Dr. Zhivago.

Arte/ Art, Lo que he visto/ What I've seen, Música/ Music

Doctor Zhivago

Caniche Editorial: recién hecho/ Caniche Editorial: Ready-Made.

Arte/ Art, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

10164605_300x300Caniche Editorial es la nueva aventura ideada por Ernesto Miralta y Carlos Copertone con ladea de aunar el universo literario con el del resto de artes plásticas; acercar textos-arte en libros-joya llenos de belleza integrando en un mismo acto la lectura, la textura, el brillo, la transparencia y el reflejo.

Caniche Editorial nace con la intención de englobar la labor artística, de interaccionar lectura y lector, texto y soporte con ánimo lúdico, educativo y bello. Es difícil en la actualidad encontrar propuestas que aglutinen lo bello con lo práctico y mucho menos lo bello con lo cotidiano, acercando la gran fortuna de ese juego único que sólo pueden gozar algunos en su biblioteca y todos nosotros en salas de museos o de exposiciones.

Ready-Made, primer poemario publicado de Mateo Navarro ha sido el primer volumen escogido por la editorial para estrenar su propuesta. Lleno de luz con sus tintes plateados y de reflejos donde los versos se superponen al esfuerzo del lector, de transparencias en hojas de papel cebolla, y de ritmo y musicalidad, Ready-Made se erige como algo novedoso, más allá de su ritmicidad y temática poética, asentando las bases de lo que los editores buscan con Caniche.

La poesía de Mateo Navarro semeja en evolución, como la misma editorial, parte de intenciones elevadas y lenguaje rico y referencial, lleno de ecos y de búsquedas que se afinarán sin duda en la maduración del escritor como poeta y como hombre. El exceso y el sentimiento forman parte de Ready-Made, imagen especular de un mundo que escapa a borbotones por la garganta del poeta. El juego de espejos, de rasgados de página, de juego a fin de cuentas, nos envuelven en el ritmo premeditado de los versos y muchas veces encierran sus intenciones y lo reflejan.

Edición y poemario se hacen uno, idea que quiere llevar Caniche Editores hacia nuestras vidas: todo es posible, dentro de las dimensiones del arte, para alcanzar una experiencia completa, jugando con las expresiones artísticas, y el ánimo de los lectores.

Miguel Blanco González: In Memoriam.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Los días idos/ The days gone, Música/ Music, Medicina/ Medicine

S15D1003Llegaba con su voz grave, sus ojos melancólicos y risueños y la actitud enorme de quien está dispuesto a ayudar. Así es Miguel Blanco, neurólogo del Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela (CHUS), donde yo también trabajo.

Nos conocemos desde el año 2003 e incluso desde antes, en la facultad de Medicina. Pero desde ese año, cuando viene al CHUS a trabajar como adjunto de Neurología, es cuando nuestra relación se estrecha. No sé, quizá nos reconocimos en la forma de trabajar, sin duda en la actitud de Servicio y en las ganas de hacerlo todo lo mejor posible, no siguiendo una línea perfeccionista (que lo era), si no más bien en hacer lo mejor en pro de un paciente.

Charlábamos por las noches, cuando los caos que atendía cruzaban nuestros caminos; en realidad, trabajamos mucho juntos, pues nuestras especialidades tienen puntos en común y nos dependemos mutuamente. No había caso difícil al que me negara a echarle una mano; jamás me dijo, por más ocupado que estuviese (y era un hombre ocupadísimo) que no pudiera hacer lo propio. Su compromiso era su palabra, y también su fama: no sé si hay algo que no supiera hacer bien; para mí, Miguel ha sido, quizá, uno de los diez mejores profesionales contemporáneos con los que he tenido la fortuna y el inmenso privilegio de aprender día a día en esta profesión.

Su claridad de ideas, su saber, están tamizados por su sentido común, lo que yo más admiro en una persona, y sus sonrisa casi a la par de su inteligencia, y esa inmensa calma con la que parece atajarlo todo, hacía que abusáramos de él más de lo que él pensara posible.

Miguel y yo, cuando coincidimos, hablamos de todo: el paciente primero, claro; pero entre medias, de lo divino y lo humano, y tejimos un par de ideas, de sueños que rápidamente él quiso materializar, pero que loas vaivenes de las jefaturas y las administraciones detuvieron durante mucho tiempo. Pero como no ha sido nunca un hombre que se amilane, con ese positivismo que lo caracteriza, hace un par de semanas volvió a tratar esos temas conmigo, y volvimos con nuevas energías a la búsqueda de esos sueños: ni la muerte detendrá unas ideas que se impondrán finalmente en la práctica hospitalaria del CHUS, estoy seguro. Quizá no como las hubimos planeado entre los dos, pero lo harán, y en eso tanto él como yo (como en casi todas las cosas, por lo demás) también estamos de acuerdo.

Yo confíe en él para que evaluara a mi madre cuando tuvo un ictus: su amabilidad natural se multiplicaba en la atención al paciente. Su galanura (¡qué guapo eres, Miguel!) hizo que mi madre se lo dijese en plena exploración neurológica. Se sonrojó hasta las pestañas, y se dedicó a hacer un doppler transcraneal como si el piropo, nacido de la admiración y del agradecimiento, no fuese con él. Aún así, desde aquel día, mi madre, que no es mujer del montón, decía a quien quisiese que él era su neurólogo y lo recomendaba con una fe inquebrantable y pura.

Me gusta llamarlo y charlar de naderías, de la evolución de los residentes, de todo lo que podemos hacer para lograr que el CHUS sea más armónico, más amable, más acorde con los tiempos que corren. Llamaba para recibir consejo sobre algún paciente y venía a darlos, a la hora que fuese, si se lo pedíamos. Miguel, todo amabilidad y bonhomía, hizo más amable la Neurología, y formó un equipo que sigue unas pautas (por lo demás sencillas, pero difíciles de alcanzar) de saber hacer, de querer hacer y de solicitud casi como un autorretrato.

Hay estrellas que merecen estar en el cielo. Miguel Blanco González es una de ellas. No es sencillo resumir una vida, la de cualquiera. Si Miguel llamaba yo acudía sin preguntarle qué quería; si lo llamaba, él me atendía por más inocente que fuese mi petición. Él estaba para servir y para evolucionar y para hacer del mundo un lugar mejor. Y así lo ha hecho. Hay estrellas de brillo singular que, aún entre nosotros, refulgen como soles. El verdadero lugar de Miguel Blanco González está allá, en las galaxias, entre el cielo y ese espacio sin enfermedades ni penas, sin rencores ni pulsiones que llamamos Universo, y que no es más que el tejido latiente de un corazón: el suyo, y el de su estupenda familia que ayer ha quedado sin él.

Te he admirado siempre, Miguel. Eres uno de esos ejemplos que me gustaría ser y sé que no alcanzaré nunca. Y tú lo sabes. Como comprendías que hacemos un buen equipo, aquí o allá, juntos o separados. Ahora sabes más; siempre has sabido más que yo. Y eso me sigue admirando. Tu delicadeza, tu inteligencia, tu disposición, tu bonhomía. Qué pocos hombres hay como tú, Miguel, y qué gusto ha sido compartir estos años profesionales contigo, esos planes, esos momentos, por siempre breves, en tu compañía. El mundo ha sido un lugar mejor porque tú has habitado en él; mi mundo nunca será el mismo porque en él estarás tú por siempre.

Gracias, Miguel, por tanto, y por nada.

Si tú no bailas conmigo/ If You Don’t Dance With Me.

Arte/ Art, El mar interior/ The sea inside, Música/ Music

11909290_513402365495967_1941512709_nTodo está listo. Las mesas llenas de rosas, las velas encendidas, el mar de gente arrebujada, colorada y adormecida por la comida y el champán. Se oyen risas y esa conversación tímida de murmullos y algunos gritos ahogados. La música comienza a sonar.

Las parejas se levantan. Algunas van de la mano, otras simplemente se miran y salen a bailar. La orquesta toca canciones de amor. Suave, pegajoso, rico para bailar. Los cuerpos se unen y se separan con cadencias de caricia y el aire parece que se agita y se eleva, y hasta las estrellas se dejan ver por el techo acristalado.

Tú y yo estamos juntos, sentados. Nuestras piernas se rozan al ritmo del baile. Siguiendo los sones, nuestras rodillas se unen y se separan, y nuestras manos debajo de la mesa. Somos como ellos pero somos diferentes. Bailamos con nuestras manos, con nuestras rodillas debajo de la mesa, a escondidas, como si fuera un error. Pero yo sé que no somos así. Y tú también. Pertenecemos a esa raza de gentes que vive todo en un escándalo, todo una fosforescencia que acaba por aburrir, a la que se le niega cualquier derecho o se le mira de reojo; la excepción, no la regla. Y nos apetece bailar así, juntos y despegados, sintiendo el calor de las mejillas, el lento planeo de una gota de sudor y la risa ahogada de la complicidad.

Notar tu cintura firme entre mis brazos, la anchura de tu espalda que es un mundo nuevo, el aroma de las gardenias mezclado con la cera de las velas, y el brillo de tus ojos así, cerquita de los míos, que estallan de tanto amor y orgullo y gustazo de tenerte conmigo. Notar el tacto de tu pecho abierto y de tus labios en los míos, arrullados por la música que suena, tan lenta y tan dulce, los dedos liberando botones para que transpire el amor, y los brazos alzados, las piernas tensas entre piruetas y giros, y la sonrisa alada, y el corazón retumbando de puro gozo.

Me apetece bailar. Quisiera que todos en esta fiesta, que se recogen en la normalidad de una vida gris, supiesen que tú y yo estamos juntos. Que esa tu boca besa la mía, que esos tus brazos rodean mi espalda, que esas tus piernas me atrapan cada mañana esperando a que me quede un ratito más antes de ir a trabajar.

Me apetece tomarte de la mano y llevarte al centro de la pista, donde el aire es límpido y las estrellas brillan y la música retumba como un corazón latiendo, y besarte lento, suave, y tomarte entre mis brazos y notar la fuerza de tu cuerpo único y la ligereza de tus pies que se hacen leves al bailar. Quisiera que todos esos que viven como si la vida fuera de otro supieran que, entre los excesos y los silencios, el amor anida en todos los mundos y que tú y yo hemos fundado un planeta que desea ser libre, una idea de amor que de tan normal puede parecer única, de tan habitual no llame jamás la atención.

– ¿Bailamos?

Me dices.

Tus ojos brillan. Y los míos sonríen. Eres travieso. Y adoro tus travesuras. Y esa boca entreabierta, y ese pecho enorme entre la camisa y la chaqueta. Y nuestras manos unidas, y el roce de las rodillas, y ese balanceo suave de tu cadera en la mía.

– Si tú no bailas conmigo, prefiero no bailar.

Como la noche, me quedo en vilo. Y tu voz es un sol lleno de estrellas y las gardenias abren sus pétalos hasta hacerse horizontes blancos.

– Sin ti, no estaría aquí. Aquí. Y quiero bailar, sí. Contigo.

Y nuestros dedos entrelazados se liberan de su escondite. Y nuestras piernas se llenan de energía y nuestros corazones laten a la vez. Sonreímos. Hombro con hombro nos encaminamos al centro  de la pista; con el bamboleo sensual de la música, y bajo las estrellas, nos miramos. Y no decimos nada. Y sonreímos. Y cerramos los ojos. Y nuestros labios se encuentran en el vacío. Y la música sigue su ritmo y nuestros cuerpos se bambolean con ese sonido de marea y arena. Y no nos importa nadie, pues nuestro mundo es inmune al qué dirán.

Y bailamos. Una y otra vez. En la noche eterna tú y yo. Y como única compañía, la música alada y las estrellas.

Un mundo nuevo/ A Whole New World.

Arte/ Art, Los días idos/ The days gone, Música/ Music

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Oliver Sacks: En movimiento/ Oliver Sacks: On the Move.

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Oliver-Sacks-HBR-Cover2El Dr. Oliver Sacks ha sido un persona afortunada. No sé si él se vería de esta manera, pues un espíritu sabio y libre en línea generales no se reconoce como tal hasta que el largo viaje de la Vida se hace lo bastante transparente como para verse reflejado en las cosas que han ocurrido, en las reacciones que ha tenido, usualmente también en lo que ha hecho,  finalmente en el resumen de sentimientos que ha sentido y, por lo general, se asombra por un instante y después lo deja correr: todo esto y más está escrito en On The Move.

De los hechos y maravillas que el Dr. Sacks ha realizado durante su dilatada y fructífera vida, hay mucho publicado. Yo lo hubiese llamado, en la forma más respetuosa y cariñosa posible, Dr. Ollie o Dr. Maravillas quizá, por su asombrosa inteligencia, sus ojos luminosos, su aspecto de gigante de cuento y su corazón de oro. Y lo hubiese llamado así como médico, como persona, como amante de todo el mundo científico (desde el estudio de los elementos químicos hasta la biología, desde la física más elemental hasta los niveles cuánticos y subatómicos del universo) y del Arte (su amor por la música, su perpetua entrega a la literatura, su romántica visión de la pintura y el dibujo), por su prosa profusa, su voz grave y su andar de pato mareado y enérgico. No pretendo, en estas líneas, alcanzar tal estado de homenaje ni tales fronteras de elegía. Pero se los merece, por su fragilidad y su energía, por su forma de ser y su valentía.

On the Move es su historia, al menos el retrato apasionado y libre de su propia vida; un ejercicio de modestia sin límite y, sobre todo, de desnudez integral, que traspasa cualquier frontera de lo posible, mostrándose frágil, único y sobre todo, o más que nunca, verdaderamente libre. En sus páginas fluyen su vida familiar, sus años de formación, su vida muelle, su amor por el cuerpo masculino (que lo llevó al culturismo y a proezas de fuerza física increíbles en su época), sus adicciones, que las tuvo; sus accidentes, sus dudas, sus aciertos y sus errores; en esas páginas Oliver Sacks se desnuda como nunca, y se cubre como nunca de asombro y de ingenuidad, de ternura y de una pureza que traspasa los límites de las palabras y toca los corazones y las almas.Oliver Sacks

Oliver Stacks era un hombre puro corazón. Corazón con riendas tensas, pues temía ser desbocado; corazón que se desbordaba en la práctica de la Medicina; corazón dudoso; corazón inhibido; corazón angustiado y, finalmente, corazón liberado. Oliver Sacks, que se prohibió a sí mismo amar, fue un hombre que amó más allá de los límites del cuerpo, y que se halló liberado de todo pesar y de todo sentimiento de incapacidad al final del camino.

On the Move es la historia de un hombre que, temiendo una vida efímera y encallada, siempre estuvo en movimiento, en esa eterna búsqueda que a todos nos define y que nos lleva, dando tumbos en una dirección u otra, hasta que hallamos el verdadero camino, nuestro lugar en el mundo.

Oliver Sacks fue un hombre de despertares, de descubrimientos, de búsqueda. Buscó siempre el conocimiento, el porqué de las cosas, la explicación que une la fisiología con la conciencia, el puente que enlaza la vida consciente con la actividad molecular de estar vivo, despierto. Toda su vida médica estuvo dedicada a la investigación de la conciencia a pie de cama, en las trincheras como yo llamo a la actividad del servicio al paciente; quiso saber, y consiguió entender, con su vasto conocimiento de historia de la Medicina, que la Medicina no es un ente cristalizado, que lo que sabemos hoy no son más que señales de un camino mucho más vasto, que aquello que consideramos inmutable es en realidad una maraña más complicada (y a la vez más simple) de lo que pensamos, y que el milagro de la Vida está unido a los materiales de la tabla periódica tanto como a las estructuras cerebrales, a la historia de nuestro pasado y a la respuesta que creamos en el momento presente en el que nos encontramos.

En On the Move asistimos a ese darse cuenta, a ese hallazgo tan sencillo que hace que todo encaje: lo que fuimos, lo que hicimos, lo que sentimos y lo que somos, incluso lo que padecemos y cómo lo hacemos. Un hombre dedicado más de cincuenta años al estudio de los efectos de la Enfermedad sobre el individuo, de los efectos de un tratamiento sobre la vida de un paciente; vivió sus propias enfermedades desde esta dicotomía tan suya, y nos dejó legajos de pensamiento y de sentimientos únicos en donde somos al mismo tiempo médicos y pacientes, sufridores y sanadores, pero nunca dejamos de ser individuos, es decir, seres humanos.

Oliver Sacks es un hombre de defectos; de gran corazón; de manías, de inhibiciones. Pero en On the Move nos muestra cómo cada una de las etapas vitales sólo sirven para la purificación del pensamiento, para la entrega total de cuerpo y alma a lo más grande que tiene un ser humano: el Servicio a los demás, y el permiso a perdonarse a sí mismo, es decir, a la capacidad de ser libres.

BN-IE922_bkrvsa_J_20150501120651Cada capitulo de On the Move está lleno de idas y venidas, de marchas atrás, de idas hacia adelante; parecen ideas sueltas que sin embargo llevan cosidas a su vera un hilo común, y es el del descubrimiento, modestísimo, de una vida grande, de un individuo único y voluntarioso, inteligente, brillante más bien, pero por sobre todo trabajador constante, que descubrió su fin último, su motivo de vida, una vez se liberó de todas las taras que lo ataban a lo mundano, una vez que tocó la toba eterna.

Oliver Sacks, el Dr. Sacks, había nacido para escribir. No para unir Ciencia y reflexión mundana, no para acercar la naturaleza íntima de la actividad médica y las Enfermedades que nos afectan al gran público, si no para ser un gran escritor. Y su lucha en contra, o al menos, no a favor de reconocerse como tal, lo llevó a infinidad de triunfos mundanos (por lo demás vividos con extrema cortesía y con una bonhomía inigualables), a reconocimientos y homenajes, pero sobre todo, le dio vía libre pare reconocerse merecedor de amar y de ser amado, de ser apreciado y de ser realmente lo que hubo soñado desde que era niño: un verdadero escritor.

No hay nada de ficción en la extensa obra de Oliver Sacks. Ni falta que le hace. Él narra la Vida, que ya está llena de desgracias y de humor repartidos a partes iguales. Lo que hace de On the Move la joya que me ha apasionado, es que es su vida, su propio periplo, el que contiene cada gota de pasión, de desconcierto, de descubrimiento y de alegría, de errores y de fracasos, de brillante inteligencia y de delicada cortesía, que lo hacen un gran hombre, un hombre digno de ser conocido, y por sobre todas las cosas, querido.

Escrito a las puertas mismas de la muerte, On the Move es un libro de esperanzas, de verdades encontradas y sobre todo, por encima de todo, de libertad. No lo sabemos, no lo imaginamos hasta la última página, hasta la última referencia escrita, hasta que descubrimos que, ya en el final de su vida, abre su corazón, abre su alma al amor y se abandona, como el niño que nunca ha dejado de ser, a la belleza de ser amado, de sentirse encandilado por ese pequeño milagro que a sus ojos se hace inmenso, y por la perplejidad de reconocer que ha conseguido, sin saberlo ni esperarlo, lo que siempre había anhelado ser: un gran escritor.

Siempre cambiante, Dr. Sacks. Siempre en movimiento, querido Ink, ahora más en la muerte. Y gracias por todo.

Todo en mí/ All in Me.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

485259_388629887834858_463158060_nSilencio.

Oigo un susurro rítmico, respiración algo agitada. Y labios que se humedecen. La saliva refresca mi boca reseca. Cada una de sus grietas, cada cosquilleo casi imperceptible de mi lengua sobre ellos.

Ojos.

Siento la luz que escapa de la lámpara. Un rayo atenuado me hiere las pupilas, que se contraen de repente con un chasquido. Y parpadeo. Y dejo de ver por un instante la sombra que me acompaña, el bulto forme que dirige cada uno de sus movimientos hacia mí.

Un principio.

Tiendo mis brazos para alcanzar su espalda. Y noto cada uno de los músculos tensarse y relajarse,  extender cada una de sus fibras, llenarse de esfuerzo para después descansar, intranquilas, en la piel achispada y suave.

Hay pequeños chispazos de electricidad entre mis dedos y su piel, algo húmeda por el sudor. Siento cómo me baña cada uno de los dedos, como penetro en su interior, el agua caliente de la transpiración, la perspicacia de la carne, ese juego escurridizo y viscoso de los humores del cuerpo.

Todo en mí se haya en alerta, como un secreto abierto. Cada poro, cada cabello; mis orejas sonrosadas y mis pies algo fríos, que froto una y mil veces, retorcidos por el secreto placer de la compañía y también de la soledad. La mía.

Y mis dedos recorren cada parcela de su cara. Se detienen en las cejas, dibujándolas.  Y en la punta de la nariz, graciosa como una broma a dos. También en el mentón delicado, y en ese cuello interminable.

Los sentidos como abanicos desplegados, llenos de electricidad y de certeza y de un calor frío. Procuro no parar un deseo que parece desbordarse de mí, latiendo desaforado y nublándome el pensamiento. Intento que el sentido no se deshaga en sentidos, y que toda conciencia deje de serlo al hundirme más y más en las caricias que le dan mis manos, en la presión de mi torso sobre le suyo, en la maraña de mis piernas y las suyas. Pero me cuesta.

Todo en mí está encendido. Me veo fulgurar como una hoguera, como un planeta. Y la tierra y el mar están aquí, a diez centímetros de mí, con la respiración agitada, llena de vaho que humedece mi rostro.

Calor.

La habitación está llena de humedad. Nuestro sudor se mezcla como se entrelazan los besos. Hundo mi cabeza en su pecho y el cosquilleo de cada cabello me produce risa. Y me río, me río con la boca abierta y las intenciones desnudas, como la penumbra que nos acompaña y la noche que llena la ventana. Y la felicidad que se engancha en cada abrazo y en cada beso.

Todo en mí es un descubrimiento. Siento que tiemblo y cada uno de mis músculos es un espasmo que busca perpetrar esa excitación, ese momento infinito donde todo es posible: la belleza, la urgencia, el placer, el abandono, la soledad y el silencio.

Todo en mí es un principio, una novedad. Su cuerpo es. El mío respira. Y la espalda se encorva para recibir aplausos y el cuello se humilla ante la vida. La que nos damos estando juntos, muy juntos, casi sin hablarnos; la que sentimos lejos, en otros cuerpos, en otros momentos de efímera ilusión.

Silencio.

Gemidos a veces que escapan mudos de mi garganta. Cierro los ojos y siento el maremoto de mis sentidos expuestos, todos y cada uno, desnudos, liberados, ajenos a todo lo que no sea su propio deseo, su único placer.

Y no me preocupa nada: ni el alquiler, ni la comida, ni lo que me pondré mañana. Sólo quiero estar así en pura perpetuidad. Desnudo de inhibiciones, lleno de anhelos y de apremios, sediento de besos y caricias y dedos y sentires. Y de deseos de perfección, de belleza, de penumbra y oscuridad y pura luz. La suya.

Todo en mí está aquí, ahora resoplando, ahora dormitando. La lámpara apagada, las cortinas descorridas, la ventana abierta, la noche asomada, las nubes desplegadas, la luna tímida.

Un principio de entera libertad.