Ayer/ Yesterday.

21/02/2013

   cf8d48cc6e1811e2a96422000a1fbc12_7Ayer estuvimos juntos. Paseamos, hablamos (hablé) mucho. Oí su silencio como antaño y su sonrisa escondida y el juego de esa voz oscura y suave, como el terciopelo.

   ¡Qué guapo estaba! Ya no somos los mismos, pero sigue siendo él.

   Hay nieve en su pelo, negro como el azabache. Y sus ojos de miel y desierto siguen brillando de una forma maravillosa.

   Venía con su niña en brazos y una cara de suficiencia enorme. Algo de torpeza y un poco de vergüenza.

   Venía tan guapo. Le gusta ir guapo. Siempre. Esa americana, ese vaquero, ese pecho enorme como un sueño esperado. Lo ha hecho para gustar, para gustarme a mí. Sonrío. Porque lo ha conseguido.

   Siempre lo ha logrado conmigo.

   Y charlamos de la vida que tenemos, tan opuesta a la que una vez compartimos. Y me oye, porque hablo por los codos y la boca y las manos, y se ríe como antaño, cuando no paraba y él callaba, complacido y juicioso. Mucho admiro su sentido común.

   Es él. Siempre ha sido él. Hasta que muera será él. Aunque no estemos juntos y nuestras vidas sean diametralmente opuestas.

   Es él. Y ayer lo vi. Y estuvimos juntos por un rato que se hizo eterno. Como antes estábamos, tiempo atrás, según mis recuerdos. Y también los suyos.

   Porque somos como un par de zapatillas cómodas y suaves: nos amoldamos uno al otro con una facilidad divina. Y esa química sigue intacta, y esa física ya acabada, y juntos conseguimos descubrir lo que no hemos conseguido y lo que nos ocurre en el presente, tan lejos y tan diferente de lo que una vez pensamos.

   Es él. Ayer lo supe. O lo recordé. Porque lo había olvidado.

   Hasta que me muera lo será. Él.

   El que se va se aleja poco a poco.

   El que se va pierde el contacto de lo que queda detrás.

   La vida que conocía, en la que estaba inmerso; los amores cosechados, las amistades conseguidas, todo queda atrás, suspendido en el tiempo, en el tiempo que fluye para todos menos para la memoria del que se va.

   Nada es para siempre. La mañana, la tarde, el anochecer. Los sueños se diluyen en la realidad del día a día. Y las oportunidades también. Y el amor.

   Sobre todo el amor que te tengo.

   Nacer para perder, así ha sido mi vida. Nacer para ver cómo te alejas de mí. Nacer para perderte.

   Decir que te amo es casi una redundancia. Pero te amo. Y aunque te amo, no tiene importancia. No para ti.

   Nacer para amarte con los ojos cerrados y el cuerpo abierto. Para darte todo mi alma y el contenido de mi corazón.

   Te embadurnaste de mi vida; llenaste el hueco de tus manos de los besos que te daba y de la libertad que me pedías. Bebiste de mí hasta decirme basta.

   Nacer para perderte cada día. Al amanecer, en el aroma de la noche y entre las sábanas. Un minuto primero, después horas que se transformaron en meses y en años y en calendarios que quemábamos en la chimenea encendida. Como mi amor.

   Que no fue suficiente.

   Y lo supe cuando nos conocimos. Y cuando nos deseamos por primera vez. Había nacido para amarte. Pero también para perderte.

   Y no te culpo. Ya no busco responsables. Quizá fui yo; quizá fuiste tú. Quizá los dos. No lo sé.

   Los amigos preguntan; los conocidos me paran en la calle queriendo saber de ti. No lo sé. El que se va corta los lazos por más que jure mantener el contacto, por más que pretenda arrastrar esas cadenas. Y tú más que nadie.

   Y tú más que yo.

   Nacer para verte marchar. Nacer para saber que no dudará. A pesar de la entrega, a pesar del cariño; a pesar de la necesidad y del deseo.

   El que se va se aleja hasta que se pierde de vista. Así muere el amor también. Poco a poco hasta que dejamos de sentirlo en cada latido, en cada beso.

   El amor se acaba, el amor se pierde. Y todo lo demás.

   El que se va deja todo atrás. Todo. Y allí estoy yo. Que he nacido para amarte. Pero también para perderte.

   Y no has dado la vuelta ni una vez. No me has visto ni una vez.

   Nacer para perderte. A pesar de amarte todavía.

Viajera/ Traveler.

19/03/2012

   Mira la ventana. El paisaje cambia rápidamente a medida que el tren se desplaza. Como a veces queremos que la vida también pase.

   Ojos fijos, labios finos. Expresión meditabunda. No parece conocer a nadie excepto el paisaje, al que mira sin ver, perdida como está en sus pensamientos. O en sus ensoñaciones.

   ¿En qué pensará? ¿O en quién?

   ¿Qué puede haber de difícil en una vida joven que corre con el tren en marcha?

   Manos finas, un anillo de oro brilla en el dedo anular. A veces creemos que la vida es así, rubia y brillante como el oro, eterna como esa aleación que lo hace moldeable e imperecedero.

   Pero la vida no es así. Ni el amor que todo lo inspira.

   ¿Qué espera esa mujer? ¿Hacia quién va?

   Ensimismada, gesto de cansancio o de aceptación. Y la imaginamos llorando y la imaginamos rabiosa y la imaginamos sudorosa al lado del cuerpo deseado y la imaginamos risueña, cubierta de sol a la sombra de una encina.

   Y en silencio pasa los minutos como kilómetros. Y el tren corre veloz por la vía que nos lleva. Y ella callada, en esa lucha interior que se refleja en sus pupilas y en el cristal. Yendo y volviendo, un cuento de nunca acabar.

   Como el amor.

   Contigo ni sin ti.

   Y nada hay qué hacer si no esperar. Y a veces luchar y a veces aceptar que todo debe cambiar o que todo debe seguir igual para nunca, nunca, nunca quedar sin vida.

   Mirando por la ventana la viajera ve al paisaje cambiar. Y al corazón retratarse en sus ojos. Y a la espera continua en su corazón.

   ¿En quién pensará? ¿O en qué?

   Prefiere no mirar en derredor. Sabe de sobra que la fiesta ha terminado. Se acerca lentamente al espejo y ve su reflejo satinado; las plumas de su máscara algo alicaídas y llenas de oscuridad. Desata con suavidad el lazo que la une a su rostro. Y recuerda cómo aquella mano se posó sobre su cuello para atar la lazada que amenazaba con desprenderse al mínimo movimiento de la cabeza. Y bien que lo hubiese desesado.

   Aquel olor que provenía de él. De su camisa, de su chaqueta entallada; el sonido de esa sonrisa que parecía un cuento, y el cuento de sus ojos, transparentes y líquidos llenos de pequeñas lágrimas.

   La fiesta ha terminado. Bien lo sabe. Pero le gustaría seguir sintiendo la suave presión de aquel brazo sobre su espalda. El roce de la palma y el tamborilear de los dedos haciéndole cosquillas. Y las sonrisas entre comentario y comentario. Y el sonido de aquella voz que nunca saldría de su recuerdo. Y la sutileza del baile, fluido como un río caudaloso y lento.

   ¡Qué maravilla!

   La noche cuajada de estrellas; las velas encendidas y el suave aroma de la cera derretida. Las rosas en flor; las peonías enormes como bocas abiertas, hambrientas de besos. Y el rumor de la música danzando por el salón de baile; el balanceo de los cuerpos sobre las notas; las risas y los comentarios; las conversaciones calladas de los amantes; el abrazo de lo cotidiano, y las copas de cristal y los pequeños bocados de realidad.

   Se encontraron frente a frente y se gustaron. Una caída de ojos, un encogimiento de hombros y esa sonrisa y esos ojos. Y la facilidad extrema de lo que nos es conocido; los brazos entre los brazos y los torsos y las piernas entrelazadas sin ningún tropiezo, sin ningún por qué.

   La fiesta ha terminado y con ella su magia atolondrada. Ignora si lo volverá a ver. Ignora si lo habrá visto realmente. Si esos labios besaron su boca sedienta en las sombras del jardín cuajado de luces y verdor de primavera. Sus máscaras se acercaron y sus labios se unieron y sabían a menta y alcohol y a cierto aroma parecido al amor, a deseo también y a final. La fiesta terminó al separarse, y sintió en sus labios el tatuaje de sus besos, y en su mirada el maridaje de lo que nunca podrá ser.

   Se observa en el espejo. Aún queda algún candelabro que resiste el paso del tiempo. Algo que no le ocurre al amor. Al menos el de esta noche. Y el de las demás que están por venir.

   En la mano está la máscara de plumas llena de oscuridad. Y la lazada cayendo dócilmente en el vacío. Con la otra se acaricia el cuello buscando un recuerdo aún vivo. Y la pasea por su rostro deseoso y se detiene en los labios, que abiertos parecen esperar lo que no tendrán más.

   La fiesta ha terminado. Y con ella, él. Y su sombra y su solidez y aquel perfume que hizo un hechizo indestructible, un lazo que sin embargo se desató tan fácilmente.

   Lo ignora todo de él. Su nombre, su vida. Sólo conoce el sabor de sus besos y la presión maravillosa de sus brazos y el olor de lo que han compartido. Y una sonrisa de cielo. Y una mirada de agua y el sonido del viento al levantarse entre ellos y la música y el intento fallido de decir un te quiero esta noche.

   La fiesta ha terminado.  En derredor sólo quedan copas vacías, sillas caídas, velas gastadas y luces apagadas; el sonido del silencio donde antes había música, y el frío de un hogar donde antes hubo la chispa de un corazón.

   Y, aunque lo sabe, prefiere no mirar, porque mientras cierra los ojos aún puede revivir cada una de las sensaciones, cada uno de los movimientos de esa danza única; el sabor de unos labios fuera del universo y el color de unos ojos que sonrieron y el tacto de unos brazos que abrazaron.

   La fiesta ha terminado, lo sabe muy bien. Y su vida en aquel paisaje puede que también.

   Suspira frente al espejo. Y deja la máscara apoyada malamente sobre un velador. La fiesta ha terminado. Y su sueño también.

   

Shirley Bassey-Don’t Cry Out Loud, posted with vodpod
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