
¡Que traigan a los hombres!
Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, Lo que he visto/ What I've seen, Los días idos/ The days gone, Música/ Music


El mundo ya no existe. Sólo la inmensidad del mar le recuerda que una vez vivió. O que sigue viva.
En La Playa de la Espera su paso es lento. Hunde los pies descalzos sintiendo la leve humedad retenida. Le alegra poder sentir todavía algo, sutil y hasta evanescente, que le recuerda un tiempo que ha quedado atrás.
Lo sabe. Amigos muertos, hojas secas, árboles caídos, piedras desgastadas, reúma y dolor. Así es la vida. La suya. La de los demás. Aunque ya no queden de más.
Hubo un tiempo que pensó que era eterna. El sol inundaba cada uno de sus días, la brisa del mar endulzaba la certeza de un amor inmenso como un planeta, del que ella era causa y portadora. Ese tiempo único, flotante, en el que nada cambia, o cambia para mejor. Una sonrisa, una mirada, el suave roce de los dedos. Y la explosión de la pasión por siempre breve, y esa sed de amor que nos vuelve mendigos y avaros.
Ella fue una más. Sólo se distinguía en amar y en ser amada. En ser recipiente y contenido, recibidora y dadora de esperanza.
Ella fue una más. Sólo se distinguía en la clarividencia de lo amado, en su entera dejadez al amado, en una fidelidad que movía montañas, que araba el tiempo. Ella fue una mujer enamorada.
No había tiempo: el presente lo ocupaba todo. Cuando salía a caminar por la orilla de la playa, los ecos de la marea no le decían nada; ese ulular constante del viento y el agua no le sugerían si no ecos de su corazón que latía y una absurda confianza en lo que vendría. La ceguera del amor, la sordera del amor, que sólo se llena de tacto y de olor, la tenían embriagada, llevada a un primitivismo de los sentidos que la embotaba, que la emborrachaba.
Bebía de esa piel de oro; el cáliz de aquellos labios con sabor a fruta calmaba su sed, aminoraba su ansia. El espacio de esos brazos que la rodeaban y el calor de las piernas que se fundían entre sus piernas eran su energía; la edad en que el amor y la sensualidad y el futuro van de la mano la tenía hechizada, muerta y entregada a una orgía de sensaciones que la justificaban, que la hacían saberse viva.
En La Playa de la Espera su paso es lento. Ya no es la que fue. Todo ha cambiado. El mundo que conocía ya no existe. O quizá el mundo no la recuerda ya. A veces piensa que la vida es eso: una sucesión de existencias únicas pero similares, que destacan brevemente en la línea de la costa, para luego flotar inanes hasta la orilla y quedar varadas entre los granos de arena.
Ella no es la misma. Ella es la que se fue con él cuando todo se detuvo: el reloj de la sala, el pulso de su corazón. Cuando él le pidió un tiempo para la aventura, un regreso pronto, una promesa de felicidad aplazada, un anhelo que cumplir. A veces el amor nos hace avaros, pero también generosos. Y ella cedió a la petición de su amor como siguiendo los ritos de una religión carnívora, despidiéndole esperanzada de un pronto regreso.
El que se fue escribió a veces. Primero eran líneas abundantes, cargadas de amor, atiborradas en las hojas, ansiosas, perentorias, febriles y cercanas. El que se fue encontró mil dificultades, cientos de problemas: las cartas se hicieron de rogar y ahorraban espacio: el amor se hacía chiquito en ellas, la esperanza viva pero tenue. Hasta que ya no hubo más, salvo una, que le escupió el mar una tarde, sobre las cinco, cuando el sol del otoño llamea entre los labios líquidos. Una línea, un amor resumido en un verbo, en un tiempo suspendido.
Espérame.
Y lo hizo.
Cada tarde, La Playa de la Espera la arrullaba, la protegía, la dejaba pensar. Su poesía de agua inmensa llena de sal, espuma e insomnio la retrataba; su constancia en llegar a la orilla era la música de su corazón, que se asemejaba cada vez más a ese gigantesco mundo líquido que moría mil veces a sus pies.
La espera es un arrullo de mar, un hiato insalvable, un secreto insondable, una prueba constante para la paciencia, para el amor. Ella era fuerte. Ese amor la hacía fuerte. Y lo sabía. Él lo sabía, por eso se lo había pedido. La fidelidad tiene algo de cabezonería y, ahora lo sabía, también de inocencia. A ella eso le sobraba. Y no dejó ni un día de demostrarlo.
La vida, contamos, nos aleja de los amigos que quisimos, de los seres que amamos. Y nos va encerrando en un silencio oval al que nos acostumbramos. Nos vuelve mudos, pues las largas conversaciones que no se han dicho, las caricias que no se han dado, las enfermedades que no se han sufrido y los besos congelados anidan en ese mundo sin sonido, en donde sólo habitan las sombras y los sueños que una vez tuvimos. La vida, sabemos, nos va dejando solos, a la espera de la muerte.
Ella lo sabe ya. Cuarenta años de espera le han enseñado a observar esos detalles, a valorar cada uno de los cambios insensibles de las cosas. El mar sigue llegando a sus pies con un beso pequeño, y las rocas inamovibles son, sin embargo, un poco más pequeñas. Las piedras enormes de su hogar se notan desgastadas, y el ritmo de su corazón, ya casi sin energía, a veces se detiene y a veces sigue a trompicones, algo cansado quizá, lleno todavía de la espera inmisericorde del abandono.
Espérame, Penélope.
Y ella lo hizo.
Ya no hay marcha atrás. Su pelo gris, sus manos destrozadas por el reúma, los huesos doloridos, los pies llenos de callos, la piel de pergamino, los senos caídos, las caderas flojas y la mirada cansada pero todavía anhelante, todavía expectante, todavía enamorada.
La fidelidad tiene algo de esclavitud y también de virtud inútil. O no.
Y ella es así: segura, eterna, inamovible, irreductible al desaliento, incapaz de amar más, pues lo ha dado todo; concreta, amable, crédula y fiel.
Fiel.
La Playa de la Espera la arropa cada tarde. Le recuerda cada tarde que el estío se ha ido y con él su belleza, sus fuerzas quizás, y el olvido. El de sí misma, el de todos aquellos que alguna vez había querido: ese mundo que ya no existe, salvo en la espera serena que la posee todavía, que la desarma.
Espérame, Penélope.
Y ella lo hizo.
Sólo se escucha el arrullo sin fin del mar en la orilla….

Celebrando el mes de la diversidad, que debe ser más abierta, amable, inclusiva, consecuente y jamás moralmente superior, con todos sus luchas, sus logros, sus sueños, comenzamos una serie de pequeños homenajes sobre lo que es apropiado y qué no para demostrar que todo es posible y que encaja, así, con la lógica aplastante de la naturalidad.
¡Feliz mes del Orgullo!


Me gustan las películas con esencia. Y casi siempre son sorpresas, pequeñas cintas hechas con una pasión increíble y que cuentan una historia basada en un guión poderoso y, después, en interpretaciones memorables. Las estrellas de cine no mueren en Liverpool es una de ellas.
Es difícil entrar en el lenguaje que narra. Pero una vez dentro, todo, todo es maravilla. Una historia de amor, de tiempo que pasa, de descubrimiento, generosidad y despedida. Pura vida.
Annette Bening ganará, sin duda, los premios que se le han negado gracias a esta interpretación máxima, llena de detalles, como la de Timothée Chalamet en Call Me By Your Name, otra cinta bella donde el guión lo es todo, y todo es un conjunto fantástico. Ella consigue con una generosidad y una entrega arrolladora, que Gloria Grahame nos sea muy querida y muy comprendida, su fragilidad y su generosidad y su carácter, que la hicieron única en un momento de la historia del cine. Y Jamie Bell sigue enseñándonos que, desde Billy Elliot, es un hombre que hace inmensas las historias pequeñas, o cómo hacer un gran papel lleno de vida cotidiana.
La realización juega con el teatro; una vez que entramos de lleno en ese juego, esas idas y venidas nos llevan a comprender de verdad esas dos historias que se entrelazan, esos dos amantes que se entregan con conciencia y generosidad y con gran verdad (se lo dicen todo sin ocultarse casi nada), y vemos desde los ojos de cada uno cómo un relato lineal se transforma, en realidad, en un meandro lleno de estuarios donde la vida pace, viaje, y se apaga.
Cine grande en envoltorio pequeño. Pura vida. Vida de la buena.

La historia de la humanidad es una lucha: por vencer, por conquistar, por imponer. Y es pendular: lo que una vez se rechazó pasa a ser el pensamiento dominante y la sociedad, como identidad unitaria, se abalanza sobre esas características y las impone como leyes. Pero las leyes se las pudre el tiempo, así como se deshace de todos nosotros, y esa angustia por manipular, conquistar, poseer, manipular, por evitar que la Vida se escape y evolucione a contragusto, es baladí. A veces nos damos cuenta pronto; pero la mayoría, sólo con nuestra muerte comprendemos quizá la única verdad universal: la vida es un teatro, nosotros un mal chiste, y todo daño y todo acto cruel deja un poso profundo de heridas que sólo contribuyen a la perversidad del mundo, no a su evolución.
La vida parece que no cambia. Pero lo hace. En un momento (¿cuál no ha sido el momento?) lleno de conflictos, en el que injuriamos y herimos y dañamos a los demás, un día como hoy todavía sigue siendo necesario. En un instante de la historia en el que insistimos ser diferentes porque hablamos un lengua distinta, porque vivimos en un lugar inigualable, porque somos de un color o de una raíz o de un género incomparables; parece que no hayamos aprendido nada. Pero no es cierto. Los albores del nuevo siglo han dado a luz una filosofía barata: el Buenismo, el Igualitarismo, que es falsa. Pero sobre todo han traído consigo una necesidad subterránea, una aceptación única que afecta, por primera vez, y de forma mundial, a todos por igual: la Comprensión.
El exceso de información es tan dañino como la manipulación mediática a la que nos vemos sometidos. Pero nos da la magna oportunidad de tener Libertad: para indagar, para sentir, para vivir, para convivir, para conocer. Para alguien que ha huido (sin saberlo en su momento, y ahora conscientemente) de las etiquetas, pues sabe que la vida, en su continuo, no tiene barreras ni límites, es la maravilla máxima.
La fluidez del presente, pese a todo, es una marea que barre con todo. Pero sobre todo, con el Miedo, con el Desconocimiento y, por tanto, con el Odio. La era de la Comprensión ha llegado, pero su asentamiento, como ocurre con todo lo humano, es un proceso lento, una sedimentación inevitable, pero tranquila.
Mientras ese día llegue, necesitaremos siglas, normas, explicaciones. Pero sobre todo, identificarnos con los demás, comprender a los demás, y dejarlos vivir una vida que nunca es fácil, pero cuyos ecos se requieren para hacer, de la masa humana vulgar, algo digno de llamarse eterno.
Empecemos a derribar divisiones, a dejar de creernos especiales, a disfrutar de la inmensa variedad de la Naturaleza, que no está para ser juzgada (está por encima de eso), ni manipulada, ni destruida (está por encima de eso), sólo para ser vivida, experienciada, aprovechada y evolucionada.









