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914746_821277674590639_1486761854_nEl sábado estuve de guardia. Una más, una menos para la lejana jubilación. A veces pensamos así salientes del turno; entre la marabunta del día a día, que nos llega por todos los lados y cada vez de forma más íntima, la dificultad de filtrar, de limpiar las sensaciones que nos provoca tal avalancha de información no siempre correcta y no siempre servida de forma limpia y aséptica (vale, nunca servidas de esa forma en la que debería ser para que tengamos la capacidad de depurar por nosotros mismos lo que debe ser real y lo que es una burda manipulación mediática), estar de servicio 24 horas seguidas no deja de ser una montaña rusa de instantes y sensaciones que llegan a embotar los sentidos y, a veces, relajar la sensibilidad a todo aquello que nos sea por completo ajeno.

Todo trabajo tiene su claridad y sus sombras, por lo demás causadas siempre por la interacción entre las personas y sazonada por las distintas energías que se mezclan en esas relaciones intensas y breves,  y que cambian conforme las horas pasan. No es fácil mantener cierto grado de desafección o de implicación o de actividad o de pasotismo a lo largo de una jornada en la que nos enfrentamos a las miserias humanas, a los miedos humanos y también a las alegrías, al agradecimiento y, quizá menos veces de lo que sería justo, a la compasión y al entendimiento humano.

El sábado tenía un caso grave. Un chavalillo, un hombre de veinte años, con un cuadro clínico muy raro, no poco frecuente si no raro, de origen oscuro porque lo ignoramos todavía. Ojos grandes y castaños, brillantes a pesar de la fiebre y el cansancio; lleno de miedo y de esperanza, que sonreía cada vez que aparecía para revisar su estado. Aquejado de dolor aunque más bien molestias en una pierna, y siempre acompañado por su madre. Por su edad, por lo difícil de su estado, y por sencilla humanidad, decidimos dejarlo acompañado en todo momento por miembros de su familia. Creo que las reglas están para ser adaptadas a la realidad de cada caso más que para definir todos los casos que requieren ingreso en UCI. La excepción a la regla, digamos. Y ésta era una de esas excepciones.

Casi con toda seguridad, vista la evolución rápida de su enfermedad y su ingrato final, mi compañero que salía de guardia y yo estábamos de acuerdo en qué tipo de dolencia le aquejaba: una enfermedad genética, a veces heredada (no era el caso) que desemboca irremediablemente en la muerte. Aquel niño de veinte años moriría en poco tiempo. Y había que explicarles a la familia esta posibilidad que asemejaba ser la única tras todos los estudios a los cuales se había sometido su caso.

Yo resoplé. Me tocaba a mí ser portador de esa noticia, de esa más que posible fatalidad. Ese niño, con la sonrisa entregada, era una bomba de relojería que podía estallar en cualquier momento. Podía ser durante mi guardia o la siguiente, o en unos días más… Y me tocaba a mí ser el portador de esas novedades, el que tenía que explicar a unos padres (¿eso se puede explicar?) que su hijo único moriría en poco tiempo, que no tenía cura una enfermedad que aún no teníamos claro que tuviese (que seguramente tiene, la verdad) y que es una jugada del Destino, de la Genética, de los pequeños errores de la Naturaleza que nos hace ser diferentes uno de los otros.

Y resoplé otra vez.

Durante la información adopté un aire más serio de lo habitual. Intentando encontrarme a mí mismo, alteré el orden de información para que su caso fuese el último al que informaría. No quería estar allí, no deseaba ser quién les dijese las malas nuevas; no sabía qué decirles ni cómo decírselo, el tono a emplear, el grado de cordialidad que necesitaría y el de seriedad sin ser plúmbeo…

Los familiares fueron pasando y los minutos fluyendo hasta que me tocó llamarlos. Sin saber todavía qué hacer, me dejé llevar por el instinto y los hice pasar a la habitación de la información. Entraron cabizbajos aunque esperanzados; un apretón de manos sólido por parte del padre y una sonrisa algo retraída de quien supuse era la tía del chico. Y comencé.

Serio y científico. Comencé a contar la perorata genética, la mutación de la que quizá era portador y que hacía que su cuerpo empezase a comportarse de la forma que lo estaba haciendo y que lo llevará, irremediablemente, a la muerte. Serio y científico me detuve en medio de la explicación aséptica que estaba dando… Me entendían, no lo dudo, pero me di cuenta que nadie les había hablado de esa posibilidad. Mis otros colegas se habían amparado en otra hipótesis diagnóstica a la hora de intentar dar explicación a la rareza de aquel chico (ya de por sí harto difícil de entender) y que ninguno le había no ya ofrecido, si no ni siquiera mencionado, la posibilidad de una alteración genética que no tenía cura alguna, ni parche para seguir viviendo.

Sentí que había cometido un error. El padre me miraba fijamente, quizá buscando una explicación coherente a ese galimatías del cual lo único claro era que su hijo estaba tan enfermo que había acabado en la UCI. Y yo estaba allí soltándole una perorata de alteraciones genéticas y fines oscuros.

La tía del chaval miraba al suelo y suspiraba. Y yo cargado de una seriedad muy necesaria pero inútil.

Es uno de esos momentos de la vida en la que deseamos desvanecernos en el éter o, algo más fácil, no haber escogido semejante trabajo.

Pero allí estábamos los tres y yo debía hacer algo para salir de esa encrucijada en la que estábamos.

Empecé desde el principio. Cambié mis palabras por otras más amables pero igual de firmes. No despegué mi mirada de sus ojos. Les hice ver que, fuese correcta una hipótesis u otra, no había cura posible y que el desenlace final sería el mismo, que su cuerpo podía dejar de luchar en cualquier momento y que intentaríamos que fuese lo más tarde posible, lo mejor posible, lo menos duro posible, lo más cómodo posible.

Amplié mis sentidos todo lo que pude para poder abarcar la sensibilidad de aquel hombre que me veía con lágrimas en los ojos. Intenté sentir en mi interior el miedo, la impotencia, la tristeza y la desazón que debía sentir ese corazón cansado que me estaba oyendo. E intenté sonreír con la mirada, e intenté que mi voz sonara dulce aunque firme, e intenté que supiera que su miedo era comprendido, que su dolor era asumido, que su cansancio era asimilado, y que su niño, hijo único además, estaría en todo momento más que mimado, querido.

No sé si fui demasiado firme. No sé si pude transmitirles algo de mi propia paz, que se tambalea a veces más de lo que deseo. Cuando terminé sólo les sonreí y la tía del chico me miró con los ojos límpidos y el padre volvió a darme la mano con una intensidad diferente, con un punto de agradecimiento y otro poco de tristeza. Les enseñé la puerta y los acompañé (como hago siempre) a la sala de espera.

Al cerrar la puerta oí un sollozo ahogado y suspiré. Temblando, me apoyé en la puerta cerrada y volví a suspirar tratando de revisar en la memoria los errores que pude haber cometido con ellos y si la mala idea de la Realidad había quedada lo suficientemente clara para cuando la Muerte tocase a la puerta de aquel niño de ojos grandes.

No lo sé.

Durante el resto de la guardia fui de aquí para allá y de vez en cuando asomaba la cara para saludarlo. El chico con su sonrisa. La madre absorta. La tía callada. Y el padre, con los mismos ojos enormes, asintiendo con la cabeza.

Durante la noche, el chico no dormía y la enfermera me pidió que pasase a verlo. El chaval estaba con su padre, hablando de sus cosas. Revisé la hoja de evolución y hablé un poco con él. El chico me interrogó con la mirada. Sin decirme nada, sabía que quería saber qué tal iba. Había tenido algo de fiebre y algo de dolor en las horas previas.

- ¿Qué tal la pierna?

Le pregunté. Él sonrió.

- De maravilla. Ya no me duele… ¿Y la fiebre?

Me lo quedé mirando.

- ¿Qué crees?

- Que estoy mejor.

- Pues eso.

Y le sonreía señalando con el pulgar. El chico se echó a reír y le comentó al padre lo raro que le parecía. El padre intentó sonreír a su vez y cabeceó en señal afirmativa.

- Parece un buen tío.

Le dijo a su niño. Y todos reímos.

La noche pasó y a la mañana siguiente sólo se quejaba de que tenia hambre. Lo cual no está nada mal. Nada mal. Y me despedí de él con la certeza de que nunca más lo volvería a ver… Pero cierro los ojos y puedo dibujar esa mirada brillante y grande y oír el eco de esa sonrisa callada… Morirá, pero no para mí. No por ahora.

No sé qué nos hace ser lo que somos. Ignoro qué papel parecemos jugar unos con otros en este teatro que es el mundo. Hace dos meses tuve que tomar una decisión personal, detener los esfuerzos de alguien que me era muy querido porque ya no había más salida, y decírselo a una mujer que era una esposa y a un hijo que lo idolatraba. Eso no fue fácil, NO es fácil, como tampoco ha sido esto.

No sé si es necesario tener siempre abiertos los sentidos y la sensibilidad a flor de piel para poder vivir. Ni siquiera sé si eso es sano. Pero a veces hace falta echar un paso atrás, bajar un escalón, afrontar las realidades, adecuar el tono de voz, la longitud de la sonrisa y el roce de la piel. A veces sólo hace falta que tengamos un poco de consideración, un poco de serenidad y un mucho de respeto para poder hacer lo que hacemos. En cualquier profesión, en cualquier relación, en cualquier instante de la vida.

E ignoro si estoy en el buen camino. Por eso a veces me hago estas preguntas y me quedo esperando, aceptándolo, una respuesta que nunca obtendré.

La Traviata.

13/10/2014

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   10727693_365167573637727_733123754_nPensé que no. Que no iba a a saltar al saber de ti. Que mi corazón se estaría quieto, pastando dentro del pecho, impasible y sereno.

   Pensé que no. Que mis manos no temblarían si te tenía de nuevo cerca. Que mis dedos no lucharían por acercarse a tu espalda, ni se quejarían por no tocarte.

   Pensé que mi cabeza ya no pensaba en ti. Que mi mente sabía lo que quería y gobernaba al corazón, cansado y roto.

   Pensé que no te quería ya, como tú me olvidaste.

   Pero no.

   Todo se derrumbó: las intenciones (buenas), las ilusiones (buenas), el tiempo ido (un horror), el dolor y la pérdida. Y la soledad. Todo. Hasta que te oí (otra vez).

   Estaba de espaldas. Pero te sentí como en los tiempos en los que me abrazabas callado y susurrabas tonterías en voz baja. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, como hacía mucho no sentía: desde los tiempos en que estábamos juntos.

   Y cerré los ojos. No podía creerlo. No quería creer que eras tú.

   Esa voz oscura como un secreto y tierna a la vez, grave y serena, susurrando mi nombre como una caricia. Una caricia que me revolvió el corazón dormido (otra vez).

   Todos los años que han pasado, todo el dolor, todos los juramentos, toda la rabia se fueron por el desagüe de mi corazón abierto como un libro. Oírte y hechizarme fue uno, y el mundo detenido volvió a ponerse en marcha, y casi no quise ni mirarte para que el embrujo no se acabara nunca.

   Hasta que te oí estaba muerto. Y bien lo sabías pues habías sido tú el verdugo. El abandono, la pérdida, el dolor… Lo había superado todo junto, poco a poco y a bocados, y me sentía seguro, estable y concreto, hasta que te oí (otra vez) y el océano del amor me atrapó de nuevo por los pies, haciéndome caer.

   En tus brazos. En tu boca. En tu corazón.

   Y ahora no sé qué hacer. No sé si recriminarte o gritarte o besarte o amarte y olvidarlo. El arrullo de tu corazón late de nuevo cerca del mío, tu piel roza la mía otra vez, tu sonrisa me ríe, tus ojos me ven… ¿Para qué sirve el orgullo, el tiempo ido, el recuerdo?

   Para nada, porque me hacían morir día a día, y tú me resucitas cada vez que dices mi nombre.

   Y ahora no sé qué hacer. Si besarte, abrazarte, sujetarte entre mis piernas para no dejarte jamás ir. Y olvidar esta tortura que fue tu ausencia, este llanto de fénix que poco me importa.

   Estaba muerto, tú me me mataste, quiero que lo sepas. Pero me has despertado de nuevo. Ignoro porqué te fuiste, la razón que te llevó a abandonarme. Pero nunca has dejado de amarme, lo sé, me lo dice tu voz. Y nunca lo hubiera creído, hasta que te oí otra vez, y todo se aclaró para mí.

   Ay, ¿qué me quieres amor? ¿Que olvide el orgullo herido, las cicatrices de mi torpe corazón?

   ¡Vale! Hagámoslo. Empecemos de nuevo. Seamos una página en blanco, una canción nueva, la mitad de un sueño, la mitad de un presente, una realidad palpable, el arrullo de la noche, la pasión de la piel y el descanso de la mañana.

   Seamos lo que siempre hemos sido: amantes, amigos, guerreros y guerra, fuego y lecho, pasión y paz… Lo tenía olvidado, te tenía olvidado, hasta que te oí. Y otra vez me sentí vivo.

   Hasta que te oí otra vez el mundo se había detenido, y ahora no hace más que girar por ti.

   Talento. Sólo voz y piano y una velada divertida y magia. Lea Salonga cantando “On My Own” del musical “Los miserables” en Nueva York (y sí, todo cocinado por Darren Criss, que sorprende a la artista con la propuesta.)

Sweeney Todd.

01/10/2014

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   10707109_645630085535893_699107116_nNo comparto la noche con él.

   No me presenta como suyo, no intenta que le cuide o que le alimente. No pretende que le lave la ropa o que le escoja los zapatos a juego con su traje.

   No quiere llevarme al fin del mundo. Ni siquiera al bar de la esquina. Ni piensa llenarme de sueños ni colmarme de alegrías.

   Y sin embargo es mío. Cada minuto que paso con él; cada hora que me regala, es un paraíso que no tiene final. SU voz oscura, sus palabras sedosas, sus manos sedientas del placer que yo le doy; y sus silencio final y el arrullo de sus brazos cuando de la locura que nos une ya no queda nada.

   No me pide nada. No le exijo nada. No pasará conmigo un día de fiesta, ni recordará mi cumpleaños ni me regalará rosas… Él es así.

   Es de otra. O puede que lo sea. Aunque calla sé que tiene niños que mimar y un trabajo al que cuidar.

   Otra se ocupará de su ropa y de su peinado, de su manicura y su dieta. Y se dirá su dueña, como si fuese un trofeo que exhibir, una presea que alcanzar.

   Pero es todo mío cuando atraviesa la puerta de nuestro paraíso. Y no hay memoria que lo aleje de mí ni suficientes mañanas ni años enteros; cuando me abras el mundo se detiene y se llena de constantes sorpresas y de escondidos suspiros entre mis brazos. Y su risa estalla en la cara pálida y sus ojos sonríen tras el hartazgo de nuestros cuerpos. Y yo me ocupo de su perfume, para que siempre huela a mí.

   Ella no lo sabe. Ella me ignora. El mundo no sabe, el mundo no perdona. Por eso no salimos de este paraíso juntos, por eso nunca llevaré su nombre en mi dedo ni su compañía a mi lado.  Yo lo sé, y ni lo pretendo ni lo espero. Yo sé quién es él y yo así lo quiero. Aunque el amanecer nunca me vea a su lado ni yo duerma seguro lejos de él.

   Porque lo amo. Y no busqué amarlo. Pero cuando toca, toca, y no hay lucha, sólo capitulaciones. Ay el amor que nos desbarata la vida y nos regala sorpresas, sorpresas que nos dan la vida.

   Como él.

   Y no me dice nada. Y sólo me abraza. Y no me cuenta qué le pasa ni cómo va su vida, sólo suspira y me sonríe y me ama y me deja hacer. Ni soy suyo ni él es mío. Pero somos de los dos.

   Y no hay papel que indique que estamos juntos, y no hay lugar que sepa que nos queremos, salvo estas paredes y esta cama, que aún conserva grabado el calor de su costumbre, y los límites de mi piel.

   Soy casi feliz. O lo más que hubiera podido serlo nunca. Lo tengo casi todo. Casi todo de él y de mí. Y no pido más a la vida, salvo seguir así. Porque no puede ser más y así es el mundo. Y en él estamos juntos, con eso tengo más que suficiente.

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