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Las horas del silencio.

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Hospital. Mediodía. Mujer de mediana edad. Sala de espera. Nervios, intranquilidad.

Sospechas. Pruebas. Inquietud.

Un nombre. Ruido. Incertidumbre. Abandonar todo lo que lleva encima. Desnudarse.

Ecografía mamaria. El gel frío sobre la piel aún tersa. Una y otra vez el transductor, como una varita mágica, se mueve arriba y abajo, de izquierda a derecha. Una mama. La otra. Arriba y abajo, derecha a izquierda. El gel es como el amnios viscoso del nacimiento. Espera. Y da a luz.

Un tumor. Pequeño. Cierra los ojos. Un tumor.

Un tumor.

Un tumor.

Biopsia. Ruido de paquetes al abrirse. Agujas, un sonido como de pistola al descargarse. Guantes estériles, anestesia. Un rumor. Otro más. Y en su interior crece la certidumbre. Se pregunta: ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿por qué?

Aguja. Dentro. Escozor. Molestia leve. Tres descargas de pistola. Apenas siente cómo se mueve su carne. En al pantalla del ecógrafo ve algo informe que parece un tumor. Un tumor. De mama.

Ya ha pasado. Sin problemas. Y miradas de pena, porque a nadie le gusta diagnosticar algo así. La palabra Cáncer flota en el aire. En las palabras no dichas, en cada acto que de repente parecen hechos en cámara lenta.

Vestirse. Mamas que ya no serán lo que fueron. E incertidumbre. Miedo a lo desconocido. A sufrir. A perder el pelo. A dejar de estar sano. A no ser más persona del montón.

Sale por la puerta con volantes rellenos y mil instrucciones. Aquí y luego allá. En este piso no, en el de arriba, en el edificio de Consultas externas. Ya la llamarán.

Y silencio. No hay palabras, no todavía. Se acumulan todas juntas en la boca. Se frenan en la lengua.

Cáncer de mama es lo único a cuyo eco responde.

Y llora en silencio. Poco a poco. En silencio. Y soledad.

Ya vendrá(n) lo(s) demás.

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Las Horas/ The Hours.

12_las_horasLeí Las Horas por el revuelo crítico que causó la película del mismo título, aunque yo no la había visto todavía; lo que es un riesgo a veces y, otras, una bendición. No sabía nada de su autor,  Michael Cunningham, más sí del director de la versión cinematográfica (Stephen Daldry), y del maravilloso plantel de actores de la misma. Es uno de los pocos casos en los que me vi abocado a leer una novela debido a una película. Y ambas me sorprendieron.

Las Horas no es una historia fácil. Ni pretende serlo. Porque no se deja leer con facilidad. Está llena de estuarios que son miradas y gestos; de silencios que bullen con los sonidos de recuerdos sofocados; brota del dolor y al dolor retorna; se asienta en la desesperación llegando, sin embargo, a la calma. Y, a pesar de todo, o debido a todo, la historia fluye, fluye a través de sus páginas con una sutileza admirable sin detenerse nunca, sin dar respiro al lector. La historia imbricada de tres mujeres que en nada se parecen pero que son tan similares; el ambiente de cada una, opresivo, abigarrado, lleno de las naderías de la existencia normal; los sentimientos que las hermanan; la desidia que las corroe; la lucha que las iguala; y, finalmente, el dolor que las reproduce. Porque son mujeres que dan fruto: se quedan en nuestro corazón y se mantienen, flotando como espíritus benevolentes, por muchos días. Y ése es el mérito de Michael Cunningham: trasciende una historia triple, opresiva, dura y desesperada, en la que triunfa el individuo, el ser, y ese triunfo lo mide en intangibilidad, en evocación, en nada. Fascinante.6a00d8341cc27e53ef010535d6d3cb970b-450wi

Las Horas es un libro magnético, escrito con esa sencillez casi minimalista que caracteriza a cierta prosa norteamericana llena de trazos de Hopper, con su desolación y desesperanza, en la que la vida de tres mujeres tan diferentes en tiempo y espacio, se imbrican a través de la fascinación que sienten una por la otra, por la fantasía de una historia que se gesta y que es contada y por las consecuencias que nuestros actos siempre tienen, en los demás (algo tan freudiano que quizá debiera pasar de una vez de moda) y sobre todo, y más que todo añadiría yo, en nosotros mismos. Son tres mujeres llenas de flaquezas; interiormente rudas y plenas; que luchan por salir a la superficie y por respirar el aroma de la verdadera libertad: la ausencia de unas ataduras inútiles, el batir de las alas al remontar el vuelo, y el bramar de la tierra al quedarse atrás… Las Horas contiene en las horas que pasan cada uno de los sueños, cada una de las ideas y de los sentimientos atormentados y atrapados de estas mujeres que luchan, luchan siempre y siempre contra sí mismas, sin importarles nada. Son verdaderas artistas, capaces de desangrarse a sí mismas, y a los que les rodean, para conseguir sentirse plenamente ellas mismas, seres únicos, indiscutibles, serenos y, a la postre, libres.

La versión cinematográfica es igual de fascinante. Engatusa al espectador con la fluidez de las imágenes, con el baile de miradas, de sensaciones (todo se toca, se huele, se saborea en la distancia; todo se observa desde dentro y desde fuera: los besos, las caricias, las soledades) y de angustias, que culminan en el parto de una idea que evoca, en otro tiempo y lugar, la libertad de una mujer hastiada y la angustia de una mujer encerrada entre un amor imposible y un amor que le puede dar lo que más ansía: la libertad. Porque, a pesar de ser una obra de desesperación y de angustia por conseguir ser individuos al completo, Las Horas es el canto a la libertad real, a la libertad de espíritu y de facto, aquella que sólo somos capaces de darnos a nosotros mismos y que, quizá, nos costaría menos, o la saborearíamos mejor, si comprendiésemos que los que nos rodean nos aman lo suficiente como para dejar que seamos lo que deberíamos ser.

Y la belleza de las imágenes, la transparencia de cada una de las extraordinarias creaciones del elenco de actores; la ambientación detallada; las luces, las sombras, las reacciones, los detalles, las flores y los aromas, no valdrían de nada sin la maravillosa banda sonora creada por Philip Glass, llena de incisión, de voluntad; tan amable con el espectador como la misma historia, tan brillante sin embargo en su casi desaparecer, y tan fluida, que hilvana las horas que pasan con el ritmo incesante de lo que no tiene fin. Y que queda grabada en la mente y el corazón, con la resonancia de lo verdadero, una vez se cierra el último plano y cesa el arrullo de su ritmo.

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