Paris sera Toujours Paris: la vida es ensueño

El día a día/ The days we're living, Libros que he leído/ Books I have read, Literatura/Literature

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Nada como adentrarse en la prosa de Màxim Huerta para navegar por París. Si la ciudad ha sido para muchos un sueño, vivirla a través de sus ojos en un ensueño azul y gris y rojo, lleno de fluidez acuática y de carnosidad, olores y sabores. El París de Màxim Huerta es ruidoso, preciso, lleno de detalles que explican la vida actual, vívido y palpable (de suerte que sentimos los pasos sobre adoquines mojados  y oímos el entrechocar de copas Pompidou llenas de champán entre risas y desvíos), evocador y único, porque fue única París en un tiempo ya ido y lo es, todavía, en el recuerdo del escritor.

 Paris sera Toujours Paris, en una bellísima edición a cargo de Editorial Planeta, en donde se aúnan la prosa muy Màxim Huerta (enamorada, canalla y discretamente irónica) con las ilustraciones maravillosas de María Herreros, es una obra hecha con cariño. Nada más bello que el olor de esas páginas con peso, donde los colores nos hablan de París con la misma fuerza que las palabras escritas o las imágenes dibujadas; nada más concreto que el sueño de un escritor que ha vivido una ciudad y la evoca en la distancia, y el sello de un periodista que, suerte de guía turística, nos descubre las entrañas de una ciudad sin desnudarla por completo, a modo de esas amantes superfluas ya perdidas en el tiempo: pieles salvajes que no carecen por completo de adornos. Todo en Paris sera Toujours Paris se vive como un ensueño; cada detalle, cada curiosidad; cada capítulo es un latido, cuya sístole insufla de aliento una vida que fue y cuya diástole nos lleva al remanso del día a día, en un ejercicio melancólico, pero todavía hermoso, de una ciudad que ha querido ser centro del mundo y que ya no lo es.

París no es ya esa París: es una dama arreglada que soporta las embestidas de tiempo, pero con evidentes signos de desgaste. Ni su belleza permanece ajena a la mediocridad de la actualidad. Siendo rabiosamente moderna hace un siglo, en nuestros días se muestra orgullosa pero algo abatida, cansada de turistas, pero siempre atractiva. El que tuvo retuvo, suelen decir. A París ya no la cantan ni la retratan ni la justifican ni la veneran esos talentos inmortales de la cultura y del buen vivir, pero todavía perduran aquí y allá espíritus salvajes que recuperan ese hálito travieso, que aprecian las vibraciones mágicas de lo que fue una ciudad única y que apenas sobrevive en las riberas de una postal. Màxim Huerta adora una París que es más ensueño que realidad; que ha sido y ya no es, pero que fue: gracias a él cada adoquín habla, cada farola tararea una melodía, cada paseo tiene una explicación y cada joya producida por la cultura efervescente de un momento único nos recuerda que somos capaces de todo lo alto y lo bajo como raza y como ideal. Paris sera Toujours Paris mientras autores como María Herreros y Màxim Huerta se afanen por recobrar y recordarnos con publicaciones llenas de belleza, que la grandeza va de la mano de la diversión, que la fiesta tiene un precio y el arte otro, y que de lo informe nace lo excelso, y que lo imperecedero sufre los vaivenes de la vida con espíritu de lucha y cuerpo de metal.

Ojalá algún día Madrid merezca un homenaje semejante, por bella, misteriosa, dura, canalla, divertida e irreal. Pero, mientras tanto, disfrutemos (sin dejar de mirar de soslayo la gran pobreza y podredumbre de toda gran ciudad) de Paris sera Toujours Paris, por siempre.

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