiriendo ante tanta burla gratuita, ante tanto sin sentido; ese niño habita en la persona que tiene que tolerar discriminación laboral simplemente porque difiere en la forma de seguir a un líder de pacotilla y cuyo aporte a la labor diaria no es mayor que el del más pequeño de los residentes hospitalarios.

No necesitamos anglicismos para definir y señalar un problema tan extendido, tan frecuente, tan difícil de resolver: siempre habrá gallitos en cuanto la personalidad de esos seres sea deficiente, en cuanto la diferencia prevalezca sobre la igualdad (que no el igualitarismo), en cuanto necesitemos, para afirmarnos como pequeños reyes, una magra parcela de poder efímero e inútil.

Estos días he comenzado a practicar (es un decir), Crossfit. En un gimnasio se reproduce al infinito actitudes similares. Toda vez que intento salir de mi zona de confort (hagamos un homenaje a Francesc Gascó empleando un término que tanto le agrada), me vuelvo patoso, torpe, irrefrenable, estorbable. Mi propia experiencia con el esquí es una prueba de ello. Cada día de esta semana he acudido allí algo nervioso, por molestar más que aportar algo al grupo, y sin embargo pese a mi escasa fuerza y mi torpeza y el desconocimiento no sólo del idioma crossfitero (hablan en lenguaje extraño, klindong al menos) si no de la técnica, encontré un espíritu combativo pero abierto, con ganas tímidas de echar una mano (esos ojos de pena continuada con que muchos se me quedan mirando) y con verdaderas ganas de que, siendo extraño, me vaya sintiendo poco a poco parte de ese nuevo universo recién descubierto.

La forma de erradicar (no me gusta combatir, porque significa lucha entre seres que se consideran distintos) el hoy llamado bullying o el mobbing, no está en denunciarlo, porque son actitudes generadas e impulsadas desde el hogar, si no en fomentar en la familia valores de pertenencia, de arraigo, de camaradería; cuando no hay diferencias, lo distinto no deja de ser un rango exótico, algo que marca a una persona y la hace única, y cuando no hay diferencias, nos damos cuenta que la verdad tiene muchos matices y que cada persona, en su individualidad, no es más que un reflejo de sus múltiples caras.

Pero eso exige un trabajo existencial, una labor física titánica. Como con el esquí. Como con el Crossfit. Pero, mal que bien, es posible. Y cada niño que aprende, cada adulto que comprehende, nos acerca un poco más a ese estado de entalpía divina en donde la Enfermedad, el Desamor, el Olvido ocupan un lugar de importancia en las emociones humanas sin devastarnos en el proceso de aprendizaje, que es la razón última de estar, al fin, con vida.

Tan cerca, tan lejos

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Suena la música. Lo ha estado viendo toda la noche. Se conocen. Por internet, ese mundo virtual donde todo es posible, hasta el roce si la imaginación se acerca lo bastante, y hasta el enamoramiento, que no es más que una ensoñación más consistente.

Quedaron una vez para un café que se prolongó una hora más de lo debido y que dejaron a medias porque había un compromiso que cumplir. Uno se dijo que la próxima vez sería mejor, el otro creemos que ni pensó que la hubiese.

Pero la hubo. Uno llegó tarde mientras el otro deshilachaba el cojín roído de un café venido a menos; ya no había la clientela que le daba modernidad. Por eso le gustaba: un local curtido sin estar derruido, con ese encanto decadente de lo hermoso que es olvidado.

Llegó tarde sin prestarle atención, un lío quizá o un embrollo o una mentirijilla. Ambos lo saben: no le dan importancia pues a uno sólo le importa verlo a su lado y al otro le trae sin cuidado. Pero sonríe, porque quien le espera le trata bien sin motivo, sin esperanza alguna. Hay personas inalcanzables por muchas razones, físicas la mayoría de las veces; a veces hay otras parejas, pero la fluidez de los tiempos modernos hace olas de esos escollos que ya no importan mucho; en general son prejuicios incómodos, vanas leyes con las que nos gobernamos a nosotros mismos. A pesar de todo le gusta su cercanía, que mantiene a buena distancia, y la compañía eterna de su móvil le ayuda a pasar el rato.

Piden un café. Perdón, unas tostadas de pan integral y tomate natural. Y stevia. Uno no ha podido merendar; el otro sólo come con los ojos de lo a gusto que se encuentra, viéndolo tan cerca, aunque tan lejos de tanto que se abstrae con el móvil. Y, aunque atontado, no es lo bastante tonto como para no ver que se distrae demasiado tecleando y no respondiendo a una conversación que se va pareciendo más a un monólogo.

Y mientras come las tostadas y el café con edulcorante, absorto en el hambre que se sacia, habla de naderías, como con un desconocido con el que comparte ciertas aventuras a distancia, a veces con material gráfico, la mayoría en realidad con frases que pueden sonar tópicas y manidas, pero que en ciertos corazones dejan un huella imborrable.

Uno es el mar que todo lo arrastra y el otro la arena que todo lo absorbe. En un momento se sonríen, cuando las dos manos se encuentran buscando aceite y azúcar blanquilla. Y esos ojos brillantes y esa nariz perfecta, y esos labios abiertos le dan vueltas a un corazón al borde del enamoramiento. Uno de los dos se da cuenta y recula. El otro capta la maniobra de repliegue y cambia su expresión, tornándola anodina. Tan cerca, tan lejos.

Y esa noche vuelven a encontrarse. Uno acude a la cita porque cumple con un compromiso de patrocinador de carrera incipiente; el otro, porque ha sido invitado paralelamente, tras correr la invitación por seis pares de manos antes que en las suyas, y sólo aceptó ser el tercer plato porque el nombre de aquél estaba grabado.

Se abrazaron como si no acabase el mundo, y sin que nadie les viera, se acariciaron la oreja con una complicidad ínfima. Unas palmadas en la espalda, una sonrisa a medio hacer, un autorretrato con signo de victoria muda, y se despiden porque llega el siguiente invitado. Tan cerca, tan lejos.

Y las miradas se encuentran de vez en cuando, entre la marea de gente que va y viene. La música comienza a sonar y los pies se animan y el corazón se inflama de esperanzas vanas. Se convence a sí mismo que es lo mejor, y aprovechando un raro momento de soledad, se acerca al otro para invitarlo a bailar. Alarga la mano, y al llegar a su altura se quedan mirando cómplices. Todo parece cambiar, alarga su brazo y lo lleva a la palma de la invitación… Y lo transforma en un apretón de manos. Unas palabras vacías, pero muy educadas, salen de esa boca que besó sólo una vez en un encuentro fugaz que tuvieron, donde las esperanzas se encendieron de nuevo, tan cerca estuvieron, y tan lejos…

Suena la música. Está a unos diez pasos de él. Se lo sabe de memoria. Cierra los ojos y dibuja cada poro de su piel, cada tatuaje escondido y cada átomo de su aroma, que se ha grabado en la memoria. Y su sonrisa, que ya no encuentra… Tan cerca están uno de lo otro, y sin embargo tan lejos de lo que pudieron haber tenido…

Suena la música. Se conocen. Se han estado viendo toda la noche. Uno para acercarse, el otro para alejarse. Quizá fue un error por su parte; quizá el pobrecillo no puede entender que alguien así se fije en él sólo por agradecimiento, o lo que es peor, por condescendencia… Se siente generoso por haber regalado su compañía a un admirador tan caluroso, y con eso, tiene bastante…

Y como se conocen, uno teme que haya sido sólo eso; el otro está convencido que así es suficiente… Quizá pudiera haber sido de otra manera si… ¿Para qué perder el tiempo que es oro?… ¿Quién sabe? Sólo sabemos que uno y otro es tan tan cerca que casi pueden olerse, besarse, acariciarse y ser uno solo, pero están tan lejos que nunca podrán saber lo muy felices que ambos serían jamás, si se dejaran la oportunidad de conocerse mejor y de seguir juntos un tiempo más.

Izak Amancio: In memoriam

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2010

   He de confesar que estaba algo nervioso antes de conocer a Izak Amancio. Admiraba su trabajo en la distancia, su elegancia íntima, su ojo juguetón y sincero, y cierto pudor descarado. Cuando nos vimos, con ese andar de gacela y ese aplomo desarmante, esa mirada oblicua y esa sonrisa de ángel, entendí perfectamente porqué sus fotografías son como son, porqué la sensualidad se reviste de pétalos de flores y se desnuda con colores armoniosos y velos caídos. Izak Amancio es un hombre apasionado, desbordante en su contención, que se sabe genio, y que ama lo que hace. Es un luchador eterno: contra las circunstancias que lo rodean, contra el pasado que siempre vuelve, y contra sí mismo. Su historia es paralela a la de Lawrence en muchos sentidos: emigrante brasileño, tras casi una década en España, su trabajo comienza a ser valorado en su precioso peso y florece con la libertad que su propio genio le confiere. Es dueño de una historia dura, que me hizo reflexionar más de lo acostumbrado; sus ojos vivos, su sonrisa abierta y algo velada al mismo tiempo, su evidente atractivo físico y su enorme talento sólo reflejan lo complejo de una personalidad única, que pugna por ser perfecta, y cuyas aristas a veces entorpecen ese paso decisivo hacia adelante.

Izak Amancio es un hombre que seduce. Seduce con picardía y con detalles generosos; que sabe lo que quiere y sabe lo que es perderse por el camino; que sueña con un tesoro que bulle entre sus manos y que se está haciendo realidad. Recuerdo que, durante un paseo por El Retiro, me dijo: ¡Mírame! Aquella petición era más que una orden de fotógrafo profesional. Le hice caso y lo que se reflejó de aquello está lleno de tanta belleza y melancolía, que me sorprendo a mí mismo cada vez que lo veo. Y mirándolo a él se encuentran maravillas: una vida vivida, una carrera incansable hacia ninguna parte; una lucha inhumana entre la destrucción y la permanencia; una búsqueda del amor a sí mismo y al Otro que no tiene fin; y la elegancia de un alma atormentada que sólo encuentra sosiego en la belleza que su propia lucha genera, como el martillo en el cincel, y de la que sobresalen imágenes transparentes, únicas, serenas y despiertas, bulliciosas y límpidas, y llenas de una luz traslúcida que sólo puede provenir del alma. Suele decir que todos somos una estrella; es bastante cierto, sobre todo cuando lanza su conjuro a través de la cámara y nos pide, con esa voz de dulce acento portugués: ¡Mírame!

2017

Nos dimos un abrazo tras años sin vernos. Los caminos enmarañados de la vida lo habían alejado de su verdadera pasión: la fotografía, de moda en concreto, llena de su mirada elegante, de su tacto de seda; sus sueños de ir a París para aprender de los grandes y desarrollar su talento, ya de por sí único; esa forma tan suya que tenía de retratar lo nimio, lo inmenso. No parecía feliz pero tampoco  del todo disgustado con su destino, ese alma brasileña que intenta adaptarse a todo lo que le viene dado en el movimiento caprichoso de los caracoles, en las formas extrañas de los posos de café. Antes de irme tuvo a bien dejarme un último regalo: su amigo Jose, con quien se sentía cuidado y protegido.

Pero la vida escribe a veces con renglones torcidos. Y hace unos días me enteré de su fallecimiento. En momentos de profunda irreflexión, rodeado sin embargo de la embriagador arrullo de la noche. No nos alegramos de que alguien tan joven, que tanto tenía para ofrecer, haya dejado tras de sí una labor realizada a medias; y alguien con el corazón alocado pero encantador como Izak Amancio, menos. Ojalá la muerte te dé paz, pues has retratado la belleza de la vida de la forma más exquisita posible, más elegante y sutil. Ojalá la belleza de lo que está más allá te permita conseguir por fin tu sueño de llegar a lo más lejos, de la mejor manera posible.

Leer es resistir. Leer es vivir.

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Benito Taibo

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Transgéneros que transcienden

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Bibiana Fernández

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Derechos TVE

Janet Mock

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Derechos Google

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Ella solía ser mía

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a Cris y Anita.

   No es fácil decirme que ya no me reconozco. Esa sombra que se asoma al espejo, esos labios que llevaban carmín rosa, esos ojos que pestañeaban con descaro, esa sonrisa que aparecía como fruta a la venta, ya no están. Son una mancha horrible, como el tiempo este verano, que se enfría como polo y se calienta como desierto perdido.

No es fácil admitir que me equivoqué con ella. Y conmigo. Que mi orgullo se llevó lo mejor que tenía y no le importó destruir el amor que una vez construimos con sabor y con pasión. No me gusta admitir que mi vida desde que se fue no ha sido la misma: la casa, el despertador, hasta la ducha del baño se han congelado en ese tiempo eterno en el que ella reía y se reía de mí con un descaro encantador.

Era un desastre, desordenada y obscena; pero era divertida y cocinaba con cabello de ángel. Ella solía ser mía en un tiempo de milagros, en el que las mariposas llenaban la habitación que compartíamos, el amor ligero y enloquecido entre sus piernas y las mías, escondido en abrazos desesperados, en besos que se calmaban poco a poco entre sudor y fantasía. Ella lo era todo: el cenit y el nadir, el aliento del despertador y las ganas de volver a casa, tarde y temprano, a sus brazos y a su cocina de ángeles, con su cabello revuelto y su boca abierta a mis besos. Un día y otro, con esa magia de lo ordinario.

Ella solía ser mía. Su sonrisa sorprendida, su boca fruncida en un enojo pasajero. Mentiría si dijera que no la extraño; mentiría si dijera que la soledad que ha venido desde que ella se fue es tan pesada que me ahoga a veces y me deja tirada en el suelo esperando una caricia que ya no llegará.

No es fácil decir que la extraño. Decírmelo a mí, que me miro desde la distancia y casi ni me conozco. Pudiendo tener quien quisiera, sólo la deseo a ella; pudiendo pagar por un caricia el oro del mundo, sólo echo de menos las joyas de sus sonrisas, el tacto suave y alegre de una piel pálida y dispuesta siempre al amor. Siempre.

El tiempo que pasa, me digo, lo roma todo: la pasión que se extingue, el amor que cambia; lo mismo el olvido, también la soledad. Pero me miento. Y miento fatal. Y me digo que ya está, que no hay vuelta atrás. Y esa mujer que conocí, que podía herirme con un ademán, que me curaba con un solo beso en la frente, podía haber cambiado como yo misma lo hice; podría haber engordado y sin duda envejecido, tendría manías de solterona cansada, rodeada de gatos hambrientos y comiendo galletas con leche helada… Pero no funciona. Ese embrujo no destruye el hechizo que me ata a aquella mujer que solía ser mía.

Ni saber de ella me ayuda a olvidarla. Me gustaría que fuera feliz, pero conmigo; desearía que su belleza perdurara por siempre, conmigo. Pero no está, ella, que solía ser mía, un día abrió esa puerta pesada y se fue de mi vida con el mismo ruido inútil con el que entró en mí: un aleteo fantástico, unas pupilas tristes, un adiós sin palabras.

Tuve miedo. Me llené de dudas. Esos ojos que jamás me mintieron. Esa voz aguda que nunca me echó en cara ni uno solo de los muchos regalos que le hice; esa mujer que no se llevó nada de valor, salvo mi corazón roto. Íntegra, alocada, salvaje y hermosa como todo lo libre. Solía ser mía pero no lo fue: se marchó de mi vida con una facilidad pasmosa y mucho dolor.

Y ya no me reconozco. Sólo tengo orgullo y no la tengo a ella. Motor, ilusión, deseo, fantasía y ganas de futuro. Y mis miedos y mis debilidades y mis dudas y mis ganas locas de herirla, porque me hacía sentir débil, y mis ganas de amarla cuando abría sus brazos desnudos y sólo decía: Ven.

Ella se ha ido. Ella, que solía ser mía. Y ya no está. Y la soledad es un dardo venenoso. Va llenando cada poro de piel, inunda cada pensamiento, y no hay fiesta ni amigos ni cuerpos comprados que laven a navajazos esa sensación que se encuentra bajo al piel y que todo lo llena: la ineptitud por no amarla mejor, el miedo a ser por fin feliz, la vergüenza por ser mi libertad, la desazón de saber que había encontrado el último puerto, mi final feliz.

Me equivoqué con ella. Y conmigo. Y ahora estoy sola. Y ella también. Ella, que solía ser mía. Y yo, que sabía que nunca podría ser de nadie más que de ella. Ella. Ella, que solía amarme con amor bueno, con caricias y reproches, con regaños y cabello de ángel, con sonrisas y deshielo. Que me llevó al fin del mundo y me trajo de vuelta, con la boca abierta y los ojos llenos de lágrimas y miedo en el corazón.

Ya no me reconozco en el espejo: el miedo ha llenado mi vida. Esa que era otra cuando ella era mía y el mundo era de las dos. Ahora sólo hay ruinas y polvo, y una mujer herida, llorando tonterías en un suelo sucio que sí, también huele a ella.

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Lo conozco bien

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Lo espero. Llega un poquito tarde. No lo tiene por costumbre. Antes avisaba; un guiño por el teléfono, una palabra bonita; no necesita más. Ni él ni yo.

Me hizo fácil el amor. O eso pensaba. No sabía lo que era, ni siquiera qué debía hacer para amarlo. Durante un tiempo iba a tientas, como evitando sobresaltarlo mucho, que lo hacía: al mínimo contacto apartaba la piel y fruncía los labios cerrándolos contra los míos.

Aprendemos pronto que nadie nos apoya siempre, que todos tenemos un muñeco roto dentro del corazón. Supe muy pronto que esa espina clavada en el mío era él.

¿No sería estupendo llegar a comprender por completo a otro ser? Que la pasión no nos ciegue hasta el punto de disfrazarlo con sensibilidades que no tiene, con argumentos que nadie desea. ¿No sería más fácil entrar con los ojos abiertos en el amor?

Yo quería que me mimase, que se ocupase de mí, que me preguntarse al llegar el día qué tal estaba, que dejase flores en la mesa, que apagara la lamparilla de noche una vez hubiésemos acabado nuestro ritual de huida. Yo quería que fuese lo que había soñado. Pero no fue así. Necesité tiempo para conocerlo, para no esperar de él aquello que no estaba dispuesto a dar. Y era tan poco…

Lo conozco bien. Ahora. Cuando creo que se ha cansado de mí, cuando me veo y no le veo, cuando supongo que me apoya pero no lo demuestra.

No sé. Quizá pude haber hecho las cosas de otra manera, evitar forjarlo con una imagen idealizada que no era; forzarlo a una intimidad que lo intimidaba, hacerlo quererme cuando sólo deseaba admirarme; hacerlo amante cuando sólo deseaba ser amigo.

Y sin embargo… Fuimos felices juntos. Pudimos haber sido de ambos, pero él nunca quiso ser de mi propiedad. Y me acostaba con una frustración encerrada en el pecho mientras él dormía, y me despertaba con una esperanza vana que se deshacía de inmediato.

Quizá pude ser más el amigo que el amante; ese que poco importa, al que se olvida y se llama sólo cuando se lo necesita…

Estaría bien, me digo. Porque así puedo gravitar más a su lado. Pero él posee sus propias fantasías, sus verdaderos sueños, y yo nunca he formado parte de ellos.

Y debo darme cuenta que nadie se entrega en totalidad al amor; que todos tenemos leyes no escritas que afectan las fronteras de una relación de dos, y que todo amor no es más que una batalla llena de egoísmos.

Lo espero. No puedo hacer nada más. Quizá si hubiese sabido desde el principio cómo era realmente no me sentiría así, destrozado, mientras espero por él. Tal vez si le hubiese prestado más atención y mucha más a mí mismo, no estaría pendiente de su llegada…

El amor jamás es perfecto. Se desborda y mancha, y embota los sentidos y nos hiere… Y nos creemos generosos cuando en realidad nos quemamos en las llamas de un puro egoísmo…

¿Quién lo sabe? No importa que haya cambiado mi mundo patas arriba; que haya dejado un trabajo brillante por otro más mediocre; no importa que de la caricia matutina no reciba más que migas y que en la noche no tenga más energías que la de quedarse dormido. No importa que nunca me llame o me mande un mensaje cariñoso, que no me avise dónde se encuentra ni con quién está… He llegado a la conclusión más dolorosa: nunca le importó ser mío y nunca lo será.

Me ha llevado tiempo darme cuenta; me costó llegar a entenderlo. No lo justifico: me ha hecho daño. Supongo que es el destino de las personas no amadas. Ahora lo puedo decir: no me ha amado nunca, o lo ha hecho de una manera que me ha dejado frígido, inapetente.

Ahora que lo conozco bien, no era a mí a quién quería. O no como yo quería en verdad. ¿Es una locura saber sin saberlo, engañarse a sí mismo, obviar las señales más evidentes, cerrar los ojos a la realidad? Yo lo he hecho… Así que puede ser.

Llega un poquito tarde, como queriendo alargar una sentencia de muerte sobre algo que yace inerte a mis pies. Lo espero, aunque sé que no vendrá. Es demasiado valiente para conquistar y demasiado cobarde para despedirse. Así es él… Y así quise quererlo. Lo sé: lo conozco muy bien.

Miro el reloj. Me levanto lentamente. Pago, de más. Ya no me importa. La última vez, la primera… El amor no es esto… Quizá el desamor lo sea. Lo conozco muy bien.

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