Sé que puedo volar/ I Believe I Can Fly.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Para A&A, que están viviendo un sueño lleno de riesgos y miedos pero también repleto de alegría y esperanzas.

Me gustaría decírtelo en voz baja, pegadito al oído entre susurros que sepan a chocolate. Porque te quiero de una manera nueva, de una forma que nunca quise, y aún no me repongo de la impresión que me causaste, ni de la revolución que produjiste en mi interior, y sólo se me da por comer chocolate, que me calma de una manera tonta y me hace pensar en ti.

Esta mañana, antes de irme, era muy temprano. Estabas tan dormido, quiero decir profundamente, que me pareció cruel despertarte. Tenías la cara relajada y una sonrisa en los labios. Creo que, desde que te encontré, no te había visto así de tranquilo. Estás siempre alerta, como a punto de saltar de un resorte. Y sé que no es por mí, pero me preocupa igual. No quise perturbar tu tranquilidad, que sin saberlo, he deseado incluso antes de conocerte. Tus ojos tranquilos, tus brazos enormes separados del cuerpo por esa gran almohada de la que empiezo a tener celos…Es una tontería, ¿verdad? Cómo en tan poco intervalo de tiempo has pasado a ser el eje de mi vida, mi razón para respirar, para luchar y para quedarme despierto. Creo que no he dormido más de cuatro horas seguidas desde que compartimos lecho. No puedo. No puedo dejar de mirarte. Me emborracho con tu imagen, y me emociono tanto, que las lágrimas llegan a mis ojos del puro cariño que me inspiras, y me desvelo, noche tras día, sintiendo tu calor reposado, tu cuerpo pesado y ágil de felino, y ese hueco profundo que has cavado en mi corazón, repleto hasta ahora de sensaciones placenteras y de verdadero futuro.

No sé qué ha ocurrido. No puedo explicármelo. Y lo curioso es que tampoco lo deseo. Sólo quiero estar contigo a todas horas, no separarme de la única persona en el mundo que me ha dejado ser lo que soy, que me ha aceptado sin pestañear y que no me ha exigido nada: un comportamiento, una promesa, un compromiso. Sé que te vi y tuve que sonreírte, y detuve mi camino porque venías hacia mí, y tropezamos y casi me caigo y tus brazos de grúa me ayudaron a pocos centímetros del suelo y me sonreíste y yo tenía mi boca abierta enseñando todos los dientes del gusto que me daba. Tu contacto fue un choque eléctrico; tu mirada, la chispa que encendió mi corazón. Y, para agradecerte la ayuda y el tropezón, te sonreí con todo el sol que tengo en mi alma, y pareciste darte cuenta. Emprendiste de nuevo tu camino y yo seguía  allí, de pie, sin mover ni un músculo… Hasta que te giraste, me volviste a mirar, te pareció extraño, supongo, y te acercaste otra vez. Y todo empezó. Y te has convertido en lo mejor de mi vida.

Esta mañana te contemplé como en un altar. Es un error, lo sé, porque eres mi dios. Y, sin embargo, tenía que irme a trabajar y no quería, y remoloneaba tontorrón por la habitación cuidando de no hacer ruido, porque menuda la haría si conseguía despertarte, que entonces no habría fuerza en el universo que me arrancase de nuestra cama. Tu cama. Nuestra cama. Nuestra… Nuestra.

Respirabas plácidamente. Henchías ese pecho enorme, que tanto me gusta acariciar al calor de mi sombra, con un ritmo de bailarín; y te movías con ligeros espasmos, dulces y salados, acomodándote mejor al espacio de pronto enorme del sueño. Y te recorrí con la mirada lento, que no quería desaprovechar ningún rectángulo de piel que quedase descubierto por la sábana; muy lento, deteniéndome en cada recodo de tu cuerpo, en cada meseta y en cada valle. Eres mío. Soy tuyo. Soy tuyo. Y una alegría todopoderosa me llenó el alma como en una Epifanía. Y supe allí mismo que te has convertido en mi religión y en más que en eso: en mi objetivo de vida. Y te juro por el Dios que nos ha unido en esta cama, que mi único sueño es el dártelo todo, porque todo lo mereces, y que sólo tu alegría quiero recibir a manos llenas; oír esa risa que rebota en las paredes; disfrutar de esa ironía que dura hectáreas; y aprovechar para ti toda esa energía que emerge de tu corazón nuclear.

No te desperté aunque quería hacerlo, para comerte a besos, para darte en cada caricia mi eterno agradecimiento. Porque me has despertado de esa eterna pesadilla que era mi vida; me has liberado de la cárcel de sentimientos en los que me encontraba atrapado, y me has regalado el espacio para desplegar mis alas en plena libertad. Y es que eres mi libertad. Lo único que necesitaba realmente para ser feliz…¿Cómo no voy a darte mi vida, amor, si tú me has hecho el mayor de los regalos? Me has devuelto mi propio ser, me has aceptado sin preocuparte, sin añadirte y sin molestarte. Y no has pedido nada a cambio de esa comprensión y de esa energía. Me has enseñado a batir el viento, y contigo bajo mis alas, me has enseñado a volar. Tú me has enseñado que no hay error en lo que soy, sino una pureza exquisita, hecha de oro y cristal, y una pasión inabarcable, que ningún encuentro parece agotar.

Estoy ebrio de libertad, y esa ebriedad eres tú. Desde que te vi y nos sonreímos y nos hablamos y nos oímos y nos acariciamos, nada tiene sentido porque todo cobra el sentido de la normalidad, y el amor que brota enérgico me llena de sobriedad y me enseña el verdadero camino, el sendero que mi miedo, mis inseguridades y mi propio error me impedían apreciar con claridad. Eres mi luz, mi aliento, el viento que se entremete entre las plumas de mis alas y las hincha de vida, de vida etérea, y que me hace volar.

Gracias a ti puedo volar, porque crees es mí y haces que yo crea de verdad en mí. Y el resto es sólo resto, humus sobre el cual nuestra vida en común se afianza con unas raíces que están llegando al centro del universo. Y el centro del universo es tu corazón dormido, y tus ojos cerrados, y tu cuerpo inmenso abrazado a esa almohada de blanda carne, de la que tengo celos de hambre porque está a tu lado cuando yo quisiera habitar entre tus brazos por siempre.

Y me gustaría decírtelo en voz baja sólo a ti y gritárselo al universo a la cara. Soy un hombre nuevo, un hombre libre. Un hombre que se mira a sí mismo, que sabe lo que quiere en la vida y lo que ama: a ti. Un hombre que sabe ahora que es capaz de abarcarlo todo, y que deja el miedo y la duda atrás, muy atrás de sí mismo, porque su protección, su sendero y su única razón de ser, eres tú. Y que está orgulloso de haberse entregado sin pensarlo, sólo sintiéndolo y consintiéndolo, saltando al vacío de lo desconocido porque, gracias a ti, ha aprendido al fin a volar.

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Amo lo que no tengo/ I Love What I Do Not Have.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature

Apassionata. Secret Garden.

Poema 18

Aquí te amo.

En los oscuros pinos se desenreda el viento.

Fosforece la luna sobre las aguas errantes.

Andan días iguales persiguiéndose.


Se desciñe la niebla en danzantes figuras.

Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.

A veces una vela. Altas, altas estrellas.


O la cruz negra de un barco.

Solo.

A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.

Suena, resuena el mar lejano.

Éste es un puerto.

Aquí te amo.


Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.

Te estoy amando aún entre estas frías cosas.

A veces van mis besos en barcos graves,

que corren por el mar hacia donde no llegan.


Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.

Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.

Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.

Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.


Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.

Pero la noche llega y comienza a cantarme.

La luna hace girar su rodaje de sueño.


Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.

Y como yo te amo, los pinos en el viento,

quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.

Poem 18

Here I love you.

In the dark pines the wind disentangles itself.

The moon glows like phosphorous on the vagrant waters.

Days, all one kind, go chasing each other.

 

The snow unfurls in dancing figures.

A silver gull slips down from the west.

Sometimes a sail. High, high stars.


Oh the black cross of a ship.

Alone.

Sometimes I get up early and even my soul is wet.

Far away the sea sounds and resounds.

This is a port.

Here I love you.


Here I love you and the horizon hides you in vain.

I love you still among these cold things.

Sometimes my kisses go on those heavy vessels

that cross the sea towards no arrival.


I see myself forgotten like those old anchors.

The piers sadden when the afternoon moors there.

My life grows tired, hungry to no purpose.

I love what I do not have. You are so far.


My loathing wrestles with the slow twilights.

But night comes and starts to sing to me.

The moon turns its clockwork dream.


The biggest stars look at me with your eyes.

And as I love you, the pines in the wind

want to sing your name with their leaves of wire.

Pablo Neruda. Veinte poemas de amor y una canción desesperada/ Twenty Poems of Love and A Song of Despair.

Abrázame/ Hold Me.

El día a día/ The days we're living, Música/ Music

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A veces/ Sometimes.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Huyo. Y huyo hacia ninguna parte, envuelto en una ceguera y en un miedo que me atrapa. Sin mapas, ni guías, ni lugares para retomar el aliento. Y no tengo descanso. Y esa huida hacia ningún lugar, encerrado en un circuito sin fin, atrapa mis sentimientos, teñidos de azul transparente y pálida plata, y los deshace en el atardecer de un día eterno.

******

A veces me olvido de reír. De reírme de mí mismo. De dejarme ir con la mayor suavidad, de simplemente ser.

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Valentía, Reconocimiento. Fuerza. Sueños. Esperanzas. Realidades.

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La Vida es mucho más y en realidad es nada. En este balance quebradizo mu vida va y viene, como la marea de la mar.

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La arena está húmeda. Mis pies se hunden en esa superficie blanda y mojada sin ningún esfuerzo: me siento como la arena hinchada de agua, perfumado por la sal, lleno de agua líquida y arena sólida, sin forma determinada, juguete del Destino.

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La vida es una mascarada. Un baile de máscaras que gira y gira en nuestro interior. Tengo múltiples personalidades, todas parecidas e igualmente heridas y asustadas. Cansadas todas de ser lo que se supone que son: máscaras.

*****

Algunos días duran más que otros. De hecho, a veces se hacen eternos: un  segundo como una vida; un día, sólo un minuto. Pero siempre el tiempo huye de nosotros. Es un instante,un pestañeo. No es más que nada.

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Y me siento nada. A veces.

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A veces me siento etéreo, más ligero que una pluma. Me siento un suspiro, la caricia de un susurro. A veces logro sentir mi propia existencia y, a veces, mi alma. A veces, siempre breve y fugitivo, logro sentirme yo mismo.

*****

A veces me doy cuenta que estoy hecho de carne, de sangre y de suciedad. Y el horizonte semeja tan lejano que es inalcanzable; tanto, tanto, que se hace intocable. A veces incluso olvido el arrullo de un abrazo. Y todo se rompe de nuevo. Y esos trozos desplegados a mi pies me rodean hablándome a gritos.

******

Y huyo. Huyo hacia ninguna parte. Y me gustaría detenerme pero no sé cómo. Y soy incapaz de hacer nada más que correr, correr como un poseso. Entonces huyo. Huyo hacia la nada. Porque no tengo ningún lugar al que llegar. Ninguna meta que alcanzar, a no ser yo mismo.

******

Y sólo hay lejanía, mar que se une al cielo, nubes que todo lo cubren. Y ningún rayo de luz, ninguna esperanza. A veces sigo mi vida así, desesperanzado. Buscando sin encontrar, perdido sin ser hallado. A veces deseo que se acabe, a veces me doy cuenta que nunca tendrá fin. Hasta que dé contigo. Hasta que me reconozcas y me sonrías o me llames o me abraces, y me detengas. Y entonces, quizá, todo tenga sentido.

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A veces pienso, sólo pienso, que esto es todo lo que tengo.

I’m running. And keep running to nowhere, with this blindness and this fear inside me. With no maps, no guides, no places to rest. And I never rest. This never ending run going to nowhere, in the middle of a never-ending wheel, trapped my emotions in deep blue and silver grey colors and faded away with the eternal sunset of a long, long, very long day.

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Sometimes I forget to smile. To smile at myself. To real let it go.

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Life is more and it’s nothing. In this balance disbalanced my life comes and goes.

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Wet is the sand. The shore keep refreshing those zillions of particles where my feet drown with no effort: feel like a sand hole refills of water, refills of salt, full of more sand.

*****

Life is a Masquerade. A ball of masks dancing around the many faces of ourselves. I have multiple personalities, all equally damaged and equally frightened. All of them tired of being what they are meant to be: masks.

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Some days long more than others. In fact: sometimes they’re eternal: a second longs like a lifetime; a day, just one minute. But always Time goes away. It’s a moment, a blink. It’s nothing.

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I’m nothing. Sometimes.

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Sometimes I feel ethereal, less heavier than a feather. I feel like a blow, like a whisper. Sometimes I feel my soul and my existence. Sometimes, always brief, I?m never myself.

*****

Sometimes I’m made of flesh, of dirt, of blood. And the horizon seems too far away to be reachable; so, that it turns out to be untouchable. Sometimes I forget what an embrace feels. And everything is broken then.

*****

I’m running. Running anywhere. And I want to stop but I don’t know how. I feel uncapable of anything but to run. Run heading nowhere. Because there is no place to go. No more place than myself.

A veces me siento así/ Sometimes I feel this way.

Arte/ Art, El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Con un poco de amargura/ With a Touch of Bitterness.

El mar interior/ The sea inside, Literatura/Literature

Soneto CXXI

Mejor será ser malo que malestimado,

cuando el no serlo gana a serlo la condena,

perdido el justo gozo, que no al propio agrado

de uno se mide, sino por mirada ajena.


Pues ¿a qué van los ojos de otros con veneno

a hacer guiño a los brincos de mis fantasías,

o a ser de mis miserias míseros espías,

que hagan malo a su antojo lo que estimo bueno?


No, yo soy lo que soy, y los que me reprochen,

contando están sus propias faltas en mis sobras;

puedo ir derecho, aunque ellos de través atrochen;

sus pútridas ideas no han de hacer mis obras;


si no es que a todo extienden esta triste ley:

todo hombre es malo, y en su mal él es el rey.

Sonnet CXXI

‘Tis better to be vile than vile esteemed,

when not to be receives reproach of being,

and the just pleausre lost, which is so deemed

not by our feeling, but by others’ seeing.


For why should others’ false adulterate eyes

give salutation to my sportive blood?

Or on my frailties why are frailer spies,

which in their wills count band what I think good?


No, I am that I am, and they that level

at my abuses reckon up their own;

I may be straight though they themselves be bevel;

by their rank thoughts my deeds must not be shown;


unless this general evil they maintain:

all men are bad, and in their badness reign.

William Shakespeare, Sonetos de Amor/ The Sonnets.

Por una vez/ For Once.

El día a día/ The days we're living, El mar interior/ The sea inside

Para AA.

Estaba cansado, deprimido. Luchaba contra mi destino con una fuerza ciega. Y todo lo tenía en contra. La vida desesperaba en mi interior para salir al encuentro de la luz del día, pero yo me debatía en un mundo de tinieblas oscuras, noche perpetua que nada lograba deshacer. Cuando vivimos acostumbrados a la penumbra, la brillantez de la luz nos alborota los sentidos y nos ciega por un momento, dejándonos a merced del destino.

Aunque estaba deprimido y cansado de estar cansado, decidí aceptar esa invitación tardía que a veces un amigo nos arroja como haciéndonos un favor. Y la verdad es que lo era. Me había convertido en una carga pesada incluso para mí mismo; ya no me miraba al espejo tanto como solía, y la imagen que me regalaba no era para observarla por mucho tiempo. Me esmeré pese al fastidio que nos da vestirnos para una ocasión a la que no queremos dejar de ir sin ir, claro. Pero hice mis esfuerzos. Me costaron mucho; la pesadez de los brazos, ya algo caídos por falta de tactos; el pelo un tanto desaliñado que me daba un aire de niño pícaro que quedó hace mucho tiempo atrás; la chaqueta negra como mis pensamientos; una corbata sin atar, como queriendo liberar mi voz de una ronquera invisible. Pero estuve listo a la hora acordada y casi ni me acordaba de quien yo era cuando me remiré en el ascensor.

Me gustó. Quiero decir, que me gusté. Por una vez. Y eso de por sí ya era sorprendente. Desde que me quedé solo, por muchas razones todas perfectas, mi presente pretérito se abrió ante mí como un paréntesis sordo, y me arrojé a él porque no tenía más salida. La soledad no es un estado que se escoja; nadie desea comer solo, ver la tele solo o dormir solo. Nadie que yo conozca, claro. Y yo me quedé solo porque así es la historia de la vida, que va y viene, que desdibuja las fronteras de los seres hasta hacerlas barro blando sin principio ni fin. Aquella compañía deseada durante tanto tiempo sólo me había traído decepciones, dolores sordos y sólida soledad. Soledad inacabada, porque aquel ser que ya no era el que había conocido en una playa remota, tan remota como nuestros sentimientos, ocupaba un espacio vital en mi cuarto, en mi cocina y en mi vida; soledad inacabada porque su mera presencia me recordaba lo lejos que estábamos uno del otro y las pocas ganas que ya teníamos de acercarnos un poco, ni un poquito…¿Para qué? Cuando la indiferencia se instala en la frontera del Otro, cuando lo único evocable es una interrogante profunda como una garganta, brava como una tormenta sin fin, la vida se transforma en un hiato indefinible, que se estira con tiempo de goma hasta que se rompe por un lado, por el centro, o por el otro. No fuimos ninguno de los dos; quizá nos fallamos mutuamente. No lo dudo. Ahora. Pero no importa. Porque en ese paréntesis de eternidad incalculada me debatía desde antes de su marcha, y su marcha sólo acentuó ese estado de inconstancia, de rebote de la nada, en la que navegaba desde hacía mucho tiempo.

El amor en un mal chiste a veces. A veces. Y mata al orgullo. Al mío al menos. Cuando se fue se llevó todo el amor que le tenía e hirió todo el orgullo que me quedaba. Que no era poco. Y eso me destrozó la vida como quien daña una escultura querida, y la resonancia de esa herida permanece mucho tiempo en el cuerpo antes de que nos acostumbremos a aceptar esa mutilación sin sentido.

Así estaba yo. Tiempo, mucho tiempo había pasado desde nuestro último adiós, si es que alguna vez lo fue, y habitaba sin vivir en mí. Era un autómata que se alimentaba porque le rugían las tripas, que no saben de asuntos del alma y mucho menos de melancolías; me levantaba a las tantas porque a las tantas me acostaba, y no dormía, porque los ojos sólo saben de tristezas e ignoran las necesidades del cuerpo que iluminan; me duchaba para sentir en mi piel la calidez del agua, porque frialdad ya me llegaba con el día a día; sacaba al perro, porque a la postre el pobre culpa no tenía de mi estado de medio muerto. Y sonreía a la gente al pasar como foto congelada; los dientes hacia afuera en una mueca graciosa que a mí me parecía en realidad grotesca como una gárgola mal hecha. Empecé a llevar un sombrero ridículo porque no me cortaba el pelo y parecía una pelea de gallos descontrolados; el teléfono dejó de sonar porque olvidé borrar aquel número de su memoria de titanio eterno, y cada vez que me entretenía ruleteando los nombres, tropezaba con el suyo, que se repetía hasta el infinito sin cansarse. Y el mismo abrigo oscuro, oscuro como el reflejo de mi mirada, que me asombra aún ahora a mí mismo, con lo negro que se ponían los días en los que llovía hasta reventar los desagües llenos de hierbajos del verano pasado… Negro sobre negro; melancolía sobre apatía; cansancio sobre cansancio, lloviendo sobre mojado.

Y así estaba yo, medio congelado, con los ojos llenos de miedo como llorando melancolía, y la boca llena de regaliz y el pecho cansado repleto de pelo de perro y de hojas muertas ya, cuando recibí esa invitación tardía en la noche que llegaba y que tironeaba de mí. Algo, no sé qué, hizo que reaccionara a esa advertencia de la vida; sentí un aguijón que me pinchaba o un garfio que tiraba de mí con una fuerza a medias estúpida y a medias pálida; pero con la energía suficiente para mover la espesa mole en la que la soledad, la decepción y mis constantes frustraciones habían convertido a mi cuerpo. Reaccioné tras un espasmo que duró una duda instantánea; súbitamente me dije que no tenía qué ponerme. Vaya tontería. Porque primero tenía que arreglar aquella cara, cuya expresión adusta parecía una Medusa recién guillotinada; y aquel cabello, cuya revolución haría palidecer el parto de un planeta. Casi me di por vencido al reflejarme en el baño. Pero no lo hice. No sé por qué.

Aquella noche no era más especial que ninguna otra; el cielo se cargaba de nubes grisáceas, apenas visibles en el escaso intervalo del atardecer fugitivo. Si había estrellas, estaban escondidas como mi espíritu. Si brillaba la luna, iluminaba sin duda corazones más desnudos que el mío. Sin embargo me aferré a mi instinto, a un ánimo fugaz que hizo que dijera que sí; que me aseara hasta quedar pulido como la calva de mi abuelo, que reflejaba el sol del medidodía cuando escarbaba los surcos de su finca perdida; y que bajase al perro, le diese la cena, y lo acostase viendo al tele para que no me extrañara. En media hora. Un récord, creo. Porque hasta ladró desde su cómoda estancia mi pequeño peludo, tan lleno de razón como yo de dudas. Creo que le sonreí al perro, al perro, y él volvió a ladrarme, queriendo de seguro que lo dejara en paz con su programa favorito. Y así salí corriendo casi sin darme cuenta sobre mis zapatos lustrosos, que se llenaron de lluvia nada más pisar la acera de enfrente, en la que la fiesta parecía estallar en pleno apogeo.

Fiesta. Una más. Reunión. Una más. ¿No son todas iguales? ¿Acaso en todas no se sonríe con risa de revista y se añade sal a los mismos comentarios para que no parezcan tan sosos como ya lo son en realidad? ¿Y no se saluda hasta al que no queremos ver, porque nos evoca otras épocas, otras vidas tan aniquiladas como todos aquellos fantasmas que surgían por doquier de los cuartos abiertos al barullo? Eso es una fiesta. Ronroneaba de aquí para allá, sosteniendo una copa caliente ya que no tocaban mis labios sedientos. Un chiste aquí, un comentario subido de tono allá. Una crítica; una pregunta; un asombro. Todo. Todo lo que los hombres llenamos de miseria y de maquillaje; todo lo que sujetamos con retoques, rellenos y sudor de gimnasio navegaba delante de mis ojos. Expresiones absurdas; felicitaciones por un trabajo que no era mío; condolencias por un pasado que deseaba dejar atrás; cuchicheos vacuos y risas vacías y sentimientos ajenos perdidos en alcohol, vanidad y tontería… Yo era como ellos, o podía haberlo sido, y me asombraba y me agobiaba. Y sudé rumores de mar, porque cuando me agobio se me da por transpirar charcos de agua salada. Dejé la copa caliente de no sé qué en algún rincón entre otras tantas vacías y me dirigí con paso vacilante a uno de los balcones abiertos a la noche herrumbrosa.

Una vez allí, pude descansar un rato. El frío del invierno apenas se notaba allí arriba de tanto calor de cuerpos que había. Mi mente evocó entonces el recuerdo de un roce. Y sonreí. Y sonreí a la noche abierta y a mí mismo, dejando que la melancolía saliese de mis poros con el sudor y de mis ojos con el rocío que caía. Y fue entonces cuando nuestros ojos tropezaron, cuando nos vimos. Y todo cambió.

Sonrió desde la cercanía de dos cuerpos, haciendo caso omiso de aquella voz que parecía no darse cuenta de su falta de atención. Cabeceó y brindó con su copa de champán. Y guiñó un ojo y volvió  a sonreír, dejando a la vista una maravillosa hilera de dientes blancos y brillantes, salidos seguramente del mejor dentista del barrio. A mí. Que le reía como un tonto parejo; que sabía de su fastidio, de su aburrimiento. Que entendía.

Con paso ágil, se separó de aquella compañía pegajosa; con un giro gracioso, se presentó ante mí con dos copas de champán recién servido y me guiñó el ojo de nuevo. Y aquella sonrisa blanqueada. Y aquellos ojos abiertos a la noche. Y aquella voz. Y aquel brindis. Y todo cambió para mí.

Por una vez, por una vez en la vida, he conseguido mi corazón sin proponérmelo; he conseguido una cura lenta, pero preciosa, a la muerte de mi espíritu, a la avidez de mi cuerpo, cuyas protestas dejaron de atacarme nada más sentir su cercanía. Y el cielo se desvistió de nubes y las estrellas se asomaron al balcón de mis ojos, y la luna graciosa se desnudaba al arrullo de nuestras risas. Porque me hizo reír, y reímos juntos, en medio de aquella fiesta insalubre, llenándonos de recuerdos nuevos porque nunca antes nos habíamos visto. Por una vez en mucho tiempo, su calor hizo que mi corazón latiera lleno de vida, de una vida insuflada de nueva energía.

Y bailamos cien canciones que en nuestro mundo eran preciosas. El arrullo de las ramas traviesas; el cálido llamear de las velas; la suavidad de dos pieles que se asombran de su tacto y su coincidencia. Y el tiempo que pasaba ingrávido por sobre nuestras cabezas; lamiendo nuestras mejillas, alborotando nuestros sueños. Por una vez no hubo nerviosidad, ni apuros, ni conjeturas. Ni expectativas, ni deseos súbitos, ni pulsiones avasalladoras. Por una vez, sólo dos cuerpos ajenos que se reconocen en la penumbra, dos experiencias que se asemejan, dos bocas que se acercan, lentas, hasta acariciarse y saciarse y separarse y juntarse y buscarse y saberse y reírse y llenarse y…

La ternura de sus ojos, la suavidad de su voz. El terciopelo de su chaqueta azul, la sapiencia de su presencia. El constante tintinear de su risa de blanco nuclear… Por una vez en mucho tiempo me sentí pleno junto a alguien que me entendía sin palabras, que me aceptaba sin condiciones. Por una vez me hallaba ante un cuerpo que no pedía nada, que era dueño de todo, y que sólo anhelaba luchar, compartir y vivir. Por una vez encontré a alguien que me necesitaba sin desearlo, que me anhelaba sin buscarme, que me quería sólo por conocerme.

Y bailamos hasta la caída de la noche en el parquet recién pulido, en la acera recién lavada, en el rellano de las escaleras. Y nos abrazamos caminando por el parque como quien no quiere la cosa; de la mano como niños que se descubren por primera vez. Y estuvimos juntos, hablando y besándonos, conociéndonos y reconociéndonos; las estrellas en sus ojos y en el calor de sus manos, suaves y firmes al mismo tiempo.

Y estuvimos juntos hasta la llegada del día. Y más allá. Por una vez, por una sola vez, el mundo se detuvo sin dejar de girar. Por una vez los lamentos, la añoranza, la melancolía se deshicieron con una mirada, con una palabra, con un beso, y me sentí cómodo de nuevo en mi piel. Y el pelo ideal, y la mirada de ángel diluido, y el calor adecuado y las formas perfectas y el cielo en el cielo y la tierra firme navegando bajo mis pies…

Y pudo con mi cansancio y con mi tristeza. Y liberó la vida que alteraba las fronteras de mi vida. E hizo que tejiera sueños oxidados mucho tiempo atrás.

Por una vez hallé la calma, hallé el ánimo presto, una guía, una razón para seguir. Y, por una vez, no me pedía nada. Salvo estar a su lado. Y aquí estoy, sin moverme hecho una revolución. Sin pensarme, florecido otra vez, lleno de savia. La savia que emana de su presencia, de su falta de exigencias, de su amor.

Por una vez, en mucho, mucho tiempo, vuelvo a ser feliz.

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