Me decían que sí, me decían que no. Que el amor existe, que el amor se acaba. Que el amor es un disfraz o una moda.
Y es cierto.
El amor es todo eso. Pero además es nerviosidad y tonterías; es profundidad y dificultad; es el todo y la nada.
Pero sobre todo es felicidad.
Y la felicidad lleva tu nombre.
No hay nada que se acerque a ese estado asombroso en el que entro cuando te tengo cerca. Esa energía es la que hace que las plantas crezcan y que las mareas lleguen puntuales a la orilla. Es lo que hace a la luna maravillosa y al sol, un corazón que late.
La felicidad hace que abra los ojos cada mañana y busque el arrullo de tu sonrisa. Y que de tus ojos sean mi cara lo primero que vean.
La felicidad lleva tu nombre.
Y el amor muda, y el amor cambia. Y es muchas cosas, y deja de serlas.
Tengo una casa en las afueras. Grande, espaciosa. He recuperado un hórreo y el palomar está lleno de palomas de todas las razas que vienen a mí con solo un silbido.
Voy de caza y tengo jaurías de perros que me siguen al mínimo paso. Y una granja en la que no se posa el sol; y cientos de cabezas de ganado y ovejas para la lana y gallinas para el sustento.
Puedo, si quiero, vivir sin trabajar. Pero me gusta lo que hago; ayudo a los demás sin cobrarles, pues por suerte puedo permitirme los lujos de una vida sin ataduras.
Puedo ir de aquí para allá sin problemas ni preocupaciones. Pues vivo solo sin que nadie me acompañe y sin que parezca merecer más compañía.
Hasta que te conocí a ti.
Y por primera vez me acerqué al espejo, del que he huido desde que era infante. Y el reflejo de mi espejo me dejó espantado y sin esperanzas.
Reflejaba mi poco atractivo, mis ojos cansados pero aún con brillo, mi sonrisa desigual, los labios carnosos, el cielo abierto de la frente y la amplitud de una vida trufada de excesos culinarios y de la holgazanería.
Y lo entendí.
Supe que tu vida y la mía eran muy distintas, como las dos caras de mi espejo. Y que nuca podrías mezclar tus brazos de pulpo en mi cuerpo amplio, ni mi aliento de sal lograría besar tus labios cerrados.
El amor que te tengo, el cariño que parece nacer en ti, queda dividido por el reflejo de mi espejo, que me recuerda que no merezco ser amado por más que ofrezca las raíces de mi vida, el amparo de mi riqueza y la sabiduría de mi corazón.
El tiempo pasó y nos entendimos como se quieren los amigos: a trompicones y metiendo la pata. Largas conversaciones hasta el amanecer; lentos paseos en coche de lujo, cenas arrebatas bajo al sombra de la luna de escarcha.
Y nada. Ni un además, ni un te quiero. Salvo los lamentos que, solo, parecía recitar mirando a mi espejo.
No merezco tu amor porque soy feo; no merezco tu amor aunque viva rodeado de las mejores riquezas. No quieres nada de lo que puedo darte, que es mucho ya ves; mas sólo quieres mi amistad, como si eso fuese suficiente a un corazón enamorado.
Pero te entiendo, créeme que lo hago. Lo que veo en mi espejo no es atractivo, no tiene gracias, no es fácil de sobrellevar. Pero es lo único que tengo que no puedo controlar y, ya ves, puedo ser infeliz…
Hasta que el recuerdo de tu cariño llega a mi corazón y lo sosiega, y me recuerda que, a pesar de lo que en el reflejo vea, aún me queda una esperanza, por pequeña que sea, en la felicidad: el día que aprenda a quererme a mí mismo por lo que soy y no por lo que pueda dar.