11888523_10206989909443134_206505387227473306_oCama 15.

Tras una reacción alérgica grave, que lo metió en shock anafiláctico y que le causó un paro cardíaco (reconocido y tratado a tiempo por parte de nuestro equipo de UCI) y una resucitación cardiopulmonar intachable, el paciente se encontraba ya despierto (no daño cerebral secundario a la parada) con la tensión todavía inestable por la reacción alérgica pero con visos de mejorar pronto, me tocaba al estar de guardia, seguir con el tratamiento y, a poder ser, terminar el proceso de desconexión del respirador y retirada de la medicación.

En la guardia, demasiado trabajosa para una sola persona (algo que no entienden los que dicen saber de dirección hospitalaria pero nada de atención a los pacientes) el proceso se enllenteció un poco: el paciente orinaba cada vez menos y, en esas circunstancias, preferí esperar y ver hacia dónde se dirigía la evolución de su proceso.

Con el pasar de las horas, quedaba claro que el órgano más afectado en aquella revolución alérgica había sido el riñón. Ya lo tenía algo alterado previo al evento, con lo que la agresión empeoró más lo que ya estaba algo dañado. Con todo, tuve que colocarle una máquina que, para mí, es milagrosa: nos ayuda mucho a la hora de tratar a los pacientes más graves. Empezamos con la diálisis continua, que permite que los riñones descansen y se recuperen, suplantando su función de una forma asombrosa.

Así se lo expliqué a la familia. Todo en sí es un caos en el momento inmediato: una reacción alérgica, una parada cardíaca, el riesgo de que muchos órganos quedasen muy tocados, y ahora el riñón que no funcionaba.

– ¿No le funciona uno o ninguno?

Se nos olvida que, aunque hablemos en singular, cuando no funcionan los órganos dobles, los legos no lo perciben así y preguntan, con todo el sentido común, si siendo dos, alguno de ellos funcionaría.

Corregí mi error y les dije que si alguna funcionase, lo haría por los dos, y no tendría la necesidad de la máquina de diálisis.

– ¿Por cuánto tiempo la tendría? ¿Será definitivo?

Hablábamos de un hombre ya mayor, con una serie de problemas, todos de importancia mediana, sumándole uno de importancia capital, como es el quedarse sin función renal.

– No lo sabemos todavía.

Mucha gente tuerce el gesto ante esta declaración de máxima veracidad. No lo sabemos no significa que no ocurra lo que esperamos, sólo que nos es difícil visualizar cuánto de daño ha habido en un órgano y si éste es lo bastante profundo para que su función se vea dañada para siempre. Resistí esa expresión tantas veces vista, e intenté sonreír.

– Hay que dejar descansar a los riñones unas dos o tres semanas. En ese tiempo, si el daño ha sido poco importante, volverán a funcionar, siempre con un daño determinado, pero se libraría de estar unido a una máquina de diálisis durante tres veces a la semana. Sólo nos queda esperar y ver, pero sobre todo que se recupere de este susto.

Me gusta llevar a los familiares al momento presente, al instante real en el que estamos. Si la Medicina fuese una ciencia exacta y no un mar de probabilidades (como toda ciencia muy cercana al hombre) sería fácil explicar respuesta futuras y, por sobre todo, no equivocarse. A veces empleo la imagen de la bola de cristal. Si pudiera ver el futuro, créanme que no estaría alas cuatro de la mañana hablando de la posible lesión renal de un enfermo: estaría en Aruba tostándome al sol. Generalmente los familiares comprenden el tono de broma seria que empleo, y podemos salvar el escollo sin muchos problemas secundarios.

El enfermo de la cama 15 despertó bien, con el uso de la máquina de diálisis continua se aseguró una buena evolución, y se pudo entubar, retirar el respirador y comenzar los estudios posteriores que determinarían la causa de la respuesta alérgica de su cuerpo. Pero el riñón no mejoraba. Tras dos días, estando ya físicamente bien, intentamos recuperar su función propia con la infusión de diuréticos por vena, pero no hubo respuesta. Ante la situación, llamamos a los compañeros de Nefrología, para incluirlo al menos momentáneamente en el programa de diálisis intermitente.

Cuando llegaron a su cama para explicarle el proceso y el momento todavía delicado que tenían sus riñones, el enfermo se les quedó mirando fijamente. Esperó sin impacientarse a que terminara la larga perorata de términos médicos, la exposición de una situación real que lo ataría a una máquina tres veces por semana para limpiar la sangre que sus riñones no podrían hacer.

Recuerdo su mirada esperanzada durante el discurso del galeno. Asentía a veces, otras veces abrir la boca con la intención de decir algo, pero moría el esfuerzo ante las explicaciones pertinentes. Y los ojos le brillaban. Tenían esa expresión entre esperanzada y comprensiva que muchos enfermos tienen ante nuestras explicaciones, ante los problemas que les atañen a ellos, muy distinta de la del familiar, cuya actitud es diametralmente opuesta, casi siempre más sombría y temerosa.

Sus ojos me recordaron a los de mi padre cada vez que se enfrentaba a un nuevo giro con la Enfermedad.

Cuando el neurólogo cesó sus explicaciones, el enfermo se aclaró la voz y sin apartar la vista de su interlocutor, dijo:

– Sólo tengo dos preguntas: ¿Son los dos riñones o uno? ¿Y cuándo sabremos que es definitivo?

El nefrólogo sonrió ante la pregunta de siempre e intentó explicarle el período de prueba, digamos, al que se someterían sus riñones, y la posibilidad de que no salieran con bien de esto.

No dijo nada más. Siguió cada una de las explicaciones con ese espíritu único que he visto en poca gente y que mi padre tenía a borbotones. Ese espíritu que sólo se ve en en la mirada: sus ojos de esperanza lo decían todo.

Entendió, o hizo como si lo entendiese. El nefrólogo se despidió y quedamos los dos solos. Entró la enfermera, siempre amables y atentas en nuestra UCI, anunciándole la llegada d ella comida.

Él se frotó las manos. Y me miró. Y sonrió. Y me dijo:

– Queda esperar.

Cabeceé sonriendo.

– Sï.

– Bueno -terminó diciendo- por lo pronto, tengo hambre. A ver qué nos dan de comer.

Y me alejé de su cama, para que pudiera disfrutar de la magra porción de alimentos que le tocaba. Y pensé en mi padre, bajo circunstancias similares, y sonreí.

Una forma más de tenerlo siempre cerca.

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11402777_10153433259622235_6138408385937985802_oConocer a Graciano Fernández García, psiquiatra asturiano, ha sido una de las mejores sorpresas de mi vida. Es de esas personas que aparecen haber estado siempre allí, porque están siempre allí. La palabra justa, el gesto más adecuado, el apoyo más incondicional.

Es elegante, con ese estilo suave y fácil y único que pocas veces se ve. Es pura bonhomía. Su voz profunda, sus manos de gestos serenos, su gusto por el detalle y la puntualidad, y esa risa de quien viene de vuelta de muchas cosas, comprensiva sin embargo y acogedora. Es capaz, con una dulzura firme, hacer de simples instantes momentos especiales, y de sorprender con gestos grandiosos e inesperados, que nos quitan las palabras y nos llenan de asombro.

Graciano Fernández García forma parte de esa red que se hace real por pura magia. Es encantador, brillante, perfeccionista, flexible, a veces equilibrista, y siempre constante. Incondicional.

Tiene la cordura justa, y la locura adecuada, que lo llenan de equilibrio. Una familia maravillosa completa una ecuación repleta de esas imperfecciones y conjeturas que hacen la vida alegre, digna de vivirse.

Graciano es un hombre todo corazón y que se ríe, porque ahora sabe, porque ahora conoce de qué va esto que llamamos vida que se vive.

Y aunque la Vida nos pone en cientos de vericuetos que nos tensan los nervios, Graciano sortea las aguas turbulentas con la misma serenidad con la que disfruta de los momentos de alegría y de sol. Y esa sonrisa y ese sentido común, tan aplastante y firme, hacen que tenerlo cerca sea siempre una aventura de conocimiento, educación y de divertimento sin par.

Y hoy está de cumpleaños. Llega a una de esas edades redondas, rotundas, que nos ponen a prueba, que nos ayudan a alcanzar la grandeza inherente que cada uno de nosotros esconde en su interior. Él ya es dueño de esa grandeza, que se ve en su mirada, que se esconde en todos sus gestos, y sobre todo, en ese ansia oculta de ser siempre mejor, que lo hace único, especial. Lleno de bonhomía.

Feliz cumpleaños, querido y admirado Graciano. Que tengas una vida llena de paz y de salud, pero por sobre todo, de lo mejor de ti mismo.

70050020150626103529CUANDO-ASEDIEN   Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos es el libro recopilatorio de los relatos hasta ahora publicados de Mary Ann Clark Bremer. Una mujer que se ha descubierto fascinante y que vivió intensamente los avatares de un convulso siglo XX desde la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín y el fin de la ridícula Guerra Fría.

Esta recopilación muestra en un solo volumen las novelas que de forma errática se habían publicado hasta el momento de su autora, toda suerte que escribió en diversos idiomas y siempre bajo seudónimos, y consiguen descubrirnos la pluma incandescente de una mujer teñida de Literatura, pero jamás abrumada por ella, y llena de vida, pero jamás sobrepasada por ella.

Mary Ann Clark Bremer escribe sobre su mundo interior con gran suspicacia y con inmensa delicadeza. Su exquisita educación, sus ganas de ser siempre mejor de lo que pudiera ser; el maravilloso jardín secreto de un alma cultivada y pura y que llega a una edad en la que no le da vergüenza perder todas las máscaras, mostrarse desnuda, sin adornos, completamente vulnerable.

El volumen está compuesto por los cuatro relatos ya publicados separadamente más uno (el que le da título a la antología) inédito hasta ahora. Una biblioteca de verano, Cuando acabe el invierno, El librero de París y la princesa rusa y Una pasión parecida al miedo se nos muestran uniformes, hilvanados por el hilo invisible del tiempo, cuyo colofón, que no final, resuena en Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos, dejándonos la imagen de la flor Edelweiss como símbolo femenino de resistencia y eterno retorno.

El lenguaje es directo, rico en referencias literarias, casi anticuado en las formas, pero tan delicado, tan simple, tan desprovisto de metáforas inútiles (o tan lleno de metáforas incandescentes) que lo sentimos cercano; que la distancia física de más medio siglo que nos separa de su redacción y su edición no tiene peso en la cuenta final. Es la vida de una mujer con la capacidad de desnudar su vulnerabilidad sin perder la compostura; con el coraje de enfrentar sus miedos, sus deseos, sus necesidades y sus pérdidas con una determinación asombrosa y con una serena fidelidad a sí misma y a cuantos formaron parte de su vida. Su lectura  nos evoca en ciertos pasajes a otra mujer singular: Isak Dinesen, y en mucho, más que eco casi una bisectriz invisible, a Sei Shonagon y a Murasaki Shikibu, por esa capacidad de evocar el mundo femenino desde un estado de ligera crítica, de defensa acérrima y con una clarividencia que sigue asombrando a los lectores del siglo XXI a los que va dedicado su descubrimiento y publicación.

Su estilo es único, es suyo. Pese a los ecos antes mencionados, nadie escribe como Mary Ann Clark Bremen, ni siquiera mujeres contemporáneas con las que su trayectoria vital podría, si no parecerse, al menos correr paralela: Marguerite Duras, o Marguerite Yourcenar, por poner dos ejemplos franceses para una mujer que, si bien era un cuarto francesa y vivió en el París posocupación nazi, era norteamericana de nacimiento y mente y acabó prefiriendo ser suiza de hogar, mas no de alma.

Los dos primeros relatos son, para mí, obras maestras. Delicados, comprimidos, cargados de una melancólica tristeza, de una aguda clarividencia; lleno de ecos y de referencias, repletos de amor, de sentimientos, de afrentas y de victorias reales sobre las circunstancias y sobre si misma. Nadie ha escrito sobre la vulnerabilidad de la vida; nadie ha escrito con la firme delicadeza de un alma grande sobre la necesidad de reafirmarse como mujer, ese caleidoscopio frondoso que todo hombre cortó de raíz, o que no ha dejado desarrollarse, como lo ha hecho ella. Equidistante de las dos Marguerites (la franco-belga, con su bello lenguaje lleno de clasicismo y de clarividencia de rayo láser; la francesa, con esa desnuda entrega, con ese aguerrido frenesí, ambas muy hombre-mujer más que mujer-hombre, como la autora que nos ocupa) e Isak Dinesen (que pasó por todas las fases en un desarrollo imparable que la llevó de Escandinavia a África y de vuelta al hogar siendo más mujer y más hombre, es decir, más individuo que ninguno de sus contemporáneos), se separa diametralmente de las obras de las mencionadas por su tema, por su despliegue y desarrollo, y por ende, por su originalidad.

Mary Ann Clark Bermer nos deja claro que escribe sobre sí misma, sus miedos, sus sentimientos, sus secretos anhelos, sus equivocaciones, con la intimidad de un diario de recuerdos, con la certeza que nada es más sólido que la vulnerabilidad, nada más vistoso que la desnudez de un alma que se entrega consciente al relato, pero jamás sin adornos. Con un lenguaje conciso y precioso, cargado de chispas de humor y también de reinvindicaciones, que nos retrotraen a esos ejemplos del medioevo japonés (tan evolucionado entonces) con Sei Shonagon por un lado (a a que me evocó en la primera parte de Una biblioteca de verano) y Murasaki Shikibu por otro, (más en Cuando acabe el invierno y posteriormente en los otros tres relatos de la antología), en la que narra usando personajes (evocados en sí misma) de peripecias singulares y de una evolución interior más profundos que los que el príncipe Genji llega a alcanzar jamás, quizá porque es hombre o porque nunca se para a pensar en ello.

Qué gusto reencontrar de nuevo Literatura sabrosa, que se desliza llena de poesía, que se deleita en las buenas maneras sin ser gazmoña, que es intensa sin ser llamativa, profunda sin pedantería y valiente, llena de esa libertad de la que el siglo XX fue el último trozo de tiempo capaz de producirla.

Hay algo en Mary Ann Clark Bremer que nos recuerda, como Marguerite Yourcenar evoca en los cuadernos de notas a Memorias de Adriano, la suprema libertad del pie desnudo. La escritora franco-belga la tenía, y muchas otras escritoras (desde Virginia Wolf hasta Alfonsina Storni) la alcanzaron, pagando su propia muerte a veces, y a veces escandalizando con verdades como puños a una sociedad mojigata que se negaba a ver a las mujeres como simplemente son: mujeres. Mary Ann Clark Bremer lo fue a su manera y esa manera está dibujada, con un trazo más delicado pero firme, en cada uno de los relatos de Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos: directos al corazón, como una flecha de oro (Teresa de Ávila, Safo, Gertrude Stein), en los relatos Una biblioteca de verano y Cuando acabe el invierno (los que más me gustan y me han enamorado) y camuflados en personajes que son, en muchos aspectos, ella misma (como Murasaki Shikibu, Marguerite Duras o Isak Dinesen) en El librero francés y la princesa rusa y Una pasión parecida al miedo.

Y encontramos lo que más nos ha gustado de Mary Ann Clark Bremer autora, lo que nos  atrae, lo que nos hechiza: su capacidad de retratar la vulnerabilidad de la manera más maravillosa posible y demostrar que puede ser el motor de una larga vida, de una vida llena, de una vida singular. Como su literatura.

victorEl segundo que cambió mi vida es el libro autobiográfico de Víctor Tasende. En esta pequeña joya de superación personal, el autor nos adentra en el mundo de la tetraplejia (que sufrió a los diecisiete años tras un accidente en una piscina), en la inmensa suerte (que la tuvo) de recuperar la oportunidad de su vida, y en la inmensa inteligencia emocional, labrada a golpe de esfuerzo diario, que ha desarrollado con ello.

Víctor Tasende es un chico genial. Y es un genio. Genio de la superación o, mejor, de la afirmación que lo mejor que los hombres tienen es ser ellos mismos. Todo está en nosotros, sólo que tenemos que trabajar, labrar para encontrarlo. Y para desarrollarlo. Y para disfrutar con ello y por ello.

El segundo que cambió mi vida podría estar mejor escrito, desde un punto enteramente literario. Pero eso no le resta mérito, antes bien, exacerba el tesoro que seduce y conmueve. Su vida es un ejemplo, sí, pero es su vida. Sus esfuerzos desde la operación, la larga rehabilitación, sus estructuras mentales, sus caídas y sus triunfos, no nos sabrían mejor si una pluma le ayudase a redactarlos. Porque la veracidad también es belleza, y belleza es lo que le sobra a este hombre de veintitantos años que sabe lo que es sufrir, caer y levantarse no una vez, si no mil veces.

Es desde luego un maestro continuo para mí.victor-63

Acostumbrado como estoy a manejarme en situaciones extremas para otros, Víctor lo es porque las ha padecido y las ha incluido en su ser y su espíritu y ha permitido que esa amalgama transmute en fuerza, en energía y en luz que todo lo rodea. Él hace capaz ese sueño que albergamos todos de ser la mejor versión de sí mismo y no asombrarse con ello o, aún mejor que mejor, alegrarse con ello y vivirlo como un hecho más.

Esa sencillez ante lo absoluto es lo que hace de Víctor Tasende un ejemplo. Como hombre, como individuo, como estructura social. Pero sobre todo como compañero, como atleta (en su caso) y como comunicador, que se enrolla sobre sí mismo brindado el mensaje más clarividente posible y el más sencillo: somos todos potencialmente mejores de lo que nos permitimos ser. Ha vencido el miedo (¿y cómo no hacerlo?, ha vencido las ganas brutales de decir: No. Su vida es una afirmación constante y una prueba, pero sobre todo el disfrute de un camino y una eterna sonrisa.

El segundo que cambió mi vida habla al corazón de cosas de la vida y de la vida de todos, de la que Víctor Tasende es uno de los espejos más relucientes y sencillos que podemos encontrar en nuestro día a día.

11850411_681805521954173_1438755291_nCuando aparece, el ideal llega. Todo es perfecto: la sonrisa de dientes apiñados, los ojos pequeños, el hoyuelo del mentón.

Cuando aparece el corazón se alegra. Baila y se detiene y es como un vértigo sabroso que hace cosquillas en el pecho. Y corre el sentido hacia el vacío y se lanza sensible hasta el centro de una emoción perfecta.

Cuando aparece el único, el mundo se detiene. Y cuando pasa, el mundo gira otra vez. Y le seguimos con una fe desbordada, y a veces, siendo más que nunca nosotros, nos olvidamos de los límites de nuestro ser para alcanzar todos los suyos, para dominar las riendas de un alma pasajera.

Cuando llega, el donaire acampa; y el pelo canoso brilla con los haces lunares y hasta el pecho enorme silba sones de libertad. Hay cadenas que caen a nuestros pies y lazos que atan nuestros destinos. Cuando llega el dueño de nuestro corazón, desaparecen las preguntas y el universo cobra un sentido que nace con cada uno de sus suspiros. Y de los nuestros.

No hay preguntas, no hay dudas. Es un abrazo que nos congela y un fuego que nos abrasa. Cuando aparece todo pasa y todo vuelve a nacer.

No hay corazones rotos, no hay mentiras ni dolor. Cuando aparece el que buscamos nos sentimos hallados y es como una sorpresa el brillo que emana, y es un sueño el peso de su cuerpo a nuestro lado, y hasta su leve ronquido es música que no estorba, y el perfume de su piel el aliento de la vida.

Cuando aparece él, todo es perfecto: la soledad no es más que un mal pasajero, la pobreza un escollo que dejar atrás, la belleza un bien que se posee, y el amor, un tesoro encerrado en el corazón.

Cuando aparece él me quedo callado, y lo veo acercarse lento y tranquilo, con la sonrisa de dientes apiñados y la cara de niño travieso y ese hoyuelo en el mentón que se hace grande con cada palabra que dice. Y el mundo es un teatro de maravillas, y su abrazo el puerto inmenso donde mi nave atraca protegida de cualquier tormenta.

Su mirada es una infinitud.

Y cuando aparece, yo me hago eterno y ligero, como la espuma del mar.

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