El mar interior/ The sea inside

Errores (VI): Sin Ti/ Mistakes (VI): Wihtout You.

No quisiera molestarte. De cualquier manera, esto es más bien un ejercicio para mí mismo que un mensaje para ti. No creo que tus ojos lleguen a leer jamás lo que aquí escrito quede.

Sería mejor no preguntárselo. Recuerdo que ése ha sido uno de los motivos por los que me dejaste. Uno de tantos, seguramente, pues no he sido lo suficientemente amante para convencerte, o he sido demasiado caballero no evitando tu marcha… Pero es que también soy noble, cosa que llega a olvidárseme, y ése ha sido otro de los motivos por los que me dejaste.

Está bien, te lo concedo: nunca hemos estado realmente juntos. O como lo entiende el grueso del personal: dos seres abrazándose a plena luz; metiéndose mano en la mejor sombra de la Alameda. Es cierto. Sin embargo, hemos compartido momentos tan intensos como los de una pasión derramada; al fin y al cabo una aventura de dos es más que un simple ejercicio de cama.

Debo mejorar mi lenguaje. A veces resulto…, ¿cómo me dijiste? Zafio. O algo parecido. El diccionario de sinónimos te lo llevaste sin querer, supongo, porque es mío. Ése era uno de nuestros juegos de dos, tonto como otro cualquiera en pareja: una palabra que quedaba gastada en sus múltiples posibilidades. Sin querer gastábamos las posibilidades que podía haber en nosotros, o no quisimos darnos cuenta de lo poco que eran.

Creo fervientemente en que jugábamos al escondite. Si bien jamás nos declaramos, sin duda algo había. ¡Dios! Lo notaba hasta el dueño del quiosco, ese pobre hombrecillo cuarentón que sonríe medio satisfecho cuando le pido un Winston de contrabando. A trescientas cincuenta pesetas. Desde luego debería dejar de fumar; me está arruinando. Pero fumo por ti, porque te gustaba el sabor del humo mezclado con mi saliva; y porque me da la gana. Me dicen que debería frenar un poco, que me estoy quedando en los huesos; pero yo sé que el tabaco no saca el hambre. Como que me lo han enseñado en la facultad. Están equivocados. Fumo porque lo deseo, como te deseé a ti; y el tabaco me llega a los labios y sin duda cerca del corazón. Eso es algo que no puedo decir de ti, cuya lengua sólo se trabó entre mis dientes; lástima que mordieras con tanta ansia mi corazón, pero eso es otra cosa.

En el fondo tienen razón, pero prefiero no decirlo. Se pavonearían, supongo; aunque dudo que con razón. Reconozco que he adelgazado, pero todo se junta y no es el tabaco: eres tú. Pero, ¿a quién puedo decírselo? Nunca he sido de los que se confiesan, y hasta la misma palabra confidencia me da repelús. ¡Oh, ahórrate tus sermones sobre compartir y abrir el alma! Me cansaba un poco esa manía tuya de querer saberlo todo de mí; me hastiaba y me daba miedo a la vez, pues sospechaba que me querías por completo: mi pasado, que no es grandioso, y mi futuro, que quizá llevase tu nombre. Debo decirte con la mano en el pecho que temía perder mi libertad, ese disfrute de ser yo mismo: mis negativas y mis desdenes. Ahora estoy seguro que era absurda tanta cobardía, pues los demás jamás se adueñan de nosotros por completo, su propio egoísmo  se lo impide. Pero eso lo sé ahora.

Durante años intentaste sin éxito gobernar las riendas de mi corazón. O con mejor fortuna de lo que creía. Es increíble que sólo en unos pocos meses lograras lo que en años parecía una labor de Titanes. Pero no es completamente tuyo el mérito. Lo ignoraba, como desconozco muchas cosas de mí, pero yo te dejaba hacer. En el amor se requieren dos intenciones normalmente parecidas: el hecho de que la tuya fuera consciente no la hace más fuerte que la mía, demasiado tímida para salir a la luz a tiempo. Sin duda el vértigo del fin nos hace valerosos, o despierta a ese alocado ser que todos llevamos guardado dentro. No desdigo que supe que te quería cuando más dudoso estabas de mí; es decir, cuando ambos intuíamos un punto de inflexión sin duda doloroso para alguna de las partes. Pero, no me negarás, que despertaste del sueño que te habías fabricado precisamente en el instante en el que yo entraba en él con los ojos abiertos. Cada vez me voy dando cuenta que lo nuestro no fue si no un juego de despertares: por un lado yo, que creía únicamente desear tu cuerpo; y por el otro tú, que pensabas amar sólo mi alma.

Quizá debí ser más dulce. Tal vez mi propia brusquedad era una barrera que colocaba entre los dos. Pero, ¿nos enamoramos realmente de una persona en concreto, o es sólo el disfraz que le embutimos a aquélla que le sienta como un guante? Yo necesité ese hiato de abrazos y de despedidas, de peleas absurdas y amargas discusiones, para separar la imagen que tenía de ti y tú mismo. Quizá me llevó más tiempo del que creía o más bien me costó reconocer que había caído por fin en ese juego que es el amor. Pero no creo que deba disculparme, pues sin duda a ti te pasó lo mismo; sólo íbamos en sentido contrario. Hoy puedo decir sin ruborizarme que te deseé desde el mismo instante en que te conocí: ese pelo oscuro, ese cuerpo pequeño y tan bien repartido, esa boquita graciosa…; y puede que, el hecho de que fueras de otro, afirmarse aún más esa necesidad o hacía la posibilidad de la conquista más dulce. ¿Ves? Ahora que no estamos juntos te lo digo así, sin presiones. Pero ese mismo hecho, que podía haber espoleado mi ego, me retuvo en los años que siguieron a nuestra amistad de tira y afloja. Ya lo sé: es que soy muy noble… Menuda porquería la nobleza, amiga del orgullo… Pues creo que había más orgullo que nobleza en esa contención. Cada vez que me contabas lo bien que estabas al lado del ingeniero ese… Está bien: deseaba poseerte por mí mismo, soñaba con el día en el que te rindieras a mi olor, a mi presencia; que tus ojos buscasen mis labios y tus manos mi cuerpo escondido… Comprenderás entonces que debía contenerme, pues no sería mérito ninguno aprovecharme de un momento de flaqueza de esa relación que ignoro porqué mantienes; cuando te acurrucabas buscando compañía y esa especie de reafirmación de una actitud o de una palabra altisonante… ¡Dios! Cuántas veces compadecí a ese pobre hombre por dejarse arrastrar por ti y cuántas lo envidié… Cuando te ibas algo más tranquilo, quedaba yo consumido por el deseo. Los cigarrillos encendidos eran rápidamente devorados; y la abstinencia de semanas se derramaba entonces entre sueños neblinosos y deseos frustrados: el olor que se escapaba de tu pelo, los ojos llorosos y esa boca plegada sobre mi pecho…

¿Por qué jugabas así conmigo? ¿Qué razón oscura había en ti, qué gozo, al hacerme sufrir de esa manera? Me resisto a pensar que ignorabas que te deseaba con ardiente locura. Estar a tu lado era un trastorno, y más de una vez tuve que fingir enfado o frialdad para esconder mi nerviosidad, y el rostro y el pecho henchido de sangre que no podía vaciar en ti. ¡Oh, sí, tú también sufrías! Estar a mi lado, abrazarme, arrullarme entre tus pecho… Esa elevada aspiración de un espíritu puro; dos almas que acaban fundiéndose más allá del simple abrazo de la carne… Sí, quizá haya sido demasiado noble: me ofrecías cada día tu cuerpo y cada día yo lo rechazaba ansioso de ti; tú buscabas impunemente mi alma y yo la escondía a sabiendas para que no la hirieses… Sí, fui demasiado noble conmigo: hubiésemos usado nuestros cuerpos hasta el cansancio y al menos uno se iría hoy satisfecho: tú; pero no te di ese gusto y ahora sufrimos ambos.

Tanta protección sólo la justifica el amor: yo escapaba sin saber que lo que realmente necesitaba era que fueses todo mío; además, sin duda  intuía que tú, en el miedo de perder lo que poseías, no te ibas a entregar por completo a esa nueva oportunidad que podía significar el todo o la nada. Tú, engañándote y engañándome también, disfrazabas tu hambre de mí con los ropajes del amor idealizado y puro que nunca se alcanza. No, no era nobleza (esa cualidad tantas veces alabada por ti y que sólo te daba seguridad), querido mío, sino algo más propio o menos absurdo: era aprehensión a hacerme daño. Aún no había llegado al momento en el que nos damos cuenta que el mero hecho de vivir ya entraña en sí mismo un sufrimiento; antes me placía encubrirlo con los ideales de la libertad o con los ropajes de la individualidad.

Ningún mecanismo de defensa nos exime del dolor. Aunque ignoro porqué te lo digo.

Quizá esté siendo un poco injusto. Puede ser. Pero tengo derecho a ello. A fin de cuentas he sido yo el utilizado y el abandonado. Yo no tengo unos brazos que me esperen en la estación, ni un beso cálido que me embadurne la espalda en la playa. Tú sí. ¿Estoy celoso? Pues sí. Siempre lo he estado: él disfruta de tu cuerpo y de tu vida; yo no… Pero al menos en el fondo me queda algo que me hace sentir, si no lástima, al menos algo de pena por él. Pobre ingeniero; si pudiese abrir tu mente cuando yacéis juntos, cuál sería su sorpresa al verme a mí dibujado en tu pensamiento y no a él. Esos brazos llenos de un vello que él no tiene, esos pequeños lunares en el fondo del cuello, esa lengua con sabor a tabaco, a perfume y a mí mismo… Pobre hombre…

¿Pobre él? ¿Cuando te tiene por entero: en tus proyectos de futuro, en tu futura seguridad, en tu vida de hoy? ¿Pobre él, que se despierta adormilado y juega con tus rizos? ¿Pobre él, que irrumpe dentro de ti, fuera de ti, y te mantiene atado con el lazo de los años que pasan, con las cintas de la cotidianidad…?

Ningún consuelo puede justificar mi dolor. Ni mi indignación. Ni mi miedo. Pero ignoro porqué te lo digo.

Sí: me siento solo. Estoy triste. Lo he perdido todo; estoy vacío. No te tengo a ti, que eras mi mundo. No tengo mis sueños, que llevaban tu nombre. Estoy desnudo. Desprotegido. Ni mi frialdad, ni mi dureza, ni mi orgullo me sostienen. Y fumo. Fumo hasta consumirme. Aborrezco la vida, que es basura derramada. Odio la seguridad que tanto buscas, porque tú la has deseado por encima del amor que te ofrecía, de los sueños que te entregaba, del cálido lecho que te abrigaría. Desprecio el matrimonio, como si hoy fuese suficiente para justificar los ejercicios que se hacen en la cama; y los hijos, que pueden acabar por venir después, porque es lo que tú anhelas con él y no conmigo, que los hubiese aceptado sin reservas al provenir de ti.

Ya no me acaricio buscándote. El hecho de dibujarte apaga mi deseo, pues el sueño de tu cuerpo no me es suficiente hoy para alcanzar mi propio placer. Hasta eso te has llevado. No hago nada: ni me despierto, ni me levanto, ni me masturbo. Nada me llama la atención. No hay brillo ni calor; el verano, pura lluvia, engendra sólo aburrimiento. Hasta me ha quedado colgada una materia en septiembre por tu culpa.

Ya nada me incita, ya nada me excita. Sólo fumo. Porque me consumo con su humo y me arruino con su coste. Winston o Chesterfield, qué más da.

El cigarrillo estaba encendido ese día, ¿recuerdas? A ambos nos consumía un nerviosismo que podía haberse cortado con un cuchillo, o con tus miembros y los míos. Nos sonreíamos. Los apuntes se esparcían plácidamente por el suelo. Había bochorno dentro de mi piso. Afuera ni llovía ni dejaba de llover. Había exámenes, la mejor excusa para acurrucarse y dejarse llevar por el momento. Te acercaste más de lo habitual. Ya nos había ocurrido antes: besos en piquitos, como las palomas; tu carne sobre la mía seca; tus labios mojaditos saciando a los míos; besos más profundos, en los cuales la boca ejercía un papel protagonista: ora abierta, ora entrecerrada imitando una respiración bucal, hinchándose las mejillas con tu aliento de hierbabuena y el mío de tabaco y de mi nombre; ese cosquilleo…, y esos intentos de hurgar en los sentidos del gusto; tu lengua sabrosa escarbando entre mis dientes, mi lengua haciendo cosquillas a tu paladar…, y nada más. Ya nos había ocurrido antes. ¿Quién iba a pensar que podía llegar a más? Pero aquella tarde había bochorno. Bochorno en mí, que no aguantaba las ganas de llenarte por completo con mi sudor y mis sueños; y en ti, cuyo deseo de mí te nacía en los poros y se revelaba en tus ojos. Y había, sin duda, deseo de acostarnos, de gozarnos, de sabernos por fin. Eso fue lo que nos venció: estábamos ya hartos de salir corriendo o de estar insatisfechos. O al menos yo. Y eso fue lo que me decidió.

¡Qué besos oscuros! Esas manos delgadas abriendo uno a uno mis botones, y la risita escondida entre el vello de mi pecho. Yo buscaba esa cremallera, ese último botón de los pantalones negros mejor ajustados que había visto nunca; acariciaba tu pecho y me detenía jugueteando con un pezón… La respiración agitada, agitadísima; los deseos que estallaban en esa orgía de la mudez. Yo no podía decir nada: estaba descubriendo mis sentimientos últimos, mi ardor loco, mi ansia de ti, tu todo; y tú estabas alcanzando el deseo olvidando la censura que el ingeniero representaba…

Pero todo termina. Noté una especie de resistencia. No me apartaste con brusquedad; ni siquiera me prohibiste que siguiera desnudándote. Me viste desde mi abdomen descubierto y reíste con risita nerviosa preguntándome: ¿Y mañana, qué? ¡Qué me importaba a mí mañana! Yo deseaba el hoy porque, por un instante que fue vértigo, descubrí que te amaba con mis huesos y mi corazón; descubrí que hasta ahora sólo me había engañado diciéndome que era tu cuerpo bien hecho, tus formas, lo único que me atraía. Aquella toma de consciencia me había dado alas. Ya no me sentía culpable del pobre ingeniero; solo, esperando por ti los viernes por la tarde en la estación de trenes de Vigo. ¿Quién era él? Nadie. Tú y yo nos amábamos. Y quería regalártelo con mis manos, con mi boca, con la pasión del cuerpo. Por fin seríamos lo que siempre habías deseado que fuésemos…

Pero tu mirada me hizo temblar. Buscabas con tus manos y me desnudaste por entero. Allí estaba yo, casi desnudo, frente a esa pregunta que de repente me dejó de piedra. Fue tu expresión, como aterrada, lo que me detuvo… Sí, también habías hecho un descubrimiento: no me amabas, te habías equivocado; sólo deseabas estar así, lleno de mí.

Nuestros sentimientos chocaron en ese instante. Dos olas opuestas, con la misma magnitud y la misma fuerza. Dejé de tocarte; te separaste de mí como arrepentido. Comenzaste a cerrar todos los botones, todas las cremalleras. Te alisaste el cabello. Te reíste al ver mi pequeña barriga; de cervecero, la llamaste. Yo asentí. Me dolía la cabeza. Quería estallar, fumar, vaciarme por completo. Estaba henchido de sangre y tú te ibas. Escondí mi excitación lo mejor que pude. ¡Oh, sí, la viste! Pero no podía hacer nada. Cada movimiento que hacías era un suplicio para mí. Mi corazón, antes alocado, se había quedado helado. El pecho me dolía.

Encendimos cada uno un cigarrillo. Pasado un rato de silencio me vestí. Justo a tiempo. Mi hermana llegó  y todo transcurrió entonces como si no hubiese pasado nada. Y de hecho eso ocurrió. No he vuelto a sonreír desde aquel día.

¡Qué duro ha sido darme cuenta que te amaba! Y dime, ¿qué he ganado con tu amor? Tu visita al día siguiente. Llegaste resoplando por el deseo de verme. Una vez saciada esa curiosidad del segundo día, te despediste de mí abrazándome y besándome largamente en los labios, alabándome sin cansancio: Qué bueno, qué dulce eres al haberme comprendido… Sin querer decirme lo que ambos sabíamos: que tus ganas de mí eran tales que, si hubiese insistido un poco, esa especie de ridícula lealtad que te sujeta a ese pobre hombre se hubiera hecho añicos; lo hubieras desechado como quien arroja un lastre y nos hubiésemos amado hasta el anochecer, tal eran mis propias ganas. Y por último, la puntilla: Eres muy noble. Sí, muy noble. Te fuiste inmediatamente después sin querer oír mi arenga; no me diste opción a defenderme o a herirte, aunque no hubiese podido. ¿Sabes? Hoy te lo digo: llegué a amarte tanto en esos instantes, que incluso dejé que me utilizaras, que apagaras mis deseos y me abandonaras. Pero dudo que tú conozcas ese sentimiento o que lo hayas sentido jamás.

Quizá debimos haber estado juntos. Al menos nos hubiésemos liberado de este deseo. Sí, eso te hubiera reconfortado por un lado; y un desliz quién no lo perdona. Pero no contabas conmigo cuando me lo dijiste la última vez que nos vimos, en aquel pub irlandés. Bill Whelan sonaba al fondo, con ese agudo ritmo mitad llanto mitad algarabía, entremezclado con lo que nos había ocurrido y el motivo de ese último encuentro. Sí, quizá debí amarte en aquel instante, cuando querías que yo decidiera por ti y no lo hice. Y no lo hice porque tus ojos me pedían que no lo hiciera. ¿Qué me importa a mí el ingeniero desdichado a quien tienes por novio? Me importo yo, que soy incapaz de abrazar a alguien que no me desee o me ame con la misma intensidad con la que me entrego yo. Y que lo haga por su propia voluntad, no por la mía. Querido, esa última tarde en que nos vimos no te lo dije por prudencia. Quizá por nobleza, como te gusta decir de mí: si quisiera echar un polvo sin más pagaría por ello; al menos no habría hipocresía por ninguna de las partes. ¿Y si hubiese salido mal? ¿Y si me hubiese cansado de ti, o tú de mí, más rápidamente de lo que hubiésemos deseado? ¿De quién sería la culpa, tú, buscador de responsabilidades? Mía, por haberte incitado a perder la seguridad de un futuro y una hipoteca o un alquiler conjunta con ese pobrecillo; y no tuya, por haberlo deseado. Eso todo lo leí en tus ojos cuando me preguntaste y mañana qué. Sin saberlo totalmente, fui consciente de que tú no me amabas, y que no estabas dispuesto a arriesgar esa seguridad que tienes con él por quererme a mí. Por eso me quedé frío, y ni siquiera avergonzado porque me vieses sin ropas (y no me refiero a las físicas). La decepción puede por momentos ser más fuerte que el amor o que el orgullo. Y fue eso lo que me embargó aquella tarde en mi piso. No la nobleza. Hoy ni siquiera me angustia la idea de aclarártelo.

Bebimos Guinness. Amarga me supo aquella cerveza… No, no fue la cerveza: era yo. Amargado he estado desde esa tarde en la que, a punto de rozar el cielo, fui arrojado al terreno de los vivos con la misma intensidad que encierra una bomba de neutrones. Debemos separarnos un tiempo… Me dijiste viendo a otra parte. Supongo, querido, pues es verano. Verano, estación absurda en la que la gente camina de la mano medio desnuda, oliendo mal, y riendo; como si no se pudiera ser feliz en otra época del año. Siempre me ha parecido angustiosa, enfermiza y cargante. Llena de responsabilidades, de exámenes, de cansancio y finalmente de mal de amores. Por tu culpa soy más desdichado de lo que nunca he sido.

Te fuiste cerrándome las puertas de la esperanza. Como si alguna vez hubiesen estado todas abiertas… Miento: siempre lo habían estado hasta esa tarde.  Te fuiste cerrándome el corazón de un golpe y sin pagar tu cerveza. Hasta eso tuve que subsanar.

Oh, cómo me duelen tus heridas. Una y miles. Intento curarlas sacando el veneno que hay en ellas, pero ya ves: soy incapaz. Me hubiese gustado decir que te odio (pues todo amor que no es válido rápidamente se convierte en su contrario), me hubiese gustado escribir que te olvidé. Pero aun te he enviado una felicitación de cumpleaños y un regalo (pues seguimos siendo amigos). Me hubiese gustado afirmar que nunca sentí más que pasión por ti, pero tu fantasma me sigue acechando por las noches e intento no dormir para evitar soñar contigo. Cuando rozo mi cuerpo me gustaría pensar que es tu mano la que me busca y me despierta, pero es la mía que lleva el jabón hasta la última parcela de piel para poder limpiarla de ti. Cuando lleno de humo mis pulmones, creo recordar el sabor de tu aliento, pero es mi angustia la que intento quemar ahogándola en mi corazón.

Y hace dos meses que todo ha ocurrido. No ha pasado un instante desde aquel día que yo haya olvidado. Recuerdo incluso la fecha y la hora, tan marcado está en la memoria mía.

Sí, querido mío, sin ti ardo de melancolía. Y de deseos frustrados. Y de orgullo maltratado. Y de amor. Ojalá nunca te hubiese conocido o nunca te hubiese deseado. Ojalá nunca te hubiese amado…

1997.

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