Tiempo de curar

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Estos días tuve la suerte de reencontrarme con un amigo de la infancia y adolescencia, compañero de clase desde principios de la formación hasta terminar, graduándonos juntos tras aprobar las pruebas de acceso a la universidad, cada uno a una carrera, él, todo lógica y análisis, con esa visión fascinante de hombre renacentista, se inclinaba por la ya naciente Ingeniería de Sistemas (llamada posteriormente aquí en España: Informática) y yo, todo lo clásico que se puede ser a los quince años, Medicina.

Todo me gustaba de él: su voz, su análisis de las cosas casi nunca errado, su constancia, esa muestra disciplinar de un talento que parecía brillarle en los ojos, el inmenso atractivo en el que se aúna cierta dosis de humildad, un punto de orgullo y un corazón generoso.

Treinta años después de nuestro último encuentro, el destino puso nuestros pasos comunes estos días en Madrid. ¿Mentiría si dijese que estaba ansioso por el reencuentro? No. Lo curioso es que no estaba nada nervioso, y aunque había visto ya fotos suyas en el mundo virtual y había leído, primero su blog y posteriormente sus libros, tampoco me preocupaba cómo lo encontraría. Quizá era un exceso de entusiasmo o, más certeramente, una carencia total de preocupación por los detalles. A veces soy así de despistado o de pasota, según se mire.

Con una puntualidad exquisita nos encontramos en Gran Vía. El mejor lugar para no hallar a nadie, entre la marabunta de gentes que allí cruzan día y noche, pero lo reconocí en seguida: alto, con su pelo oscuro con algunas hebras de plata en las sienes, sus lentes mostrando esos ojos hambrientos de información como siempre habían sido, los mismos ademanes y en el rostro, ni un rastro de esos treinta años que se han ido entre nosotros.

Nos abrazamos y empezamos a hablar desde el primer instante, como si nuestra conversación sólo llevase el paréntesis de unas horas y no de tres décadas.

Entre lo mucho que charlamos y el tiempo que fluía con una velocidad suspendida, entre lo mucho que nos preguntamos y que escuchábamos, me hizo una acotación que me dejó un tanto descolocado y que respondí saliendo del paso, por inesperada sin duda, pero sobre todo porque jamás me había parado a pensar en ello: ¿Por qué Tiempo de curar?, me dijo. Y no supe responder bien.

Desde entonces he pensado en la razón de que haya empezado un blog en los años en los que una bitácora estaba de moda, y llamarlo precisamente Tiempo de curar. Como le dije, resultó casi de improviso, dada mi poca imaginación para titular cualquier cosa. Y siendo cierto, no es totalmente verdad.

Tiempo de curar nació de una necesidad por mostrar un lado más amable, que no almibarado, de la realidad; un espacio donde desplegar belleza y delicadeza (al menos lo que el autor considera cosa tal), y donde exorcizar ciertos demonios que sirvieron para curar mi propio corazón y, posteriormente, un instrumento para afilar mis embotadas capacidades para escribir sobre cualquier impulso, pensamiento o acción.

Este blog nació con la intención de crear un paréntesis de belleza, pero también una vía de expresión de una persona que había perdido la voz y que la fue hallando, paulatinamente, entrada tras entrada, primero titubeante y después desbordada de imaginación y de palabras y palabras, que nacían de forma descontrolada y que han quedado aquí grabadas tal cual salían, sin ningún tipo de edición ni de freno.

Esa es la razón de este blog, que se ha expandido y se ha retraído, con esos movimientos respiratorios tan típicos de la vida, a lo largo de todos estos años, pero la motivación primaria sigue estando viva: Tiempo de curar es una isla de tranquilidad, un paréntesis donde la belleza ocupe un lugar, pero también la armonía, los problemas y las soluciones de la vida, su peso y su levedad, y sobre todo, o quizá debido a todo, un retrato de mí mismo, quizá el más elocuente y callado que jamás podré realizar. Si alguna vez intento semejante despropósito.

Tiempo de curar es yo, y todos los lectores que alguna vez han tenido la gracia de quedarse y leer estas líneas, de ver sus ilustraciones, de disfrutar con su música y de compartir, a veces, un trocito de esta vida única y regalada.

¿Qué es la UCI? ¿Por qué humanizarla?

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Gabi Heras ha liderado un movimiento que busca reestructurar el paradigma de la Medicina Intensiva, la UCI, para saber ser más humanos, mejor profesionales cada día. Una necesidad que venimos sintiendo muchos profesionales integrados en el sistema que permite dar vida, o mejor, ganar tiempo para que el cuerpo sane con nuestra ayuda.

Gloria, poeta

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Gloria-Fuertes

Poema de amor que libera

Ya no soy la niña amarga

que tenía un mar de llanto

y alta ortiga por el alma.

Ya no soy la niña enferma

que al oír risas lloraba;

ya salí del solitario

bosque que me acorralaba.

Ahora soy la niña verde,

porque floreció mi calma.

Ya no soy la loca triste,

ya no soy la niña blanca,

nuevo amor ha traspasado

con el nardo de su lanza

mi corazón, que ahora tiene

un nombre de menta y ámbar.

¡Ay cuánta sonrisa noto

que trepa por mis espaldas!

¡Qué brillo tienen mis ojos

-viudos de siete mil lágrimas-!

La vida me sabe a verso

y los besos a manzana.

-El monte arregla sus pinos,

por las rocas el mar baila-.

El amor danza en mi pecho.

¡Ya me quiere! ¡Ya me aguarda!

Ya no soy la loca triste,

que al oír risas gritaba;

ahora soy la niña dulce,

ya no soy mujer amarga.

***

Es una mierda

Es una mierda

haberme vuelto cuerda

y no insistir en la misma dirección.

Es una mierda

volver a tener luz y ver tan claro

que soy un nombre más,

en el amado.

Ya como antes no grito,

y sollozo bajito

que ya no soy amada.

Es una mierda,

haberme vuelto cuerda

para nada.

Enfermería y Servicio

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Damos por sentado muchas cosas. En materia de derechos ciudadanos, de seguridad, de educación. Si bien todos están interrelacionados, dependiendo unos de los otros, hay un derecho, una necesidad, y es la de ser Cuidado, Servido, en la Salud. Nosotros los médicos somos sólo el rostro más famoso del Servicio Sanitario, pero no el principal. La cara amable, la del trabajo duro, la que en realidad establece la relación cercana de cuidado, de servicio integral, se debe a la Enfermería, y por extensión a la Auxiliería y la Celaduría.

Los más olvidados. Todos nos quedamos con el rostro de un médico, con las manos que aportan el momento exacto de inicio y fin de un proceso terapéutico. Pero las manos que trabajan día a día, que logran ese milagro cuyos mecanismos intrínsecos hacen del médico un taumaturgo, y por tanto, alguien lejano, son las de la Enfermería. Ellos velan por nuestra salud, por nuestra comodidad, conocen nuestras vidas, dicen las palabras correctas, adivinan nuestras necesidades, porque nos conocen, sus manos con las nuestras, sus tactos con los nuestros. No hay nada más íntimo ni más natural que el roce de la piel, el brillo de una mirada, un comentario adecuado y la sonrisa en los labios.

Hay de todo, como en cualquier estamento humano. Pero la mayoría vive para servir, para curar, para regalar comodidad. Y muchas veces para brindar apoyo al médico, que desde su atalaya se siente perdido, pues son muy observadoras, muy estrictas y muy pacientes. Innumerables veces me han salvado de cometer errores, me han alertado a tiempo, han sabido guiar mis intuiciones. Sin ellos yo no sería lo que soy ni podría garantizar los cuidados que sé que debo administrar. Ellos son mis ojos, mis manos, mi sonrisa. Ellos, la Enfermería, que convive día a día con el paciente, son los obreros del milagro, los guardianes, los mensajeros. Y debemos darles, siempre y cada día, el lugar que merecen. Sabiendo sus nombres, conociendo sus historias, usando la misma paciencia, el mismo valor y la mismo amor que ellos dan en su trato con los pacientes.

En esta charla TEDx, Carolyn Jones les brinda un homenaje. Y nos recuerda porqué son importantes, porqué son los cimientos de la salud y, además, nos recuerda que somos unos privilegiados, en Europa, por mantener a duras penas un servicio sanitario (casi) universal, pues ellos en los EEUU no lo tienen, y el valor de la Enfermería se engrandece hasta alcanzar su verdadero valor: pilar fundamental de la asistencia sanitaria.

Ojalá algún día honremos a nuestro personal de Enfermería y asistentes: Auxiliares y Celadores, poniéndolos en el lugar que merecen.

Llamadme Alejandra: una vida velada.

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   Llamadme Alejandra es la nueva novela de Espido Freire (premio Azorín, 2017). Una autora conmovedora en el relato corto, llega a velar en la novela: atrapa, concentra y observa atentamente el objeto de su relato, para dejarlo libre, ingrávido y penetrante.

Melocotones helados es un buen ejemplo de esto. Y Llamadme Alejandra, no se queda atrás.

La vida de la última zarina de Rusia no llamaría tanto las puertas de la imaginación si no fuese por su triste fin. A partir de esa complicidad, Espido Freire construye una historia íntima más que un relato histórico; retrata una voz con los colores que sabe usar de su paleta: la palabra justa, el conjunto antes que el detalle, y esa delicadeza certera con que su mirada se deposita en cada pliegue de una personalidad difusa, buscando los secretos que hacen, de una vida velada, una vida única.

No hay fuegos de artificio. En general, a Espido Freire no le hacen falta. No busca el impacto, antes bien, intenta desde lo aparentemente sencillo atrapar a un lector que se deja sorprender por las pequeñas cosas, esos grandes momentos que tejen una vida, y que no siempre son el oropel de una corte, el relumbrón de un estatus, un vestido o una joya. Alejandra se dibuja desvaída, a color pastel, acuarela en un lienzo cuya profundidad la define el agua: una vida mecida por las circunstancias, un dejarse hacer y abrazar un destino.

Espido Freire no juzga, sólo conmueve. Y es mucho. Todo de esta mujer nos sería vano si no fuera porque ha vivido; el secreto de Llamadme Alejandra está en dibujar una vida narrada sin estridencias, sin falta de gusto: una mujer jamás sería indiscreta sin ser tachada de vulgar; la vida femenina es más interior, más callada; Espido Freire desvela cada pliegue de esa personalidad con suma delicadeza, con el mayor de los tactos; algo que, por lo demás, siempre la ha caracterizado.

 Llamadme Alejandra vive en un tiempo convulso, de profundos cambios: la herida que se abre, la brecha que dividirá mundos, pensares. Y sin embargo es actual, nos habla con un lenguaje sencillo, de una manera directa. La autora sabe que sabemos, y sabe que jamás aprendemos de nuestros errores.

La levedad de Espido Freire es divina. Porque consigue desarmarnos con sutileza, porque consigue hablar del error, del horror, del ardor y de la vida sin grandes alegorías, sin estruendos, llegando al corazón del lector con su escalpelo de plata, afilado, inequívoco, e indoloro. Perfecto.

El amante alemán: la vida en círculos

El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

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Julián Martínez Gómez ha escrito su primera novela: El amante alemán, de la mano de Editorial Dos Bigotes, un nuevo ejemplo de edición cuidada, novedosa y con espíritu de perpetuidad.

Como la edición, El amante alemán, tiene algo de novedoso. Una historia confluente, ondulante, que nos lleva de La Habana a Berlín, de Madrid a Berlín, de un corazón (com)partido en los años ochenta del siglo pasado, por ideologías y costumbres, y un corazón compartido en nuestros días.

Mucho ha cambiado el mundo, y la ideología humana, en ese período de tiempo. Una historia paralela, en dos generaciones distintas, que lo viven de forma diametralmente opuesta, que se sufre y se redime, a través de una felicidad ficticia, la unión de una historia que un desastre aeronáutico impide, y la historia de un encuentro fortuito que cierra el círculo en el punto del encuentro y la felicidad.

El amante alemán es un relato de redención, de padres a hijos, de hijos a padres; de secretos ocultos por presiones externas (amores ocultos por el qué dirán y la represión social y la incompetencia social) y pura libertad una vez deshechas las cadenas que los atan. Hay amores que culminan con la muerte, y hay amores que brillan reforzados por la vida: el de Julio y Sebastian mantiene su magia intacta una vez el relato termina.

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Sin lograrlo del todo (es muy difícil, a mi parecer, conseguirlo; pero muy valiente el intento), El amante alemán es el retrato de cuatro voces. El narrador omnisciente parte con ventaja: todo lo sabe, y puede inferir y retratar los personajes llevando un mismo estilo narrativo en todo el relato. Escribir en primera persona nos obliga a desarrollar la voz  de un personaje hasta límites insospechados; hacerlo en cuatro no siempre se consigue, porque el estilo de escritura se cuela por las rendijas de lo evidente. Y, sin embargo, Julián Martínez Gómez consigue un relato coherente, lleno de una poesía inusitada en su sencillez, y de una musicalidad maravillosa: el lenguaje de Julio es embriagador, su voz es una delicia del Caribe: en su relato podemos oír en ecos ese maravilloso lenguaje que nació en Latinoamérica y que le ha reportado fama mundial: nada más bello que esas referencias constantes, que esas metáforas imposibles. En Sebastian, al contrario, con una forma de ser teutona, se adivina delicado, cauto, lleno de una fragilidad hermosa que despierta, como una flor en un ambiente cálido, hasta resplandecer. El amante alemán guarda dentro de sí la capacidad poética de su autor, quizá porque en el fondo habla, y y lo hace en cada línea, de amor. Y eso es, es, una delicia.

Amarte (así)

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

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Me lo has dicho de muchas maneras. Créeme que lo intento. Quiero entenderte. No: no lo deseo. Sé que debo hacerlo, pero me puede la pasión y el vértigo de estar solo.

Sé que está todo terminado. O así me dices. Y yo confío en ti. Pero también creo en mí. Y no, nada parece haber muerto, quizá un poco gastado por el tiempo, el roce del que nace el cariño y el tedio, lo sé. Pero sé que amarte así en mí no está agotado, porque sigo sintiéndome único y especial, como flotando en medio de la tierra, el roce bárbaro en los pies descalzos, y esa sensación ambigua, llena de invenciones pequeñas que nos hacen ver que las flores se abren a nuestro paso, que todo se alegra de vernos juntos.

Sé que me amas, a tu modo. Que a veces me desconcierta. Me pides libertad cuando deseo atarte; me solicitas espacio cuando me ahogo sin tu presencia. Amarte así no es algo que haya escogido: soy yo mismo. Amarte así me hace sentir único, necesitado; me da una razón para vivir y justifica todos los pasos de mi día a día.

Me lo has dicho de muchas maneras: que te sientes agotado, que a veces te agobias, que no eres capaz de respirar. Sé que este nuestro amor es un destino, no una posibilidad. Desde que nos conocimos sabía que estaba destinado a ti. Tus cartas, llenas de intenciones que sé que no tenían; cada uno de tus regalitos, que mimaban a mi corazón más que a mi ausencia de belleza; tu corazón, que latía por alguien más y que no pudo dejar de besar el mío. Amarme así es destino, lo sé, y sé que el destino a veces cambia de rumbo. No tengo control sobre él, como tampoco lo tengo de ti… Y sin embargo, amarte así hace que viva y muera mil veces sólo por ti…

Amarte así no es sano: no causa alegría, sólo necesidad. Y obsesión. El límite se me borra aunque no quiera perder sus directrices. Pero el amor se me desborda y te mancha, te empapa y te agota. Lo sé, lo sé, lo sé… ¿Y qué puedo hacer si no amarte así, de esta forma racionalmente equivocada, que llega a atosigarte, a herirte, a enfermarte…?

Y temo que te vayas. Porque he olvidado que amar es libertad y amarte así es esclavitud. Y necesitas alejarte de mí para poder crecer; he olvidado que amar es generosidad. Pero amarte así es una obsesión, un propósito, es mi voz, mis ganas de vivir, mi futuro, mi herencia…

Y me lo has dicho de muchas maneras, y todas son la misma: me amas, me amas mucho, pero no así. Me amas con el alma, con el corazón encogido, casi sin remedio pero con serenidad… Y no puedo mantener por más tiempo sujetas las riendas de tu alma…

Sé que moriré, sé que me apagaré como una llama lenta al acabarse la cera. Poco a poco por ti, por amarte así, por ser locura, prisión y mi exceso y mi nadir.