Tengo una casa en las afueras. Grande, espaciosa. He recuperado un hórreo y el palomar está lleno de palomas de todas las razas que vienen a mí con solo un silbido.
Voy de caza y tengo jaurías de perros que me siguen al mínimo paso. Y una granja en la que no se posa el sol; y cientos de cabezas de ganado y ovejas para la lana y gallinas para el sustento.
Puedo, si quiero, vivir sin trabajar. Pero me gusta lo que hago; ayudo a los demás sin cobrarles, pues por suerte puedo permitirme los lujos de una vida sin ataduras.
Puedo ir de aquí para allá sin problemas ni preocupaciones. Pues vivo solo sin que nadie me acompañe y sin que parezca merecer más compañía.
Hasta que te conocí a ti.
Y por primera vez me acerqué al espejo, del que he huido desde que era infante. Y el reflejo de mi espejo me dejó espantado y sin esperanzas.
Reflejaba mi poco atractivo, mis ojos cansados pero aún con brillo, mi sonrisa desigual, los labios carnosos, el cielo abierto de la frente y la amplitud de una vida trufada de excesos culinarios y de la holgazanería.
Y lo entendí.
Supe que tu vida y la mía eran muy distintas, como las dos caras de mi espejo. Y que nuca podrías mezclar tus brazos de pulpo en mi cuerpo amplio, ni mi aliento de sal lograría besar tus labios cerrados.
El amor que te tengo, el cariño que parece nacer en ti, queda dividido por el reflejo de mi espejo, que me recuerda que no merezco ser amado por más que ofrezca las raíces de mi vida, el amparo de mi riqueza y la sabiduría de mi corazón.
El tiempo pasó y nos entendimos como se quieren los amigos: a trompicones y metiendo la pata. Largas conversaciones hasta el amanecer; lentos paseos en coche de lujo, cenas arrebatas bajo al sombra de la luna de escarcha.
Y nada. Ni un además, ni un te quiero. Salvo los lamentos que, solo, parecía recitar mirando a mi espejo.
No merezco tu amor porque soy feo; no merezco tu amor aunque viva rodeado de las mejores riquezas. No quieres nada de lo que puedo darte, que es mucho ya ves; mas sólo quieres mi amistad, como si eso fuese suficiente a un corazón enamorado.
Pero te entiendo, créeme que lo hago. Lo que veo en mi espejo no es atractivo, no tiene gracias, no es fácil de sobrellevar. Pero es lo único que tengo que no puedo controlar y, ya ves, puedo ser infeliz…
Hasta que el recuerdo de tu cariño llega a mi corazón y lo sosiega, y me recuerda que, a pesar de lo que en el reflejo vea, aún me queda una esperanza, por pequeña que sea, en la felicidad: el día que aprenda a quererme a mí mismo por lo que soy y no por lo que pueda dar.
Lo que queda por aprender, por olvidar, por llorar, por reír y emocionarse. Por descubrir y experienciar. Por buscar y encontrar. El equilibrio, la clama. Vencer los miedos, doblegar ese espíritu oscuro que siempre nos impide brillar, que piensa de nosotros lo peor y obstaculiza nuestro desarrollo.
Amar tal vez de nuevo, y ser por fin correspondido. Amar mejor con amor bueno, por fin, y ser correspondido.
Ganar en paciencia y en indiferencia hacia lo que no debe importar.
Escribir como meta. Sanar como dedicación. Encontrar un punto de equilibrio entre lo que pudo ser, lo que es y lo que será.
Un nuevo año comienza, un año queda atrás.
Sinsabores, amarguras, pérdidas, encuentros, alegrías, reencuentros y madurez. Algunas hebras plateadas. Alguna arruga de más.
Y Salud.
Y Dios.
Y un amor más, lo que queda está ahí, esperando como siempre ha estado, todos estos años pasados. Siempre hacia adelante, hacia la realidad.
Estoy solo. El murmullo de las conversaciones bajo el sonido del piano; la dulce melodía que todo lo engarza; y una cerveza algo tibia ya sobre la mesa.
Sentado miro hacia afuera. Hay una terraza. Algunas personas están allí al abrigo del ronroneo de la gente que va y viene; beben sus copas y pican en las aceitunas y en las almendras con piel.
Las manos del pianista me recuerdan a ti. Largas y firmes, traslúcidas y suaves. Acostumbradas a un trabajo fino, a una actividad por lo demás intermitente y voluntaria.
La sonrisa cuajada de estrellas que acabo de oír me recuerda a ti. Aire expulsado desde dentro, un ronroneo y finalmente una liberación, como en el amor.
La soledad me recuerda a ti. Cuando te dabas la vuelta y, espalda contra espalda, nos sumergíamos en nuestros mundos internos.
El perfume que ha dejado al pasar una sombra te atrae hasta mí. Qué milagro los sentidos primarios, que tan fuertes son sin embargo; no te veo, no te escucho, pero gracias a ese aroma te siento y te dibujo y hasta noto tu mano por mi pelo y un tirón de orejas cuando me portaba mal contigo.
Cuántas cosas tontas me recuerdan a ti.
El pianista sigue desgranando notas. Con su camisa impoluta, su pantalón oscuro ajustado y perfecto. Apenas sonríe , dueño de esa facultad de ser el centro de las miradas sin llamar la atención. Con sus melodías congela el espacio y lo dirige adónde desea. Las canciones que apenas oímos enzarzados en nuestras conversaciones, influyen en nuestro ánimo mucho más de lo que creemos y nos arrullan en la sombra, engañándonos.
Eso me recuerda a ti. La habilidad detrás de la noche, el justo punto de engaño y verdad.
Y la soledad me recuerda mucho a ti. Esa sensación de vacío algo opresivo, esa confirmación de estar abandonado a pesar de la compañía.
Voy a pedir un cóctel o algo. Pero un Manhattan me recuerda a ti, y un Gin-tónic también, con tu boca de fresa posándose en los bordes de la copa. Y un Martini con cebollitas, un Margarita con la sombrilla que usamos para guarecernos de la tormenta de un sol tropical y la Mimosa de un brunch lento después del amor.
Cuántas cosas tontas me recuerdan a ti.
Se hace de noche; las estrellas pueden pender como la luna en el vacío oscuro; pero la ciudad está muy cerrada, y en la noche sólo veo reflejos amarillos de las farolas encendidas.
Me recuerdan a tus ojos de gato hambriento, a tu sed sin control y a mi entrega absurda… Esas cosas tontas que me unieron a ti.
La iluminación se aquieta; se hace suavidad, abriendo el camino de la caricia y del roce. La música sigue desliando melodías de amor y desamor, de acercamiento y dejadez.
Esas cosas que me recuerdan a ti.
Y yo. Sentado en un piano-bar, solo sin compañía, hablando con las sombras de un pasado que parece no haber quedado atrás.
Y el pianista me sonríe y cabecea. Como si me leyera el pensamiento, escoge una canción que he intentado evitar. Pero ahora qué más da…
Me he acostumbrado a caminar así, al ritmo de lo que suene en mi teléfono. Más rápido o más lento; contemplativo o eufórico.
Ahora no sabría hacerlo sin ese ruido armónico de fondo, que a veces me retrata y otras me reta.
Iba por la calle en medio de mis cosas. Paseando. Y te vi.
Salías de una cafetería. Con una sonrisa en los labios. Casual, despreocupada.
Elegante y con desenfado. Y los ojos brillantes; un nuevo corte de pelo. Y una risa nueva.
Y te vi.
Me detuve. La música seguía saliendo por mis oídos. Pero yo no oía nada. Salvo el lamento quebrado de un día perdido. Y el eco de un corazón que creía dormido.
Que creía dormido hasta que te vi.
Y todo se volvió borroso. Tú ocupabas el centro del universo. Ajustándote el fular, apartando un mechón de la frente. Y esa sonrisa abierta. Que nunca tuviste para mí.
Iba por la calle en medio de mis cosas, de las que te creía ya parte del pasado.
Pero tuve que salir corriendo, con la música detrás de mí. Y llegar a casa y descubrir el cajón que guardo con tus cosas; las fotografías que nos hicimos juntos; aquellas que te robé mientras dormías. Y la belleza de cada amanecer entre tus brazos y el calor de las noches que pasaban resbalosas por tu espalda y el mundo que se deshizo cuando todo acabó.
Cuando todo acabó para ti.
Iba por la calle en medio de mis cosas hasta que te vi. Y todo pareció volver a empezar.